Friday, April 1, 2011

Las oraciones perifrásticas (4 de 5)

Cercenadas quedaban, pues, las oportunidades de la lectura, dado que tan complicado resultaba para los buenos padres dominicos someterlas a un control radical y exhaustivo. Resultaba, posiblemente, más eficaz y rápido eliminarlas de un plumazo de nuestra rutinaria vida escolar, que expurgar los tomos de los clásicos, tarea por lo demás imposible. Los amoríos de Don Melón y Doña Endrina, en la pluma del Arcipreste de Hita, no eran, precisamente, un dechado de virtudes morales. Y eso para empezar. Porque la literatura liberal y, ocasionalmente, impúdica del XVIII y XIX, quedaba completamente fuera de nuestro alcance. El realismo mágico latinoamericano estaba en mantillas, aunque del lirismo del Rubén Darío, unas cuantas exuberantes e incomprensibles metáforas salpicaron nuestro devenir, a caballo entre Pío Baroja y Benito Pérez Galdós. De hecho, éramos más dados a la poesía, previsiblemente porque sus contenidos eran más encorsetados y fáciles de controlar, de entender, que a la prosa. Nuestras lecturas homologadas, por así decirlo, componían una reducidísima biblioteca rácana en cantidad, e ínfima en calidad.

Una estantería de ocasión en una sala que no era, ni de lejos, una biblioteca, contenía todo nuestro angosto horizonte literario. Unos cuantos libros de aventuras manoseados por la hilera de cursos precedentes, salpicados por las inevitables vidas de santos y las hagiografías de mártires y vírgenes diversas conformaban nuestro reducido ámbito de lecturas. Otros pluses y otros privilegios se nos donaron en aquella educación calificable de elitista, al menos para lo que se estilaba en la época, pero el acicate de la lectura brilló por su ausencia. Como si con la letra escrita, las páginas numeradas y los tomos encuadernados corriéramos el riesgo, temerosos enseñantes y enseñados, de que nos tragara algún ignoto huracán de moral laxa, agazapada entre la sintaxis barroca de Quevedo y las provocativas escenas de El Decamerón. 

Nos quedaba la escritura. Como si en algún claustro de profesores hubieran decidido que todo lo que saliera de nuestra ingenua imaginación no podía sino ser bueno, al contrario que con la lectura, se nos incitaba a que diéramos rienda suelta a nuestras incipientes anhelos literarios mediante nuestras propias creaciones. Y no sólo en las consabidos y rutinarias redacciones sobre la llegada de la primavera, la vendimia del otoño o los nevados campos invernales. Sin olvidar, claro está, el clásico y enternecedor cuento navideño donde siempre aparecía un niño pobre que terminaba por encontrar holgado consuelo delante del portal de Belén.

Los profesores de literatura, tales el P. Llanos y, sobre todo el P. Rubio, mimaban e impulsaban los brotes verdes de nuestras ínfulas literarias. Efectivamente, nos espoleaban a que diéramos rienda suelta a nuestra imaginación, por lo demás muy limitada, a que saliéramos de los páramos y barbechos que habíamos mamado durante nuestra corta existencia. Nos olvidáramos de las choperas en las riberas de nuestros ríos y las chimeneas humeantes sobre los tejados escarchados de nuestras aldeas. Nos apremiaban  a buscar mundos misteriosos de junglas impenetrables, universos de arena y palmeras, sólo visibles en nuestra imaginación o en la lección sobre Guinea Ecuatorial, capital Rio Muni, cuando era española. A escribir sobre un mar que no habíamos visto, sobre naúfragos en islas que sólo cabían en nuestra imaginación.

Había concursos, veladas literarias, lecturas en voz alta delante del resto de compañeros de la clase, declamaciones poéticas al aire libre, aprovechando el mes de María. Quien más, quien menos tenía su propio cuaderno de espiral de alambre dedicado en exclusiva a estas justas literarias. Casi medio siglo después, lo importante no era el valor de las hojas emborronadas, sino el hecho de que fuera el germen para que en años venideros tomáramos aprecio por lecturas sólidas y, viniendo desde el fondo de aquellos años plomizos, saltaran, ocasionales, las chispas de modestas creaciones literarias.

Los medios eran escasos, pero la osadía inconmesurable. De modo y manera que hasta teníamos nuestra propia revista “CUMBRE”. No era un pasquín al uso de la época, monocroma y redundante. Antes bien, portada a todo color, excelente imitación del huecograbado, páginas interiores con trazos de diseño contemporáneo, envueltas en una colorida y caótica tipografía, con editorial, claramente moralizante, sin firma pero claramente escrito por el director del Colegio y un variopinto contenido que iba –la portada era la Virgen del Rosario reposando sobre una nube de tul- desde comentarios místicos sobre “la sombra de Dios”, pasando por críticas de cine, la insoslayable crónica deportiva sobre las inenarrables hazañas del Club DAR, hasta llegar a reseñas sobre diversas actividades escolares. Disponer, realizar y publicar CUMBRE en aquella época, con aquellos medios, no era hazaña menor.

La publicación, su salida al patio de recreo y el inevitable envío a nuestros padres, que la leían con fruición, era todo un acontecimiento. Los tres o cuatro números  que se publicaban al año eran esperados por compañeros y profesores con inusitada expectación. La tarea de sacarla no era manca, en aquellos tiempos tan en blanco y negro, que raramente pasaban a grises, la revista era tirada a todo color. La portada no tenía nada que envidiar a prestigiosas publicaciones en huecograbado.

El ciclóstil usado para tales menesteres estaba, embadurnado de tinta por todas partes, menos por una, la manivela que lo hacía girar, en un desvencijado espacio,  escondido entre el salón de actos y los vestuarios de la piscina. Por el suelo había papeles carbón, el esténcil, de las primeras copias manuscritas, decenas de hojas sueltas inutilizadas porque la tinta se había corrido antes de que, mismamente, pudiera secarse el titular. Pura artesanía, pues aunque en teoría el mimeógrafo, inventado ni más ni menos que por Thomas A. Edison, era una herramienta para hacer sencillas copias en blanco y negro de textos (justamente, en aquellos años, era la gran época de la máquina usada en la clandestinidad por partidos y sindicatos, aunque, obviamente, nosotros ni habíamos oido hablar de ellos), algunos habilidosos compañeros a fuerza de probar y equivocarse lograban encajar, aproximadamente, eso sí, dibujos en color sobre el hueco dejado a propósito en una previa impresión del texto literario. Cuando en una misma página se combinaba texto, cuadros, diseños y colores diferentes, la precisión de los apañados operarios, siempre pertrechados de un delantal entintado, superaba con creces las expectativas que en el polígrafo hubiera puesto el mismísimo Edison.

Fuere como fuese la máquina de ciclostil terminaba siempre chorreando tinta por todos los rulos y manivelas que la componían. Los operarios, y serlo era todo un privilegio y un honor, incluso más que redactar los artículos, pringadas las manos y la cara de tinta. Cierto, los márgenes salían descuadrados, los colores aparecían o demasiado brillantes o demasiado difusos, la tipografía era daliniana y los contenidos variopintos hasta lo inimaginable. Pero CUMBRE era un logro del que todos nos sentíamos orgullosos: los manipuladores del embadurnado mimeógrafo, los avezados redactores y, ¡cómo no!, nuestros profesores de literatura.

El contenido tipo estaba compuesto por un editorial, “otra importantísima novedad es la categoría de nuestro Colegio… ello nos permite poner en marcha la nueva orientación que hace tiempo veníamos planeando: la admisión de alumnos externos”. Hasta la revista CUMBRE se hacía eco del fin de una era. El editorialista, previsiblemene el director, reseñaba, además una  crónica de eventos y daba ánimos al alumnado para los meses siguientes. En la segunda página una necrológica. En el ejemplar de mayo del 71, de Fray Eugenio Martínez Fernández, recién fallecido. Seguía una poesía a las manos de Santo Tomás de Aquino, mejor, a las de la estatua de Lapayese en la iglesia. De nuevo sin firma. Seguramente, no por mala conciencia de la calidad del poema, sino por el acendrado sentido de la humildad que se nos obligaba a profesar. Firmar algo era sobresalir por encima del resto, fueran o no poetas, y no se trataba de eso (“Tomás, maestro y amigo, quiero besarte las manos. Y espero que tu me des, con ellas, tu bendición y tu abrazo”).

