Monday, October 19, 2015

BUSCANDO SER HUMANO: Adolescencia con los Dominicos (Magín Borrajo)

El 27 de septiembre de 1949, día de despedida. Saldría después de comer para tomar el tren en Sobradelo. La primera vez que me iba de mi casa. 
    Mi madre preparaba mi maleta en silencio y las lágrimas corrían por su cara. No me atrevía a mirarla, ni a hablar con ella. Me sentía triste y no quería que me viesen llorar. Sin decir nada, desaparecí y fui caminando a regar un prado situado a casi una hora de casa. No sabía mostrar mis sentimientos y opté por la soledad.    
Regresé a la hora de comer. Mis padres y hermanos habían empezado a inquietarse por mí. No recuerdo qué comimos. Después de la comida me despedí en silencio de mi madre y hermanos y fui caminando con mi padre y Xenxa hasta Sobradelo, la estación de tren. La maleta la cargaron en la burra de casa, que se llamaba Perica. Por el camino mi hermana Xenxa iba dándome consejos. Mi padre, en silencio, sin mostrar sus sentimientos, me acompañó hasta el colegio.
El tren, que llamaban Correo, llegaba a las cuatro de la tarde y frecuentemente traía retraso, era de largo recorrido, con máquinas de carbón, avanzaba lento e iba hasta Madrid.
En Medina del Campo hicimos trasbordo. Tomamos otro tren de cercanías que nos llevó hasta Olmedo, a cuatro kilómetros de La Mejorada.
     El tren me fascinó. Recuerdo el largo viaje con muchos túneles, subiendo lentamente por las montañas de Galicia y León, cruzando aquellas tierras áridas y desiertas de Castilla. Todo el tiempo fui mirando por la ventanilla. Mi cara y camisa se ennegrecieron con la carbonilla del tren.
Por fin, después de viajar toda una tarde y una noche, llegamos a Olmedo, provincia de Valladolid.
Un hermano dominico, vestido de blanco y negro, nos estaba esperando y nos llevó hasta La Mejorada.
Cuando llegué al colegio nos ofrecieron desayuno. Me impresionaron los grandes edificios, con sus amplios salones y largos corredores, y sentí cierto pánico, como que estaba entrando en un lugar al que no pertenecía.     
    Nunca supe qué sintió mi padre. Sabía que él quería lo mejor para mí y, posiblemente, me animó para que me quedase en el colegio. Me impresionó mucho el primer sacerdote que vi, un vasco robusto y calvo, vestido de blanco, con cara sonriente.
    Después de desayunar nos invitaron a salir al campo, donde había otros niños jugando al fútbol. Yo nunca había jugado al fútbol y recuerdo que me acomplejé un poco, pero enseguida empecé a correr tras el balón.
A mediodía fui a comer con el resto de los colegiales que habían llegado el mismo día o en días anteriores.
A mi padre lo invitaron a un comedor distinto con el resto de los padres del resto de estudiantes.
Después de comer, un sacerdote nos llevó de paseo a un pinar cercano. Al regresar, como dos horas más tarde, pregunté por mi padre y me informaron que se había marchado porque no quería perder el tren de regreso.
    Me sentí engañado, pero al mismo tiempo pensé que tal vez era mejor, así me libraba de la agonía de decirle adiós. El paseo había sido una manipulación para evitar las despedidas de nuestros padres.
Aquella tarde, por primera vez, me sentí solo, consciente de que no regresaría a mi casa hasta el final del año escolar.
No pude contener las lágrimas. Me sentí solo entre tantos desconocidos, lejos de mi casa y de mi familia, en un ambiente completamente distinto de lo que yo conocía.
Esos nueve meses de separación de la familia parecían una eternidad. No me habían preparado, ni anticipaba cómo sería la vida en un internado de dominicos.
El trauma de la primera despedida, las lágrimas de mi madre, la separación de la familia, son temas que han seguido afectándome el resto de mi vida. Tal vez por eso, todavía hoy, evito, si es posible, las despedidas.
Con el estudio de la psicología me di cuenta de cómo las condiciones de nuestra niñez influyen en nuestra autoestima.
La imagen que tenemos de nosotros mismos depende mucho del significado que asignamos a las circunstancias de nuestra niñez.
Hay personas que no crecen, o quedan estancadas, por las circunstancias o eventos de la infancia.
Otras sí cambian, debido a la educación, psicoterapia y el ambiente en que viven.
En mi vida adulta, los recuerdos de mi infancia me han ayudado a comprender y ser compasivo con muchos emigrantes que han tenido que desraizarse de su país y separarse de sus familias para buscar mejores condiciones de vida.
En España, conocí padres de familia que fueron al extranjero a buscar mejores condiciones económicas y dejaron a sus hijos con los abuelos.
En los Estados Unidos traté a muchos padres mexicanos que también por razones económicas dejaron a sus hijos en México, sin poder regresar a verles durante más de siete años.
Algunos de esos padres marcharon a escondidas de los hijos. Otros, les engañaron o los dejaron sin ninguna explicación. Cuando se encontraban nuevamente, ni los hijos ni los padres eran los mismos, se había roto el apego emocional.
En mi profesión de psicoterapeuta observé el sufrimiento de muchos de esos padres, separados de sus hijos. Y muchos de esos padres no comprendían el daño emocional que habían causado a sus hijos.
    Aunque sufrí mucho con la separación de mi familia, me adapté y completé el bachillerato en el Colegio de los Dominicos, dos años en el colegio La Mejorada, Valladolid y tres en Santa María de Nieva, Segovia.
Fueron años de una vida estructurada, rígida, con mucha disciplina y estudios rigurosos.
Los dominicos exaltaban los valores de la oración, del estudio y el deporte: “Anima sana in corpore sano”, un alma sana en un cuerpo sano.
Después de levantarnos, el aseo de la mañana, la misa, el desayuno, cuatro o cinco horas de clase, con recreos intercalados, varias horas de silencio y estudio en el salón.
Sin atreverme a cuestionar nada, gradualmente me fui adaptando al horario y disciplina del colegio. Nos levantábamos a las seis de la mañana. Los lavabos estaban a la esquina del dormitorio y esperábamos nuestro turno. Los inodoros estaban en un piso distinto y también íbamos por turno. Nos poníamos en fila y, en silencio, levantábamos un dedo, o dos, para indicar al sacerdote que estaba de inspección si teníamos necesidades menores o mayores.
    No había agua caliente. Durante el invierno el agua estaba congelada, con el frío me salían sabañones en las manos. Las duchas estaban en un piso distinto. Nos bañábamos solamente dos o tres veces durante el año escolar, siempre también por decisión de los sacerdotes y esperando nuestro turno.
En aquellos años veía eso con normalidad. En mi vida adulta, reflexionando sobre el ambiente de mi adolescencia, me he ido dando cuenta de que viví una vida sin opciones, controlada por  educadores dominicos, muy estrictos, conservadores, víctimas también de sus circunstancias y de una educación cerrada, producto de su tiempo y, peor todavía, algunos de estos sacerdotes tenían problemas psicológicos: castigaban físicamente, mandándonos poner de rodillas, pegaban pellizcos en los brazos, bofetadas en la cara, y a veces, castigaban quitando la merienda o la comida.
Ya adulto tuve la posibilidad de visitar a uno de mis profesores sacerdotes. Comentando con él sobre esos años de colegial, le pregunté por qué no nos habían enseñado a ser más libres. Me respondió: «No podía ayudaros a ser más libres porque yo estaba peor que vosotros».
Durante mi estancia con los Dominicos no sentí ningún apoyo emocional. Los padres y familiares tenían el privilegio de las visitas durante las Navidades o Semana Santa. El resto del curso estábamos solos. Mis padres, como vivían lejos, nunca fueron a visitarme. Les veía solamente durante las vacaciones del verano.
La carencia emocional, a tan temprana edad, impactó mi vida. Años después, gracias al estudio de la psicología y al ambiente en que viví, fui capaz de superar este vacío emocional.
He conocido a muchos sacerdotes que han sido incapaces de superar esta negligencia y han tenido problemas psicológicos, sufriendo lo que en sicopatología se conoce como desorden de personalidad y estancamiento de crecimiento emocional.
Los primeros meses en el colegio fueron difíciles. Todas las semanas esperaba cartas de mi padre, que no siempre llegaban. Cuando las recibía, las leía varias veces y después las archivaba en mi pupitre.
Gradualmente, fui haciendo amigos y nos consolábamos mutuamente.
No hace mucho, un compañero de entonces me recordaba una escena del recreo, cuando nos reuníamos a llorar detrás del pajar. También me ha mencionado que me llamaban «tanque» por mis zapatos típicos y mi estilo de jugar al fútbol. No jugaba bien, pero era bruto.  Mi lema era: si me pasaba la pelota, no pasaba el jugador.
  Al comenzar el curso, me di cuenta que académicamente no estaba a la altura de los colegiales que venían de las ciudades pero enseguida me puse a su nivel.
Los Dominicos valoraban la buena conducta, la excelencia académica y las cualidades deportivas. Si sobresalíamos en alguno de estos aspectos, éramos premiados y eso ayudaba a mejorar la autoestima, o el concepto de uno mismo. Recibí varios diplomas durante los cinco años escolares y me sentí valorado.
    Durante mi infancia había oído muchas cosas negativas sobre los sacerdotes diocesanos. Con la excepción de mi padre, casi todos mis familiares eran anticlericales. A los sacerdotes se los consideraba bichos raros. Los llamaban «cuervos» porque se vestían de negro e infundían miedo. La gente se mantenía a distancia y solamente eran solicitados para bautismos, bodas y funerales.
En mi adolescencia seguí oyendo estas críticas: mis familiares y vecinos me aconsejaban que no me hiciera sacerdote. A mi madre tampoco le agradaba, pero nunca se opuso.  En cambio, a mi padre le gustaba y me animaba.
Durante mis años de colegial, mi opinión sobre los sacerdotes fue gradualmente cambiando. Empecé a observar en algunos de ellos sentido del humor, sacrificio, altruismo. Otros, eran abusivos, física y emocionalmente. Incluso se rumoreaba que un sacerdote abusaba sexualmente de alumnos.
Recibí algunos castigos corporales, como pellizcos, bofetadas en la cara, pero la mayoría de los sacerdotes me trataron bien.
Quizás por eso, sin tener otras opciones, comencé a contemplar seriamente la idea de hacerme sacerdote.  
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Por cortesía de Magín Borrajo, publicamos el capítulo II de su libro "BUSCANDO SER HUMANO", Palibrio, Bloomington 2014. Puedes adquirir el texto completo en Amazon o bien en esta página http://www.maginborrajo.com/

