Wednesday, September 18, 2019

LA CIENCIA TEOLÓGICA, por Arsenio González Cereijo (V)

Alcobendas: Galería del Estudiantado
Previo al estudio de la teología había un curso de Teología Fundamental como base al estudio propiamente teológico. Un curso que trata de hacer el camino expedito a las tesis religiosas, un curso de desbroce de obstáculos para realizar el trabajo de armonizar la razón y la fe, y conciliar dos realidades contradictorias dentro del hombre. Ciencia sólo en sentido amplio. Todo aparece bien delimitado en el ámbito de la racionalidad y las exigencias de la fe. La Teología es un castillo que se levanta sobre el débil basamento de supuestas verdades reveladas. Es la irrupción de lo sobrenatural sobre el mundo humano y la oferta del mito como respuesta al enigma de la indigencia humana. Se parte de la supuesta misión divina del hijo del carpintero de Nazaret. Todo lo demás es tirar del hilo. Las cosas, sin embargo, no son tan claras. La historia habla de muchos profetas y visionarios con sus mensajes divinos, de muchas teorías morales sobre las inquietudes humanas de todos los tiempos, de muchos paraísos ultraterrenos, de muchos libros sagrados. A pesar de sus verdades el misterio de la vida y los eternos interrogantes siguen presentes en el mundo sin que una creencia se pueda imponer con ventaja sobre las demás. La sombra de la duda se asienta con justicia al fondo de toda inquietud reflexiva y libre del hombre que asume la responsabilidad de construir su destino humano sobre supuestos religiosos. 

La religión es un fenómeno enclavado en la limitación humana. El hombre consciente de sus escasas posibilidades y sus largas ambiciones se aferra como el náufrago en el mar de la existencia, a los botes salvavidas humana que se transfiere a mundos de felicidad transhumanos, tan consoladores, tan utópicos, tan inciertos, Un salto en el vacío desde las propias aspiraciones a unas realidades supuestas, un salto dramático desde lo que debiera ser a lo que realmente es. En las infinitas dimensiones del espacio y del tiempo, en el largo proceso evolutivo del hombre, en el concierto del de todos los seres vivos, el poder mitificador del hombre crea el bálsamo consolador de todas las religiones. Los enigmas de la vida humana siguen, el proceso biológico se desarrolla incontenible, y el silencio de los dioses se prolonga a través de los siglos en el movimiento cíclico del universo. 

En mi larga aventura religiosa nunca pude evitar una profunda y lejana sensación de moverme en una tierra escurridiza y andar al borde de un precipicio que podía tragarme en cualquier momento. Cierto que las religiones proliferan en todos los tiempos, en todas las geografías. No existe pueblo que no tenga su propia historia religiosa ni sus propios dioses protectores. Después de todo, el problema pertenece a las creencias libres que el hombre recibe de su medio cultural de forma inconsciente la mayoría de las veces. La teología es un castillo asentado sobre arena que se derrumba en la resaca insistente de la ciencia nueva que iba ofreciendo al hombre su verdadera dimensión humana, dentro de sus límites terrenales, sin mitos de ningún tipo, sin sucedáneos a sus sufrimientos, sin falsificaciones terapéuticas y adormecedoras. Tan legítimo es entregarse a la adoración de sus dioses como rebelarse contra ellos. Se trata de una decisión personal y completamente libre de ámbito de las creencias, lejos de la evidencia objetiva y sin motivaciones reales donde nadie tiene el derecho de intervenir para condenar o glorificar la conducta de los demás. Tal vez convenga cerrar, a veces, los ojos para evitar el dolor de la realidad perturbadora y disfrutar, al d forma temporal, la deliciosa e ilusa felicidad de los sueños.

