Sunday, June 20, 2010

Disciplina, disciplina y más disciplina

El respeto a la propiedad privada era un deber sacrosanto, intocable, que sólo en muy contadas ocasiones toreábamos. Quizá como consecuencia de alguna apuesta infantil o, simplemente, producto de una chiquillería impensada, futuribles gañanes, a cuerpo entero, como éramos. Pero maldad no había en, tras terminar el baño en una de las pozas del río, cuando al final del verano, éste ya no llevaba corriente, aprovechando que el tío Celedonio había regresado a casa para almorzar o buscar una lata de gasolina con la que alimentar el motor de riego, escalábamos una tapia, traspasábamos un linderón hasta el árbol de la fruta prohibida: las manzanas reinetas o el ciruelo de claudias. Llenábamos el regazo de la camisa con un puñado de ellas y a correr tocaban. O cuando a finales de septiembre, atacábamos la morera del abuelo Aniceto, el peral de la señora Eustorgia, los sarmientos de doña Crescencia.

Nuestro manjar preferido era la fruta. ¿Qué interés podíamos tener en media docena de pimientos morrones o un kilo de patatas tempranas?. Hurtábamos por pura diversión, hambre no pasábamos. No mucha, al menos. Era mucho más divertido echar mano a los frutales del prójimo que a los propios. Nos encarnizábamos con la huerta del tío Sinforoso, venganza fácil por habernos reprendido en público lugar, la plaza de la iglesia. Delito de lesa infantilidad: haber volteado las campanas hasta después de la segunda, en la fiesta de la Asunción. Un juego pueril, ocasionalmente arriesgado. Si el tío Indalecio aparecía de improviso jurando por todos los santos y vírgenes de la corte celestial, desde un kilómetro de distancia, la solución era fácil: echar a correr a lo largo del pedregal de la ribera, alcanzar el cauce del río y esconderse tras las sotas y choperas. Si llegaba, ladino y en silencio, hasta pillarnos con las manos en la fruta prohibida, el tiempo de reacción era tan corto que resultaba difícil escapar al azadón, o cualquier instrumento agrario que el damnificado, sin ninguna contemplación, tuviera a bien arrojarnos a la cabeza. Más de uno acabó sangrando por la sien. Aunque fallecidos, la verdad, nunca hubo.

Lo peor venía después. Acusados por el susodicho ante nuestros progenitores, éstos echaban más leña al fuego, las excusas no servían de gran cosa, y no era raro que pasáramos, a modo de castigo, una tarde encerrados bajo llave en el desván o el anexo a la pocilga. Si además el suceso llegaba a oídos del señor cura párroco, la penitencia extra confesional consistía en ponernos con los brazos en cruz delante de la pila bautismal, a la entrada de la iglesia, poco antes de comenzar la eucaristía dominical. Aquel don Tancredo, al pié de la magnífica fuente bautismal del siglo XII, constituía una vergüenza tremenda por la que nadie queríamos pasar. “¡Vaya, Inacito, estaban duras las peras de cuchillo del tío Evilasio”, decía socarrón el molinero, el señor Honorino, tan buena persona como mordaz. Desde los criterios pedagógicos hodiernos, con total seguridad, aquellas correcciones públicas y multitudinarias de las barrabasadas infantiles, serían políticamente incorrectas, denunciables ante cualquier asociación de protección al menor. Hoy día, padre, madre, abuela y cuñados se enfrentarían, abogados y procuradores por medio, al señor Elpidio que osó tirarnos la horca, sin llegar a tocarnos, por un quítame estos cuatro pericos de San Juán.

En aquellos tiempos, la letra con sangre entraba. Con los escobazos inmisericordes de tu madre en el trasero por haber hecho novillos una tarde de primavera, cuando resultaba más atractivo escaparse de la escuela para descubrir los nidos de las perdices en los trigales. O un buen zarpazo en el lomo, con la vara de arrear las vacas, por haberte distraído jugando al aro con los amigos en la plaza, mientras tu padre te esperaba, con no mucha paciencia, en la huerta para ayudarle a cambiar la cebolla del motor de riego. No cabe duda de que, en la actualidad, esto sería considerado maltrato infantil, propenso a que alguna comisión mixta, de alguna junta parental, de alguna comunidad autónoma, vía algún grandilocuente término jurídico, te arrebate la patria potestad. La aldea, pues, se quedaría sin niños. Premios, por el contrario, había pocos. Salvo la satisfacción personal del deber cumplido. Los castigos estaban a la orden del día. El maestro escuela, por no saberte la tabla de multiplicar del dos, te mandaba reescribirla cien veces en una cuartilla; el cura, en la catequesis, por no recitar de memoria el credo, te convertía en monaguillo obligado todos los días de diario, y los padres, por la suma de todo lo anterior, te requisaban la pesetilla con la que comprar cacahuetes en el bar de Abundio los domingos, antes de que comenzara el partido de fútbol en la televisión.

