Saturday, November 28, 2015

Yo también fuí alumno de "La Mejorada", por Ezequiel Hompanera

Colegiales en La Mejorada (Imagen: José de Cabo "Panizo")
Y ¿cómo llegué yo a La Mejorada? Quisiera pergeñar aquellos lejanos recuerdos infantiles.  Porque infantil era a los once años recién cumplidos. Quiero primero decir que viví con y en casa del abuelo desde los seis o menos años.  El abuelo quedó viudo, quedó prácticamente sólo; pues su numerosa prole fue desapareciendo del pueblo, de las minas vecinas, de la escasa hacienda.  Y él necesitaba ayuda, y sobre todo, compañía.  Y os hablo de los años cuarenta del siglo pasado. La encontró en la prima Humildad, cuando tenía apenas once años, y que en pocos meses “se graduó” de cocinera y de “ama de casa”, con todas las “cargas” que eso supone.  Yo rellené el vacío haciendo de “motril”.  Alguien tenía que ayudar, ¿ayudar?, al abuelo en el “cuidado” de las cuatro vaquillas que tenía.

Al tiempo que le acompañaba a la huerta con las vacas, yo tenía como      primera obligación asistir a la escuela.  En eso tuve suerte.  Imposible “hacer campana”. Ni en los días más ajetreados de la primavera me daban el gusto de saltarme la clase. Así fueron pasando aquellos cuatro o cinco años; los recuerdo como muy felices.  En la escuela y en los ratos libres cuidando las vacas en el prao, ayudando en algo, o simplemente correteando por el pueblo rompiendo alpargatas, o jugando a los bolos con los compañeros. 

Pero vayamos al grano, que yo quiero explicar cómo llegué a La Mejorada.     A casa del abuelo llegaba de tanto en tanto el tío Cándido, hermano marista. Y en sus visitas no sé si me insinuaba, me instaba o me animaba a ser como él, fraile.  ¿Fraile?  Y Humildad soltaba una carcajada tal como me conocía. Lo cierto es que fueron pasando los días, los meses y los años; y a los diez me acompañó mi padre hasta Cistierna, para que me entrevistara o examinara un fraile dominico (creo que se llamaba Modesto y que más tarde lo tuve de rector en el colegio).  Fue en el colegio de las Madres Dominicas que en aquellos años existían en la villa.  Por aquel entonces ya el tío Cándido había desistido de llevarme consigo para ser marista y parece que prefería que fuera fraile de los que “cantan misa”. Al parecer, en su colegio de Segovia, un dominico ejercía de capellán y confesor.  Por mi parte sabía confusamente de la existencia de los maristas por el tío; pero de los dominicos y otros frailes ni idea.

Recuerdo que pasé nervios (era la primera vez que me sometía a tales pruebas en serio e individualmente); traté de resolver alguna suma, resta, multiplicación y división; algún problema; alguna pregunta de Historia, Geografía y Ciencias Naturales; ah, y algo de religión (la pobre caligrafía la iba viendo el entrevistador, supongo).  De las ciencias profanas no sé la nota; de religión me parece que sobresaliente: nos sabíamos el catecismo Astete de memoria, con preguntas y respuestas. 

En la escuela, el párroco D. Eduardo, nos ponía en fila y, a la vez que contestábamos le hacíamos al de la izquierda la siguiente pregunta.  Y esto lo demostrábamos el domingo ante los parroquianos que a las dos de la tarde asistían al rosario en la iglesia.  Y en casa querían que “quedara bien”; por eso me hacían pasar buenos ratos memorizando aquel Astete.  Creo que se lo sabía hasta el abuelo; porque en la confrontación de los domingos hasta nos soplaban.  O nos chistaban.

El resultado de aquella entrevista-examen, nunca lo supe.  Ahora lo intuyo.  Cuando llegamos a casa o a los días mi padre me dice: -El próximo curso cambias de escuela-. O no estaba preparado, o no había cumplido los once años mínimos reglamentarios. Parece que en Grandoso, el pobre D. Florencio, ya había cumplido con su faena conmigo, cuando recién cumplía los diez años; en aquella escuela unitaria, donde campábamos sesenta o setenta alumnos de todas las edades, sabiendo leer y escribir, las cuatro reglas, y el catecismo de memoria, ya teníamos bastante.

Pues sí, el curso siguiente, último de mi estancia en el pueblo, asistí a clases particulares.  D. Octaviano, un maestro republicano, represaliado por el régimen, daba clases particulares a los quince o dieciséis alumnos, que llenábamos de sobra el pequeño comedor de una casa.  El maestro “tenía fama”; y yo pienso, que al menos, dominaba con creces a la “clientela”.  Quince alumnos, al menos de edades más homogéneas, no son sesenta o setenta.  A pesar de  la incomodidad que representaba desplazarme cada día hasta Felechas, de comer de prisa y con frío en invierno el rancho que me llevaba mi madre hasta el camponicio, tengo un buen recuerdo de él.

Pasó el año, cumplí los once y parece, que ya tenía vocación de dominico: cuando yo de pequeño no es que quisiera ser bombero (ni sabía que existían), sino “ganadero”, o “minero”, o “pastor de ovejas”; o bien “músico”, como aquellos que en las fiestas del verano tocaban con arte la trompeta, el acordeón, el tambor y los platillos, delante de los cuales pasaba los minutos y puede que las horas.  Con algo de esto sí había soñado.  Ah, y sobre todo, con ser el mejor “luchador” de la comarca en la “lucha leonesa”; o el mejor jugador de bolos del contorno.  Eran mis humildes pretensiones y sueños.  Mi vocación, diría ahora.

No sé cómo pasaron los últimos días en el pueblo.  No tengo ni idea de cómo fue la despedida de la madre, ni de los hermanos, de los tíos y familiares más cercanos, ni siquiera de Humildad con quien había vivido largos años y disfrutado mi niñez.  Por el recuerdo, no me despedí de nadie.

Mi padre me acompañaría hasta La Mejorada, cerca de Olmedo.  Me veo carretera abajo, desde Grandoso.  El abuelo nos acompañaría hasta la estación del tren en Boñar, con su burro cargado con la maleta; él volvería en cabalgadura a su casa de Grandoso. Los tres paso a paso; mi padre en silencio, yo escuchando los últimos consejos del abuelo. -Pórtate bien. -Estudia mucho, que lo que bien se aprende tarde se olvida. -Y me llegó al alma y confieso que lloré cuando se puso sentimental. –Hijo, yo ya soy viejo, tal vez no te vuelva a ver porque te vas lejos.  Y de reojo vi que él también se secaba las lágrimas de los ojos.  Todavía hoy rememoro aquel recuerdo y algo se remueve en el alma.  En la estación de Boñar, sé que di al abuelo el abrazo que nunca antes le había dado.

En León me di cuenta que llevaba zapatos de charol, y que, creo por primera vez, iba vestido con un traje completo, con chaqueta y todo.  En León mi padre me compró una cartera para que “tuviera un recuerdo” y para que guardara el billete de cinco pesetas que alguien me dio de despedida.  La cartera la guardé con elegancia en el bolsillo interno e izquierdo de la chaqueta.  El billete nunca más supe qué fue de él. Supongo que pasamos toda la noche en el tren, que hicimos transbordo en Medina del Campo, porque a media mañana estábamos en la estación de Olmedo.

Alguien del colegio nos estaba esperando con una tartana tirada por un hermoso caballo.  Como éramos varios los que por el camino nos habíamos encontrado sin conocernos, cargaron las maletas en la tartana y la seguimos todos a pie cubriendo aquellos cuatro quilómetros hasta el Colegio. No sé si fue aquel día o posteriores cuando me di cuenta de la inmensidad de aquella galería, de aquel comedor, de aquel dormitorio, de aquellos salones comparados con la pequeñez del pasillo de la casa del pueblo.  La misma sensación que tuve el próximo verano, pero al revés, cuando entré en el minúsculo pasillo de la casa del abuelo.

Eran los primeros días de septiembre; por la tarde nos llevaron a una viña delante de la tapia del colegio y nos permitieron sentarnos a cada uno al cobijo de una cepa cargada de uvas. La condición era no hacer daño al racimo, pero comer todas las uvas que pudiéramos. Imaginaos a un chaval como yo ante tal abundancia de uvas y racimos. Nunca vistos.  Sería para que abriéramos boca y pensáramos y pensaran nuestros padres que allí todo era Jauja.

Sé que después de la cena nos llevaron al dormitorio, y nos metimos en la cama, supongo que a llorar nuestra soledad, nuestra nostalgia, nuestros recuerdos de lo que habíamos dejado atrás. Años más tarde me contó mi padre que él, con los otros padres, madres o familiares, regresaron a la estación de Olmedo ya de noche. Y que una y mil veces volvió la mirada atrás y, mientras liaba un cigarrillo de hebra, sentía la tentación de volver atrás a rescatarme y recogerme. Hasta que perdió las últimas luces en lontananza.


                                                            Barcelona, Noviembre de 2015

Wednesday, November 18, 2015

BREVE CRÓNICA DE UN CURSO (1953-1968) por Juan José Luengo García

La Mejorada (Imagen: Ricardo Melgar, vía Flickr)
Celebramos este mes de agosto el 50º aniversario del comienzo de un nuevo capítulo en el peregrinar de nuestro curso. Terminado el noviciado en Ocaña, nos trasladamos al Convento de Santo Tomás de Ávila donde nos esperaba una nueva e inusitada odisea. Éramos 55 en el curso cuando tomamos el hábito el 5 de agosto de 1958. Como no hubo muchos que se salieron en el noviciado, el número de los que hicieron la profesión era grande, creo que el más grande en la historia de la provincial hasta esa fecha.   Por razones que mencionaremos más adelante, nuestros superiores decidieron que a nuestro curso le convenía un ambiente estudiantil diferente, sin que los estudiantes anteriores a nosotros pudieran “contaminarnos” por su falta de observancia o con sus ideas “peligrosas.”

Sin duda alguna fue un experimento costoso para la Provincia porque este cambio provocó otros cambios de personal que no fueron nada baratos. Creo que entenderemos todo mejor si lo ponemos en perspectiva y examinamos la historia del curso desde su principio.   

Después de tantos años falla la memoria para recordar todos los detalles que serían necesarios para una historia completa.  Será como una vista de pájaro donde algunos detalles resaltan, aunque no sean los más importantes y otros se esfuman en la lejanía de un pasado nebuloso. Será difícil hacerlo con la objetividad de un filósofo o la precisión de un cirujano.

Se trata más bien de un ejemplo de aquello que dice el refrán popular, “cada uno cuenta la feria como le va en ella” aceptando que nuestra memoria es, en muchos casos, más “reconstructiva” que “reproductiva”, como dicen algunos psicólogos de hoy. No siempre recordamos las cosas como fueron, sino que las recreamos inconscientemente a nuestro modo.

LA MEJORADA: 1953-1954

Todo comienza en La Mejorada. Recuerdo cómo un autobús repleto de aspirantes de Ávila capital y pueblos de los alrededores llegó a La Mejorada a finales de septiembre de 1953. Era la época de la vendimia.  Procedentes de otras muchas regiones de España llegaron otros muchos más. Unos 150 en total. Todos jóvenes de entre 10-13 años. Allí nos encontramos con los “mayores”, los de segundo. Colectivamente éramos un grupo con mucho talento, mucho entusiasmo, no poco miedo y quizá bastante hambre en más de un caso. Lo de la “vocación” … surgió después.

Cada grupo que llegaba era recibido por el Rector con una sonrisa acogedora. Era el P. Andrés Villarroel de quien nadie puede olvidar la blancura inmaculada de su hábito limpio y planchado de manera impecable. Para quienes veníamos de pueblos pequeños, la grandeza y majestuosidad del Colegio fueron impactantes: los campos de deportes (fútbol, frontón..), la piscina (que para muchos parecía una piscina olímpica), los dormitorios, la galería, los salones, el refectorio, la huerta, los viñedos, los pinares, las acequias que venían desde el río Adaja…todo parecía, diríamos hoy, como una película de Hollywood… aunque muchos de nosotros nunca había visto una película y menos de Hollywood.                                                                                                                     
                                                                                                                  
No hay que olvidar que muchos de nosotros nunca habíamos visto un baño (estábamos acostumbrados al campo abierto, sin papel higiénico, sin asientos, sin cadenas para el agua y sin puertas), la palabra ducha no era parte de nuestro vocabulario y nunca habíamos visto un cepillo de dientes. Estábamos acostumbrados a oír los apellidos más comunes en el pueblo como García, López, Sánchez, Jiménez… Sin embargo, de repente comenzamos a escuchar el sonido de apellidos más sonoros y rimbombantes como… Balerdi, Carricajo, Garciarena, Llordén, Mallavibarrena, Moliné, Mories, Ribote, Villarejo y muchos otros más. Me encontré que había otro Luengo, Antonio Luengo, de Asturias.

Enseguida comenzamos una vida “regimentada” que sería la rutina durante todos los años de formación. Aprendimos a ir en fila de un lugar a otro y a hacerlo en silencio. Oración y misa por la mañana, oración antes y después de las comidas, oración por la noche antes de ir a la cama, confesiones cada semana y otras devociones como el rosario se convertirían en un ingrediente esencial de nuestra formación. El Manual del Colegial del P. Ricardo Casado sería nuestra guía. Allí estaba todo lo que deberíamos aprender para nuestra vida espiritual. No se escapaba detalle a esta regimentación como lo demuestra el hecho que toda correspondencia que era recibida o enviada por los colegiales era abierta y leída por el P. Rector. Sin olvidar tampoco que nos enseñaron a firmar las cartas añadiendo después de nuestro nombre las iniciales A.O.P (Aspirante a la Orden de Predicadores).

Dividieron al curso de tres secciones (A-B-C) cada una de unos 50 estudiantes y nos ordenaron por orden alfabético dentro de cada sección. No tardaron en empezar las clases: Latín (P. Abelardo Panizo), Religión (P. Rector), Matemáticas (P. Regino Borregón), Lengua y Literatura (P. Juan González), Ciencias (P. Amador de Celis), Geografía (P. José María Reyero, quien era el Vice Rector). El Francisco Zurdo era el prefecto de disciplina y había otros Padres que tenían otras funciones con menos trato diario con los estudiantes: P. Francisco Sádaba (Síndico), P. Silva (confesor), P. Fabián Herrero, P. Benjamín Vara y el inolvidable P. Eugenio González quien a pesar de sus limitaciones físicas era el párroco de Calabazas, pueblo cercano al Colegio y adonde caminaba regularmente con tanto entusiasmo y dedicación como dificultad física.
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Residía también allí Monseñor Teodoro Labrador, con su luenga barba blanca, Arzobispo misionero expulsado de China por los comunistas. El más joven de los Padres era el P. Juan González quien acababa de llegar de Alemania, donde había terminado su doctorado en Filosofía. En aquel entonces estaba preparando la publicación de su tesis doctoral. Varios estudiantes, y yo fui uno, iban a su celda para dictarle del manuscrito mientras él escribía a maquinilla. Luego publicaría esa tesis titulada “El idealismo tomista” Algún tiempo después, alguien me contó la historia (que yo acepto como verídica) según la cual los gendarmes de la ortodoxia tomista le obligaron a cambiar el título de la tesis a “La Función gnoseológica de la Idea según Santo Tomás”, porque eso de idealismo tomista sonaba demasiado kantiano.
                                                                                        
Pronto nos acostumbramos a la rutina mensual de recibir las notas de conducta y de cada asignatura.  Recibíamos una nota en cada asignatura y un gran número de notas en conducta. Creo que todos los padres nos daban una. Para mí fue siempre un misterio cómo muchos de los padres podían darnos esa nota cuando no teníamos ningún contacto personal con ellos. Como mucho, nos veían caminar en fila de un lugar a otro y nos veían desde atrás en la capilla.

Los deportes (fútbol, frontón, natación durante el buen tiempo) fueron, desde el principio, un parte importante en el horario de cada día. Una vez por semana, los jueves por la tarde, teníamos el paseo largo por los extensos pinares que rodeaban el Colegio, acercándonos también hasta el río Adaja y, de vez en cuando, hasta Olmedo y Calabazas que eran los dos pueblos más cercanos.

Durante uno de esos paseos tuvo lugar lo que, a falta de mejor nombre, podemos llamar “la protesta o huelga del pan”.  Aquel día estaba al frente de nosotros en el paseo el Gumersindo Hernández Papis. Recién ordenado sacerdote, creo que estaba de visita para despedirse antes de irse como misionero a las islas Batanes y Babuyanes, donde pasaría toda su vida.  Algo había pasado con la comida en aquellos días, porque varios de los colegiales como protesta gritaron durante el paseo algo así como “queremos más pan…queremos más pan…”, mientras correteaban por los pinares.

