Wednesday, June 21, 2017

VIAJE A ASIA, por Magín Borrajo ***

Iglesia Convento Santo Domingo, Manila
Junio de 1963, fin de curso en Washington. Pasé los exámenes sin dificultad y recibí una Licenciatura, o Maestría, con una calificación de Magna Cum Laude y el grado académico de Lector conferido en la orden de dominicos a sacerdotes competentes para enseñar a estudiantes dominicos.

El tema de mi disertación trató de la verdad, «The Logical Truth», la verdad lógica. Cuarenta años después, de viaje con mis hijos por Washington, tuve el gusto de encontrarla en la biblioteca de los dominicos.

Finalizado el curso de Washington debía trasladarme a Manila para comenzar las clases a finales de junio. A los pocos días recibí un telegrama de la compañía aérea TWA que me informaba de que tenía un billete pagado hasta Madrid y que me ofrecían la posibilidad de volar vía París. Como deseaba conocer París, me quedé allí dos días. Recuerdo las caminatas junto al Sena, los Campos Elíseos y la subida al restaurante de la torre Eiffel. Allí un americano, ya mayor, contemplaba la belleza de la ciudad desde el mismo restaurante y me preguntó qué hacía en París. Le respondí que estaba de paso, con destino a Manila. Me miró con cara de compasión, como si estuviera cometiendo un error y me dijo: «Si yo tuviese tu edad, no saldría de París».

Desde París, envié un telegrama al superior, como era costumbre, anunciando mi llegada a Madrid. Sorprendentemente, llegué antes que el telegrama.

Me presenté al superior vestido de seglar. No le gustó verme sin el hábito de dominico. Él estaba informado de mis planes y me permitió ir tres días a despedirme de mi familia.

Mi hermano Bernardino estaba en Madrid cumpliendo el servicio militar. Cenamos juntos y me acompañó al tren de medianoche y llegué de sorpresa a casa de mis padres. Se alegraron creyendo que pasaría el resto del verano con ellos, como el año anterior. No les expliqué mi situación para que no sufrieran con mi separación. Me resultaba muy duro decirles que no volvería a verles en mucho tiempo.

Por aquel entonces, los sacerdotes que iban a Asia regresaban a España cada diez años. Mis padres no sabían este detalle. Les expliqué que estaba preparando el viaje a Filipinas y que tenía que regresar a Madrid antes de tres días.

Desde Madrid les escribí una carta dándoles la triste noticia de que los superiores me enviaban a Malina de inmediato. Mi hermano Bernardino entendió mi situación. Me acompañó al aeropuerto y luego escribió a mis padres explicándoles lo difícil que me resultaba despedirme de ellos.

En el aeropuerto me encontré a otros tres compañeros que iban también a Manila, acompañados de otros dominicos que salían a despedirnos. El procurador me había dado diez dólares por si tenía gastos a lo largo del viaje. Me quedaban algunas pesetas y se las di a Bernardino. En el servicio militar no andaba sobrado de dinero.
          
El viaje hasta Manila duró unas 32 horas, con escalas en Roma, Cairo, Karachi y Bangkok. Compartirlo con los otros tres compañeros, lo hizo más agradable. Comentábamos novedades, cosas que iban trascurriendo durante el largo viaje y reímos mucho.

Yo iba motivado, pero al mismo tiempo apesadumbrado porque sabía que cada nuevo aterrizaje suponía cada vez una distancia mayor de mi familia.

Al llegar a Karachi, antes de permitirnos desembarcar, unos funcionarios subieron a desinfectar al avión y nos fumigaron como si estuviesen matando moscas.

El aeropuerto era antiguo, no tenía aire acondicionado y se notaba la falta de limpieza. En Karachi se apreciaban claramente los contrastes y la cultura distinta.

En Bangkok, al bajar del avión, sentí un calor húmedo y sofocante. El aeropuerto era moderno, con aire acondicionado, limpio, con variedad de tiendas atendidas por jóvenes tailandesas, sonrientes y sencillas. Las encontré femeninas y atractivas. Bromeé con ellas y les pregunté precios de varias cosas. No tenía intención de comprar nada pero terminé comprando un pequeño detalle para agradecer su amabilidad.

Interior del Convento Santo Domingo, Manila (Quezon City)
En el mismo avión volaba desde Roma una cantante de ópera, alumna de la Universidad de Santo Tomás. Al desembarcar en Bangkok, sorprendido por el calor tropical, le pregunté por el clima de Manila. Me respondió que era parecido al de Bangkok. Eso me causó cierto desánimo.

