Saturday, February 12, 2011

Las oraciones perifrásticas (2 de 5)

Tan férrea era la disciplina, tan restringido el control pedagógico ejercido sobre los internos, las veinticuatro horas, con sus días y sus noches, que seguramente por temor a insospechadas desviaciones morales, por increíble que hoy resulte y pese a que era un colegio de pago (aunque poco pagáramos), sólo disponíamos, en el Pabellón de Menores, de una insignificante biblioteca. Sin mucho orden y con poco concierto. Encauzados como estábamos para convertirnos en la élite de la Santa Madre Iglesia, aunque fuera a largo plazo, al menos los que se mantuvieran fieles a su carisma vocacional, se evitaba, como se solía decir, caer en el pecado, eliminando la tentación. Con la inmejorable intención de evitar el peligro de las supuestamente perniciosas lecturas, parecía claro que lo mejor era no disponer ni de las buenas. Alguna aventurilla de Julio Verne, una decena de tomitos de Enid Blyton y la ocasional enciclopedia escolar constituían todo nuestro fondo de librería.

Que en aquella época tan cohibida no tuviéramos prensa, ni siquiera la del Movimiento, parecía hasta comprensible, evitar la disipación de nuestro rústico candor vía las ondas de la televisión franquista, razonable. Pero ¿con qué recovecos de indecencia podríamos toparnos en el primer volumen de El Ingenioso Hidalgo D. Quijote de la Mancha?, ¿En qué disolución ética podría anegarnos el Hamlet de Guillermo Shakespeare? ¿O quizás sí? Ni un clásico, en el supuesto de que los hubiéramos soportado, que echarnos a los ojos. Mucho menos textos de republicanos, exiliados y otras gentes de mal vivir. ¿Quién podría haberse pervertido con el tierno burrito de Juan Ramón Jiménez, o las olmas carcomidas de Antonio Machado, tan cercanas por lo demás a nosotros en las plazas de nuestros pueblos?.

Las pocas lecturas que se nos permitían eran las que nos arrastraban a la pura evasión. Lo paradójico de la situación es que mientras en las proyecciones cinematográficas de los domingos por la tarde nos torturaban con películas nada devocionales, incluso perturbadoras y atrozmente nihilistas, como Harakiri (ilustración); ítem más, representábamos impertérritos piezas absolutamente revolucionarias de Alfonso Sastre, como “Escuadra hacia la muerte”, en la función para el Día de las Familias, la lectura a libro descubierto, como si la tinta manchara, no sólo estaba fuera de nuestro alcance, ni siquiera era una de las actividades a la que se nos incitara.

Aquel colegio que nos propulsaba hacia la flor y nata de la intelectualidad o, por lo menos a no acabar prisioneros de pastos y barbechos, no nos obsequiaba ni una sóla estantería de clásicos polvorientos, ni el más minúsculo tomo de la ubicua colección Austral de Espasa Calpe. Lisa y llanamente no había una biblioteca, al menos no una que pudiera calificarse como tal, si hacemos salvedad del hatillo de volúmenes depositados en un aula, al final del pasillo de las clases de primero.

Que nuestros únicos libros fueran los de texto, resultaba más bien chocante. El aislamiento del siglo era omnímodo. Más allá de la carretera del Pinar de Antequera, para nosotros, el mundo era categóricamente inexistente. La reclusión era tan rígida que hasta en la aldea remota de Castilla de donde yo provenía llegaban las grandes noticias que en la rutina cotidiana de Arcas Reales pasaban completamente desapercibidas. Mi tío Lucio, no sé si por ilustrado o pudiente, quizá más bien lo segundo, estaba suscrito al Diario Palentino.  Sí, llegaba con un día de retraso en la furgoneta que transportaba el correo desde Osorno, pero al menos te podías enterar que durante la Guerra de los Seis Días, Israel se había apoderado de la Ciudad Santa en un despliegue digno del mismo Senaquerib o que La Higuera era un pueblo de Bolivia donde habían fusilado a Ernesto “Che” Guevara. Algún mes reciente de aquel 1967 que ahora estaba llegando a su fin.

Y en los días de invierno, cuando mi tío Lucio usaba el “papel”, como él denominaba a la prensa de forma genérica, “Fili, dále al chico el papel”,  para encender los troncos de roble en la gloria, antes de que pudiera enterarme de que el sudafricano Christian Barnard había transplantado el primer corazón, siempre me quedaba el consuelo de ir a la casa del señor Pablo, que había empapelado el cuarto de estar con las páginas dobles del diario “Ya”. No se puede decir que las noticias fueran frescas, de hecho, muchas estaban ahumadas por la lumbre de la cocina, pero mal que bien, se podía seguir, a caballo entre el humero y los azulejos de la trébede, la apasionante crisis de los misiles cubanos, con ¡tres años de retraso!

En las Arcas Reales, ni eso. Muy de vez en cuando, el P. Prefecto de Disciplina sustituía la lectura piadosa del santoral durante la cena, realizada a turnos por los alumnos, en la más pura tradición dominicana, por algún pequeño recorte del “Diario de Valladolid”, principalmente cuando había algún acontecimiento importante que atañera al Vaticano o, excepcionalmente, algún suceso luctuoso de la tan próxima y tan distante Vallisoletum. Por lo demás, silencio radio. En el Pabellón de Menores, el mismo año que asesinaron a Martin Luther King o los estudiantes apedreaban a la policía en los bulevares parisinos, nosotros aprendíamos de memoria la heroica vida de Tomás de Aquino y como en Roccasecca, con una tea en la mano, dirimió sus cuitas con la ramera que sus aviesos hermanos le habían puesto a huevo (no pun intended).

Pese a todo, como en otras áreas del saber, para saciar nuestra avidez de lectura, nos las ingeniábamos razonablemente bien. No traficábamos a escondidas con las obras completas de Calderón de la Barca, pero las ediciones en vistoso colorín de El Capitán Trueno, Roberto Alcázar y Pedrín o Hazañas Bélicas, pasaban de mano en mano, tras las acequias de riego o a la sombra de la chopera. Difícilmente podría calificarse de refinada literatura las hazañas de Crispín en las misteriosas tierras perpetuamente cubiertas de nieve. Ni de rigurosa historia las planchas, en riguroso negro, como correspondía a la época y a la temática, de la Wehrmacht, donde los valerosos aliados, recurriendo a lanzallamas y bombas de mano aniquilaban los búnkeres germanos. Y sin embargo, Ingrid y Goliat fueron inseparables compañeros de nuestra iletrada preadolescencia, a falta de Quevedo o el Romancero. O quizá justamente por eso. (Continuará…)

Sunday, February 6, 2011

Habla, que tu siervo escucha

Las Arcas Reales eran un internado de los de verdad, de los de antes. De los de aquella época. Su denominación como internado no era un vocablo tomado en vano. La entrada en el patio central constituía para todos nosotros sumergirnos en un diminuto universo absolutamente diferente del que habíamos habitado en nuestras aldeas y pueblecitos. Cuando desde lejos, al enfilar la carretera del Pinar de Antequera, divisábamos la peculiar arquitectura de la iglesia levantándose sobre pabellones y campos de deportes, era como acercarnos al faro de una isla perdida en la inmensidad del océano. Agua por todas partes, sin tierra a la vista, excepto la campana que nosotros habitábamos, al margen de las perniciosas influencias y las dañinas distracciones que dejábamos atrás al traspasar la verja de la entrada.

