Sunday, August 29, 2010

El refectorio (2 de 2)

“Repetir” era una palabra clave, muy popular en el refectorio. Cuando en aquellos curiosos vasos de aluminio, multicolores: plateados, azulados, anaranjados, se acababa la leche con el colacao, los servidores pasaban entre las mesas con aquellas gigantescas cántaras de estaño – era necesario agarrar las dos asas con las manos- gritando “¿quién quiere repetir?”. No que la oferta fuera cotidiana y habitual. Sólo cuando sobraba alimento. Bien los primeros o últimos días de curso, cuando muchos se habían ido o unos cuantos todavía no habían llegado. También en lo más frío del invierno cuando la gripe hacía estragos y los huecos en los bancos eran claramente visibles. Quizá el cocinero, desde el primer día del curso hasta el último, hacía sus cálculos de forma idéntica, sin considerar que por razones diversas entre los 240 alumnos de primero y segundo podía faltar una veintena. Acaso, el vaquero no podía conservar la leche hasta el día siguiente y sobre dejarlo en las ubres prefería despacharla para la cocina. ¿Quién quiere repetir?.

Ocasionalmente, algunos alumnos colaborábamos en los suministros alimenticios. Al menos en su preparación. Las situaciones más traumáticas acontecían cuando el prefecto de disciplina nos asignaba la tarea de “escoger” la legumbre. En la aldea, esta era una tarea relativamente común que nuestras madres nos encargaban realizar al calor de la gloria, antes de que pusiera a remojo los garbanzos del cocido. O separar las piedrecillas que se habían colado en el escriño de lentejas, una vez venteadas éstas. Era una tarea sencilla, bien que necesitada de paciencia. Se hacían pequeños montoncitos de la legumbre y con el índice se iban pasando a otro, dejando a un lado las impurezas. Tarea fácil cuando se trataba de un kilo de alubias. Separar varias decenas de kilos resultaba más aburrido y monótono. Las legumbres se almacenaban en unas paneras, localizadas enfrente de la casa donde habitaban las monjas. Paredes a media altura dividían el producto, en cada habitáculo había centenares de kilos, incluso toneladas, de diversas legumbres, patatas y cebollas.

Separar la porción correspondiente a una comida de cuatrocientos alumnos –el menú del pabellón de mayores era previsiblemente igual al de menores- significaba toda una tarde, montoncito va, montoncito viene de diminutas lentejas, ejercitando los índices. Para acelerar el proceso, lo hacíamos con las dos manos. Aunque no lo parezca, aquella tarea, por razones desconocidas, constituía un premio a los que se habían portado bien durante la semana. Supongo que limpiar los wáteres debía ser un castigo. O quizá fuera una selección natural del prefecto de disciplina, adivinador de que fuéramos expertos en tales menesteres. En cierta ocasión, con estupor – viniendo del pueblo, donde los animales de todo tamaño y condición eran usuales, por lo tanto difícil que nos asustáramos con ellos- observamos que el rincón dedicado a las lentejas pululaba con toda clase de insectos. No sólo los que popularmente llamábamos comecocos, especie de pequeñas mariquitas que se deslizaban a impresionante velocidad por encima de la montaña de lentejas. Lo peor era que había gusanos blancuzcos, una visión horripilante, de uno o dos centímetros de longitud. Por más esfuerzos que hicimos para vencer nuestro asco y desasosiego, más de uno y de cien acabó flotando en los platos de nuestros queridos camaradas.

