Sunday, October 10, 2010

Correspondencia (3 de 4)

A diferencia de las cartas, una vez la preciada posesión de la caja de zapatos en nuestras manos, teníamos permiso para subirla al dormitorio. Allí comenzaba una pequeña ceremonia de orden y degustación. Como si de una excavación arqueológica se tratara, quitábamos el papel y la cuerda que, cuidadosamente, colocábamos encima de la cama. Ungidos por el olor a las viandas familiares destapábamos la caja, temerosos, quizá, de que la longaniza o las peladillas echaran a correr. 

Con los ojos bien abiertos contemplábamos absortos, sin desviar por un momento la vista, puro éxtasis, cada alimento colocado en el interior, temerosos de que si los tocábamos se evaporaran. Sólo tras los cinco primeros minutos de unción, nos atrevíamos a sacar las piezas, una a una, para observarlas con cuidado, pensando en el cariño con que habían sido depositadas. No era nada raro que, pastilla de chocolate en la mano, nos echáramos a llorar a lágrima viva. Satisfechos porque íbamos a degustar el sabor infantil e imperecedero del chocolate de la aldea, nostálgicos porque nos faltaría, aparte del cariño de nuestros padres, la hogaza del panadero de Buenavista con qué degustarlo.

Examinados con precisión entomológica todos y cada uno de los objetos, íbamos colocándolos con precisión milimétrica en las diferentes espacios del aparador. Cuidadosos de esconder la pastilla de chocolate entre el jerséi de los domingos y la muda del lunes, supongo que para que nadie –aunque realmente era impensable que ocurriera- cayera en la tentación de compartirla sin pedirnos permiso. El chorizo se quedaba en la caja. Dentro de unos días, cuando se acabara y guardáramos la caja como mero souvenir, su continente evaporado rodaja a rodaja, el fondo restaría completamente empapado con el olor a aceite y pimentón.

Sólo una vez colocado cada manjar en su lugar adecuado, calculadas cuantas meriendas nos iba a durar y con que dimensión lo cortaríamos, sacábamos la navajita, algunos compañeros -los asturianos, siempre los asturianos- no se andaban con tapujos y no era raro ver algunas chairas más útiles para un bandido de Sierra Morena que para un interno de colegio de pago religioso- y con generosidad, pero sin excesos, disponíamos una pequeña parte de las vituallas para nuestros allegados o amigos más íntimos. Los dos o tres de nuestro círculo más entrañable habían contemplado, todo hay que decirlo, con encomiable paciencia, no poca envida y la boca hecha agua, nuestra minuciosa operación de desembalaje y ordenamiento. 

Como los perfumes que se quedan para siempre grabados en la memoria, incluso aunque no les hayamos vuelto a sentir en décadas. Por ejemplo, el polvillo de la paja en la bielda, la hierba de los prados cortada a mediados de junio,  o las cerezas de la huerta del tío Justo, antes de que nos persiguiera entre juramentos e invectivas a nuestra escasa moralidad, no me resulta para nada excepcional, el rememorar la textura endurecida del trocito de chocolate con el que cada noche, antes de dormir, perdón por la blasfemia, comulgaba con mis padres y mi infancia a tan pocos kilómetros de distancia y a la vez tan infinitamente lejos. Recuerdo la marca, Chocolates Mata (Herrera de Pisuerga) y, por supuesto, su sabor a cacao poco refinado, a chocolate del bueno, al que había que hincar el diente, una vez que el P. Prefecto apagaba las luces del dormitorio y el corazón se me encogía bajo las sábanas. Me río yo de las emociones y efluvios, puro marketing, que emanan de Ferrero Rocher, Suchard, Willy Wonka y compañía.

Las misivas de respuesta a nuestros padres eran tan frecuentes como las suyas. Responder a vuelta de correo no era una estricta obligación, pero casi. Tenían las limitaciones de nuestra insuperable rutina diaria, así que una carta se parecía a la siguiente como dos castañas peladas. Inevitablemente se repetía lo de “queridos padres, espero que al recibo de ésta, os encontréis bien como yo lo estoy”. Después venía una breve reseña sobre las actividades académicas, con mención de las notas, si la carta venía en la semana posterior al domingo donde el prefecto de disciplina, en voz alta y delante de todos los compañeros, en el mismo aula, leía las notas de todos y cada uno de nosotros. 

¿Quién habló de vergüenza torera? ¿Existía el concepto del derecho a la privacidad? Previsiblemente la base pedagógica de aquellos actos públicos, aunque muy lejos de las autocríticas revolucionarias, después de todo a nosotros no nos dejaban abrir la boca, ni siquiera para hablar en contra de nosotros, debía de ser el estímulo, a los torpes para que se espabilaran y a los que “chispeaban”, por usar la terminología de la época, “para que no te duermas en los laureles” (otra expresión muy común de aquel entonces). Para muchos, aquellas sesiones vespertinas mensuales de los domingos constituían un episodio, repetido una y otra vez, de pura humillación.

El caso es que a nuestros padres les llegaba cumplida reseña, quizá menos cuando las notas no llegaban al aprobado raspado, de nuestras peripecias académicas. “El P. Hospital nos ha leído las notas el domingo, en el estudio de la noche. He aprobado todas, gracias a Dios, pero las matemáticas, más bien por la bondad del P. Regino”. De aquellas lecturas en el ágora pública guardo un recuerdo horripilante, inolvidable, en cierto modo. La nota en conducta era, tanto para los padres reales como para los putativos, el vértice sobre el cual giraba el resto de materias, fuera la física, la historia, incluso el dibujo artístico. Podías ser un genio del álgebra, que si te habían pillado copiando en clase del P. Pablo S.-Fuentes, los logros intelectuales quedaba reducidos a ceniza por la tragedia del suspenso en conducta. 

Pero lo mío no fue por haberme pillado copiando, fue peor, por lo que se suponía, al menos entonces, que era un acto moralmente deleznable, degradante y, por supuesto, razón segura para que la furgoneta del hermano lego te llevara a la estación de Campogrande, etapa previa a la empuñadura del arado y la yunta de mulas en la próxima sementera.