Allí nos exiliábamos, nos exiliaban, para ser exactos, bajo una bóveda casi perfecta –aunque hacia finales de la década de los sesenta y sobre todo con la llegada de externos, en 1971, el enclaustramiento comenzaba a resquebrajarse- cimentada sobre un sentido riguroso de la disciplina, no pocas veces adobada con algún que otro castigo físico menor, donde el contacto con el mundo exterior nos estaba vedado de forma inapelable. Salvo por algunas migajas dominicales reservadas para ciertos avezados deportistas que se desplazaban para competir en las pistas del Frente de Juventudes o los afamados miembros de la Coral Virgen del Rosario, participantes asiduos en procesiones y concursos radiofónicos de la vecina Pucela.

Para el resto de alumnos, del lunes, en la madrugada, al domingo por la noche, semana a semana, mes a mes, nuestro hábitat, como se dice ahora, estaba estrictamente contenido en aquel maravilloso envoltorio ideado por D. Miguel Fisac. Incluso dentro de aquel espacio físico, también había confines geográficos que bajo ninguna excusa podíamos atravesar so pena de quebrantar, infracción grave, alguna de las múltiples normas. Prohibido ir al Pabellón de Mayores, mucho menos transitar por el de los Padres.  Viaje de cercanías, pero tan exótico, al que por si algún extraordinario y puntual motivo acudíamos, después contábamos con admiración a nuestros compañeros. Los mosaicos que habíamos avistado en su comedor desde la portería o que en su Sala de Comunidad había una ¡televisión!. Así que estudios, yantares, rezos y juegos transcurrían en el reducido espacio de no más de tres campos de fútbol, incluyendo los dos terrenos de juego en los que, durante el recreo, perseguíamos con denuedo el esférico.

Arcas Reales no constituía una excepción. Castilla la Vieja estaba poblada de instituciones similares. En las capitales de provincia, por decenas, en pueblos grandes unos cuantos, incluso en aldeas que habían pasado por tiempos mejores todavía quedaban murallas de huertas conventuales, iglesias de tamaños catedralicios que acogían numerosos internados de monjas y frailes de adscripciones tradicionales y, algunas, congregaciones y asociaciones de nuevo cuño, a cual con denominación más pintoresca que su vecino: montfortianos, espiritados, reparadores. La gran mayoría de estos internados religiosos, nacidos al calor, si se puede decir, de las tragedias de la posguerra se basaban en el concepto, parcialmente equivocado, más ilusorio que previsor y, ciertamente corto de miras, de que el mundo era inmutable, perenne y las penurias de nuestros progenitores y abuelos constituirían “in aeternum” un semillero inagotable de vocaciones religiosas. Arcas Reales era, según creían a pies juntillas muchos de nuestros profesores, el vivero germinal de futuros evangelizadores en los arrozales vietnamitas, manantial de intrépidos misioneros capaces de franquear el, momentáneamente inexpugnable, telón de bambú del tío Mao.

En aquel momento y en aquella época la noción de vocación sociológica era impensable, incluso inaceptable y, sin embargo, muchos de los que por allí pasamos, la inmensa mayoría, sin duda, llegamos allí como consecuencia de un razonable y legítimo deseo de nuestros progenitores para que ascendiéramos por la escala social hacia más abundantes pastos y fértiles barbechos, vía los banzos del estudio y la excelencia académica.  Resumido en aquello de "para que te conviertas e un hombre de provecho". A un costo asequible para ellos, todo hay que decirlo. Tenían meridianamente claro que, de una manera u otra, lo mejor para sus vástagos era que abandonáramos, costara lo que costase, los páramos y rastrojos donde ellos se estaban dejando la vida. 

No cabe duda que su profunda fe religiosa, cualesquiera que fueran sus simples e ingenuas fundaciones, fue un acicate adicional para empujarnos a abandonar el villorrio de la mano del reclutador, denominado, con dulce eufemismo, promotor de vocaciones. Para ellos, representaba un respiro y un alivio que el P. Santiago diera por bueno que su hijo podía emprender la carrera eclesiástica por el mero hecho de saber que el Duero nace en los Picos de Urbión o que las tres virtudes teologales no son cuatro.

Muchos de ellos, sobre todo nuestras madres, siempre nuestras madres, inspiradas por su acendrado sentido de la voluntad divina, no dudaban ni un ápice en creer que Dios nos había llamado al sacerdocio. Seguro que hasta algunas pensaron hasta en la mitra episcopal. A la tierna edad de 11 años. Si la Santa Madre Iglesia había decidido que el uso de razón, curioso concepto psicoreligioso, nos había atrapado con la primera comunión, ¿cómo no pensar que éramos dignos herederos de tantos santos, vírgenes y mártires como poblaban las barrocas paredes de nuestras iglesias y ermitas?.

Tan inocentes éramos, candorosos, que hasta el mismísimo Samuel, (“Habla, que tu siervo escucha”) se quedaba corto, en comparación con nosotros, esperando, duro de oído él, hasta la tercera llamada de Yahvé. Ni necesitamos las recomendaciones de un Elí, ni que el Señor pronunciara nuestro nombre de pila. Nosotros, desertores del arado, respondimos a la primera: Aquí estoy. Bueno, casi todos, pues los que evitaban el cursillo veraniego y aparecían en septiembre, aparentemente, no parece que estuvieran tan prestos a escuchar la voz de lo alto de buenas a primeras.

Arcas Reales no era sino uno más en el extensísimo entramado de internados religiosos y congregaciones varias, eso sin contar los seminarios diocesanos, que poblaban por doquier el suelo patrio, nacional católico, nunca mejor dicho, de la España del incipiente desarrollismo. Sin embargo, la zona sur de Vallisoletum debía acoger una de las densidades más alta de internados religiosos de toda la península ibérica y, ciertamente del extranjero, salvo la Ciudad Eterna. Dominicos, agustinos, redentoristas, recoletos, Sagrada Familia, hospitalarios, maristas y un largo etcétera de sus “yang” femeninos. De tal modo y manera que en aquella época todo el área colindante era conocido con el sobrenombre, no se sabe si anticlerical o cómico, del Barrio de la Hostia (supongo que con hache).