Al regreso del paseo, el P. Rector nos estaba esperando y nos puso a todos en fila a la entrada del Colegio. Allí fue llamando por nombre a varios de los colegiales que consideraba como “cabecillas” de la protesta…y los expulsó del colegio en el acto mandándolos a casa al día siguiente.   ¡No cabe duda que todos los demás aprendimos la lección!  Al terminar el curso, muchos de nosotros, antes de ir de vacaciones a casa para el verano, fuimos a un Campamento de Falange en San Rafael (Segovia). Es una pena que nadie haya conservado fotografías o vídeos con nuestra camisa azul de falangistas y cantando a pleno pulmón el “Cara al Sol…”.

Yo recuerdo que la comida en el Campamento era muy buena y aprendimos todas las virtudes y milagros de los próceres de la Falange como José Antonio Primo de Rivera, Manuel Hedilla, Onésimo Redondo y otros más…El régimen diario y la organización tenían un sabor muy “militar”. Comenzábamos cada día con una consigna con la que trataban de inculcar en nosotros el espíritu del Movimiento Nacional. Todavía recuerdo una que no tiene desperdicio, “Más vale morir con honra que vivir con vilipendio.”

¡Cuántas largas caminatas nos dimos por los pinares del área de San Rafael y cuántas veces tuvimos que subir al Alto de los Leones en la sierra de Guadarrama! Uno de los líderes (mandos) era Fernando Chamorro quien en septiembre de aquel mismo año entraría como estudiante de 5º en Arcas Reales. Conviene recordar que en aquel entonces los Falangistas estaban en su apogeo de influencia en el Gobierno de Franco. La historia nos dice que los” tecnócratas” del Opus Dei no llegarían hasta uno años después con Gregorio López Bravo, Alberto Ullastres, Mariano Rubio y otros más.

Naturalmente nosotros vivíamos en un mundo cerrado y aislado sin conocimiento de lo que sucedía más allá de la cerca del Colegio. Sin embargo, quiero hacer mención de un evento de gran importancia y transcendencia que tuvo lugar ese año dentro de la Orden y que condicionaría el ambiente y el tono de nuestra formación en el futuro.  Era entonces Provincial el P. Silvestre Sancho, elegido por primera vez en mayo de 1951 y luego reelegido en diciembre de 1955.

En febrero de 1954 tuvo lugar la “masacre” de los dominicos en Francia cuando el General de la Orden, P. Manuel Suárez, “decapitó” y depuso a los tres Provinciales de Francia en París, Lyon y Marsella.  Teólogos como Chenu, Congar y Féret fueron “removidos” de la enseñanza y “exilados” lejos de su área de influencia. Por orden del General, ningún dominico francés podía publicar nada sin la aprobación previa de Roma y tampoco podía viajar fuera de Francia sin permiso o vestir de seglar.   Algo sin precedente en la larga historia de la orden de Predicadores.  De un brochazo se cargó el sistema constitucional de la Orden que, a través de la historia, le había protegido de la manipulación y amenazas de la Jerarquía y servido de estímulo a su tradición de investigación intelectual.

¿Qué había pasado? El P. Suárez, atemorizado por la presión de la Congregación del Santo Oficio (así se llamaba antes de cambiar el nombre a Congregación de la Doctrina de la Fe) y cuyo Prefecto era el cardenal Pizzardo, pensó que esa era la única manera de salvar la Orden en Francia. Corría peligro de que todos los Noviciados y Estudiantados fueran cerrados por el Vaticano. ¿Por qué? Según el P. Congar, una de las víctimas de más renombre, Roma se sentía amenazada por las nuevas ideas de los dominicos y otros pensadores franceses de la época.

Las nuevas ideas en teología, pastoral, catequética, ecumenismo, arte religioso, liturgia…eran un reto demasiado grande para un Papa y una curia no repuestos todavía del trauma de la Segunda Guerra Mundial y de la amenaza del comunismo.  Además, el problema de los sacerdotes obreros recientemente condenados por Roma había exacerbado la situación y agotado la paciencia del Santo Oficio. En todo ello, Roma veía la influencia de los dominicos franceses y no estaba dispuesta a tolerarlo…

Como siempre, la cuerda se rompió por lo más débil. Quizá nunca se llegó a saber con certeza si el P. Suárez estaba convencido de esos peligros o, como buen hijo de obediencia, fue sólo una marioneta en este lamentable episodio. Sin duda, uno de los comentarios más valientes fue el del P. Albert Avril, provincial de la provincial de París, cuando dijo, “Estoy dispuesto a dejar mi puesto por un bien mayor…pero protesto contra las calumnias contras mis hermanos…” ¡Muy bien dicho!


