Wednesday, December 12, 2018

DESMEMORIADAS MEMORIAS DOMINICANAS, por Rufino García Álvarez


INTRODUCCIÓN

Llevo varios años conversando con mis amigos y ex-compañeros de Colegio para intentar recopilar datos, anécdotas y vivencias que disfrutamos, sufrimos y vivimos con intensidad en nuestros años de estudiantes internos en los diversos colegios de los frailes dominicos en España.

Procesión en el Patio Central
Muchas de estas vivencias o anécdotas pueden ser atribuidas a compañeros o a mí mismo como espectador o actor de las mismas pero que quizás no se correspondan con la realidad por varias razones. O porque la memoria nos falla y situamos mal a los protagonistas de los hechos o porque ya no recordamos con exactitud a la persona que protagonizó ese hecho.

Decía Marcel Proust: “El recuerdo de las cosas pasadas no quiere decir que ocurrieran de esa manera”.

Por lo que intento que sean adjudicadas a ciertos compañeros más cercanos y nítidos en mi memoria particular o colectiva y así poder dar mayor verosimilitud a la narración y los hechos acaecidos, ya hace la friolera de medio siglo más o menos.
Es muy complejo el intentar dar un cierto orden a todos los hechos que acuden a mi memoria para dotarles de una comprensión cronológica y conceptual, por lo que intentaré situar los acontecimientos en un ámbito histórico, aunque haya ciertas anécdotas y sucesos que pueden ser ubicados en cualquiera de los cursos de los respectivos colegios y cursos y con actores vivenciales que pueden haber reproducido situaciones semejantes o repetitivas.

Los hechos aquí narrados se refieren a mi estancia en el Colegio desde el año 1959, cuando ingresé en primero de bachillerato en Arcas Reales (Valladolid), hasta el año 1968 en que abandoné el Estudiantado de Filosofía de S. Pedro Mártir de Alcobendas (Madrid).
En esta primera versión supongo que existirán algunas incertidumbres o inexactitudes que podrán ser subsanadas “a posteriori” cuando los compañeros de nuestro Club de Barcelona puedan leerlo y hacer las acotaciones o aportaciones pertinentes.

Espero y deseo que sirvan estas páginas para rememorar hechos que se nos pueden ir borrando de nuestra memoria y que nos puedan traer tardes de tertulia y camaradería al ponerlas de nuevo sobre el tapete en nuestras reuniones.

Desde luego que no me gustaría herir susceptibilidades ni poner en un brete a ningún compañero por adjudicarle alguna travesura o acción que sea delicada en su moralidad o tergiversada, sin intención, en su recordatorio.

Situados estos antecedentes, empiezo a desgranar algunos trazos de la historia de nuestras vidas en la década de los sesenta.

ARCAS REALES
Fue una conmoción que en una pequeñísima aldea de unos 10 vecinos fuésemos seleccionados dos alumnos para ir a estudiar internos a un Colegio en Valladolid. Los elegidos fuimos César, mi amigo de la infancia, y yo.

Me estoy refiriendo al pueblecito donde vivíamos, Pedreo, pedanía de Moreda de Aller en el Principado de Asturias. En aquella época la provincia era Oviedo y la Región, Asturias. Hoy en día han evolucionado los nombres en consonancia con la nueva distribución autonómica y política.

A primeros del verano del 59, llegó por la aldea un fraile vestido de blanco que dijo llamarse Fr. Delfín Castañón y que venía buscando chicos que quisieran ir a estudiar a un colegio donde había muchos campos de fútbol y baloncesto, así como piscinas y otros muchos niños con los que jugar.

Los captadores de estudiantes hablaban poco sobre la vocación religiosa. Intentaban reclutar a los alumnos con las ventajas de la educación, deportes, salidas profesionales, etc.

Nos hizo una serie de preguntas de geografía, matemáticas, lengua y literatura y algunas palabras muy raras que habíamos oído alguna vez al cura en misa y a los monaguillos. De nuestras respuestas parece que quedó razonablemente contento porque dijo que teníamos nivel para asistir al colegio, sólo nos faltaba conocer en profundidad el latín, así se llamaba la jerga que no entendíamos, y que yo, por mi edad, podía incorporarme directamente a segundo de bachillerato con la condición de aprobar el latín de primero.

Yo me opuse a ir a diferente curso que mi amigo César. No me atrevía a ir a un lugar extraño con chicos desconocidos y, sobre todo, la primera vez que salía de casa a una distancia superior a 20 km. Y además, sin la compañía de mis padres o tíos.

Los padres de César convencieron a mi familia, sobre todo a mi padre, que era reacio a dejarme ir a un colegio de curas o frailes, además de los costes que suponía mi estancia y manutención en el colegio. Después de varios días de vacilaciones y discusiones en casa mi padre accedió y empezó la preparación de la maleta con el ajuar necesario para todo un año interno y muy lejos de casa.

Recuerdo que asignaron el número 642 para marcar todas mis propiedades personales, sobre todo aquellas prendas de ropa que tuvieran que ser lavadas o estuvieran en lugares comunes.

Claustro del Patio Central
La emoción y los sentimientos de miedo y desconcierto ante las novedades que se nos avecinaban llenaron los meses de julio, agosto y septiembre de aquel verano de 1959. Los demás chicos de la aldea nos miraban, unos con envidia, otros con pena porque tampoco sabían qué nos esperaba allá en ese colegio, pero sí sabíamos todos que nos iba a cambiar totalmente nuestras vidas porque ya no volverían tiempos pasados de juegos y travesuras.
Creo que a finales de septiembre nos llegó la fecha de ir hasta Mieres para subir al tren que nos llevaría a Valladolid para empezar un nuevo periplo que, sin nosotros saberlo, nos iba a transformar totalmente nuestro futuro.

Casi no recuerdo imágenes o sensaciones del primer viaje largo sin la compañía de mis familiares. César y yo íbamos como encogidos en nuestros asientos con la atención fija en los letreros de las estaciones con el miedo de pasarnos de la estación de nuestro destino, Valladolid. ¡Anda que no había estaciones, que en aquella época los trenes paraban hasta en los apeaderos!

Menos mal que en León se incorporaron más chicos procedentes de Cacabelos, Ponferrada y León que también iban al mismo lugar y estaban acompañados por un fraile que hacía las veces de monitor o tutor para evitar que los muchachos nos perdiéramos. Desde León hasta Valladolid la algarabía en el vagón del tren fue en aumento. Se notaba la mundología de los chicos procedentes de ciudades y pueblos más grandes que ya estaban acostumbrados a tratar con más personas y a viajar más frecuentemente.

César y yo seguíamos, no obstante, absortos en el paisaje que iba discurriendo por la ventanilla de nuestro vagón. Qué diferencia de paisaje respecto a lo que estábamos acostumbrados a ver y disfrutar en nuestra querida aldea. Llanuras con extensiones inmensas de pequeños matojos en las tierras, que eran los tallos que habían quedado después de la siega del trigo, cebada, etc. Qué raros se nos hacían aquellos yermos tan amarillos y amarronados respecto a los prados verdes y pequeñitos que teníamos en nuestro pueblo. Aquí los terrenos eran muy extensos, llanos, sin vallas y con monocultivo, nada que ver con el estilo de producción de nuestra aldea. No había casi árboles y el sol caía implacable sobre los campos y tampoco parecía que la lluvia visitase muy a menudo estos secarrales.

Pero las horas fueron pasando y de pronto llegamos a una gran estación con un gran tejado sujeto por unas enormes vigas de hierro. Parecía que habían puesto los raíles en el techo además de en el suelo. El ruido del chirriar de los frenos de la máquina del tren con sus avisos de silbato a todo trapo más la exuberante ración de vapor que salía de la caldera de la misma fueron confundiéndose con los gritos y risas de los chicos que se apelotonaban en las plataformas del tren con sus maletas y fardos para bajar del mismo.

En los andenes había un hormiguero de gente. Los frailes que habían venido a recogernos y colocarnos en los diversos autocares para llevarnos sanos, salvos y completos hasta Arcas Reales. Todo eran gritos para intentar congregar a los recién llegados por poblaciones. Pasar lista para que no faltase alguno y colocarles con sus equipajes en los respectivos autocares.

No os podéis imaginar la sensación de tranquilidad y alivio cuando César y yo nos vimos sentados en nuestros asientos del autocar, con nuestros equipajes en el maletero y esperando que nos llevasen a nuestro Colegio.

De repente se oye una voz femenina y gritona que dice:
-¿Rufino García de Moyeda? ¿Rufino García de Moyeda?

Yo me encojo más, si era posible, en mi asiento. Creo que cabrían otros dos más en él. Miro aterrado por la ventanilla y veo a dos señoras de una cincuentena de años, acompañadas por un caballero muy trajeado que intentaban localizarme. Ambas mujeres muy bien vestidas con un variado conjunto de joyas ornamentando su buen atuendo siguen insistiendo en localizarme. El Padre Santiago también intenta colaborar en el tema, pero como el movimiento de chicos y la tarea de colocar y controlar a todos es muy delicada se desentiende del tema.

-              César me mira y me dice: Están preguntando por ti.
-            Qué va, le contesto. ¿No ves que dicen Moyeda y nosotros somos de Pedreo o Moreda?
Él insiste, pero le convenzo de que no me buscan a mí y, además, yo no los conocía. En eso sí que no mentía y decía absolutamente la verdad. Más tarde supe por mi madre que ella se había encargado de llamar a sus tías de Valladolid para que se personasen en la estación y viesen si había llegado bien.

Cuando vi que se alejaban hacia otros autobuses con el mismo resultado y, después de un cierto tiempo de espera, nuestro autocar se puso en marcha, creí que me quitaban una losa del pecho.

Ante nuestros ojos fueron pasando imágenes de calles, edificios, plazas y mucha gente bien vestida y paseando por una ciudad en contraposición a nuestra experiencia en la aldea. Nuestra alucinación era inmensa. Pasado un tiempo, que nos pareció un instante, ya que no conseguíamos procesar tantas imágenes desconocidas, llegamos al otro lado de la ciudad, en las afueras, a unos ocho kilómetros de la ciudad, camino de Pinar de Antequera, allí se encontraba el Colegio, Arcas Reales.

- ¡Dios mío!, pero si cabe nuestro pueblo en este Colegio. Aquí nos perderemos todos los días, le dije a César.
- Sí, es muy grande y además muy bonito, es grandioso. Bueno, a los demás les pasará lo mismo, ya verás cómo aprendemos a movernos como los otros, me contestó.

Después nos mezclamos en la marabunta de maletas, gritos, apellidos y diversas filas en las que nos fueron colocando para intentar poner un poco de orden en aquellas hormonas alocadas y dispersas que nos invadían por la novedad y la visión de aquella casa tan enorme que, si no ocurría algo muy adverso y extraordinario, sería nuestra vivienda durante cinco años seguidos. [CONTINUARÁ]