Así que cada primavera, los zahoríes de vocaciones de los diferentes internados, cual radiestesistas en feroz competición, a la búsqueda de impúberes que destellaran el mínimo rasgo de llamada divina, recorrían incansablemente pueblos y aldeas de Castilla la Vieja, Asturias, Cantabria, cuando se llamaba Santander, y las zonas limítrofes. Como fruto de esta búsqueda y captura, allí estábamos nosotros en el arquitectónicamente extraordinario internado, Colegio Apostólico Nuestra Señora del Rosario. Pero si el P. Santiago hubiera ido a Carrión de los Condes por la carretera de Frómista en lugar de por la de Palencia, o se hubiera retrasado con el almuerzo en casa de un antiguo alumno Belorado, cualquiera de sus correligionarios se le habría adelantado en la llegada a la escuela mixta del pueblo y azar de la vida, providencia, destino, cualquiera sabe, alguno de nosotros hubiéramos descubierto que nuestra temprana vocación religiosa, por algo el colegio se llamaba escuela apostólica, no hubiera sido dominicana, sino de San Viator, javeriana, comboniana, oratoriana o incluso jesuítica. Aunque éstos siempre tuvieron la fama de tirar por lo alto. Por edad y clase social. Ninguno de nosotros cumplía el primer requisito, raramente, alguno, el segundo.

Sea como fuere, allí estábamos en segundo curso, año de gracia de 1968, ajenos a nuestra propia vocación, ignorantes al emplazamiento divino, sobreviviendo, generalmente más bien que mal, a ciertas penurias alimenticias y pedagógicas.  En todo caso, muchas menos de las que estaban pasando los compañeros de juegos de la plaza del pueblo. Ni una ni otra achacable a los buenos padres dominicos, cuya perseverante buena voluntad nadie puede negar, incluso bajo el prisma, mirado cuarenta y tres años después, de que ellos mismos eran víctimas de una férrea disciplina ideológica, extraña a un mundo que en menos de diez años iba a sufrir o gozar, depende como se mire, un vuelco radical. Una hoguera de transformaciones y cambios en una sociedad que en aquellos meses nos era tan foránea, pero en la que iban a perecer, con más o menos demoras y sobresaltos, una gran parte de nuestras ilusiones e ideales. También nuestra pretendida vocación.

Saturday, January 29, 2011

Las oraciones perifrásticas (1 de 5)

Mi equipaje literario antes de aterrizar en las Arcas Reales era más bien ligero. « El Parvulito » y la « Enciclopedia Álvarez de 2º Grado » tenían no pocas limitaciones pedagógicas. Como mucho, Don Tino, nuestro maestro de la escuela mixta, nos hacía aprender de memoria algunas greguerías de Gabriel y Galán o nos aleccionaba con moralinas de las fábulas de Félix María Samaniego, Iriarte y otros adelantados a la SGAE, sin que el bueno de Esopo pudiera protestar. ¡Tantos siglos bajo las malvas helénicas!. La más repetida, por aquello de que en las aldeas de Castilla el trabajo era una de las virtudes supremas, solía ser la de la cigarra y la hormiga. La sagacidad tampoco estaba mal vista y, dado que encajaba, por lo fácilmente comprensible para nosotros, en lo que actualmente se denomina “medio natural” -“con”, por conocimiento natural, dicen ahora los de la ESO- la de la zorra y las uvas verdes también era muy popular. No necesitábamos mucha imaginación para identificar, las metáforas eran claramente prescindibles, el fruto prohibido. La tapia por la que se asomaba el parral del Sr. Sinforiano, en la huerta que estaba cerca del río, era excesivamente alta para escalarla, incluso encaramados en los hombros de nuestros compañeros de correrías. De metáforas literarias no entendíamos nada, pero el tapial de adobe coronado con los culos rotos de botellines verdes de Cruzcampo era claramente equiparable a las agraces de Iriarte.

Este modesto bagaje literario, impartido más por su densidad moralizante que por su valor literario, se vió ligeramente incrementado por mor de la rama maternal de la familia. Mi tía maestra, docente en un pueblo de la ribera burgalesa, partido judicial de Aranda de Duero, apreció que las buenas intenciones de Don Tino no eran suficientes para sortear el intrincado periplo académico que, según ella, me depararían las Arcas Reales. Así que durante un año me acogí al amparo de su generoso regazo familiar y magisterial. Aquel grupo escolar, perdido en la linde de Burgos con Segovia, se convirtió de alguna manera en la escuela preparatoria de Arcas. Hasta aquellos parajes ondulados con vides y choperas llegó el P. Santiago González cabalgando en su renqueante dos caballos. Tan convencido él, ignorante yo de ello, de mi vocación apostólica y evangelizadora. Sí, una semillita, pero vocación en ciernes, al fin y al cabo, que convenía apacentar en las Arcas Reales antes de que se desperdigara por los andurriales de las adolescencias inexistentes de las aldeas mesetarias.

Con lo cual, entre mi piadosa tía y el bueno, hasta más no poder, del P. Santiago, aunque me temo que poco perspicaz por lo que concernía a mi sino misionero, estaba claro que mi destino era tanto o más transparente que el MENE, MENE TEQUEL U PARSIN de Belsasar. En aquel año tan añorado de Fuentenebro, habiendo dejado atrás los páramos esteparios de la Palencia norteña, gané un concurso literario, el primero, único y último. Por mi dignidad profesional, quiero creer, aunque siempre queda la duda, cerca de cincuenta años después, que la maestra fue tan honrada como neutral y justa, aunque las madres de los otros alumnos pusieron el grito en el cielo, obligándola a devolver mi preciado trofeo, recuperado con posteridad de algún desván. Seguro que el contenido fue alguna redacción sobre puestas de sol entre robles (verano), la dura vida de los labradores en (invierno) o algunas líneas sobre el bucólico recorrido de los pastores en la trashumancia (primavera). Quizá la caida de la hoja (otoño). El premio era un libro de la Caja de Ahorros del Círculo Católico de Obreros de Burgos. El título, no podía ser de otra manera, “Lecturas burgalesas”. El prólogo no prometía nada bueno: “Al cumplirse el veinticinco aniversario de la exaltación del Caudillo Franco a la Jefatura del nuevo Estado, ha sido proclamada oficialmente nuestra heroica ciudad como “Capital de la Cruzada de liberación”, añadiendo de este modo otro honrosísimo blasón, etc. etc.”. El autor, A. Manzanares Beriaín, nihil obstat, de Luciano, arzobispo de Burgos.

