Wednesday, December 12, 2018

DESMEMORIADAS MEMORIAS DOMINICANAS, por Rufino García Álvarez


INTRODUCCIÓN

Llevo varios años conversando con mis amigos y ex-compañeros de Colegio para intentar recopilar datos, anécdotas y vivencias que disfrutamos, sufrimos y vivimos con intensidad en nuestros años de estudiantes internos en los diversos colegios de los frailes dominicos en España.

Procesión en el Patio Central
Muchas de estas vivencias o anécdotas pueden ser atribuidas a compañeros o a mí mismo como espectador o actor de las mismas pero que quizás no se correspondan con la realidad por varias razones. O porque la memoria nos falla y situamos mal a los protagonistas de los hechos o porque ya no recordamos con exactitud a la persona que protagonizó ese hecho.

Decía Marcel Proust: “El recuerdo de las cosas pasadas no quiere decir que ocurrieran de esa manera”.

Por lo que intento que sean adjudicadas a ciertos compañeros más cercanos y nítidos en mi memoria particular o colectiva y así poder dar mayor verosimilitud a la narración y los hechos acaecidos, ya hace la friolera de medio siglo más o menos.
Es muy complejo el intentar dar un cierto orden a todos los hechos que acuden a mi memoria para dotarles de una comprensión cronológica y conceptual, por lo que intentaré situar los acontecimientos en un ámbito histórico, aunque haya ciertas anécdotas y sucesos que pueden ser ubicados en cualquiera de los cursos de los respectivos colegios y cursos y con actores vivenciales que pueden haber reproducido situaciones semejantes o repetitivas.

Los hechos aquí narrados se refieren a mi estancia en el Colegio desde el año 1959, cuando ingresé en primero de bachillerato en Arcas Reales (Valladolid), hasta el año 1968 en que abandoné el Estudiantado de Filosofía de S. Pedro Mártir de Alcobendas (Madrid).
En esta primera versión supongo que existirán algunas incertidumbres o inexactitudes que podrán ser subsanadas “a posteriori” cuando los compañeros de nuestro Club de Barcelona puedan leerlo y hacer las acotaciones o aportaciones pertinentes.

Espero y deseo que sirvan estas páginas para rememorar hechos que se nos pueden ir borrando de nuestra memoria y que nos puedan traer tardes de tertulia y camaradería al ponerlas de nuevo sobre el tapete en nuestras reuniones.

Desde luego que no me gustaría herir susceptibilidades ni poner en un brete a ningún compañero por adjudicarle alguna travesura o acción que sea delicada en su moralidad o tergiversada, sin intención, en su recordatorio.

Situados estos antecedentes, empiezo a desgranar algunos trazos de la historia de nuestras vidas en la década de los sesenta.

ARCAS REALES
Fue una conmoción que en una pequeñísima aldea de unos 10 vecinos fuésemos seleccionados dos alumnos para ir a estudiar internos a un Colegio en Valladolid. Los elegidos fuimos César, mi amigo de la infancia, y yo.

Me estoy refiriendo al pueblecito donde vivíamos, Pedreo, pedanía de Moreda de Aller en el Principado de Asturias. En aquella época la provincia era Oviedo y la Región, Asturias. Hoy en día han evolucionado los nombres en consonancia con la nueva distribución autonómica y política.

A primeros del verano del 59, llegó por la aldea un fraile vestido de blanco que dijo llamarse Fr. Delfín Castañón y que venía buscando chicos que quisieran ir a estudiar a un colegio donde había muchos campos de fútbol y baloncesto, así como piscinas y otros muchos niños con los que jugar.

Los captadores de estudiantes hablaban poco sobre la vocación religiosa. Intentaban reclutar a los alumnos con las ventajas de la educación, deportes, salidas profesionales, etc.

Nos hizo una serie de preguntas de geografía, matemáticas, lengua y literatura y algunas palabras muy raras que habíamos oído alguna vez al cura en misa y a los monaguillos. De nuestras respuestas parece que quedó razonablemente contento porque dijo que teníamos nivel para asistir al colegio, sólo nos faltaba conocer en profundidad el latín, así se llamaba la jerga que no entendíamos, y que yo, por mi edad, podía incorporarme directamente a segundo de bachillerato con la condición de aprobar el latín de primero.

Yo me opuse a ir a diferente curso que mi amigo César. No me atrevía a ir a un lugar extraño con chicos desconocidos y, sobre todo, la primera vez que salía de casa a una distancia superior a 20 km. Y además, sin la compañía de mis padres o tíos.

Los padres de César convencieron a mi familia, sobre todo a mi padre, que era reacio a dejarme ir a un colegio de curas o frailes, además de los costes que suponía mi estancia y manutención en el colegio. Después de varios días de vacilaciones y discusiones en casa mi padre accedió y empezó la preparación de la maleta con el ajuar necesario para todo un año interno y muy lejos de casa.

Recuerdo que asignaron el número 642 para marcar todas mis propiedades personales, sobre todo aquellas prendas de ropa que tuvieran que ser lavadas o estuvieran en lugares comunes.

Claustro del Patio Central
La emoción y los sentimientos de miedo y desconcierto ante las novedades que se nos avecinaban llenaron los meses de julio, agosto y septiembre de aquel verano de 1959. Los demás chicos de la aldea nos miraban, unos con envidia, otros con pena porque tampoco sabían qué nos esperaba allá en ese colegio, pero sí sabíamos todos que nos iba a cambiar totalmente nuestras vidas porque ya no volverían tiempos pasados de juegos y travesuras.
Creo que a finales de septiembre nos llegó la fecha de ir hasta Mieres para subir al tren que nos llevaría a Valladolid para empezar un nuevo periplo que, sin nosotros saberlo, nos iba a transformar totalmente nuestro futuro.

Casi no recuerdo imágenes o sensaciones del primer viaje largo sin la compañía de mis familiares. César y yo íbamos como encogidos en nuestros asientos con la atención fija en los letreros de las estaciones con el miedo de pasarnos de la estación de nuestro destino, Valladolid. ¡Anda que no había estaciones, que en aquella época los trenes paraban hasta en los apeaderos!

Menos mal que en León se incorporaron más chicos procedentes de Cacabelos, Ponferrada y León que también iban al mismo lugar y estaban acompañados por un fraile que hacía las veces de monitor o tutor para evitar que los muchachos nos perdiéramos. Desde León hasta Valladolid la algarabía en el vagón del tren fue en aumento. Se notaba la mundología de los chicos procedentes de ciudades y pueblos más grandes que ya estaban acostumbrados a tratar con más personas y a viajar más frecuentemente.