Había un test psicológico, una reseña del mundo de los animales, una entrevista con el director, en este caso el P. Félix Gil, esta sí, firmada por Rafael (Rafael Sánchez López?) y Rubio, quien con mucha prudencia respondía a la insidiosa pregunta de los jóvenes periodistas: “¿Cree que llegaremos muchos a vestir el hábito blanco de los dominicos?”. “Eso sólo Dios lo sabe….”, respondía con vaticana cautela el director. Hizo bien, de los 120 alumnos que conformaban el curso de los jóvenes periodistas sólo se vistieron de blanco seis. Más poesías a la madre, al padre, un relato sobre la audaz fuga de Rocaseca  de Santo Tomás de Aquino, quien aparentemente, por la extensión del texto publicado y el tono literario usado tenía toda la pinta de haberse convertido en héroe del autor (igualmente, sin firma): “La hazaña se ha consumado. Tomás huye rescatado, para ser luz de la Iglesia, Maestro de sabios y santos, Patrono de Estudiantes”. Recuerdo, como en una nebulosa, o quizá me lo he imaginado, las felicitaciones del P. Intxausti por el tono entrecortado de la redacción, frases cortas que se suceden con rapidez, a modo de una crónica periodística: “Mitad del siglo XIII… No existían los periódicos, ni la radio, ni la televisión”, comienza el texto. Pero teníamos “CUMBRE”.

Saturday, March 5, 2011

Las oraciones perifrásticas (3 de 5)

Aquellas lecturas poco edificantes, después de todo El Capitán Trueno o El Jabato vivían en un mundo sin Dios ni santos, y si juraban lo hacían en nombre de los paganos Tor y Odín, no duraban mucho tiempo en nuestras manos. Tampoco se puede decir que la violencia exacerbada de yankis y nazis en la batalla por Creta, durante la II Guerra Mundial, terminara por convertir las Hazaña Bélicas, apaisadas en la forma, en santificadas en el fondo. Así pues, para principios de octubre, aquellos pequeños tesoros, conseguidos con las ínfimas propinas de algún tío soltero generoso, en los tenderos ambulantes de la fiesta del pueblo o, para los más capitalinos, en el quiosco de la estación de Campogrande vallisoletana, terminaban en algún insondable cajón del Prefecto de Disciplina o de alguno de los padres ayudantes que, ángeles de la guardia, desde las habitaciones, uno a cada lado, del inmenso dormitorio corrido, velaban nuestros sueños de preadolescentes.

Así pues, para colmar nuestras modestas congojas de lectura nuestros recursos eran, por así decirlo, apenas existentes. Asunto pedagógico que no formaba parte, en cualquier caso, ni de lejos, de las prioridades docentes de la mayoría de los profesores, enfrascados machaconamente en sus interminables y laberínticos juegos de memoria. La excelencia académica se alcanzaba por la repetición incesante. Había entre los profesores honrosas excepciones, claro, pero nadie, hablando en términos generales, apostaba por incentivar la iniciativa de los alumnos. Ni siquiera se puede decir que el énfasis en las epopeyas memorísticas fuera un aspecto recurrente y exclusivo de nuestro querido internado.

En realidad, conformaba la médula esencial del sistema educativo de aquellos tiempos y, me pregunto, si no ha perdurado hasta bien entrado el siglo siguiente. Aprender los diez mandamientos, los siete sacramentos, las cuatro virtudes cardinales, las tres teologales, con la fiereza de los papagayos y el orgullo de los loritos, era el sino de los tiempos. Los laureles académicos siempre terminaban por reposar en las sienes de quienes se aprendían, como se decía, “de pe a pa”, las batallas de cartagineses contra romanos hasta llegar al lago Trasimeno, sin atisbo de tartamudeo,  o enumeraban los autos sacramentales de Calderón de la Barca, sin entender muy bien, lo que era un auto sacramental. Recitábamos de carrerilla lo de “Al olmo viejo/ hendido por el rayo/ y en su mitad podrido, /con las lluvias de abril y el sol de mayo /algunas hojas verdes le han salido”, sin citar a Don Antonio. Y, por supuesto, contextualizarlo en la época o extraer aviesas parábolas sobre su triste muerte y exilio en Colliure, ni se nos pasaba por la cabeza. No digo ya la nuestra, ni siquiera la de nuestros egregios enseñantes.

Quizá por esa obcecación en las virtudes de la retentiva suprema, la lectura tenía tan escasos nichos en nuestro aprendizaje. La letra con la letra entraba, pero sólo con la letra de los libros de texto, sin desviaciones, ni recovecos supuestamente estériles a los que nos podía conducir una lectura mínimamente liberadora, incluso aunque fuera adaptada, vía la Editorial Juventud o Bruguera, a nuestra temeridad infantil, apenas desterrada de robledales y barbechos. No es de extrañar, pues, que la lectura, tan potencialmente agitadora de conciencias, incluso en épocas plomizas como la que habitábamos, se localizara allende nuestras fronteras mentales.

Las únicas migajas de lectura las recogíamos de los libros de texto. Tras la Enciclopedia Álvarez, tan austera y compacta ella, teníamos el extraordinario lujo de contar con un libro de texto por asignatura. Hasta había un libro específico para las manualidades. Innecesario, por lo demás, para algunos de entre nosotros que habíamos venido al mundo, como quien dice, con una chaira, por modesta que ésta fuera, bajo el brazo. Salvo algunos nacidos entre pisos y hospitales provinciales, en contraposición a los nacidos en la habitación vecina a la cuadra del ganado, la mayoría éramos plenamente competentes fuera para sacar un silbato, algunos toda una flauta, de una ramita de chopo en primavera, fuese para recoser los hexágonos que conformaban el balón de cuero del fútbol. Sin profesor, ni libro de texto.

Los primeros días de curso, cuando nos iban entregando los montoncitos de volúmenes, siempre nos resultaba apasionante examinar con suma curiosidad las pastas con sus novedosos diseños. En una esquina, 1º, 2º, 3º curso, dependiendo del año que nos correspondía. Con escritura barroca y retorcida nos recreábamos en tomar posesión de nuestros libros mediante el simple procedimiento de escribir nuestros nombres y apellidos, era importante no olvidar ninguno de los dos, algunos hasta el cuarto, en la página de guarda. Después pasábamos con fruición las hojas. Lo primero era discutir si el que fuera menos grueso o más delgado podría tener alguna significación especial en la importancia, menor o mayor, de la asignatura. Rápidamente calculábamos por el número de páginas y lecciones hasta donde llegaríamos en junio. La historia casi siempre se paraba en los aledaños de la Guerra de la Independencia y la lengua española llegaba, exhausta de horas y ligera de conocimientos, en los hermanos Bécquer. El rito más importante, salvo en el libro de matemáticas, obviamente, era descubrir los “santos”. Las imágenes de los reptiles africanos en el de Ciencias Naturales, los engolados retratos del Manco de Lepanto en el de literatura o  la escena, ficticia, de Viriato acribillado en su lecho por Adax, Ditalcos y Minuros, los traidores a quienes Roma no paga.

Algunos libros, sobre todo el de historia y lengua suplantaban, aunque fuera de forma puntual y a retazos, la ausencia de lecturas más sólidas y vigorosas. El manual de historia era siempre una base inicial, aunque informal, de lectura con la que empezar a descifrar las batallas libradas por Carlos V y primero de España, o soñar con la Italia medieval a la vista de los sofisticados artistas del Renacimiento. ¿Cómo no recordar las delicadas reproducciones a todo color, aunque este fuera más bien mate, de “La Virgen entre dos ángeles” de Filippo Lippi?. Con los pies de texto de “Las lanzas” de Velázquez comenzamos a admirar, más adelante –en otras épocas más políticamente correctas- aprendimos que acaso no debiéramos haberlo hecho, como los tercios de Flandes avasallaban, a golpe de pica y arcabuz, media Europa. Las hazañas de Pizarro o los intrincadas vericuetos de las guerras napoleónicas, por muy resumidos que aparecieran en nuestro texto los leíamos una y otra vez, hasta casi saberlos de memoria, mientras mirábamos con los ojos abiertos de par en par la osada carga de los mamelucos contra los lanceros gabachos en la Batalla de las Pirámides.

