Saturday, December 12, 2015

JUVENTUD EN EL CLAUSTRO, por Magín Borrajo (1 de 2)

Novicios en Ocaña, 1957 (Imagen: José Sergio de Cabo,"Panizo")
En 1954, a la edad de 17 años, motivado por el idealismo del sacerdocio, me enviaron a Ocaña, provincia de Toledo, para comenzar un año de discernimiento, llamado Noviciado.

Ocaña, en la Mancha, cerca de Noblejas y Aranjuez, era un pueblo con grandes eras, trigales, viñedos, campos de olivos y molinos de viento. Me recordaban a Don Quijote y Sancho Panza. La dualidad de los extremos. El idealismo y el materialismo.

En aquellos años me inspiraron la carrera sacerdotal y el idealismo misionero.
         
El edificio del Noviciado tenía tres pisos, dos de ellos con los dormitorios, una capilla y varias salas de reuniones. El tercer piso estaba sin dividir; era una sala enorme que usábamos para recreo cuando llovía. En este piso quedaban huellas de la Guerra Civil española y eran evidentes los agujeros de las balas.

El convento de Ocaña había sido ocupado por los rojos durante la guerra civil. Oí decir que usaron la iglesia como garaje para camiones. En este convento los rojos mataron a varios frailes dominicos.

Al lado del convento estaba el penal de Ocaña, una prisión de máxima seguridad en la que había encarcelados muchos presos políticos.

A las afueras del pueblo había un «paredón» donde se decía que durante y después de la guerra fusilaron presos.

Dentro del recinto del convento, separado por una valla, había un colegio de dominicos que estaba siendo remodelado para estudiantes externos, la mayoría hijos de funcionarios del gobierno que trabajaban en el penal.

Menciono esto porque, después de invertir tiempo y mucho dinero en remodelar el colegio, cuatro años más tarde el siguiente superior lo demolió, lo que causó muchas críticas en el pueblo de Ocaña.

He vivido 36 años con los frailes dominicos y tengo que decir que nunca fueron buenos economistas. Les faltaba experiencia del mundo, no sabían de negocios y se dejaban manipular y engañar por seglares más perspicaces y mejores negociantes.

Es posible que problemas similares ocurrieran en otras congregaciones e incluso en el Vaticano, donde últimamente se han dado a conocer algunos de sus desfalcos y la falta de transparencia.

El año de noviciado era un tiempo de reflexión y estudio sobre el ideal y la vida dominicana. Teníamos interminables horas de oración y meditación.

Todos los novicios éramos instruidos por el mismo maestro o director espiritual, encargado de moldearnos a su imagen y semejanza.
         
El propósito del noviciado era averiguar si, en verdad, oíamos la invitación de Dios y teníamos vocación de Dominico.
         
Ser sacerdote dominico, así decían, era un don especial de Dios que uno tenía que agradecer o una vocación a la que teníamos que responder generosamente.
         
Durante ese año leí la vida de muchos santos: Santo Domingo, Santo Tomás de Aquino, Santa Teresa de Ávila, Santa Catalina, Santa Teresita de Lisieux, María Goretti, San Juan de la Cruz, San Ignacio y sus Ejercicios Espirituales.
         
Periódicamente nos visitaban misioneros que nos hablaban con altruismo de sus labores y de la importancia de las misiones y del ministerio de Dios.
        
El año de noviciado era, como si dijéramos, un año de retiro espiritual.
         
No se permitía la visita de familiares, ni el contacto con seglares. Vivíamos completamente separados del resto de la sociedad.
         
Al terminar el noviciado, estaba plenamente convencido de que ser sacerdote era lo mejor del mundo y de que Dios me había llamado de un modo especial para proclamar su palabra, o anunciar su reino en los países de las misiones, o en cualquier parte del mundo, donde quisieran mis superiores.
         
Reflexionando sobre mi vida, pienso que mi convencimiento no se debía a una madurez emocional y espiritual, sino más bien a un adoctrinamiento por parte de los religiosos, víctimas también del tiempo y circunstancias en que habían sido educados.
         
En aquella época se ignoraban los problemas psicológicos.
         
Muchos de los candidatos al sacerdocio tapaban sus represiones, causa de tantos escándalos en los últimos años.
         
Afortunadamente, la jerarquía católica ha comenzado cambiar. En algunas diócesis y congregaciones ya hacen evaluaciones psicológicas a candidatos al sacerdocio.
         
Después del año de noviciado, sin considerar otras opciones, pensando que tomaba la mejor decisión de mi vida, hice alegremente los votos de pobreza, obediencia y castidad, requisitos para comenzar los ocho años de filosofía y teología, preparación necesaria para la ordenación de sacerdote dominico.
         
El voto de pobreza quería decir que uno nunca sería dueño de nada. Uno estaría siempre desprendido o desposeído de todo y limitaría sus necesidades al mínimo. Trabajaría incansablemente en cualquier ministerio asignado por sus superiores y ellos proveerían las necesidades básicas.
         
En esos primeros años recuerdo vestir pobremente. Heredábamos hábitos y ropa interior de otros religiosos, vivos o muertos, y debíamos usarla con humildad y agradecimiento. Se suponía que el voto de pobreza ayudaba a desprenderse de las cosas materiales y a crecer espiritualmente.
         
Durante treinta años con los dominicos conocí algunos religiosos desprendidos de lo material. Otros, en cambio, se apegaban a sus cosas personales y buscaban la amistad y beneficios de gente pudiente. Su estilo de vida se parecía más al de los ricos que al de los pobres.
         
El voto de pobreza sigue siendo un problema serio para la Iglesia y los sacerdotes católicos. Hablan frecuentemente de la preferencia de Dios por los pobres, pero muchos de los obispos y eclesiásticos no dan ejemplo con su vida, ni aman ni viven como los pobres.
         
El voto de castidad significaba una renuncia total a los placeres sexuales, tanto solo, como sería la masturbación, o con otras personas. Uno tenía que entregarse totalmente a Dios, quien no quería «corazones divididos».
         
El voto de castidad requería una entrega de holocausto, una sublimación total. Recuerdo al director espiritual decir «sed modestos, mantened los ojos bajos en presencia de mujeres, evitad mirarlas a los ojos y conversar con ellas».
         
La modestia es una buena cualidad, pero se presta a malos entendidos. Aclaro esto con una anécdota de un gurú budista y su joven discípulo. Caminando a la orilla de un riachuelo se encuentran a dos doncellas mirando el río. El gurú les pregunta a las jóvenes que qué hacen allí. Ellas contestan que quieren cruzar a la otra orilla pero les da miedo la corriente. De manera espontánea, el gurú pasa en sus brazos a cada una de ellas. Las jóvenes le agradecen su amabilidad y sin más comentarios el gurú y su discípulo siguen caminando. Al cabo de un rato, el discípulo rompe el silencio y pregunta: «Maestro, te he oído hablar de la modestia, sin embargo tú no tienes ningún inconveniente en pasar a estas jóvenes en tus brazos». El gurú le responde: «Sí, las tomé en mis brazos, las crucé a la otra orilla y todo terminó allí. Tú, en cambio, las tienes todavía en tu mente».
         
He conocido a sacerdotes alegres, bien integrados, que aceptaron el voto de castidad como uno de los consejos evangélicos. Crecieron emocionalmente y fueron capaces de sublevar la sexualidad y el amor por una mujer.
         
Conocí a otros sacerdotes descontentos, amargados, insensibles, con ideas peyorativas y degradantes sobre la mujer. Y a otros que violaban el voto.
         
La Iglesia Católica se resiste al cambio, a pesar de que casi cien mil sacerdotes han dejado de ejercer el sacerdocio para contraer matrimonio. No quiere enfrentarse a la realidad de miles de sacerdotes que siguen activamente en el ministerio y mantienen relaciones amorosas con mujeres.
         