César y yo seguíamos, no obstante, absortos en el paisaje que iba discurriendo por la ventanilla de nuestro vagón. Qué diferencia de paisaje respecto a lo que estábamos acostumbrados a ver y disfrutar en nuestra querida aldea. Llanuras con extensiones inmensas de pequeños matojos en las tierras, que eran los tallos que habían quedado después de la siega del trigo, cebada, etc. Qué raros se nos hacían aquellos yermos tan amarillos y amarronados respecto a los prados verdes y pequeñitos que teníamos en nuestro pueblo. Aquí los terrenos eran muy extensos, llanos, sin vallas y con monocultivo, nada que ver con el estilo de producción de nuestra aldea. No había casi árboles y el sol caía implacable sobre los campos y tampoco parecía que la lluvia visitase muy a menudo estos secarrales.

Pero las horas fueron pasando y de pronto llegamos a una gran estación con un gran tejado sujeto por unas enormes vigas de hierro. Parecía que habían puesto los raíles en el techo además de en el suelo. El ruido del chirriar de los frenos de la máquina del tren con sus avisos de silbato a todo trapo más la exuberante ración de vapor que salía de la caldera de la misma fueron confundiéndose con los gritos y risas de los chicos que se apelotonaban en las plataformas del tren con sus maletas y fardos para bajar del mismo.

En los andenes había un hormiguero de gente. Los frailes que habían venido a recogernos y colocarnos en los diversos autocares para llevarnos sanos, salvos y completos hasta Arcas Reales. Todo eran gritos para intentar congregar a los recién llegados por poblaciones. Pasar lista para que no faltase alguno y colocarles con sus equipajes en los respectivos autocares.

No os podéis imaginar la sensación de tranquilidad y alivio cuando César y yo nos vimos sentados en nuestros asientos del autocar, con nuestros equipajes en el maletero y esperando que nos llevasen a nuestro Colegio.

De repente se oye una voz femenina y gritona que dice:
-¿Rufino García de Moyeda? ¿Rufino García de Moyeda?

Yo me encojo más, si era posible, en mi asiento. Creo que cabrían otros dos más en él. Miro aterrado por la ventanilla y veo a dos señoras de una cincuentena de años, acompañadas por un caballero muy trajeado que intentaban localizarme. Ambas mujeres muy bien vestidas con un variado conjunto de joyas ornamentando su buen atuendo siguen insistiendo en localizarme. El Padre Santiago también intenta colaborar en el tema, pero como el movimiento de chicos y la tarea de colocar y controlar a todos es muy delicada se desentiende del tema.

-              César me mira y me dice: Están preguntando por ti.
-            Qué va, le contesto. ¿No ves que dicen Moyeda y nosotros somos de Pedreo o Moreda?
Él insiste, pero le convenzo de que no me buscan a mí y, además, yo no los conocía. En eso sí que no mentía y decía absolutamente la verdad. Más tarde supe por mi madre que ella se había encargado de llamar a sus tías de Valladolid para que se personasen en la estación y viesen si había llegado bien.

Cuando vi que se alejaban hacia otros autobuses con el mismo resultado y, después de un cierto tiempo de espera, nuestro autocar se puso en marcha, creí que me quitaban una losa del pecho.

Ante nuestros ojos fueron pasando imágenes de calles, edificios, plazas y mucha gente bien vestida y paseando por una ciudad en contraposición a nuestra experiencia en la aldea. Nuestra alucinación era inmensa. Pasado un tiempo, que nos pareció un instante, ya que no conseguíamos procesar tantas imágenes desconocidas, llegamos al otro lado de la ciudad, en las afueras, a unos ocho kilómetros de la ciudad, camino de Pinar de Antequera, allí se encontraba el Colegio, Arcas Reales.

- ¡Dios mío!, pero si cabe nuestro pueblo en este Colegio. Aquí nos perderemos todos los días, le dije a César.
- Sí, es muy grande y además muy bonito, es grandioso. Bueno, a los demás les pasará lo mismo, ya verás cómo aprendemos a movernos como los otros, me contestó.

Después nos mezclamos en la marabunta de maletas, gritos, apellidos y diversas filas en las que nos fueron colocando para intentar poner un poco de orden en aquellas hormonas alocadas y dispersas que nos invadían por la novedad y la visión de aquella casa tan enorme que, si no ocurría algo muy adverso y extraordinario, sería nuestra vivienda durante cinco años seguidos. [CONTINUARÁ]

Tuesday, November 20, 2018

ÍZARO FILMS, por Ramón Mantecón


El proyector, que ya en 1975 despedía un cierto tufo prehistórico, treinta y pico años después será antediluviano y, supongo, estará abandonado y en desuso donde yo lo encontré, bajo la guía de mi insigne predecesor, Fr. Antonio Paniagua, en las sublimes responsabilidades de proyeccionista. En la salita posterior del salón de actos, encima del vestíbulo. Convento de San Pedro Mártir, Alcobendas. En sus tiempos, cuando se instaló, principios de los 60, debía de ser el no va más, la última tecnología. Sus bastones electrolíticos generaban una intensísima luz que empujaba, mágicamente, las imágenes desde la alargada lente hacia la gran pantalla. Por encima de las 400 butacas asentadas sobre la suave pendiente. En aquella lejana época, a principios de los 60 me refiero, los buenos padres dominicos eran, todavía, pioneros en medios de comunicación. Como atestiguaba el excelente, pero ya vetusto, estudio de radio situado justamente detrás de la pantalla de cine.

El mundo debió de ir muy rápido, porque a mediados de la década de los 70, el polvo y la dejadez comenzaban a cubrir lo que, seguramente, habían sido tan expansivos como hueros sueños para aquellas herramientas de formación, únicas y pioneras, en la excelencia apostólica. La última proclama para convertir a un mundo que, sin apenas percatarnos, caminaba hacia el abandono, posiblemente merecido, de una religiosidad obscenamente ritualista y aburguesada. Donde tan escandalosamente se habían confundido el palio con el poder (franquista), la prédica con una resignación para nada cristiana (menos aún evangélica).

Durante algunos años, un grupo de dominicos más jóvenes se habían convertido en avanzadilla de la ultramontana iglesia hispana. Pero como les había ocurrido tantas otras veces en la historia, comenzaban a perder el ritmo de los acontecimientos del siglo, recurriendo a trasnochadas teorías tomistas. Disimulando sus etéreas metafísicas medievales, mediante acerbas críticas, cuando no rechazo radical, a los pecaminosos requerimientos del siglo. Ciertamente a encontronazos con la realidad social que se entreveía pese a la represión del tardofranquismo, pero sobre todo convertidos a un negacionismo  político irredento, con todo aquello que estuviera a la izquierda del ABC. Todo ello a pasos agigantados. En la comunidad de los profesores la mayor parte, vocaciones de postguerra, eran conservadores a machamartillo y no pocos se alineaban con las tesis ultraderechistas, fueran eclesiales o políticas, en base a lo que ellos creían sólidos fundamentos teológicos. El castillo de naipes estaba a punto de derrumbarse.