Nuestras lecturas estaban, literalmente, entrecomilladas. Los libros de texto no eran, todavía, tan complejos como los actuales: sobrecargados de titulares, diagramas, frases célebres, retazos de textos, extractos de discursos, de modo y manera que al final no se sabe muy bien donde está el meollo de lo que se quiere aprender o enseñar. El contexto, pendularmente al revés de hace cuarenta y cinco años, desborda claramente el texto. En aquella época las lecciones tenían un principio claro, un desarrollo meridiano y un final nítido. La cronología y las secuencias lógicas formaba parte indisociable de la geografía del P. Benito Varela: los ríos comenzaban por el Miño, y siguiendo el contorno de la península Ibérica, al revés que las agujas del reloj, terminaban en el Ebro, que nace en Fontibre, provincia de Santander, autonómicamente conocida como Cantabria. Las vertientes eran vertientes y no cuencas hidrográficas, no había subsistemas, ni subsistemas de subsistemas, y el Guadiana daba en la mar a la altura de Ayamonte.

Si la lección 6 se titulaba: “América durante el reinado de Carlos I”, los subcapítulos eran una narración lineal, clara y transparente que fácilmente transformábamos en lectura. Sin pausas, ni anuncios publicitarios. En algunas de las páginas, las imágenes, fueran el plano de Tenochtitlán copiado desde un códice de la época, o las escarpadas ruinas de Machu-Pichu, arrastraban nuestras miradas curiosas que, invariablemente, terminaban en los amplios pies de texto. “Dicen los cronistas que era muy bella, se levantaba en medio de unos islotes, con sus calles rectas y sus canales, tenía 300.000 habitantes”. Apenas descendidos de las montañas altas de Castilla, aquellas entradillas, como acompañamiento de las imágenes, era el umbral con el que satisfacíamos nuestra enorme curiosidad, la puerta para empezar a divagar con las gestas de Orellana y Cabeza de Vaca.

Ocasionalmente, se añadían algunos  fragmentos de textos literarios de la época: “Hay algunos pueblos grandes y bien concertados, las casas en las partes que alcanzan piedra son de cal y canto”, relataba Hernán Cortés en “Cartas de relación de la conquista de México”. Después venía Pizarro, la fundación de Buenos Aires y en perfecto orden cronológico, Miguel López de Legazpi colonizaba las islas Filipinas. Leer y releer una y otra vez aquellas lecciones del libro de historia, a falta de pastos más abundantes, era un menesteroso pero sólido consuelo, carentes de otras lecturas que, posiblemente, para que, loor a la doble negación, no nos pervirtiéramos no se nos ofrecían.

Sin radio, ni televisión, ni prensa, ni Capitán Trueno, sólo nos quedaba la lectura y relectura de los libros de texto. Para quienes eran aficionados a la lectura, y éramos muchos, la curiosidad era uno de los escasos patrimonios de nuestras exiguas existencias, sobrevivíamos con aquella escasa pitanza.

En aquel minúsculo y pequeño contrabando de tebeos e historietas, cualquier hoja en letra impresa que caía en nuestras manos era carne de lectura. Hasta una mismísima biblia protestante, en su versión de Reina Valera. Como los senderos del Señor eran inescrutables, alguien, ciertamente ignorante de la herejía que promovía con su mera posesión, se había hecho con un ejemplar. Estábamos en segundo curso y el ecumenismo del Vaticano II, del que no teníamos ni la más remota idea, no había alcanzado aquellos lares. Alguien, ingenuo o ignorante, o ambas cosas a la vez, tuvo la genial ocurrencia de mostrarla en clase al profesor de religión. Orgulloso de poder disponer de una biblia. Ni más ni menos. Porque en la tónica acostumbrada, la religión no se estudiaba con la biblia, sino con el libro de texto.

El profesor que, seguramente, sabía tanto del ejercicio ecuménico de los padres conciliares como nosotros, es decir nada, comprendió de inmediato que aquel libro, sin notas explicativas, no era trigo limpio, rápidamente armó un auto de fe. Alboroto de alumnos, juicio sumarísimo del P. Prefecto, amenazas de expulsión, interrogatorio con el cuerpo del delito al lado de la pizarra, “¿de dónde la ha sacado Ud.?”. Buena pregunta porque si ya era raro encontrarla fuera, en el siglo,  que hubiera llegado hasta las aulas de aquel internado católico, apostólico y romano, superaba claramente los límites del escándalo y entraba de lleno en el campo herético. ¡Era la biblia, por Dios! Aunque fuera protestante. Gran texto, en cualquier caso, insuperable, desde el punto de vista literario, plenamente válido para la lectura.

Al final, tras la pertinente requisición de tan innoble instrumento religioso, todos terminamos en la capilla, expiando colectivamente la culpa de algún candoroso compañero. En lugar de aprovechar para deleitarnos con alguna de las brillantes narraciones del Libro de Samuel, por poner un ejemplo, terminamos recitando los misterios dolorosos del Santísimo Rosario. Como era de esperar, de memoria. (Continuará…)

Saturday, February 12, 2011

Las oraciones perifrásticas (2 de 5)

Tan férrea era la disciplina, tan restringido el control pedagógico ejercido sobre los internos, las veinticuatro horas, con sus días y sus noches, que seguramente por temor a insospechadas desviaciones morales, por increíble que hoy resulte y pese a que era un colegio de pago (aunque poco pagáramos), sólo disponíamos, en el Pabellón de Menores, de una insignificante biblioteca. Sin mucho orden y con poco concierto. Encauzados como estábamos para convertirnos en la élite de la Santa Madre Iglesia, aunque fuera a largo plazo, al menos los que se mantuvieran fieles a su carisma vocacional, se evitaba, como se solía decir, caer en el pecado, eliminando la tentación. Con la inmejorable intención de evitar el peligro de las supuestamente perniciosas lecturas, parecía claro que lo mejor era no disponer ni de las buenas. Alguna aventurilla de Julio Verne, una decena de tomitos de Enid Blyton y la ocasional enciclopedia escolar constituían todo nuestro fondo de librería.

Que en aquella época tan cohibida no tuviéramos prensa, ni siquiera la del Movimiento, parecía hasta comprensible, evitar la disipación de nuestro rústico candor vía las ondas de la televisión franquista, razonable. Pero ¿con qué recovecos de indecencia podríamos toparnos en el primer volumen de El Ingenioso Hidalgo D. Quijote de la Mancha?, ¿En qué disolución ética podría anegarnos el Hamlet de Guillermo Shakespeare? ¿O quizás sí? Ni un clásico, en el supuesto de que los hubiéramos soportado, que echarnos a los ojos. Mucho menos textos de republicanos, exiliados y otras gentes de mal vivir. ¿Quién podría haberse pervertido con el tierno burrito de Juan Ramón Jiménez, o las olmas carcomidas de Antonio Machado, tan cercanas por lo demás a nosotros en las plazas de nuestros pueblos?.

Las pocas lecturas que se nos permitían eran las que nos arrastraban a la pura evasión. Lo paradójico de la situación es que mientras en las proyecciones cinematográficas de los domingos por la tarde nos torturaban con películas nada devocionales, incluso perturbadoras y atrozmente nihilistas, como Harakiri (ilustración); ítem más, representábamos impertérritos piezas absolutamente revolucionarias de Alfonso Sastre, como “Escuadra hacia la muerte”, en la función para el Día de las Familias, la lectura a libro descubierto, como si la tinta manchara, no sólo estaba fuera de nuestro alcance, ni siquiera era una de las actividades a la que se nos incitara.