Wednesday, September 30, 2015

ASÍ FUE MI VIDA: La Mejorada (Memorias del P. Niceto Blázquez)*

El  P. Niceto Blázquez en su celda de S. Pedro Mártir (Madrid)
La llegada al colegio de La Mejorada tuvo lugar en una tarde de septiembre de 1950. Me llevó mi padre, con el cual yo me sentía siempre protegido contra todos los males. A pesar de mi niñez hablaba conmigo de las cosas como si yo fuera una persona mayor, lo cual era para mí motivo de orgullo e invitación constante a la responsabilidad. El trayecto desde Hoyocasero a Ávila lo hicimos en autobús y de Ávila a Medina del Campo, en tren. Por cierto, era la primera vez que yo viajaba en tren ya que hasta entonces no sólo había viajado a Ávila desde Hoyocasero. 

Allí, si mal no recuerdo, nos fue alguien a recoger para llevarnos directamente al colegio de La Mejorada, situado a pocos kilómetros de Olmedo y a donde había que acceder por un camino polvoriento entre viñedos. Al llegar a la puerta principal me alegró mucho ver el frontón de pelota aunque no tan bien acondicionado como el de mi padre en Hoyocasero, donde a mi corta edad era yo todo un líder en ese deporte. Lo primero que hicimos fue saludar al P. Román Azcoaga, el cual era un venerable fraile dominico del que en mi casa sólo se habían oído decir palabras laudatorias y él mismo nos presentó al Rector del colegio. Este primer encuentro con el Rector fue meramente protocolario y expeditivo de suerte que a los pocos minutos perdí de vista a mi padre. En aquel momento me sentí como perdido entre una “muchachería” sin nombre. Fue una separación muy brusca de mi padre pero yo sentí el deber de ser consecuente con la decisión que había tomado de iniciar una vida nueva radicalmente distinta de la que había llevado hasta aquel momento. 

Yo había puesto en juego mi propio futuro y había que perder el miedo. Algunos de aquellos muchachos que empecé a tratar terminaban de llegar como yo y otros eran veteranos del año anterior. En el colegio sólo se impartían los dos primeros cursos académicos del Bachillerato. Recuerdo que inmediatamente nos llevaron al comedor para tomar la merienda y, de repente, cuando yo conversaba animadamente con el compañero de al lado, que también terminaba de llegar, presentándonos y comentando el viaje, se oyó una voz potente gritando: ¡Silencio! Era el fraile responsable de la disciplina en aquel momento el cual nos conminaba a tomar la merienda sin hablar unos con otros. Esta fue la primera sorpresa desagradable. ¿Será malo hablar con el compañero de al lado mientras merendamos?, pensé yo, y todo parecía indicar que sí. Los veteranos nos informaron después de que en el comedor había que guardar silencio y escuchar una lectura durante el almuerzo y la cena. No me pareció mal en absoluto que se escucharan interesantes lecturas en aquel lugar para lo cual, obviamente, había que guardar silencio.

Lo que no cabía en mi cabeza es que no me hubieran informado previamente de esta costumbre viéndome obligado a oír un reproche innecesario cuando yo lo único que estaba haciendo era saludar y darme a conocer como persona bien educada al compañero que tenía a mi lado. Las sorpresas fueron en aumento y algunas de ellas bastante desagradables quedaron grabadas en mi memoria. Por ejemplo. Llegó la noche y con ello la hora de dormir. Pero ¿dónde? Yo había dejado mis pertenencias en un salón inmenso con dos filas de camas. ¿Será aquí?, pensaba yo. Allí era, efectivamente, y ésta fue otra sorpresa desagradable para mí, recién llegado al colegio. Yo me sentí indefenso al tener que aceptar que aspectos esenciales de mi vida privada quedaran a la vista de los curiosos y tuve la impresión de que me robaran la intimidad al perder aquel trato personal y confidencial al que yo estaba acostumbrado. Digamos que me sentí despersonalizado y masificado como un objeto cualquiera. Yo entendía, por ejemplo, que el dormir y la higiene personal son aspectos de la vida íntima de una persona que en el dormitorio común son fatalmente violados. En La Mejorada cursé los dos primeros cursos de bachillerato: 1950/1951 y 1951/1952. Mi padre volvió por Navidad para conocer mi situación y mi alegría fue inmensa al verle después de tres meses de ausencia. Pero no le hablé de mis desilusiones pues yo no quería bajo ningún concepto que él regresara a casa insatisfecho pensando que se había equivocado llevándome allí. Yo entendía sin dificultad que había que dejar pasar el tiempo hasta ver cómo evolucionaba la situación. 

Un hermano mío me había dado este consejo: si ves malas y no buenas, te vienes a casa y asunto terminado. Como balance global de mi paso por el colegio de La Mejorada cabe decir lo siguiente. No encontré el trato personal que yo necesitaba y me sentí tratado como un objeto perdido en una masa bulliciosa de muchachos que buscaban hacer deporte y divertirse inocentemente. Yo necesitaba algo más y no lo encontraba tampoco en la docencia de las aulas ni en las relaciones con las autoridades educativas del colegio. En algún momento no descarté la idea de tirar la tolla y volver a casa con mis padres siguiendo el consejo de mi hermano Mariano. Pero había un anciano misionero que del Extremo Oriente discapacitado y fue para mí un referente admirable. Se llamaba Eugenio González y la enfermedad había convertido su cuerpo en un montón de ruinas, pese a lo cual, su cabeza y su corazón eran admirables. Era el párroco de Calabazas y hacía el camino desde el colegio al pequeño pueblo arrastrándose por los pinares y cruzando el río Adaja con serio peligro de caer al agua. 

Cuando los estudiantes estábamos por los campos de deporte y le veíamos asomar de vuelta a casa, algunos salíamos a su encuentro y nos sentábamos a su alrededor en el suelo bajo la copa de un pino. Luego cargaba la pipa de tabaco, nos hablaba de las misiones en Vietnam y respondía a nuestras preguntas. Cuando considerábamos que el tiempo no daba más de sí, le ayudábamos a levantarse del suelo y continuaba su viaje de vuelta a casa arrastrando una pierna por el polvoriento camino sosteniendo a duras penas la pipa. Era un espectáculo de debilidad y grandeza humana al mismo tiempo. Este hombre, aparentemente inútil, fue mi verdadero maestro durante los dos años académicos que estuve en La Mejorada. De él recibí el trato personal y comprensivo que yo necesitaba cuando me sentía perdido en una masa de muchachos colectivizados y sometidos a un sistema de educación masiva. 

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* Por cortesía del autor, adelantamos el capítulo 2 de "Así fue mi vida", editado para este blog en tres partes. ASÍ FUE MI VIDA. Recuerdos y pensamientos. Tomo I. Niceto Blázquez, O.P. © 2015 Editorial: Liber Factory. Está prevista su publicación en unas semanas

Sunday, September 6, 2015

P. PABLO (In Memoriam)

P. Pablo Sánchez-Fuentes Pérez 1936-2015 (Imagen: El Norte de Castilla)
Los primeros días, recién llegados a las Arcas Reales en primero de bachillerato, principios del otoño, se tornaban en una exploración continua de clases, pasillos, patios y campos de deporte. Hasta toparnos con la frontera infranqueable del pinar de Antequera, en el fondo sur del Pabellón de Menores. Incluso aunque ya hubiéramos pasado allí unos días en agosto, durante el cursillo, el comienzo del curso era algo completamente diferente. Se acabaron los juegos que duraban casi toda la jornada. Ahora, nada más dejar la maleta de cartón en el dormitorio corrido, se repartían los libros de texto y, con once años, nos enfrentábamos a un mundo completamente desconocido, tan diferente del de los ocres páramos castellanos o los empinados prados asturianos. Exultantes por haber sido admitidos, expectantes por lo que nos deparaba el futuro inmediato y ojo avizor para reconocer donde estaban marcados los confines que podíamos habitar.

Naturalmente, la inspección se extendía rápidamente a los dimes y diretes que los alumnos de los cursos mayores nos iban transmitiendo a los recién aterrizados, finales de septiembre de 1967. Rápidamente clasificábamos a los profesores en dos categorías separadas y estancas. A unos como huesos duros de roer, mayormente antipáticos, de sopapo fácil y tendentes a no calificar más allá del suficiente raspado. Otros, según decían, eran cercanos y amables con los alumnos, propensos a puntuar por arriba en las notas de los exámenes.  En conversaciones más susurradas nos iban llegando los motes, transmitidos de curso en curso. De esta manera se establecía un ágil, aunque no siempre veraz, encasillado de todos aquellos que -más pronto o más tarde- iban a entrar en contacto con nosotros en las aulas. Los profesores iban cambiando a medida que se avanzaba en el currículo académico, así que si aguantabas los cuatro años en Arcas Reales se terminaba por tener de profesor, antes o después, a casi todos los buenos padres.