Curiosamente, obviando la exaltación patriótico-provinciana de los prohombres históricos de la provincia a lo largo de los siglos, las biografías y hagiografías estaban narradas con cierto encanto. O al menos eso me parecía a mí. De otro modo ¿por qué lo he conservado durante cuarenta y cuatro años?. Desde “a la caza va Rodrigo/lleva en su mano un halcón/seis criados le acompañan/y su halconero mayor” hasta el himno de Burgos (sólo la letra): “Cantemos unidos a la insigne grandeza/de nuestra Castilla, de nuestro solar/sus piedras sagradas que son fortaleza/y escuela y alcázar y trono y altar”. ¿No es más enfervorizadora esta descripción, incluso desconociendo la tonadilla que lo de Asturias, patria querida?.

Por resumir. A finales de septiembre de 1967 mis conocimientos literarios se resumían en las fábulas de Samaniego y la biografía del Duque de Lerma, entre otros, que por muy burgalés que fuera, Manzanares Beriaín le atiza con la cita de una copla de la época: “Para no morir ahorcado/el mayor ladrón de España/se vistió de colorado…” (esto es, había logrado que lo eligieran cardenal de la Santa Iglesia). De alguna forma, las moralinas de Iriarte y compañía se compensaban con el ojo, sorprendentemente crítico, de las Lecturas Burgalesas. Parece evidente que estas muletillas literarias no parecían demasiado para mi inminente inmersión lingüística en el envolvente vozarrón del P. Gregorio Buena, cuyo curso de primero consistía esencialmente en los análisis gramaticales y en la inversión a la voz pasiva. El perro muerde a Pedro; el perro es mordido por Pedro.

Nuestros cuadernos de espiral, con las hojas cuadriculadas se llenaban rápidamente de frases, mayormente inanes, con el único propósito de espaciar bien los sintagmas (este vocabulario novedoso, en realidad nos llegó unos tres años más tarde, en cuarto), subrayando –requisito necesario la regla- con el bic rojo las diferentes partes y describiendo, según el mejor de nuestros conocimientos lo de sujeto, verbo y predicado. Todavía no existían definiciones impenetrables como ditransitivos, el corrector informático se empeña en corregir el vocablo,  designativos, sintagma verbal, núcleo pronominal. Todo era mucho más claro o gris, depende como se mire. No había otra otra cosa más allá de adverbios, pronombres personales, verbos copulativos, numerosas variaciones del complemento circunstancial. De lugar, tiempo, modo, etc. Pese a todo, tareas gramaticales, tan sencillas como ésa, resultaban infranqueables para muchos de nosotros, naúfragos de escuelas mixtas con alumnos de 6 a 14 años, donde la principal preocupación del maestro, con tan buenas intenciones como escasos medios, era evitar que acompañáramos a nuestros progenitores a gradear los barbechos o a tirar el nitrato en los trigales.

Primero debíamos aprender la nomenclatura, después separar las partes, asignar las siglas correctamente: S, V, CD. Como buenos castellanos que éramos, los complementos indirectos siempre se nos atravesaban entre preposiciones y verbos. El laísmo, leísmo y el loísmo eran una epidemia aparentemente irreversible, aunque no mucho peor que el deje, a veces incomprensible, de gallegos, de Astorga para allá,  y astures. Aunque sin duda, lo peor, bien que la denominación nos cayera en gracia, provenía de la voz perifrástica. ¿Diga?

En cualquier caso, con el P. Gregorio, como para el 99,9º de los enseñantes de Arcas, cualesquiera que fuera la asignatura, el quicial por el que se penetraba en el umbral, mínimamente digno del 5, era la memoria. Aprenderse el listado de preposiciones (a, cabe, con, contra, etc.) de carrerilla,  recitar a Espronceda (“Viento en popa a toda vela…”) con los ojos entornados, silabear las conjugaciones de memoria, especialmente el dañino pluscuamperfecto de subjuntivo, era más que suficiente para pasar la barrera del aprobado. Si, además, el estribillo atañía a todos los “hubiera / hubiese” que en el mundo gramatical existen, el sobresaliente se convertía en un cantar y coser. “Perfeeeecto, Duráaantez”, aseveraba con la voz engolada, ronca de Celtas cortos, agravada por los sin filtro, el P. Buena. La retentiva, incluso en una materia tan rebosante de creatividad y meandros como la lengua, era la llave para alcanzar la verdad suprema. La de no repetir curso. Así que alli estamos, todavía Pabellón de Menores, pero en las aulas de segundo, al otro lado del campo de baloncesto. Mil novecientos sesenta y ocho. (Continuará…)

Saturday, January 8, 2011

El lenguaje cinematográfico en King-Kong

Las butacas de madera, duras y resistentes como los escalones de un anfiteatro romano, pero mucho más ruidosas, propagan cada leve movimiento que, inevitablemente, alguno de los cuatrocientos o más alumnos hace para acomodar mejor sus miradas hacia el escenario. Aunque a decir verdad, los movimientos son apenas perceptibles. El interés de casi medio millar de adolescentes bien focalizado al pié de la gigantesca pantalla. Eso que la proyección aún no ha comenzado. Encandilados por los gestos y las palabras del ilusionista tratando de hacernos comprender los arcanos del séptimo arte.

Nuestra atención obnubilada por las explicaciones del P. Isidro Rubio, cuyo segundo apellido tan vasco, Intxausti, nos resulta exótico. Acostumbrados como estamos a la multitud de González y Rodríguez tan profusos en esta parte de Castilla, tierra de pinares y el padre Duero. En aquella época, mediados de los sesenta, cuando la geografía de provincias y regiones en nuestras aulas preautonómicas estaba sólamente delimitada por líneas de puntitos y trazos, le adscribíamos, sin una pizca de duda a la Navarra de los Sanchos y otros reyes que, de memoria, aprendíamos en las clases del P. Reyero.

Por lo demás, el nombre de su pueblo, Cárcar, se prestaba a fáciles juegos de palabras infantiles. Ítem más, nativo de la misma ribera del río Ega lo era el P. Elías Arróniz al que las secuelas de una enfermedad le hacía tartamudear, algo que a nuestros ojos de preadolescentes resultaba, más que chocante, gracioso. Su problema de comunicación, al contrario de lo que podría haber sido en nuestra probable crueldad postinfantil, un motivo de risión, hasta nos resultaba enternecedor. Tal era la bondad de aquella pareja de carcareses, carcarujos o karkartares (en el supuesto de que el vasco tenga su plural españolizado allende Lodosa).