Estudié la teología en Madrid, en un convento nuevo recién construido con una arquitectura funcional, de ladrillo rojo a la vista en las afueras de la capital de España. Trabajo costó a muchos frailes arrancarse de sus fríos claustros de piedra gótica para aceptar el escaso aislamiento mundano que ofrecen unas modernas paredes de ladrillo y cristal, amplios y luminosos espacios abiertos, y muchas puertas siempre abiertas para entrar y salir. Recogimiento, silencio, penumbra, oscuridad, ascetismo voluntarioso, negación. Allí nada. Aquello rompía todos los cánones de los viejos conventos tradicionales. Era en Alcobendas, con su extraña torre retorcida de hierro y sus luminosos ambientes monacales, sus arboledas de chopos, sus campos deportivos, sus amplias zonas verdes. Por aquel tiempo se estableció un intercambio de estudiantes extranjeros. Una diáspora. Naturalmente todo se hacía por selección de personal con criterios religiosos e intelectuales de los jefes. Yo permanecí en la propia tierra. Compartí la convivencia con estudiantes llegados de afuera, Alemania, Filipinas, Holanda, donde habían ido a parar algunos de nuestros compañeros. 

Las enseñanzas teológicas eran verdades prefabricadas y redondas. Se daba todo hecho. Poco había que opinar sobre los temas. Presentaban los dogmas con premisas y corolarios, apoyados en la infalible veracidad de una divinidad que manifiesta su voluntad a los hombres. Esto es el supuesto. La credulidad humana y la razón dirigida hacen todo lo demás. Se aceptan los principios sin mucha reflexión, trátese de la religión que se trate budistas, cristianos, judíos, cristianos, árabes, A partir dc aquí, hacer deducciones, esforzarse en confirmar lo que ya se tiene asumido porque es la infalible voluntad de Dios. La certeza se basa en la infalible autoridad del principio revelador absolutamente veraz. Los conceptos de los laboratorios escolásticos, trabajar como esclavos al servicio de esas verdades para hacerlas razonables. Pero eso no evita la desconfianza implícita de aventurarse a roturar caminos nuevos y diferentes, un gran respeto a la tradición que no ofrece ninguna garantía de verdad y una reverencial sumisión a la autoridad de unos maestros que no la merecen.

Lejos ya (le la disciplina religiosa empecé a escribir, con esfuerzo, notas arrancadas de mis personales vivencias y fruto espontáneo de mi propia reflexión, sin citas deformadas de autores reconocidos, tan falibles como las mías. Me costó evitar la sensación de cometer algún delito dc presunción y abuso de mi libertad individual al atreverme a reflexionar por mi cuenta. En una ocasión, en clase, presenté un trabajo sobre la felicidad humana. Me alejaba de la terminología tradicional y dejaba correr las riendas de la imaginación con cierta libertad, "Infla, infla, cuanta palabrería", fue el comentario del profesor de moral, anciano e inteligente, que a pesar de todo reconoció el mérito de mi ensayo con una buena nota. El hábito de las cosas hechas y de los caminos andados han dejado huellas en mi comportamiento futuro. Hasta hoy duran sus secuelas, En mis colaboraciones en los periódicos me ha costado mucho habituarme a expresar mis pensamientos fuera del cauce mental establecido por la enseñanza académica. 

Se publicaba la revista "Oriente" con la colaboración de los estudiantes de teología. Allí hice algunos ensayos, Se imprimía con todas las de la ley y se intercambiaba otras revistas de otros centros de estudio. También aquellos años una revista "Agora" para el consumo y escrita a máquina. Su nombre ya refleja el deseo de libertad y apertura que tratábamos de ofrecer a nuestras les opiniones dentro de los límites que la censura a nuestras opiniones. La censura se ejercía, con celo y rigor en distintos planos, desde la limitación dogmática, desde los supuestos de las escuelas propias, desde el respeto maestros indiscutibles de cada orden religiosa, desde el respeto a las tradiciones, hasta los comportamientos particulares e insignificantes. Desde los peligros doctrinas les hasta la forma de andar, la forma de mirar, de redactar una carta familiar. Todo podía ser susceptible de sospecha. Esa censura, en realidad es prevención y defensa de la ortodoxia, inhibición del instinto creativo, invitación a la pereza y desconfianza hacia las novedades. Llegamos, incluso, a publicar una muestra de prensa subversiva, "La Muela", pequeña revista que circulaba en completa clandestinidad, al margen de toda censura. Una válvula de escape a las represiones que se cubrían de apariencias y buenas razones; pero ahí estaban presentes y a veces se manifestaban. Yo merecí ser uno de sus lectores. Se evitaba que los escrúpulos de conciencia pudieran delatar a los promotores. Por eso se seleccionaba a los lectores. En un descuido de algún lector, fue sorprendida un día y naturalmente hasta ahí llegó su edición y la clandestinidad editorial. 

