Saturday, September 17, 2016

LOS AÑOS PASADOS CON MIS COMPAÑEROS DOMINICOS (I), Ángel Gutiérrez Sanz

Un concierto en el monasterio de Sto. Tomás en Ávila me retrotrae al pasado

El grupo Tallis Scholar compuesto por 60 voces procedentes de 12 países diferentes, coordinados y dirigidos por el maestro Peter Phillips director de Tallis Scholar y Ruperto Damerell director de Zenobia se ha trasladado este año a España, fijando su residencia en dicho convento y celebra allí su VII curso festival de música religiosa–renacentista, evento que anteriormente venía teniendo lugar en Reino Unido y Estados Unidos. De los tres conciertos ofrecidos, dos de ellos tuvieron lugar en la Iglesia de Sto. Tomás, los días 18 y 19 de agosto de 2016, todo un privilegio para los que tuvimos la enorme suerte de poder asistir, disfrutando de la música del Renacimiento inglés y español dentro del repertorio especializado en música propia de los oficios del atardecer en la antigua liturgia de las horas como son vísperas y completas incluyendo música del español Toma Luis de Victoria y el inglés Thomas Tallis.

Se daban todos los componentes para que el acto tuviera un carácter de excepcionalidad. El escenario lo era, los intérpretes también, la puesta en escena era inusitada, no respondía a lo que normalmente entendemos por concierto, sino que pretendía ser la expresión devota de un acto religioso.  La coral se había situado en torno a la tumba del príncipe D. Juan delante del altar, el público ocupaba los bancos traseros destinados a los fieles, todo ello dentro de una atmósfera envolvente potenciada por el efecto mágico de los mortecinos rayos vespertinos que se colaban por los ventanales, prestando un efectismo especial a este tipo de música litúrgica pensada para ser cantada al caer de la tarde.  Con el recogimiento que la ocasión requería, los asistentes al acto daban muestras de estar experimentando un goce sereno, por supuesto menos explosivo que el de los fans del rock; pero seguramente mucho más íntimo. En mi caso concurría otra circunstancia más que daba al acto un plus de emotividad y me hacía sentir, junto al goce estético, una profunda satisfacción espiritual.

Después de muchos años volvía a escuchar las salmodias que durante tanto tiempo yo, junto a mis compañeros de religión, tantas veces habíamos entonado en este mismo recinto sagrado.

Miré los asientos del coro que estaban desiertos y mudos, pero mi imaginación se encargó de revivir momentos del pasado que parecían sepultados en mi subconsciente. Por mi mente pasaron aquellas celebraciones de Vísperas y Completas solemnes armonizadas organísticamente con singular maestría por el P. Felicísimo Miguel.  Me llegaban los ecos de voces juveniles de unos coristas enfervorecidos ante las expectativas de Adviento o la alegría de la Navidad con el “puer natus est nobis”. Me llegaban también aquellas voces graves entonando los salmos penitenciales cuaresmales o las lamentaciones desgarradas de Jeremías por Semana Santa empapadas de dolorismo y ¿cómo no? los himnos vibrantes celebrando el triunfo de la Resurrección con el canto final de un aleluya permanente e interminable.

Desde del coro, ahora vacío y silencioso, no dejaban de llegarme mensajes que yo trataba de ordenar como podía según me lo iban sugiriendo las interpretaciones del grupo Tallis Scholar, que seguramente hubiera traído muchos recuerdos también a nuestro querido P. Félix Gil recluido en la enfermería del convento a quien pensé ir a buscar para que nos acompañara a mi esposa y a mí; pero que luego desistí de tal propósito por razones que no son del caso. Habíamos estado a visitarle días atrás, encontrándole en buen estado tanto física como mentalmente, si bien no acababa de comprender por qué él tenía que estar recluido allí, cuando le sobraban fuerzas para llevar una vida más activa.

Estos dos conciertos me  trasportaron al pasado trayéndome gratos recuerdos y pensé que podría rescatar alguno más haciéndome presente  en aquellos  lugares donde  junto con mis compañeros había pasado algunos años de mi niñez, adolescencia y juventud, sólo era cuestión de dejar actuar libremente el complicado mecanismo psicológico de la imaginación inducida y ver lo que en cada momento me iba sugiriendo los lugares que fuera visitando; de modo que decidí recorrer una vez más las diversas dependencias y estancias del convento de Sto. Tomás y después haría lo mismo con La Mejorada y Sta. María de Nieva, con el decidido propósito de hacer después un pequeño documental.