Aquel colegio que nos propulsaba hacia la flor y nata de la intelectualidad o, por lo menos a no acabar prisioneros de pastos y barbechos, no nos obsequiaba ni una sóla estantería de clásicos polvorientos, ni el más minúsculo tomo de la ubicua colección Austral de Espasa Calpe. Lisa y llanamente no había una biblioteca, al menos no una que pudiera calificarse como tal, si hacemos salvedad del hatillo de volúmenes depositados en un aula, al final del pasillo de las clases de primero.

Que nuestros únicos libros fueran los de texto, resultaba más bien chocante. El aislamiento del siglo era omnímodo. Más allá de la carretera del Pinar de Antequera, para nosotros, el mundo era categóricamente inexistente. La reclusión era tan rígida que hasta en la aldea remota de Castilla de donde yo provenía llegaban las grandes noticias que en la rutina cotidiana de Arcas Reales pasaban completamente desapercibidas. Mi tío Lucio, no sé si por ilustrado o pudiente, quizá más bien lo segundo, estaba suscrito al Diario Palentino.  Sí, llegaba con un día de retraso en la furgoneta que transportaba el correo desde Osorno, pero al menos te podías enterar que durante la Guerra de los Seis Días, Israel se había apoderado de la Ciudad Santa en un despliegue digno del mismo Senaquerib o que La Higuera era un pueblo de Bolivia donde habían fusilado a Ernesto “Che” Guevara. Algún mes reciente de aquel 1967 que ahora estaba llegando a su fin.

Y en los días de invierno, cuando mi tío Lucio usaba el “papel”, como él denominaba a la prensa de forma genérica, “Fili, dále al chico el papel”,  para encender los troncos de roble en la gloria, antes de que pudiera enterarme de que el sudafricano Christian Barnard había transplantado el primer corazón, siempre me quedaba el consuelo de ir a la casa del señor Pablo, que había empapelado el cuarto de estar con las páginas dobles del diario “Ya”. No se puede decir que las noticias fueran frescas, de hecho, muchas estaban ahumadas por la lumbre de la cocina, pero mal que bien, se podía seguir, a caballo entre el humero y los azulejos de la trébede, la apasionante crisis de los misiles cubanos, con ¡tres años de retraso!

En las Arcas Reales, ni eso. Muy de vez en cuando, el P. Prefecto de Disciplina sustituía la lectura piadosa del santoral durante la cena, realizada a turnos por los alumnos, en la más pura tradición dominicana, por algún pequeño recorte del “Diario de Valladolid”, principalmente cuando había algún acontecimiento importante que atañera al Vaticano o, excepcionalmente, algún suceso luctuoso de la tan próxima y tan distante Vallisoletum. Por lo demás, silencio radio. En el Pabellón de Menores, el mismo año que asesinaron a Martin Luther King o los estudiantes apedreaban a la policía en los bulevares parisinos, nosotros aprendíamos de memoria la heroica vida de Tomás de Aquino y como en Roccasecca, con una tea en la mano, dirimió sus cuitas con la ramera que sus aviesos hermanos le habían puesto a huevo (no pun intended).

Pese a todo, como en otras áreas del saber, para saciar nuestra avidez de lectura, nos las ingeniábamos razonablemente bien. No traficábamos a escondidas con las obras completas de Calderón de la Barca, pero las ediciones en vistoso colorín de El Capitán Trueno, Roberto Alcázar y Pedrín o Hazañas Bélicas, pasaban de mano en mano, tras las acequias de riego o a la sombra de la chopera. Difícilmente podría calificarse de refinada literatura las hazañas de Crispín en las misteriosas tierras perpetuamente cubiertas de nieve. Ni de rigurosa historia las planchas, en riguroso negro, como correspondía a la época y a la temática, de la Wehrmacht, donde los valerosos aliados, recurriendo a lanzallamas y bombas de mano aniquilaban los búnkeres germanos. Y sin embargo, Ingrid y Goliat fueron inseparables compañeros de nuestra iletrada preadolescencia, a falta de Quevedo o el Romancero. O quizá justamente por eso. (Continuará…)

Sunday, February 6, 2011

Habla, que tu siervo escucha

Las Arcas Reales eran un internado de los de verdad, de los de antes. De los de aquella época. Su denominación como internado no era un vocablo tomado en vano. La entrada en el patio central constituía para todos nosotros sumergirnos en un diminuto universo absolutamente diferente del que habíamos habitado en nuestras aldeas y pueblecitos. Cuando desde lejos, al enfilar la carretera del Pinar de Antequera, divisábamos la peculiar arquitectura de la iglesia levantándose sobre pabellones y campos de deportes, era como acercarnos al faro de una isla perdida en la inmensidad del océano. Agua por todas partes, sin tierra a la vista, excepto la campana que nosotros habitábamos, al margen de las perniciosas influencias y las dañinas distracciones que dejábamos atrás al traspasar la verja de la entrada.

Allí nos exiliábamos, nos exiliaban, para ser exactos, bajo una bóveda casi perfecta –aunque hacia finales de la década de los sesenta y sobre todo con la llegada de externos, en 1971, el enclaustramiento comenzaba a resquebrajarse- cimentada sobre un sentido riguroso de la disciplina, no pocas veces adobada con algún que otro castigo físico menor, donde el contacto con el mundo exterior nos estaba vedado de forma inapelable. Salvo por algunas migajas dominicales reservadas para ciertos avezados deportistas que se desplazaban para competir en las pistas del Frente de Juventudes o los afamados miembros de la Coral Virgen del Rosario, participantes asiduos en procesiones y concursos radiofónicos de la vecina Pucela.

Para el resto de alumnos, del lunes, en la madrugada, al domingo por la noche, semana a semana, mes a mes, nuestro hábitat, como se dice ahora, estaba estrictamente contenido en aquel maravilloso envoltorio ideado por D. Miguel Fisac. Incluso dentro de aquel espacio físico, también había confines geográficos que bajo ninguna excusa podíamos atravesar so pena de quebrantar, infracción grave, alguna de las múltiples normas. Prohibido ir al Pabellón de Mayores, mucho menos transitar por el de los Padres.  Viaje de cercanías, pero tan exótico, al que por si algún extraordinario y puntual motivo acudíamos, después contábamos con admiración a nuestros compañeros. Los mosaicos que habíamos avistado en su comedor desde la portería o que en su Sala de Comunidad había una ¡televisión!. Así que estudios, yantares, rezos y juegos transcurrían en el reducido espacio de no más de tres campos de fútbol, incluyendo los dos terrenos de juego en los que, durante el recreo, perseguíamos con denuedo el esférico.

Arcas Reales no constituía una excepción. Castilla la Vieja estaba poblada de instituciones similares. En las capitales de provincia, por decenas, en pueblos grandes unos cuantos, incluso en aldeas que habían pasado por tiempos mejores todavía quedaban murallas de huertas conventuales, iglesias de tamaños catedralicios que acogían numerosos internados de monjas y frailes de adscripciones tradicionales y, algunas, congregaciones y asociaciones de nuevo cuño, a cual con denominación más pintoresca que su vecino: montfortianos, espiritados, reparadores. La gran mayoría de estos internados religiosos, nacidos al calor, si se puede decir, de las tragedias de la posguerra se basaban en el concepto, parcialmente equivocado, más ilusorio que previsor y, ciertamente corto de miras, de que el mundo era inmutable, perenne y las penurias de nuestros progenitores y abuelos constituirían “in aeternum” un semillero inagotable de vocaciones religiosas. Arcas Reales era, según creían a pies juntillas muchos de nuestros profesores, el vivero germinal de futuros evangelizadores en los arrozales vietnamitas, manantial de intrépidos misioneros capaces de franquear el, momentáneamente inexpugnable, telón de bambú del tío Mao.

En aquel momento y en aquella época la noción de vocación sociológica era impensable, incluso inaceptable y, sin embargo, muchos de los que por allí pasamos, la inmensa mayoría, sin duda, llegamos allí como consecuencia de un razonable y legítimo deseo de nuestros progenitores para que ascendiéramos por la escala social hacia más abundantes pastos y fértiles barbechos, vía los banzos del estudio y la excelencia académica.  Resumido en aquello de "para que te conviertas e un hombre de provecho". A un costo asequible para ellos, todo hay que decirlo. Tenían meridianamente claro que, de una manera u otra, lo mejor para sus vástagos era que abandonáramos, costara lo que costase, los páramos y rastrojos donde ellos se estaban dejando la vida. 

