Tuesday, January 15, 2019

UN AÑO POR TIERRAS MANCHEGAS (III), por Arsenio González Cereijo***


Cada salto adelante suponía un grado de compromiso mayor. La alternativa se hacía cada día más dramática tanto en la aceptación del compromiso como en su renuncia. Tres años quedaban en Santa María de Nieva. Ahora un año de noviciado, una prueba más, en Ocaña, en la provincia de Toledo. Hubo una despedida de los cursos que se quedaban con una velada llena de emoción. Hice el discurso de adiós a los que se quedaban. ¿"Qué otra cosa son los Alpes que una altitud de montes"? parece que dijo Aníbal a su ejército a la vista imponente de sus montañas inaccesibles. Frases bonitas que la imaginación encadena en el romanticismo de la juventud y lejos de la vida real. Equivalía a escalar una nueva etapa en un largo ascenso, entre seducciones profanas que llegaban atenuadas y sugestivas a través de rejas y celosías y negaciones desde un mundo que desconocía. Dentro se disfrutaba el frágil sentimiento de heroísmo, por demás presuntuosos, del hombre que desprecia con orgullo todas aquellas cosas que los demás mortales ambicionan intensamente, placer, dinero y libertad. Recuerda el falso orgullo de los exploradores que queman sus naves al emprender la conquista para evitar la tentación del retorno.

Tres renuncias que sólo se podían justificar en nombre de fuertes motivaciones. La trampa residía en la credulidad de la gente joven que acepta el efecto del medio sociocultural sin demasiada reflexión. Son afectos muy imperativos para que pudieran ser duraderos, No parece tan clara la hipoteca de toda una vida en aras de sublimes ideales juveniles cuya práctica se realiza en contextos de fu condicionantes culturales diferentes. El noviciado piedra de fuego. Ocaña, un viejo convento medieval, do con la sangre reciente de las víctimas de la guerra civil que murieron sobre los tejados acribillados a balazos alimañas y la consiguiente estela de santidad que hoy los envuelve. Los retratos de las últimas víctimas de la persecución vietnamita recubrían sus paredes con recuerdos igualmente trágicos y de su inmolación heroica que se mezclaban con los sueños surrealistas de nuestra ofuscada emoción religiosa. 

La asistencia al coro, el estudio silencioso en la celda, las costumbres monacales rutinarias, con escasa luz sugerente que llega de fuera a los pasillos por unos elevados ventanillos inaccesibles, reproducía un tiempo inmóvil de siglos pasados, un respeto ciego a la tradición muerta y una desconfianza sistemática del mundo malo que discurría fuera. En abierto contraste con la unísona melodía gregoriana del monasterio se confundían las estridentes voces de los vigilantes del penal de la ciudad que guardaban el sueño atormentado de los presos y el lánguido sonido madrugador de las campanas de muchas iglesias. El penal de Ocaña era el reverso del convento. Dos mundos vecinos completamente distintos en la valoración social y muy semejantes en el fondo. Las murallas y las rejas separan a los hombres, los buenos con el orgullo de su libertad inmolada por un lado y los malos con la pena de su rebeldía humillada en el otro. Diferencias de la hipocresía humana y el maniqueísmo de una moral impuesta. ¿Quién puede discernir entre la "mentira" de un asceta y la inocencia del encarcelado y señalar límites entre la insípida virtud cenobítica y la fuerte vitalidad creativa de los habitantes de los penales que la sociedad masacra y luego recluye en sus cárceles.

El noviciado, prueba vocacional. Naturalmente muchos no la superan. Criterios presuntamente justos lo deciden. Aquellas reuniones fatídicas donde al final del año, ellos, los elegidos, los justos, los puros, con unas bolas blancas y negras, separan a los buenos de los malos, deciden la vocación, marcan infalibles el destino de unos y otros como si fueran rifas. "Los elegidos son pocos", los demás quedaban fuera, sin derecho a nada. Salían de puntillas, como prófugos o delincuentes, por la puerta trasera del convento a las tinieblas exteriores, sin testigo de amigos siquiera. Un gran sentimiento de tristeza me inundaba cuando se tachaba aquellos nombres de las listas como si se borrasen de la existencia. Sobre ellos caía un telón de silencio que los cubría de vergüenza en la conciencia de los que quedaban dentro y una losa de hostilidad e intolerancia les ofrecía la sociedad en la puerta de salida. Todo se perdía en un momento. El amigo más sincero durante meses y años desaparecía como un condenado, por encantamiento de las bolas negras de la gente capitular, sin dejar detrás de sí más huellas que el ingrato recuerdo de haber sido rechazados. 

Hasta hoy conservo la memoria fiel de algunos de estos amigos que traté entonces. Conservo el recuerdo de ellos con afecto. Nunca me pareció bien el procedimiento, un hombre no puede decidir el destino de otro por muy justo que sea. Este sentimiento de vieja amistad se ha renovado muchas veces cuando, en mi regreso a España, estando ya fuera de la congregación por voluntad propia, nos encontramos muchos exalumnos dominicanos, en esta otra ladera de la vida. Cuando regresé de Venezuela se había convocado un encuentro de los secularizados, promovido por un grupo de amigos que vivían en la capital de España. Era una idea importante. El abrazo de la amistad. Ahora el pasado empezaba a contar más que el futuro. Allí no había herejes, ni renegados, ni desertores, ni prófugos, ni arrepentidos. Había simplemente amigos, buenos amigos, muchos amigos. 

Fue un verdadero encuentro familiar, más que una reunión de exalumnos de cualquier colegio. Provechosa tanto para los que permanecen dentro porque, por encima de viejos prejuicios, tenemos muchos años de vida en común, tenemos unos ideales que hemos compartido dentro de la misma empresa, los efectos de un poderoso y uniforme influjo educativo que nadie puede borrar, como para los que recorremos otros derroteros desde el día que salimos al mundo de las tinieblas exteriores porque, queramos o no, somos parte de una gran familia, una élite intelectual, con muchas vivencias afectivas y parecidos criterios mentales compartidos. Nadie puede suprimir el valor humano de nuestra convivencia durante tantos años de formación. La familia no es solo sangre. Es cariño. Es afinidad. La familia es la gente que se relaciona afectivamente, gente que se quiere, gente que tiene o no la misma sangre, comparte la misma estructura mental, parecida tonalidad afectiva, la misma marca cultural de origen y los mismos términos para nombrar las cosas. Esos éramos los que habíamos acudido a aquella convocatoria.  

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*** Publicado con la amable autorización de autor: CLAUSTRO dentro y fuera, Arsenio González Cereijo (DEP), Cultiva Comunicación SL Madrid 2009 [El texto corresponde a una sección del capítulo II titulado "La Aventura religiosa"] El libro está dedicado "A mi familia. A mis amigos. A los que, como yo, han sido crédulos, ingenuos, soñadores y han pretendido, en vano, cambiar el camino del tiempo y la ruta de las estrellas. Mi otra familia"