Sunday, May 21, 2017

TENOCHTITLAN

Aquellas lecturas poco edificantes, después de todo El Capitán Trueno o El Jabato vivían en un mundo sin Dios ni santos, y si juraban lo hacían en nombre de los paganos Tor y Odín, no duraban mucho tiempo en nuestras manos. Tampoco se puede decir que la violencia exacerbada de yankis y nazis en la batalla por Creta, durante la II Guerra Mundial, terminara por convertir las Hazaña Bélicas, apaisadas en la forma, en santificadas en el fondo. Así pues, para principios de octubre, aquellos pequeños tesoros, conseguidos con las ínfimas propinas de algún tío soltero generoso, en los tenderos ambulantes de la fiesta del pueblo o, para los más capitalinos, en el quiosco de la vallisoletana estación de Campogrande, terminaban en algún insondable cajón del Prefecto de Disciplina o de alguno de los padres ayudantes que, ángeles de la guardia, desde las habitaciones, uno a cada lado, del inmenso dormitorio corrido, velaban sobre nuestros sueños preadolescentes.

Así pues, para colmar aquellas modestas congojas de lectura nuestros recursos eran, por así decirlo, apenas existentes. Asunto pedagógico que no formaba parte, en cualquier caso, ni de lejos, de las prioridades docentes de la mayoría de los profesores, enfrascados machaconamente en sus interminables y laberínticos juegos de memoria. La excelencia académica se alcanzaba por la repetición incesante. Había entre los profesores honrosas excepciones, claro, pero nadie, hablando en términos generales, apostaba por incentivar la iniciativa de los alumnos. Ni siquiera se puede decir que el énfasis en las epopeyas memorísticas fuera un aspecto recurrente y exclusivo de nuestro querido internado.

En realidad, conformaba la médula esencial del sistema educativo de aquellos tiempos y, me pregunto, si no ha perdurado hasta bien entrado el siglo presente. Aprender los diez mandamientos, los siete sacramentos, las cuatro virtudes cardinales, las tres teologales, con la fiereza de los papagayos y el orgullo de los loritos, era el sino de los tiempos. Los laureles académicos siempre terminaban por reposar en las sienes de quienes se aprendían, como se decía, “de pe a pa”, las batallas de cartagineses contra romanos hasta llegar al lago Trasimeno, sin atisbo de tartamudeo, o enumeraban los autos sacramentales de Calderón de la Barca, sin entender muy bien, lo que era un auto sacramental. Recitábamos de carrerilla lo de “Al olmo viejo/ hendido por el rayo/ y en su mitad podrido, /con las lluvias de abril y el sol de mayo /algunas hojas verdes le han salido”, sin rememorar el abandono perenne de Castilla ni la tragedia vital de Don Antonio y las dos Españas. Por lo tanto, contextualizarlo en su drama personal o extraer aviesas parábolas sobre su triste muerte y exilio en Colliure, ni se nos pasaba por la cabeza. No digo ya la nuestra, ni siquiera la de nuestros egregios enseñantes.

Quizá por esa obcecación en las virtudes de la retentiva suprema, la lectura tenía tan escasos nichos en nuestro aprendizaje. La letra con la letra entraba, pero sólo con la letra de los libros de texto, sin desviaciones, ni recovecos supuestamente estériles a los que nos podía conducir una lectura mínimamente liberadora, incluso aunque fuera adaptada, vía la Editorial Juventud o Bruguera, para con nuestra temeridad infantil, apenas desterrada de robledales y barbechos. No es de extrañar, pues, que la lectura, tan potencialmente agitadora de conciencias, incluso en épocas plomizas como la que habitábamos, se localizara allende nuestras fronteras mentales.

Las únicas migajas de lectura las recogíamos de los libros de texto. Tras la Enciclopedia Álvarez, tan austera y compacta ella, teníamos el extraordinario lujo de contar con un libro de texto por asignatura. Hasta había un libro específico para las manualidades. Innecesario, por lo demás, para algunos de entre nosotros que habíamos venido al mundo, como quien dice, con una chaira, por modesta que ésta fuera, bajo el brazo. Salvo algunos nacidos entre pisos y hospitales provinciales, en contraposición a los nacidos en la habitación vecina a la cuadra del ganado, la mayoría éramos plenamente competentes fuera para sacar un silbato, algunos toda una flauta, de una ramita de chopo en primavera, fuese para recoser los hexágonos que conformaban el balón de cuero del fútbol. Sin profesor, ni libro de texto.