Anteriormente nunca había pasado por mi cabeza la idea de recuperar este pasado mío; pero ahora lo sentía como una necesidad; prueba inequívoca de que ya soy un jubilado que comienza a vivir de los recuerdos   En principio pensé hacerlo sirviéndome de una cierta trama argumental que sirviera de trabazón a los diferentes recuerdos y vivencias que fueran afluyendo a mi memoria libre y espontáneamente. Luego cambié de propósito y pensé que mejor sería presentarlos  ordenadamente de forma cronológica porque esto les daría  un cierto carácter de continuidad  y sobre todo porque respondería mejor  a los expectativas de los potenciales lectores  y es así como os lo presento, con la sospecha de que  me hayan quedado un poco deshilvanados ; aunque con la esperanza, eso sí, de que se me pueda  entender lo que quiero trasmitir, porque la mayoría de quienes esto lean, han vivido las mismas o parecidas experiencias.

Mis primeros pasos en La Mejorada

Corría el año de gracia 1950, declarado Año Santo para más señas, en que yo debía ingresar en La Mejorada después de haber superado un examencillo que me había hecho el P. Patrocinio, el cual en todo momento estuvo muy condescendiente tanto conmigo como con mi familia, creo, incluso, que ese día, se quedó a comer en casa. A finales de verano quedó fijada la fecha para que yo me incorporara al colegio y allí fui conducido de la mano de mi padre. Nos levantamos muy temprano, por fin había llegado el día de ver cumplido mi sueño, porque la verdad es que yo siempre había tenido muy claro de que quería ser dominico, aunque no supiera muy bien lo que ello significaba. Intuía que este día que comenzaba iba a ser muy importante para mí. Pese a la dolorosa despedida de los míos yo estaba animoso y no dejaba de repartir besos a unos y a otros, hasta que nos montamos en el coche de línea que habría de conducirnos a Peñaranda de Bracamonte, pueblo que mi padre conocía bien.  Recorrimos sus calles visitando algunos lugares, entre ellos una deliciosa pastelería y cuando llegó la hora nos dirigimos a una hospedería que conocía mi padre para comer allí.  

A eso de la cuatro de la tarde reanudamos el viaje hasta Medina del Campo. Quedé impresionado de la que para mí era una importante ciudad, con su grandiosa estación de ferrocarril por donde incesantemente circulaban trenes que iban de acá para allá, además era allí donde estaba instalada la fábrica de chocolate “Las Candelas” la misma marca   que consumíamos en casa y con la que mi madre preparaba esas incomparables chocolatadas para celebrar fiestas o cumpleaños.  Tuvimos que esperar algún tiempo hasta que un ferro-bus nos condujera a Olmedo y ya desde aquí eran los frailes los que se encargaban de llevarnos a La Mejorada, meta final de nuestro destino a donde llegamos ya de noche.

Un soberbio pabellón se levantaba erguido sobre las ruinas de un antiguo Monasterio de Jerónimos, la Sala de la Comunidad donde se reunían todos los padres después de comer y de cenar a tomar café, charlar, oír la radio etc.  Las distintas celdas  y dependencias también de los padres con sus balconadas junto con la capilla  abajo conformaban un edificio de dos pisos que alineado con el anterior formaban un ángulo recto. En el centro de todo el complejo arquitectónico estaba el jardín-claustro con una gran fuente en medio del que partía el resto de las dependencias: galería, comedor, salón de estudio, clases, formando todo el conjunto un cuadrado perfecto. El Salón de Estudio era un lugar muy frecuentado, allí los colegiales pasaban horas interminables haciendo los deberes y hasta descansaban de los agotadores paseos por la dehesa y los pinares y a veces hasta alguno se dormía aprovechando la ausencia o el despiste del vigilante de turno, lugar también de intensas emociones donde se celebraban las veladas, se leían las notas y se repartían los premios. Las aulas de asientos corridos donde se aprendía a declinar el rosa rosae a utilizar convenientemente el verbo sum, donde se ejercitaba la solidaridad soplando al compañero la respuesta que no sabía. La galería lugar obligado para los juegos cuando el tiempo no permitía salir fuera y había que quitarse el frío a bufandazo limpio. El comedor impregnado de un inconfundible olor a rancho.  A pocos metros del pabellón de alumnos estaba la piscina con su trampolín natural, resto seguramente de lo que en su día fuera el claustro del Monasterio de los Jerónimos.

Como el colegio estaba apartado de todo núcleo de población se había construido una pequeña y humilde hospedería, suficiente para que los familiares que venían a visitar a los alumnos pudieran pernoctar una noche o dos. Estaba situada dentro del recinto, nada más traspasar la puerta de entrada principal   separada varios metros del resto   y luego ya fuera de la cerca estaba la zona destinada a juegos, varios campos de futbol, varios frontones de pelota y espacio más que suficiente para que los colegiales pudieran entretenerse en su tiempo de ocio. Así era el colegio de PP. Dominicos donde yo iba a residir, levantado sobre un lugar histórico, casi sagrado.