Estos últimos años, los medios de comunicación y las Naciones Unidas han divulgado el escándalo de tantos sacerdotes reprimidos y pedófilos que nunca debían haber sido sacerdotes, ni han tenido la valentía de dejar el ministerio.
         
Han permanecido en el claustro o en sus parroquias cometiendo crímenes obscenos contra menores.
         
Tristemente, la jerarquía eclesiástica se ha mostrado insensible con las víctimas, se ha esforzado en proteger a los abusadores, en vez de a las víctimas hasta que los tribunales civiles le ha obligado a pagar billones de dólares.
         
La jerarquía católica no comprende la sexualidad humana. Está compuesta de hombres célibes, aunque muchos de ellos no lo son y ellos son los que legislan sobre la sexualidad y las parejas católicas.
         
Reflexionando sobre la sexualidad y la poca influencia que tiene la Iglesia sobre el mundo de hoy, el verano de 2014, caminando por las playas de Cambrils, observando el destape y comportamiento de la gente, me vino a la mente el gran humorista Francisco de Quevedo. Si él caminase por esas playas, quizás más liberado, no escribiría «Érase un hombre a una nariz pegado». Tal vez reservaría su humor para la infinidad de tetas, o quizás ni siquiera haría comentarios, porque las vería como algo normal, como debe ser, porque así son las mujeres, producto de la evolución, o como Dios las ha hecho, con tetas o pechos que todos hemos mamado o debimos haber mamado.
         
En fin, no me opongo a ciertas normas de conducta y decencia humana. Sí me opongo a los tabús, prejuicios y tapujos sobre la sexualidad, herencia de monjes y religiosos, reprimidos y mal integrados, que han impuesto y quieren seguir imponiendo sus prejuicios y creencias injustificadas.
         
El voto de obediencia consistía en someternos completamente a la voluntad de los superiores que mandaban en nombre de Dios.
         
Así como Jesús de Nazaret no vino a cumplir «su voluntad, sino la voluntad del Padre», del mismo modo los religiosos teníamos que renunciar a nosotros mismos y someternos ciegamente a la voluntad de los superiores.
         
Años más tarde, en Washington, defendí ante mi profesor de teología moral que la obediencia ciega era irracional e iba en contra de la dignidad humana.
         
Dios nos había dado la inteligencia para usarla y poder cuestionar a los superiores.
         
Sus mandatos no siempre eran en nombre de Dios. A veces, ni eran razonables, sino que ordenaban por capricho o por motivos personales.
      
A los 18 años veía la vocación al sacerdocio y la profesión de los votos como un ideal digno y altruista. Estaba completamente de acuerdo.
        
Años después, reflexionando sobre mi vida en el claustro, pienso que los maestros dominicos y los superiores, tal vez con buenas intenciones, me adoctrinaron. Me subieron, como si dijéramos, al pico de un monte y me empujaron lanzándome cuesta abajo. Corrí ciegamente porque no tenía frenos, ni opciones para contemplar otras alternativas.
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Por cortesía de Magín Borrajo, publicamos el capítulo III de su libro "BUSCANDO SER HUMANO", Palibrio, Bloomington 2014. Puedes adquirir el texto completo en Amazon o bien en esta página http://www.maginborrajo.com/

Saturday, December 5, 2015

ASÍ FUE MI VIDA (II): Santa María de Nieva y Arcas Reales (Memorias del P. Niceto Blázquez)*

El P. Niceto Blázquez, primero por la izquierda, escolar en Arcas
La llegada al colegio de Santa María de Nieva en la provincia de Segovia supuso un notable progreso para mí [Para su estancia en La Mejorada, pulsar en este enlace]. El sistema de educación masiva era el mismo pero había otros hombres y otros compañeros mayores en edad y experiencia. El hombre clave para mí fue el Rector del colegio, José González Cuesta, el cual había llegado de la Universidad de Santo Tomás de Manila para subsanar problemas que habían surgido con el Rector anterior. De este hombre recibí el trato personal y respetuoso que yo necesitaba.

Dos anécdotas pueden bastar para destacar este recuerdo positivo de él. Pocos días antes de comenzar el curso académico 1952/1953 se casaba en Madrid mi hermano Emiliano y obviamente me planteé la cuestión sobre solicitar el permiso correspondiente para desplazarme a la metrópoli con el fi n de asistir a la boda. El tiempo apremiaba y no estaba yo convencido de que el rector del colegio estuviera por la labor. En realidad yo estaba convencido de que mi propuesta iba a ser rechazada. Pero se me ocurrió comentar el asunto con un compañero de curso llamado Jesús Arróniz, con el cual jugaba yo partidas de pelota, y me animó a subir al despacho del Rector y plantearle la cuestión. Bueno, pensé para mis adentros, si me niega el permiso no me pilla de sorpresa y si me lo concede, me quedará la satisfacción de haber convertido mi ilusión en realidad.

Con estos pensamientos me dirigí a su despacho sin perder tiempo. Tan pronto el Rector se percató de mi presencia vino rápidamente a recibirme preguntándome cariñosamente si me ocurría algo y en qué me podía ayudar. Era mi primer encuentro a solas con él. Le expuse el motivo de mi visita en hora tan inoportuna e inmediatamente se interesó por mi familia y por mi hermano. Yo estaba felizmente sorprendido comparando los fríos e impersonales encuentros que habían tenido lugar durante los dos años precedentes con el Rector del colegio de La Mejorada. Escuchó mi petición como quien escucha respetuosamente a otro hombre, me hizo alguna pregunta aclaratoria y me contestó que le parecía muy razonable y conveniente que viajara a Madrid para asistir a la boda de mi hermano. Me sentí todo un hombre hecho y derecho dispuesto a dejarle en buen lugar por el trato y confianza que me había otorgado.

Otra anécdota fue la siguiente. Había un profesor decidido a suspenderme en una de las disciplinas académicas que impartía. Yo, convencido de que aparte la circunstancia académica, mi persona no le era grata, estaba dispuesto a expresarle a mi padre mi desánimo preparando el terreno para abandonar el colegio. El P. José González Cuesta, al conocer mi estado de ánimo, mantuvo conmigo una conversación entrañable durante la cual me persuadió con pocas palabras para que dejara pasar algún tiempo antes de tomar una decisión inesperada por mis padres. Yo seguí su consejo y acerté al tiempo que crecía en edad y experiencia de la vida a pasos agigantados.

La vuelta a Hoyocasero para las vacaciones de verano eran otro motivo importante de reflexión y maduración de mi personalidad con la ayuda moral del párroco D. Vitorio Herráez del que ya he hablado antes. Él fue mi verdadero guía y amigo durante aquel tiempo. En relación con las vacaciones estivales recuerdo otra anécdota muy significativa. Uno de los veranos recortaron drásticamente el tiempo de las vacaciones estivales con la familia. La iniciativa, según las informaciones recibidas, fue del Rector de La Mejorada, y el Rector de Santa María de Nieva, por solidaridad con su homólogo, tomó también la misma decisión.

En consecuencia, marchamos a casa en la primera semana de julio pero nos ordenaron regresar al colegio al cabo de un par de semanas. Por otra parte fue un verano castigado por una sequía devastadora y un calor extremo. La situación llegó a ser tan crítica que, de vuelta ya en el colegio, nos vimos obligados a racionar incluso el agua para beber. Cabía pensar que, dada la gravedad de la situación, nos dejarían volver a nuestras casas hasta el fi n del verano para paliar la situación. Pero esto no ocurrió. Nuestra exasperación llegó a tal extremo que llegamos a pensar en sabotear la poca agua de la que disponíamos derramándola o rompiendo los cántaros, a ver si así, forzados por la necesidad, nos dejaban marchar de nuevo a casa con nuestros padres. No saboteamos el agua y tuvimos que aguantar allí un verano terrible de calor e incomodidad. Eran aquellos tiempos recios a los que muchos de mis compañeros de camino sucumbieron.