Los primeros días de curso, cuando nos iban entregando los montoncitos de volúmenes, siempre nos resultaba apasionante examinar con suma curiosidad las pastas con sus novedosos diseños. En una esquina, 1º, 2º, 3º curso, dependiendo del año que nos correspondía. Con escritura barroca y retorcida nos recreábamos en tomar posesión de nuestros libros mediante el simple procedimiento de escribir nuestros nombres y apellidos. Era importante no olvidar ninguno de los dos, algunos hasta el cuarto, en la página de guarda. Después pasábamos con fruición las hojas. Lo primero era discutir si el que fuera menos grueso o más delgado podría tener alguna significación especial en la importancia, menor o mayor, de la asignatura. Rápidamente calculábamos por el número de páginas y lecciones hasta donde llegaríamos en junio. La historia casi siempre se paraba en los aledaños de la Guerra de la Independencia y la lengua española llegaba, exhausta de horas y ligera de conocimientos, a los hermanos Bécquer. El rito más importante, salvo en el libro de matemáticas, obviamente, era descubrir los “santos”. Las imágenes de los reptiles africanos en el de Ciencias Naturales, los engolados retratos del Manco de Lepanto en el de literatura o la escena, ficticia, de Viriato acribillado en su lecho por Adax, Ditalcos y Minuros, los traidores a quienes Roma no paga.

Algunos libros, sobre todo el de historia y lengua suplantaban, aunque fuera de forma puntual y a retazos, la ausencia de lecturas más sólidas y vigorosas. El manual de historia era siempre una base inicial, aunque informal, de lectura con la que empezar a descifrar las batallas libradas por Carlos V de Alemania y primero de España, o soñar con la Italia medieval a la vista de los sofisticados artistas del Renacimiento. ¿Cómo no recordar las delicadas reproducciones a todo color, aunque éste fuera más bien mate, de “La Virgen entre dos ángeles” de Filippo Lippi? Con los pies de texto de “Las lanzas” de Velázquez comenzamos a admirar, -más adelante, en otras épocas más políticamente correctas, aprendimos que acaso no debiéramos haberlo hecho- cómo los tercios de Flandes avasallaban, a golpe de pica y arcabuz, media Europa. Las hazañas de Pizarro o los intrincados vericuetos de las guerras napoleónicas, por muy resumidos que aparecieran en nuestro manual, los leíamos una y otra vez, hasta casi saberlos de memoria, mientras mirábamos con los ojos abiertos de par en par la osada carga de sus lanceros gabachos contra los mamelucos otomanos a la sombra de la pirámide de Guiza mandada construir por Kheops.

Nuestras lecturas estaban, literalmente, entrecomilladas. Los libros de texto no eran, todavía, tan complejos como los actuales: sobrecargados de titulares, diagramas, frases célebres, retazos de textos, extractos de discursos, recortes de periódicos, de modo y manera que al final no se sabe muy bien donde está el meollo de lo que se quiere aprender o enseñar. El contexto, pendularmente al revés de hace cuarenta y cinco años, desborda claramente el texto. En aquella época las lecciones tenían un principio claro, un desarrollo meridiano y un final nítido. La orografía patria y sus secuencias lógicas formaban parte indisociable de la geografía del P. Benito Varela: los ríos comenzaban por el Miño, y siguiendo el contorno de la península Ibérica, al revés que las agujas del reloj, terminaban en el Ebro, que nace en Fontibre, provincia de Santander, autonómicamente conocida como Cantabria. Las vertientes eran laderas de sistemas montañosos y no cuencas hidrográficas multiautonómicas, no había subsistemas, ni subsistemas de subsistemas, y el Guadiana daba en la mar a la altura de Ayamonte.

Si la lección 6 se titulaba: “América durante el reinado de Carlos I”, los subcapítulos eran una narración lineal, clara y transparente, que fácilmente transformábamos en lectura. Sin pausas, ni anuncios publicitarios. En algunas de las páginas, las imágenes, fueran el plano de Tenochtitlán copiado de un códice de la época, o las escarpadas ruinas de Machu-Pichu, arrastraban nuestras miradas curiosas que, invariablemente, terminaban en los amplios pies de texto. “Dicen los cronistas que era muy bella, se levantaba en medio de unos islotes, con sus calles rectas y sus canales, tenía 300.000 habitantes”. Apenas descendidos de las montañas altas de Castilla, aquellas entradillas, como acompañamiento de las imágenes, constituían el umbral con el que satisfacíamos nuestra enorme curiosidad, la puerta para empezar a divagar con las gestas de Orellana y Cabeza de Vaca.