La siguiente escala sería Manila. Al fin llegamos, tras un largo viaje. El avión nos dejó un tanto alejados de la terminal. Fuimos caminando bajo el sol tropical hasta la entrada del aeropuerto. En la terraza vi un grupo de frailes vestidos de blanco que habían venido a darnos la bienvenida. Algunos fumaban y gritando alegremente y nos tiraron algunos puros. Ese comportamiento no fue de mi agrado.

Desde el aeropuerto nos trasladaron en coche al Convento de Santo Domingo, casa madre de la provincia del Rosario, mi residencia durante tres años.

Las calles de la ciudad estaban repletas de gente. Llovía torrencialmente, como es típico en los trópicos. Las mujeres usaban sombrillas multicolores. Los hombres no usaban paraguas y se acurrucaban al lado de ellas. El calor húmedo era sofocante. Los desagües corrían abiertamente por las calles y noté un olor un tanto diferente. Me reí mucho al cruzar uno de los puentes de Manila, «Jones Bridge» y observar que algún chistoso había añadido a mano «COJones Bridge».

Al llegar a Santo Domingo fuimos a saludar al superior provincial. Tras un cambio de impresiones me acompañaron a mi celda, donde encontré, sin previas medidas, un hábito blanco y un rosario negro que se solía llevar en el cuello.

Vestí el hábito, me colgué el rosario al cuello y atendí a la meditación comunitaria en el coro de la iglesia. Comenzaba a anochecer y abundaban los mosquitos. Entre los asientos era costumbre encender Katol, un espanta mosquitos que hacía un humo maloliente. En el paquete de Katol se leía: «Mabuty pampatay lamok», lo que traducido al español quería decir «el mejor mata mosquitos». Esas fueron las primeras palabras que aprendí en tagalo.

Después de la meditación y tras una cena frugal, nos retiramos en silencio a nuestras habitaciones. Como hacía calor me acosté con la ventana abierta. Me invadieron los mosquitos. La cama tenía un mosquitero o redecilla para prevenir su entrada. No supe colocarla bien y los mosquitos se apoderaron de mí. Me levanté varias veces a batallar con ellos.

Me sorprendieron también otras alimañas, unas lagartijas, nunca vistas, que andaban libremente por el techo y las paredes de la habitación. Temía que picasen y me levanté a perseguirlas. Supe después que eran inofensivas y comunes en los trópicos.

La cama era de madera y no tenía colchón. Decían que el colchón hacía sudar y era menos saludable. Era costumbre poner una estera encima de la madera. Al principio la cama la sentí dura, pero con el tiempo me fui acostumbrando.

Llegué a Filipinas sin ninguna orientación y sin saber qué esperar. Recuerdo que me acosté soñoliento y cansado. Debido al cambio de horario, al calor, a la cama de madera, a los mosquitos y lagartijas, mi primera noche fue larga e inolvidable. Deseaba que llegase el día. Me levanté al amanecer y fui a decir misa. Después, a desayunar en silencio. Al terminar, subí a la sala de recreación y me encontré a varios sacerdotes leyendo los periódicos en silencio. Hice lo mismo.

Al poco tiempo entró en la sala el superior del convento y mencionó, con aire de crítica, en presencia de los otros religiosos, que yo y mis compañeros habíamos escrito un montón de tarjetas para decir que habíamos llegado bien y añadió: «Si no se ha caído el avión, todo el mundo sabrá que habéis llegado».

Habíamos escrito tarjetas postales a nuestros familiares en Roma, Cairo, Karachi, pero al no tener sellos y siguiendo las costumbres religiosas, las pusimos en el buzón de la puerta del superior. Dijo que las había puesto dentro un sobre y las había enviado al superior de Madrid.

La Virgen del Rosario, conocida como La Naval
Descontento por su actitud, le repliqué firmemente que no estaba de acuerdo y que me debería haber preguntado a mí. Con aire autoritario me contestó que si me portaba así, no me dejaría escribir ni a mi casa.

Le respondí que eso era injusto e irrazonable.
          
Los primeros meses en Manila fueron difíciles. La gente filipina era sencilla y amable, me sentía bien entre ellos. El clima, sin embargo, era inaguantable. Las lluvias, las tormentas tropicales, seguidas de sol y calor me hacían transpirar. Cambiaba de ropa seis o siete veces al día. Mi tendencia era ducharme con frecuencia. Con tantos baños la piel se me debilitó y me salió lo que en el país llaman sarpullido, un eccema o picazón, por todo el cuerpo.

