Sunday, October 24, 2010

Clases (1 de 4)

Las choperas del pueblo comenzaban a amarillear. El coche de línea de los Herreros había pasado puntual como siempre a las 8 menos veinte. Apenas roto el día, nos había recogido delante del bar de Abundio. Por primera vez habíamos divisado Vallisoletum en el camino que desde la estación de Campogrande, pasando por el, para nosotros pueblerinos de poca monta, grandioso Arco de Ladrillo, llegaba a los arrabales y enfilaba el pinar de Antequera. Nos habían asignado cama y  aparador en los dormitorios corridos. Y a media tarde, pegados con celofán a los ladrillos rojizos de cara vista de la galería, habíamos descifrado los primeros listados del curso de 1967. Veintitrés de septiembre. Clases A, B, C y D. Con nuestros nombres y apellidos. Éstos los primeros, en las cuartillas impresas por el carboncillo de la máquina de escribir. Listados que en un par de días serían carne de las punzadas que con bolígrafos, navajitas, incluso el meñique, nos atrevíamos a perforar entre los huecos  conformados por la disposición de los ladrillos.

En el pueblo, los apellidos apenas eran usados, incluso la pertenencia a las familias más que tomar como referencia el apellido paternal, se nos reconocía siempre por los nombres de pila, aderezados con algún diminutivo para distinguirnos del padre y abuelo que, inevitablemente, también se llamaban Jesús. Es decir, que el tercero en el pedigrí de los Santos González era, ni más ni menos,  Chuchito. Chus el padre y Jesús el abuelo. Eso sí, siempre con el artículo determinado como entrometido heraldo. Esto es: el Chuchito. Si menester había de distinciones; no era raro que hubiera varios Chuchitos de diferentes familias, entonces sí: el Chuchito de Jesusón. Aunque no habitual, no era raro que ocasionalmente para evitar confusiones se terminara por hacer referencia a algún apodo. De los abuelos o bisabuelos, a quien ni siquiera habíamos llegado a conocer, pero  de quien heredábamos –como algún día no muy lejano haríamos con la yunta de bueyes y la grada- el remoquete. El de Jesusón era aceptable –aludía a la estatura- otros a profesiones recibidas de generación en generación. Finalmente, los menos, insinuaban aviesas intenciones refiriéndose a eventos del pasado o, maldad aldeana, defectos físicos. Jesusón el carpintero. Jesusón el rojo. Jesusón el chepilla.

Sin embargo, aquella tarde del 23 de septiembre, los listados mecanografiados nos pasaban a todos por el mismo rasero de apellidos, coma y nombre de pila. Solíamos llevar cuando menos dos. Juan Antonio; Pedro José; Ramón Luis; Jesús María, claro. El orden alfabético no hacía distingos por el físico, la procedencia o la profesión paternal. Así que allí estaba yo en la clase A que, como es lógico, abarcaba desde la primera letra del abecedario hasta la sexta o la séptima. Antolínez, Catón, Durántez, Gamarra, Gil, Hierro. Presentes. De repente, en los listados de la Escuela Apostólica, la cercanía de las letras en el abecedario constituían una referencia esencial. En muchos casos, la pura casualidad de las letras iba a convertir a desconocidos en amigos, a extraños en íntimos, a los clánicos asturianos hacerles salir de su tribu montaraz y emparejarles con alguien de Tierra de Campos, a abulenses ariscos de la sierra de Gredos, compañeros de juegos de gallegos con marcado acento, a quienes apenas entendíamos. Las amistades infantiles nos llegaban por el abecedario, las complicidades que se creaban con el vecino de pupitre tenían como origen aquellos listados escritos a máquina que cada finales de septiembre encontrábamos sobre los ladrillos de la galería. Cuarenta y pico años después, cualesquiera hayan sido los hados del destino, la Providencia, dirán algunos, que nos hayan guiado por las rutas de la vida, aquel primer listado constituyó la piedra angular de relaciones amistosas que todavía perduran para muchos de aquellos asilvestrados preadolescentes a quien el abecedario colocó como vecinos.

De los seis espacios esenciales que conformaban nuestra reducida geografía infantil: iglesia, comedor, galería, dormitorio, campos de deportes y aulas, esta última, sin duda ninguna fué la que más mellas, para lo bueno y para lo malo, hendió en nuestras agrestes pero virginales mentes. Es posible que se debieran a las interminables horas que allí pasamos entre clases y horas de estudios. Ciertamente, por muchos rosarios que recitáramos o misas que nos embutieran, el tiempo transcurrido al lado de las cristaleras por las que divisábamos los campos de deportes, fueron bastantes más –y ya fueron muchas- que las pasadas en la deslumbrante iglesia del admirado D. Miguel.

Con tiempos más reducidos, los deportes, el recreo, las comidas y el sueño han terminado por contar mucho menos. En la escuela de la aldea, la mixta, tanto en edades como en géneros, Don Constantino se esforzaba –Enciclopedia Álvarez y El Parvulito mediante- por saltar de grupito en grupito entre la tabla de multiplicar y las raíces cuadradas, de allí a la geografía patria y, a última hora de la tarde, D. Juan Santos, el párroco de la mano suelta, repasaba el Catecismo. Un auténtico “tohu babohu” de la escolarización española a mediados de los sesenta. En las Arcas Reales la primera sorpresa, aparte de que los pupitres no eran dobles, y carecían de hueco para el tintero, consistía en que cada asignatura era impartida por un padre, dominico, obviamente. Sólo de refilón, en primero, creo nos tocó alguna buena monja que el año siguiente desapareció de nuestra vida estudiantil, aunque durante muchos años siguieron desempeñando una impagable labor de apoyo en la cocina y la lavandería. No sólo un profesor por cada asignatura, también un libro para cada una. Así que en lugar de la espesa Enciclopedia Álvarez teníamos casi una decena de libros. La mayoría de la editorial SM, Edelvives o Santiago Rodríguez. De repente, los cocientes en la división venían explicados en más de una docena de páginas del texto llamado “Matemática Moderna”. Y como dicen los autores en el prólogo: “hemos orientado el libro según el método eurístico. A toda regla precede un ejemplo concreto sobre el cual el escolar debe discurrir”.

Pues ni por esas. Lo mío con las matemáticas es un defecto genético, una desgracia como otra cualquiera. El caso es que de todos los profesores de la materia que tuve en Arcas no me acuerdo de ninguno. No dudo de que Don Sigmund tendría algo que decir al respecto. Bueno, de niguno no. Me acuerdo del inefable P. Regino Borregón. Tan inmenso en su bondad, como pequeño era en estatura, que me aprobó en cuarto (¿o era en segundo?) porque tenía la excelente costumbre de avalar incluso a los más obtusos, los que éramos incapaces de discernir entre un ángulo recto y triángulo isósceles. Más Freud al canto. (Continuará...)

2 comments:

  1. Así recuerdo yo las clases en Arcas Reales. Exactamente igual. Gracias por la foto, he soñado con este paisaje escolar muchas veces...estas clases, con esa gran cristalera al sur... Entrando el sol en invierno. Que recuerdos, Dios mío!

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  2. También estudie por los 65-68 en D.A.R. y también usé el autobús de los Herreros de Cervera a Palencia. Y me acuerdo del p. Felices y sus ovnis en ingles, el P. Rubio en música los säbados ,el p. Bueno...etc.

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