Como el P. Pablo no impartía la docencia ni en primero ni segundo, el contacto con él fue mínimo durante los dos primeros cursos. Aunque a las pocas semanas ya todos sabíamos que aquel padre joven, apenas debía rondar la treintena en aquella época, enhiesto y huesudo, de rostro anguloso, que caminaba siempre tan envarado, con el hábito impecable e inmaculado, hacía honor a su apodo, el P. Chopo. Los apodos, que algunas veces reflejaban la ironía, a veces cierta inquina de los alumnos contra algunos profesores, era, en este caso, meramente descriptivo. Ciertamente no era de los más simpáticos y cercanos, antes bien era riguroso, al decir de los mayores, en las clases de matemáticas que impartía a partir de tercero, marcadamente austero en el trato y buen guardián de las distancias.

Algo que pudimos comprobar durante las semanas previas a la fiesta de Santo Tomás, cuando nos hacía repetir las tablas de gimnasia, una y otra vez, con las que dejaríamos boquiabiertos a nuestros padres. Así que los dos primeros años, mi contacto con él fue lejano y puntual y, creo recordar, imbuido de un más que notable temor. Que los interminables ensayos de las tablas de gimnasia se practicaran bajo la mirada atenta, en aquellos años grises e inanes del franquismo, de un uniformado y bigotudo coronel del destacamento aéreo de Villanubla, no ayudaban que el P. Chopo, quiero decir el P. Pablo, fuera incluido por los alumnos en el grupo de los padres bonachones, aquellos con los que se podía bromear tirándoles del escapulario del hábito por detrás o sonsacarles, a la hora del recreo, narraciones sobre misteriosas aventuras misioneras en el lejano Tonkín.

A partir de tercero de bachillerato, el temor se acrecentó hasta convertirse en lo más parecido al pánico, cuando me tocó como profesor de matemáticas. Esto no hubiera tenido mayor importancia. Había profesores tan estrictos o más que él. Sin embargo, en mi caso, el problema se tornó en grave, dada mi problemática, por no decir traumática, relación con los números. En primero y segundo sobreviví, supongo que gracias a la bondad inconmensurable del P. Regino y a que mal que bien las operaciones de álgebra era capaz de sacarlas para adelante con los modestos conocimientos adquiridos de mi admirado maestrescuela de la aldea, Don Tino.

Todo esto cambió en tercero. Para empezar el libro era un trabalenguas absolutamente incomprensible para mis limitadas capacidades lógicas sobre “Inecuaciones lineales con dos incógnitas” o “Correspondencia y relación binaria”. Para más inri, en el prólogo, el equipo editorial de Luis Vives afirmaba que “aunque no tengas afición a las matemáticas, te diremos que también las entenderás con poco esfuerzo: hemos procurado evitarte las dificultades y hacerte agradable la asignatura”. No fue cierto. Lo pasé fatal. Rematadamente mal.

Otra cosa es que terminara sacando un sobresaliente. Hecho prodigioso en mi historial académico, jamás repetido después, y que sólo fue atribuible a los méritos pedagógicos del P. Pablo. Supongo que algo puse de mi parte, pero si no llega a ser por su infinita paciencia y experimentada didáctica, es muy posible que tercero se hubiera convertido en mi particular Waterloo. Derrotado por los conjuntos y los cosenos. Excelencia académica o no, lo cierto es que el temor, ahora convertido en pavor, ante la presencia mucho más cercana del P. Pablo en las aulas, tres o cuatro días a la semana, no desapareció. Antes bien, se incrementó al año siguiente, en cuarto.

Esta vez la culpa no fue de las matemáticas, sino de la clase de Educación Física. Larguirucho y desgarbado, carente de la mínima musculatura, nunca fui sobresaliente en ninguna actividad deportiva. Incluso aunque no estaba en la parte baja de la tabla por lo que concernía a la actividad deportiva y pese a que en los deportes por equipos, gracias a mi altura, llegué a destacar algo, no mucho, en baloncesto. Aunque esto era una minucia para el obstáculo insuperable, un hándicap irresoluble, incluso más complicado que lo del producto cartesiano de dos conjuntos matemáticos: la gimnasia con aparatos. Especialmente con el potro –genuina tortura- o el plinton. Duro de cerviz como yo era, incapaz de doblar el cuello, menos aún la columna vertebral, el terminó por catearme en cuarto. Aquello fue un drama familiar y, sobre todo personal. Que te llegaran las notas del internado al pueblo, cuando la Rosa, la cartera, te encontraba mientras dabas vueltas a la trilla con las vacas, abrieras el sobre con ansia, sabiendo que ibas a tener unas notas excelentes y observaras la mácula insuperable de la Educación Física en la parte inferior del boletín, un ominoso 4, se transformó, ipso facto, en una llorera imparable ante la que la oronda cartera se quedó de piedra.

Mis padres recurrieron a nuestro buen vecino y paisano el P. Félix Salvador. Con sus buenos oficios convenció al P. Pablo de que me aprobara. Aunque fuera duro de cogote, lo importante – P. Félix dixit- eran los sobresalientes en Lengua Española, Inglés, incluso en Religión. Después de todo, en las misiones, los futuros paganos a los que íbamos a convertir los actuales aspirantes a misioneros dominicos, lo lograríamos porque les convenceríamos por nuestra persuasión y recto proceder. Nada que ver con ser capaces de dar tres volteretas seguidas en la colchoneta o hacer el cristo en las anillas. Al poco tiempo llegó una carta manuscrita del P. Felipe Pérez, tutor de cuarto, afirmando que todo se había debido a un error tipográfico. Era mi último año en Arcas. En cualquier caso, todo sea dicho, aquel fue de los pocos malos recuerdos que guardo del internado, posiblemente el peor. Quedó grabado a sangre y fuego en mi memoria y en la carta amarillenta por el tiempo que todavía conservo.

Pasaron los años. Exactamente cuarenta. Volví a contactar con el P. Pablo para que me dejara el listado de alumnos de aquel infausto año donde rocé la tragedia académica por un quítame aquí un salto. Tantos años y tantos alumnos después, para nada recordaba la misericordiosa intervención del P. Calabaza y mucho menos la carta. Se echó a reír cuando se la enseñé. Conversamos largo y tendido en su celda, cómo no, impecablemente ordenada e impoluta. Ya estaba retirado. Aunque en el aspecto físico exterior no había cambiado tanto como los años daban a entender, estaba claro que la enfermedad, que tan digna y temperadamente soportaba, comenzaba a cobrarse su peaje. Lo que más me sorprendió, sin duda ninguna, era la pasión –digo bien, pasión- que seguía mostrando, tras tantos años y alejado ya del circuito escolar, por la enseñanza y por el colegio.

Conversando con él sobre la enseñanza particular de las matemáticas, la conversación fácilmente derivó a lo que significaba para él la enseñanza en general, fueran las matemáticas, la lengua y, ¿por qué no? la educación física: responsabilidad y compromiso, a partes iguales, por parte del profesor y del alumno. Y más, si cabe, por parte del primero, para formar a los adolescentes en el deber y la ética. Si estaba teñida de elementos religiosos, tanto mejor, pero no obligatoriamente. Su obsesión, tiene un libro al respecto, es, era, que los jóvenes no se acomodaran. ¡Que fueran rebeldes!

Durante aquellas dos horas, escuchándolo, me sentí de nuevo el alumno de tantos decenios atrás. Incluso se me pasó por la cabeza que de un momento a otro me explicaría como hacer el pino contra la pared de la exigua celda, puesto que para las matemáticas estaba claramente desahuciado. Pese a los años transcurridos, seguía mostrando un aprecio y un cariño inconmensurable por la labor pedagógica y un afecto inefable, dotado de una excelente memoria, por decenas de alumnos que, agradecidos, habían vuelto a visitarlo, convertidos en hombres de provecho. No, no me pidió que hiciera cabriolas en el terrazo, aunque le faltó tiempo, con más que legítimo orgullo, para mostrarme los libros de matemáticas de los que era autor y que había editado de manera más o menos artesanal. Sin embargo, con diferencia, de lo que se sentía más satisfecho era de su tomo sobre didáctica y pedagogía en el deporte: Polimaion. Además, gran aficionado a la fotografía, disponía de una excelente colección de las actividades deportivas de centenares de internos a lo largo de una decena de lustros. Otros tantos álbumes fotográficos perfectamente anotados y encuadernados por cursos, disciplinas o festivales atléticos. Una inestimable memoria gráfica del internado a lo largo de los más de cincuenta años que vivió en Arcas Reales.

Es difícil enumerar cuánto bien hizo por el colegio, fue director en varios períodos, aparte de profesor. De lo que no cabe duda es que fue un precursor en la promoción e impulso de la cultura deportiva, no por sí misma, sino como herramienta para que sus alumnos se superaran, se fijaran metas, se imbuyeran de la cultura del esfuerzo, mediante el entrenamiento y la preparación, y de esta manera alcanzar metas en la vida. Las deportivas, claro, pero más que nada, convertirse en adultos consecuentes y coherentes, dotados de un profundo sentido ético de la vida, respetando siempre a los demás. Tal y como se hace en el deporte que tanto promovió.

No creo exagerar para nada –ahora rodeados de mercantilismo deportivo y transmisiones atléticas a todas horas nos puede parecer algo banal- al afirmar que fue un auténtico pionero en la enseñanza deportiva. En aquella época algo absolutamente novedoso, más aún en un internado religioso, algo por lo que tantos alumnos le estaremos por siempre agradecidos. Aunque algunos sufriéramos por ello. Todo lo que hizo, desde principios de los sesenta, por introducir el deporte en la vida académica es, desde mi punto de vista, el mejor legado que dejó en Arcas Reales y en aquellos que pasamos por el internado. La enseñanza quedó ahí. Está presente en los que tuvimos la suerte de ser sus alumnos. No sólo en aquellas modalidades más comunes como el fútbol, sino con otra serie de disciplinas más novedosas, especialmente el atletismo. ¿En qué colegio español se enseñaba a lanzar el martillo en 1964? Hasta nuestros padres se asustaban de vernos entrenar con aquellos artilugios.