Ocasionalmente, se añadían algunos fragmentos de textos literarios de la época: “Hay algunos pueblos grandes y bien concertados, las casas en las partes que alcanzan piedra son de cal y canto”, narraba Hernán Cortés en “Cartas de relación de la conquista de México”. Después venía Pizarro, la fundación de Buenos Aires y en perfecto orden cronológico, Miguel López de Legazpi colonizaba las islas Filipinas. Leer y releer una y otra vez aquellas lecciones del libro de historia, a falta de pastos más abundantes, era un menesteroso pero sólido consuelo, carentes de otras lecturas que, posiblemente, para que, loor a la doble negación, no nos pervirtiéramos no se nos ofrecían.

Sin radio, ni televisión, ni prensa, ni Capitán Trueno, sólo nos quedaba la lectura y relectura de los libros de texto. Para quienes eran aficionados a la lectura, y éramos muchos, la curiosidad era uno de los escasos patrimonios de nuestras exiguas existencias, sobrevivíamos con aquella escasa pitanza.

En aquel minúsculo y soterrado contrabando de tebeos e historietas, cualquier hoja en letra impresa que caía en nuestras manos era carne de lectura. Hasta una mismísima biblia protestante, en su versión de Reina Valera. Como los senderos del Señor eran, también entonces, inescrutables, alguien, ciertamente ignorante de la herejía que propagaba con su mera posesión, se había hecho con un ejemplar. Estábamos en segundo curso y el ecumenismo del Vaticano II, del que no teníamos ni la más remota idea, no había alcanzado aquellos lares. Alguien, ingenuo o ignorante, o ambas cosas a la vez, tuvo la genial ocurrencia de mostrarla en clase al profesor de religión. Orgulloso de poder disponer de una biblia. Ni más ni menos. Porque en la tónica acostumbrada, la religión no se estudiaba con la biblia, sino línea por línea, con el libro de texto.

El profesor que, seguramente, sabía tanto del ejercicio ecuménico de los padres conciliares como nosotros, es decir nada, comprendió de inmediato que aquel libro, sin notas explicativas al pié de página, no era trigo limpio, rápidamente armó un auto de fe. Alboroto de alumnos, juicio sumarísimo del P. Prefecto, amenazas de expulsión, interrogatorio con el cuerpo del delito al lado de la pizarra, “¿de dónde la ha sacado Ud.?”. Buena pregunta porque si ya era raro encontrarla fuera, en el siglo, que hubiera llegado hasta las aulas de aquel internado católico, apostólico y romano, superaba claramente los límites del escándalo y entraba de lleno en el campo contumaz de la herejía. Lo siguiente era la hoguera. ¡Era la biblia, por Dios! Aunque fuera protestante. Inmejorable texto, en cualquier caso, insuperable, desde el punto de vista literario, plenamente válido para travestirse en la piel de villanos (Nabucodonosor, el faraón, los hermanos de José) o la de los héroes (el mismo José, Josué, Daniel entre los leones). Etcétera, etcétera.


Al final, tras la pertinente requisición de tan innoble instrumento religioso, todos terminamos en la capilla, expiando colectivamente la culpa individual de algún candoroso compañero. En lugar de aprovechar para deleitarnos con alguna de las brillantes narraciones del Libro de Samuel, por poner un ejemplo, terminamos recitando los misterios dolorosos del Santísimo Rosario. Como era de esperar, de memoria. 

Saturday, May 6, 2017

ENTRE MADRID Y ÁVILA, por Niceto Blázquez OP (VI)

El autor, hace unos años, en su celda
Pero volvamos a mis años de estudiante de filosofía y teología en Madrid. Como he dicho antes, la revista Oriente fue el primer pedestal de mi pensamiento escrito. Era una revista interna de los estudiantes, pero se imprimía y publicaba como cualquiera otra revista abierta a todos los públicos. De hecho, disfrutaba de prestigio entre las revistas de su género y en la práctica era leída con el mismo interés o mayor que otras de mayor rango institucional. Nunca he sabido quién tuvo la iniciativa de crear dicha revista, pero con el paso del tiempo es claro que la iniciativa fue digna de todo elogio. Para mí fue un estímulo permanente durante la época de estudiante. Yo no había recibido ninguna formación literaria, pero tuve pronto conciencia de la importancia de la comunicación escrita y de la que hablaré en algún momento más adelante. De ahí mi agradecimiento a quienes me facilitaron ese medio para entrenarme en los avatares de la comunicación escrita de mi pensamiento.