Saturday, October 2, 2010

Correspondencia (2 de 4)

Educados en la impronta genética de la austeridad castellana, el cariño y el amor maternal de las cartas era, sobre todo, implícito. Se deducía, más que se exhibía, se intuía, más que se testimoniaba y, antes de nada, se daba por hecho sin la obligación de demostrarlo. Los abrazos, ósculos, y efusiones varias de cuarenta años después, eran impensables entonces. El amor, como si dijéramos, era invisible, a primera, segunda y tercera vista, pero tan manifiesto como que existía el castillo de Jarandilla de la Vera estampado en la carta. La línea argumental de las cartas era siempre la misma. Lo único que cambiaba era el nombre de los convecinos enfermos o fallecidos, el progreso, dependiendo del mes, de la siembra o la cosecha, alguna admonición de tipo religioso (“he rezado a la Virgen del Brezo para que apruebes las matemáticas”) y el inevitable mantra del “pórtate bien”. Mi querida mama (sin acento en la “a”, al estilo italiano), sempiternamente preocupada, incluso angustiada por mi grado de conducta. O bien el expediente académico lo daba por hecho, o bien no le inquietaba demasiado.

Cualesquiera fueran las razones, carta a carta, una tras otra, el “pórtate bien” se repetía infatigablemente. La única novedad que podía aparecer en la misiva, aparte de la obvia, que los muertos fueran cambiando de nombre, consistía en que varios meses después de que me comunicara que la señora Eufrosina hubiera fallecido, siguiendo la costumbre de las aldeas de Castilla, la carta viniera acompañada del recordatorio del óbito, de sus apenados hijos, hermanos, tíos y el resto de la parentela política. De ciento en viento, de forma sorprendente, seguro que había estado toda la semana lloviendo a mares, como ellos decían - mi padre no habría podido salir a binar el barbecho- y con rasgos firmes, no exentos de un repujado barroquismo, firmaba alguna carta aislada. Su rúbrica, que a mi me recordaba, por su ensortijado trazado las de los facsímiles de algunos autores clásicos impresos en el libro de Lengua Española (recordemos que no existían lenguas autonómicas, ciencias del medio y otras materias variopintas), era su único y exclusivo mensaje. Aunque bien sabía yo que en ella había puesto todo el esfuerzo con que Don Lucio le había aleccionado cuarenta años atrás para que la E del nombre de pila se revolviera hacia arriba y hacia abajo como en una voltereta interminable. El apellido, eso sí, porque se firmaba con nombre y apellido aunque fuera una carta paterno filial, era lúcido y transparente

En cuanto al castillo de Jarandilla de la Vera, sin que nos lo pidiera expresamente nadie, tenía dueño asegurado. Varios padres –de los que aseveraban aquello de que “cuando lo seas comerás huevos”- eran empedernidos coleccionistas, y nosotros sabedores de con quien teníamos que ganarnos los favores por un quítame allá este prurito de sentirnos más importantes si aportábamos nuestras reducidas posesiones filatélicas, pongamos por caso, al P. Prefecto de Disciplina, y de paso, al menos eso creíamos nosotros, obtener alguna futura prebenda. La mayor de las cuales se condensaban en acceder al reducido círculo de los denominados “enchufados”. Algunos padres recogían las estampitas, según decían, para las misiones. Efectivamente, debía de haber un cierto comercio de sellos usados por el cual se conseguía algún dinero que se destinaría, más que a los negritos,  a los chinitos –dada la brújula orientalizante por la que se guiaba nuestra provincia dominicana del Santísimo Rosario-, a los vietnamitas o a los filipinos. Aunque para nosotros todos cabían en el mismo mapa de las razas amarillas que describía nuestro libro de geografía universal.

Los profesores se las arreglaban para completar por sus propios medios las emisiones filatélicas, es decir, que no dependían única y exclusivamente de los sellos originados en Segovia, Salamanca, Soria –pocos sorianos había, por cierto-, las Vascongadas y en la periferia de Castilla la Vieja. Entre las más destacadas, la del P. Reyero quien con gran esmero tenía los sellos clasificados en cuadernos con hojas envueltas en franjas de celofán. Los llamativos sellos, de nuevo el Oriente con sus colegas misioneros en el confín de la Tierra, filipinos, vietnamitas, japoneses, nos los enseñaba con fruición. Como también las series de trajes regionales españoles –antes de las autonomías-, las sosas cabezas de la Marianne de la Republique Française o las de pintores españoles del siglo de oro. “Padre, aquí tiene dos descolocados, se le han quedado boca abajo”, le decíamos asombrados porque en tan impoluta catalogación hubiera dos mal colocados. Rápidamente pasaba hoja y nos instaba a que admiráramos el prerrománico español en una emisión de Santa María del Naranco. Intrigados, en un descuido, mientras subía a su habitación a buscar otro cuaderno de su interminable acopio, quisimos colocar la pareja de descolocados que no era otra que la Maja Vestida y la Desnuda de D. Francisco de Goya y Lucientes. Con la misma celeridad, dejamos los sellos boca abajo y regresamos a la obra de Ramiro I.

El no va más en la correspondencia eran los paquetes. Recibir un “paquete” (aunque fuera nombre común y con minúsculas, para el receptor y como beneficiantes colaterales sus amigos o paisanos, era el culmen de la correspondencia recibida) te otorgaba un prestigio único difícil de definir. ¿Has tenido paquete? Si la respuesta era positiva, ¿cómo podía no serla, si alguien tenía aquella caja rectangular entre las manos, cuando nunca teníamos nada?, nos arremolinábamos ante el afortunado, queriendo adivinar el misterioso contenido de aquel envidiado continente. Para empezar, el papel de estraza en el que solía venir envuelto ya venía coloreado con una extensa fila de sellos donde se mezclaban los bustos púrpura de Franco con estampillas llamativas del “IV Congreso de Municipios” o una serie entera dedicada al Monasterio de Veruela. El cartero del pueblo, rebasado por el peso de la mercancía, había echado mano de todos los valores que le quedaban en el basar de la cocina a fin de redondear el costo definitivo. Un festín para el P. Reyero et alia.