Pese a la edad estaba dotado de una gran curiosidad por todo aquello que le pudiera servir para seguir gestionando sus escritos, sus fotos, sus propuestas pedagógicas. Tenía, raro para frailes de su edad, incluso entre otros más jóvenes, un interesante blog en Wordpress, ya desde 2007, donde iba vertiendo los comentarios y pensamientos más diversos. Una buena parte, claro está relacionado con asuntos de pedagogía académica, dominicanismo y enseñanza religiosa. Recuerdo que en ese reencuentro le enseñé mi iPad, la primera versión que acaba de salir en España, para explicarle cómo gestionar fotografías. No paró de preguntarme cómo funcionaba y si le serviría para guardar fotos. Al poco me envió un correo diciendo que le habían regalado uno y que era una maravilla.

Unos meses después, con la paciencia que le era inherente, se había molestado en escanear, y poseía centenares, su extraordinaria colección de fotos. Se la ofreció a todos los alumnos que quisieran pedirle el DVD. Muchos nos volvimos a reencontrar, más calvos, más gordos, más canosos, pero más felices, en aquellas imágenes, en blanco y negro, de cincuenta años atrás. Sin hacer distinciones de ninguna clase, decenas de nosotros somos testigos, cualesquiera fueran las sendas por las que la vida nos había llevado, siempre acogió con cariño y excelente memoria a todo el que se presentaba por la portería. Avisando o sin avisar, poco importaba. Si habías sido alumno, tenías las puertas abiertas. Aunque hubieran pasado decenios y a muchos las canas y las arrugas nos hacían difícilmente reconocibles. Asistió, con el mismo entusiasmo que los propios interesados, a la primera reunión de los alumnos del curso del 67, la reunión inaugural propiciada por el listado de matemáticas de tercero que él mismo nos pasó. Habló con todo el mundo, recordando los viejos tiempos. Hablando de su familia en Alemania, de sus predicaciones en el Cristo de Arenas de San Pedro, de las montañas nevadas en la Sierra de Gredos, de las tablas de gimnasia de antaño. Y de matemáticas, claro.

Por ello no me he quedado sorprendido, en lo más mínimo, de los numerosos elogios que tras su fallecimiento han puesto sus ex alumnos en el muro de Facebook. Me quedo y asumo la idea que transpiran muchos de ellos: gran maestro, justo y ecuánime. Enseñó a generaciones de alumnos, con rigurosidad y sin aspavientos, a que le imitáramos y fuéramos personas justas, honradas y responsables. Cabales, aunque no supiéramos hacer piruetas en el plinton o las matemáticas nos trajeran por la calle de la amargura.


Querido P. Chopo, que la tierra te sea leve. Por todo lo que hiciste por nosotros. Mejor, por todo lo que nos enseñaste. Pero sobre todo, porque Él es la resurrección y la vida; el que cree en Él, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en Él, vivirá para siempre. (Juan 11, 25)

Tuesday, March 31, 2015

La biblioteca

Era un internado, claro. Estábamos a finales de los sesenta y con las cosas de leer no se juega. Había que mantener, costara lo que costara, las almas, y no digamos los cuerpos, de aquellas centenas de adolescentes en ciernes, incólumes a toda depravación espiritual. ¡Vade retro el maligno!, imprecaban los buenos padres dominicos. La mayoría de ellos acunados en el nacionalcatolicismo rancio y gris de las primeras hornadas vocacionales de la posguerra. Ante el mínimo tufo, tal como ellos los concebían, de los apartamientos de la recta senda, no cabían las medias tintas. Por banal que fuera el extravío del camino derecho, marcado por una concepción de la moral antediluviana, resultaba de rigor amputar, por lo sano y sin aspavientos, la desviación. Y eso que sí, que estamos hablando de media docena de años, después del Concilio Vaticano II.

Cualesquier aspecto considerado como desliz de la asfixiante concepción moralizante de la vida cotidiana, de los criterios ideológicos y, por supuesto, de los doctrinales, era terreno vedado. Por insignificantes que fueren. En ese sentido, los buenos padres consideraban la lectura como un más que inquietante foco de descarrío. Así que la palabra escrita se reducía a los libros de texto, algún devocionario en la iglesia y las pías jaculatorias de fervorosas estampas. Ni un renglón más. En la mejor tradición conventual, eso sí, las lecturas, cuando las había, fueran en la capilla o en el refectorio, eran un acto público. Las menos, muy restringidas y seleccionadas, escasísimas, sobre asuntos del siglo, las hacía un lector, en voz alta, en el comedor. Las más comunes procedían de una selección de las vidas de santos, y ciertos textos piadosos de autores religiosos, preferiblemente del ramo, dominicos.

Este empecinamiento en limitar las lecturas de los alumnos no dejaba de ser una contradicción flagrante. Se trataba de un colegio académicamente notable, sobresaliente en la mayoría de los casos, según qué profesores, pero no había biblioteca. Ni siquiera una que hubiera estado limitada a unas cuantas enciclopedias de referencia, quizá algunos diccionarios de la lengua, o acaso algunos libros de aventuras juveniles, expurgadas de todo tipo de culpa y pecado. Nada de nada. Ni un libro que echarse a los ojos. Por alguna extraña razón, la lectura era considerada como algo pernicioso. Al menos la lectura en privado.

La contradicción era extrema, además, si se consideraba que, para los estándares de la época –ojalá cincuenta años después muchos institutos pudieran tener ese curriculum escolar del que gozábamos en las Arcas Reales- teníamos la inestimable oportunidad de aprovecharnos de lo que hoy en día se denomina, educación integral. Y a fé que lo era. ¿En cuántos institutos se representará este año una obra tan revolucionaria, he escrito bien el adjetivo: revolucionaria, como “Escuadra hacia la muerte” de Alfonso Sastre? O ¿cuántos estudiantes de qué IES español podrán tener alguien que les explique, antes del verano, la técnica cinematográfica de King-Kong, la clásica y original de Mercian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack ? Por citar algunos ejemplos. Que podían seguir con una más que notable formación atlética, competiciones corales por toda España, sin olvidarnos de clases de música instrumental (“los pianos de la piscina”) o la banda de bandurrias y laúdes.

A veces, he pensado que esta reprobación por la lectura tenía que ver con una obsoleta
cultura dominicana donde es fácil establecer un enlace metafórico, al menos, con el famoso cuadro de Pedro Berruguete. Nuestro Padre Santo Domingo echando un pulso a los albigenses heréticos para certificar que libros consumía (o no) el fuego. Algo inconcebible, incluso en el tardofranquismo, porque mientras a nosotros se nos negaban las lecturas más ingenuas, los estudiantes de filosofía y teología, hacia donde nos encaminaba la escuela apostólica, disponía de una de las mejores bibliotecas españolas, tampoco me he equivocado de adverbio, sobre filosofía y teología. Y allí, media docena de años más tarde, nadie se escandalizaba por tener los libros más heréticos sobre los que uno pudiera poner la vista. Y las manos.

Posiblemente esa animadversión tuviera que ver, más que con la mentalidad de los buenos padres, con la del contexto sociocultural que ellos mismos habían padecido. La lectura, es bien sabido, constituye un mundo individualizado de fantasía y libertad. Absolutamente único, intransferible y personal. Nadie puede controlar lo que pasa por la mente de un adolescente, crecido entre páramos ásperos y valles recónditos, cuando de repente se sumerge en las junglas de Malasia o navega  –nosotros, todos de tierra bien firme- con los piratas de las Antillas, de la pluma de Emilio Salgari. Lo dicho: ¡Vade retro el maligno! Obviamente, otro tanto se podría decir de lo que se nos ocurría cuando veíamos a Fay Wray en las garras del gorila o Pedro, Andrés, Alfonso, Javier y Luis asesinando, tal cual, al Cabo Gobán, según la versión de Alfonso Sastre. Previsiblemente, la percepción pedagógica del claustro era, aunque no fuera cierta, que de alguna manera aquella censura era mucho más manejable al exhibirse delante de todo el conjunto de alumnos, desde 11 a 16 años, reunidos en el mismo teatro.

Lo que sigue ocurrió en Segundo Curso, Sección A, invierno de 1968. Un compañero, quien sabe por qué extraños vericuetos, se había hecho con un Nuevo Testamento. Con doce años, no podía estar más ufano con aquella posesión que le hacía único y diverso. Los demás teníamos idénticos libros de religión, geografía, historia y demás. Él, un librito del todo original. No se le ocurrió otra cosa que, en clase de literatura, mostrárselo al profesor. El profesor, tan excelente para imbuir a los alumnos un más que admirable interés en la literatura, soy testigo de ello, desde Esopo a Gabriel y Galán, los dos poetas extremeños, pasando por los juglares occitanos, y hasta los clásicos, con autores tan difíciles para púberes como Goethe y Cervantes, rápidamente advirtió que aquel diminuto Nuevo Testamento era de unas dimensiones, cuando menos, sospechosas.

Bastó que lo abriera para que gritara, o casi, ¡a la hoguera! En efecto, se trataba de un Nuevo Testamento sin notas, es decir, una versión protestante, monda y lironda, de los cuatro santos evangelios. Para más inri, una versión de Reina Valera. Naturalmente, en clase de religión, ya nos habían advertido de que la mejor señal para husmear el azufre de los herejes, protestantes, albigenses o como se denominaran, consistía en advertir que el Nuevo Testamento no llevara notas explicativas. Pues allí se acabó la clase sobre Lope de Vega. Durántez fue llevado, “ipso facto”, ante el Prefecto de Disciplina que le amonestó severamente y, cómo no, en el mismo paquete le amenazó con la expulsión. Con que el hermano lego le iba a llevar de inmediato a la Estación de Campo Grande para tomar el tren a Palencia. Al final se salvó porque era el alumno que más “chispeaba”, según el argot de entonces, el más listico, de la clase. Ciertamente, el bueno de Durántez, si alguna vez más, un Nuevo Testamento cayó entre sus manos, hojearía tembloroso los pies de página. Tal debió de ser el susto. Y de Peribáñez y el Comendador de Ocaña seguro que no se ha olvidado, dondequiera que esté.

Con catorce años, ya en el Pabellón de Mayores, se comenzó a hacer un esbozo de biblioteca, donde estaba el laboratorio de química (otra buena muestra de que en 1967 nuestra educación era integral). Aparecieron tímidamente algunas enciclopedias, libros de la editorial Juventud, con Julio Verne a la cabeza: “Miguel Strogoff”, “Cinco semanas en globo” y hasta es posible que algunas novelas de Zane Grey sobre el oeste que tan cerca estaba de nuestros anhelos culturales con las películas de los domingos en el Salón de Actos. También algunas colecciones sobre hazañas deportivas ante las cuales nos quedábamos boquiabiertos observando a los gigantes negros de la NBA en saltos imposibles.

Incluso algún profesor, seguramente violando todas las normas de conducta del internado, comenzó a pasarnos a escondidas libros que leíamos a la sombra de las choperas o en las partes menos frecuentadas, al final de los pasillos. El P. Reyero, el mismo que me hacía memorizar quienes habían sido los arquitectos de Santa Sofía (Artemio de Tralles e Isidoro de Mileto), tuvo la gentileza de pasarme una biografía sobre "Franco...ese hombre". Sí, ya sé que biblioteca o no biblioteca, el tomito, una hagiografía en toda regla del dictador, no se salía para nada de la ortodoxia y dejaba poco espacio a la imaginación. Bueno, quizá la campaña del Tercio en Tetuán se podía asimilar, de alguna manera, a las hazañas de Miguel Strogoff en la inmensa estepa rusa. Pero menos era más.

El caso es que lo devoré durante los recreos, en cuatro o cinco días. El P. Reyero nunca creyó que me lo hubiera leído de cabo a rabo. Pero sí, puedo confesar y confieso, me acuerdo perfectamente, que lo leí de la A la Z. Tal era el hambre de lectura que pensábamos que cualquier letra impresa se convertía, por el hecho de deletrearse en dignísima lectura. Incluso aunque en la portada del libro (autores Jose María Sánchez Silva y Jose Luis Sáenz de Heredia) apareciera Francisco con Adolf. ¡Vade retro el maligno! ¡Cómo para no acordarse!


Thursday, March 19, 2015

Mr. Green and Tommy Brown

Mr. Green y Tommy Brown eran los dos personajes del diálogo inicial en la primera lección de mi primer libro de inglés (Modern English, Editorial Mangold) en primero de bachillerato, hacia finales de los sesenta. Por razones un poco largas de explicar, aunque se pueden deducir leyendo este mismo blog, en aquel internado, a orillas del Pisuerga, el inglés (¡ojo, he dicho finales de lo sesenta!) era considerado, sorprendentemente para aquella época gris y endogámica, una asignatura relevante. Al mismo nivel de la geografía, el latín o las matemáticas. Lo que reafirma, dentro de las lógicas limitaciones de aquellos años, que las Arcas Reales era un colegio, desde la perspectiva académica, valga el juego de palabras, de notable alto.

Con once años, a nosotros que llegábamos asilvestrados desde las interminables llanuras castellanas o los remotos valles asturianos, la clase de inglés resultaba el “non plus ultra”, dicho sea sin ánimo de ofender, del exotismo académico. Desde la primera clase, con el padre Juvencio Hospital, la escucha de las andanzas de Tommy Brown y Mr. Green por todos los tópicos del aprendizaje escolar del inglés, desde una invitación a tomar el té, a las cinco claro, pasando por un recorrido en autobús de doble piso por Londres, la intrincada pronunciación nos otorgaba los atributos –al menos nosotros estábamos convencidos- de pertenencia a una categoría académica diferente y excelsa. Lustros antes de que nuestros hijos fueran abducidos por el restringido club de Harry Potter jugando al quidditch, nosotros también empezábamos a formar parte de la élite. ¿Qué descamisado preadolescente de Castilla la Vieja, criadillo de sus progenitores durante el período de la trilla, se podría permitir el lujo de saber que “policeman” significaba, exactamente, lo mismo que guardia (civil) del puesto del pueblo vecino?

Sí, era importante saberte de carrerilla los afluentes del Ebro que desemboca en Amposta o, quizás, ¡en primero de bachillerato¡ describir con los ojos cerrados los tres órdenes griegos de la arquitectura clásica. Pero memorizar y repetir, de manera impecable la secuencia: “Stand up” / What are you doing? / I am standing up” era algo impagable. De hecho, cada vez que pasábamos a la lección siguiente nos sentíamos especiales y diferentes. Acabábamos de dar un paso, tan necesario como selecto, para dejar en el olvido la yunta, los barbechos y las sementeras. Creíamos a pies juntillas que el aprender inglés, otra cosa es cómo lo aprendíamos, nos adscribía a un club exquisito y selecto. El signo de distinción que nos haría intocables cuando en vacaciones regresáramos a nuestros villorrios y aldeas.

Mejor aún, el “An Elementary Course” de la Mangold era el pasaporte, requisito insoslayable, para viajar, cuando fuéramos un poco más mayores, a Cipango, el Tonkín o la mismísima China. Mr. Green y Tommy Brown eran prerrogativas que nos convertían en estudiantes singulares. Antes de volver a casa para las vacaciones de Navidad, un trimestre de Mangold entre encerado y exámenes, éramos plenamente conscientes de que saber lo que quería decir “house” y “church” nos diferenciaba por completo, de manera absoluta, de todos los compañeros de correrías en páramos y valles que seguían con las modestas letanías de la Enciclopedia Álvarez en la escuela de Don Facundo.

Es más, planeábamos que cuando bajáramos del autobús de línea y alguien nos preguntara “¿Qué tal, chaval, con los jodidos frailes?”, le responderíamos en perfecto inglés: “Mr. Abundio, this is a book and this is a pencil”. Preguntara lo que preguntase. Quien lo preguntara. Teníamos preparadas tres o cuatro respuestas estándar (Good morning –el autobús llegaba a las 8 de la tarde- Miss Evilasia). Aunque Miss Evilasia fuera octogenaria y tuviera 12 nietos. And so on. Después de todo, a cuatro clases por semana, durante dos meses y medio, nuestro vocabulario tenía pero que muy serias limitaciones. Y así a todo el mundo. Aquellas navidades hablaríamos inglés con el molinero, con el herrero y hasta con el señor cura. Y nada más. Si acaso retomaríamos el español en la intimidad del hogar, al calor de la hornacha.

Llegados a este punto conviene resaltar que, mera casualidad, fruto del azar o señal de la Providencia, el padre Juvencio Hospital había nacido en un pueblo a cinco kilómetros del mío. Esto no era sino un acicate más para que, al menos yo y aquellos que creíamos indeleblemente que la redención de la yunta de bueyes nos llegaría a través de la lengua de Shakespeare, estuviéramos plenamente convencidos que si el padre Juvencio había aprendido un inglés, presumiblemente impecable en Manila, nosotros podríamos conseguir otro tanto. Seguro que el buen padre dominico también había sido un candidato, como lo era yo en aquella época, a dejar la esteva del arado y no poner la vista atrás. Yo no sería menos.

¡Por Hamlet que lo conseguiría! Mi inutilidad tan absoluta con el álgebra sólo era comparable, aunque fuera por oposición, a la perfecta memorización de los verbos irregulares. He dicho bien, memorización. Éramos unos ases en el aprendizaje del vocabulario, incluso del más obtuso. Tal es así que ese acervo lingüístico, aprender centenas, millares de palabras, no nos hacía avanzar ni una pulgada en hablar la lengua. Pero eso no nos preocupaba, era lo de menos. Con frecuencia sacábamos un sobresaliente en los exámenes, aunque no supiéramos pronunciar, como lo hacía Tommy, frases tan simples como “I go to school”.

Esta manera de aprender la lengua extranjera debía ser, de hecho lo sigue siendo, la orientación pedagógica dominante. Muchos años después, cuando el policía irlandés me preguntó en el aeropuerto de Dublín, creo, “Where are you coming from?”, algo evidente porque era un vuelo de Madrid y mi pasaporte, todavía con los aguiluchos franquistas en la portada verde, lo decían con toda claridad, el bloqueo y la incomprensión fueron tan absolutos que no se me ocurrió decirle otra cosa que lo que le dije al Sr. Abundio al bajar del autobús que me traía de Pucela: “Mr. policeman, this is a book and this is a pencil”.

El policía se partía de risa mientras estampaba el tampón aquel 19 de noviembre de 1980. Claro que peor fue lo del amigo que venía conmigo. Viendo los paneles del aeropuerto que indicaban “EXIT” por aquí y “EXIT” por allá se mostró del todo satisfecho -que le perdonen mis amigos de la verde Eire por la terrible equivocación de tildarles de británicos- mientras afirmaba que “para que después digan que los ingleses son altivos, mira, a todos los que venimos, nos desean éxito, y además nada más llegar”. Y se quedó tan pancho.

Así pues, fue el padre Juvencio Hospital, de la Orden de Predicadores, con su inglés filipino, quien comenzó a abrirnos las puertas del mundo. Sería casualidad o pura intuición, pero al abrir, tras tantos años mi libro de texto de Mangold (que me disculpe mi amigo LuiselMaestro, insobornable pregonero de que la nostalgia es la rebaba de la memoria), me encuentro una nota, a modo de ficha de biblioteca, entre la página 92 y 93, justo antes de comenzar la lección 13: ‘El tiempo presente progresivo en sentido futuro’. Ahí es nada como título de una lección para una clase de inglés práctico. Mira por dónde. Título: La Vuelta al mundo en 80 días, Autores: Julio Verne, Protagonista: Fhileas (sic) Fogg (2º, Sección A).

Para entonces, en segundo curso, palabras mayores, dominábamos a la perfección, no sé si hacíamos otro tanto en Lengua Española con el P. Isidro Rubio, el futuro perfecto: “I shall have been”. Y por supuesto los irregulares think, thought thought y cómo no, el genitivo sajón, que ni los mismos ingleses conocen. Which one is Mr. Brown’s?


By the way, una vez que intenté mostrar a mi padre, mientras él calculaba la hora, mis habilidades lingüísticas: “It is ten past one o’clock”, me respondió: “Hijo, deja de hablar en raro que no te entiende ni Dios”. Supongo que quiso decir ni God.

Monday, January 20, 2014

El padre Calabaza (2 de 2)

Ni siquiera el gran Anthony Mann parecía que pudiera salvarnos, a mi amigo Catón y a mí, de aquella tarde de domingo aciaga. La proyección de “Los héroes de Telemark” estaba a punto de comenzar en la cavernosa sala oscura del teatro, el edificio aislado, al lado de la piscina, que casi todos los domingos por la tarde constituía nuestro principal espacio de ocio. Y de no poca libertad. Aunque estuviera anclada a las duras butacas de madera del salón de actos: teatro a veces, cine con frecuencia, televisión, es decir, fútbol, casi siempre. Poco antes del rezo del rosario vespertino (o quizá fuera antes), en una diminuta televisión, situada sobre el escenario, apenas visible desde las filas de atrás, el partido de liga (¡peligro en La Condomina, penalti a favor de la escuadra pimentonera¡ gritaba Matías Prats desde la pantalla en blanco y negro, con una recepción penosa, repleta de interferencias). Y antes, a la hora de la siesta, en domingos alternos, la película de cine por la que la inmensa mayoría de internos suspirábamos durante buena parte de la semana. Anthony Mann –no teníamos acceso al mundanal ruido, pero quien más quien menos sabía que había sido marido de Sarita Montiel- debía de ser uno de los directores favoritos del P. Isidro Rubio, incansable aficionado cinéfilo de la comunidad de padres, encargado de elegir las proyecciones. La selección, con marcados tintes evangelizadores, no faltaba de perlas cinematográficas que con el paso de los tiempos se convertirían en clásicas. O quizá había sido pura casualidad. El caso es que durante aquel curso se sucedían sus obras, las de Anthony Mann: Quo Vadis, Cimarrón, La caída del imperio romano y ahora Los héroes de Telemark.

Antes de que comenzara la sesión, única e irrepetible –seguro que el hermano lego, cuyo nombre se me escapa de la memoria, el mismo que conducía la furgoneta que nos recogía tras las vacaciones en la estación de Campogrande, estaba ya a punto de colocar las bovinas en el proyector- teníamos una inquieta hora de estudio. Cuando llegaba la primavera, fuere por la hora intempestiva, tras el recreo posterior a la comida, quizá la adolescencia que bien que mal comenzaba a hervirnos la sangre, muy a nuestro pesar, o acaso nos volvíamos alérgicos a  la pelusa de los chopos que bordeaban el campo de fútbol desprendiéndose en flotantes nubecillas blancas por delante de las cristaleras, el resultado era que la modorra inevitable se desperezaba en un santiamén y el aula de modélico estudio en silencio se tornaba un pequeño torbellino de cuchicheos. En cuanto el padre inspector se alejaba por el pasillo para vigilar la siguiente clase, que había pasado a una fase más alborotadora que la nuestra. En cuestión de segundos en el pequeño cuchicheo se entremezclaban discusiones sobre si Kirk Douglas era el protagonista de Espartaco y, cómo no, si el Real Madrid derrotaría al gallito de la temporada, el Real Murcia. El bisbiseo subía de volumen inopinadamente hasta transformarse en algo muy cercano al patio de recreo donde los más osados se levantaban de sus pupitres para ir a admirar los cromos más preciados de animales y
plantas (el álbum se denominaba Vida y Color) que eran el no va más aquel año. (Gil, ¿Tienes el 43?) El cuarenta y tres, que Gil no tenía, era una espectacular imagen doble, de un león en la sabana africana con el Kilimanjaro como decorado.

Hasta el momento exacto en que volvían a oírse los pasos del P. Félix Salvador que venía de poner orden en la Clase B. Se hacia el silencio y como si nada pasara, aunque todos sabíamos la jarana que venía de silenciarse, incluido el P. Félix, volvíamos a aplicarnos a Espronceda o a los quebrados (¿se llamaban quebrados todavía a finales de los sesenta o tenían ya otros fantasiosos nombres?). El P. Félix, con su impecable hábito blanco, los domingos era el día del cambio de muda, hasta para los padres, con sus zapatos de puntera acharolados, iba caminando por entre las cinco filas de pupitres, haciendo una ese perfecta al final de cada una de ellas para retomar la otra en sentido contrario. Casi nada más dar la vuelta para girarse hacia la siguiente, Catón, mi buen amigo del pupitre delantero tuvo la genial idea de meterse el dedo en la boca, ahuecar el carrillo y con el índice hacer un rotundo ruido con la carrillada entrechocando en el interior de su boca contra las encías.

Hay que reconocer que era una artista en la práctica de semejante gesticulación. Parece una maniobra sencilla, pero no resultaba tan fácil extraer aquel sonoro ruido, casi un latigazo, que practicábamos durante largos minutos, nadie lo conseguía como él, en las tardes aburridas de lluvia, cuando no podíamos salir de la galería cubierta. La sonoridad que obtenía era extraordinaria. Capaz de oírse desde el pasillo y, ciertamente, con la clase en el silencio absoluto que la presencia del padre Félix acaba de imponer, retumbó como un estallido. Todos levantamos la cabeza, asombrados de la osadía y conteniendo la risa, aunque el ruruneo era inevitable.

Como el padre Félix acababa de pasar, sólo le basto girarse y sin saber con precisión quien había sido el causante de tan desmedida alevosía, le señaló –acertó a la primera- con el dedo. Quizá para no equivocarse de culpable, estábamos el tercero y cuarto de la fila, por detrás de Durántez y Candanedo, nos mandó poner de pie, a él y a mí, de forma inmediata. Sin mediar palabra, firmes, nos ordenó salir al estrado. En ese año de semiadolescencia, rondando los catorce años, no debíamos ser mucho más bajos que él, se las arregló para sacudirle un buen sopapo con la derecha y a mí, que no tenía ni arte ni parte en la broma, inocente al completo, con la izquierda. Moviendo su cuerpo como un péndulo. Plás y plás. Acertó de pleno en su mejilla y en la mía. Aguantamos sin pestañear, como dos hombretones que éramos. En algunos de mis compañeros se adivinaba el temor a que continuara con el resto de la fila. Lo que no hubiera sido nada extraordinario. A veces los castigos se parecían a las penas decimales aplicadas por las legiones romanas que intentábamos traducir en la Guerra de las Galias. Ya no era que pagaran justos por pecadores. Es que pagaban diez por uno. Pero el asunto terminó allí. Para el resto, no, desgraciadamente, para mi colega Catón y para un servidor. “Y ahora os quedáis toda la tarde estudiando”. Aparte del orgullo renqueante por el tortazo encajado delante de todos nuestros compañeros, a mí me preocupaba sobremanera, que en las siguiente vacaciones fuera con el cuento a mi madre y, antes que nada y sobre todo, lo peor, con diferencia, era quedarme sin “Los héroes de Telemark”.

Ambos teníamos una enorme afición por los tebeos de Hazañas Bélicas y devorábamos los libros de la biblioteca que hablaban del armamento de la II Guerra Mundial, con más holgura que las aventuras de Julio Verne. Así que allí estábamos cariacontecidos, sin levantar la cabeza, los compañeros ya estaban camino del teatro, esperando pasar la tarde lo mejor posible con la clasificación de los invertebrados entre ceja y ceja. Por alguna razón desconocida -la mayoría de los profesores también iban al cine y tenían butacas reservadas con más espacio en las filas del centro- el padre Félix no se movía del estrado, plantado delante de nosotros, vigilándonos como si estuviéramos a punto de asaltar un banco.  Los minutos pasaban inexorablemente, el alboroto de los compañeros camino del teatro se estaba apagando, lo que sólo significaba que todos se habían acomodado y que la sesión estaba a punto de empezar.

Adiós a Richard Harris y a los odiados oficiales nazis, sayonara a los fiordos noruegos y a las inerminables filas de tubos que destilaban el agua pesada. Sin que nadie rechistara, el P. Félix que poseía bastante más benignidad que mala uva nos dijo: “No se lo digáis a nadie, id al teatro pero poneos en la última fila”. Es lo que tenía la herencia de los Salvadores. P. Félix cuando le daba la ventolera y sin mucho criterio te arreaba dos guantadas de padre y señor mío, como a Nano le daba por jurar por la corte celestial. Posiblemente, en su fuero interno, apenas unos segundos después parecía arrepentido de sus desmesuras, de haberse puesto como se ponía y a su manera, tampoco era cuestión de pedir perdón, mucho menos a unos mocosos como nosotros, nos mandaba en secreto al cine.

De hecho su extremada bondad, salvando aquellos instantes volcánicos, tan puntuales, se manifestaba de manera simpar en la enfermería. Era el jefe del servicio médico –por llamarlo de alguna manera- del colegio, auxiliado por un hermano cooperador. La enfermería estaba conformada por unas habitaciones en la planta baja de una de las alas del colegio, la que estaba al lado de la cancha de tenis. Había un utillaje médico de primera necesidad con botiquín y pocas cosas más. Allí ejercía sus funciones curativas el padre Félix. No tenía formación, cómo la iba a tener si su padre era panadero, así que lo mismo que a otros les nombraban prefecto de disciplina o sacristán mayor, a él le habían designado como enfermero en virtud de la santa obediencia. Y cumplía su papel a las mil maravillas.