No cabe duda que su profunda fe religiosa, cualesquiera que fueran sus simples e ingenuas fundaciones, fue un acicate adicional para empujarnos a abandonar el villorrio de la mano del reclutador, denominado, con dulce eufemismo, promotor de vocaciones. Para ellos, representaba un respiro y un alivio que el P. Santiago diera por bueno que su hijo podía emprender la carrera eclesiástica por el mero hecho de saber que el Duero nace en los Picos de Urbión o que las tres virtudes teologales no son cuatro.

Muchos de ellos, sobre todo nuestras madres, siempre nuestras madres, inspiradas por su acendrado sentido de la voluntad divina, no dudaban ni un ápice en creer que Dios nos había llamado al sacerdocio. Seguro que hasta algunas pensaron hasta en la mitra episcopal. A la tierna edad de 11 años. Si la Santa Madre Iglesia había decidido que el uso de razón, curioso concepto psicoreligioso, nos había atrapado con la primera comunión, ¿cómo no pensar que éramos dignos herederos de tantos santos, vírgenes y mártires como poblaban las barrocas paredes de nuestras iglesias y ermitas?.

Tan inocentes éramos, candorosos, que hasta el mismísimo Samuel, (“Habla, que tu siervo escucha”) se quedaba corto, en comparación con nosotros, esperando, duro de oído él, hasta la tercera llamada de Yahvé. Ni necesitamos las recomendaciones de un Elí, ni que el Señor pronunciara nuestro nombre de pila. Nosotros, desertores del arado, respondimos a la primera: Aquí estoy. Bueno, casi todos, pues los que evitaban el cursillo veraniego y aparecían en septiembre, aparentemente, no parece que estuvieran tan prestos a escuchar la voz de lo alto de buenas a primeras.

Arcas Reales no era sino uno más en el extensísimo entramado de internados religiosos y congregaciones varias, eso sin contar los seminarios diocesanos, que poblaban por doquier el suelo patrio, nacional católico, nunca mejor dicho, de la España del incipiente desarrollismo. Sin embargo, la zona sur de Vallisoletum debía acoger una de las densidades más alta de internados religiosos de toda la península ibérica y, ciertamente del extranjero, salvo la Ciudad Eterna. Dominicos, agustinos, redentoristas, recoletos, Sagrada Familia, hospitalarios, maristas y un largo etcétera de sus “yang” femeninos. De tal modo y manera que en aquella época todo el área colindante era conocido con el sobrenombre, no se sabe si anticlerical o cómico, del Barrio de la Hostia (supongo que con hache).

Así que cada primavera, los zahoríes de vocaciones de los diferentes internados, cual radiestesistas en feroz competición, a la búsqueda de impúberes que destellaran el mínimo rasgo de llamada divina, recorrían incansablemente pueblos y aldeas de Castilla la Vieja, Asturias, Cantabria, cuando se llamaba Santander, y las zonas limítrofes. Como fruto de esta búsqueda y captura, allí estábamos nosotros en el arquitectónicamente extraordinario internado, Colegio Apostólico Nuestra Señora del Rosario. Pero si el P. Santiago hubiera ido a Carrión de los Condes por la carretera de Frómista en lugar de por la de Palencia, o se hubiera retrasado con el almuerzo en casa de un antiguo alumno Belorado, cualquiera de sus correligionarios se le habría adelantado en la llegada a la escuela mixta del pueblo y azar de la vida, providencia, destino, cualquiera sabe, alguno de nosotros hubiéramos descubierto que nuestra temprana vocación religiosa, por algo el colegio se llamaba escuela apostólica, no hubiera sido dominicana, sino de San Viator, javeriana, comboniana, oratoriana o incluso jesuítica. Aunque éstos siempre tuvieron la fama de tirar por lo alto. Por edad y clase social. Ninguno de nosotros cumplía el primer requisito, raramente, alguno, el segundo.

Sea como fuere, allí estábamos en segundo curso, año de gracia de 1968, ajenos a nuestra propia vocación, ignorantes al emplazamiento divino, sobreviviendo, generalmente más bien que mal, a ciertas penurias alimenticias y pedagógicas.  En todo caso, muchas menos de las que estaban pasando los compañeros de juegos de la plaza del pueblo. Ni una ni otra achacable a los buenos padres dominicos, cuya perseverante buena voluntad nadie puede negar, incluso bajo el prisma, mirado cuarenta y tres años después, de que ellos mismos eran víctimas de una férrea disciplina ideológica, extraña a un mundo que en menos de diez años iba a sufrir o gozar, depende como se mire, un vuelco radical. Una hoguera de transformaciones y cambios en una sociedad que en aquellos meses nos era tan foránea, pero en la que iban a perecer, con más o menos demoras y sobresaltos, una gran parte de nuestras ilusiones e ideales. También nuestra pretendida vocación.

Saturday, January 29, 2011

Las oraciones perifrásticas (1 de 5)

Mi equipaje literario antes de aterrizar en las Arcas Reales era más bien ligero. « El Parvulito » y la « Enciclopedia Álvarez de 2º Grado » tenían no pocas limitaciones pedagógicas. Como mucho, Don Tino, nuestro maestro de la escuela mixta, nos hacía aprender de memoria algunas greguerías de Gabriel y Galán o nos aleccionaba con moralinas de las fábulas de Félix María Samaniego, Iriarte y otros adelantados a la SGAE, sin que el bueno de Esopo pudiera protestar. ¡Tantos siglos bajo las malvas helénicas!. La más repetida, por aquello de que en las aldeas de Castilla el trabajo era una de las virtudes supremas, solía ser la de la cigarra y la hormiga. La sagacidad tampoco estaba mal vista y, dado que encajaba, por lo fácilmente comprensible para nosotros, en lo que actualmente se denomina “medio natural” -“con”, por conocimiento natural, dicen ahora los de la ESO- la de la zorra y las uvas verdes también era muy popular. No necesitábamos mucha imaginación para identificar, las metáforas eran claramente prescindibles, el fruto prohibido. La tapia por la que se asomaba el parral del Sr. Sinforiano, en la huerta que estaba cerca del río, era excesivamente alta para escalarla, incluso encaramados en los hombros de nuestros compañeros de correrías. De metáforas literarias no entendíamos nada, pero el tapial de adobe coronado con los culos rotos de botellines verdes de Cruzcampo era claramente equiparable a las agraces de Iriarte.

Este modesto bagaje literario, impartido más por su densidad moralizante que por su valor literario, se vió ligeramente incrementado por mor de la rama maternal de la familia. Mi tía maestra, docente en un pueblo de la ribera burgalesa, partido judicial de Aranda de Duero, apreció que las buenas intenciones de Don Tino no eran suficientes para sortear el intrincado periplo académico que, según ella, me depararían las Arcas Reales. Así que durante un año me acogí al amparo de su generoso regazo familiar y magisterial. Aquel grupo escolar, perdido en la linde de Burgos con Segovia, se convirtió de alguna manera en la escuela preparatoria de Arcas. Hasta aquellos parajes ondulados con vides y choperas llegó el P. Santiago González cabalgando en su renqueante dos caballos. Tan convencido él, ignorante yo de ello, de mi vocación apostólica y evangelizadora. Sí, una semillita, pero vocación en ciernes, al fin y al cabo, que convenía apacentar en las Arcas Reales antes de que se desperdigara por los andurriales de las adolescencias inexistentes de las aldeas mesetarias.