Mientras las cartas raramente eran abiertas por la superioridad competente, léase censura del P. Prefecto, los paquetes eran irremediablemente desliados por el susodicho y entregados en mano al destinatario en forma de revoltijo: cuerda reciclada para atar los sacos de nitrato convertida en soporte del papel de ultramarinos, el cual, a su vez, por la poca costumbre de los progenitores envolventes daba tres vueltas y media –estaba claro que sobraba papel por todas las esquinas- a la usual caja de zapatos. Con su tapa y todo. Lo importante, claro está, no lo envolvente, sino sino lo envuelto. Dependiendo de la procedencia de los remitentes, generalmente los padres, ocasionalmente alguna tía bondadosa, los contenidos variaban notablemente. Se podía adivinar una España de la gastronomía autonómica, incluso veinte años antes de que las autonomías existieran. Los abundantes gallegos, indefinidos entre la maragatería y el Miño, los del Barco de Valdeorras y cercanías, tenían una acendrada tendencia a recibir latillas. Mejillones, berberechos y todo bicho viviente y marino capaz de ser enlatado. La tribu astur, siempre tan peculiar y clánica, no podía obviar el mareante queso de Cabrales. Los periféricos cántabros, no muchos, pero todos dados a la golosina, sobaos. Los castellanos recibíamos una mezcla de dulce (chocolate de hacer, duro como la piedra, pero con la ventaja de que el calor no lo deshacía en el transporte) y picante (media sarta de chorizo). Generalmente de lo que en los pueblos llamaban el gordo (cular), propenso a conservarse con con más donaire entre la estranguladora niebla pucelana.

Saturday, September 25, 2010

Correspondencia (1 de 4)

Era un momento único de expectación, nerviosismo y si el Padre Prefecto gritaba tu nombre, señal inequívoca de que tenías una carta, instante inenarrable de una intensa y contenida alegría. Comenzaba entonces, con la entrega al destinatario, uno de los pocos momentos íntimos que se nos permitía en la Escuela Apostólica. Tras la comida era el tiempo de recreo. Algunos se ejercitaban jugando al pingpong, otros a bordear –en una oval interminable- las estrictas fronteras de nuestra geografía infantil. De la galería, al pinar que limitaba con el campo de fútbol de arriba y retorno bajo la sombra de la hilera de chopos que separaban el campo de abajo con la huerta. Como estaba terminantemente prohibido pasar al pabellón de mayores, proscrita la subida a los dormitorios, el patio central vedado, intransitable la zona destinada a enfermería, sólo nos restaba la galería y los campos de deportes.

Aunque fuera difícil escabullirse, siempre había un rinconcito más discreto para mirar y remirar la carta que, a los afortunados de la jornada, acababa de entregar el padre prefecto. Retirados tras alguna de las columnas de la galería, al amparo de la magra sombra que ofrecía la valla de cipreses que delimitaba la piscina, hasta servía como refugio, el desnudo bajo de la escalera de subida a los dormitorios. Discretos, dentro de lo que cabía, aquellos espacios de la geografía preadolescente, se acomodaban como improvisado cobijo para leer y releer varias veces las misivas paternales. Para ser precisos, maternales. Eran nuestras madres, por lo general, las más dadas a la comunicación escrita, bien que ésta fuera escasa.

Lo primero era mirar el remite para conocer la procedencia. No que pudiera haber decenas de remitentes. Ciertamente los padres inquiriendo por la nota en Conducta, ocasionalmente el párroco, preocupado por si en las vacaciones de Semana Santa volveríamos a nuestro impagable desempeño de tocar las campanillas para atraer la atención de los hombres del coro durante la consagración; aprovechaba la circunstancia para exhortarnos a que nos portáramos bien. Quien más quien menos, también solía disfrutar de las epístolas de algún tío carnal culto, afortunado esquivo de la gleba, dedicado a alguna profesión liberal: médico, maestro (“pórtate bien para que te conviertas en hombre de provecho”); acaso de una tía segunda, emigrada a alguna capital del norte, en buena posición económica, emocionada de repente con nuestra incipiente vocación sacerdotal. Sorpresa, sorpresa, su carta terminaba con aquello de “rezo todos los días a la Virgen de Begoña para que te portes bien”. El comportamiento, el bueno, evidentemente, como madre de todas lasa conductas, principio y final de todos los escritos.

Obviamente, las cartas de nuestros padres eran las más esperadas y queridas. Una vez asegurados por el remite –en clase de lengua el P. Llanos nos había explicado detalladamente una larga serie de abreviaciones y Rmt. era una de ellas- que procedía de nuestros progenitores, dábamos vuelta al sobre en la palma de la mano, observadores avariciosos de nuestro tesoooooro. Manoseo el sello, la solapa trasera, los bordes del basto papel. Mi madre, seguramente, había pedido al cartero los sobres más baratos. Mientras volteo la carta, acurrucado en el soporte metálico de la canasta de baloncesto, imagino el camino que ha seguido. A la inversa. El P. Prefecto de Disciplina la ha recogido en el pabellón de los padres. Allí la ha depositado, poco antes de la comida, el hermano lego que, los días laborables, se acerca en la furgoneta a la estación de tren de Valladolid para recoger la valija. Hasta allí, ha llegado en un tren similar al que hacía menos de un mes me ha traido a mí desde Palencia. Hasta Palencia “tierra de mantas, vivero de guapas”, ha sido acarreada por el “correo de Osorno”, la furgoneta verde de D. Eduardo, que siempre llega puntual a las 10,30 cada mañana y se detiene delante del bar del señor Abundio. Estamos hablando ya del día anterior sino de antes de ayer.

A don Eduardo, el del correo de Osorno se la ha entregado el Sr. Isidoro, el cartero del pueblo, que tras ir en su yegua parda a recoger y repartir en los pueblos vecinos cartas para los emigrantes, ha recogido la de mi madre. Con un golpe seco, ha estampado el tampón redondo con el nombre de la aldea y la provincia entre paréntesis (Palencia), tan desgastado que apenas se lee la fecha de salida sobre el sello. Este pertenece a uno de mis series preferidas, la de castillos de España. El de Jarandilla de la Vera. Por 1 peseta tengo entre mis manos todo el aroma que, con certeza, ha acarreado mi madre con la carta mientras va y viene a sus labores habituales: el del nogal del patio mientras apalea las nueces resistentes a las primeras heladas, el manzano de la huerta que, según el abuelo Basilides, había aguantado una banda de desharrapados carlistas y, más recientemente, el acoso de una escuadrilla de falange, impecables en sus camisas azules mientras vendimiaban a golpe de culata de fusil. De la solapa del sobre se desprende el inconfundible perfume a la ribera del río, vecino a la casa, con sus zarzas rebosantes de suculentas moras en este final de octubre. El olor a humo de los primeros troncos de roble que templan la gloria que caldea el piso bajo de la casa. Puedo, perfectamente, ver a mi madre escribiendo la carta, una vez ordeñadas las vacas, cada línea ceremoniosamente deletreada para no torcerse –objetivo a medias logrado- en lo que para ella, con toda seguridad, constituye una inmensidad de papel en blanco. Con los primeros fríos de la meseta, bien adentrado el otoño, en la trébede de la cocina, mientras mi padre termina de descargar el carro de patatas en un rincón de la tinada a la luz de un tembloroso candil.