La disciplina se multiplicaba con creces en el internado. Por muchos castigos y penas que hubieras soportado en la aldea, las maneras, libertades y correrías del pueblo eran poco asumibles en las Arcas Reales. En parte porque éramos una masa considerable de más de doscientos niños en el pabellón de menores, la mayoría notablemente asilvestrados. La disciplina a diestro y siniestro era la única forma de domarnos. Si no nos metían en varas, como decía la señora Eufrosina, no terminaríamos nunca por convertirnos en hombres de provecho. Así que aparte de la formación académica, más o menos adecuada, que allí recibimos, el internado se asemejaba, además, o ante todo –depende de la frágil memoria de cada uno- a una escuela de cadetes donde la mayoría de las actividades se realizaban a tambor batiente, a ritmo de disciplina militar. Empezando por el espacio geográfico que se nos asignaba y sopena de incurrir en falta gravísima. Acaso perdonable la primera, si no tenía connotaciones morales, pero no la segunda. El pabellón de menores, en el exterior, quedaba limitado por el perímetro de los campos de deporte. En los edificios, por las dos alas de las clases con sus canchas de baloncesto encajadas entre ambas, el gran corredor bajo los dormitorios donde solía haber mesas de pingpong para entretenernos los días de lluvia, los dormitorios y el comedor. En el estrecho marco de esa restringida geografía infantil, salvo excepciones muy contadas, pasábamos los trimestres completos, día a día, semana tras semana. Los años. ¡Años! Haciendo y deshaciendo filas, cautos para no infringir las normas, en la suma de infinitas horas de silencio: las del estudio vigilado por la superioridad, por supuesto los de la capilla, cuya infracción, evidentemente, lindaba con supuestos pecados mortales. Silencio también en los dormitorios, en las clases, en el comedor. Filas y más filas, sigilos y más sigilos, como hilo conductor de la existencia (¿supervivencia?) en el internado.

El silencio más chocante se producía en el comedor. Acostumbrados a la algarabía de los almuerzos en el pueblo, todos picando de la misma cazuela familiar rebosante de torreznos, porrón de vino al gaznate con doce años, nunca terminábamos de acostumbrarnos a aquel misterioso murmullo, inmediatamente acallado por el P. Mendoza (“Candanedo, ¡póngase de pié!”) mientras nos sentábamos en las largas mesas a la espera de que los servidores, nuestros propios compañeros en riguroso turno, nos ofrecieran el plato de lentejas (¡ojo a los bichitos que flotan!), requemadas en su olor a tabaco, y la gruesa, qué digo gruesa, inmensa, espesísima tortilla de patatas. Siguiendo una antigua regla monástica –desconocida para nosotros-, de principio a fin, la mayor parte de comidas se hacían en irreprensible silencio, mientras desde un micrófono el padre prefecto de disciplina o un alumno aventajado leía la vida ejemplar de algún santo o nos deleitaba con una narración piadosa. Ocasionalmente, cuando en la, para nosotros ajena actualidad, se producía un acontecimiento que el prefecto consideraba importante, pasábamos de las hazañas del P. Berriochoa en la Cochinchina al relato periodístico del Diario de Valladolid. O más bien, al corta y pega de la agencia Cifra en sus tintas corridas y papel de pésima calidad.

Así que yantar tras yantar, seguimos, embelesados y espectantes, la epopeya de supervivencia y rescate del Apolo XIII. Del 11 al 17 de abril de 1970 secundamos las peripecias de Novell, Swigert y Haise y sus heroicas habilidades para resistir en el espacio exterior la carencia de oxígeno y agua. De repente, ya no era necesario acudir a la exigua biblioteca del aula de manualidades. Julio Verne servido entre los filetes rusos y la rolliza tortilla de patatas, tan exquisita que la boca se nos hacía agua.

Había una invisible frontera, absolutamente infranqueable, entre el pabellón de menores y el de mayores, una línea que continuando el eje de la iglesia, arrancaba en la frente de Nuestro Padre Santo Domingo, mascarón de proa, que Miguel Fisac, en una de tantas de sus genialidades, a modo de faro iluminador, había hecho volar en lo más alto del oval que formaba la cabecera del templo. La línea proseguía hacia el sur, bien recta, dividía la platea del teatro en dos, al oeste los mayores, al este los menores, cortaba los vestuarios y la piscina por su mitad exacta, haciendo otro tanto en la gravera. Ésta era un hondón irregular, en las lindes del pinar, que servía de escombrera. Mientras a nadie se le ocurriría atravesar la raya a la altura de la iglesia y el teatro, el camino más corto entre los dos pabellones, la gravera era espacio de intensos intercambios cotidianos, durante el recreo de primera hora de la tarde.

Allí los paisanos del mismo pueblo, residentes en pabellones diferentes, aprovechaban el relativo escondite de los cipreses que rodeaban la piscina y la notable mole del teatro para intercambiar las recientes novedades acaecidas en su pueblo, en las faldas de la sierra abulense; los que habían sido amigos inseparables en el mismo pabellón y ahora se veían alejados por pertenecer uno a segundo y otro a tercero, aprovechaban la hora de la siesta para intercambiar tebeos o los cromos más requeridos por su escasez. Los de equipos recién ascendidos de segunda o las estrellas rutilantes del Madrid. Mi hermano, en segundo, a la vez que aprovechaba para sonsacarme una ínfima parte de mis ínfimos ahorros, me pasaba la carta que recientemente le había llegado de casa, haciendo yo otro tanto con la que mis padres me habían enviado a mí (“se ha muerto doña Crocasia, el tío Ascindino ha emigrado a Valladolid, tu tía Angustias no ha vendido todavía la remolacha azucarera”). Otras veces, la gravera se transformaba en improvisado campo de juegos o insultos, donde los de un pabellón acosaban a los del otro, siempre con la línea divisoria presente e imperceptible, con una ráfaga de piedras y latas quemadas, todo por insignificantes excusas. Renacuajos, id a vuestro pabellón; los asturianos sois más de pueblo que las amapolas, Amancio da cien vueltas a Reixach. Rara era la vez que el prefecto de disciplina o uno de sus ayudantes aparecían por allí. Pero si esto sucedía y alguien era sorprendido “in fraganti”, el castigo menor era quedarse sin cine el domingo siguiente, incluso –la madre de todos los castigos- verse privado del próximo asueto. En casos que se consideraban graves, de moralidad sospechosa –aunque con 12 años no teníamos la mínima noción de tan indecente pecado mortal, siempre sobrevolaba el estigma nebuloso de la homosexualidad- llegaba la amenaza, a cumplirse en las próximas vacaciones, de la denigrante expulsión. Acompañada de la vergüenza insoportable que la expresión “recoge tu aparador y dobla tu manta” acarreaba.