Sin embargo, el P. Intauxti quedó grabado en el sinuoso recorrido de nuestro currículum académico no tanto por su bondad cuanto por su sentido (común) pedagógico. Lo de común no es una adición huera. Cuando me tocó en clase, hacia 1968, segundo de bachillerato, no debían de hacer transcurrido más de cuatro cuatro años desde que había sido elevado al sacerdocio de Melquisedec. Presupongo, signo de los tiempos, que en ese leve espacio de tiempo sus superiores no le habían, en virtud del voto de obediencia, hecho hacer un curso universitario de pedagogía o algún máster, entonces no se estilaban, de aprendizaje acelerado en la enseñanza a salvajillos, lo que nosotros éramos, venidos de los páramos castellanos y las montañas astures. Asi pues, es más que probable que su discernimiento pedagógico fuera fruto de la intuición, innnato. Porque tenerlo lo tenía. Más de uno y de siete resultamos beneficiados por su magisterio, seguramente sin que el interesado se percatara, he ahí la grandeza. Las diminutas simientes que plantaba en las artes (aprecio por Kubrick, descubrimiento de Godard) y las letras (serranillas del Marqués de Santillana, la copla de pié quebrado de Jorge Manrique), “dejonos harto consuelo/su memoria”.

El caso es que allí estábamos, cerca de cinco centenas de montaraces zagales, antes de que nos refinaran con Howard Hawks y Miguel Delibes, embobados, absortos diría yo, con el truco de prestidigitador que, con su sombra chinesca proyectada en la gran pantalla, nos proponía el P. Intauxti. En estos años hodiernos de avatares, tres de, y realidades virtuales, la propuesta pedagógica para explicarnos las técnicas del celuloide usadas por Merian C. Cooper en 1933 era, si se me permite la expresión, bastante rupestre. Pero eficaz y comprensible como ella sóla. Como si fuera ayer, veo al P. Rubio con dos plásticos rígidos transparentes, de los usados antiguamente en los proyectores de filminas, intentando hacernos comprender, ora uno delante, ora otro detrás, cómo a través del uso de transparencias, el uso sagaz y truculento de las perspectivas, las sombras en las maquetas, Fay Wray se nos iba a aparecer, dentro de breves instantes, desvalida e inmensamente frágil en las garras del monstruo. Y así fue. 

Hubo algunas películas antes. Ciertamente no pocas en la onda de la exaltación piadosa, Fray Escoba, El agua de Bernardette, La señora de Fátima y un rosario más de ellas. Algunos buenos padres creían que el arrepentimiento de nuestros pecados, pecadillos, más bien, nos llegaría de un momento al otro mientras el Cristo silencioso de la cruz alargaba su mano para tomar el pedazo de hogaza que le tendía Marcelino. El de Marcelino pan y vino. Miles de ellas después. Y sin embargo, aquella proyección de King-Kong quedó grabada, un auténtico bautismo cinematográfico que imprimió carácter, en nuestras virginales memorias infantiles. Soy testigo de ello.

Durante varias semanas, con nuestros escasos doce años, apenas escapados de barbechos y sementeras, nos pasábamos los recreos discutiendo si en tal o cual escena, el ardid se había basado en el uso de un plano en contrapicado, si las chozas modeladas de los salvajes isleños del Pacífico eran de mentirijillas o cómo el Empire State debía de haber sido filmado desde un dirigible. Por supuesto, nuestro conocimiento de las técnicas cinematográficas era inexistente. Sin embargo, como por arte de birbiloque, durante unos días nos olvidamos de Amancio, dejamos de discutir sobre los orsays para pasar durante los recreos a usar las cortezas del pinar vecino simulando las canoas que arriban  a la isla Calavera, a la vez que acosábamos al P. Cándido Pérez, profesor de manualidades, para que nos enseñara a construir maquetas a troche y moche. De repente, por obra y magia del P. Isidro, el cine,  evasivo y subversivo, quedándose para siempre, había aterrizado en nuestras vidas de rutina, horarios y disciplina paramilitar.

Es muy posible que cuarenta y dos años después, el tiempo y la distancia hayan embellecido los recuerdos. No obstante, puedo jurar y perjurar por todos los santos de la corte celestial que en todas las discusiones cinematográficas sobre la Nouvelle Vague francesa en las que he participado, en cada una de mis asistencias a cineclubs madrileños variopintos y semiclandestinos, el Caudillo espichándolas, y, por supuesto, cada vez que King-Kong se me aparece en sueños o en Canal Satélite Digital, ahí está, ¡cómo no!, el P. Intauxti con sus transparencias de plástico rígido, sus perspectivas y sus maquetas.

Posiblemente, como él suele afirmar, no es para tanto, amigos, ahora todo es evocación y tiempo marchito. ¿O no?. Siempre resultan misteriosos y enigmáticos los mecanismos, de modo especial en la adolescencia, por los cuales una persona se decanta por una afición, una profesión, una senda por recorrer. Algunos pueden llamarlo azar, otros Providencia, los de más allá destino. Asuntos aleatorios, código genético, vocación, escrito en las estrellas, pura casualidad. Millones de casualidades. Sea. Sin embargo, casi todas las personas son capaces de tomar una referencia muy concreta: acontecimiento preciso, conversación con un familiar, comentario de un profesor:  una, la, circunstancia puntual y exacta que les ha hecho, en lenguaje coloquial, tirar por aquí o tirar por allá. Y por ningún otro camino.

A mí no me cabe, ni la más mínima duda,  que la obsesión por destripar los guiones y así puntualizar donde el guionista tramposo da una voltereta para tomarnos el pelo y salir del callejón sin salida en el que se ha metido, el ansia por descubrir las necedades de directores pretenciosos, la paciencia y el aguante ante tostones insoportables en nombre del séptimo arte, pero sobre todo, las miles de horas de diversión que he gozado con el desfile interminable de imágenes en la gran pantalla tuvieron su inicio exacto en aquella tarde de domingo. Con el P. Isidro Rubio Intxausti. Y King-Kong.

Saturday, December 18, 2010

Pupila nichi

El P. Alfonso, apellido desmemoriado casi medio siglo después, era un duro entre los duros. Férreo, severo. Su renombre de exigente, fuera en las aulas o en los recreos, debía de habérselo labrado con merecimiento durante los cursos anteriores. Su fama le precedía. Cuando empezamos primero de bachillerato en 1967 su reputación de estricto era “vox populi” entre los acoquinados alumnos. Algunos le empezamos a temer incluso desde la primera tarde, cuando los colegas de los cursos mayores, experimentados en tildar con apodos y calificar con adjetivos, a veces jocosos, ocasionalmente despiadados, a los profesores, ya nos lo anunciaron.

 “Veréis cómo se aprenden en su clase de geografía cúales son las principales regiones cerealistas de la península ibérica”, comentaban los más atrevidos de segundo entre susurros y con no poco aire reverencial. Transformado, en los ojos de algunos otros que habían pasado por sus clases, en fundado temor, fronterizo con el pánico. No teníamos ninguna opción para sortearlo. Al menos en las clases. El apellido nos jugaba malas pasadas. Dependiendo si empezaba por la “C” o la “Ye”, el P. Alfonso te podía tocar, o no tocar, en sus temidas clases de geografía. Ponerte firme, para ser precisos, a golpe de capón desabrido, guantazo raudo y tentetieso.