Todos esos conceptos, por supuesto, no formaban, entonces, parte de mis preocupaciones, ni las interiores ni las exteriores. En lo más mínimo. Franco agonizaba en La Paz, a menos de 10 kilómetros de distancia, pero mi única preocupación era que los 5 rollos enlatados de Carrie pudiera ensamblarlos en el correcto orden para que la brillante escena, cuando desde las bambalinas se derrama sobre Sissy Spacek, por obra y gracia de sus sádicos compañeros, el cubo con la sangre de cerdo, se reflejara en el orden exacto en que Brian de Palma la había ideado. Así que, antes de cada proyección, me pasaba las horas muertas en la pequeña sala de montaje manual, rodeado de pósters de películas clásicas, tijeras y acetona en mano, empalmando unos rollos con otros en el orden preciso. Concentrado en los fotogramas, en medio de un sacrosanto, quizá debería añadir, religioso silencio, de adoración ante el Technicolor para evitar que en la pantalla se notaran en exceso los cambios de rollo.

Primero los sacaba con mimo de las latas, supuestamente, aunque no siempre, bien numeradas. Recortaba los finales y principios de cada rollo, ya que, debido al uso repetido en las salas, había muchas con sesiones dobles, se terminaba por rayar la película al frotarse entre los rodillos del proyector. A veces, los principios de cada rollo estaban en tan malas condiciones que no quedaba otro remedio que cortar escenas enteras. Si cortaba alguna escena, nadie de mis correligionarios se iba a enterar, pero si en la pantalla aparecían rayuras se volvían muy exigentes y me abroncaban desde el cómodo patio de butacas. Por lo tanto, mejor cortar y pegar con mimo.

Por lo demás, esa era la única censura, debida en todo caso a motivos técnicos más que morales. Nunca nadie me dio instrucciones de proyectar tal o cual película o de suprimir esa o la otra escena en nombre de la violencia, el sexo o cualesquiera otra virtud teologal o cardinal. El único corte real era el del intermedio, de nuevo por causas técnicas. Al proyectarse desde una sóla máquina -como mucho en una bovina se podían empalmar únicamente dos rollos- el descanso para el cambio era inevitable. Una película de duración estándar, con 90 minutos, tenía 5 o seis rollos.

En realidad, la censura no era necesaria. La dictadura estaba al borde del precipicio y como a nosotros nos llegaba la oferta cinematográfica con un par de años de retraso, lo que vimos en la segunda media década de los setenta, había pasado por las manos de experimentados censores públicos en la primera mitad. Como mucho podía aparecer en la pantalla algún beso o abrazo más o menos revelador y la violencia, que como se sabe los censores suelen ignorarla, era, todavía, en aquel período, de dibujos animados. Así que, aunque no lo pretendiéramos, estábamos a salvo de cualquier corrupción moral, al menos la proveniente del séptimo arte.

Había un sector del grupo de estudiantes filósofos, digamos que menos versado en elipsis, contraplanos y picados, a quien lo único que le interesaba era pasarse un buen rato en el cine. Ya se sabe: “Los cañones de Navarone”, “Shaft” y “Le llamaban Trinidad”. Como se suele decir ahora, una opción legítima. Había otro, minoritario como era previsible, entre los que me contaba, más propenso a Godard (sí, llegamos a proyectar “Al final de la escapada”, increíble), Bresson (también proyecté “Lancelot du Lac”) y el surrealismo italiano (“Ladrón de bicicletas” y otras). Así que el menú fílmico solía oscilar entre lo más prosaico y lo más místico. Raramente había un término medio. Los segundos tachábamos a los primeros de vulgares. Y al revés, de pretenciosos. Supongo que ambos campos teníamos nuestra parte de razón.

El surtido nos venía de dos fuentes muy diferentes, una lucrativa y la otra gratuita. La primera estaba gestionada por un autónomo, Jose (nombre ficticio, debido a mi mala memoria), que operando desde Alcobendas se manejaba a las mil maravillas en los circuitos de exhibición, por así decirlo, para-clericales: frailes, monjas, colegios mayores de religiosos y asimilados. Cada viernes aparecía por la portería con una oferta de media docena de títulos. En general eran de la tendencia místico-religiosa, si bien, puntualmente, aparecía también con algún spaghetti western.

De donde las sacaba y como las hacía circular siempre fue un asunto ligeramente misterioso para mí. Tenía la ventaja de que era un servicio a domicilio (Telepizza pero en lata y Panascope). La desventaja era que había que adaptarse a sus horarios. Si la película se proyectaba a las 5 del domingo en la residencia de las madres mercedarias, a los padres dominicos no les quedaba otro remedio que asistir a la sesión de noche. Esto propiciaba, no pocas veces, que yo tuviera que montar los rollos a la carrera. Sin poder hacer una proyección de ensayo, cargado de pánico ante el temor de haber puesto la lata tres al inicio o la dos en lugar de los créditos. Jose, en todo caso, siempre cumplía. Si era puntual para la entrega, no lo era menos para la recogida. Después de todo, a los claretianos les había tocado la última sesión nocturna. Dudo de que divertirse con los mamporros de Bud Spencer tras la oración nocturna de Completas fuera la mejor forma de descansar en la paz del Señor.

El proveedor gratuito era casi de la familia. De la dominicana, quiero decir. Florentino Reyzábal, cuyo nombre apareció en los medios de comunicación muchos años después a causa del incendio del emblemático edificio Windsor, era, nada más y nada menos, de la patria chica de nuestro glorioso padre Santo Domingo. Detalle quizá insignificante. No lo era tanto que en la misma Caleruega hubiera nacido nuestro lisiado, en aquella época, y freudiano, pero magnífico profesor de psicología, el P. Eusebio Peña y, sobre todo, el P. Martín, eximio “chaplain” para los americanos de la base de Torrejón, pero residentes en la vecina Moraleja. Íntimo amigo de la familia Reyzábal y su capellán particular.

Esta mezcla de paisanaje y nexo religioso conformaban un paraíso inigualable para nuestro goce cinematográfico y nuestra educación fílmica. En Madrid, los Reyzábal tenían un imperio de cines, de los de sesión doble, que iban parejos con discotecas. En la época de mayor apogeo debían de superar la treintena. Algunos todavía permanecen con sus tradicionales nombres, asociados a las calles: Luchana, Goya, Victoria, aunque desconozco si siguen teniendo los mismos propietarios. Lo del imperio no es una metáfora gratuita. Por ejemplo, el imponente Palacio de la Prensa o el Callao estaban en sus manos. En fin, que para servir a sus necesidades propias tenían una distribuidora, Ízaro Films, nombre que hace referencia a unas islitas en la Costa Vasca, y una productora del mismo nombre, ejecutora de las en, su tiempo, tan denostadas, españoladas, italianadas, etc. que ahora se vuelven a poner de moda.

La distribuidora estaba detrás de la Gran Vía, en las cercanías de la calle del Desengaño. Bastaba una llamada del padre Martín a su paisano, al gran Florentino Reyzábal, para que yo acudiera a toda prisa a las oficinas. El encargado, que sabía de donde venía y a donde iba, me sacaba el catálogo, extensísimo, por lo demás. Eso sí, supongo que, siguiendo instrucciones de la superioridad, me aconsejaba sabiamente sobre las más divertidas o interesantes, entre las cuales nunca estaban, por ejemplo, “No desearás al vecino del 5º” o “Divorcio a la italiana”.