A pesar de todo, yo permanecía fiel a los principios. L actividad reflexiva me gustaba, la enseñanza me gustaba, e apostolado me gustaba, el calor del trato humano me gustaba, la cultura de los pueblos, las formas de comunicación d los pueblos, sus costumbres. Me gustaba el estudio, las disputas teológicas, los círculos escolásticos, los debates conceptuales, la disciplina lógica del pensamiento, Era una gimnasia mental de ideas que obliga a la precisión y al autoanálisis. Apoyar todo el peso teológico sobre aquellos férreos silogismos encadenados desde el asentimiento religioso a los más alejados corolarios era un riesgo demasiado grande y un atentado a la racionalidad humana y por Io tanto un elemento deshumanizador. Pero tenía sus encantos, Muchos hombres más sabios, más inteligentes, más reflexivos que yo, habían vivido esas mismas experiencias en circunstancias parecidas a las mías. Yo podía caminar con más o menos tranquilidad. O al menos, acallar de momento el pertinaz remordimiento que rondaba al fondo de mis preocupaciones como un dragón dormido que podía despertar en cualquier momento y entrar furioso en el santuario de mis convicciones religiosas para echarlo todo por tierra. 

La moral era otro montaje, Se trataba de una moral exterior, la moral del premio y del castigo. Complejos sistemas escritos por sabios moralistas célibes que recogían todos los complejos monacales, sobre el matrimonio, sobre el sexo, sobre el pecado. Moral casuística, igualitaria, normativa, imponente, ausente al hombre. Poco tiene el hombre que hacer ante ella. O someterse como un esclavo ante una fianza muy lejana, y acaso lograr así una relativa felicidad terrena muy discutible, o tratar de recomponer la felicidad desde presupuestos de mayor responsabilidad y mayor compromiso humano, También traté de salvar mi yo de la tiranía de la imposición moral que ejerce el entorno social donde se habita. No resulta fácil huir del servilismo de la censura colectiva. No es fácil librarse de la censura de los demás, Ya no se trata de que estas normas sociales sean buenas o malas, simplemente es costumbre, es rito y hay que cumplirla sin aportación humana alguna. También los ritos, las liturgias, "el que dirán", el juicio de los demás, la comodidad de la rutina, se elemento degradante y rebaja la dignidad del ser humano. La dignidad humana es una conquista personal, la libertad es una conquista individual, la ética humana no puede estar fuera del hombre sino en el desarrollo de la propia autenticidad. Tal vez la presencia de los demás valores éticos externos influya en la formación de ese yo interno distinto de todos que debe asumir la responsabilidad de la felicidad humana dentro de los límites de la propia libertad. Ser juez de uno mismo, ser uno mismo, es más duro que cumplir una moral externa o dejarse llevar por la ética social, y más humano. Impone sacrificio, impone tributos fuertes, Incluso tiempo. Yo tardé en superar estas etapas; pero en el torbellino de los azares de mi vida estoy satisfecho del componente ético que dirige mi vida, que es, a fin de cuentas, la mejor garantía de mi felicidad. 