El viaje había sido largo, estábamos cansados y se acercaba la hora del regreso. Besé a mi padre y me despedí de él dando muestras de tranquilidad y entereza para que no se fuera preocupado, pero por dentro estaba desolado y aturdido, todo me parecía completamente distinto de lo que había dejado.  Sin duda tenía buenas razones Wittgenstein para pensar que cuando se está apenado la tristeza reviste la realidad de ese sentimiento. Nunca podía haber imaginado que el día que había comenzado de forma tan ilusionante acabara así. Durante varios días sólo encontraba consuelo en el pequeño baúl que había traído del pueblo, donde permanecía encerrado el cariño de mi madre, que con tanto amor había estado preparando durante días, depositando allí, mi ropita, mis enseres y algunas sorpresillas en forma de golosinas.  Acababa de descender de la nube y me enfrentaba a la dura realidad; pero había que resistir y aprovechar la ocasión, porque si no lo hacía, quien sabe lo que podía llegar a ser de mayor, a lo mejor, no más que un pobre destripaterrones.   

Los días de La Mejorada fueron trascurriendo de forma apacible y rutinaria, dominados eso sí por la morriña, como decían los gallegos, A todos, pienso yo, nos resultó duro dejar a nuestros padres y hermanos, amigos, la casa familiar, el pueblo, cuando éramos todavía muy pequeños y estábamos como quien dice sin destetar.  La cuestión sentimental nos afectaba a todos, si bien las cartas recibidas, los paquetes, las visitas, aunque de tarde en tarde, nos ayudaron a superarlo.

 Luego estaba el problema de adaptación. La mayoría de nosotros procedíamos del ambiente rural y de largo se nos notaba el pelo de la dehesa. Muchos era la primera vez que habíamos montado en tren, no sabíamos lo que era la calefacción, ni la iluminación por tubos fluorescentes, ni los servicios, tampoco habíamos usado los lavabos con agua corriente, las duchas, ni habitualmente habíamos puesto en práctica elementales medidas de higiene como era por ejemplo lavarse todos los días los dientes y así un sinfín de cosas. A lo que estábamos acostumbrados era a pasarnos todo el día en la santa calle jugando y haciendo travesuras, por eso cuando tuvimos que someternos a una disciplina y ajustarnos a unos horarios lo pasamos mal. 

Tuvimos que acostumbrarnos también a un régimen de comidas diferentes y a la forma desaliñada con que estaban cocinadas. No es que las materias primas fueran muy diferentes, pero por ejemplo el cocido o las patatas guisadas que comíamos en casa, nada tenían que ver con las que nos ponían aquí, entre otras cosas porque no es lo mismo guisar para cinco que para cien. En casa podías comer cuando y cuanto querías por lo menos de pan, aquí no. La cosa podía ser aún peor cuando te castigaban sin merienda o sin algún plato de la cena.  Si esto sucedía después de un largo paseo agotador en que llegábamos hambrientos, no quiero ni contarte. Todo esto explica que en junio cuando acababan las clases y nos disponíamos a regresar a nuestras casas, la alegría que sentíamos era indescriptible.

En otro orden de cosas, La Mejorada supuso para nosotros aprender a vivir con autonomía y cierto grado de responsabilidad; porque los problemas que iban surgiendo, si tú nos los resolvías nadie lo iba a hacer por ti. Las circunstancias te exigían administrar bien los tiempos para cumplir con tus obligaciones de aseo, limpiarte bien los zapatos, reparar o reponer las cosas que se iban deteriorando, hacer correctamente la cama, elegir bien la ropa que debías ponerte a tenor del tiempo que hacía y tal como las circunstancias lo exigían, tenías que administrarte bien los suministros que el P. Síndico cada mes ponía en tus manos. No podías olvidarte de tener actualizado y en orden todo, sobre todo lo referente a las tareas docentes y lo más importante debías procurar portarte bien porque estabas vigilado todas las horas del día, etc.


Había otro difícil reto con el que teníamos que enfrentarnos y que podía afectar a nuestra tierna personalidad que comenzaba a emerger, aunque nosotros no éramos muy conscientes de ello. En la atmósfera tan cerrada en que nos movíamos era fundamental la integración en el grupo y tener a alguien en quien poder depositar tu confianza, era importante encontrar apoyo en caso de necesitarlo, pero esto, al menos al principio, no resultaba fácil dado que no nos conocíamos de nada y el lugar de procedencia era muy diferente. Sin duda todos teníamos nuestro corazoncito con una gran necesidad de afecto, todos hubiéramos querido contar con las muestras de cariño y preferencia por parte de nuestros superiores, que es lo que nosotros llamábamos estar enchufado. A todos nos hubiera gustado destacar en algo, en los deportes, en los estudios, en contar chistes, en lo que fuera para tener así el reconocimiento de nuestros compañeros; pero ello a veces no podía ser y entonces llegaban las frustraciones, aparecían los complejos, hasta que te dabas cuenta que no tenías otro remedio que aguantar el tipo como fuera.

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  Breve biografía de A. Gutiérrez - Sanz , en esta dirección: