Tuesday, May 1, 2012

La iglesia


De arquitectura no teníamos ni idea, al menos en primero y segundo. Más tarde, cuando el P. Reyero nos explicaba los tres órdenes helénicos en cuarto, en Historia del Arte y la Cultura, también aprendimos las nociones básicas para diferenciar el flamígero del plateresco. O casi. Incluso nos daba tiempo a echar una ojeada a las ilustraciones, nunca a estudiar los textos de las últimas lecciones, por falta de tiempo, de las obras de Le Corbusier o Wright, con la iglesia de Notre Dame de Haut o la Casa de la Cascada, respectivamente. Que, además, estaban entre las estampas más preciadas de un álbum de cromos muy popular donde se mezclaban animales de la jungla y obras arquitectónicas de primer nivel.

La iglesia del insigne y todavía infravalorado Miguel Fisac que, en las próximas semanas y meses, se convertiría en el espacio central de nuestras vidas, tanto física como metafóricamente, no aparecía en esas páginas, aunque bien que lo hubiera merecido, ni el cuaderno de cromos. Aunque –ignorado por nosotros- sí que se podía encontrar la austera imagen del interior de la iglesia en revistas especializadas de arquitectura de la época. El galardón recibido en Viena en la década precedente, en cuanto monumento emblemático del arte moderno religioso en España, había catapultado, eso sí, en círculos más bien restringidos, al arquitecto y a su obra de las Arcas Reales a un lugar de privilegio tan criticado como alabado.

Para la época, pleno franquismo, y el contexto, un internado de religiosos tremendamente conservadores, que el edificio se hubiera levantado, más que de una revolución arquitectónica premeditada, se trataba de un genuino milagro eclesial. La pequeña gran historia de aquellas decisiones, atribuidas al prior provincial de entonces, el P. Sancho, seguro que daría para una tesis doctoral sobre la ambivalencia de un continente, la forma arquitectónica, vanguardista y heraldo del Vaticano II en puertas, frente a un contenido, la religiosidad celebrada entre sus paredes, anclada en conceptos decimonónicos, sino anteriores, donde el rezo ritual y cotidiano del rosario conformaba uno de los pilares sobre los que se sustentaba, quizá mejor, se pretendía sustentar la fe de nuestras infancias tan tiernas y moldeables como pueblerinas e ingenuas.

Aquel prestigio de la obra de Fisac, sin que afloraran las matizaciones socio religiosas pertinentes, había corrido de boca en boca entre nuestros progenitores originados, en términos muy vagos por los propios alumnos o los buenos padres dominicos. No que tuvieran, nuestros padres, el mínimo interés en las formulaciones arquitectónicas de don Miguel. Pero era “vox populi”, incluso para muchos de ellos que hacían su primer viaje en tren para acompañarnos al internado, en que la “iglesia moderna” era un plus de prestigio para el colegio y, por consiguiente para sus vástagos que estudiaban en él.

Lo de “iglesia moderna” constituía un pequeño mantra, que los buenos padres dominicos, más versados en asuntos monumentales, explotaban con celeridad, cariño y buenos propósitos. Nada más pisar el patio central, la visita a la “iglesia moderna” era lo primero que se hacía, por delante, incluso, de las clases o el dormitorio corrido. Al padre prefecto de disciplina o al P. Santiago –el pescador de vocaciones sociológicas que nos había visitado en la escuela de la aldea- les encantaba sorprender a nuestros padres con aquellas paredes desnudas y lisas, deslumbrados, literalmente, por aquel altar en el centro del ábside, sobriamente iluminado por la caliza de Campaspero.

Después volvían al pueblo y contaban con orgullo lo de la “iglesia moderna” al señor Maurino, que también había tenido un hijo en el internado, pero poco tiempo, así que ni siquiera había podido acercarse ni el Día de las Familias para admirar las maravillas de aquellas paredes desvestidas que encajonaban el altar. Aunque yo bien sabía, en mi inocencia infantil, que a mis padres, inmersos en un mundo barroco de santos y vírgenes, desde Santa Lucía a San Isidro Labrador pasando por la Virgen de Fátima con sus pies sobre una nube de escayola donde reposaban tres palomitas, que la boca abierta de mis padres no lo era tanto por la supuesta sorpresa que les mostraba el P. Santiago sino fruto de una profunda desilusión.