Incluso en aquella época de pechos entrevelados o espaldas semidesnudas, las guarradas de Alfonso Landa y compañía debían de ser demasiado para nuestros inquebrantables votos de pobreza, castidad u obediencia. Aunque el único que estuviera realmente, mejor, potencialmente, concernido era el segundo. Con todo, el catálogo era inmenso y entre los múltiples consejos piadosos del responsable y la infinidad de pósters que nos avasallaban desde las paredes, mi dilema era: ¿“Perfume de mujer” o “Maratón Man”? En este caso concreto, aunque no en la misma ocasión, se satisficieron los deseos de ambas facciones: la de los partidarios de Bud Spencer, en este caso, Dustin Hoffman, y la de los fans de Dino Risi. O de Agostina Belli, que para el caso es lo mismo.

Mi pasado de proyeccionista, por muy dominguero que fuera, dejó una imborrable huella de aquella gloriosa época. Por un lado, mi afición al cine creció de forma exponencial. Una cosa era ser mero espectador y otra tocar y palpar las latas, la película física, encender el proyector y observar boquiabierto la magia de la luz generando imágenes en movimiento a 50 metros de distancia.

De todos los oficios estrambóticos a los que la vida me ha arrastrado, éste es uno de los más estrafalarios, no tanto por raro cuanto por pintoresco. Nuevos conocidos se pueden sorprender, más o menos, de que haya intentado, sólo intentado, convertir paganos en el Extremo Oriente, pero haber sido proyeccionista de cine es la repera.  Ya pueden haber dado el Oscar a Al Pacino por la copia americana del mismo perfume de mujer, pero el olor a acetona y el tacto de la lata abollada siempre permanecerá asociado en mi lóbulo izquierdo, o dondequiera se conserve la memoria, a Vittorio Gassman. Y, por supuesto, a Agostina Belli.

Al final, algunas de las películas entre ensayos y proyecciones con espectadores -también hacíamos sesiones para colegios de monjas y residencias femeninas cercanas- terminaba por mirarlas hasta una docena de veces. Así que no es de extrañar que aún recuerde, como si fuera ayer, a Rally Field (Norma Rae) encaramada en lo alto de su máquina de coser mientras arenga a sus compañeras para unirse al sindicato fabril. O esta pizca de nihilismo en un certero diálogo entre el invidente Vittorio y la exuberante Agostina: “ ¿Sabes quién soy?. -No. -El once de espadas. -No existe. -Exacto de eso se trata, una carta que no está en la baraja, una que no sirve para nada”. Perfume de mujer. Perfume de la juventud nostálgica.


Saturday, November 10, 2018

ASPIRANTES A DOMINICOS DE ARCAS REALES 1963*** (IV), por Rafael Martínez Bernardo

Grupo de alumnos, curso 1963-64

Algo insólito y medieval era el uso del famoso “cíngulo”, cuyas huellas oscurecieron durante mucho tiempo mi cintura: consistía el arcaico artilugio en una cuerda cargada de nudos que se ataba a la cintura, se suponía que directamente sobre la carne, aunque se podía tomar la licencia de ponerla sobre la ropa interior y de este modo suavizar sus efectos; además, cuanto más sacrificio quisieses ofrecer a Dios por tus pecados y por los del mundo, más apretabas el cinturón de las narices.

La gran burla que me convenció para abandonarlo a su suerte fue cuando estaba de vacaciones en el pueblo e íbamos a bañarnos al río, allí aparecíamos como fantasmas caídos de otro mundo con aquello atado a la cintura, las burlas eran sonoras, nunca más. Cuando accedimos al pabellón de los mayores dejó de ser obligatorio y se perdió su uso. Con el tiempo me imaginaba yo a ciertos alumnos díscolos en mis clases cargados con cíngulos bien apretados haciendo sacrificios por la humanidad.

Las tareas religiosas también incluían ayudar a misa en la capilla de los frailes, para ello había que madrugar, pero merecía la pena porque descubríamos “mundos misteriosos” al cruzar el comedor, el office, pasillos desconocidos, y luego ayudar a una misa informal del P. Ibáñez, que apagaba las velas con el paño de encima del cáliz (¿¿nombre??). Luego escurríamos las vinajeras y todavía daba tiempo a echar unos tragos de vino dulce directamente de la botella, alguno llegaba muy contento a las primeras clases; el trofeo que se conseguía al regresar era una barra de pan escondida bajo la ropa para delicia del propio y de los compañeros.

Cuenta el artista cantarín del “Cordobés” y experto en nocturnidades J.L.M. que una noche bajó a la capilla principal a aliviar su sed y satisfacer su alma con tan mala suerte que entró un fraile, solo vio la sombra, pero el héroe no se arredró, esperó (“las cosas buenas llegan para los que saben esperar”, dicen los ingleses) y cumplió con su deber moral de vencer a la tentación cayendo en ella.

Los dormitorios estaban formados por cuatro filas de camas con una separación entre ellas y una fila de “aparadores” o mini armarios para guardar nuestras posesiones, con qué poco nos bastaba. En cuanto apagaban las luces no se podía ni susurrar, al fondo del dormitorio estaba la celda del fraile vigilante de cada dormitorio; al que pillaban hablando podía estar castigado de rodillas un buen rato o recibir un tortazo directamente; estando en 2º curso se preparó un gran jaleo porque los sábados por la noche los frailes venían más tarde, no se sabe por qué, se decía que estaban viendo la tele y sospechábamos que alguna vez traían un ligero tufo alcohólico y no de rezar el rosario precisamente; alguien se chivó al P. Villarroel de que Domitilo Casas y yo habíamos hablado, nos llevó a su habitación y nos sacudió con las “disciplinas”, - cuerdas con nudos -, en las piernas todavía en pijama, dolía tanto la humillación como el castigo físico.

Con todo lo que rezábamos y que nos hiciesen eso, injusticia divina, pero no les guardamos rencor; de vez en cuando veíamos alguna paliza injusta y entonces sí se enervaba al personal, pero eso sucedía cuando éramos mayores. El P. Pablo era de temer, como así asegura D. C. que le cayó una descarga de tortas sin preguntar, y el hombre no pudo saborear ninguna. Solo subíamos a los dormitorios a asearnos después del desayuno y hacer las camas, y para dormir, no nos lavábamos la boca en todo el día; una vez por semana (aunque no lo necesitásemos, como dicen que dicen los ingleses) nos duchábamos, con el bañador puesto, claro, no vaya a ser que a alguno se le despertasen malos pensamientos acuciados por el Maligno; cuando nos secábamos con aquellas raquíticas y mínimas toallas, teníamos que tener cuidado que no se nos viese nada de nuestras partes privadas y divinas, como quinceañeras, y  los frailes llamaban la atención a los más descocados.