Ser admitido en la enfermería era un privilegio, un premio, y no sólo por los desvelos del bueno del padre Félix, sino por otros efectos benéficos que se obtenían como consecuencia de las enfermedades. La enfermería era un espacio mítico del que muchos habían oído hablar pero que pocos conocían. Allí sólo se iba en condiciones relativamente graves y bajo permiso expreso del padre prefecto. Los catarros del día al día se curaban en el dormitorio corrido, aguantando a pie firme los inviernos pucelanos en aquella nave industrial que hacía las veces de dormitorio. Así que ir a la enfermería ya representaba una prebenda. Sólo se iba en las grandes ocasiones, cuando había algún temor serio de contagio generalizado: paperas, sarampión o similares.

Tenía dos grandes ventajas, aparte de los ánimos y el cariño que mostraba el P. Félix, no se acudía a clase y las hermanas dominicas de la cocina, estaba situada muy cerca del comedor de los pequeños, siempre tan solícitas se las arreglaban para endulzar con algún caldo especial o alguna golosina a los internados en aquella especie de UVI conventual. Allí, jamás, el padre Félix sacaba a relucir el genio heredado de los Salvadores, siempre dando ánimos a los sufrientes, sin que le faltara la ironía con los que tras varios días comenzaban a espabilarse pero intentaban por todos los medios alargar las vacaciones escolares. (“Vaya cuento que tienes, Valcabado, tú deberías estar ya en clase con tus compañeros, le decía medio en broma a Luis, así no aprenderás  nunca el ablativo”).  Lo que más pronto que tarde terminaba por ocurrir. Los vasos extras de Colacao no duraban más de tres o cuatro días.

Allí, en las aulas, al padre Félix  le volvía a relucir la genética familiar. Como profesor de latín que de muchos fue, en primero y segundo, también se le iba la olla con facilidad. Salvando a algunos más ilustrados, la mayoría no teníamos ni idea de la lengua de Virgilio al empezar el internado. Ni mención del vocativo en la Enciclopedia Álvarez. Repetir de carrerilla, sin pestañear, pero sin tener idea del significado, menos aún del genitivo posesivo, el santus, en respuesta a las exhortaciones del párroco en la iglesia de la aldea pueblo no contaba. Así que encontrarnos, de golpe, sin previo aviso, con declinaciones y casos no era, al menos para la mayoría, tarea fácil. Aunque por línea general no se nos atragantaba tanto con las matemáticas, no faltaban las veces en que las declinaciones se tornaban laberínticas y confusas. Incluso para el bueno de Durántez, un compañero brillante, que “chispeaba” (como se decía de los que destacaban en clase) también a veces se le atragantaban las terminaciones verbales. Y allí estaba el P. Félix en su mejor versión de los “Salvadores” del pueblo. En cuanto Durántez se quedaba ligeramente dudoso sobre la desinencia verbal, le faltaba tiempo al P. Félix, entre las carcajadas generales de todos los compañeros, para decir: “Cero por no saberlo, cero por equivocarte (en realidad no se había equivocado, no había abierto ni la boca) y cero porque me da a mí la gana”. Esta era una expresión favorita, “porque me da a mí la gana” cuando, como solían decir en el pueblo, “se le encendía la chimenea”. Y acto seguido te encasquetaba tres ceros lo que hacía que a final de mes te las vieras y desearas para levantar aquella losa en las traducciones de Julio César, salvo que el P. Calabaza (cero por no saberlo, cero por…) te dijera, y solía hacerlo,  al final de la clase (No se lo digas a nadie, pero te quito los tres ceros).

Durante los recreos, sobre todo a principios de verano, cuando el calor comenzaba a arreciar no era raro verlo pasear, junto con el P. Pinto, su primo carnal, aunque de estatura mucho mayor, conformando aquella extraña pareja, tan dispar en altura y en carácter. El padre Pinto solía llevar la capa negra, paseaban por el camino que llevaba a las monjas francesas, bordeando el pinar que delimitaba los campos de fútbol, envueltos en una interminable conversación gesticulante. Uno desde las alturas abriendo y juntando las palmas de las manos, como suelen hacer los italianos para expresar hartura, el otro mirando hacia arriba, la diferencia era notable, con aspavientos exagerados, imitando el gesto de tirar una caña para la pesca. Muy posible debían de estar discutiendo del mejor cebo para poner en los reteles, el mismo río pasaba por el pueblo de uno y otro, el mismo valle enmarcaba sus vacaciones veraniegas.

En cuanto a mí, aun sabiendo que los Héroes de Telemark no estaría, como yo discutí después con Catón entre las mejores películas de la historia, aunque a mí aquella tarde de domingo me lo pareció, todavía me veo acurrucado en las butacas traseras del teatro, absorto, admirando la destreza de Kirk Douglas que desciende raudo y veloz las nevadas colinas de Telemark, perseguido por la patrulla alemana a la que guía un traidor noruego. Sólo se oye el ruido de los esquís deslizándose sobre la nieve. Chis, chas, chis chas.


Monday, January 6, 2014

El padre Calabaza (1 de 2)

Desde que era monaguillo en la aldea, más o menos cuando comencé a tener uso de razón, recuerdo al padre Calabaza. Era el mayor de tres hermanos, los tres frailes dominicos, hijos de Honorato, panadero de profesión. El mayor, el padre Agapio, aparecía por el pueblo muy raramente. Algo que no era de extrañar puesto que toda la vida fue misionero en las Filipinas, profesor en la afamada Universidad Santo Tomás de Manila. De los tres era el más chaparro, teniendo fama de jocoso y dicharachero, incluso entre el vecindario, quien por lo demás tenía un respeto extremo por los tres hermanos. Cuando cada media docena de años llegaba en las vacaciones de verano, tenía la costumbre, el hábito blanco en aquella época siempre lo llevaba puesto, de ponerse una boina, lo que a mí me resultaba chocante y hasta cómico, no sólo por el contraste de la inmaculada vestimenta dominicana con la redondeada boina, en su vertiente pamplonica, negra como el carbón, con borlita en el centro, sino porque yo siempre, de manera unívoca, la había identificado con la indumentaria de mi abuelo o los de su quinta, no con un docto profesor en una universidad de Extremo Oriente.

El segundo, en edad, aunque mucho más fortachón que los otros dos, algo cargado de espaldas, era el padre Emiliano, un hombre relativamente adusto, aunque la bonhomía no le había sido extirpada del todo por una formación académica exquisita. Así que si se le presentaba la ocasión no evitaba las conversaciones con los vecinos, sobre todo cuando salía de celebrar, invariablemente a las diez de la mañana, la santa misa, sobre asuntos que para él debían de resultar banales: “¿Qué tal el centeno del monte, Lides?”, inquiría de mi abuelo. Nada que ver con el canon 1.141 sobre los diversos aspectos de disolución del matrimonio rato y no consumado.  Porque además de profesor en la Universidad Santo Tomás, popularmente conocida como el Angélico, en Roma, era también consultor en asuntos de derecho canónico en el Vaticano. Este particular le otorgaba un aura especial de misterio, teñido de un cierto exotismo. Que a mediados de los sesenta alguien de un sitio tan remoto de Castilla, donde la autoridad más ínclita era el obispo, cuando de Pascuas a Ramos aparecía para la visita pastoral, estuviera implicado –nadie sabía con certeza lo que significaba ser un consultor en derecho canónico- con las altas autoridades eclesiales, era un signo de excelencia y distinción extrema. Incluso para el párroco, Don Ovidio, más versado en los intríngulis eclesiales aquello le resultaba misterioso y trataba al padre Emiliano como si portara el capelo cardenalicio. Cuando bajaba del autobús de línea siempre lo hacía con una cartera de cuero negra con cremallera plateada. Allí, sospechábamos los chiguitos, portaba los secretos más recónditos de la Curia. Hasta los remotos páramos de Castilla la Vieja.

Finalmente estaba el padre Félix, como todos le conocían en el pueblo, quien solía decir la misa algo más pronto, a eso de las nueve de la mañana. Así que cuando los tres coincidían en el pueblo, a los que cada tres años se sumaba un cuarto dominico, el padre Ceferino, misionero en Japón, más el párroco, el repique de las primeras, segundas y terceras duraba toda la mañana. Creando no poco desconcierto entre las feligresas sobre si tocaban para la misa de uno o del otro. El P. Félix, el más joven de los tres hermanos, era también el más bajo y, ciertamente, el más campechano de ellos. Siempre entablaba conversación con el señor Honorino, el molinero, a la puerta de la iglesia, a veces con el señor Sulpicio, y hasta que se murió con el señor Isidoro, el cartero que hacía las veces de sacristán y respondía en latinajos a los misereres que entonaba al final de la santa misa por los difuntos que el año precedente habían pasado, previsiblemente, a mejor vida.  

El padre Félix, nada más llegar de vacaciones, a principios de julio, hacia su particular visita pastoral a las familias de los alumnos internos en las Arcas Reales. En realidad sólo hablaba con las madres, los hombres estaban ocupados en la siega o simplemente se descargaban de esa responsabilidad. Durante los sesenta, todos los años había no menos de cinco muchachos -algún curso llegaron a coincidir una decena- de la aldea internos en el colegio de los dominicos. Así que se pasaba todo su primer día de vacaciones de progenitora inquieta a progenitora preocupada por el devenir de sus vástagos. A los que seguían para darles ánimos, que continuaran con sus esfuerzos económicos para pagar la pensión (unas 580 pesetas al mes), aunque la cosecha de trigo no hubiera sido del todo buena, o una peste se hubiera llevado todo el gallinero por delante. “Señora Judit, no se preocupe, que al chico le hayan suspendido en Educación Física no es el fin del mundo, lo importante es que haya sacado buenas notas en las otras asignaturas, ya hablaré yo con el padre Pablo, usted tranquila”, le decía a mi madre.