Otro pequeño grupo, junto con el prefecto de disciplina en persona, muy aficionado a las labores hortícolas, Luis Alberto Martín Rey –que en gloria esté-, Fr. Santiago Sáiz, Fr. Orencio, el P. Cándido Pérez y, ¡cómo no! Fr. Emeterio, nos dedicábamos con cierta regularidad a cultivar la huerta. Todos, fuera por herencia genética o por haberlo experimentado, literalmente, desde el seno materno, éramos expertos en esa tarea. De hecho, la huerta situada en la parte de la finca que lindaba con las madres francesas -¿o eran irlandesas?- podía haber sido, de no haber pasado el P. Santiago Cóbreces por la escuela mixta del pueblo, la del abuelo, al otro lado del río, o la más modesta de mi padre, en el mismísimo patio de la casa familiar. Después de todo, en las vacaciones de verano hacíamos tareas absolutamente idénticas. Así que cardos, lechugas, puerros y otras hortalizas daban, sino el ciento por uno, sí un fruto abundante. Fr. Emeterio, hermano lego, como se decía entonces, cooperador como se diría más tarde, era el líder incontestable en aquellos desempeños agrarios. Ennegrecido por las tareas del campo, como cualquiera de mis paisanos, resultaba curioso verle azada en mano, excavando los surcos con notable energía y destreza sobresaliente. Todo ello, con el sempiterno hábito dominicano. La sóla licencia que se concedía era arremangarse las mangas y meter el escapulario bajo el cinto para que éste no se le enredase con el mango de la azada.

En el refectorio, el equipo de servidores se afana sacando los carritos del “lofis”, palabra aún más extraña, si cabe, que la de refectorio. Las puertas batientes que dan acceso a la cocina se convierten en un pequeño juego con las idas y venidas de los compañeros servidores del turno semanal. Se trata de acarrear, desde la cocina, las perolas con el segundo plato y recoger los platos vacíos de la sopa de maizena para llevarlos al “lofis” con la mayor celeridad posible, evitando chocar con los compañeros que hacen lo mismo en sentido inverso. Algunos, con intenciones más bien dudosas, empujan la puerta de doble hoja con toda la fuerza para que el resorte forzado al máximo la lleve veloz hacia el otro extremo. Si en el camino choca con el carro de un compañero que viene raudo a recoger otra cestona de pan, diversión asegurada. Eso sí, que no se aperciba el prefecto de disciplina. Las buenas hermanas de la cocina son más bondadosas y, ocasionalmente, hasta se divierten con el juego infantil que imita la entrada en el saloon de fieros pistoleros. Al cocinero atareado en los fogones no parecen preocuparle demasiado las gamberradas de los alumnos. Ni siquiera los bichitos en las lentejas. Lo cierto, al decir de algunos, es que la calidad de la comida –si alguna vez la tuvo- se ha ido degradando con el paso de los meses. Perspicaces como nos hemos vuelto con el paso de los años, siempre le recordamos con el cigarro encendido, la ceniza, inevitablemente, desparramándose por filetes rusos y hojas de lechuga. Algunos aseveran, tantos años después, que la calidad desquiciada de la comida tuvo orígenes familiares. Hasta recuerdan, osados, que al morirse su esposa, le debió de entrar tal tristeza y depresión que los puñados de sal los repartía al azar, y el aceite requemado había perdido por completo todas las moléculas esenciales, evaporadas, para que pudiera ser denominado como tal. Para mí, resulta un misterio, aunque no lo desdigo, que alguien sea capaz de recordar desde los 12 años una tragedia familiar ajena asociada a unas lentejas mal condimentadas. O acaso semejante capacidad de la memoria posea toda la lógica del mundo.

Deben de ser las mismas razones, plenas de misterio, poderosas, por las cuales me acuerdo, de la sopa de leche fría y una gruesa y espesa tortilla de patatas. Como si lo hubiera cenado anoche. ¡Quiero repetir!

Saturday, August 21, 2010

El refectorio (1 de 2)