Ya en mis años de formación presentía las desfiguraciones de muchos temas morales. Mis insolentes preguntas sobre algunos temas escabrosos me costaron la expulsión de clase de teología algunas veces y algún suspenso en "moribus" que, en vez de una reprobación a mis conocimientos, venía a ser una venganza personal del profesor a mi incipiente rebeldía. No podía ser muy lúcida una moral matrimonial elaborada dentro de las celdas de monasterios de hombres célibes desconocedores de la vida matrimonial e incluso situados en una posición anormal de vivir frente al uso moral de las relaciones sexuales, no podía se lúcida una visión negativa de las realidades humanas como allí se enseñaba. No podría resolverse el problema del celibato de los sacerdotes mientras el tema estuviera dentro del poder decisorio de ancianos octogenarios que ya nada tienen que ganar o perder en la reforma de los viejos valores de la castidad y del celibato obligatorio. 


CAPÍTULOS ANTERIORES

TIERRAS DE CASTILLA LA VIEJA (I)
SANTA MARÍA DE NIEVA (II)
UN AÑO POR TIERRAS MANCHEGAS (III)
LA HORA DE LA FILOSOFÏA (IV)

*** Publicado con la amable autorización de autor: CLAUSTRO dentro y fuera, Arsenio González Cereijo (DEP), Cultiva Comunicación SL Madrid 2009 [El texto corresponde a una sección del capítulo II titulado "La Aventura religiosa"] El libro está dedicado "A mi familia. A mis amigos. A los que, como yo, han sido crédulos, ingenuos, soñadores y han pretendido, en vano, cambiar el camino del tiempo y la ruta de las estrellas. Mi otra familia"

LOS AÑOS PASADOS CON MIS COMPAÑEROS DOMINICOS, por Ángel Gutiérrez Sanz (VI)



La salida del Estudiantado a la huerta (Imagen del autor)

8- Mens sana in corpore sano

Tratándose de muchachos de entre 17 y 20 años no era suficiente con atender a la formación de la mente había que cuidar también del cuerpo que se encontraba en fase de pleno desarrollo biológico. “Mens sana in corpore sano” fue el lema de la pedagogía clásica y también un principio muy en consonancia con la antropología de Sto. Tomás, para quien el hombre era un compuesto de alma y cuerpo unidos sustancialmente, de modo que todo lo que sucedía en la materia repercutía en el espíritu y viceversa, por eso dentro de la tradición dominicana el ejercicio físico siempre ha sido un capítulo importante para la educación integral humana. 

Para atender a este tipo de exigencias en Ávila disponíamos de un escenario ideal, una magnífica huerta con algunas hectáreas de extensión donde se podía contemplar cultivos y plantaciones, árboles frutales, muchos frutales, acacias, encinas, pinos, matorrales, paseos, espacios salvajes y naturalmente el recinto deportivo. Diríase que era un pequeño paraíso artificial que servía de desaguadero a tanta fogosidad juvenil. 

A ella solo podíamos acceder por un angosto pasillo donde estaba situada la biblioteca que conducía a una estrecha puerta de salida al exterior y que una vez traspasada te sentías liberado para dar rienda suelta a nuestros impulsos, llenando los aires y los espacios de griterío y de alegría juvenil. Según la época del año el paisaje iba cambiando de tonalidad y siempre podías encontrar el sitio adecuado para realizar cualquier tipo de actividad manual, había lugares apropiados para el calor y para el frío todos ellos propiciaban la sana relación entre nosotros deseosos de hablar y comunicarnos después de estar sometidos el resto del día a la ley del silencio. 

De entre todos había un lugar muy especial  desde  donde podías ver sin ser visto, un punto estratégico situado entre la tapia y el cementerio , el sitio idóneo para hacer alguna travesura donde podías compartir con los tuyos algunos suministros gastronómicos, intercambiar recortes de prensa, fumar algún cigarrillo furtivo o comunicar a los más próximos que estabas pasando una crisis y que te andaba rondando la idea de abandonar el convento, todo esto y muchas cosas más se podían hacer en este lugar clandestino  sin levantar sospechas  y con la complicidad del silencio de los muerto.