De hecho, aunque sólo fuera en las formas, la iglesia parroquial y aquel sorprendente edificio conformaban dos mundos bien diferentes sino contrapuestos. Sólo en las formas. Cierto, los bancos, no había reclinatorios individuales como en el pueblo, estaban simétricamente colocados. También, novedad reciente del Vaticano II recién finalizado, como en el pueblo, el altar miraba a los fieles. Ahí se acababan las similitudes. Ni un santo en las paredes a quien dirigir las devociones (a hurtadillas, algunos compañeros osarían decir que aquella iglesia era ¡protestante!), ni el tabernáculo en el centro del altar ante quien hincar la rodilla en genuflexión reverencial.  Demasiado chocante para nuestros padres, acostumbrados a la jerarquía celestial, apabullados por la exuberante invasión escultórica barroca, ocasionalmente románica, de sus iglesias donde al hilo de los tiempos y generación tras generación habían creído entender que sin santos no hay paraíso.

En cualquier caso aceptaron, sin rechistar, aquella  nueva forma de de espacio religioso porque tenían la fe del carbonero en los criterios educativos de los buenos padres, ¡más aún si se trataba de asuntos religiosos!,  confiaban a pies juntillas en el inmejorable criterio de los padres dominicos para hacer de nosotros hombres de provecho en cuerpo y alma. Con o sin santos en los muros de la iglesia. Si esperaban que me enseñaran a calcular la medida de la hipotenusa con el teorema de Pitágoras, y eso era mucho esperar, ¿cómo no iban a confiar en que la lección moral de la parábola del hijo pródigo se me quedara bien grabada entre aquellas paredes desnudas, interminables, donde la única imagen, la Virgen del Rosario en piedra de Jose Capuz, pese a sus enormes dimensiones, se fundía con el leve arco dibujado por el ábside?

La iglesia, colocada estratégicamente por el arquitecto, en el centro de todo el complejo escolar, se convertía cotidianamente en el punto de encuentro de todos los que poblábamos las Arcas Reales. Fueran profesores, alumnos mayores, menores, monjas auxiliares o hermanos legos (más tarde llamados cooperadores). Todos nos encontrábamos allí, no menos de tres o cuatro veces al día. En días festivos, incluso más. Allí acudíamos todos, juntos pero no revueltos. La entrada se hace por  disciplinadas filas, formadas con anterioridad en las galerías, y rigurosísimo silencio. El corto pasillo de acceso, desde las galerías hasta la iglesia, en sacrosanta circunspección, el acceso también parte del espacio sagrado. Las filas, a medida que avanzan por los laterales de la nave se entroncan, como en una parada militar, en los austeros bancos de madera.

Lo primero, inevitablemente, es ponerse de rodillas en ellos. Cualquier acto litúrgico, menor o mayor, solemne o menos solemne, se inicia en genuflexión. Los cursos pequeños, los que proceden del pabellón de menores, ocupan los bancos delanteros. Cuando éstos han terminado de colocarse, es el turno de entrada de los mayores. El espacio sacro se agranda con el silencio impenetrable de 400 alumnos y, se dice pronto, donde no se oye ni una mosca. De repente, el P. Ibáñez, para sorpresa sonora, especialmente de los más pequeños todavía poco acostumbrados a estas entradas estentóreas, ataca en el órgano una fuga de Bach. Nos miramos, ligeramente atemorizados, pero ni una palabra al vecino y mucho menos mirar la vista atrás, hacia el coro, no sea que nos convirtamos en estatuas de sal. O lo que es peor, que el P. Prefecto de Disciplina, vigilante en un lateral, nos llame al orden. Pasen los avisos en el dormitorio o en la clase, pero en la iglesia, delito de lesa majestad y difícil perdón.

En el pueblo, por turno, todos éramos monaguillos. No éramos tantos, después de todo, en edad de portar las vinajeras y la cruz procesional de plata. Además las funciones religiosas se multiplicaban entre bautizos, entierros, bodas, procesiones y rosarios. Así que don Maximino tenía tajo para todos.  Aquí, en el internado, la competencia para servir en el altar es muy dura, aunque sólo sea por el número de candidatos. Ser designado monaguillo constituye un privilegio, atribuible, al menos en nuestra parla infantil al “enchufe”. Como hay enchufados en clase de geografía porque recitan de memoria los tres picos más altos de la península Ibérica y Canarias (el Teide, Mantecón, cuántas veces se lo tengo que decir) en la clase del P. Varela, también hay enchufados para portar el incensario  y los ciriales por delante del P. Antonio Felices, cuya cabeza inmensa y rapada, los hombros cargados incrementan la extremada solemnidad con la que porta la custodia, a mitad envuelta con el velo humeral. Aunque las razones por las cuales media docena de elegidos obtienen ese privilegio se pierde en los vericuetos de la memoria.

Las prácticas religiosas eran las clásicas de la época, mediados de los sesenta. El concilio venía de terminar, pero pasaría media docena de años hasta que raspara mínimamente en la superficie educativa de nuestros guías espirituales. Mientras tanto, seguíamos practicando nuestra religiosidad como la habían practicado ellos y como la practicaban nuestros padres. A golpe de mera recitación, de orden ritual y celebraciones repetitivas que, mirando para atrás, pueden parecer huecas e inútiles, pero que allí, y en aquel momento, eran nuestra tabla de salvación catequética en la fe que nos habían inculcado desde que teníamos uso de razón, incluso antes.