Con lo cual, entre mi piadosa tía y el bueno, hasta más no poder, del P. Santiago, aunque me temo que poco perspicaz por lo que concernía a mi sino misionero, estaba claro que mi destino era tanto o más transparente que el MENE, MENE TEQUEL U PARSIN de Belsasar. En aquel año tan añorado de Fuentenebro, habiendo dejado atrás los páramos esteparios de la Palencia norteña, gané un concurso literario, el primero, único y último. Por mi dignidad profesional, quiero creer, aunque siempre queda la duda, cerca de cincuenta años después, que la maestra fue tan honrada como neutral y justa, aunque las madres de los otros alumnos pusieron el grito en el cielo, obligándola a devolver mi preciado trofeo, recuperado con posteridad de algún desván. Seguro que el contenido fue alguna redacción sobre puestas de sol entre robles (verano), la dura vida de los labradores en (invierno) o algunas líneas sobre el bucólico recorrido de los pastores en la trashumancia (primavera). Quizá la caida de la hoja (otoño). El premio era un libro de la Caja de Ahorros del Círculo Católico de Obreros de Burgos. El título, no podía ser de otra manera, “Lecturas burgalesas”. El prólogo no prometía nada bueno: “Al cumplirse el veinticinco aniversario de la exaltación del Caudillo Franco a la Jefatura del nuevo Estado, ha sido proclamada oficialmente nuestra heroica ciudad como “Capital de la Cruzada de liberación”, añadiendo de este modo otro honrosísimo blasón, etc. etc.”. El autor, A. Manzanares Beriaín, nihil obstat, de Luciano, arzobispo de Burgos.

Curiosamente, obviando la exaltación patriótico-provinciana de los prohombres históricos de la provincia a lo largo de los siglos, las biografías y hagiografías estaban narradas con cierto encanto. O al menos eso me parecía a mí. De otro modo ¿por qué lo he conservado durante cuarenta y cuatro años?. Desde “a la caza va Rodrigo/lleva en su mano un halcón/seis criados le acompañan/y su halconero mayor” hasta el himno de Burgos (sólo la letra): “Cantemos unidos a la insigne grandeza/de nuestra Castilla, de nuestro solar/sus piedras sagradas que son fortaleza/y escuela y alcázar y trono y altar”. ¿No es más enfervorizadora esta descripción, incluso desconociendo la tonadilla que lo de Asturias, patria querida?.

Por resumir. A finales de septiembre de 1967 mis conocimientos literarios se resumían en las fábulas de Samaniego y la biografía del Duque de Lerma, entre otros, que por muy burgalés que fuera, Manzanares Beriaín le atiza con la cita de una copla de la época: “Para no morir ahorcado/el mayor ladrón de España/se vistió de colorado…” (esto es, había logrado que lo eligieran cardenal de la Santa Iglesia). De alguna forma, las moralinas de Iriarte y compañía se compensaban con el ojo, sorprendentemente crítico, de las Lecturas Burgalesas. Parece evidente que estas muletillas literarias no parecían demasiado para mi inminente inmersión lingüística en el envolvente vozarrón del P. Gregorio Buena, cuyo curso de primero consistía esencialmente en los análisis gramaticales y en la inversión a la voz pasiva. El perro muerde a Pedro; el perro es mordido por Pedro.

Nuestros cuadernos de espiral, con las hojas cuadriculadas se llenaban rápidamente de frases, mayormente inanes, con el único propósito de espaciar bien los sintagmas (este vocabulario novedoso, en realidad nos llegó unos tres años más tarde, en cuarto), subrayando –requisito necesario la regla- con el bic rojo las diferentes partes y describiendo, según el mejor de nuestros conocimientos lo de sujeto, verbo y predicado. Todavía no existían definiciones impenetrables como ditransitivos, el corrector informático se empeña en corregir el vocablo,  designativos, sintagma verbal, núcleo pronominal. Todo era mucho más claro o gris, depende como se mire. No había otra otra cosa más allá de adverbios, pronombres personales, verbos copulativos, numerosas variaciones del complemento circunstancial. De lugar, tiempo, modo, etc. Pese a todo, tareas gramaticales, tan sencillas como ésa, resultaban infranqueables para muchos de nosotros, naúfragos de escuelas mixtas con alumnos de 6 a 14 años, donde la principal preocupación del maestro, con tan buenas intenciones como escasos medios, era evitar que acompañáramos a nuestros progenitores a gradear los barbechos o a tirar el nitrato en los trigales.

Primero debíamos aprender la nomenclatura, después separar las partes, asignar las siglas correctamente: S, V, CD. Como buenos castellanos que éramos, los complementos indirectos siempre se nos atravesaban entre preposiciones y verbos. El laísmo, leísmo y el loísmo eran una epidemia aparentemente irreversible, aunque no mucho peor que el deje, a veces incomprensible, de gallegos, de Astorga para allá,  y astures. Aunque sin duda, lo peor, bien que la denominación nos cayera en gracia, provenía de la voz perifrástica. ¿Diga?

En cualquier caso, con el P. Gregorio, como para el 99,9º de los enseñantes de Arcas, cualesquiera que fuera la asignatura, el quicial por el que se penetraba en el umbral, mínimamente digno del 5, era la memoria. Aprenderse el listado de preposiciones (a, cabe, con, contra, etc.) de carrerilla,  recitar a Espronceda (“Viento en popa a toda vela…”) con los ojos entornados, silabear las conjugaciones de memoria, especialmente el dañino pluscuamperfecto de subjuntivo, era más que suficiente para pasar la barrera del aprobado. Si, además, el estribillo atañía a todos los “hubiera / hubiese” que en el mundo gramatical existen, el sobresaliente se convertía en un cantar y coser. “Perfeeeecto, Duráaantez”, aseveraba con la voz engolada, ronca de Celtas cortos, agravada por los sin filtro, el P. Buena. La retentiva, incluso en una materia tan rebosante de creatividad y meandros como la lengua, era la llave para alcanzar la verdad suprema. La de no repetir curso. Así que alli estamos, todavía Pabellón de Menores, pero en las aulas de segundo, al otro lado del campo de baloncesto. Mil novecientos sesenta y ocho. (Continuará…)

Saturday, January 8, 2011

El lenguaje cinematográfico en King-Kong

Las butacas de madera, duras y resistentes como los escalones de un anfiteatro romano, pero mucho más ruidosas, propagan cada leve movimiento que, inevitablemente, alguno de los cuatrocientos o más alumnos hace para acomodar mejor sus miradas hacia el escenario. Aunque a decir verdad, los movimientos son apenas perceptibles. El interés de casi medio millar de adolescentes bien focalizado al pié de la gigantesca pantalla. Eso que la proyección aún no ha comenzado. Encandilados por los gestos y las palabras del ilusionista tratando de hacernos comprender los arcanos del séptimo arte.

Nuestra atención obnubilada por las explicaciones del P. Isidro Rubio, cuyo segundo apellido tan vasco, Intxausti, nos resulta exótico. Acostumbrados como estamos a la multitud de González y Rodríguez tan profusos en esta parte de Castilla, tierra de pinares y el padre Duero. En aquella época, mediados de los sesenta, cuando la geografía de provincias y regiones en nuestras aulas preautonómicas estaba sólamente delimitada por líneas de puntitos y trazos, le adscribíamos, sin una pizca de duda a la Navarra de los Sanchos y otros reyes que, de memoria, aprendíamos en las clases del P. Reyero.

Por lo demás, el nombre de su pueblo, Cárcar, se prestaba a fáciles juegos de palabras infantiles. Ítem más, nativo de la misma ribera del río Ega lo era el P. Elías Arróniz al que las secuelas de una enfermedad le hacía tartamudear, algo que a nuestros ojos de preadolescentes resultaba, más que chocante, gracioso. Su problema de comunicación, al contrario de lo que podría haber sido en nuestra probable crueldad postinfantil, un motivo de risión, hasta nos resultaba enternecedor. Tal era la bondad de aquella pareja de carcareses, carcarujos o karkartares (en el supuesto de que el vasco tenga su plural españolizado allende Lodosa).