Había otro método mucho más arriesgado de pasarnos mensajes entre amigos, hermanos o paisanos. El rezo del rosario vespertino y la misa diaria matinal entrañaba que todo el colegio, mayores, menores, padres, profesores y visitantes confluyéramos al menos dos veces; en tiempos de exposición del Santísimo tres, en el exquisito templo de Don Miguel. Sus resplandecientes paredes de ladrillo desnudo, tan insólitas y extraordinarias, comparadas con las estrambóticas mezclas kitsch decimonónicas y barrocas de las iglesias de nuestros pueblos. Aquí la luz llegaba exclusivamente, transparente y límpida, por los laterales del altar. El escenario de los miles e interminables rituales litúrgicos a los que asistimos, iluminados con la luz diáfana y transparente de las primaveras pucelanas. En las capillas, seguramente alguna de las mínimas concesiones de Fisac a los padres provinciales que le dieron cancha, tan incomprendidas como impresionantes esculturas de madera, atractivas y temidas hasta el aspaviento. No era nada fácil entrar a confesar nuestros pecatta minuta (“padre, me he peleado con Jesús -mi compañero- no el otro”, “he copiado en clase de matemáticas”, etc.) bajo la aterradora expresión, dedo amenazador en alto, del S. Vicente Ferrer de Carlos Ferreira.

Como la entrada, dependiendo de si se venía del pabellón de menores o mayores se hacía por dos puertas diferentes, siempre un grupo antes que el otro, al pasar por el que ya estaba sentado, se deslizaba un trozo de folio al primero de la fila, quien ya sabía que recorrido tenía que hacer el recorte para llegar a su destinatario (“me ha escrito mama y me dice que el señor Desiderio le ha pegado una coz la vaca, no podrá hacer la sementera”, “te espero mañana a las dos en la gravera”, “el P. Felices me ha castigado y me ha puesto de pié encima del pupitre”). Mensajes tan banales como ingenuos. Seguramente evocados en el recuerdo, porque el temor que nos infundía la prohibición, y sobre todo el que fueran interceptados por la autoridad, era tal, que quedaron registrados para siempre en algún sombrío rincón de la memoria.

Los rarísimos días, especialmente en los primeros años, en que se nos permitía salir a Valladolid con motivo de alguna festividad religiosa o la celebración de algún acontecimiento deportivo especial, las temibles prohibiciones caían en desuso y carentes de barreras cada oveja volvía con su pareja. Los del mismo pueblo o de los cercanos se juntaban con sus paisanos, los hermanos con los hermanos, los amigos más mayores con sus amigos pequeños. Estas desbandadas pucelanas, vueltas y revueltas por el Campo Grande o los aledaños del Paseo Zorrilla, no siempre tuvieron un final feliz. Recién llegados de los pueblos, donde la tienda más grande era la de ultramarinos del señor Severino y la camioneta de venta ambulante del señor Leocadio, delante de los comercios de Valladolid, intocables para nuestros menesterosos bolsillos, los ojos, como decíamos en expresión de la época, se nos hacían chiribitas ante tanto esplendor, luces y abarrotamiento de golosos productos. En un alarde de consumismo infantil adquiríamos, como mucho, alguna golosina o un tebeo de El Capitán Trueno o Hazañas Bélicas. Pero allí estaba Simago, tentación fácil con dos o tres plantas, colmadas de juguetes, elepés, ropas. Además podíamos manosear todo, remirarlo y volverlo a dejar más o menos en donde lo habíamos tomado. Algunos no. Prefirieron esconderlo debajo del jersei. Algún insignificante artículo: unas gafas, quizá algún libro de aventuras. Pero ya entonces había guardias de seguridad, figura de ley y orden, ingenuamente desconocida para la mayoría de nosotros. Llamada al colegio, venida en urgencia del prefecto de disciplina, petición de disculpas, bochorno masivo, pánico total. Resultado, media docena durmieron por última vez, aquella noche, en el internado. Podía uno ser un estudiante mediocre, incapacitado para formar parte de la coral, inservible para correr en el campeonato de cross, pero hurtar era lo último que se podía permitir en un internado con tal reputación, ontológicamente religioso por más señas. Sin duda, uno de las faltas mortales más graves en el florilegio moral al que se nos exhortaba para su obligado cumplimiento.

Otro hurto, éste insospechado incluso para los mismo autores, pero de una gravedad no menor, y de una amplitud considerable, ocurrió durante una de las visitas a la magnífica finca de La Mejorada, en las cercanías de Olmedo. Poco nos preocupaban los restos de la iglesia datados en 1396 o que fuera objeto de una las primeras declaraciones de Bien de Interés Cultural en 1931 . Habitada por una decreciente comunidad, veteranos misioneros de la Cochinchina, que ahora ejercían las funciones de imposibles guardianes. Durante la jornada, negligencia del tutor de la excursión o confianza plena en nuestra integridad moral, nos dejaron campar a nuestras anchas por viñedos, cementerio, tapias y celdas. Aquello no era Simago, pero de alguna forma se asemejaba. Además no había sigilosos guardias jurados. Entramos a saco en las celdas que, genuinamente, creíamos abandonadas. Cada cual arrampló con lo que le plugo. Poco a poco se fueron formando corrillos donde cada cual exhibía sus trofeos de guerra. Alguien una maquinilla de afeitar eléctrica, aunque todos éramos barbilampiños, otro, cuadernos, alguno, ininteligibles libros de teología o espiritualidad, otros, impecables bolígrafos bic, estampas religiosas, fotografías sepias con imágenes de lejanos paganos achinados convertidos a la verdadera fe. El botín era inmenso. Habíamos encontrado un tesoro escondido y nadie nos advirtió que aquellos bienes tenían propietarios que por alguna ignota razón no aparecieron en todo el día por sus habitaciones. Nosotros creímos que el caserón estaba abandonado y sin la menor reticencia tomamos posesión de todas las pertenencias existentes tan llamativas a nuestras miradas infantiles.

Hasta la hora de la cena, ya de vuelta al internado. Cuando el expolio salió a la luz. Formación militar, filas atemorizadas en el corredor inferior del pabellón, azaroso silencio. Prácticamente, todos los excursionistas, uno por uno, habíamos tomado parte en el saqueo. Piratillas inesperados de un día de asueto a punto de convertirse en protagonistas indeseables de una tragedia escolar, familiar y quien sabe si mundial. Otra fila más en aquel amedrentado anochecer, para pasar por la celda del P. Reyero, encargado de nuestro dormitorio. Uno a uno. Para dar explicaciones, pedir mil perdones, dolores de atrición y contrición, me arrepiento hasta el fin de mis días, no cometeré otra vez este acto reprobable. Ya se sabe que la ignorancia de la ley no exculpa el yerro. Devolución de todos y cada uno de los objetos. Como los implicados éramos tantos, fuera por acción u omisión, no resultaba conveniente el que expulsaran a ciento y pico internos. Así que por la generalización de la culpa, fuimos redimidos los individuos.

En silencio, filas, más silencio y más filas, asimilamos lo que vocablos como disciplina, mortificación, docilidad, sumisión, obediencia y jerarquía significan. Con el paso de los años, he afirmado por doquier que el internado no sólo no me creó ningún trauma irreversible, salvo que Freud piense otra cosa, antes bien, estoy plenamente convencido que me convirtió en un hombre de provecho. Justamente, lo que preconizaba la señora Eufrosina. Creo yo. Simago y La Mejorada aparte, pese a quien le pese, incluso con todos los errores pedagógicos y existenciales que entrañaba vivir en la década de los setenta. A fin de cuentas, nuestro asilvestramiento pasó a mejor vida, la de nuestra buena educación. De aquella jornada aciaga en La Mejorada guardo un diminuto botín tangible. Un diminuto libro, La Imitación de Cristo, de Tomás de Kempis, el ex libris lleva una fecha enigmática, de autor desconocido. 3 de agosto de 1932. Tan misteriosa como la manera en la que pude convencer al padre Reyero que yo sólo había hurtado unas cuchillas de afeitar. Que, claro está, le devolví.

Sunday, June 6, 2010

Profesores de la Escuela Apostólica

Me privan los misterios, los alienígenas con sus platillos volantes, forasteros interestelares que han creado misteriosas civilizaciones, más tarde barridas por las tempestades inmisericordes de la historia. Presumiblemente porque sus mentores extraterrestres han desaparecido para crear, en otra galaxia lejana, una nueva cultura que a su vez desaparecerá, más tarde o más temprano, en la furia de continentes sumergidos, como la Atlántida. O simplemente sobrevolados para perfilar extrañas figuras desde las alturas, como en Nazca. También se me ocurre que Jesús no murió en la cruz, antes bien, fue sacado a escondidas de Palestina y terminó por pasar a mejor vida en la intrigante Cachemira. Otros aseguran que un montículo atestigua como pasó sus últimos días en en Akita, la provincia norteña de Japón. Es tiempo de ingenuas creencias. Con trece años, la ficción de “Planeta rojo” es fácil travestirla en cotidiana realidad, a la vez que imagino, con Julio Verne, cómo alcanzar la luna.  El mecanismo de Antykthera herencia directa de los carros de los dioses, que en la noche de los tiempos, descendieron sobre Siracusa y entregaron a Arquímedes inescrutables secretos en torno a eclipses planetarias, el perigeo del Sol y la Luna y la datación de los juegos olímpicos en Grecia.

Con su voz ronca, gutural y restallante como un látigo, el P. Antonio Felices me señala, mientras escruta nuestros rostros atemorizados, con el índice, pero sólo porque estoy en las primeras fila de la clase, mientras describe con todo lujo de detalles como ha observado el ovni sobre los cielos de la vecina Tudela de Duero: “saqué un telescopio de 180 aumentos. Al mirar por él, el objeto, que en un principio tenía una forma esférica, pasó a tener una forma triangular, o de punta de flecha, con una especie de panza en su parte inferior. Y, aunque estaba estático, hacía un movimiento pendular. Se trataba de un objeto oscuro, del color que podrían presentar los cañones de las escopetas”. Todo lo que dice el P. Felices me resulta cómodamente creíble. Tanto que termino por ser su inesperado corresponsal, cuando una madrugada del verano de 1969, tomo nota de las visiones que doña Concha, una vecina del pueblo, a la que muchos consideran que no está en sus cabales, dice haber observado a las cuatro de la mañana, sobre la vertical de Villaeles de Valdivia, un extraño objeto, de forma indeterminada, zigzagueando por el firmamento estrellado, a la vez que arrojaba un extraño resplandor.

Sabe de sobra que nos aterra con sus historias de marcianos. Quizá no sea la pedagogía más ortodoxa, pero raramente osamos saltarnos la estricta disciplina del silencio ante el pavor de que, cualquier día de éstos, seamos abducidos por naves ovaladas en forma de cigarro puro. En su extensa gama de narraciones, nos resulta complicado discernir si cuenta terrores reales o fantasías ficticias. Se regodea en nuestro temor, al contar historias de fantasmas y resucitados, de lunáticos asesinos, cercanos extraterrestres que cualquier atardecer pueden sorprendernos si nos aventuramos en el pinar de Antequera. El P. Felices es un experto en la ciencia ficción que él asegura es incógnita realidad. Incluso T.V.E. le acaba de entrevistar en su pequeña celda, donde apenas cabe una de las cámaras y su madeja de cables para su canal en UHF. Ha sido protagonista en diversas tertulias del género y es considerado uno de los mayores entendidos de ovnis en España. Con el añadido de que sus comentarios están matizados por perspectivas filosóficas y teologales. La segura, afirma, existencia de otros mundos desconocidos para nosotros, incluso existentes en el nuestro, en otra dimensión, tamizados por las comunicaciones telepáticas y las bilocaciones de extraños seres con tres ojos en la frente. ¿Habrán sido redimidos por la muerte y crucifixión de Cristo, o no habrán tenido esa imperiosa necesidad? ¿Están concernidos, puesto que no son de este mundo, por el pecado original de Adán y Eva? O más bien, ¿están libres de tal lacra?.

Y aunque no tiene nada que ver, además, el P. Felices es nuestro profesor de inglés. Parece que antes de ejercer su magisterio shakesperiano en la escuela apostólica residió en Hong-Kong, lugar recóndito y misterioso en nuestras restringidas fronteras mesetarias. Algo de vocabulario, supongo, he aprendido con él, aunque a regañadientes nos preguntemos para qué sirve el ingles del método Mangold (“This is a pencil”).  Sobre todo, con el P. Felices, sin que él lo advierta, me he hecho fiero converso de las buenas causas del espacio exterior. O séase, Ezequiel ha dejado de ser un profeta, para transformarse en puntilloso narrador del aterrizaje de naves extraterrestres. El Antiguo Testamento refrenda a Erich Von Daniken. O más bien al revés. Escucho el andar rotundo del P. Felices, sus pisadas firmes, adivino su oronda figura avanzar decidida por el pasillo de las clases de tercero en el pabellón de mayores. Me concentro en el genitivo sajón. El P. Felices tiene la mala costumbre de insuflarnos espanto cada vez que entra en el aula. Con su sóla presencia. Bien, sin previo aviso, nos encasqueta un examen de vocabulario elemental, rellenando los puntos suspensivos en frases como “The book is … the table” (¿At, in, by, on?), bien, al menor descuido, en cuanto percibe a alguien de la última fila cuchicheando con su compañero de pupitre, su voz tronituante termina por implantar un silencio tan asombrado como temible: “Gamarra, de pié encima del pupitre”. Por hablar.

Detesto las matemáticas. Un martirio permanente en mi senda para convertirme en hombre de provecho. Las que venían en la Enciclopedia Álvarez de Segundo Grado son las únicas que he entendido a medias. Ejercicios sencillos como sumar, restar, quizá alguna raíz cuadrada de un par de números y, paremos, nunca mejor dicho, de contar. ¿Será algo genético? Para mi fortuna, en esta incomprensible marejada de binomios, polinomios y otras figuras ininteligibles, se acaba de cruzar el P. Regino Borregón. No me resulta difícil imaginarlo sentado en un tractor, gradeando los gélidos páramos abulenses, o vadeando un arroyo tras el rebaño de merinas. De porte más bien bajo, tez muy morena, pelo oscuro, recio y rostro lleno de arrugas no desmerecería, por la apariencia, de cualquiera de mis paisanos, ocupados en la sementera, este septiembre de 1968, mientras yo sufro con los ignominiosos quebrados.

Con cualquiera de las repetidas reformas escolares sufridas, de repente, los libros de texto, sean de lengua, manualidades o física han dejado de ser, eso, libros de texto. Ahora vienen todos edulcorados con más estampas, textos recortados en los márgenes de las páginas, para resaltar que Cervantes estuvo en poder de los corsarios o que la catedral de Chartres posee uno de los rosetones más extraordinarios del arte gótico. El de matemáticas no podía ser menos. A diferencia de la simpleza de la Enciclopedia Alvarez, el texto viene con una abundante disposición de gráficos, diagramas, bocetos, croquis y dibujos. Lo cual, si cabe, realza las dificultades. Sospecho que al P. Regino tantos adornos tampoco le agradan. Su carácter se asimila más al de un sencillo maestro escuela que con un docto profesor de instituto. Ponga como ponga el libro, por más vueltas y revueltas que dé a las hojas, todas esas curvas que ondean entre los ejes X e Y seguían siendo tan enigmáticas como antes. El P. Regino, hombre llano y bondadoso donde les haya, no ceja en su intento de que yo comprenda, aunque no soy el único, la importancia de las ecuaciones de primer grado para mi vida de futuro aspirante a misionero en el lejano oriente. Pero como si nada. Mi imaginación va por otros derroteros y las matemáticas me resultan bien ajenas. Cada evaluación termina por advertirme, sin acritud ni desesperación: “Cóbreces, le apruebo por pura bondad”. No le falta ni un ápice de razón. O quizá le da vergüenza, o pena, de que los sobresalientes y notables en lengua, religión, historia se vean lastrados por el suspenso ajustado, o el aprobado raso. Entre el cuatro y medio y el cinco veinticinco se mueven todos mis escasos conocimientos de álgebra.

El P. Regino es una brazada de benevolencia. Campechano como ninguno, no le importa arremangarse el hábito y ponerse a disputar un partido de fútbol con toda la plebe de alumnos en pos del balón. Durante los asuetos, lo mismo nos enseña a esculpir una barquichuela con la corteza del piñonero, navaja en mano, que se pone a cocinar la paella, a la sombra de los pinos, en los arenales de Simancas. O a servir el dulzón líquido anaranjado del garrafón, que a modo de elixir exquisito degustamos con fruición los días de asueto. Tras sus gafas de espesa concha negra, se esconde una mirada, sin duda paternalista, como no puede ser de otra manera en esta época que nos toca vivir, pero sobre todo benigna, afable, acogedora. A medias entre hermano mayor y abuelo. Se ve a cien leguas que nuestros orígenes vienen del mismo lar castellano. Austeridad y honradez van parejas con amparo y cobijo. La mayoría del resto de profesores también son de nuestros pueblos, o de aldeuchas vecinas idénticas a las nuestras, pero los estudios de filosofía o la paternidad espiritual les han mudado en perdonavidas, con una miaja del engreimiento que otorga la autoridad absoluta con la que nos gobiernan. Aunque las matemáticas no me pertenecerán nunca, el P. Regino es de los míos. Sin duda.

Un capitán de barco sale de pesca, con cuatro marineros a bordo, iza las velas en la bocana del puerto, a la captura del bonito. En la bahía cercana pescan 9 peces que se dividen a partes iguales,  dos bonitos por pescador, aunque el capitán, como es lógico, se lleva tres. Cuando vuelven al puerto, dos de ellos entregan los peces a sus mujeres para que los cocinen, otros dos los cocinan ellos mismos, el quinto, que no es otro que el capitán, los guarda en la nevera. A través de esta pequeña historieta que el P. Isidro Rubio se ha inventado sobre la marcha, descubro, aunque entonces no sea capaz de denominarla en tales términos, la importancia de la tradición oral en la literatura. El profesor se la cuenta en un murmullo al primero de la fila, en la clase A de cuarto. Pasa por Candanedo, Catón, un servidor, Durantez. Siempre contada en un susurro. Con los labios pegados al oído para que el vecino no la oiga. Cuando el último de la clase la narra en voz alta para todos, la descripción original de la pesca es un batiburrillo incomprensible donde han aparecido cazadores disparando a los atunes, la barca se ha esfumado y el capitán se queda con todos las capturas. Y sólo somos 28 narradores los que nos hemos pasado la historieta en menos de un cuarto de hora.

Pedagogía relativamente intrascendente para hacernos comprender la importancia de la tradición oral en el Mío Cid y en las decenas de versiones con que algunos poemas del romancero español han sobrevivido a través de las centurias. Pero la lección queda bien aprendida. Muchos años más adelante este fugaz episodio escolar me revendrá en incontables ocasiones cada vez que los cuatro testigos de Rashomon cuentan el asesinato del samurai y la violación de su esposa en cuatro maneras absolutamente diferentes. O cuando el P. Stock del Istituto Biblico Pontificio nos apunta la complejidad de las tradiciones dentro de las primeras comunidades cristianas en la conformación del proto Mateo hasta derivar en la concepción de la divinidad de Cristo.

El P. Rubio es de los profesores más jóvenes, posiblemente, en este año del Señor de 1970, no lleve más de media docena de años en la docencia. También ha sido profesor de literatura en segundo. Se nota su imparable entusiasmo por transmitirnos la importancia de Garcilaso de la Vega o la necesidad insoslayable en leer El Quijote. Tomo, que para qué engañarnos, nos repele bastante por su grosor y su castellano obsoleto. Todos decimos que en el verano lo leeremos, tal es la trascendencia que nuestro profesor le otorga. En verano, sin embargo, tenemos asuntos de más enjundia en los que ocuparnos. Entre otros, agavillar la mies que siegan nuestros padres o echar bezos  a las ovejas en la tinada, cuando retornan hambrientas de recorrer los rastrojos resecos. Cierto o no, al P. Rubio le atribuyo, sin que me quepa la menor duda, el haber conformado una educación literaria notable, un cariño por la letra escrita que no creo haya encontrado, jamás, en otros profesores, anteriores o posteriores. Esto es lo que tienen los buenos profesores, que sin saberlo dejan huella. Se engrandecen en nuestras vidas, se vuelven añejos, incluso olvidados, con el paso de los años, pero de alguna manera sus enseñanzas rezuman por los poros de nuestra débil memoria.

Gracias a él, participé en un concurso de cuentos de Coca Cola
en Valladolid. Mi única ganancia fue una bolsa de deporte con el logotipo de la
famosa bebida. Pero mi narración, cursi como ella sóla, hablaba de mariposas,
flores y primaveras, se publicó en “Cumbre”, la revista del colegio. Cuando
ocasionalmente me topo con ese número, inesperado superviviente de más de 15
traslados, aunque ligeramente deshilachado, no puedo sino evocar los misteriosos
meandros de la memoria que permiten retomar, sin razón aparente, una enseñanza
aparentemente trivial y, al mismo tiempo, envían otras al purgatorio del olvido
y la amnesia. 

Nota foto: El padre Felices en Valladolid (España), probando la resistencia de un cristal similar al que fue perforado por un ovni en 1975 (caso Emiliano Velasco). Foto: J.J.Benítez

Monday, May 31, 2010

Aspirantes

La galería del pabellón de menores es inmensa, majestuosa con su fila doble de columnas amarillas. Efectivamente, tal y como había asegurado el P. Santiago, las mesas del exótico juego del ping-pong están allí, en la parte derecha. El pequeño grupo, guiado por la voz ronca y profunda del P. Gregorio Buena, quien parece actuar como ayudante del prefecto de disciplina, sube al dormitorio del primer piso. A cada uno se nos asigna una cama y un aparador diminuto. Pese a todo, éste resulta excesivamente grande para el puñado de cosas que portamos en nuestras maletas. A mí me corresponde la cuarta cama más cercana a la habitación, hay una en cada extremo del dormitorio corrido, donde se resguardan tras unas misteriosas cortinillas, el prefecto de disciplina y su ayudante. Por turno, se encargarán, cada noche, de apagar las luces hasta que todo reste en absoluto silencio. Por las mañanas, el del otro extremo, se turnan ambos en estas tareas, vigila que, una vez suena el timbre, todos acudamos rápidamente a los cuartos de baño comunes para asearnos. Basta con lavarse la cara y las manos, antes de bajar a desayunar. La ducha queda reservada para cuando, después de la comida, hagamos deporte. Y no siempre.