Finalizado el curso 1953/54, disfruté de unas largas vacaciones con mis padres y comenzó para mi otra etapa importante de la vida. Se cerraron los colegios de La Mejorada y de Santa María de Nieva y se inauguró el bello, novedoso y espectacular colegio de Arcas Reales en la afueras de Valladolid. Cuando me incorporé en septiembre de 1954 se respiraba ya un ambiente de bonanza y modernidad reconfortante en comparación con el ambiente que habíamos dejado atrás. Por otra parte, durante ese verano todas mis experiencias de infancia fueron sometidas a prueba con el desarrollo biológico que acompaña a la edad. Entre otros fenómenos dignos de mención me parece oportuno destacar el del enamoramiento, que tantas desventuras y desencantos acarrea a las personas que caen fatalmente en sus redes.

Las cosas se sucedieron, en líneas generales, más o menos, así. Yo sentía por aquella época una admiración profunda por una joven. Era físicamente bella pero mi interés por su persona se había despertado por sus formas de conducta y un encanto propio de quienes no conocen el mal. Así las cosas, comprendí que estaba irrumpiendo en la órbita del enamoramiento y tenía que tomar una decisión nueva acerca de mi futuro, ya que esta situación emocional podía entrar en conflicto con la decisión que había tomado ya en razón de mis experiencias anteriores.

La opción que había tomado de buscar la verdad por encima de todo y antes que nada, después de las experiencias antes descritas, estaba en pleno vigor, pero la fuerza de la vida y las nuevas circunstancias pujaban llevándome hacia otros derroteros por la vía del enamoramiento. Confieso que la toma de posición ante esta nueva experiencia de vida no me resultó difícil. Yo me encontraba ante la posibilidad de continuar por el camino emprendido o de abandonarlo para crear una familia como hace la mayoría de la gente. Pero ¿qué garantías tenía yo de que en el futuro no me iba a arrepentir de haberme casado añorando la senda de la verdad que me había trazado como prioridad de mi vida? Entonces me hice el siguiente razonamiento. Si expreso mis sentimientos a esta amorosa muchacha y me caso, me obligo a ser coherente con ella hasta las últimas consecuencias. Pero, ¿qué ocurrirá si las cosas no nos van bien, como ocurre a tanta gente que se casó ilusionada? La cuestión de fondo era saber siquiera con certeza moral si yo había nacido antes que nada para crear una familia biológica o más bien para dedicarme prioritariamente a otras cosas que yo había descubierto antes.

Así las cosas, me pareció que lo más prudente era encontrar primero el sentido de la vida y después vivirla responsablemente en plenitud en lugar de lanzarme a la aventura del enamoramiento aparcando el uso de la razón que me llevaba por otros derroteros. Entendía que, si me casaba y me comportaba como persona responsable, no debía dar marcha atrás después sino que debía asumir responsablemente las consecuencias de tal decisión. Por el contrario, si dejaba aparcada la opción de casarme hasta estar seguro de que la otra opción era la acertada, nada estaba perdido porque tan pronto surgiera alguna dificultad seria que me impidiera seguir en la opción por la vida religiosa quedaba siempre la posibilidad abierta de reconsiderar la opción por el matrimonio. En cualquier caso esto requería un tiempo de prueba y, sobre todo, poner todos los medios para no ilusionar a la adorable muchacha declarándole mis sentimientos sin estar yo seguro de la solidez de los mismos.

Así las cosas opté por evitar cualquier tipo de encuentro con ella que pudiera desvelar mi estado de ánimo y seguí conociendo más a fondo el camino que ya había emprendido con vistas a optar por la vida religiosa. A medida que pasó el tiempo me fui convenciendo de que yo no había nacido para crear una familia sino para otros menesteres de los que me he ocupado feliz y contento a lo largo de mi vida. Por otra parte, como me cuidé mucho de no generar ninguna ilusión en la joven muchacha, tampoco mi decisión de marchar por otro camino pudo causar en ella ningún daño moral o desilusión. Esta determinación, que, insisto, el tiempo sancionó como la acertada y correcta, no hubiera sido posible sin el control previo de los sentimientos por parte de la razón. Así, al no implicarla a ella irresponsablemente en mis emociones pude optar con conocimiento y libertad por la senda que me había trazado la vida en un nivel mucho más profundo que el de los comunes sentimientos de enamoramiento sin causar daño a nadie.

En consecuencia, no dudé en pedir ingresar en la Orden de Predicadores, consciente de que iniciaba otra etapa importante de mi vida, de acuerdo con aquellas primeras experiencias de infancia preparándome para afrontar los obstáculos y dificultades que inevitablemente habrían de surgir después en el camino. Uno de esos obstáculos fue la pedagogía educativa en vigor. En el moderno y flamante colegio de Arcas Reales yo llegué a gozar de prestigio como estudiante cualificado pero eso no me importaba gran cosa.


Mi procesión iba por dentro y sólo Dios conocía mis dudas, luchas, debilidades humanas y equivocaciones. También allí encontré a profesores de baja calidad docente y pedagógica. La bestia negra era un fraile amargado, responsable de la disciplina general del colegio, y varios profesores laicos los cuales utilizaban la coacción moral sin excluir la violencia física. Esta circunstancia dio lugar a momentos de alta tensión entre profesores y estudiantes hasta el punto de que nos vimos obligados a defendernos de los malos tratos de algunos amenazando con el recurso a la violencia proporcionada. Pero esta es otra historia que se suma a las dificultades que hay que ir superando a lo largo de la vida para sacar lecciones prácticas y no fracasar en nuestros proyectos de vida fundamentales.

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* Por cortesía del autor, adelantamos el capítulo 2 de "Así fue mi vida", editado para este blog en tres partes. ASÍ FUE MI VIDA. Recuerdos y pensamientos. Tomo I. Niceto Blázquez, O.P. © 2015 Editorial: Liber Factory. Está prevista su publicación en unas semanas

Saturday, November 28, 2015

Yo también fuí alumno de "La Mejorada", por Ezequiel Hompanera

Colegiales en La Mejorada (Imagen: José de Cabo "Panizo")
Y ¿cómo llegué yo a La Mejorada? Quisiera pergeñar aquellos lejanos recuerdos infantiles.  Porque infantil era a los once años recién cumplidos. Quiero primero decir que viví con y en casa del abuelo desde los seis o menos años.  El abuelo quedó viudo, quedó prácticamente sólo; pues su numerosa prole fue desapareciendo del pueblo, de las minas vecinas, de la escasa hacienda.  Y él necesitaba ayuda, y sobre todo, compañía.  Y os hablo de los años cuarenta del siglo pasado. La encontró en la prima Humildad, cuando tenía apenas once años, y que en pocos meses “se graduó” de cocinera y de “ama de casa”, con todas las “cargas” que eso supone.  Yo rellené el vacío haciendo de “motril”.  Alguien tenía que ayudar, ¿ayudar?, al abuelo en el “cuidado” de las cuatro vaquillas que tenía.

Al tiempo que le acompañaba a la huerta con las vacas, yo tenía como      primera obligación asistir a la escuela.  En eso tuve suerte.  Imposible “hacer campana”. Ni en los días más ajetreados de la primavera me daban el gusto de saltarme la clase. Así fueron pasando aquellos cuatro o cinco años; los recuerdo como muy felices.  En la escuela y en los ratos libres cuidando las vacas en el prao, ayudando en algo, o simplemente correteando por el pueblo rompiendo alpargatas, o jugando a los bolos con los compañeros. 