Sin embargo, el P. Intauxti quedó grabado en el sinuoso recorrido de nuestro currículum académico no tanto por su bondad cuanto por su sentido (común) pedagógico. Lo de común no es una adición huera. Cuando me tocó en clase, hacia 1968, segundo de bachillerato, no debían de hacer transcurrido más de cuatro cuatro años desde que había sido elevado al sacerdocio de Melquisedec. Presupongo, signo de los tiempos, que en ese leve espacio de tiempo sus superiores no le habían, en virtud del voto de obediencia, hecho hacer un curso universitario de pedagogía o algún máster, entonces no se estilaban, de aprendizaje acelerado en la enseñanza a salvajillos, lo que nosotros éramos, venidos de los páramos castellanos y las montañas astures. Asi pues, es más que probable que su discernimiento pedagógico fuera fruto de la intuición, innnato. Porque tenerlo lo tenía. Más de uno y de siete resultamos beneficiados por su magisterio, seguramente sin que el interesado se percatara, he ahí la grandeza. Las diminutas simientes que plantaba en las artes (aprecio por Kubrick, descubrimiento de Godard) y las letras (serranillas del Marqués de Santillana, la copla de pié quebrado de Jorge Manrique), “dejonos harto consuelo/su memoria”.

El caso es que allí estábamos, cerca de cinco centenas de montaraces zagales, antes de que nos refinaran con Howard Hawks y Miguel Delibes, embobados, absortos diría yo, con el truco de prestidigitador que, con su sombra chinesca proyectada en la gran pantalla, nos proponía el P. Intauxti. En estos años hodiernos de avatares, tres de, y realidades virtuales, la propuesta pedagógica para explicarnos las técnicas del celuloide usadas por Merian C. Cooper en 1933 era, si se me permite la expresión, bastante rupestre. Pero eficaz y comprensible como ella sóla. Como si fuera ayer, veo al P. Rubio con dos plásticos rígidos transparentes, de los usados antiguamente en los proyectores de filminas, intentando hacernos comprender, ora uno delante, ora otro detrás, cómo a través del uso de transparencias, el uso sagaz y truculento de las perspectivas, las sombras en las maquetas, Fay Wray se nos iba a aparecer, dentro de breves instantes, desvalida e inmensamente frágil en las garras del monstruo. Y así fue. 

Hubo algunas películas antes. Ciertamente no pocas en la onda de la exaltación piadosa, Fray Escoba, El agua de Bernardette, La señora de Fátima y un rosario más de ellas. Algunos buenos padres creían que el arrepentimiento de nuestros pecados, pecadillos, más bien, nos llegaría de un momento al otro mientras el Cristo silencioso de la cruz alargaba su mano para tomar el pedazo de hogaza que le tendía Marcelino. El de Marcelino pan y vino. Miles de ellas después. Y sin embargo, aquella proyección de King-Kong quedó grabada, un auténtico bautismo cinematográfico que imprimió carácter, en nuestras virginales memorias infantiles. Soy testigo de ello.

Durante varias semanas, con nuestros escasos doce años, apenas escapados de barbechos y sementeras, nos pasábamos los recreos discutiendo si en tal o cual escena, el ardid se había basado en el uso de un plano en contrapicado, si las chozas modeladas de los salvajes isleños del Pacífico eran de mentirijillas o cómo el Empire State debía de haber sido filmado desde un dirigible. Por supuesto, nuestro conocimiento de las técnicas cinematográficas era inexistente. Sin embargo, como por arte de birbiloque, durante unos días nos olvidamos de Amancio, dejamos de discutir sobre los orsays para pasar durante los recreos a usar las cortezas del pinar vecino simulando las canoas que arriban  a la isla Calavera, a la vez que acosábamos al P. Cándido Pérez, profesor de manualidades, para que nos enseñara a construir maquetas a troche y moche. De repente, por obra y magia del P. Isidro, el cine,  evasivo y subversivo, quedándose para siempre, había aterrizado en nuestras vidas de rutina, horarios y disciplina paramilitar.

Es muy posible que cuarenta y dos años después, el tiempo y la distancia hayan embellecido los recuerdos. No obstante, puedo jurar y perjurar por todos los santos de la corte celestial que en todas las discusiones cinematográficas sobre la Nouvelle Vague francesa en las que he participado, en cada una de mis asistencias a cineclubs madrileños variopintos y semiclandestinos, el Caudillo espichándolas, y, por supuesto, cada vez que King-Kong se me aparece en sueños o en Canal Satélite Digital, ahí está, ¡cómo no!, el P. Intauxti con sus transparencias de plástico rígido, sus perspectivas y sus maquetas.

Posiblemente, como él suele afirmar, no es para tanto, amigos, ahora todo es evocación y tiempo marchito. ¿O no?. Siempre resultan misteriosos y enigmáticos los mecanismos, de modo especial en la adolescencia, por los cuales una persona se decanta por una afición, una profesión, una senda por recorrer. Algunos pueden llamarlo azar, otros Providencia, los de más allá destino. Asuntos aleatorios, código genético, vocación, escrito en las estrellas, pura casualidad. Millones de casualidades. Sea. Sin embargo, casi todas las personas son capaces de tomar una referencia muy concreta: acontecimiento preciso, conversación con un familiar, comentario de un profesor:  una, la, circunstancia puntual y exacta que les ha hecho, en lenguaje coloquial, tirar por aquí o tirar por allá. Y por ningún otro camino.

A mí no me cabe, ni la más mínima duda,  que la obsesión por destripar los guiones y así puntualizar donde el guionista tramposo da una voltereta para tomarnos el pelo y salir del callejón sin salida en el que se ha metido, el ansia por descubrir las necedades de directores pretenciosos, la paciencia y el aguante ante tostones insoportables en nombre del séptimo arte, pero sobre todo, las miles de horas de diversión que he gozado con el desfile interminable de imágenes en la gran pantalla tuvieron su inicio exacto en aquella tarde de domingo. Con el P. Isidro Rubio Intxausti. Y King-Kong.

Saturday, December 18, 2010

Pupila nichi

El P. Alfonso, apellido desmemoriado casi medio siglo después, era un duro entre los duros. Férreo, severo. Su renombre de exigente, fuera en las aulas o en los recreos, debía de habérselo labrado con merecimiento durante los cursos anteriores. Su fama le precedía. Cuando empezamos primero de bachillerato en 1967 su reputación de estricto era “vox populi” entre los acoquinados alumnos. Algunos le empezamos a temer incluso desde la primera tarde, cuando los colegas de los cursos mayores, experimentados en tildar con apodos y calificar con adjetivos, a veces jocosos, ocasionalmente despiadados, a los profesores, ya nos lo anunciaron.

 “Veréis cómo se aprenden en su clase de geografía cúales son las principales regiones cerealistas de la península ibérica”, comentaban los más atrevidos de segundo entre susurros y con no poco aire reverencial. Transformado, en los ojos de algunos otros que habían pasado por sus clases, en fundado temor, fronterizo con el pánico. No teníamos ninguna opción para sortearlo. Al menos en las clases. El apellido nos jugaba malas pasadas. Dependiendo si empezaba por la “C” o la “Ye”, el P. Alfonso te podía tocar, o no tocar, en sus temidas clases de geografía. Ponerte firme, para ser precisos, a golpe de capón desabrido, guantazo raudo y tentetieso.

Bastante joven, a mediados de los sesenta no debía de haber alcanzado todavía la cuarentena, de estatura más bien baja, tenía el rostro adusto y reseco de los castellanos viejos. Como si durante años se hubiera dedicado a las labores del campo. No exactamente curtido porque el P. Alfonso cuidaba con esmero su aspecto exterior. La mirada concentrada y alerta, en perpetua vigía, bajo sus gafas de concha, no hacía sino acrecentar su apariencia de celoso oteador de nuestras candorosas conductas infantiles, puntualmente convulsas, a veces tan dislocadas, en aquel primer año de internado. Peinado, incluso repeinado hacia atrás, siempre impoluto, de punta en blanco, la expresión en su más pura literalidad, puesto que su hábito permanecía semana tras semana impecable e inmaculado. Eso  sí, excesivamente atrincherado bajo el cinturón del que pendía el rosario de cuentas negras. Hasta el punto de que cuando se recogía el escapulario entre el cinto y la saya para jugar con nosotros, aquel ceñidor de cuero tenía toda la apariencia de haber sido ajustado un agujero de más. Como excesivo nos parecía el brillo de los zapatos, ni una mota, ni una rozadura mate, en el calzado de punteras negras y alargadas, cordones ajustados milimétricamente a la simetría del charol. Su aspecto pulcro, irreprochable, hasta el punto de ser relamido, aumentaba, si cabe, las distancias que guardaba con la casi totalidad de los alumnos. Que ejerciera de prefecto de disciplina y entrenador deportivo amalgamaba en él todo el peso de las normas y reglamentos existentes en el Pabellón de Menores. Unas cuantas, por cierto.