En el listado de útiles requeridos según la carta donde se nos invitaba al cursillo, aparte de una muda para la semana –sólo nos cambiábamos de camiseta y calzoncillo los lunes por la mañana-, un par de pantalones, tres camisas y cuatro pares de calcetines, el bañador para la piscina y un pantalón corto de deportes, hay también varios objetos que son completamente nuevos para mí. Para empezar,  la mismísima bolsa de aseo con su cepillo de dientes y la pasta profidén. Eso no es exactamente lo que pone en el tubo aunque así es como mi madre lo ha pedido en la tienda de Saldaña. Lo mismo que en el bar del pueblo los mayores piden una fanta al señor Abundio, el cantinero, y éste siempre les sirve una botella con una bebida anaranjada, sea cual sea la marca, lo del profidén parece responder a los mismos principios de generalización. El mío, aunque se denomina Licor del Polo, es profidén y así lo será durante los cuatro próximos años de internado. En cualquier caso el artilugio, jamás usado por muchos de nosotros antes, salvo por quienes proceden de las capitales, es toda una novedad. El padre prefecto pasará durante toda la semana, por las mañanas y por las noches, por los cuartos de baño comunales, para explicarnos como frotar correctamente el cepillo sobre las encías.

El segundo objeto es, asimismo, otro cepillo. Éste para abrillantar los zapatos. A diferencia del de dientes, éste ya le conocía, únicamente que su uso quedaba restringido para adecentar los zapatos de charol, poco antes de ir a misa, en la fiesta del pueblo y, si acaso, en alguna otra rara ocasión donde sacábamos a relucir nuestras mejores galas, el Domingo de Ramos, Pascua Florida, Corpus Cristi y poco más. Ante la extrañeza de muchos de mis nuevos compañeros, a la crema negra que hay dentro de la cajita redonda con la marca Búfalo, vuelta a las generalizaciones de la fanta y el profidén, yo la denomino serbus. Las razones por las que en mi comarca, el betún porte tan curioso nombre es un asunto que desconozco. La palabra, aunque todavía usada actualmente por los viejos de los pueblos, ha caido en desuso. Los compañeros riojanos, burgaleses y abulenses la usaban lo mismo que nosotros, los palentinos. Quizá fuera otra marca genérica de la época, en una época donde tan pocas marcas existían. No recuerdo que fuera usada por los asturianos, siempre tan numerosos como tribales en sus agrupamientos por paisanaje, con su vocabulario tan peculiar para nosotros, guajes más acá del puerto de Pajares,  y su acento que calificábamos como gallego. En realidad, todo lo que estuviera más allá de los Picos de Europa, incluida la parte norte de León y, por supuesto, los ponferradinos y maragatos, también muy numerosos, eran gallegos. Como es bien sabido, cuando el franquismo apenas si mostraba alguna hendidura, década de los sesenta, las fronteras autonómicas sólo estaban marcadas en nuestros libros de geografía por graciosos dibujitos, iconos que dicen ahora. En el sureste peninsular, pongamos por caso Murcia, se cultivaba el gusano de seda y entre Gijón y Oviedo aparecían minas de carbón. En la meseta, espigas de trigo. Las lenguas propias, los derechos forales y las asambleas autonómicas eran meras entelequias.

Comienzan las instrucciones del P. Buena, más bondadoso que inmenso, lo que dado su ancho porte es pura redundancia, sobre cómo tenemos que disponer de nuestras escasas propiedades en el exiguo armario. “Pongan las zapatillas de deportes en la parte inferior”, su voz retumba a todo lo largo y ancho del dormitorio corrido. Resulta chocante que nos trate de usted, de la misma forma que nosotros nos dirigimos en el pueblo al cura, al maestro, claro está, y dependiendo de familias, a nuestros abuelos y, en casos extremos, hasta a nuestros padres. Las primeras veces que nos trata de usted nos observamos unos a otros, miramos en derredor, a ver a qué personajes tan importantes se dirige. Pero como todos, los que nos afanamos por ordenar el aparador –otro vocablo ligado por siempre al internado-, somos de la misma edad, parecidad estatura y los únicos que le pueden oir, terminamos por sentirnos aludidos.

El aviso de los zapatos no es del todo irrelevante. En nuestras casas es la mama, que no mamá, quien siempre realiza estas tareas de ajustes en las alcobas y, como es de esperar, algunos de nosotros hemos comenzado por poner los zapatos entre la muda y la bolsa de plástico que contiene el cepillo de dientes y la pastilla verdosa de jabón Heno de Pravia. Un pequeño revoltijo donde el pantalón de deportes, que mi madre ha zurcido con tanto esmero desde dos retales dispares, más o menos del mismo color, tambien sirve para envolver la pastilla de “chocolate de hacer” Mata, tan dura que ni siquiera la calorina que, en este mediados de julio, abrasa las riberas del Pisuerga ha conseguido ablandar lo más mínimo.  Esta noche, cuando apaguen los fluorescentes, reine el silencio, pienso dar cuenta de una buena parte de ella. Colocadas todas las cosas en el armario y la maleta encima del mismo, comienza la visita guiada a las instalaciones.