Pero vayamos al grano, que yo quiero explicar cómo llegué a La Mejorada.     A casa del abuelo llegaba de tanto en tanto el tío Cándido, hermano marista. Y en sus visitas no sé si me insinuaba, me instaba o me animaba a ser como él, fraile.  ¿Fraile?  Y Humildad soltaba una carcajada tal como me conocía. Lo cierto es que fueron pasando los días, los meses y los años; y a los diez me acompañó mi padre hasta Cistierna, para que me entrevistara o examinara un fraile dominico (creo que se llamaba Modesto y que más tarde lo tuve de rector en el colegio).  Fue en el colegio de las Madres Dominicas que en aquellos años existían en la villa.  Por aquel entonces ya el tío Cándido había desistido de llevarme consigo para ser marista y parece que prefería que fuera fraile de los que “cantan misa”. Al parecer, en su colegio de Segovia, un dominico ejercía de capellán y confesor.  Por mi parte sabía confusamente de la existencia de los maristas por el tío; pero de los dominicos y otros frailes ni idea.

Recuerdo que pasé nervios (era la primera vez que me sometía a tales pruebas en serio e individualmente); traté de resolver alguna suma, resta, multiplicación y división; algún problema; alguna pregunta de Historia, Geografía y Ciencias Naturales; ah, y algo de religión (la pobre caligrafía la iba viendo el entrevistador, supongo).  De las ciencias profanas no sé la nota; de religión me parece que sobresaliente: nos sabíamos el catecismo Astete de memoria, con preguntas y respuestas. 

En la escuela, el párroco D. Eduardo, nos ponía en fila y, a la vez que contestábamos le hacíamos al de la izquierda la siguiente pregunta.  Y esto lo demostrábamos el domingo ante los parroquianos que a las dos de la tarde asistían al rosario en la iglesia.  Y en casa querían que “quedara bien”; por eso me hacían pasar buenos ratos memorizando aquel Astete.  Creo que se lo sabía hasta el abuelo; porque en la confrontación de los domingos hasta nos soplaban.  O nos chistaban.

El resultado de aquella entrevista-examen, nunca lo supe.  Ahora lo intuyo.  Cuando llegamos a casa o a los días mi padre me dice: -El próximo curso cambias de escuela-. O no estaba preparado, o no había cumplido los once años mínimos reglamentarios. Parece que en Grandoso, el pobre D. Florencio, ya había cumplido con su faena conmigo, cuando recién cumplía los diez años; en aquella escuela unitaria, donde campábamos sesenta o setenta alumnos de todas las edades, sabiendo leer y escribir, las cuatro reglas, y el catecismo de memoria, ya teníamos bastante.

Pues sí, el curso siguiente, último de mi estancia en el pueblo, asistí a clases particulares.  D. Octaviano, un maestro republicano, represaliado por el régimen, daba clases particulares a los quince o dieciséis alumnos, que llenábamos de sobra el pequeño comedor de una casa.  El maestro “tenía fama”; y yo pienso, que al menos, dominaba con creces a la “clientela”.  Quince alumnos, al menos de edades más homogéneas, no son sesenta o setenta.  A pesar de  la incomodidad que representaba desplazarme cada día hasta Felechas, de comer de prisa y con frío en invierno el rancho que me llevaba mi madre hasta el camponicio, tengo un buen recuerdo de él.

Pasó el año, cumplí los once y parece, que ya tenía vocación de dominico: cuando yo de pequeño no es que quisiera ser bombero (ni sabía que existían), sino “ganadero”, o “minero”, o “pastor de ovejas”; o bien “músico”, como aquellos que en las fiestas del verano tocaban con arte la trompeta, el acordeón, el tambor y los platillos, delante de los cuales pasaba los minutos y puede que las horas.  Con algo de esto sí había soñado.  Ah, y sobre todo, con ser el mejor “luchador” de la comarca en la “lucha leonesa”; o el mejor jugador de bolos del contorno.  Eran mis humildes pretensiones y sueños.  Mi vocación, diría ahora.

No sé cómo pasaron los últimos días en el pueblo.  No tengo ni idea de cómo fue la despedida de la madre, ni de los hermanos, de los tíos y familiares más cercanos, ni siquiera de Humildad con quien había vivido largos años y disfrutado mi niñez.  Por el recuerdo, no me despedí de nadie.

Mi padre me acompañaría hasta La Mejorada, cerca de Olmedo.  Me veo carretera abajo, desde Grandoso.  El abuelo nos acompañaría hasta la estación del tren en Boñar, con su burro cargado con la maleta; él volvería en cabalgadura a su casa de Grandoso. Los tres paso a paso; mi padre en silencio, yo escuchando los últimos consejos del abuelo. -Pórtate bien. -Estudia mucho, que lo que bien se aprende tarde se olvida. -Y me llegó al alma y confieso que lloré cuando se puso sentimental. –Hijo, yo ya soy viejo, tal vez no te vuelva a ver porque te vas lejos.  Y de reojo vi que él también se secaba las lágrimas de los ojos.  Todavía hoy rememoro aquel recuerdo y algo se remueve en el alma.  En la estación de Boñar, sé que di al abuelo el abrazo que nunca antes le había dado.

En León me di cuenta que llevaba zapatos de charol, y que, creo por primera vez, iba vestido con un traje completo, con chaqueta y todo.  En León mi padre me compró una cartera para que “tuviera un recuerdo” y para que guardara el billete de cinco pesetas que alguien me dio de despedida.  La cartera la guardé con elegancia en el bolsillo interno e izquierdo de la chaqueta.  El billete nunca más supe qué fue de él. Supongo que pasamos toda la noche en el tren, que hicimos transbordo en Medina del Campo, porque a media mañana estábamos en la estación de Olmedo.

Alguien del colegio nos estaba esperando con una tartana tirada por un hermoso caballo.  Como éramos varios los que por el camino nos habíamos encontrado sin conocernos, cargaron las maletas en la tartana y la seguimos todos a pie cubriendo aquellos cuatro quilómetros hasta el Colegio. No sé si fue aquel día o posteriores cuando me di cuenta de la inmensidad de aquella galería, de aquel comedor, de aquel dormitorio, de aquellos salones comparados con la pequeñez del pasillo de la casa del pueblo.  La misma sensación que tuve el próximo verano, pero al revés, cuando entré en el minúsculo pasillo de la casa del abuelo.

Eran los primeros días de septiembre; por la tarde nos llevaron a una viña delante de la tapia del colegio y nos permitieron sentarnos a cada uno al cobijo de una cepa cargada de uvas. La condición era no hacer daño al racimo, pero comer todas las uvas que pudiéramos. Imaginaos a un chaval como yo ante tal abundancia de uvas y racimos. Nunca vistos.  Sería para que abriéramos boca y pensáramos y pensaran nuestros padres que allí todo era Jauja.

Sé que después de la cena nos llevaron al dormitorio, y nos metimos en la cama, supongo que a llorar nuestra soledad, nuestra nostalgia, nuestros recuerdos de lo que habíamos dejado atrás. Años más tarde me contó mi padre que él, con los otros padres, madres o familiares, regresaron a la estación de Olmedo ya de noche. Y que una y mil veces volvió la mirada atrás y, mientras liaba un cigarrillo de hebra, sentía la tentación de volver atrás a rescatarme y recogerme. Hasta que perdió las últimas luces en lontananza.


                                                            Barcelona, Noviembre de 2015

Wednesday, November 18, 2015

BREVE CRÓNICA DE UN CURSO (1953-1968) por Juan José Luengo García

La Mejorada (Imagen: Ricardo Melgar, vía Flickr)
Celebramos este mes de agosto el 50º aniversario del comienzo de un nuevo capítulo en el peregrinar de nuestro curso. Terminado el noviciado en Ocaña, nos trasladamos al Convento de Santo Tomás de Ávila donde nos esperaba una nueva e inusitada odisea. Éramos 55 en el curso cuando tomamos el hábito el 5 de agosto de 1958. Como no hubo muchos que se salieron en el noviciado, el número de los que hicieron la profesión era grande, creo que el más grande en la historia de la provincial hasta esa fecha.   Por razones que mencionaremos más adelante, nuestros superiores decidieron que a nuestro curso le convenía un ambiente estudiantil diferente, sin que los estudiantes anteriores a nosotros pudieran “contaminarnos” por su falta de observancia o con sus ideas “peligrosas.”