El hacer bien las camas era un mérito, puntuaba para la asignatura de Trato Social (normas de urbanidad), del P. Villaroel, cada mes salía publicada en el tabón de anuncios una lista de los que mejor y peor hacían las camas, cosa muy injusta pues había somieres rebeldes que siempre quedaban hundidos y daban muy mala imagen. En el pequeño libro de texto de Trato Social había cosas curiosas que solo comprendimos con la edad, como cuando decía que en las escaleras de caracol el hombre debía subir antes que la mujer y al bajar, la mujer delante, ¿qué misterio habría en ello?, nos preguntábamos, nadie nos dio respuesta hasta que alguno más espabilado nos lo aclaró.

ARCAS REALES: Comedor de alumnos
La asignatura luego pasó a llamarse Urbanidad, y era curioso ver al P. Villarreal enseñándonos a comer educadamente en el salón grande, a pelar la naranja, usar los cubiertos y otras útiles lindezas. Las camas también servían como instrumentos de gimnasia, para el ejercicio de ponerse con la cabeza hacia abajo y sujetándose en los barrotes o para hacer flexiones, ay de ti como te pillasen. Los sábados nos entregaban nuestra bolsa con la ropa limpia y había que ordenarla, pertenecía a la leyenda urbana el hecho de que alguna chica empleada en la ropa enviada mensajes en la bolsa de la ropa, nunca conocí un caso. Al apagar las luces el silencio era preceptivo y de obligado cumplimiento, so pena de algún sopapo, como ya ha sido mencionado.

Durante los fines de semana había varias sesiones de estudio, teníamos clase el sábado por la mañana, como en la escuela del pueblo, y teníamos libre el jueves por la tarde. Pero lo que más nos gustaba eran las famosas “veladas” en el gran – al menos para nuestros pequeños ojos con la perspectiva temporal -salón de actos: estas consistían en representaciones cortas de sainetes, obras de teatro (las famosas La vida es sueño, Escuadra hacia la muerte, El hijo pródigo), actuaciones variadas, la rondalla del padre Regino, la coral con el padre Gil y un año con el padre Llanos. Y de este modo pasábamos muchas tardes de los fines de semana. Antes de las Navidades había una velada muy importante, en ella se escogían “compas” por sorteo, un fraile se hacía compañero de un aspirante, una especie de protector, los más espléndidos daban un regalo a los alumnos o los tenían un poco enchufados; un año me tocó a mí con un fraile muy viejo y me regaló un tanque de plástico, para qué c… querría yo eso.

La coral era un aspecto destacado, un momento culminante en todos los actos: el padre Gil la dirigía con gran entusiasmo y mucha creatividad, enérgico y delicado a la vez, todavía estoy viendo el movimiento de sus brazos navegando entre aquellas inmensas mangas blancas del hábito, sudando, marcando el ritmo y dando entrada a las voces de aquellos pequeños ruiseñores y de los graves pavarottis. Yo era tiple y a veces cantaba gregoriano; un año durante las Navidades fuimos a un concurso de villancicos unos veinte “cantores”, así nos llamaban, disfrazados de pastores, no ganamos porque cantábamos polifonía a cuatro voces en vez de a dos. Nos introdujo, al menos a mí, a la música coral y de allí me queda el gusto por la música religiosa de T. L. de Vitoria, Palestrina, la endiablada, con perdón, subida de tono de los tiples del Aleluya de Haendel, las profanas Yo nací en una ribera, la nana vasca Aurtxoa Seaskan, (con cuya adaptación personal muchos años más tarde dormiría yo a mis niñas). 

Teníamos el privilegio de las salidas para cantar en las procesiones de Valladolid con el paso de la Vera Cruz, nos llevaban en autobús y no veíamos otra cosa que la procesión y mucho frío; otras veces íbamos a la emisora a cantar en la radio o a la procesión del domingo de Ramos. En Navidad era muy emotivo (lo siento así ahora que he visto varias) ir a las residencias de ancianos a cantarles, les encantaba, algunos lloraban y no entendíamos por qué, también se reían con el villancico “que me pinchas con las barbas”.

Paralelo al arte de la voz corría la actividad de la rondalla con el moreno y serio P. Regino; la formaban los instrumentos de bandurria, laúd y guitarra; cuando participaban en las veladas siempre comenzaban con la Danza Húngara Número 5 de Brahms. Era duro el ensayo y de difícil ejecución; yo me apunté a bandurria, con el trino de la púa, lo prefería a la guitarra porque ésta hacía mucho daño a nuestros pobres dedos con aquel frío que alimentaba a los dolorosos sabañones (no era mi caso) y heridas varias, estas sí las padecí. Pronto abandoné este arte, una pena. Los más afortunados iban a practicar con el piano en un anexo junto a la piscina.


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*** Título original del texto: BREVE Y SUCINTA HISTORIA DE LO QUE PUDO HABER SIDO Y NO FUE, DE LO QUE FUE Y PUDO NO HABER SIDO Y OTROS SUCESOS QUE ACONTECIERON A LOS ASPIRANTES A DOMINICOS DE ARCAS REALES 1963

Wednesday, October 17, 2018

IN MEMORIAM: P. Ildefonso González Cóbreces (1937-2018)

El P. Fonso en la guardería de Niihama, Japón, 1983

A veces no son los lazos de sangre los que encauzan el discurrir de las personas para que se solapen las encrucijadas de nuestras vidas. Como suele acaecer con frecuencia, son otras las circunstancias, aparentemente más aleatorias que los genes, las que nos conducen a entrelazar nuestras idas y venidas en este valle de lágrimas, que dice la Salve. Aunque con Fonso, el P. Fonso, como familiarmente le llamábamos, bien podría haber sido el ADN de las aldeas perdidas entre valles y páramos del norte palentino. Después de todo, coincidíamos, y esto no era casualidad, claro, en el apellido Cóbreces.

De hecho, él entró en mi vida mucho antes que uno tuviera uso de razón. En una anécdota que rezuma crueldad y dulzura a partes iguales. La dulzura procedía de la miel que mi bisabuela Catalina tenía en un cántaro de la alcoba trasera. Fonso debía de estar ya en el internado dominicano de La Mejorada, o quizá Santa María de Nieva. La posguerra bien avanzada, pero la escasez de la época y la golosura que le persiguió toda su vida, le encarrilaba desde el pueblo de al lado, Polvorosa, al nuestro, Renedo, derechito, derechito, orilla del río, por el camino del Tresmolino, hasta casa de la bisabuela y la dulcísima miel del colmenar catada por la señora Catalina.

Y allí estaba yo, cruel como crueles éramos los niños en los pueblos con los animales. La diversión en aquella hora de siesta era, en el río que bordeaba la casa familiar, hacer aguadillas a los patos de la bisabuela, hasta ver como hacían cuac cuac, para liberarlos de su agonía en el último instante. San Antonio de Padua nos perdone. Genuina diversión de la época a falta de consolas y móviles última generación. Hasta que Fonso, entre bocado de miel y dentellada a la hogaza, se lo dijo a la bisabuela y ésta vino a todo correr a salvar sus polluelos de nuestro implacable entretenimiento.

Pasaron los años y todos, previsiblemente, fuimos creciendo en gracia y sabiduría. Como primos segundos, que poco a poco se desperdigaron por el mundo, aparecían muy de ciento en viento, cuando la superioridad lo permitía. En los contornos eran conocidos como “los frailes”. El plural no era para tomarlo en vano. Porque Fonso tenía otros dos hermanos dominicos, uno exmisionero en Venezuela, Gonzalo, otro profesor en Arcas Reales, el P. Santiago y un tercero, Teodoro quien, desgraciadamente, falleció en el noviciado en Ocaña. Eso que no hemos acabado de contar, porque la profesión religiosa en la familia era de Guinness. A los cuatro citados habría que añadir otras tres monjas de diversas congregaciones. O sea que lo de “los frailes” (sin decir nombres la gente ya sabía de quien se hablaba) no era una metáfora. Si acaso, deberían haber añadido “los frailes y las monjas”. Siete religiosos en total. Ni en el Lago de Genesaret hubo tantas vocaciones en menos kilómetros a la redonda.

Aunque la miel de la bisabuela desapareció con su muerte, en las raras ocasiones que Fonso venía de vacaciones, no solía perdonar su golosura de antaño, que ahora había encontrado una legítima y más que sabrosa sustitución en las natillas con galletas María de mi madre, postre a perpetuidad el día de la fiesta del Santo Patrón. De hecho, mi madre guardaba una fuente “para cuando viniera Fonso”. Por el camino del Tresmolino, claro. Ahí podían haber acabado aquellos encuentros ocasionales, regularizados con el paso del tiempo en las vacaciones que cada tres años concedía la autoridad para los misioneros que evangelizaban a los paganos en las lejanas tierras del Sol Naciente, como era el caso del P. Fonso. Donde me lo volví a encontrar: yo sin patitos para ejercitar la crueldad aldeana y él sin las natillas de huevo de corral. Esto ya era como veinte años más tarde, otoño de 1981.

Para entonces, Fonso ya llevaba desde mediados de los sesenta en Japón, donde permanecería hasta 2016. Es decir, la friolera de 53 años. Lo que se dice toda una vida. Excelente narrador de anécdotas e historias, una de las más épicas, en el sentido literal y figurado de la palabra, era la de cómo llegó hasta tan lejanas tierras de infieles. Ni más ni menos que siguiendo, con ligeras variantes, el recorrido que habían hecho los misioneros pioneros dominicos en el siglo XVI para alcanzar Cipango, Formosa y las Islas Filipinas. En barco y tras hacer escala en las Américas. Fonso contaba aquella interminable travesía con el gracejo que nunca le abandonaba. Sólo que él no partió de Veracruz en una nao, sino de San Francisco en un carguero estadounidense, donde las historietas parecían infinitas. Como la de la omnipresente Cocacola que tomaban hasta para desayunar y la del escaso peculio que el padre prior les había entregado para tan oceánica travesía.

De fisonomía fuerte, él bromeaba con los kilos de más que portaba y los intentos tan repetidos como absolutamente infructuosos por aligerar peso, era perfectamente visible en cualquier reunión, asamblea. No por sus dimensiones ni porque le gustara destacar, que era más bien de natural discreto, sino por su magnífico sentido del humor, bonhomía y servicialidad. Raro era verle sin una sonrisa en los labios o una palabra de ánimo.

Su dominio del japonés era insuperable. Decíamos y, seguramente fuera verdad, que al teléfono ni los propios japoneses podían saber si era o no un nativo. En un lenguaje tan jerarquizado y clasista como el japonés, se pueden conocer al dedillo las estructuras gramaticales, el vocabulario o la sintaxis, pero las sutilezas y matices son un rompecabezas para un extranjero. No para Fonso.

En cinco minutos, en su querida parroquia y guardería de Niihama (sureste de Japón), podía pasar de hablar con los chavales de cuatro o cinco años, con tono y vocabulario de chaval de cuatro o cinco años, a dar instrucciones a las maestras en un tono estrictamente reservado a su categoría de responsable de la guardería (Sensei, sí, sensei, no) y unos instantes más tarde hablar con las feligresas, en una inflexión y modulación completamente diversos a los dos anteriores, a las puertas de la iglesia, sobre la próxima festividad de S. Alberto Magno, el patrón de la parroquia (Shimpusama, sí, shimpusama, no).

Pero ahí no terminaba la historia. Podía aparecer en el Colegio Aiko, en la misma isla de Shikoku, donde ejerció muchos años de guía y maestro, y ser recibido por los alumnos adolescentes, arremolinados a su alrededor, con inusitada algarabía. Si minutos más tarde tenía que reprender a algunos por cierta barrabasada, las palabras usadas y el tono aparentemente severo hacía que se cuadraran como si fueran reclutas de la Armada Imperial (Jai, sensei, ie, sensei).

Pero más allá del insuperable dominio del “nihongo”, que no es poco, las cualidades de Fonso se resumían en una sóla palabra: BONDAD. Con mayúsculas. Envuelta en un aire de afabilidad, tan inabarcable que resultaba imposible no pensar que tal carácter no tuviera nada que ver con su robustez. Sí, gordura, para qué andarse con medias tintas. A él no le importaba, a veces, palparse la tripa sobresaliente y gastar bromas sobre ella o relamerse los labios delante de una tarta regalada por alguna beata, como hacen los personajes de los dibujos animados delante de una montaña de golosinas.

Esa amabilidad se manifestaba de mil maneras. Si alguna vez discutió con algún compañero nadie lo vió. Quizá tampoco era el más arrojado a la hora de hacer propuestas o tomar iniciativas en los debates conventuales o las asambleas de Vicaría y, sin embargo, siempre tenía la palabra amable, sabía escuchar, asentir, incluso estar de acuerdo con tal de no llevar la contraria. Lo de polemista y contencioso no iba con su forma de ser.

Evidentemente, pareja a su benevolencia, iba su generosidad. Un servidor, mismamente, fue testigo, objeto y depositario de la misma. A principios de los noventa era, supongo que más por obediencia debida que por devoción, superior de la pequeña comunidad dominicana en Tokio. Lo de superior es un concepto reservado al derecho canónico porque, más que nada era un compañero y amigo. Lo mismo hablábamos de béisbol -era un gran aficionado, sobre todo a la popular competición veraniega de los institutos de bachillerato- que de los pagos que separaban su pueblo del mío: el Cerrillo, el Espinar, el cuérnago. O conversábamos sobre expresiones japonesas que al resto nos resultaban ignotas.

Y aunque lo de ser superior no debía de llevarlo muy bien hizo algo que, con la perspectiva del tiempo, incluso tras tantos años, me sigue resultando sorprendente. Y aleccionador. Ejemplo imborrable del significado que palabras como bondad y generosidad significan cuando se transforman en hechos. Al margen de moralismos fáciles o juicios teológicos. A principios de los noventa, decidí emprender otro rumbo en la vida. Como se suele decir, con una mano delante y otra detrás, algo que en una ciudad como Tokio es mucho más fácil de decir que de hacer. Pero allí estaba el P. Fonso, superior, compañero, amigo, primo segundo, que me permitió durante unos cuantos meses acudir los sábados por la tarde, para ayudar a los frailes, con mis modestos conocimientos bíblicos, a preparar la homilía dominical.

Y aunque yo lo hubiera hecho por gusto o agradecimiento, sin necesidad de hacerlo, él llevaba a la práctica la enseñanza de la parábola: cada viñador merece su salario. Por lo que me pagaba en yenes el fruto de mis heterodoxos desvelos bíblicos. Algunos dirían que de renegado y hasta hereje. Yenes que me permitieron sobrevivir por encima de las apreturas en la jungla de la capital, en aquellos meses de desnudez material. Y lo hacía sin aspavientos, con discreción, con delicadeza.

Ítem más. Cuando unos meses más tarde le invitamos al convite nupcial, allí estaba el bueno del Padre Fonso en una celebración heteróclita de nacionalidades y religiosamente laica, dando conversación, en japonés impecable a todos los invitados nativos con los que se topó, sin que le importara lo que uno había dejado de ser. O lo que pudiera ser. Lo importante para él era que los novios se sintieran a gusto en las nuevas vidas por desgranar. ¿A gusto? Ni tanto. Puede parecer un chiste. Pero ante mi absoluta incapacidad para la danza, ni corto ni perezoso, el P. Fonso se ofreció voluntario para bailar el primer vals con la flamante novia, mi mujer. Como la cosa más natural del mundo. Hasta me había enseñado a hacerme el nudo de la corbata, cosa que en el noviciado habían pasado por alto. Allí paz y después gloria. Todos nos reímos, todos dimos rienda suelta al jolgorio. Y de paso, yo evité la vergüenza de pisar a la desposada.

Desde entonces, han pasado casi otros treinta años. Nos hemos vuelto a reencontrar en numerosas ocasiones, con el paso del tiempo, su peso parecía inmutable, aunque yo juraría que su cara fue tomando, con el paso de las décadas, rasgos orientales. Él, como siempre, bromeaba también con esto,  estirándose los párpados hacia arriba. Después, ha participado en tantas reuniones como ha podido de la Asociación de Antiguos Alumnos, no fallaba a la celebración de la fiesta de Santo Domingo, cada 8 de agosto en la provincia de León. Y sí, seguía viniendo a por las natillas de mi madre cada San Esteban.

Sin embargo, donde mejor se encontraba Fonso, era en el patio de la casa familiar en Polvorosa, cuando se juntaba con sus hermanos y rememoraba una y mil anécdotas de la parroquia, de la guardería, de los compañeros. De hecho, era un gran imitador, ¡cómo no! de los propios japoneses a los que tenía un aprecio y un cariño inconmensurable. Fuera por la larga estancia, fuera por el dominio del lenguaje y las costumbres, Japón y sus gentes, sobre todo las de su querida isla de Shikoku, le habían transformado en un japonés más. Aunque quizá él no se daba cuenta.

Y él se dejaba querer, no podía ser de otra manera, como si hubiera venido al mundo en aquel país lejano, a 14.000 kilómetros de su pueblo natal. De hecho, aunque resultaba improbable escucharle crítica alguna contra nadie, cuando, una vez más, hace un par de años, la superioridad dictó que volviera a España, no dejó de mostrar su extrañeza ante tal decisión. Estoy seguro de que le hubiera gustado terminar sus días en el país que le hizo suyo. Y viceversa. Eso sí, contemplando por alguna rendija las vegas y barbechos de su infancia.

Querido Fonso: 平和の中で休む (Heiwa no naka de yasumu) ¡que descanses en paz! y gracias por tantas cosas y, no menos importante, por librarme del martirio de bailar ese primer vals

Thursday, October 11, 2018

LA MEJORADA: TOMANDO POSESIÓN (VIII), por Faustino Martínez


Inmediatamente nos subieron al gran salón de estudios. Las clases comenzarían al día siguiente. El padre dominico José María Reyero, un hombre alegre que siempre nos animaría y nos llenaría de cariño, era el Jefe de Estudios del Colegio y el administrador encargado de llevar la contabilidad y proporcionarnos libretas, lápices, gomas, etc. Entró en el gran salón acompañado de varios chicos mayores del curso superior que portaban cajas llenas de libros de texto. Comenzaron a repartirnos por cada pupitre los libros de texto de cada asignatura del primer curso de bachillerato. Encima de mi pupitre fui haciendo un pequeño montón de libros de texto: Ciencias Naturales, Lengua Española, Latín, Matemáticas, Geografía, Dibujo y Religión. Aquel año no daríamos idioma extranjero. Ignoro el por qué. Nos asignaron el horario de cada clase y los correspondientes profesores junto con las aulas a donde teníamos que desplazarnos. Debajo de mi pupitre fui guardando los libros, después de hojearlos. Me gustaron porque venían iluminados con dibujos y fotografías.

Aquello se presentaba interesante y me ponía un poco nervioso pues ya no era la clásica enciclopedia de “Álvarez”, sino que cada asignatura tenía un libro de texto y un profesor especial. Aquellos profesores no me conocían ni yo a ellos por lo que no sabía cómo me iría con cada uno. Una vez entregados los libros de texto nos dio a cada colegial una libreta, un lápiz y una goma y nos dijo que este material tenían que pagarlo nuestros padres en la mensualidad correspondiente. Todo ello lo aportaba gratuitamente el Colegio, los Padres Dominicos, excepto el material fungible. Me di cuenta de lo que había dicho mi maestro Don Mariano de que habría becas para los que fuéramos a estudiar pero también me acordé de lo que podría acarrear a mis padres aquellos gastos y de que tenía que mirar por ello.

Mientras hojeábamos los libros de texto, entró el Padre Rector, Andrés Villarroel y comenzó a darnos una breve charla sobre la finalidad de nuestros estudios y formación. ¡Allí estábamos como “Aspirantes a la Orden de Predicadores”, que es lo mismo que decir que estábamos para estudiar y formarnos como futuros Dominicos y que en nuestras cartas deberíamos poner las siglas: “A. O. P” = Aspirante a la Orden de Predicadores. Era lógico, pero no creo que todos los que estábamos allí lo tuviésemos igual de claro y decidido. Nos encareció guardáramos las normas de disciplina y del silencio, sin el cual no podía haber clima de estudio ni orden. En un momento dado de sus palabras nos advirtió de que quienes se portasen indebidamente o no rindieran lo suficiente en los estudios podrían ser “expulsados” del Colegio.

Aquella posibilidad de “expulsión” me preocupó. Yo no estaba dispuesto a que pudiera afectarme, pero era uno de tantos expuesto a que esta advertencia pudiera alcanzarme. Volví a reafirmarme interiormente de que no me expulsaran de aquel Colegio. Ni yo ni mis padres lo asumiríamos, pues nos parecían palabras mayores hablar de expulsión o que te pudieran tildar en la familia o en el pueblo de que te “habían expulsado del Colegio”. La imagen que yo tenía en aquel entonces de mi mismo era incompatible con que alguien pudiera “expulsarme” por alguna de aquellas razones. Pero tendría que tener cuidado, tanto en los estudios como en la conducta.

El padre Rector continuó hablándonos de cómo los Dominicos se habían distinguido en su historia por ser una Orden Religiosa que había dado muchos sabios y santos, como Santo Domingo de Guzmán, Santo Tomás de Aquino, San Alberto Magno, San Vicente Ferrer, San Raimundo de Peñafort, Santa Catalina de Siena, San Pio V, etc. Nos informó que en este Colegio nos íbamos a formar para ser futuros misioneros en las Misiones del Oriente: Japón, Filipinas, Formosa, Vietnam y China, aunque ahora los comunistas estaban persiguiendo, metiendo en las cárceles y expulsado a los misioneros.

Yo me acordaba de los misioneros que recordábamos el día del Domund y de la Santa Infancia, de los chinitos y japoneses que tan mal los pintaban en las películas de propaganda norteamericana y en los tebeos. Además aquello de que los metieran en la cárcel, o los pudieran matar no me parecían muy bien. Yo no tenía madera de futuro mártir en medio de aquellos “chinos y japoneses” de las películas que parecían tan malos y feos.

Iba tomando nota mentalmente  de todo cuanto decía el Padre Rector para adaptarme a ello tal cual me lo habían recomendado mis padres. Parecía que no había norma más importante que la de guardar silencio total. El  alumno que guardase silencio…. parecía que ya iba a ser “bueno”, “buen chico”, no tendría problemas. Además de la norma disciplinaria del silencio, nos advirtió de que tendríamos que rendir en los estudios. Cada quince días se nos darían en público las calificaciones. Quienes suspendieran dos o más asignaturas tendrían que abandonar el Colegio yendo para sus casas. Aquella advertencia me puso en guardia pues no quería ser uno de los que echaran a perder tanto sacrificio como habían puesto mis padres y mi hermano. A pesar de mi “morriña” y ganas de irme otra vez para Llastres me prometí a mí mismo de que no me expulsarían del colegio por ser mal estudiante. Por tanto, reforzaría mi dedicación al estudio.

Otra recomendación sorprendente que nos advirtió el Padre Rector fue algo nunca oído por mí. Hablaba de que estaban prohibidas las “amistades particulares” y que deberíamos relacionarnos principalmente con los compañeros del propio curso. El Rector no nos hablaba con claridad sobre el porqué del supuesto peligro de las “amistades particulares”. En la edad en que estábamos era natural que hiciéramos amigos nuevos, que nos apoyáramos entre nosotros y nos encariñáramos como lo hacen todos los amigos. ¡Pero el Rector venía a insinuar que había que controlar los “afectos”, “mortificarlos”, “reprimirlos”!. ¡No lo entendía… pero capté la esencia del mensaje que me parecía antinatural!: ¡Nada de amistades profundas con ningún compañero!

Si algo hay de hermoso en la verdadera amistad es la acogida, la comprensión, la comunicación, la ayuda recíproca, la gratuidad, el sentirte entendido y cómplice con tu amigo o amigos, la profundización en las conversaciones libremente expresadas, la libertad y el cariño resultante entre los verdaderos amigos. ¡Hay pocas vivencias tan hermosas en la vida como la verdadera y profunda amistad entre los “alter egos”, experimentar la suerte de tener buenos amigos!

¡Pues “na nay”!! ¡Que mucho ojo…. con las “amistades particulares”! Ahora empezaba a entender el distanciamiento y la inesperada “frialdad” de mi amigo Andresín. Le veía siempre con los de su curso. Apenas me dedicaba tiempo para charlar y estar juntos como en Llastres. Tenía su propia y amplia pandilla entre chicos de su curso con quienes estaba a la hora de los recreos y durante lo que llamaban “paseos largos”. ¡Me resigné e intenté adaptarme a la situación que se nos marcaba, aunque en mi interior procesaba críticamente todo cuanto iba viendo y oyendo!

Pasados los días deduje que tras aquella antinatural advertencia prohibitiva de no “tener amistades particulares” se escondía el temor de los frailes a que hubiera tentaciones de homosexualidad entre los propios chicos, sobre todo de los mayores respecto de los pequeños.

Aquella tarde, durante el recreo, mientras Andresín y el “Yondrin” se centraban en los compañeros de su curso, tal como estaba recomendado, yo comencé a interesarme por los chicos que estaban próximos a mí en las filas. Fui dándome cuenta de que se sentían tan desamparados afectivamente como yo lo estaba, por lo que se fue despertando entre nosotros una simpatía llena de comprensión y compasión mutua. Recuerdo a chicos de Ávila, de Palencia, de Orense, de León con especial cariño. Solían juntarse, arroparse mutuamente según la procedencia. Si eran del mismo pueblo se agrupaban en los recreos y en los paseos. Los de la Cuenca Minera parecía como si se conocieran todos entre sí, y creo que se conocían pues habían venido muchos del mismo Campomanes y de Pola de Lena. Yo estaba solo, pues por lo visto y oído no estaba bien visto que mis amigos Andresín y el “Yondrin” formaran parte de mi grupo o yo pretendiera entrar en un grupo de amigos del curso superior. Pasados los días fui haciendo amistad entrañable con un chico de Torquemada (Burgos) llamado Antolín, así como con otro pequeño de un pueblo de Ávila llamado Desiderio y otros del Barco de Valdeorras (Orense) llamados Carlos Sarmiento Prieto y Ricardo López.

Fui descubriendo también al pequeño grupo de Colunga, formado por Juan Luis Martínez y Pepe Brau, a los que me juntaba, a pesar de los “prejuicios” y rivalidad estúpida que tienen los de Llastres contra los de Colunga. Lo hablamos y creo que lo superamos prescindiendo de ello, por lo que nos hicimos amigos y nos apoyábamos en nuestros recreos y “paseos largos”.  Juan Luis, el hijo del Juez de Colunga, era muy bueno, muy inteligente y ya venía muy bien preparado para los estudios del Bachillerato. Pepe Brau, hijo de un guardia civil del cuartel de Colunga, todavía era más inteligente que todos nosotros. Era un poco mayor y tenía una vasta cultura que la veríamos desplegar en las clases que comenzarían el día 1 de octubre.  Brau, -así le llamábamos- estaba más desarrollado físicamente que el resto. Posiblemente tuviera dos años más que nosotros. Lo que le hacía llamar la atención de su persona, además de sus conocimientos, era su corpulencia y que iba vestido como un niño pequeño con unos pantalones muy cortos. Nosotros le apreciábamos y valorábamos mucho por sus conocimientos y por ser el mayor del pequeño grupo que se iba formando, pero algunos de los del curso mayor se metían con él intentando ridiculizarle.


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