“Querido hijo: Espero que al recibo de la presente estés bien, como nosotros lo estamos. Tu padre ya ha terminado de recoger las patatas de la vega. No sé si este año no nos pasará como hace dos y tendremos que tirárselas a los gochos. Valen una miseria. Vamos a quitar mañana las peras de cuchillo de la huerta del otro lado del río. Si la Lauren va a ver a su hijo a Valladolid, como trabaja en la fasa, te enviaremos media docena por ella. Tu tía Fili ya ha salido del hospital y aunque está todavía muy pachucha, el domingo pasado ya fue a misa. Quien está bastante mal es la señora Eufrosina. Han venido sus hijos desde Barcelona así que es muy posible que no llegue a San Andrés. Ha empezado a helar y no sé ni como vamos a sacar la remolacha, queríamos llevarla a Monzón para la Inmaculada pero si no llueve no se ablandará la tierra de los linares y tendremos que arrancarla con la horca. El párroco me preguntó el último día de la novena de la Virgen del Rosario si eras aplicado en tus estudios. Si no ya sabes lo que te espera por aquí. Fidel se encabezonó en dejarlo y ahora anda con su padre gradeando los quiñones del monte. Bueno, hijo, aprovecha el tiempo y pórtate bien. Tu madre, Juliana”. (Continuará...)

Friday, September 17, 2010

Hechos de los Apóstoles y el plinton (2 de 2)

Hasta que el P. Mendoza, prefecto de disciplina, hacía sonar su silbato desde la puerta del Pabellón de Menores y, todos, tal como estábamos, perfectamente sudados, empolvada la ropa de los domingos y días de guardar, los zapatos de charol raídos de dar punterazos, acudíamos prestos a que el P. Gregorio Buena, ogro en apariencia y bondad personificada, nos asustara con castigos inauditos si no éramos capaces de leer, con el ritmo que se debía, las semicorcheas en el pentagrama. Música y deportes en el mismo santiamén por causa del archiconocido “mens sana in corpore sano”. Como otras asignaturas que ahora se consideran prehistóricas, las cuales, sin duda, conformaban un “corpus academicum”, al que debemos más de lo que creemos: Trabajos Manuales y Normas de Urbanidad, entre otras. Esta última, incluso disponía de un exiguo manual. Pero a través de él, dejamos en el pretérito nuestras loables costumbres campesinas, como desenvainar la navaja para despedazar la sarta de chorizos, y adquirimos los hábitos de la ennoblecida burguesía: como seccionar un filete, sin aposentar los codos en la mesa, mediante utensilios tan sofisticados como un cuchillo de sierra y un tenedor.

El paso de primero a segundo y después a tercero, no hizo sino elevar las cotas de popularidad de nuestros compañeros deportistas más premiados. Ahora participaban en competiciones de más categoría. Una cosa era ganar, con el equipo de alevines, el torneo de balonmano vallisoletano contra la Safa y otra bien distinta derrotar en campo a través a los representantes de toda Castilla la Vieja por los caminos embarrados de Peñafiel. El resto seguíamos sobreviviendo, deportivamente hablando, en la mediocridad de los equipos en muchedumbre. Incapaces de ponernos a la cabeza del pelotón que daba cuatro vueltas al campo de fútbol, gimiendo de frío y con las manos supurando sabañones, nos contentábamos con aplaudir a nuestros compañeros cuando regresaban con copas y medallas y con divisar a los lejos, sobre la televisión encendida en medio del distante escenario del salón de actos, como el Murcia empataba con el Español en casa. ”Peligro en La Condomina”, gritaba el locutor a la vez que el P. Prefecto observaba las filas de butacas para que los mayores no se mezclaran con los pequeños, por temor a oscuras perversiones. También para que todo el mundo asistiera en silencio. Sí, los partidos se percibían en un diminuto televisor y en sacrosanto silencio. Como si estuviéramos en la capilla, arrodillados ante el Santísimo.

Por alguna extraña circunstancia enterrada tiempo ha en la oscura memoria del pasado, alguien me inició en el tenis. Ni de lejos era tan popular como lo es ahora. De hecho, era muy elitista. Había una sola cancha, en el ala este del pabellón de los padres, cercana a la enfermería. Estaba en aquel rincón semiescondido, porque jugar allí era privilegio exclusivo de ellos. Con doce o trece años me encuentro jugando en la pista que, salvo por la red en estado regular, estaba bien acondicionada. Algunas veces jugaba con compañeros. Disponíamos de dos raquetas de madera, una de ellas con el marco bien roto. Así que al golpear la pelota, pese a nuestras leves fuerzas, el cordaje y todo el marco se inclinaban hacia atrás. Para aminorar las dificultades nos limitábamos a pelotear dentro de los cuadros del servicio. Cuando ocasionalmente jugaba con el P. Félix Rodríguez, prefecto de disciplina de mayores y buen aficionado, obviamente, siempre me tocaba la raqueta rota, con el agravante de jugar en toda la pista. Así pues, ante mi inutilidad para el regate en corto -aunque alguien tiene la amabilidad, muchos años después, de consolarme diciendo que tiraba bien los penaltis- comencé a presumir de jugador en un deporte de élite. De repente había pasado de correr en medio de la polvorienta algarada de un campo de gravilla a ser dueño de mi propio destino con el “drive”. De perseguir, sin mucho éxito, el balón de plástico en la era del pueblo, a discernir en que esquina ponía la pelotita amarilla con mi raqueta Wilson, destartalada, pero raqueta al fin y al cabo.

Desgraciadamente para mí, el tenis no estaba homologado en las prácticas atléticas para acabar el curso. Villar Palasí acababa de finiquitar la reválida de cuarto. Con un expediente rebosante de sobresalientes, salvo un notable en latín, no me quedaba otra cosa que hacer una voltereta, medianamente creíble, sobre el plinton para que el P. Pablo Sánchez-Fuentes tuviera a bien otorgarme su beneplácito con un suficiente. Ya me veía camino de Ávila y el limitado, pero atractivo, desencadenamiento, que según nuestros predecesores significaba la Residencia Santo Tomás. Pero a lo que se vió, mi cerviz era dura de plegar. Y aquel a quien conocíamos bajo el apodo de “Chopo”, por su adusta apariencia y estatura, en lugar de suspenderme en las matemáticas, donde leer para creer, pese a lo obtuso que era en la materia, había obtenido (¿milagro de la Providencia o gobierno del azar?) un milagroso sobresaliente, me trituró con un insuficiente en gimnasia. Mal esté decirlo, pero como era el primero de mi corta vida académica, el trauma infligido fue descomunal. Ya me veía yo todo el verano, usando las gavillas de centeno, obviamente en el pueblo no había instrumentos tan sofisticados de tortura, a modo del dichoso plinton para que en septiembre me permitieran acudir a la ciudad amurallada.

Me sonrió la fortuna. El P. Félix Salvador, mentor, vecino y paisano, que en gloria esté, al enterarse de tal desmesura y para mí, de tamaña injusticia, acudió presto a la salvación de mi vocación pre vocacional. Yo, acongojado, no dejaba de lloriquear mientras me daba ánimos –“seguro que es un error de transcripción”, me decía- a la sombra de los sauces del río, como en Babilonia. Él intuía de que de no ir a Ávila finalizaría de sopetón mi reducida andadura escolar. Yo convencido de que la sementera me atraparía en un abrir y cerrar de ojos. Tuvo la amabilidad de interceder por mí ante no sé qué autoridades, posiblemente ante el mismísimo “Chopo”. A los pocos días, una misiva -que guardo como oro en paño- del P. Felipe Pérez, mi tutor y profesor de física y química, anunciaba que todo el sobresalto era una sinrazón. Sin explicitarlo, venía a decir que la Religión, Latín, Lengua Española, Historia, Matemáticas, su Física y Química, Idioma, y hasta la mismísima Formación del Espíritu Nacional no tenían ni punto de comparación con doblar el pescuezo encima de un trapecio acolchado en su parte superior. Suficiente, pues.

Revolviendo libros de texto de la época y otros más recientes, aunque en similar desuso, me encuentro con la bienaventurada carta del P. Felipe, impecablemente tecleada a máquina, con su sello de Franco y todo. Insertada, supongo que a modo de señal, en las páginas de una Biblia, Hechos de los Apóstoles, capítulo catorce, versículos 1 al 14. Será una premonición del pasado, se trata del pasaje sobre el que versaba mi tesis neotestamentaria en Jerusalén. Inacabada, por siempre, como la voltereta en el plinton.

Sunday, September 12, 2010

Hechos de los Apóstoles y el plinton (1 de 2)

Las porterías son de verdad, las primeras que yo veo como las que salen en la tele en blanco y negro, en la casa del molinero del pueblo. Un hijo emigró a Alemania, la televisión debe ser parte de la pequeña fortuna que consiguió. O quizá todas las ganancias fueron invertidas en la Telefunken, convertida en la envidia de todos los paisanos en veinte kilómetros a la redonda. Los jugadores corren de un lado a otro de una nebulosa blancuzca, tan deficiente es la recepción,en medio de la cual, más por sus ademanes que por los dorsales, se puede adivinar a Amancio y Gento corriendo hacia el córner. En la parte inferior de la casa se oye el runruneo del agua del cuérnago discurriendo entre las gigantescas ruedas del molino, ahora detenidas en honor al Real Madrid. Empate hasta el minuto 76, momento en que el Madrid mete gol de la victoria y el señor Honorino se encarama encima de la mesa del comedor y, hombre religioso donde los haya, de misa y comunión diaria, grita ¡Viva Jesucristo!. Como si el Señor se hubiera transformado en Serena. La sexta, mayo de 1966, está en manos de la quinta “ye—yé”.

Tubos de hierro bien redondos y soldados al larguero, no es necesario señalar los postes con jerséis o camisetas. Esto rebaja la intensidad de las disputas sobre si el balón ha traspasado o no la línea de meta según dicta el reglamento que algunos listillos dicen saber de carrerilla. El campo, eso sí, padece de cierto exceso de piedrecitas, incluso algún guijarro no pequeño, a diferencia del césped de las eras del pueblo en mejor estado, producto de las trillas veraniegas y las ovejas que suelen mordisquear la otoñada de los escasos granos abandonados que han germinado como consecuencia de las primeras lluvias de septiembre. Además, el balón es de auténtico cuero, no de plástico como el de la escuela de la aldea que alguien ha conseguido a través de la tenaz paciencia de su madre completando el álbum de las figuras de la Liga con los cromos que vienen en los paquetes de detergente Wilco.

Algunos compañeros hábiles con la lezna y el cáñamo tienen que remendarlo con cierta frecuencia. Pero lo cierto es que rueda y rueda entre las líneas del campo de tierra, aquí marcadas con cal seca y no paja molida. Detrás de él una veintena de chavales de 11 años, salvo los guardametas, corren sin ninguna táctica, pero con un entusiasmo desbordante, con el único propósito de propinarle una patada, lo más fuerte posible, hacía adelante. No es rugby pero como si lo fuera. De lo que se trata es de acercarse a la portería contraria, vía el empuje colectivo. No es fácil avanzar en medio de la maraña de atacantes y defensores, todos arremolinados en torno a la pelota.

Hay especialistas, no obstante, que son capaces de hacerlo corriendo la banda, tras una carrera en estampida, mientras los menos veloces, por edad o por rechonchez, miramos con estupor como el equipo contrario se adelanta en el marcador 11-10. Son los “chupones”, egoístas que se pueden permitir el lujo de regatear en un palmo de terreno, por habilidad y rapidez. Son buenos, realmente buenos. En cada clase, hay media docena de ellos. Sin duda ninguna, un par de los mejores en esa media docena, si entonces hubiera habido escuelas de fútbol, no habrían tenido dificultades para destacar y proseguir una carrera profesional. Desgraciadamente, a muchos de ellos, no por “chupones”, sino por motivos académicos y comportamiento, la alegría del desborde por los laterales les duró hasta que el P.Prefecto les dijo en las vacaciones de Navidades o Semana Santa que se llevaran la manta a casa.

Signo ominoso de la vuelta a la reja y al barbecho. Cuando ibas a salir para la estación de Campogrande te comunicaban, mientras plañían desconsoladamente, que en la maleta, con las mudas, doblaran también la manta. Uno de los pocos y más preciados bienes de que disponíamos en los crudos inviernos, niebla perenne en el Pisuerga, el que lleva la fama pero no el agua. Seguro que alguno de ellos, en lugar del retiro más o menos dorado del que disfrutan muchos futbolistas de entonces (comentaristas, críticos, rentas de antaño), sobreviven gracias a las subvenciones PAC de la Unión Europea, jugando al mus todas las tardes en el bar del pueblo que les vió nacer y volver desde el internado de la Virgen del Rosario.

Los “chupones” eran una especie que gozaba de ciertos privilegios. Los profesores tenían un cierto miramiento por ellos y, ocasionalmente, algunas faltas de conducta eran sobreseídas por mor de la excelencia deportiva. Si además eras rubio, había pocos, las carantoñas rondaban una sospechosa sobreabundancia. En general, los que eran buenos en una actividad deportiva, lo solían ser en todas las demás. Cierto, tenían que entrenarse los sábados por la mañana, sacrificarse corriendo por los arenosos pinares antes de las citas deportivas. A cambio tenían el privilegio de desplazarse por toda la provincia, dondequiera que se celebrase un cross (campo a través, lo llamábamos entonces), una manifestación atlética del Frente de Juventudes o un campeonato de fútbol de la OJE. Los campeones en tierras pucelanas incluso se desplazaban a las regiones vecinas para las competiciones interprovinciales. Para los que no íbamos a casa de vacaciones ni en Semana Santa, pese a que estábamos a 130 kilómetros del pueblecito, aquellas expediciones deportivas generaban una insoportable envidia.

Sana, en general, supongo. Porque admirábamos a los velocistas capaces de hacer los 80 metros en 10 segundos o a los saltadores de pértiga que volaban, con su inmaculada camiseta DAR, por encima de la barra de los 3,15. A falta de que alcanzaran la fama los jugadores de la selección de Brasil (México,1970), que el Real Madrid conquistara la séptima (faltarían muchos años), nuestros colegas deportistas eran nuestros héroes del pupitre vecino. Debido a las cualidades físicas de algunos de nosotros, fueran producto de la genética o de no haber corrido en demasía al lado de los perros, durante la temporada de caza en el pueblo, nos dábamos por satisfechos con conformar la plebe, categoría rasa, que se desmelenaba en los recreos detrás del balón redondo. Allá, en el campo de arriba, el más cercano al pinar y a los cipreses de la piscina. Pinos y arbustos formaban una barrera tan invisible como infranqueable para los menos dotados por la naturaleza.(Continuará)


Sunday, August 29, 2010

El refectorio (2 de 2)

“Repetir” era una palabra clave, muy popular en el refectorio. Cuando en aquellos curiosos vasos de aluminio, multicolores: plateados, azulados, anaranjados, se acababa la leche con el colacao, los servidores pasaban entre las mesas con aquellas gigantescas cántaras de estaño – era necesario agarrar las dos asas con las manos- gritando “¿quién quiere repetir?”. No que la oferta fuera cotidiana y habitual. Sólo cuando sobraba alimento. Bien los primeros o últimos días de curso, cuando muchos se habían ido o unos cuantos todavía no habían llegado. También en lo más frío del invierno cuando la gripe hacía estragos y los huecos en los bancos eran claramente visibles. Quizá el cocinero, desde el primer día del curso hasta el último, hacía sus cálculos de forma idéntica, sin considerar que por razones diversas entre los 240 alumnos de primero y segundo podía faltar una veintena. Acaso, el vaquero no podía conservar la leche hasta el día siguiente y sobre dejarlo en las ubres prefería despacharla para la cocina. ¿Quién quiere repetir?.

Ocasionalmente, algunos alumnos colaborábamos en los suministros alimenticios. Al menos en su preparación. Las situaciones más traumáticas acontecían cuando el prefecto de disciplina nos asignaba la tarea de “escoger” la legumbre. En la aldea, esta era una tarea relativamente común que nuestras madres nos encargaban realizar al calor de la gloria, antes de que pusiera a remojo los garbanzos del cocido. O separar las piedrecillas que se habían colado en el escriño de lentejas, una vez venteadas éstas. Era una tarea sencilla, bien que necesitada de paciencia. Se hacían pequeños montoncitos de la legumbre y con el índice se iban pasando a otro, dejando a un lado las impurezas. Tarea fácil cuando se trataba de un kilo de alubias. Separar varias decenas de kilos resultaba más aburrido y monótono. Las legumbres se almacenaban en unas paneras, localizadas enfrente de la casa donde habitaban las monjas. Paredes a media altura dividían el producto, en cada habitáculo había centenares de kilos, incluso toneladas, de diversas legumbres, patatas y cebollas.

Separar la porción correspondiente a una comida de cuatrocientos alumnos –el menú del pabellón de mayores era previsiblemente igual al de menores- significaba toda una tarde, montoncito va, montoncito viene de diminutas lentejas, ejercitando los índices. Para acelerar el proceso, lo hacíamos con las dos manos. Aunque no lo parezca, aquella tarea, por razones desconocidas, constituía un premio a los que se habían portado bien durante la semana. Supongo que limpiar los wáteres debía ser un castigo. O quizá fuera una selección natural del prefecto de disciplina, adivinador de que fuéramos expertos en tales menesteres. En cierta ocasión, con estupor – viniendo del pueblo, donde los animales de todo tamaño y condición eran usuales, por lo tanto difícil que nos asustáramos con ellos- observamos que el rincón dedicado a las lentejas pululaba con toda clase de insectos. No sólo los que popularmente llamábamos comecocos, especie de pequeñas mariquitas que se deslizaban a impresionante velocidad por encima de la montaña de lentejas. Lo peor era que había gusanos blancuzcos, una visión horripilante, de uno o dos centímetros de longitud. Por más esfuerzos que hicimos para vencer nuestro asco y desasosiego, más de uno y de cien acabó flotando en los platos de nuestros queridos camaradas.

Otro pequeño grupo, junto con el prefecto de disciplina en persona, muy aficionado a las labores hortícolas, Luis Alberto Martín Rey –que en gloria esté-, Fr. Santiago Sáiz, Fr. Orencio, el P. Cándido Pérez y, ¡cómo no! Fr. Emeterio, nos dedicábamos con cierta regularidad a cultivar la huerta. Todos, fuera por herencia genética o por haberlo experimentado, literalmente, desde el seno materno, éramos expertos en esa tarea. De hecho, la huerta situada en la parte de la finca que lindaba con las madres francesas -¿o eran irlandesas?- podía haber sido, de no haber pasado el P. Santiago Cóbreces por la escuela mixta del pueblo, la del abuelo, al otro lado del río, o la más modesta de mi padre, en el mismísimo patio de la casa familiar. Después de todo, en las vacaciones de verano hacíamos tareas absolutamente idénticas. Así que cardos, lechugas, puerros y otras hortalizas daban, sino el ciento por uno, sí un fruto abundante. Fr. Emeterio, hermano lego, como se decía entonces, cooperador como se diría más tarde, era el líder incontestable en aquellos desempeños agrarios. Ennegrecido por las tareas del campo, como cualquiera de mis paisanos, resultaba curioso verle azada en mano, excavando los surcos con notable energía y destreza sobresaliente. Todo ello, con el sempiterno hábito dominicano. La sóla licencia que se concedía era arremangarse las mangas y meter el escapulario bajo el cinto para que éste no se le enredase con el mango de la azada.

En el refectorio, el equipo de servidores se afana sacando los carritos del “lofis”, palabra aún más extraña, si cabe, que la de refectorio. Las puertas batientes que dan acceso a la cocina se convierten en un pequeño juego con las idas y venidas de los compañeros servidores del turno semanal. Se trata de acarrear, desde la cocina, las perolas con el segundo plato y recoger los platos vacíos de la sopa de maizena para llevarlos al “lofis” con la mayor celeridad posible, evitando chocar con los compañeros que hacen lo mismo en sentido inverso. Algunos, con intenciones más bien dudosas, empujan la puerta de doble hoja con toda la fuerza para que el resorte forzado al máximo la lleve veloz hacia el otro extremo. Si en el camino choca con el carro de un compañero que viene raudo a recoger otra cestona de pan, diversión asegurada. Eso sí, que no se aperciba el prefecto de disciplina. Las buenas hermanas de la cocina son más bondadosas y, ocasionalmente, hasta se divierten con el juego infantil que imita la entrada en el saloon de fieros pistoleros. Al cocinero atareado en los fogones no parecen preocuparle demasiado las gamberradas de los alumnos. Ni siquiera los bichitos en las lentejas. Lo cierto, al decir de algunos, es que la calidad de la comida –si alguna vez la tuvo- se ha ido degradando con el paso de los meses. Perspicaces como nos hemos vuelto con el paso de los años, siempre le recordamos con el cigarro encendido, la ceniza, inevitablemente, desparramándose por filetes rusos y hojas de lechuga. Algunos aseveran, tantos años después, que la calidad desquiciada de la comida tuvo orígenes familiares. Hasta recuerdan, osados, que al morirse su esposa, le debió de entrar tal tristeza y depresión que los puñados de sal los repartía al azar, y el aceite requemado había perdido por completo todas las moléculas esenciales, evaporadas, para que pudiera ser denominado como tal. Para mí, resulta un misterio, aunque no lo desdigo, que alguien sea capaz de recordar desde los 12 años una tragedia familiar ajena asociada a unas lentejas mal condimentadas. O acaso semejante capacidad de la memoria posea toda la lógica del mundo.

Deben de ser las mismas razones, plenas de misterio, poderosas, por las cuales me acuerdo, de la sopa de leche fría y una gruesa y espesa tortilla de patatas. Como si lo hubiera cenado anoche. ¡Quiero repetir!

Saturday, August 21, 2010

El refectorio (1 de 2)

En la tradición monástica y, también, en la dominicana, el refectorio –otra palabra acuñada novedosamente en nuestro campestre vocabulario infantil por aquel entonces- tenía una larga tradición. Consecuentemente, aunque no en todos sus componentes, muchos de los aspectos reglados inherentes a aquel espacio tan tradicional entre los buenos frailes, también se nos inculcaron desde el mismo momento en que aprendimos a conformar las filas de entrada a aquella nave tan rectangular como simétrica. Menos mal, pese a que entonces no nos diéramos cuenta, que el genial D. Miguel Fisac, también le había puesto su toque práctico y estético, incluso a aquel espacio tan banal y pedestre. Por ello, nuestros desayunos, nuestras comidas y nuestras cenas estaban envueltas en un mosaico blanco, alicatado hasta el techo. Aquí y allá la monotonía de la cerámica inmaculada quedaba iluminada por ascéticos motivos vegetales que revoloteaban en las paredes. En el pueblo, de donde la mayoría procedíamos, aquella simpleza decorativa se asemejaba, claramente, a las enredaderas que trepaban por las olmas de las orillas de los ríos. No que entonces tuviéramos la mínima preocupación decorativa. Nos bastaba con saber que allí, rodeados de las paredes albinas y los vegetales azulados, saciábamos nuestro hambre material mal que bien. Medio siglo después, observando una antigua fotografía, percibo, a la altura de los ventanales, unas máquinas rudimentarias, a modo de prehistóricas máquinas de aire acondicionado. Como, casi con toda seguridad, tal sofisticación era innecesaria en aquella época, menos aún en el áspero clima pucelano, deduzco que debían ser extractores. ¿Del espantoso olor a tabaco que desprendían las lentejas?

En nuestras casas, mediados de los sesenta, salvo quizá algunos casos muy contados, siempre había una orza con lomo, un tarro de miel, una cabra a la que ordeñar. En definitiva, de forma menos delicada que consistente, no faltaba jamás un pedazo de pan o rebanada de cebolla que llevarse a la boca. Incluso en los días de fiestas religiosas, que eran muchas, y sobre todo para la fiesta del santo patrono, nuestras madres y abuelas eran capaces de arreglárselas para cocinar auténticas exquisiteces, desde el sabroso asado lechal hasta unas deliciosas natillas con galletas maría. Auténtica cocina familiar. En el internado, sin desmerecer de las buenas intenciones del cocinero y el inabarcable carisma de servicio mostrado por las hermanas dominicas, ayudantes de cocina, la alimentación era, por decirlo de alguna manera, poco refinada y claramente cuartelaria.