Efectivamente, yo me había llevado un buen berrinche al recibir la carta con las notas. Que me supiera de memoria quienes eran los arquitectos de Santa Sofía en Constantinopla (Isidoro de Mileto y Artemio de Tralles) o la fecha en que las huestes de Alfonso X conquistaron Cartagena (1245) a las hordas moras había propiciado un sobresaliente con el padre Reyero en Historia. El que fuera duro de cerviz, por utilizar una expresión bíblica, y hubiera sido incapaz de doblar el espinazo como se debía en el plinton del padre Pablo había sido una mácula imperdonable para mis padres. Ellos no hacían mucha diferencia entre la disciplina física y la excelencia académica. Lo que veían, como reverberando sobre el boletín de notas anual, era aquel 4,5 (¡por Dios, padre Pablo!, ¿cuántos segundos menos en las tres vueltas al campo de fútbol para llegar al 5 pelao?). Así que allí estaba el padre Félix, de cuya casa familiar nos separaba una tapia de adobe con el tejadillo típico de la zona, brezo y césped entrelazado, intentando explicar lo inexplicable a mi madre asustada. “Y ¿si no le dejan volver para cuarto?”. Con un afecto y una cercanía impagables en una época donde el clero tenía ademanes de casta distinguida y alcurnia casi ennoblecida, como se veía incluso en los mismos párrocos –no en todos- que bien que sabían guardar las distancias con los fieles.

El padre Félix era un gran aficionado a la pesca de cangrejos. No había tarde, muchos años antes de que se extinguieran por alguna ignota enfermedad, que no saliera con su cesta de mimbre, sus reteles, la horcaja –un bastón terminado en uve con el que se ayudaba para tirar de la cuerda y sacarlos del río- y su secreto mejor guardado: el cebo. Algo que según él le permitía cada tarde llevarse tres o cuatro docenas de crustáceos del riachuelo para que los cocinara su hermana soltera, la señora Davídica. No solía ir a buscar recovecos escondidos en el río Negro (el grande) para echar los aros metálicos artesanales a los que iban enganchadas las redes, muchos atardeceres –según él la hora ideal para que picaran- solía venir al pozo formado por una pequeña curva del río, a la sombra de los salces y de un viejo puente de madera de roble, que estaba al lado de mi casa. Tan cerca que el remanso, un pequeño recodo con un par de metros de profundidad, se llamaba, por mi bisabuela, el pozo de la señora Catalina. A veces la señora Valentina se le adelantaba, así que el padre Félix tranquilamente, con la cesta de mimbre, se alejaba por el camino del arroyal hasta el puente de piedra, unos doscientos metros más arriba. Con su cebo misterioso, su horcaja y sus reteles.

Algunas veces me llevaba a mí de ayudante, sobre todo cuando con el paso de los años se le hacía menos llevadero andar por entre los juncales que cubrían la ribera del río. Por eso sé cuál era su cebo misterioso: cierto tipo de pececillos, de escamas bruñidas cuando se ponían panza arriba con el calor del verano en las correnteras del río que bordeaban el cementerio. Ésa era otra de sus aficiones inveteradas, la pesca con caña. Desde que terminaba la santa eucaristía hasta la hora de comer. Aparentemente los adobaba con algún mejunje para que los cangrejos pudieran olerlos desde más lejos, pero para mí que, simplemente, dejaba que se pudrieran dos o tres días en la tahona abandonada de su padre para que atufaran más. Pócimas o podredumbre,  al echar los reteles en las pozas del río, hedían a demonios.

Así que el padre Félix se pasaba las vacaciones entre sus aficiones pescadoras, mañana y tarde; sus devociones, aparte de la misa, a media tarde se sentaba en la parte trasera de su casa a recitar el breviario, donde yo lo veía a la sombra de un manzano, desde la ventana de la parte alta en casa, por encima del tapial de adobe y brezo, y a confortar a las madres que suspiraban porque sus hijos se convirtieran en hombres de provecho. De otro modo, como le había pasado a mi vecino Fidel, un poco más mayor que yo, tras tres años en el internado, terminaría echando la piedra lipe en la avena de la sementera para preparar la siembra. Sin jamás de los jamases poder llegar a distinguir las diferencias entre el orden jónico, el dórico y el corintio.

En el pueblo, los tres eran mentados como los frailes. Han venido los frailes, se han ido los frailes, he visto a los frailes. Los adjetivos de la congregación o la orden no eran citados nunca. Eran los frailes, a secas. Como mucho, muy raramente, “los Salvadores”, por el apellido del padre. Al señor Honorato, el padre, yo ya no lo conocí, aunque durante muchos años –ahora ya ha desaparecido- la entrada a la tahona se conservó perfectamente, con un par de pequeños bancos adosados en un diminuto soportal,  debajo de un tejadillo donde, muy probablemente, en invierno, las amas de casas esperaban a que el panadero terminara de hornear la masa. El señor Honorato procedía de otro pueblo más al sur, Castrillo, así que en el pueblo la familia de los frailes lo era por parte de madre. En esa parte de la familia materna, la dicotomía era absoluta. Por un lado estaba el señor Agapito, el carpintero que ejercía de carretero, herrero, magnífico artífice en la fragua que estaba al lado de la escuela mixta. Un hombre generoso, de acendradas creencias religiosas, bonachón a más no poder. Siempre dispuesto a echar una mano al labrador que no podía pagarle la reparación de las ruedas del carro hasta después de haber recogido la cosecha o desplazarse hasta el potro para echar una mano en el herrado de una mula levantisca. Un santo varón que no faltaba a misa ni los domingos, ni fiestas de guardar, ni los otros.

Por otro lado, estaba, el señor Emiliano, aunque todos le conocían por Nano, un falangista empedernido, seguramente no por convicción ideológica, sino por la inercia de los tiempos. Le recuerdo todavía con la camisa azul en una de las primeras manifestaciones en la capital –pre organizada, de las de autobús y bocadillo, por el mismísimo gobierno civil franquista- lanzando soflamas en favor de un pantano que nunca llegó a construirse en la montaña. Había sido alcalde por imposición, puesto desde el que había mangoneado no poco: que si ahora la concentración parcelaria se hace de esta forma, que si el regadío se comienza por tal lado… En realidad, manipulaciones insignificantes pero que hacía que la mitad del pueblo estuviera en su contra. Mientras la otra mitad le adulaba hasta que no les quedaba otro remedio que pasarse a primera mitad. Todo ello era de difícil oposición, menos, si cabe, a mediados de los sesenta, y en cualquier caso resultaba irrelevante para el padre Félix.

Lo que realmente le traía a mal traer era que Nano, familiar directo, al menor signo de contrariedad, real o imaginada en su cabeza, por parte de un paisano indócil o de un animal de labranza indómito comenzara a resoplar, empezando a jurar por el estamento más bajo de la corte celestial para, a la vez que en el tono de la voz, ir ascendiendo los escalones jerárquicos de beatos, santos y doctores de la santa madre Iglesia, repasando la letanía de todos los canonizados y terminar jurando por lo más sagrado y lo más alto. Hasta por las cosas más nimias. “Cagüen San Pedrín, otra vez tengo las patatas llenas de escarabajos”. Y de ahí para arriba. Como se solía decir, le llevaban los demonios. Algo que, seguramente, las beatas que acudían religiosamente a la celebración matutina del padre Félix se tomaban al pie de la letra.

Su primo Nano era escandaloso, no sólo para las beatas, el párroco, también para los mozos más curtidos que a veces también se descarriaban en blasfemias y juramentos. Sobre todo para los menores de edad. De niños le teníamos no poco pavor y cuando comenzaba a renegar de santos y vírgenes echábamos a correr para no escuchar sus blasfemas imprecaciones. El cura nos tenía bien avisados de que hasta el simple hecho de oír aquellos perjuros a pie firme y sin moverse constituía pecado. Y no de los pequeños (me acuso de haberme pegado con mi hermano, de haber dicho una mentira al maestro). Así que empezar a jurar el primo del padre Félix y ver correr a los chavales por las esquinas todo era uno.

Para más inri, Nano llevaba todas las tardes de verano las vacas a beber al río que pasaba lamiendo la casa familiar de los frailes. Los animales tenían la mala tendencia, en las tardes extremadamente calurosas de agosto, de dar espantadas y echar a correr en todas las direcciones. Las ha picado la mosca, decían en el pueblo. Nano echaba a correr tras ellas, en su boca todas las letanías posibles y todos los juramentos imaginables. Como sólo sabe jurar la gente muy religiosa, la de los pueblos católicos, apostólicos y romanos. Naturalmente, Nano iba a misa todos los domingos, aunque era uno de los últimos en entrar, cuando el “confiteor” ya había finalizado y el cura se disponía a entonar el “kirieleisón”. Siempre se subía al coro, en la parte de los hombres. El padre Félix que acababa de cerrar su devocionario y se aprestaba para atar el cebo en los reteles no podía menos que oír, su casa estaba a unos diez metros del río, aquel cúmulo de improperios y disparates procedentes de su lenguaraz familiar. “Este Nano se va a condenar”, decía algunas veces, medio en broma, medio en serio.

El padre Félix, un par de veces cada verano, llamaba al orden a Nano para reconvenirle a  que moderara sus ímpetus blasfemos, aunque sólo fuera por respeto a los vecinos y a la familia tan religiosa a la que pertenecía. Nano que -raramente- dejaba de estar enfurecido, si no con las vacas, era con otro vecino, con la cosecha o con lo que se terciase, asumía de buen grado las amonestaciones. Hasta la tarde siguiente que a las vacas les picara otro tábano.


El mal genio debía ser una cuestión genética, de familia. El padre Félix lo tenía, claro, pero más amaestrado. Bueno, hasta que –como bien sabíamos los internos, incluso los que le ayudábamos a pescar cangrejos- se le cruzaban los cables al recitar las declinaciones en la clase de latín o en las inspecciones de estudio las tardes de domingo, antes de la sesión de cine con “Los héroes de Telemark”. Incluso al padre Félix, en medio de su infinita bondad también se le iba la olla. Y uno de los apodos con el que le conocíamos, el de padre Cacharra, debía de hacer alusión a su carácter, ocasionalmente intempestivo. (CONTINUARÁ…)