Sin duda alguna fue un experimento costoso para la Provincia porque este cambio provocó otros cambios de personal que no fueron nada baratos. Creo que entenderemos todo mejor si lo ponemos en perspectiva y examinamos la historia del curso desde su principio.   

Después de tantos años falla la memoria para recordar todos los detalles que serían necesarios para una historia completa.  Será como una vista de pájaro donde algunos detalles resaltan, aunque no sean los más importantes y otros se esfuman en la lejanía de un pasado nebuloso. Será difícil hacerlo con la objetividad de un filósofo o la precisión de un cirujano.

Se trata más bien de un ejemplo de aquello que dice el refrán popular, “cada uno cuenta la feria como le va en ella” aceptando que nuestra memoria es, en muchos casos, más “reconstructiva” que “reproductiva”, como dicen algunos psicólogos de hoy. No siempre recordamos las cosas como fueron, sino que las recreamos inconscientemente a nuestro modo.

LA MEJORADA: 1953-1954

Todo comienza en La Mejorada. Recuerdo cómo un autobús repleto de aspirantes de Ávila capital y pueblos de los alrededores llegó a La Mejorada a finales de septiembre de 1953. Era la época de la vendimia.  Procedentes de otras muchas regiones de España llegaron otros muchos más. Unos 150 en total. Todos jóvenes de entre 10-13 años. Allí nos encontramos con los “mayores”, los de segundo. Colectivamente éramos un grupo con mucho talento, mucho entusiasmo, no poco miedo y quizá bastante hambre en más de un caso. Lo de la “vocación” … surgió después.

Cada grupo que llegaba era recibido por el Rector con una sonrisa acogedora. Era el P. Andrés Villarroel de quien nadie puede olvidar la blancura inmaculada de su hábito limpio y planchado de manera impecable. Para quienes veníamos de pueblos pequeños, la grandeza y majestuosidad del Colegio fueron impactantes: los campos de deportes (fútbol, frontón..), la piscina (que para muchos parecía una piscina olímpica), los dormitorios, la galería, los salones, el refectorio, la huerta, los viñedos, los pinares, las acequias que venían desde el río Adaja…todo parecía, diríamos hoy, como una película de Hollywood… aunque muchos de nosotros nunca había visto una película y menos de Hollywood.                                                                                                                     
                                                                                                                  
No hay que olvidar que muchos de nosotros nunca habíamos visto un baño (estábamos acostumbrados al campo abierto, sin papel higiénico, sin asientos, sin cadenas para el agua y sin puertas), la palabra ducha no era parte de nuestro vocabulario y nunca habíamos visto un cepillo de dientes. Estábamos acostumbrados a oír los apellidos más comunes en el pueblo como García, López, Sánchez, Jiménez… Sin embargo, de repente comenzamos a escuchar el sonido de apellidos más sonoros y rimbombantes como… Balerdi, Carricajo, Garciarena, Llordén, Mallavibarrena, Moliné, Mories, Ribote, Villarejo y muchos otros más. Me encontré que había otro Luengo, Antonio Luengo, de Asturias.

Enseguida comenzamos una vida “regimentada” que sería la rutina durante todos los años de formación. Aprendimos a ir en fila de un lugar a otro y a hacerlo en silencio. Oración y misa por la mañana, oración antes y después de las comidas, oración por la noche antes de ir a la cama, confesiones cada semana y otras devociones como el rosario se convertirían en un ingrediente esencial de nuestra formación. El Manual del Colegial del P. Ricardo Casado sería nuestra guía. Allí estaba todo lo que deberíamos aprender para nuestra vida espiritual. No se escapaba detalle a esta regimentación como lo demuestra el hecho que toda correspondencia que era recibida o enviada por los colegiales era abierta y leída por el P. Rector. Sin olvidar tampoco que nos enseñaron a firmar las cartas añadiendo después de nuestro nombre las iniciales A.O.P (Aspirante a la Orden de Predicadores).

Dividieron al curso de tres secciones (A-B-C) cada una de unos 50 estudiantes y nos ordenaron por orden alfabético dentro de cada sección. No tardaron en empezar las clases: Latín (P. Abelardo Panizo), Religión (P. Rector), Matemáticas (P. Regino Borregón), Lengua y Literatura (P. Juan González), Ciencias (P. Amador de Celis), Geografía (P. José María Reyero, quien era el Vice Rector). El Francisco Zurdo era el prefecto de disciplina y había otros Padres que tenían otras funciones con menos trato diario con los estudiantes: P. Francisco Sádaba (Síndico), P. Silva (confesor), P. Fabián Herrero, P. Benjamín Vara y el inolvidable P. Eugenio González quien a pesar de sus limitaciones físicas era el párroco de Calabazas, pueblo cercano al Colegio y adonde caminaba regularmente con tanto entusiasmo y dedicación como dificultad física.
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Residía también allí Monseñor Teodoro Labrador, con su luenga barba blanca, Arzobispo misionero expulsado de China por los comunistas. El más joven de los Padres era el P. Juan González quien acababa de llegar de Alemania, donde había terminado su doctorado en Filosofía. En aquel entonces estaba preparando la publicación de su tesis doctoral. Varios estudiantes, y yo fui uno, iban a su celda para dictarle del manuscrito mientras él escribía a maquinilla. Luego publicaría esa tesis titulada “El idealismo tomista” Algún tiempo después, alguien me contó la historia (que yo acepto como verídica) según la cual los gendarmes de la ortodoxia tomista le obligaron a cambiar el título de la tesis a “La Función gnoseológica de la Idea según Santo Tomás”, porque eso de idealismo tomista sonaba demasiado kantiano.
                                                                                        
Pronto nos acostumbramos a la rutina mensual de recibir las notas de conducta y de cada asignatura.  Recibíamos una nota en cada asignatura y un gran número de notas en conducta. Creo que todos los padres nos daban una. Para mí fue siempre un misterio cómo muchos de los padres podían darnos esa nota cuando no teníamos ningún contacto personal con ellos. Como mucho, nos veían caminar en fila de un lugar a otro y nos veían desde atrás en la capilla.

Los deportes (fútbol, frontón, natación durante el buen tiempo) fueron, desde el principio, un parte importante en el horario de cada día. Una vez por semana, los jueves por la tarde, teníamos el paseo largo por los extensos pinares que rodeaban el Colegio, acercándonos también hasta el río Adaja y, de vez en cuando, hasta Olmedo y Calabazas que eran los dos pueblos más cercanos.

Durante uno de esos paseos tuvo lugar lo que, a falta de mejor nombre, podemos llamar “la protesta o huelga del pan”.  Aquel día estaba al frente de nosotros en el paseo el Gumersindo Hernández Papis. Recién ordenado sacerdote, creo que estaba de visita para despedirse antes de irse como misionero a las islas Batanes y Babuyanes, donde pasaría toda su vida.  Algo había pasado con la comida en aquellos días, porque varios de los colegiales como protesta gritaron durante el paseo algo así como “queremos más pan…queremos más pan…”, mientras correteaban por los pinares.

Al regreso del paseo, el P. Rector nos estaba esperando y nos puso a todos en fila a la entrada del Colegio. Allí fue llamando por nombre a varios de los colegiales que consideraba como “cabecillas” de la protesta…y los expulsó del colegio en el acto mandándolos a casa al día siguiente.   ¡No cabe duda que todos los demás aprendimos la lección!  Al terminar el curso, muchos de nosotros, antes de ir de vacaciones a casa para el verano, fuimos a un Campamento de Falange en San Rafael (Segovia). Es una pena que nadie haya conservado fotografías o vídeos con nuestra camisa azul de falangistas y cantando a pleno pulmón el “Cara al Sol…”.

Yo recuerdo que la comida en el Campamento era muy buena y aprendimos todas las virtudes y milagros de los próceres de la Falange como José Antonio Primo de Rivera, Manuel Hedilla, Onésimo Redondo y otros más…El régimen diario y la organización tenían un sabor muy “militar”. Comenzábamos cada día con una consigna con la que trataban de inculcar en nosotros el espíritu del Movimiento Nacional. Todavía recuerdo una que no tiene desperdicio, “Más vale morir con honra que vivir con vilipendio.”

¡Cuántas largas caminatas nos dimos por los pinares del área de San Rafael y cuántas veces tuvimos que subir al Alto de los Leones en la sierra de Guadarrama! Uno de los líderes (mandos) era Fernando Chamorro quien en septiembre de aquel mismo año entraría como estudiante de 5º en Arcas Reales. Conviene recordar que en aquel entonces los Falangistas estaban en su apogeo de influencia en el Gobierno de Franco. La historia nos dice que los” tecnócratas” del Opus Dei no llegarían hasta uno años después con Gregorio López Bravo, Alberto Ullastres, Mariano Rubio y otros más.

Naturalmente nosotros vivíamos en un mundo cerrado y aislado sin conocimiento de lo que sucedía más allá de la cerca del Colegio. Sin embargo, quiero hacer mención de un evento de gran importancia y transcendencia que tuvo lugar ese año dentro de la Orden y que condicionaría el ambiente y el tono de nuestra formación en el futuro.  Era entonces Provincial el P. Silvestre Sancho, elegido por primera vez en mayo de 1951 y luego reelegido en diciembre de 1955.

En febrero de 1954 tuvo lugar la “masacre” de los dominicos en Francia cuando el General de la Orden, P. Manuel Suárez, “decapitó” y depuso a los tres Provinciales de Francia en París, Lyon y Marsella.  Teólogos como Chenu, Congar y Féret fueron “removidos” de la enseñanza y “exilados” lejos de su área de influencia. Por orden del General, ningún dominico francés podía publicar nada sin la aprobación previa de Roma y tampoco podía viajar fuera de Francia sin permiso o vestir de seglar.   Algo sin precedente en la larga historia de la orden de Predicadores.  De un brochazo se cargó el sistema constitucional de la Orden que, a través de la historia, le había protegido de la manipulación y amenazas de la Jerarquía y servido de estímulo a su tradición de investigación intelectual.

¿Qué había pasado? El P. Suárez, atemorizado por la presión de la Congregación del Santo Oficio (así se llamaba antes de cambiar el nombre a Congregación de la Doctrina de la Fe) y cuyo Prefecto era el cardenal Pizzardo, pensó que esa era la única manera de salvar la Orden en Francia. Corría peligro de que todos los Noviciados y Estudiantados fueran cerrados por el Vaticano. ¿Por qué? Según el P. Congar, una de las víctimas de más renombre, Roma se sentía amenazada por las nuevas ideas de los dominicos y otros pensadores franceses de la época.

Las nuevas ideas en teología, pastoral, catequética, ecumenismo, arte religioso, liturgia…eran un reto demasiado grande para un Papa y una curia no repuestos todavía del trauma de la Segunda Guerra Mundial y de la amenaza del comunismo.  Además, el problema de los sacerdotes obreros recientemente condenados por Roma había exacerbado la situación y agotado la paciencia del Santo Oficio. En todo ello, Roma veía la influencia de los dominicos franceses y no estaba dispuesta a tolerarlo…

Como siempre, la cuerda se rompió por lo más débil. Quizá nunca se llegó a saber con certeza si el P. Suárez estaba convencido de esos peligros o, como buen hijo de obediencia, fue sólo una marioneta en este lamentable episodio. Sin duda, uno de los comentarios más valientes fue el del P. Albert Avril, provincial de la provincial de París, cuando dijo, “Estoy dispuesto a dejar mi puesto por un bien mayor…pero protesto contra las calumnias contras mis hermanos…” ¡Muy bien dicho!


El P. Suárez murió a finales de junio de 1954 en un accidente de automóvil cuando viajaba de Italia a España.  El accidente sucedió en Perpiñán, Francia. ¡Qué ironía!

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Texto original de Juan José Luengo García (escrito en verano 2009). Esta entrada es el primer capítulo, próximamente se publicarán el resto de capítulos

Saturday, November 7, 2015

Hacia La Mejorada. 29 de Septiembre de 1953 (I) por Faustino Martínez García***

Llastres (Asturias)
(…) La inminencia del día 29 de Septiembre se aproximaba implacablemente. Yo contaba los días para que llegara aquella fecha pues lo vivía con mucha ilusión y expectación. Andrés Cuevas y el Ángel Llera (“Yondrín”) ya habían adelantado su vuelta al colegio a mediados de Septiembre. Pero para nuestra sorpresa el “fiu” (hijo) de Marianito, Ángel del Valle, no quiso volver al colegio. No supimos la razón. Mi ilusión se acrecentaba conforme se acercaba el día de mi marcha. Ello implicaba una nueva andadura, conocer lo que es vivir interno en un colegio como aquellos de los que yo oía hablar. La curiosidad me atraía pues no sabía totalmente lo que me esperaba, aunque me lo imaginaba aún a riesgo de que luego la realidad con la que me encontraría fuera otra muy distinta.
Yo miraba, abría y reabría mi maleta donde tenía perfectamente y en orden colocadas todas mis ropas. Sabía su colocación de memoria. Durante aquellos días previos las recomendaciones de mis padres dándome consejos arreciaron. Sobre todo, mi madre era la que más me aconsejaba. Insistía en que me aplicase, que fuera muy obediente a todo cuanto me mandasen los frailes, que no protestara, que no fuera rebelde sino dócil, que no me juntara con malas compañías, que fuese amigo de buenos amigos, que no me fiara de cualquiera, que escribiera cartas. Todo aquello lo terminé memorizando pues sabía que mi madre me lo decía por lo que ella consideraba que era mi bien. Ella seguramente hablaba de su experiencia personal, de la “sabiduría” adaptativa del mundo que le había tocado vivir y ver antes y después de la guerra civil.
No discutía en mi interior aquellos consejos, aunque capté que iban muchos mensajes con recomendaciones de que fuera “sumiso” ante los que mandaban, que serían los frailes. Aquella educación en y para la “sumisión” era lo dominante en aquellos momentos de la sociedad derrotada de España, en la Escuela Nacional, en las catequesis y adoctrinamiento de la Iglesia. ¡Pero en aquel contexto histórico no sabíamos defendernos de tal “educación” en y para la “sumisión”, nos faltaban elementos críticos y contrastadores, no éramos todavía adultos con capacidad libre para pensar por nosotros mismos!. Sin embargo, yo siempre descubrí en mi mismo mi rebeldía interior, rebeldía intelectual que me hacía sentirme “rebelde” interiormente, a mi modo, aunque luego en el exterior me “adaptase” a las situaciones y circunstancias. Esta rebeldía interior que siempre tuve nunca la perdí a pesar de saber sobrevivir en medio de circunstancias no siempre fáciles ni cómodas. Pude comprobar que, pasado el tiempo, los “inadaptados” eran barridos. Pero no se trataba de una “hiper adaptación” que podría ser nefasta y autodestructiva, sino un término medio que me serviría de estrategia vital.
Mi hermano me animaba y le veía contento. Por la edad que tenía mi hermano, seis años mayor que yo, estaba sumergido en sus intereses más dominantes de su incipiente juventud, pues había cumplido ya diecisiete años, y en cuestión de poco tiempo tendría que ir para la mili. A pesar de este contratiempo previsible que dejaría a mi padre sin su valiosa ayuda, la determinación de mis padres y hermanos era total.
 Mi padre me encarecía mucho que me aplicara y aprovechara bien el tiempo y todas las oportunidades. Su frase más frecuente era:” El saber no ocupa lugar” animándome a estudiar mucho y recordándome el sacrifico que estaban haciendo para que yo pudiera aprovechar aquella oportunidad. Debo reconocer, como ya he dicho, que aquellas recomendaciones me calaban muy hondo y me hacían sentirme muy responsable ante lo que se me avecinaba.
Los días próximos a mi marcha fueron intensos. Mi madre me mandó que fuera a despedirme de todos mis tíos, de mis abuelos. Recorrí Llastres (Asturias) yendo a casa de mis parientes. Lo mismo hice en Lluces. De todos recibí palabras de ánimo y mucho cariño. Casi todos me dieron algún dinerillo para el viaje, lo que agradecí. También fui a despedirme de Doña Concha y de Don Mariano, que habían sido los maestros que me animaron para ir al Colegio y eran los padres de Mariano Brú que había estado en La Mejorada y en Santa María de Nieva. Igualmente me desearon lo mejor y me dieron sus mejores consejos. A pesar de que mi madre estaba centrada en atender y alimentar a mi pequeña hermanina Sagrario que había nacido veinte días antes, no dejaba tampoco de rematar todo lo que tenía que ver con la ropa que llevaría en la maleta.
Yo pasaba muchas horas contemplando a mi hermanina Sagrario, el regalo que había venido a nuestra familia hacía pocos días. La contemplaba sin cansarme viéndola tan guapa y esperando me regalara sonrisas que le producían los “angelinos” mientras dormía. Metida en su “cunina” la balanceaba lentamente y la “fartucaba” de besinos en sus “papinos”. Quería así despedirme de ella. Tanto la besaba que mi madre me tuvo que llamar la atención para que no la despertara.
Entre sus preocupaciones por mi marcha, “máma” estaba obsesionada por mi “mala comedera”. ¡Siempre había sido mal comedor!. Temía que, lejos de ella, apenas comiera nada y me pusiera enfermo. No cesaba de repetirme que comiera…que comiera. Pero ahora ya no podría controlarlo ni controlarme desde la distancia. Lógicamente ella era más consciente que yo de que mi marcha era para todo un curso y que no volvería hasta dentro de diez meses. A mí me parecía que iba de excursión por unos días. Sin embargo, no vendría en los días de Navidad ni Semana Santa. Y esto para una madre tenía que ser muy duro, pues los lazos afectivos y el instinto de protección se rebelan ante tales circunstancias. En aquellos días aún puso más amor en todo cuanto tenía que ver con mi inminente marcha. Cogió toda mi ropa, la planchó y cosió de nuevo fuertemente todos y cada uno de los botones de camisas, pantalones, pijamas, gabardina, guardapolvos, etc. pues temía se me rompieran y no supiera coserlos pues sospechaba que allí no habría nadie que nos reparase aquellos seguros desperfectos en mis ropas. Se dedicó a ensañarme a coser los botones. Practiqué con ella y me metió en la maleta unas cuantas agujas con hilos para esta previsible emergencia. Con cada botón que reforzaba me llenaba de palabras de cariño y de buenos consejos. Tanto me lo encarecía que no podía menos de retenerlos y memorizarlos, pues venían de ella reforzados con el amor desinteresado de una madre.
Por mi parte notaba que a mi madre le costaba aquella separación más que a mí. Me parecía que le producía un sufrimiento al verme marchar. Y efectivamente supe después que este sufrir por mi alejamiento, siendo yo tan niño, le acompañaría durante años de mi ausencia. Pasado el tiempo lo fui comprendiendo, valorando y admirando, a pesar de que me decía:

-¡Fíu… si tú non llores…. yo tampoco voy a llorar…!  Por el momento yo no sentía ninguna necesidad ni ganas de llorar, pues me parecía que iba de “excursión”. Luego la comprendí.
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*** NOTA DEL AUTOR
Quiero compartir mis recuerdos, desde mi perspectiva, de nuestros primeros días en el Colegio de La Mejorada. Este relato forma parte de otros muchos que describen aquellos años compartidos en La Mejorada, Arcas Reales, Ocaña, Ávila, San Perdo Mártir y que forman ya una serie de innumerables capítulos en unas 1589 páginas que voy escribiendo y archivando en mi ordenador. Pido humildemente perdón por olvidos, por resaltar subjetivamente desde mi perspectiva experiencias personales y no poder recoger otras. Cada uno de nosotros tendrá las suyas muy interesantes de aquellos primeros días que esperamos podáis también compartirlas. Pero el marco, el escenario, el ambiente vivido en aquel lejano horizonte, lo compartimos como “hermanos”, y solo podemos aproximarnos a él, a su recuerdo, con compasión, con reconciliación, con cariño y agradecimiento en un contexto religioso, social y político muy diferente a nuestro presente. Aquí os van unas cuantas páginas.



Monday, October 26, 2015

BRIGITTE Y CLAUDIA EN EL ROSARIO VESPERTINO

El único parecido con la Bardot y la Cardinale, de idénticos nombres de pila, eran el ligero tono rubio y castaño, respectivamente, de sus cabelleras, porque del resto de sus exuberantes cualidades físicas no había ni rastro. En realidad desconocíamos sus nombres reales en el siglo, y los apodos cinematográficos los habíamos heredado de los cursos anteriores. Pero nosotros, a medio camino entre la humorada y nuestros sarpullidos juveniles, radicalmente truncados con la entrada en el noviciado de Ocaña, seguíamos usándolos con profusión. Así que allí estaban ellas dos, un día sí y otro también, camino de convertirse en treintañeras solteronas, justamente una fila por detrás de en las que piadosamente nos prosternábamos la quincena de novicios para nuestras interminables devociones, variables según la época litúrgica: triduos, exposiciones del Santísimo, rosarios, novenas, profesiones simples, y un largo etcétera de plegarias y rituales. Ocasionalmente las acechábamos por el rabillo del ojo, aprovechando que nos levantáramos a apagar o encender los cirios en el altar mayor o en el pequeño revuelo que se armaba cuando había un cambio de guardia en el presbiterio, esto es, que sin pausa ni intermedio, pasáramos de cantar el Pange Lingua a la misa cuaresmal. Que la apoteósica y, de alguna manera, temible imagen, que nuestro profesor de dibujo en Arcas, el P. Julio Ibáñez, había pintado, a modo de retablo, tras el altar mayor, nos haya perdonado por esos pecados oculares de nuestra juventud incipiente y nunca gozada.

Llegamos al noviciado en una época de absoluta transición. Si biografías tan insignificantes y diminutas como las nuestras pudieran trasponerse a eventos históricos más heroicos, nuestra entrada en el noviciado acaeció cuando un mundo terminaba y otro nuevo estaba a punto de alumbrarse. Por decirlo en palabras menos hueras, estábamos fuera de sitio y del tiempo. Fuera de tiesto. O, quizá, para ser más exactos, el tiempo y el sitio estaban fuera de nosotros. Esto no fue en sí mismo ni bueno, ni malo, simplemente ocurrió y la historia nunca volverá para atrás. Benjamín Button, por fortuna, sólo es un personaje de ficción.  De aquellos barros vinieron estos lodos, o si somos optimistas en las expresiones, aquellos resplandores engendraron estas glorias. Un cierto mundo, del que de forma tan radical nos vimos eximidos en aquel caluroso verano de la inmensa llanura manchega, estaba desmoronándose como un castillo en la arena del mundanal ruido. En lo político a Franco le quedaban un par de años de telediarios, en lo social, si separarse puede de lo político, la España de las barriadas obreras y de la burguesía viajada estaba a punto de explotar (aunque nunca llegarían a hacerlo del todo). En lo religioso, como casi siempre, las fuerzas conservadoras eclesiales, siempre mayoría desde el siglo III, reprimían los sarpullidos que brotaban aquí y acullá, con referencias al fin del mundo, moralinas de perra gorda y una insufrible con-fusión de poderes eclesiales y estatales.

Allí estábamos nosotros, en medio de la nada, recién cumplidos nuestros dulces 17 años. Habíamos pasado de puntillas sobre nuestra adolescencia, de los ásperos barbechos de Castilla, sin intermedios lúdicos, a insobornables admiradores del can de Nuestro Padre Santo Domingo en su imparable lucha contra albigenses, cátaros y cualquier hereje que expandiera la mala nueva en el sur de la impía Francia. Nosotros no nos apercibíamos, pero lo mismo que nos habían arrebatado la adolescencia, estaban comenzando a hacer “tabula rasa” con nuestra vislumbrada mocedad. Estaban a punto de aniquilarla y nosotros tan tranquilos, tan rebosantes de inconscientes fervores, flotando en la nube de nuestra piedad efímera, debatiendo temas a cual más incomprensibles e inútiles para la sociedad que no nos rodeaba.

Sobre si seríamos capaces de aguantar el cilicio que, tan misteriosa y dolorosamente, portaba el sufriente P. Fueyo, o  si alcanzaríamos la dicha bienaventurada de imitar las heroicas hazañas del Beato Berriochoa en la lejana Indochina. ¿Quién de nosotros soportaría que un mandarín vietnamita nos introdujera astillas de bambú entre la carne y las uñas de los piés?. Que habitáramos aquel nirvana inmenso durante un año, como si el mundo no existiera a nuestro alrededor -de hecho no existía- no tiene nada de extraordinario. El embudo, otrora denominado vocación, que nos había conducido sin sobresaltos a aquella nube etérea había sido tan fresco como el rocío de la aurora y tan dulce como la miel que destilan tus labios, ¡oh rosa de Sarón!.

Con 17 años era imposible, además de inútil, regresar al pasado. Habíamos puesto la mano en el arado sin volver la vista atrás –paradójicamente la literalidad evangélica no se avenía bien con nuestra existencia real, puesto que muchos lo que habíamos hecho había sido justamente lo contrario: apartar la mano del arado- y los surcos de la vida se abrían vírgenes en nuestros horizontes, lo mismito que nosotros, al rezar maitines en cada alborada. Siempre para adelante, aunque nuestro horizonte vital era tan cómodo y ocioso como inmediato. Una existencia liberada de toda preocupación e inquietud, limitada al cumplimiento de los ritos litúrgicos y un notable cúmulo de tareas meniales, verbigracia: encender la caldera, la crianza de conejos, regar los geranios, barnizar ventanales. Estábamos bien alimentados, el vino blanco de los almuerzos era excelente y, además, aprendimos a jugar al julepe.

La burbuja que nos poseía era aterciopelada, inmensa, con el único propósito de pasar el año lo mejor posible, mientras aquella alfombra mágica nos transportaba, otra cosa era impensable, al siguiente indoloro e inconsciente embudo: el de la profesión simple y nuestros votos provisionales de castidad, pobreza y obediencia. Nunca hubo, eso en el caso de que con 17 años hubiéramos sido capaces de hacerlo, una discusión, un sólo debate, una mera conversación informal sobre la impronta con que la castidad quedaría marcada en nuestra ignorada sexualidad o si la pobreza quedaba resuelta “in aeternum” con la carta que tuvimos que firmar, eso sí, voluntariamente, si se puede decir que en aquel contexto hubiera algo voluntario, por la que renunciábamos a nuestras posesiones presentes y futuras, sobre todo las potenciales y magras herencias de nuestros adorados padres. En aquella sala de comunidad, donde tronaba los miércoles en la radio la voz del Papa apelando desde Roma a mantenernos firmes en la piedad y la pureza, yo renuncié al carro y las vacas de mi padre, amén de a la huerta donde mi madre sembraba las patatas al final de la primavera.

El voto de castidad tampoco representaba problemas insolubles. Después de todo el sexo era algo malo en sí, toda herramienta capaz de suprimirlo, mejor aún, aniquilarlo –más adelante nos enseñarían una palabra tan bonita como ineficaz, sublimarlo- no podía ser sino buena. Los borbotones juveniles de nuestra sexualidad, se convertían así, en un remordimiento pasajero sanable con el ungüento de una confesión rápida y tres avemarías. Por mor de la seguridad, añadíamos alguna ducha fría, muchas lecturas piadosas, y el mantra de que nuestro cuerpo nos era ajeno, no nos pertenecía y cuanto más alejados estuviéramos de él, tanto mejor para evitar el pecado, las ocasiones del mismo y aún los mismos pensamientos que pudieran incitarnos a él. La negación de lo imposible, esto es, negarnos a nosotros mismos.

En cuanto a la obediencia, como ya veníamos con el tosco caparazón del internado y la intocable jerarquía de horarios, prefectos, jefes de estudio, directores y una amplia estructura de ordeno y mando, aquello era coser y cantar. El concepto de obediencia era inmediato y banal. Si hay que barrer el claustro, se barre. Punto. ¿Hacer de monaguillo al P. Mendoza en misa de doce? Se hace. Y a otra cosa mariposa. Si quince años después, en nombre de la santa obediencia alguien te decía que terminar el doctorado en la Escuela Bíblica y Arqueológica de Jerusalén para ser profesor de Nuevo Testamento (caso real como la vida misma, soy testigo de primera mano) no era lo adecuado para los propósitos misioneros de la Orden en Japón, terminaría por convertirse en otro cantar. La madurez, la consciencia, por fin, a la bíblica edad de los treinte y tres.

Discurría, pues, nuestra cotidianeidad en rutinas de oraciones y devociones, clases de apologética dominicana, que no de historia, sin el mínimo espíritu crítico. Faltaría más. Nuestro santo padre fundador y los carismáticos maestros generales de la primera hora eran intocables en su hornacina histórica. En nuestra ingenuidad historiográfica, hasta la Santa Inquisición, de la cual los dominicos habían sido adalides y portaestandartes, se tornaba en institución heroica, en la única tabla de salvación para convertir a nuestras Españas medievales en una, grande y, sobre todo, católica. Como rutinarias eran las salidas de los miércoles para jugar al fútbol; hasta aquí llegaba la obediencia: incluso los que nunca habían destacado por dar una patada al balón, las eras de Ocaña les convertían en inútiles delanteros centros. Asuetos trimestrales, procesiones parroquiales, visitas a las monjas de clausura. Más lejos no íbamos. Salvo aquel afortunado al que, a destiempo, le saliera una muela del juicio, le tocaba en suerte ir de excursión al dentista de Aranjuez. Resumiendo, un año de existencia tan agradable como ociosa e inútil. Un año al que nunca sabremos si llegamos demasiado tarde o demasiado pronto. Eso es lo que tiene de malo el vivir en unos tiempos donde todo estaba a punto de ser nuevo y diferente. Pero nada aún lo era.


Una existencia donde Brigitte y Claudia recitaban “Dios te salve María” al unísono con  un grupo de muchachos, con quince historias tan distintas y, a la vez, tan parecidas, arrastrados a aquel limbo del que saldrían en pocos meses, muchos supuestamente contentos y felices, otros traumáticamente expulsados por la fuerza, al mundo, pero por el cual, todos, sin excepción, tarde o temprano íbamos a pagar el precio de un año, con sus días y sus horas, vanamente perdido. Desgraciadamente Brigitte y Claudia, cuyos nombres reales desconocíamos, no eran protagonistas de una trama de ficción. Eran reales como la vida misma. Lo mismo que nosotros. Aunque nosotros creyéramos a pies juntillas  que la vida era una telenovela donde agachar la cerviz ante el prior nos llevaría al paraíso, el ser pobres, aunque sólo fuera mentalmente, a la gloria eterna; y el no pecar contra el sexto (el octavo ni nos lo planteábamos) nos tenía reservados halos de resplandor eterno.