Cualesquiera que fuera el acto religioso teníamos más que memorizadas las plegarias. A las invocaciones del sacerdote que presidía la ceremonia, respondíamos con afirmaciones aprendidas de memoria, de manera absolutamente mecánica. De la misma manera que enunciábamos los ríos de España, empezando por el Sil, proclamábamos nuestra contrición, el “confíteor”: por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa. Si arrepentimiento había, y no podía no haberlo al amparo del temor religioso que nos abrumaba, con la declamación ritual nos bastaba para sentirnos satisfechos en el cumplimiento de nuestro deber religioso fundamentado, exclusivamente, en la mecánica de nuestras respuestas a las invocaciones sacerdotales y el perpetuo ritual de rosarios, misas y devociones varias que se sucedían día tras día.

No había espacio para la reflexión, discusión, mucho menos debate. Todo era un vaivén archiconocido desde el Señor esté con vosotros y con tu espíritu, etc. etc. hasta el podéis ir en paz. Esta recitación mecánica se exacerbaba en el rezo del rosario vespertino, un acto insoslayable, cuya única variación, dependiendo del día de la semana, era si los misterios eran gozosos, gloriosos o dolorosos. Incluso hasta la confesión, un acto bien personal e íntimo, constituía un ceremonial más, cuya obligación de cumplirlo (¡jamás hubiéramos osar saltárnoslo en nuestro turno semanal!) era inmensamente más importante que la confesión en sí. Padre me acuso de esto y lo otro. Inevitablemente, hasta nuestros modestos  pecadillos eran repetitivos semana tras semana. De no estudiar las preposiciones como se debía, de desobedecer al padre Llanos en el recreo, de pelearme con mi compañero Sixto en la clase. Así semana tras semana. La única licencia que nos permitíamos ante el atemorizador sacramento de la reconciliación (este vocablo apareció algunos años más tarde) eran los pequeños truquillos para confesarse con un padre u otro (véte tú primero, me pongo al cabo de la fila) para intentar caer con el P. Ortega que tiene fama de poner penitencias ligeras, las más leves admitidas por el Ritual Romano. Un avemaría y a correr.

Me pregunto para cuantos de nosotros aquella religiosidad, que estaba más bien vacía como la época gris que nos tocó vivir, constituyó el germen de algo más sólido y duradero. Era el signo de los tiempos. Posiblemente en los últimos años de la siguiente década todo aquel sobrepeso moralizante y ritual dio un giro considerable. Nuestra generación tuvo la mala suerte de caminar siempre en tierra de nadie. Demasiado tarde como para asumir tradiciones y costumbres que se desmoronaban, demasiado pronto para convertirnos en heraldos de los cambios que se presagiaban. Arrastramos el ritualismo huero de las décadas precedentes, pero ya no tuvimos ocasión de palpar los cambios venideros. Y eso que la imponente iglesia ofrecía todos los números para que nos tocara la lotería de la nueva forma de concebir la religión nacida a partir del Vaticano II. Queda pues claro que Miguel Fisac fue un pionero, un adelantado de su tiempo, a cuya concepción arquitectónica no se correspondió, desgraciadamente, la avanzadilla teológica en la que los buenos padres dominicos, capacitados como estaban, podrían haber acunado la fe de nuestra adolescencia en ciernes. No podía ser y no fue.

Al menos algo me queda. Las luces se apagan, sigue el P. Ibáñez al órgano, ahora más melodioso (¿Zarabanda de Haendel?) que al inicio de la exposición del Santísimo. Con el mismo orden de filas, pero a la inversa, comenzamos a abandonar la iglesia. Las volutas del incienso se adivinan escalando por el vitral del ábside. Lo aspiro profundamente. Mis pantalones cortos y mi jerséi para los días de fiesta, comprado en Almacenes Olmedo de la calle Mayor de Palencia, se impregnan con el intenso perfume de las esencias arábigas. Sé que es una tontería, que he respirado ese mismo perfume del incienso en muchas otras ocasiones litúrgicas. Pero incluso cuando paseo por una calle céntrica de una ciudad del levante español, medio siglo después, al pasar por delante de una tienda de moda que vende objetos y perfumes indios y orientales, al sentir el incienso que sale desde dentro, distingo, invariablemente, al P. Felices impartiendo, brazos en alto, la bendición con la custodia. El único sonido perceptible es el tintineo de las cadenas del incensario. Seguro que a los padres dominicos les hubiera gustado que algo más perdurara en la memoria. No es mucho. Lo confieso. Aunque también se podría decir que no es poco.