En la tradición monástica y, también, en la dominicana, el refectorio –otra palabra acuñada novedosamente en nuestro campestre vocabulario infantil por aquel entonces- tenía una larga tradición. Consecuentemente, aunque no en todos sus componentes, muchos de los aspectos reglados inherentes a aquel espacio tan tradicional entre los buenos frailes, también se nos inculcaron desde el mismo momento en que aprendimos a conformar las filas de entrada a aquella nave tan rectangular como simétrica. Menos mal, pese a que entonces no nos diéramos cuenta, que el genial D. Miguel Fisac, también le había puesto su toque práctico y estético, incluso a aquel espacio tan banal y pedestre. Por ello, nuestros desayunos, nuestras comidas y nuestras cenas estaban envueltas en un mosaico blanco, alicatado hasta el techo. Aquí y allá la monotonía de la cerámica inmaculada quedaba iluminada por ascéticos motivos vegetales que revoloteaban en las paredes. En el pueblo, de donde la mayoría procedíamos, aquella simpleza decorativa se asemejaba, claramente, a las enredaderas que trepaban por las olmas de las orillas de los ríos. No que entonces tuviéramos la mínima preocupación decorativa. Nos bastaba con saber que allí, rodeados de las paredes albinas y los vegetales azulados, saciábamos nuestro hambre material mal que bien. Medio siglo después, observando una antigua fotografía, percibo, a la altura de los ventanales, unas máquinas rudimentarias, a modo de prehistóricas máquinas de aire acondicionado. Como, casi con toda seguridad, tal sofisticación era innecesaria en aquella época, menos aún en el áspero clima pucelano, deduzco que debían ser extractores. ¿Del espantoso olor a tabaco que desprendían las lentejas?

En nuestras casas, mediados de los sesenta, salvo quizá algunos casos muy contados, siempre había una orza con lomo, un tarro de miel, una cabra a la que ordeñar. En definitiva, de forma menos delicada que consistente, no faltaba jamás un pedazo de pan o rebanada de cebolla que llevarse a la boca. Incluso en los días de fiestas religiosas, que eran muchas, y sobre todo para la fiesta del santo patrono, nuestras madres y abuelas eran capaces de arreglárselas para cocinar auténticas exquisiteces, desde el sabroso asado lechal hasta unas deliciosas natillas con galletas maría. Auténtica cocina familiar. En el internado, sin desmerecer de las buenas intenciones del cocinero y el inabarcable carisma de servicio mostrado por las hermanas dominicas, ayudantes de cocina, la alimentación era, por decirlo de alguna manera, poco refinada y claramente cuartelaria.

El silencio, elemento tan esencial en la tradición de las órdenes religiosas del medioevo, nos atañía a nosotros también. O más bien nos apabullaba en nuestras once tiernas primaveras. Acostumbrados como estábamos al jolgorio de la mesa familiar en nuestros hogares, el acceso al plato y la cuchara sin decir ni palabra –la rotura de esta norma acarreaba cuando menos una falta leve, cuya reincidencia la convertía en grave- era una regla más que chocante. Que no se nos permitiera hablar en la iglesia, era más que comprensible, que durante el tiempo de estudio en las clases, más que razonable. Pero ¿qué mal podía existir, aunque fuera en susurros, que hiciéramos ascos sobre el extraño perfume que emanaban las dichosas lentejas?. La entrada en el comedor, en fila india y en silencio, requería, al trote ligero que llevábamos, un ligero desorden mientras cada uno alargaba, con notable destreza, el brazo para alcanzar el casillero donde se recogía la servilleta –otro elemento novedoso, puesto que tal delicadeza era completamente inexistente en la mesa familiar del pueblo- con nuestro número personalizado. Número ubicuo en cada una de las prendas de ropa, a fin de que las buenas hermanas de la lavandería pudieran localizarlas en la colada semanal. Tan omnipresentes estaban aquellos dígitos, que muchos años después, todos recordamos aquel santo y seña, el abracadabra de la escuela apostólica. El mío: el trescientos nueve. De vez en cuando, como procedente del más allá, de una vida hace tantos decenios vivida, reencarnación de la infancia que nunca volverá, en el fondo de algún baúl de la casa familiar aparece una amarillenta sábana. Claramente visible en una de sus esquinas, tentativamente bordado en hilo rojo por mi madre en el verano de 1967, el tres medio deshilachado con el paso de los años y las décadas, allí está: 309.