Las comidas de los filipinos eran diferentes, a base de pescado salado, curado al sol y de olor fuerte, que mezclaban con arroz blanco. Comían también mucho cerdo que no era de mi agrado.

Las cucarachas corrían por la cocina y otras dependencias de la casa. Al principio me causaban asco, pero poco a poco aprendí a tolerarlas y a convivir con ellas. Aprendí que eran más comunes en los trópicos.

Me gustaban las frutas del país: papayas, mangos, bananas, lanzones y chicos. Los primeros meses viví a base de frutas, huevos y quesos. En el primer año adelgacé unos 20 kilos.


Rápidamente me di cuenta de la desigualdad de clases. Pocos ricos, la gran mayoría de descendencia española y americana. Ellos era la clase dominante, controlaban el gobierno, la política y los medios de comunicación. El resto de la población era pobre. Me sorprendió que, a pesar de su pobreza, fuesen alegres y pacíficos y que aceptasen su condición como algo natural.

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*** Por cortesía de Magín Borrajo, publicamos el capítulo III de su libro "BUSCANDO SER HUMANO", Palibrio, Bloomington 2014. Puedes adquirir el texto completo en Amazon o bien en esta página http://www.maginborrajo.com/

CAPÍTULO I



Monday, June 12, 2017

ASPIRANTES A DOMINICOS DE ARCAS REALES 1963*** (I), por Rafael Martínez Bernardo

Curso 1963 Sección C, fotografiado en 1964 (el autor sentado, primero derecha)
Alguien dijo que empezar a contar sus memorias es como empezar a disecarse: quiero contravenir esa máxima y manifestar mi deseo de mantenerme tan vivo como siempre. No olvidemos que la vida es una fábrica de recuerdos que evocan el pasado desde el presente, pero conviene mantener a raya al pasado porque no volverá y al futuro porque todavía no ha llegado. ¡Loor a aquel que guarda las historias del pasado como lección de la vida presente! Hay que tener en cuenta, sin embargo, que la memoria deforma la realidad, pero esa es nuestra realidad, aunque esté distorsionada y pueda aparecer distinta al ser contada por distintas plumas; estoy seguro de que, afortunadamente para el narrador y los posibles lectores, los hechos aquí narrados han pasado por el filtro de una memoria selectiva. A estos lectores me encomiendo con el ruego de que celebren las precisiones y disculpen las inexactitudes y omisiones.

En junio de 1963, pasó por la escuela de Santibáñez de la Isla el padre dominico Santiago, hombre de apariencia bondadosa y digno de toda confianza, tipo Friar Tuck de Robin Hood. Nos convenció a Generoso y a mí para enrolarnos en los Padres Dominicos de Arcas Reales. Yo fui a comunicárselo a mis padres que estaban arando en el pago del camino Villagarcía y se alegraron de que su hijo aspirase a tener un futuro mejor y de la posibilidad de conseguir un don del cielo teniendo un religioso en la familia (¡!!). Además, era la única posibilidad de poder salir a estudiar, porque cobraban una cantidad asequible para ellos, unas 200 (¿quizás 300?) pesetas al mes, insignificante comparada con lo que había que pagar si se iba al instituto y pensión. A mediados de septiembre fuimos con las respectivas madres a los almacenes Cabezas de La Bañeza con una lista (in)terminable de ropa para llevar al colegio; previamente mi madre y mi tía Sina tenían que coser en rojo el número 682 a todas las prendas, ya que iban a ser lavadas con las de todo el curso y las chicas tenían que distribuirlas. Los últimos días en el pueblo eran de gran nerviosismo y esperanza, tenía que ir a casa de los familiares y despedirme uno por uno; el último día solemnemente daba una vuelta en bicicleta por todas las calles del pueblo y de este modo decirle un emotivo y silencioso adiós. Sobre el día 20 partimos en tren (o quizá en autobús desde Hospital de Órbigo, no recuerdo bien) para la que iba a ser nuestra casa hasta junio del año siguiente.

Se accedía al colegio por una pequeña carretera que rodeaba un bucólico estanque con los exóticos ciprinos dorados, protegido por un enorme y acogedor sauce llorón; al lado había una campana o gong traído de tierras lejanas, probablemente de Ceilán o Vietnam. La portería estaba custodiada por el entrañable Fray Fuertes, procedente de San Cristóbal de la Polantera, al lado de nuestro pueblo, un hombre de voz acariciadora y de semblante humilde y feliz, contrapunto de lo que nos íbamos a encontrar una vez que accediésemos al edificio del pabellón de los pequeños a través de una arcada blanca que contrastaba con el pasillo de ladrillo. Encima de la portería y ocupando todo el flanco oriental se encontraba el sanctasanctórum del colegio, lugar inaccesible para el común de los mortales: las celdas o habitaciones de los frailes, y en un edificio aledaño, el de las monjas; eran éstos lugares misteriosos donde se urdían planes secretos para los aspirantes; no se conoció persona que transgrediera el umbral. Muy rara vez accedíamos al espacio abierto de la entrada, solamente para recibir a las visitas anuales de familiares, era territorio misterioso, la puerta del mundo exterior.