En Madrid terminé el curso tercero institucional de filosofía con el título de Bachiller. Más tarde obtuve también el título de Licenciado en Filosofía. Pero antes tuve que superar cinco cursos institucionales de teología y me interesa mucho hablar aquí del significado que tuvo para mí el paso de los estudios institucionales de filosofía pura, como se decía entonces, al estudio de la teología. Por aquella época los estudios filosóficos institucionales en la Orden dominicana duraban tres años bien aprovechados y que en nuestro Centro culminaban con el título de Bachillerato en Filosofía. Conviene resaltar que durante esos tres años no se mezclaban disciplinas teológicas y filosóficas, con las cuales la mente era sometida a un ejercicio racional riguroso para acostumbrarse al manejo de los datos científicos y de las argumentaciones racionales relegando a un segundo plano los argumentos inspirados o motivados por la autoridad moral.

Al pasar de los estudios filosóficos a los estudios teológicos se producía una crisis muy comprensible porque la metodología teológica invierte el orden de factores atribuyendo valor decisivo a la autoridad de la revelación cristiana dejando en segundo plano a las razones científicas y argumentaciones inspiradas en la sola luz de la razón humana. Y como no todos los profesores de teología sabían encontrar el equilibrio deseado entre esos dos niveles de conocimiento, los alumnos acusábamos inmediatamente el golpe, lo que daba lugar a discusiones interesantes y clarificadoras, pero también a confusiones lamentables debido a la confrontación metodológica en la manera de abordar los problemas.

Para mí este choque psicológico resultó muy positivo y fecundo gracias al contacto directo con la Suma Teológica de Santo Tomás. Pronto me di cuenta de que el presunto conflicto entre los postulados de la fe cristiana y los postulados de la ciencia y de la reflexión filosófica era más imaginario que real, debido a intereses ajenos a la búsqueda de la verdad y a falsos planteamientos del problema por parte de los académicos. Con el paso del tiempo el tradicional problema fe/razón se fue desvaneciendo ante mi convencido de que una cosa es la realidad y otra la percepción que cada uno tiene de la misma.
Por otra parte, la calidad pedagógica dominante del profesorado, con honrosas excepciones, y de los responsables religiosos del Centro no era, en mi opinión, la más recomendable, pero se respetaba la libertad interior y la autonomía inteligente y respetuosa de las personas, que no era poco. Yo me acogí a ese respeto y me fue muy bien. Con el avance en los estudios y la propia experiencia personal cada vez sentí menos la necesidad de consultar con las autoridades de turno sobre mis problemas personales, lo cual me dio buenos resultados. Este carácter independiente fue, creo yo, una de las causas por las que yo era ya objeto de fobias y simpatías al mismo tiempo entre los profesores y educadores oficiales del Centro. Según me informó una autoridad académica, que me profesaba gran aprecio, el proyecto de que yo fuera enviado a terminar la carrera de teología en Alemania fue boicoteado por el profesor de metafísica y sus afines que no se fiaban de mí.

La discusión en el Consejo de profesores debió ser tensa, pero llegaron a un acuerdo retrasando ese proyecto para más tarde en atención a mi estado de salud que convenía no forzar. La autoridad académica, Miguel Crescente, que me informó de lo ocurrido, trató de restar importancia a lo ocurrido y se mostró esperanzado en que llegara pronto el momento oportuno para que me enviaran a terminar mis estudios de teología en París.

Yo no di importancia al incidente y lo interpreté después como algo providencial ya que el estado de mi salud se fue deteriorando y el traslado a Alemania no hubiera contribuido a mejorar mi situación personal. Así las cosas, con el Bachillerato en Filosofía en mis manos y un año de teología bien aprovechado volví a Ávila. La historia de estos cambios entre Ávila y Madrid pertenece a otro capítulo de carácter administrativo y al nuevo clima creado por el Concilio Vaticano II que algunas autoridades religiosas y académicas no terminaban de comprender en su justa medida. Ese nuevo clima dio lugar a muchas confusiones, pero para mí fue favorable.

Los cursos académicos 1960/1961 y 1961/1962 tuvieron lugar en Ávila

Santo Tomás de Ávila, fachada de la iglesia
Desde el punto de vista de mi evolución intelectual no hubo grandes novedades, pero sí algunas experiencias dignas de recuerdo. Por una parte, me sentía cada vez más satisfecho de mis progresos intelectuales pero mi salud se deterioraba sensiblemente. Uno de los profesores de Teología, que Hipólito Fernández se llamaba, se percató de mi eficiencia intelectual y del estado precario de mi salud. Por ello no dudó en dejar a mi libre albedrío y responsabilidad la decisión de asistir o no asistir a sus clases cuando yo lo considerara conveniente.

Por otra parte, alguien me había informado de que el profesor de Derecho Canónico sostenía una opinión sobre la disciplina de las Horas Canónicas que me afectaba directamente y con la que yo, por sentido común, no estaba de acuerdo. Cuando tocó el turno académico le propuse hacer una investigación sobre el c.135 del antiguo Ius Canonicum, lo cual le pareció muy bien. Leyó atentamente el trabajo y lo galardonó con la máxima calificación. Pero yo no le dije que había elegido ese tema intencionadamente con la esperanza de desautorizar su opinión. Conocida su forma de ser y pensar me pareció que lo más prudente era no confesarle mis intenciones.

El primer año al regreso de Madrid los estudiantes vivíamos en el antiguo, ruinoso y desangelado pabellón mientras se terminaba de construir uno nuevo. El traslado se produjo pronto, pero ello no contribuyó nada a mejorar mi salud a la deriva. Algunas noches, al terminar la cena, le decía confidencialmente a mi compañero más cercano que si por la mañana del día siguiente no aparecía a la hora normal, entrara en mi habitación para cerciorarse de que yo estaba todavía vivo. Muchas noches me retiraba a dormir con la convicción de que podía ser la última. Las cosas fueron a más y un día decidí marchar a Madrid en busca de mejor suerte y la tuve porque me encontré con el Dr. D. Enrique García Ortiz, todo un caballero y cardiólogo cirujano de vanguardia. Ya había operado a un compañero mío en situación crítica y no dudé en dirigirme a él.

Fue un encuentro feliz porque, además de salvar médicamente aquella situación extrema, se convirtió en uno de mis mejores amigos. Durante algún tiempo no cobró nada por las consultas que le hacía. Más tarde, cuando su situación económica vino a menos, sólo cobraba el cincuenta por ciento de la tarifa establecida. Prologó un pequeño libro mío y me in- vitaba con su esposa a cenar para mantener viva nuestra amistad y mutua admiración. En una ocasión me habló abiertamente de la situación crítica en que me encontró el primer día que me recibió en su consulta. De hecho, algunas señoras que esperaban el turno de su visita en la sala de espera me miraban compasivas y comentaban en voz baja: "¡Mira ese joven, qué malito debe estar"!

Como recuerdo nostálgico de esa época me agrada hacer saber que siempre conservé la afición por la música y el manejo del órgano si bien eran más las ganas que yo tenía de aprender a tocarlo que mis dotes para ello, como se demostró después con el tiempo. Pero esta es otra historia. Lo cierto es que había en la isabelina Iglesia del convento de Santo Tomás un antiquísimo órgano de tubos abandonado. Durante un duro invierno otro estudiante y yo nos dedicamos a repararlo durante los tiempos de descanso sin que nadie lo supiera hasta que un buen día sorprendimos a todos haciéndolo sonar.

Mi compañero daba aire manualmente con el fuelle y yo tocaba. Fue como si un muerto hubiera resucitado para alegría de todos. Pero todo nuestro gozo en un pozo. Durante mi estancia en Valencia restauraron el coro y desguazaron el viejo órgano, el cual, aunque no sonara, era una belleza decorativa en el conjunto arquitectónico isabelino. Cuando vuelvo por allí no puedo evitar que mis ojos queden fijos en el lugar del que fueron arrancados sin compasión aquellos preciosos tubos de los que en tiempos pasados habían salido tan agradables sonidos.

Un buen día de septiembre de 1962 me comunicaron que debía trasladarme al Estudio General de Valencia para continuar allí mis estudios. Después supe que antes de esta decisión por parte de las autoridades religiosas y académicas, se había tomado otra, según la cual debía trasladar- me a la Universidad de Santo Tomás de Roma (Angelicum). De hecho, allí estaba reservada ya mi habitación. La decisión de que fuera a Valencia provenía de España y esta es la que se cumplió.

En todo este asunto tuvieron presente, por una parte, mi vocación intelectual y, por otra, mi estado de salud precario. Por ello mis autoridades en España descartaron París y Roma y me mandaron al Estudio General de Valencia. Una decisión que con el paso del tiempo se consolidó como la mejor de todas ya que por aquellas calendas yo me encontraba condicionado principalmente por la evolución de mi estado de salud.

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