Aparte de todo esto, naturalmente la huerta era para nosotros sobre todo el recinto deportivo donde podías quemar calorías jugando al baloncesto, al frontón o al futbol. La afición al básquet, que es como nosotros le llamábamos, había crecido considerablemente desde los tiempos de Sta. María de Nieva, cuando Fernando Chamorro fue contratado para ser profesor de educación física y Espíritu Nacional o algo así, continuando luego con la labor en Arcas Reales logrando un equipito bastante competitivo. Al terminar el curso en Arcas Reales, Chamorro decide ingresar en la Orden de Predicadores tomando el hábito con nosotros, de esta forma seguimos teniendo a nuestro lado al entrenador de básquet que nos organizaba partidos en la cancha de la huerta del noviciado de tal modo que cuando llegamos a Ávila teníamos cierta experiencia en la práctica de este deporte que intentábamos compaginar con otros juegos.  

En Ávila había también un hermoso frontón y ahí sigue como un enorme muro de contención que se yergue en solitario, sirviendo como punto de referencia. En realidad, con el juego de frontón nos encontramos en todos los centros de formación por los que fuimos pasando. La Mejorada, Sta. María de Nieva, Ocaña, Ávila. En cambio dejó de entrar en los planos de construcción de Miguel Fisac acabando por desaparecer en Arcas Reales y en S. Pedro Mártir o tal vez no fuera responsabilidad suya, sino que no se lo autorizaron.

En Ávila como en el resto de los centros de formación, el deporte rey era el fútbol por el que casi todos sentíamos una atracción especial. Se formaban varios equipos, que competían entre sí enfrentándose varias veces en el mismo mes. En uno de ellos siempre se alineaba el P. Claudio que jugaba de delantero centro y por más consideraciones que los defensas tenían con él, siempre dejaba la impresión de que su cabeza estaba hecha para la teología y no para rematar a portería. Según se iban jugando los partidos iban repartiéndose los puntos como en una liga de verdad. 

En fiestas y fechas señaladas, los filósofos y los teólogos nos mediamos las fuerzas o bien los diferentes cursos se echaban un pulso. Se invitaba incluso a equipos de fuera, El Seminario, la Residencia, y creo que también nos visitó el Real Ávila. Cuando esto sucedía había mucha pasión en el graderío animando a los de casa.  Los resultados nos acompañaban por lo que llegamos a creernos que estábamos a un buen nivel.  A decir verdad había compañeros con una cierta clase, quiero recordar a Manuel Canal, Julio Rodriguez, Dionisio Reguero, los hermanos Francisco y Fernando Martínez, sobre todo éste último, Valverde, Rebollo etc. 

El frontón (Imagen del autor)
El resto del equipo éramos espartanos que le echábamos casta, lo cual no deja de ser importante si tenemos en cuenta las condiciones en que jugábamos, sin calzado ni vestimenta apropiada, en un campo con porterías sin redes y sin ellas sigue, el suelo de tierra arcillosa y áspera donde se podía adivinar que debajo había piedra y si te caías te dejabas la piel, de ello puedo dar testimonio fehaciente como portero que fui. Más de una vez las raspaduras eran tan profundas que llegaban a sangrar y como allí no había botiquín ni nada que se le pareciera, te las tenías que apañar para cortar la hemorragia y seguir jugando, ¿Cómo? Pues cogiendo un puñadito de tierra seca aplicarlo a la herida para que al contacto con la sangre se formara una plasta que la taponara, dejara de sangrar y a la vez te protegiera para la próxima. El procedimiento era un poco bestia; pero a mí me funcionaba, aunque no se le aconsejo a nadie. 