Los primeros días eran de un asombro total: procediendo de un pequeño pueblo en aquellos años, yo no conocía lo que era un wáter, ni un cepillo de dientes, ni ducha… Formábamos en largas filas para todo y nos asignaban un pupitre de estudio, una cama en un dormitorio donde pernoctábamos unos 120 pobrecitos de 10-11 años y un lugar en el comedor, siempre el mismo. Había dos pabellones: 1 y 2º en el pequeño y 3, 4 y 5º en el de los mayores, no se podía hablar con los del otro pabellón, solo los hermanos una vez por semana, la capilla estaba en medio y los dividía. Eran días de mucha melancolía y “murria” o morriña, sobre todo por las noches, cuando se oía algún suspiro, quien más quien menos mojaba la almohada con fugaces lágrimas. Durante los primeros días dos o tres compañeros por curso paseaban solos como almas en pena, llorando, “tenían murria”, alguno lo superaba, a otros tenían que venir los padres a recogerlos y llevarlos de nuevo a sus casas. Las maletas se guardaban en un cuarto al lado de la celda del padre Prefecto, aquellas maletas ligeras de rayas con los últimos recuerdos de nuestra vida pasada, con la esperanza de una nueva… al menos así lo percibo ahora, quizá en aquellos momentos estábamos tan aturdidos que nos dejábamos llevar por la corriente, excepto cuando apagaban la luz por la noche y nos asaltaba una melancolía pasajera. En aquel cuarto también guardábamos los paquetes (cuando no eran confiscados) y en el recreo de la tarde se permitía el acceso para coger algo y reforzar la merienda.

El P. Cándido Pérez en una de sus clases de dibujo
Sin más dilación íbamos a la oficina del padre Reyero para aprovisionarnos de material necesario para empezar a funcionar: libros con su respectivo papel azul para forrar, material de aseo corporal, hasta papel higiénico “Elefante”, duro y áspero para nuestros c. núbiles, etc.  (Pequeña anécdota: en el pabellón de los pequeños los wáteres consistían en un plato de cerámica con un lugar para los pies, sin el inodoro para sentarse (el de mayores era más cómodo y tenías derecho a sentarte); cierto día a XXX se le había olvidado llevar su papel higiénico; ante tal desdicha, nuestro compañero reaccionó con serenidad tántrica, agudeza mental y vena artística: con su dedo impregnado en la pintura dorada y todavía caliente escribió en la pared de azulejo “padres dominicos”, la ocurrencia fue sonora y célebre).  El día comenzaba sobre las 7 am., aseo siempre con agua fría, ducha caliente una vez por semana, visita a la iglesia para oír Misa antes del desayuno, la verdad es que no sé bien para qué, todavía no habíamos hecho nada malo. Formábamos en filas e íbamos al comedor para aliviar un poco los vacíos estómagos - estómagos en perpetuo estado de celo -, con una leche celestial bastante aguada creo recordar, pero riquísima; ay ay cuando a algún afortunado de Valladolid le traían “paquete” y nos daba una cucharada de Colacao, una delicia; repartían la leche con grandes lecheras, a los enchufados del repartidor (Cardillo era su nombre) también les llenaban el plato de leche, con un poco de pan se completa el desayuno.

Desde las 9 hasta las 1.30 teníamos clase, con un recreo en medio, creo que las clases duraban una hora y media. El primer año era una delicia porque teníamos monjas de profesoras en vez de frailes, eran mucho más maternales y comprensivas para unos prácticamente recién destetados: la madre Celina, dulce como su nombre, nos enseñaba Geografía; la madre Amada, Matemáticas, en 1º eran sencillas, en 2º a mí se me complicaron al “mezclar” números con letras, nunca entendí por qué tenían que hacerlo, los primeros tenían su sentido y las segundas servían para formar palabras y discursos (¡!); la Madre Sagrario que nos daba Lengua Española, la madre María Antonia nos enseñaba Latín, una de mis asignaturas preferidas (...), nos enseñaba inglés el padre Felices (alias Feroces por las voces que nos daba subiendo de tono con cara de ogro, pobre del que le cayese el bocinazo, aunque ya se sabe: “perro ladrador…”); siempre recordaré cuando me mandó cerrar una ventana y como no me daba por aludido, me gritó: “a ver, usted, el de los dientes como parachoques de locomotora”, recé para que me tragase la tierra, pero afortunadamente, como en tantas ocasiones, no me fue concedido el don. Las aulas estaban orientadas al sur y tenían grandes ventanales para recibir la luz del sol y aprovechar el efecto invernadero, eran acogedoras y cómodas; para las horas de estudio había un largo salón, el de los pequeños era denominado “la nevera”, no es necesario explicar el porqué.