Bastante joven, a mediados de los sesenta no debía de haber alcanzado todavía la cuarentena, de estatura más bien baja, tenía el rostro adusto y reseco de los castellanos viejos. Como si durante años se hubiera dedicado a las labores del campo. No exactamente curtido porque el P. Alfonso cuidaba con esmero su aspecto exterior. La mirada concentrada y alerta, en perpetua vigía, bajo sus gafas de concha, no hacía sino acrecentar su apariencia de celoso oteador de nuestras candorosas conductas infantiles, puntualmente convulsas, a veces tan dislocadas, en aquel primer año de internado. Peinado, incluso repeinado hacia atrás, siempre impoluto, de punta en blanco, la expresión en su más pura literalidad, puesto que su hábito permanecía semana tras semana impecable e inmaculado. Eso  sí, excesivamente atrincherado bajo el cinturón del que pendía el rosario de cuentas negras. Hasta el punto de que cuando se recogía el escapulario entre el cinto y la saya para jugar con nosotros, aquel ceñidor de cuero tenía toda la apariencia de haber sido ajustado un agujero de más. Como excesivo nos parecía el brillo de los zapatos, ni una mota, ni una rozadura mate, en el calzado de punteras negras y alargadas, cordones ajustados milimétricamente a la simetría del charol. Su aspecto pulcro, irreprochable, hasta el punto de ser relamido, aumentaba, si cabe, las distancias que guardaba con la casi totalidad de los alumnos. Que ejerciera de prefecto de disciplina y entrenador deportivo amalgamaba en él todo el peso de las normas y reglamentos existentes en el Pabellón de Menores. Unas cuantas, por cierto.

Algunos profesores nos caían mal por concomitancia con una asignatura que nos resultara intratable, otros porque nos habían castigado al sorprendernos en alguna trastada, pero el P. Alfonso nos caía mal porque sí. Porque nos precavían sobre él, antes, incluso, de habérnoslo topado, azarosos, en la escalera de subida al dormitorio. La cabeza gacha: “Buenas tardes, padre”. Recién caídos de páramos y barbechos, de prados y montañas en aquellos campos de deporte inmensos, en aquellas aulas con tan amplias cristaleras, no podía decirse que tuviéramos, ni siquiera una sóla razón lógica, en el incomodo que nos causaba. Salvo, claro está, en el prestigio acumulado a través de los cursos pasados. 

En las aulas los pupilos tienden a magnificar cualquier acontecimiento, resaltar los rasgos de un profesor hasta caricaturizarlo con gracia o desdén. La caricatura, fiel reflejo de la realidad, era que el P. Alfonso,  por menos que cantaba un gallo, solía soltar sopapos o coscorrones con la celeridad del rayo. Eran tiempos donde el castigo físico no estaba mal visto. Al contrario. Hasta nuestros padres aleccionaban a profesores y prefectos de disciplina a fin de que no se inhibieran en ponernos de rodillas, darnos con la regla en los nudillos o dar quince vueltas al campo de fútbol envuelto en la niebla espesa. Los fundamentos pedagógicos del P. Alfonso, cualesquiera que fueran –aunque sospecho que como los de tantos otros, posiblemente ninguno, había pasado, directamente, de estudiar Dios uno y trino a enseñarnos el censo de la ganadería hispana en aquel año de gracia, por ejemplo, 45 millones de gallinas, según el libro de texto de S.M. para 1º- se reducían a un sencillo e inquietante dilema. O sabías la lección de carrerilla o guantazo al canto. No había términos medios. Y, efectivamente, como nos habían anunciado nuestros amilanados predecesores, las bofetadas que soltaba eran frecuentes, por minucias tan trascendentales como ignorar que las cabezas de ganado cabrío superaban los dos millones y medio desde las columnas de Hércules al Cabo de Gata. Así que mientras no fuera absolutamente necesario, lo mejor era mantenerse alejado de su radio de acción. Esto es, de la de su palma abierta con tanta agilidad.

Las únicas ocasiones en las que resultaba comedido, hasta cercano, era cuando jugaba con nosotros a fútbol, eso sí, siempre, con el hábito. Ni él, ni nadie, osaba quitárselo cualesquiera fueran las circustancias. Hasta el punto de que durante años siempre pensé que el hábito era tan inherente al monje que hasta dormían con él. Se lo levantaba lo justo, el extremo inferior de la saya, para entrelezarlo con el cinturón, pudiendo así correr con más comodidad. Allí estábamos una veintena corriendo detrás del balón y del P. Alfonso, levantando una polvareda considerable. No era malo con el esférico entre los piés, incluso hasta nos gastaba la broma de esconder la pelota en los pliegues de la saya y el escapulario. Ocasión que algunos, aprovechaban para darle patadas, sabedores que en el barullo resultaba improbable que fueran  identificados en su alevosía. Darle puntapiés a diestro y siniestro resultaba una insignificante venganza, inocente resarcimiento como devolución de los sopapos encajados por no saberse de memoria en que provincia están, estaban, las Lagunas de Ruidera.

Usaba una curiosa expresión, a medias amenazadora, a medias cautelar, para incitarnos a estar vigilantes en nuestras actitudes de comportamiento, en nuestro aprendizaje académico. Tras explicar una lección, digamos, el perfil del río Segura, o asignarnos un ejercicio con alguna truculencia en medio, su exposición siempre terminaba con la expresión: “Pupila, nichi”. Un modo de decir que no bajáramos la guardia y que permaneciéramos ojo avizor para recordar que las dos poblaciones principales de Guinea Ecuatorial, que recientemente había obtenido su independencia, eran Rio Muni y Fernando Poo. La expresión se hizo extremadamente popular. Al poco, nosotros la repetíamos con nuestros compañeros, a veces, con el mismo tono amenazante, antes de llegar a las manos con algún compañero, a veces en tono festivo, para denotar que habíamos pasado por alto alguna anotación banal: el conteo en una partida de pingpong, por ejemplo. Es más, reforzábamos la locución con redundancias: “Ojo, pupila, nichi”. La superfluidad del todo, el ojo, y la pupila, como parte del continente servía para resaltar la alerta que, bajo ningún concepto, debíamos ignorar. En realidad, la expresión es “Pupila, ninchi”. Por alguna razón la “n” intermedia la perdimos al asimilarla a nuestro lenguaje infantil. Quizá la ignoramos presos del temor que el emitente nos inspiraba, quizá el propio emisor la pronunciaba de forma errónea.