Disponíamos también de una piscina que durante los días de verano en que permanecíamos en Ávila la sacábamos mucho juego. El agua estaba un poco fría y algo turbia, por supuesto nada de depuración; pero era lo mismo, nos tirábamos de cabeza, nos zambullíamos, buceábamos, nadábamos hasta quedar extenuados y cuando no podíamos más salíamos para descansar a la sombra del peral o del tilo que siguen impertérritos como si el tiempo no hubiera pasado por ellos. Con todas estas experiencias podíamos estar seguros de que gozábamos de buena salud y podíamos aplicarnos con toda propiedad lo de “Mens sana in corpore sano”. Desde fuera la gente podía pensar que era aburrido pasarse la vida recluido entre cuatro paredes; pero lo cierto era que teníamos todo lo que necesitábamos o para ser más exactos teníamos todo lo que habíamos decidido tener por voluntad propia.

9 Las vacaciones en la Mejorada nos hacían recordar tiempos pasados

Pasada la festividad del Fundador Santo Domingo de Guzmán, que siempre la celebrábamos en Santo Tomás con toda solemnidad y regocijo, nos disponíamos a preparar apresuradamente las maletas para pasar un tiempo de vacaciones en La Mejorada y allí reencontrarnos con recuerdos de nuestra infancia y con personajes tan familiares y queridos como el P. Eugenio o fray Germánico que siempre nos recibía con el buen humor que le caracterizaba.   Era un tiempo para el relax y el descanso que nos permitía estar en contacto permanente con la naturaleza, tiempo en que se intensificaban las relaciones humanas fraternas y de camaradería y nos sentíamos más libres humana y espiritualmente. Cesaban nuestras actividades académicas lo que nos permitía incrementar las lecturas de interés literario.  

Lo único en lo no bajábamos la guardia era en el plano espiritual; aunque no siempre lo conseguíamos. Nuestras prácticas piadosas, misa, rezo del rosario y del oficio divino etc. con menos solemnidad, tal vez, pero por lo demás no experimentaban ningún cambio sustancial.  Como digo, era un tiempo en que nos volvíamos a encontrar con esa infancia que creíamos haber dejado atrás; pero que en realidad no era así; porque en muchas cosas seguíamos siendo esos niños que siempre fuimos con las mismas alegrías y las mismas penas, con las mismas ilusiones y los mismos miedos. Habíamos madurado intelectualmente, pero seguíamos mirando al mundo con la misma ingenuidad e inocencia.    

La Mejorada no había cambiado nada, habían pasado unos años pero las estancias y el mobiliario era el mismo que nosotros conocimos de niños, la capillita donde todos los días oíamos misa rezábamos el rosario, meditábamos, cantábamos, nos confesábamos, el salón de estudios, nada había cambiado, el comedor con las  mismas mesas de marmol  con los mismos perolones, platos, cucharas, tenedores y vasos de aluminio, donde más que comer devorábamos sin darnos cuenta que es lo que había en el plato. 

Allí estaban las escaleras que subíamos de tres en tres a velocidad de vértigo, el dormitorio con las camas corridas, las mantas cuarteleras y los lavabos alineados. Igual de evocadores eran los lugares colindantes el jardín, la huerta, la piscina, la cañada donde podíamos jugar y hacer competiciones atléticas. El mismo escenario para los mismos personajes que había crecido al menos en estatura. Una Mejorada que nosotros convertíamos en una residencia ideal para verano.

Nuestros paseos largos o asuetos, sobre todo éstos que nos permitían comer en el campo la tortilla de patatas junto a los filetes empanados que estaban buenísimos, tanto unos como otros tenían los mismos puntos de destino entonces que ahora, los pinares, el rio Adaja, el puente de hierro, el molino del tío Judas, los pozos, el cañón, el río Eresma, Hornillos Calabazas, camino de Olmedo, lugares todos ellos plagados de recuerdos que sería imposible enumerar. 

Hubo un destino, no obstante, que durante el postulantado nunca se pudo hacer pero que algunos sí lo realizaron vestidos ya de blanco, fue nada menos que Medina del Campo. Según mis informaciones hubo un grupo de valientes que lo tenían todo preparados y nada más desayunar sin pérdida de tiempo emprendieron marcha a esta ciudad y a las 14 horas estaban de regreso para comer. Lo que se dice toda una hazaña, totalmente creíble, si tenemos en cuenta que muchos de los compañeros estaban preparados para haber hecho un auténtico maratón. 