En nuestro curso comenzamos unos ciento veinte “aspirantes”, distribuidos en tres grupos. Yo  estaba en el grupo C y alguna vez me tocaba ser el primero de la lista y ser el encargado de llevar tiza, borrar la pizarra, llevar los borradores de las cartas (las leían y corregían los frailes, luego las pasábamos a limpio y las entregábamos abiertas con el borrador para que no cambiásemos nada)… ese tipo de privilegios. Delante de mí estaba Macías, Martínez Bausela y detrás Martínez Cordero, Mateos. El paso de 1º a 2º fue muy fuerte, pues los profesores ya eran los frailes y algunos de ellos eran levemente aterradores. 

Panorámica de Arcas Reales con ábside iglesia y dos pabellones de alumnos
A lo largo de los cinco cursos pasamos por las manos del P. Buena en Latín, (era muy serio y ligeramente traidor, cierto día en un examen pasó por las filas con un apunte con respuestas falsas en la mano, lo puso hacia atrás y alguno picó y copió las falsas; solía decir “a ver señor usted”, y a mí: “lo dice usted tan serio que se lo voy a creer”; famosos eran sus sonoros tortazos y sus dolorosos pellizcos. P. Alfonso en Geografía poseedor de demasiado cinismo para unos pobres muchachos de 12 años, en su clase ya teníamos un mapa eléctrico con dos polos que se encendían si acertábamos la pregunta. 

P. Pablo en Matemáticas: giraba sobre sí mismo para vigilar a los de atrás, también se encargaba muy eficazmente de la organización de los deportes. P. Pinto en Ciencias Naturales (“la cuatro y la cinco, coño!!), Padre Cándido Pérez (Padre Sito) en Física y Química y en Dibujo, había estado en misiones y tenía una entonación muy musical al final de sus frases, buena y comprensiva persona, a él debemos las fotos de los tres grupos del curso hechas en el pinar con aquella cámara de espejos, marca??????. El Padre Alberto, de nasalizada voz, nos enseñaba Matemáticas, era famoso también por sus tortazos, (aunque nunca lo vimos atizar ninguno), en cierta ocasión alguien intentó copiar de mi examen y me dice: “si un ciego conduce a otro ciego…” me lo repitió varias veces hasta que terminé yo la frase y entendí la indirecta, las matemáticas eran mi asignatura más floja; rara vez se reía, pero relajaba el ambiente cuando lo hacía, en realidad era un cordero disfrazado de lobo; en cambio, imponía tanto cuando se enfadaba que XXXX se hizo pis en su clase. 

El P. Cándido de Inglés, nos enseñó el himno del “ortanchíbiri, ortanchíbiri… que tanto éxito tenía en los paseos largos y excursiones, y que en la actualidad se reedita en los modernos whatsapps.   El P. Igelmo de Literatura (recitaba provocándonos: “me gustan las queridas tendidas en los lechos”, de Espronceda), fue la primera persona a quien oí contar la teoría de la no existencia de Shakespeare, en realidad Christopher Marlowe y otros dramaturgos que firmaban bajo ese nombre habrían escrito sus obras; curiosamente hace un par de meses salió la noticia en el periódico de que se estaba investigando esa posibilidad, increíble, y nosotros sin darnos cuenta del valor de aquel fraile que nos hacía exámenes orales en 4º curso sobre literatura universal extrayendo el número de la pregunta de una bolsa. Cuando decidí el tema de mi tesis estuve dudando si hacerla o no sobre la existencia de Shakespeare, pero me arredré y pensé que sería una labor de titanes. 

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*** Título original del texto: BREVE Y SUCINTA HISTORIA DE LO QUE PUDO HABER SIDO Y NO FUE, DE LO QUE FUE Y PUDO NO HABER SIDO Y OTROS SUCESOS QUE ACONTECIERON A LOS ASPIRANTES A DOMINICOS DE ARCAS REALES 1963