La procedencia de semejante expresión es de difícil localización. Según el murciano Pancracio Celdrán, experto en insultos, en ámbitos achulados, entre personas que conocen el argot de los bajos fondos, equivale a punto filipino; pájaro de cuentas; sujeto informal y carente de sentido común; mequetrefe que a pesar de ser un mierda puede hacer daño. Parece que procede del caló, lengua en la que significa "chico, muchacho", no entendiéndose lo negativo de su semántica a partir de un sustantivo poco sospechoso de tan extremas maldades. Sea lo anterior cierto o incierto, el caso es que no está mal, encaja con el tono achulado del P. Alfonso y las exigencias que nos insuflaba. Se me escapa lo de “punto filipino”. Efectivamente, éramos unos mequetrefes, incapaces de hacer daño.

Hasta lo de pupila entona perfectamente con otra de las recomendaciones, dado su carácter convendría hablar de instrucciones, a las que reiteradamente nos conminaba el P. Alfonso: a comer mucha zanahoria para preservar la vista, según me recuerda mi compañero Valentín, de insondable memoria. La paradoja, que no moraleja, de este magisterio nutritivo, es que retornando en cierta ocasión de asueto con él, desde Puente Duero, cuando todavía el camino desde las riberas hasta Arcas se hacía sin apenas impedimento, por sendas de campo a través y pinares, bordeando la Fasa y Laguna, la noche nos cayó encima. Con once años, en un lugar completamente desconocido para nosotros, terminamos por desorientarnos y meternos en un maizal. Un gigantesco laberinto de mazorcas y cañas del que a duras penas pudimos salir desperdigados por las cuatro esquinas del sembrado. Descarriados del buen camino atinamos, saltando por acequias, senderos ignotos y pinares idénticos a divisar, cuando nuestro pavor era tan denso como la oscuridad, las curvas blancas de la casa de las dominicas francesas -¿o eran irlandesas?-, como un faro salvador en la noche cerrada. En aquella infausta ocasión lo de pupila nichi no había surtido demasiado efecto, o quizá es que no habíamos comido suficiente zanahoria. Todavía.

Tras cuarenta y tres años, me pregunto que habrá sido del P. Alfonso. El libro de geografía sigue intacto en mi estantería, lo abro al azar por la página 137 y allí están esos mapas por regiones que tanto me gustaban. Con sus pequeños dibujitos, según las zonas de producción, ovejas, espigas, guisantes, mantas, racimos de uva, cerdos, naranjas (en la Huerta de Murcia). Hasta la torre de una mina pegadita a Barruelo de Santullán. Cuarenta años y tantas cosas han desaparecido. En Barruelo hace siglos que cerraron las minas, las mantas de Palencia son las importadas de China, y, apuesto, que de la huerta murciana no quedan más de unos centenares de tahúllas.  En algún rescoldo de la memoria, la severidad extrema del P. Alfonso permanece inmutable. Pupila nichi.

Saturday, December 11, 2010

Septiembre 1967 (2 de 3)


En el tren, camino de Valladolid, la primera vez que veía y montaba en artilugio semejante, admiraba los paisajes del Cerrato, tan diferentes de los verdeantes robledales y pinares del norte de la provincia. Estábamos a 100 kilómetros, pero para mí era como si descubriera otro continente. El curso del Pisuerga –el que lleva la fama aunque otros lleven el agua- se me antojaba, comparado con mi modesto Valdavia, lo más parecido al Amazonas o al Nilo. De éstos, sí que nos había hablado D. Constantino Mazuelas en la escuela. A medida que el pueblo se alejaba en la distancia, una existencia, completamente nueva y desconocida, se entreabría ante mi mirada infantil.

En la llegada a Valladolid se producían los primeros encuentros, al menos entre los cursos más veteranos. Porque para los nuevos, como yo, el inmenso reloj que ya marcaba las 13.30 era la única referencia en el grandioso hall. Como muchos alumnos llegábamos a la misma hora, la camioneta de los buenos padres, conducida por el hermano cooperador, lego, les llamábamos entonces, sin que el vocablo desmereciera para nada su insobornable servicialidad, venía a recogernos para transportarnos sanos y salvos por el camino del Pinar de Antequera. En los años posteriores nos las teníamos que arreglar para, entre varios, compartir un taxi, cuyo costo, incluso a escote, representaba una verdadera fortuna para nuestros magros viáticos.

Asustados, atemorizados incluso, llegábamos al patio de las Arcas con su campana vietnamita, en aquel entonces yo creía que era china, sus elegantes techumbres onduladas, el apabullante ladrillo rojo del edificio de los padres y su diminuto campanario que, para sorpresa mía, era notablemente pequeño comparado con el de la torre de mi pueblo. Los buenos padres aguerridos en lances similares durante los años precedentes, todos de inmaculado blanco, nos daban ánimos, mientras no pocos de entre nosotros rompían (¿rompíamos?) a llorar.

Pisar el suelo y convertirse en magdalenas no era excepcional. Al lado del sauce llorón tomábamos conciencia, por muy infantil que ésta fuera, de que una etapa nueva acababa de iniciarse. Tampoco era raro que más de uno, tras pisar tierra, en lugar de besarla, volviera a cargar el equipaje en el coche y se marchara, huyera aspaventado, más bien, por donde había venido. Ni siquiera se dieron el tiempo, añorantes de prados y secarrales, para deleitarse con las mieles de aquella nueva tierra prometida. Disciplina y rigor, sí, pero también campos de fútbol reglamentarios, piscina casi olímpica y asuetos en los pinares de Simancas. Vocaciones diluidas en la añoranza de barbechos y pastoreos.

Tampoco resultaba extraordinario encontrar a los más llorones, al menos aquella primera tarde, en las esquinas de los pabellones, a lo largo de los pasillos o en algún rincón de los dormitorios. Íbamos camino de hombres pero desparramábamos nuestras lágrimas como niños. Como lo que éramos. A los que habitaban más cerca o a los más pudientes, sus padres les acompañaban en coche. Una ligera envidia me corroía. ¿Por qué a mí no me habían acompañado? Supongo que hubiera sido difícil recorrer los 125 kilómetros en un carro de vacas.

Algunos hasta tenían la suerte de que sus madres vinieran a colocarles sus pertenencias en los aparadores blancos de los dormitorios corridos. Aquellos armarios, muy parecidos en tamaño a un frigorífico, guardarían durante todo el año nuestras escasas propiedades. Para la lavandería, en ese primer día, se nos entregaba una bolsa y se nos asignaba un número. El 309 para un servidor. Tan imborrable como el nombre del prefecto de disciplina o el día de mi primera comunión.

Poco a poco, mientras caía la tarde y llegaban los más rezagados, se iban conformando grupitos, primeros rasgos de camaradería, entre los nuevos. En gran medida basados en paisanaje regional, o autonómico, como podríamos decir ahora. Los asturianos, hasta de adultos hechos y derechos me ha sorprendido su exacerbado sentido clánico, creaban sus pequeñas tribus inexpugnables para los, pongamos por caso, zamoranos o abulenses. ¡Cómo serían, para que paletos y pobres como nosotros éramos, a algunos de entre ellos, nosotros, castellanos viejos, les tildáramos de pueblerinos!. Los leoneses no les iban a la zaga en su concepto de la tribalidad.
 