El silencio, elemento tan esencial en la tradición de las órdenes religiosas del medioevo, nos atañía a nosotros también. O más bien nos apabullaba en nuestras once tiernas primaveras. Acostumbrados como estábamos al jolgorio de la mesa familiar en nuestros hogares, el acceso al plato y la cuchara sin decir ni palabra –la rotura de esta norma acarreaba cuando menos una falta leve, cuya reincidencia la convertía en grave- era una regla más que chocante. Que no se nos permitiera hablar en la iglesia, era más que comprensible, que durante el tiempo de estudio en las clases, más que razonable. Pero ¿qué mal podía existir, aunque fuera en susurros, que hiciéramos ascos sobre el extraño perfume que emanaban las dichosas lentejas?. La entrada en el comedor, en fila india y en silencio, requería, al trote ligero que llevábamos, un ligero desorden mientras cada uno alargaba, con notable destreza, el brazo para alcanzar el casillero donde se recogía la servilleta –otro elemento novedoso, puesto que tal delicadeza era completamente inexistente en la mesa familiar del pueblo- con nuestro número personalizado. Número ubicuo en cada una de las prendas de ropa, a fin de que las buenas hermanas de la lavandería pudieran localizarlas en la colada semanal. Tan omnipresentes estaban aquellos dígitos, que muchos años después, todos recordamos aquel santo y seña, el abracadabra de la escuela apostólica. El mío: el trescientos nueve. De vez en cuando, como procedente del más allá, de una vida hace tantos decenios vivida, reencarnación de la infancia que nunca volverá, en el fondo de algún baúl de la casa familiar aparece una amarillenta sábana. Claramente visible en una de sus esquinas, tentativamente bordado en hilo rojo por mi madre en el verano de 1967, el tres medio deshilachado con el paso de los años y las décadas, allí está: 309.

En el casillero guardábamos, aparte de la servilleta, en aquella época eran todas a cuadros de vivos colores, con flecos, nuestros pequeños tesoros alimenticios. El más común, raro era el que no disponía de él, el bote de Colacao. Otro momentáneo lujo que se permitían nuestros padres, adquirir uno en la tienda de ultramarinos del partido judicial, los días de mercado. Pero cuando la cosecha se apuraba con los últimos coletazos de septiembre, por falta de tiempo, se lo compraban a Luis, alguna pesetilla más caro, el de la camioneta de Herrera que todos los lunes, a eso de las 5 se situaba bajo la chopa de la plaza de la iglesia. En los desayunos familiares, entonces se llamaban almuerzos, tal lujo era innecesario. La leche apenas hervida se tomaba con sopas de pan y poco azúcar. En las Arcas Reales, la carencia del bote de colacao te relegaba a la categoría de pobre entre los pobres. Peor aún, hasta tus padres parecían haberse olvidado de ti. ¿Quién no tuvo al menos uno?. La realidad acaso fuera más cruel. Ya había pasado lo peor de la posguerra y ciertos bienes de consumo, impensables una década antes, comenzaban a afluir a la todavía rala cesta de la compra. Pero no siempre se vendía la cosecha de patatas a tiempo, a veces se morían los terneros entelados y adiós a los ínfimos lujos. Los pocos que no disponían de aquel prestigioso bote amarillo con sus inefables palmeras -¿árboles de cacao?- y sus negritos con gruesos labios rojos (¿quién habló de publicidad políticamente correcta?) era, pura y simplemente, porque no disponían de dinero para adquirirlo. ¡Un simple bote de colacao como signo de riqueza paternal! Corre, ve y dílo a tu progenitura. ¿Te creerán?

En el comedor nos sentábamos en unos bancos con capacidad para ocho o diez comensales, frente a unas mesas tan aparatosas como pesadas e inamovibles. Los bancos, por el contrario, al sentarnos y levantarnos, al ser arrastrados sobre el pavimento, creaban un estrépito ensordecedor, acrecentado por el silencio en el que realizábamos la operación. La extrema sonoridad del local retumbaba por techos y paredes. Antes de sentarnos, la inevitable bendición (“Bendice Señor a los que ya estamos y si alguno viniere con tu divino poder quítale las ganas de comer”). No, esta era una de las de broma. La bendición de verdad era mucho más formal. Habitualmente, el prefecto aprovechaba el momento para realizar alguna admonición al orden, quizá, algún aviso de novedades para la jornada. En los días de asueto, en los pinares que envolvían al Duero, jornada de ocio, lo esencial era que no teníamos clase, escrutábamos con inquietud el cielo para ver si amenazaba lluvia o se anunciaba el sol radiante que nos permitiera acercarnos hasta Simancas o Puente Duero. Hacíamos cábalas para intuir la decisión que tomaría el prefecto. Todos a ponerse la ropa de deporte u, ¡oh desilusión! como tantas otras jornadas, el asueto se transformaría en las aburridas clases de todos los días.

Cada semana, había un turno de servidores. Un equipo de una quincena de condiscípulos, encargados de servir al resto de compañeros. Era una responsabilidad apetecida. Por una parte te sacaba fuera de la rutina habitual. A todos nos encantaba usar aquella extraña herramienta, especie de cizalla, donde en un abrir y cerrar de ojos, despachabas una docena de barras de pan, suficentes para llenar un cesto, pequeños trozos que daban para repartir toda una fila de bancos. Devenir servidor te otorgaba cierto poder. Por ejemplo, el poder echar una cacilla de más o de menos, desde la olla sopera, a tus paisanos o amigos, de la sopa o menú, según les gustase o la detestaran. Finalmente, como el equipo de servidores, comía después de acabar con el servicio, una vez el comedor desalojado, el prefecto de disciplina se iba al comedor de los padres (por algo aquello de cuando seas fraile comerás huevos), tenían cierta libertad para comer más de aquello que les apetecía o ni tocar aquello que odiaban. Incluso las buenas hermanas, que con tanto cariño gestionaban la cocina, les incentivaban con pequeños detalles. Un trozo de chorizo más, de lo sobrante, cerraban los ojos ante el plato de lentejas sin tocar, o nos permitían repetir de pan, a voluntad, sin que nadie pusiera objeciones.