Todos ellos eran lugares que nos remitían a nuestra infancia que fue desarrollándose en distintas etapas desde la Mejorada hasta Arcas Reales pasando por Sta. María de Nieva y que en general fueron enriquecedores saldándose con resultado positivo; aunque hubo de todo como en botica. Bien es verdad que la memoria sobre el pasado suele ser selectiva y siempre nos quedamos con lo que más nos interesa, hasta poder decir que “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

10- Nuestro paso por S. Pedro Mártir

Acabadas las vacaciones del 1958 en la Mejorada, se nos había anunciado que el curso próximo 1958-59 ya no lo haríamos en el Estudiantado de Ávila, sino que nos trasladaríamos a S. Pedro Mártir de Alcobendas en Madrid y así fue. Con la natural expectación llegamos allí dispuestos a emprender una nueva etapa de nuestra vida. 

La piscina de Ávila (Imagen del autor)
Fuimos acomodándonos a la nueva situación y conformando nuestros esquemas mentales. Para empezar, he de decir con toda franqueza que a mí la ubicación donde estaba emplazado S. Pedro Mártir   no me sedujo en forma alguna.  Las barriadas circundantes, que no son ciertamente las de ahora, y el entorno en general, con un descampado árido al fondo, no era precisamente mi paisaje preferido. El complejo arquitectónico resultaba ciertamente atractivo y muy funcional, las galerías amplias y luminosas, las aulas alegres y soleadas con un mobiliario adecuado, las celdas confortables con los espacios bien aprovechados y distribuidos; pero era difícil conciliar el sueño porque una invasión de mosquitos seguramente procedente de las aguas estancadas del cercano arroyo de Valdebebas se encargaba de darte la lata y lo que es peor de chuparte la sangre.  

De poco te servía aplastarles porque venían otros de repuesto, lo único que conseguías era llenar las paredes de manchones de sangre que parecía que habías estado flagelándote. Aparte de esto, el olor penetrante de pintura por todo el edificio resultaba a veces poco agradable. Tuvimos que acostumbrarnos también a soportar los ruidos constantes de las excavadoras y los camiones que estaban haciendo el vaciado de un montículo pegado al edificio.  

La cuestión era que el proyecto arquitectónico estaba sin concluir y todo ello originaba varias incomodidades. El complejo deportivo tardaría mucho tiempo en habilitarse y si queríamos jugar un partido de futbol tenías que ir a un terreno próximo que estaba sin cultivar, de modo que casi no merecía la pena. El coro y la bellísima iglesia, joya de la corona, no se inauguraría hasta   el 11 de diciembre de 1959. En cambio, teníamos la gran suerte, eso sí, de estar en Madrid, donde entre otras cosas podíamos recibir más visitas de los familiares, siendo también más fácil la comunicación con el exterior. 

Por lo que se refiere al aspecto docente todo era como bastante difuso. Noté como que había más improvisación, más provisionalidad. Así las cosas, yo tenía la sensación de que había cambiado un Estudio General consolidado, histórico y con solera por otro, todo lo funcional que se quiera; pero todavía en vías de formación al que llevaría un tiempo aclimatarse. De modo que cuando recibí la noticia de que los superiores habían tomado la decisión   de que debíamos regresar otra vez a Ávila en el fondo me alegré y llagado el día de partir no sentí ninguna pena, más bien tuve la sensación de regresar a casa. Una vez allí nos encontramos con un estudiantado de nueva creación con las mismas características que el de S. Pedro Mártir del que parecía una réplica.





CAPÍTULOS ANTERIORES

Un concierto en Santo Tomás me retrotrae al pasado (I)

A Santa María de Nieva llegamos curtidos (II)

Estrenamos el colegio de Arcas Reales (III)

Un año de prueba en Ocaña (IV)

Ávila en mi retina (V)