 

Saturday, December 4, 2010

Septiembre 1967 (1 de 3)

Desde las eras todavía se desprendía el olor a centeno, mientras en el aire flotaba, con suavidad, el tamo de la paja cargada a gariadas en los carros. Las primeras escarchas del otoño recién estrenado se mezclaban con el polvo que desprendía la paja molida al asentarse en la caja del carro. Durante años, el mismo perfume de despedida hasta las navidades tan lejanas, esperando el autobús de línea de los Herreros para trasladarme a Palencia. A las 8.10 pasaba por el pueblo. El bolsillo del pantalón corto, para que no se perdieran, una vez introducidas las 580 pesetas de la pensión mensual, mi madre lo había cosido concienzudamente.

Quinientas ochenta pesetas que habían sudado, literalmente, desde la sementera del año pasado, extraídas azada por azada en el riego de las patatas tempranas y si ningún hado maligno (para ellos la voluntad del Señor) había revoloteado en la cuadra, en ellas estaba también alguna parte del ternero vendido en la feria de Saldaña. Quinientas ochenta pesetas que, según nos decía el prefecto de disciplina, no pagaban ni el agua. Quizá no le faltara razón. Pero con 11 años de aldea perdida en el mapa, nuestros conocimientos de economía eran más bien nulos. Algunos años más adelante supimos, o quizá fantaseamos, con que el déficit lo cubrían misteriosas minas en Filipinas o participaciones en la cervecería S. Miguel. Gracias a esta supuesta capitalización bursátil (¡oh, maligno capitalismo!), entre otros muchos factores, dei padri domenicani, ahora estamos donde estamos y somos lo que somos.

La historia había comenzado un año y medio antes, cuando el P. Santiago a bordo de su flamante dos caballos, había pasado por la escuela única de niños y niñas para despertar nuestro fervor misionero, incitarnos desde su desbordante bonhomía a convertir los paganos en buenos cristianos, allá en el Lejano Oriente. Nuestros padres, que compartían nuestro fervor religioso, probablemente incluso lo superaban, y habían experimentado las penurias de la posguerra, eran plenamente conscientes de la dualidad: las Arcas Reales o el barbecho. Nosotros, ciertamente, vivíamos en la ignorancia de tan excruciante dilema. Después de todo, el internado nos inspiraba no poco temor con sus reglas, sus disciplinas y sus potenciales castigos. En el pueblo, como mucho, algún escobazo de madre desobedecida o que el cura párroco te hiciera pasar la vergüenza de todas las vergüenzas poniéndote con los brazos en cruz, delante de la pila de agua bendita, los feligreses acudiendo a misa de 10, por no saberte de carrerilla las tres virtudes cardinales. ¿O eran, son, quiero decir, cuatro?.

La vida del pequeño salvaje, Rousseau en la Castilla la Vieja, la de los hidalgos y conquistadores tiempo ha evaporados. Sí, sufriendo mientras se arreaba la mula en la noria para regar el huerto o se apacentaban las vacas en la ribera del río. El resto del tiempo era puro y permanente recreo, salva sea la docencia de primaria. Consistía en recorrer el monte a la búsqueda de los nidos de las palomas torcaces, escondidos en los troncos de los robles; perderse en los trigales tras las huidizas codornices y en verano pasar mañanas y tardes en el río, salvo en la época de la trilla, pescando barbos y cangrejos. Antes de que la peste los extinguiera.

Así que las exhortaciones del P. Santiago González habían cundido efecto. Las exhortaciones o la inevitabilidad de las circunstancias geográficas. Incluso sin su aerodinámico Citroen, conmigo lo hubiera tenido fácil para reclutarme para la avanzadilla misionera de la Iglesia, el internado de Eton, o la legión extranjera. Me hubiera resultado igual. Como primo y paisano, ungido en las aguas crismales del bautismo por su propia diestra, que yo terminara en las Arcas Reales no era casualidad del destino, más bien la consecuencia insoslayable de la lógica. O lo dicho: surcos o libros. Así que allí estaba, delante del “Bar Abundio”, junto con mi compañero de infancia y juegos salvajes, Jesús Montes, temeroso e intrigado a la vez por el devenir histórico, oyendo como los pitidos del renqueante autobús, y con él mi futuro, se acercaban por la carretera bacheada, ineludibles, desde la curva de Polvorosa de Valdavia. Mis pertenencias, aparte de las existentes en el pantalón recosido, cabían más que de sobra en la maleta de cartón pluma (¡ojo, que no se moje!) que portaba. Un par de mudas. Sí, en aquella época, nos cambiábamos una vez por semana, no más manito. Algún jersey para los gélidos inviernos pucelanos, unas zapatillas de deporte (marca John Smith, décadas antes de que se pusieran de moda entre los adolescentes), un par de pantalones, camisas y pare Ud. de contar. El aro con la lanzadera, el artilugio que empujaba la rueda de metal, hecho con un agarradero de herrada quedaba escondido en algún rincón de la portada a fin de que mi hermano no aprovechara mi ausencia para apropiarse de uno de los pocos y, seguramente, mi bién más preciado.

Los Herreros llegaban a Palencia a las 9.30 y hasta las doce y pico no salía el tren para Campogrande. Las maletas las dejábamos en el cuartelillo de la guardia civil, en la estación de tren, donde un capitán, nada menos, del pueblo, nos las guardaba amablemente. No se puede decir que no estuvieran perfectamente custodiadas. Teníamos tiempo para recorrer la Calle Mayor, arriba y abajo, una docena de veces. Otra cosa, ni mejor ni peor, a falta de medios económicos, no podíamos hacer. Ni una perrilla para un preciado chupachups que echarnos al paladar. En cada ida y venida, me detenía ante la Librería Merino, extasiado ante las novelas que acababa de sacar la Espasa Calpe. No menos de una docena de libros, yo nunca había visto tantos juntos, decoraban el escaparate. Si en las Arcas Reales devenía en un hombre de provecho, pensaba yo, algún día podría comprarme alguno de aquellos atractivos tomos. Libros de los que por lo demás no había oido hablar en la vida. Valle Inclán, Machado, Juan Ramón Jiménez. El maestro del pueblo, D. Tino, jamás había ido más allá de El Parvulito y la Enciclopedia Alvarez de 2º Grado. Más de cuarenta años después la Calle Mayor todavía conserva esa atmósfera de capital de provincia marginal. La Librería Merino sigue firme en su puesto, con su escaparate en cristal biselado, encajado en un marco de madera marrón oscuro, rimbombante y barroco. ¡Que sea por muchos años!.