El P. Suárez murió a finales de junio de 1954 en un accidente de automóvil cuando viajaba de Italia a España.  El accidente sucedió en Perpiñán, Francia. ¡Qué ironía!

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Texto original de Juan José Luengo García (escrito en verano 2009). Esta entrada es el primer capítulo, próximamente se publicarán el resto de capítulos

Saturday, November 7, 2015

Hacia La Mejorada. 29 de Septiembre de 1953 (I) por Faustino Martínez García***

Llastres (Asturias)
(…) La inminencia del día 29 de Septiembre se aproximaba implacablemente. Yo contaba los días para que llegara aquella fecha pues lo vivía con mucha ilusión y expectación. Andrés Cuevas y el Ángel Llera (“Yondrín”) ya habían adelantado su vuelta al colegio a mediados de Septiembre. Pero para nuestra sorpresa el “fiu” (hijo) de Marianito, Ángel del Valle, no quiso volver al colegio. No supimos la razón. Mi ilusión se acrecentaba conforme se acercaba el día de mi marcha. Ello implicaba una nueva andadura, conocer lo que es vivir interno en un colegio como aquellos de los que yo oía hablar. La curiosidad me atraía pues no sabía totalmente lo que me esperaba, aunque me lo imaginaba aún a riesgo de que luego la realidad con la que me encontraría fuera otra muy distinta.
Yo miraba, abría y reabría mi maleta donde tenía perfectamente y en orden colocadas todas mis ropas. Sabía su colocación de memoria. Durante aquellos días previos las recomendaciones de mis padres dándome consejos arreciaron. Sobre todo, mi madre era la que más me aconsejaba. Insistía en que me aplicase, que fuera muy obediente a todo cuanto me mandasen los frailes, que no protestara, que no fuera rebelde sino dócil, que no me juntara con malas compañías, que fuese amigo de buenos amigos, que no me fiara de cualquiera, que escribiera cartas. Todo aquello lo terminé memorizando pues sabía que mi madre me lo decía por lo que ella consideraba que era mi bien. Ella seguramente hablaba de su experiencia personal, de la “sabiduría” adaptativa del mundo que le había tocado vivir y ver antes y después de la guerra civil.
No discutía en mi interior aquellos consejos, aunque capté que iban muchos mensajes con recomendaciones de que fuera “sumiso” ante los que mandaban, que serían los frailes. Aquella educación en y para la “sumisión” era lo dominante en aquellos momentos de la sociedad derrotada de España, en la Escuela Nacional, en las catequesis y adoctrinamiento de la Iglesia. ¡Pero en aquel contexto histórico no sabíamos defendernos de tal “educación” en y para la “sumisión”, nos faltaban elementos críticos y contrastadores, no éramos todavía adultos con capacidad libre para pensar por nosotros mismos!. Sin embargo, yo siempre descubrí en mi mismo mi rebeldía interior, rebeldía intelectual que me hacía sentirme “rebelde” interiormente, a mi modo, aunque luego en el exterior me “adaptase” a las situaciones y circunstancias. Esta rebeldía interior que siempre tuve nunca la perdí a pesar de saber sobrevivir en medio de circunstancias no siempre fáciles ni cómodas. Pude comprobar que, pasado el tiempo, los “inadaptados” eran barridos. Pero no se trataba de una “hiper adaptación” que podría ser nefasta y autodestructiva, sino un término medio que me serviría de estrategia vital.
Mi hermano me animaba y le veía contento. Por la edad que tenía mi hermano, seis años mayor que yo, estaba sumergido en sus intereses más dominantes de su incipiente juventud, pues había cumplido ya diecisiete años, y en cuestión de poco tiempo tendría que ir para la mili. A pesar de este contratiempo previsible que dejaría a mi padre sin su valiosa ayuda, la determinación de mis padres y hermanos era total.
 Mi padre me encarecía mucho que me aplicara y aprovechara bien el tiempo y todas las oportunidades. Su frase más frecuente era:” El saber no ocupa lugar” animándome a estudiar mucho y recordándome el sacrifico que estaban haciendo para que yo pudiera aprovechar aquella oportunidad. Debo reconocer, como ya he dicho, que aquellas recomendaciones me calaban muy hondo y me hacían sentirme muy responsable ante lo que se me avecinaba.