En el casillero guardábamos, aparte de la servilleta, en aquella época eran todas a cuadros de vivos colores, con flecos, nuestros pequeños tesoros alimenticios. El más común, raro era el que no disponía de él, el bote de Colacao. Otro momentáneo lujo que se permitían nuestros padres, adquirir uno en la tienda de ultramarinos del partido judicial, los días de mercado. Pero cuando la cosecha se apuraba con los últimos coletazos de septiembre, por falta de tiempo, se lo compraban a Luis, alguna pesetilla más caro, el de la camioneta de Herrera que todos los lunes, a eso de las 5 se situaba bajo la chopa de la plaza de la iglesia. En los desayunos familiares, entonces se llamaban almuerzos, tal lujo era innecesario. La leche apenas hervida se tomaba con sopas de pan y poco azúcar. En las Arcas Reales, la carencia del bote de colacao te relegaba a la categoría de pobre entre los pobres. Peor aún, hasta tus padres parecían haberse olvidado de ti. ¿Quién no tuvo al menos uno?. La realidad acaso fuera más cruel. Ya había pasado lo peor de la posguerra y ciertos bienes de consumo, impensables una década antes, comenzaban a afluir a la todavía rala cesta de la compra. Pero no siempre se vendía la cosecha de patatas a tiempo, a veces se morían los terneros entelados y adiós a los ínfimos lujos. Los pocos que no disponían de aquel prestigioso bote amarillo con sus inefables palmeras -¿árboles de cacao?- y sus negritos con gruesos labios rojos (¿quién habló de publicidad políticamente correcta?) era, pura y simplemente, porque no disponían de dinero para adquirirlo. ¡Un simple bote de colacao como signo de riqueza paternal! Corre, ve y dílo a tu progenitura. ¿Te creerán?

En el comedor nos sentábamos en unos bancos con capacidad para ocho o diez comensales, frente a unas mesas tan aparatosas como pesadas e inamovibles. Los bancos, por el contrario, al sentarnos y levantarnos, al ser arrastrados sobre el pavimento, creaban un estrépito ensordecedor, acrecentado por el silencio en el que realizábamos la operación. La extrema sonoridad del local retumbaba por techos y paredes. Antes de sentarnos, la inevitable bendición (“Bendice Señor a los que ya estamos y si alguno viniere con tu divino poder quítale las ganas de comer”). No, esta era una de las de broma. La bendición de verdad era mucho más formal. Habitualmente, el prefecto aprovechaba el momento para realizar alguna admonición al orden, quizá, algún aviso de novedades para la jornada. En los días de asueto, en los pinares que envolvían al Duero, jornada de ocio, lo esencial era que no teníamos clase, escrutábamos con inquietud el cielo para ver si amenazaba lluvia o se anunciaba el sol radiante que nos permitiera acercarnos hasta Simancas o Puente Duero. Hacíamos cábalas para intuir la decisión que tomaría el prefecto. Todos a ponerse la ropa de deporte u, ¡oh desilusión! como tantas otras jornadas, el asueto se transformaría en las aburridas clases de todos los días.

Cada semana, había un turno de servidores. Un equipo de una quincena de condiscípulos, encargados de servir al resto de compañeros. Era una responsabilidad apetecida. Por una parte te sacaba fuera de la rutina habitual. A todos nos encantaba usar aquella extraña herramienta, especie de cizalla, donde en un abrir y cerrar de ojos, despachabas una docena de barras de pan, suficentes para llenar un cesto, pequeños trozos que daban para repartir toda una fila de bancos. Devenir servidor te otorgaba cierto poder. Por ejemplo, el poder echar una cacilla de más o de menos, desde la olla sopera, a tus paisanos o amigos, de la sopa o menú, según les gustase o la detestaran. Finalmente, como el equipo de servidores, comía después de acabar con el servicio, una vez el comedor desalojado, el prefecto de disciplina se iba al comedor de los padres (por algo aquello de cuando seas fraile comerás huevos), tenían cierta libertad para comer más de aquello que les apetecía o ni tocar aquello que odiaban. Incluso las buenas hermanas, que con tanto cariño gestionaban la cocina, les incentivaban con pequeños detalles. Un trozo de chorizo más, de lo sobrante, cerraban los ojos ante el plato de lentejas sin tocar, o nos permitían repetir de pan, a voluntad, sin que nadie pusiera objeciones.