Algunos profesores nos caían mal por concomitancia con una asignatura que nos resultara intratable, otros porque nos habían castigado al sorprendernos en alguna trastada, pero el P. Alfonso nos caía mal porque sí. Porque nos precavían sobre él, antes, incluso, de habérnoslo topado, azarosos, en la escalera de subida al dormitorio. La cabeza gacha: “Buenas tardes, padre”. Recién caídos de páramos y barbechos, de prados y montañas en aquellos campos de deporte inmensos, en aquellas aulas con tan amplias cristaleras, no podía decirse que tuviéramos, ni siquiera una sóla razón lógica, en el incomodo que nos causaba. Salvo, claro está, en el prestigio acumulado a través de los cursos pasados. 

En las aulas los pupilos tienden a magnificar cualquier acontecimiento, resaltar los rasgos de un profesor hasta caricaturizarlo con gracia o desdén. La caricatura, fiel reflejo de la realidad, era que el P. Alfonso,  por menos que cantaba un gallo, solía soltar sopapos o coscorrones con la celeridad del rayo. Eran tiempos donde el castigo físico no estaba mal visto. Al contrario. Hasta nuestros padres aleccionaban a profesores y prefectos de disciplina a fin de que no se inhibieran en ponernos de rodillas, darnos con la regla en los nudillos o dar quince vueltas al campo de fútbol envuelto en la niebla espesa. Los fundamentos pedagógicos del P. Alfonso, cualesquiera que fueran –aunque sospecho que como los de tantos otros, posiblemente ninguno, había pasado, directamente, de estudiar Dios uno y trino a enseñarnos el censo de la ganadería hispana en aquel año de gracia, por ejemplo, 45 millones de gallinas, según el libro de texto de S.M. para 1º- se reducían a un sencillo e inquietante dilema. O sabías la lección de carrerilla o guantazo al canto. No había términos medios. Y, efectivamente, como nos habían anunciado nuestros amilanados predecesores, las bofetadas que soltaba eran frecuentes, por minucias tan trascendentales como ignorar que las cabezas de ganado cabrío superaban los dos millones y medio desde las columnas de Hércules al Cabo de Gata. Así que mientras no fuera absolutamente necesario, lo mejor era mantenerse alejado de su radio de acción. Esto es, de la de su palma abierta con tanta agilidad.

Las únicas ocasiones en las que resultaba comedido, hasta cercano, era cuando jugaba con nosotros a fútbol, eso sí, siempre, con el hábito. Ni él, ni nadie, osaba quitárselo cualesquiera fueran las circustancias. Hasta el punto de que durante años siempre pensé que el hábito era tan inherente al monje que hasta dormían con él. Se lo levantaba lo justo, el extremo inferior de la saya, para entrelezarlo con el cinturón, pudiendo así correr con más comodidad. Allí estábamos una veintena corriendo detrás del balón y del P. Alfonso, levantando una polvareda considerable. No era malo con el esférico entre los piés, incluso hasta nos gastaba la broma de esconder la pelota en los pliegues de la saya y el escapulario. Ocasión que algunos, aprovechaban para darle patadas, sabedores que en el barullo resultaba improbable que fueran  identificados en su alevosía. Darle puntapiés a diestro y siniestro resultaba una insignificante venganza, inocente resarcimiento como devolución de los sopapos encajados por no saberse de memoria en que provincia están, estaban, las Lagunas de Ruidera.

Usaba una curiosa expresión, a medias amenazadora, a medias cautelar, para incitarnos a estar vigilantes en nuestras actitudes de comportamiento, en nuestro aprendizaje académico. Tras explicar una lección, digamos, el perfil del río Segura, o asignarnos un ejercicio con alguna truculencia en medio, su exposición siempre terminaba con la expresión: “Pupila, nichi”. Un modo de decir que no bajáramos la guardia y que permaneciéramos ojo avizor para recordar que las dos poblaciones principales de Guinea Ecuatorial, que recientemente había obtenido su independencia, eran Rio Muni y Fernando Poo. La expresión se hizo extremadamente popular. Al poco, nosotros la repetíamos con nuestros compañeros, a veces, con el mismo tono amenazante, antes de llegar a las manos con algún compañero, a veces en tono festivo, para denotar que habíamos pasado por alto alguna anotación banal: el conteo en una partida de pingpong, por ejemplo. Es más, reforzábamos la locución con redundancias: “Ojo, pupila, nichi”. La superfluidad del todo, el ojo, y la pupila, como parte del continente servía para resaltar la alerta que, bajo ningún concepto, debíamos ignorar. En realidad, la expresión es “Pupila, ninchi”. Por alguna razón la “n” intermedia la perdimos al asimilarla a nuestro lenguaje infantil. Quizá la ignoramos presos del temor que el emitente nos inspiraba, quizá el propio emisor la pronunciaba de forma errónea.

La procedencia de semejante expresión es de difícil localización. Según el murciano Pancracio Celdrán, experto en insultos, en ámbitos achulados, entre personas que conocen el argot de los bajos fondos, equivale a punto filipino; pájaro de cuentas; sujeto informal y carente de sentido común; mequetrefe que a pesar de ser un mierda puede hacer daño. Parece que procede del caló, lengua en la que significa "chico, muchacho", no entendiéndose lo negativo de su semántica a partir de un sustantivo poco sospechoso de tan extremas maldades. Sea lo anterior cierto o incierto, el caso es que no está mal, encaja con el tono achulado del P. Alfonso y las exigencias que nos insuflaba. Se me escapa lo de “punto filipino”. Efectivamente, éramos unos mequetrefes, incapaces de hacer daño.

Hasta lo de pupila entona perfectamente con otra de las recomendaciones, dado su carácter convendría hablar de instrucciones, a las que reiteradamente nos conminaba el P. Alfonso: a comer mucha zanahoria para preservar la vista, según me recuerda mi compañero Valentín, de insondable memoria. La paradoja, que no moraleja, de este magisterio nutritivo, es que retornando en cierta ocasión de asueto con él, desde Puente Duero, cuando todavía el camino desde las riberas hasta Arcas se hacía sin apenas impedimento, por sendas de campo a través y pinares, bordeando la Fasa y Laguna, la noche nos cayó encima. Con once años, en un lugar completamente desconocido para nosotros, terminamos por desorientarnos y meternos en un maizal. Un gigantesco laberinto de mazorcas y cañas del que a duras penas pudimos salir desperdigados por las cuatro esquinas del sembrado. Descarriados del buen camino atinamos, saltando por acequias, senderos ignotos y pinares idénticos a divisar, cuando nuestro pavor era tan denso como la oscuridad, las curvas blancas de la casa de las dominicas francesas -¿o eran irlandesas?-, como un faro salvador en la noche cerrada. En aquella infausta ocasión lo de pupila nichi no había surtido demasiado efecto, o quizá es que no habíamos comido suficiente zanahoria. Todavía.

Tras cuarenta y tres años, me pregunto que habrá sido del P. Alfonso. El libro de geografía sigue intacto en mi estantería, lo abro al azar por la página 137 y allí están esos mapas por regiones que tanto me gustaban. Con sus pequeños dibujitos, según las zonas de producción, ovejas, espigas, guisantes, mantas, racimos de uva, cerdos, naranjas (en la Huerta de Murcia). Hasta la torre de una mina pegadita a Barruelo de Santullán. Cuarenta años y tantas cosas han desaparecido. En Barruelo hace siglos que cerraron las minas, las mantas de Palencia son las importadas de China, y, apuesto, que de la huerta murciana no quedan más de unos centenares de tahúllas.  En algún rescoldo de la memoria, la severidad extrema del P. Alfonso permanece inmutable. Pupila nichi.