Los días próximos a mi marcha fueron intensos. Mi madre me mandó que fuera a despedirme de todos mis tíos, de mis abuelos. Recorrí Llastres (Asturias) yendo a casa de mis parientes. Lo mismo hice en Lluces. De todos recibí palabras de ánimo y mucho cariño. Casi todos me dieron algún dinerillo para el viaje, lo que agradecí. También fui a despedirme de Doña Concha y de Don Mariano, que habían sido los maestros que me animaron para ir al Colegio y eran los padres de Mariano Brú que había estado en La Mejorada y en Santa María de Nieva. Igualmente me desearon lo mejor y me dieron sus mejores consejos. A pesar de que mi madre estaba centrada en atender y alimentar a mi pequeña hermanina Sagrario que había nacido veinte días antes, no dejaba tampoco de rematar todo lo que tenía que ver con la ropa que llevaría en la maleta.
Yo pasaba muchas horas contemplando a mi hermanina Sagrario, el regalo que había venido a nuestra familia hacía pocos días. La contemplaba sin cansarme viéndola tan guapa y esperando me regalara sonrisas que le producían los “angelinos” mientras dormía. Metida en su “cunina” la balanceaba lentamente y la “fartucaba” de besinos en sus “papinos”. Quería así despedirme de ella. Tanto la besaba que mi madre me tuvo que llamar la atención para que no la despertara.
Entre sus preocupaciones por mi marcha, “máma” estaba obsesionada por mi “mala comedera”. ¡Siempre había sido mal comedor!. Temía que, lejos de ella, apenas comiera nada y me pusiera enfermo. No cesaba de repetirme que comiera…que comiera. Pero ahora ya no podría controlarlo ni controlarme desde la distancia. Lógicamente ella era más consciente que yo de que mi marcha era para todo un curso y que no volvería hasta dentro de diez meses. A mí me parecía que iba de excursión por unos días. Sin embargo, no vendría en los días de Navidad ni Semana Santa. Y esto para una madre tenía que ser muy duro, pues los lazos afectivos y el instinto de protección se rebelan ante tales circunstancias. En aquellos días aún puso más amor en todo cuanto tenía que ver con mi inminente marcha. Cogió toda mi ropa, la planchó y cosió de nuevo fuertemente todos y cada uno de los botones de camisas, pantalones, pijamas, gabardina, guardapolvos, etc. pues temía se me rompieran y no supiera coserlos pues sospechaba que allí no habría nadie que nos reparase aquellos seguros desperfectos en mis ropas. Se dedicó a ensañarme a coser los botones. Practiqué con ella y me metió en la maleta unas cuantas agujas con hilos para esta previsible emergencia. Con cada botón que reforzaba me llenaba de palabras de cariño y de buenos consejos. Tanto me lo encarecía que no podía menos de retenerlos y memorizarlos, pues venían de ella reforzados con el amor desinteresado de una madre.
Por mi parte notaba que a mi madre le costaba aquella separación más que a mí. Me parecía que le producía un sufrimiento al verme marchar. Y efectivamente supe después que este sufrir por mi alejamiento, siendo yo tan niño, le acompañaría durante años de mi ausencia. Pasado el tiempo lo fui comprendiendo, valorando y admirando, a pesar de que me decía:

-¡Fíu… si tú non llores…. yo tampoco voy a llorar…!  Por el momento yo no sentía ninguna necesidad ni ganas de llorar, pues me parecía que iba de “excursión”. Luego la comprendí.
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*** NOTA DEL AUTOR
Quiero compartir mis recuerdos, desde mi perspectiva, de nuestros primeros días en el Colegio de La Mejorada. Este relato forma parte de otros muchos que describen aquellos años compartidos en La Mejorada, Arcas Reales, Ocaña, Ávila, San Perdo Mártir y que forman ya una serie de innumerables capítulos en unas 1589 páginas que voy escribiendo y archivando en mi ordenador. Pido humildemente perdón por olvidos, por resaltar subjetivamente desde mi perspectiva experiencias personales y no poder recoger otras. Cada uno de nosotros tendrá las suyas muy interesantes de aquellos primeros días que esperamos podáis también compartirlas. Pero el marco, el escenario, el ambiente vivido en aquel lejano horizonte, lo compartimos como “hermanos”, y solo podemos aproximarnos a él, a su recuerdo, con compasión, con reconciliación, con cariño y agradecimiento en un contexto religioso, social y político muy diferente a nuestro presente. Aquí os van unas cuantas páginas.