Comenzamos por la extraña iglesia de paredes desnudas. A diferencia de las iglesias de nuestros pueblos superpobladas de imágenes, retablos, santos y vírgenes de toda especie y condición, aquí sólo destacan las numerosas filas de bancos y al fondo una claridad extrema. El altar anegado de tanta luz, penetra desde dos vidrieras laterales entre blancas y amarillentas, que hasta la misma imagen en piedra retorcida de Santo Domingo y la Virgen del Rosario, colocada a media altura, a modo de frugal retablo, parece diluirse en la intensa claridad de la luz vespertina. No hay ni más santos ni más escenas bíblicas. El altar está dispuesto para que el celebrante se ponga de cara a los fieles. La sobriedad y desnudez de todo el conjunto es tan excesiva que por un momento tengo la impresión de que alguien ha arramplado con esculturas, cuadros, pendones y cruces procesionales tan abundantes en nuestros pueblos. Las paredes laterales completamente desvestidas, salvo por diminutas representaciones de las estaciones del calvario.

Pero no, en el interior de algunas capillas laterales avistamos extrañas imágenes de madera, cuya simplicidad y ascéticas posturas, tan diferentes del barroquismo de nuestras parroquias, nos atemorizan con sus inquietantes figuras. Sobre todo, una que dicen representa a San Vicente Ferrer, el insigne santo dominico y valenciano, martirio de herejes y judíos (no, esta particularidad no se nos detalla en la visita guiada). El artista ha esculpido, de un tocón retorcido, una temible imagen, amenazadora, donde no se sabe que me produce más miedo si su inquietante dedo conminador o el aspaviento de su boca entreabierta. Algunos meses después, la estatua será retirada de su capilla y entre los estudiantes correrán diversos rumores sobre las razones por las que el intrépido predicador desaparezca de nuestra ya austera iglesia. Las buenas lenguas dirán que para evitar que los internos más propensos a las turbaciones no pasen de largo mirando la capilla de reojo, otros afirman, las malas lenguas, que entre los padres ha surgido una disputa sobre la idoneidad de representar al santo en semejante guisa.

Ante nuestra mirada infantil, todo nos parece gigantesco e imponente. El inmenso salón que hace las veces de comedor, con sus enormes mesas y bancos corridos donde al menos caben una quincena de estudiantes por cada lado, no se queda a la zaga en este paseo inicial por el gigantismo del edificio. Las paredes impolutas de mosaicos blancos que alcanzan el techo nos parecen interminables y desde un extremo al otro, estoy seguro, cabe bastante más gente que en el modesto salón de plenos del ayuntamiento del pueblo.

Como en la mili, el P. Buena nos da la orden de rompan filas, aunque no sean ésas exactamente sus palabras. “Vayan al campo de deportes, a las ocho, aquí, en línea, para ir a rezar el rosario a la iglesia”. El resto del colegio vamos, pues, a descubrirlo en volandas de nuestra propia curiosidad. Poco a poco hemos perdido la timidez inicial ante los espacios desmesurados y los compañeros nuevos. Nos desperdigamos, aunque ya no necesariamente con los camaradas del pueblo o del valle de donde provenimos. En pocas horas, comienza a reinar la camaradería por ser compañeros de clases, casualidades del alfabeto y los apellidos. Por cierto, sin que sepamos muy bien por qué se nos prohibirá usar bajo estrictas órdenes de la superioridad el término. Justamente por ello, durante una temporada, empezaremos a burlarnos de tan incomprensible norma y la usaremos a diestro y siniestro. “Camarada Durántez, pasa el balón”; “Camarada Catón, déjame el compás”. Pero si un profesor o supervisor nos sorprendía en tan esotérico uso del vocabulario, castigo seguro. Se acabó el partido de fútbol en el campo de arriba.

Corremos prestos a ver el campo de baloncesto, con sus canastas bien firmes, en un patio interior, entre el ala que cobija las clases de primero y de segundo. Al fondo del pasillo de las clases, un salón más grande, con tragaluces, en forma de sierra, como los que hemos visto en las fábricas de nuestra capital de provincias dispone de grandes mesas, que los más entendidos dicen que son para los trabajos manuales y el dibujo. Los pupitres de las clases, a diferencias de los del pueblo, donde todos eran dobles, aquí están individualizados. Una inmensa pizarra cubre todo el fondo del estrado donde se sitúa el profesor.

Las afirmaciones del P. Santiago se hacen de nuevo realidad en los campos de fútbol. Efectivamente, inmensos, con las líneas de juego, incluso las áreas marcadas, no con paja, con cal. Los postes de metal, es decir, perfectamente rectos y sólidos. Seguro que no valdrán las discusiones en torno al imaginario larguero que usamos en la aldea (“se ha ido por arriba”). Y por fin la piscina. Decepción. Sí es grande, aunque no tanto como me la imaginaba. Está detrás de un seto de cipreses, en la parte trasera del teatro. Tiene vestuarios, así que ya no nos quedaremos en pelotas para cambiarnos como hacemos en el pueblo, tras las sotas de la ribera del río. Lo peor es que no tiene ni una gota de agua, más vacía que las pozas del río pequeño de mi pueblo al final de agosto. Dos filas de compañeros, seguramente llegados ayer por la tarde, se afanan, arrodillados sobre el cemento del suelo, cepillo en la mano, en frotar y refrotar para quitar el moho, verdín como lo llamamos nosotros,  del agua estancada toda la primavera. Han acabado con la parte que cubre menos y están llegando al desnivel donde la profundidad se ahonda por lo menos un metro. Un padre con hábito, tintinean las cuentas del rosario que lleva a la cintura, el escapulario, la especie de interminable babero que lleva en el pecho, echado hacia atrás por encima del hombro, dirige las operaciones manguera en mano. A medida que los camaradas, perdón, los colegas eliminan el moho, centímetro a  centímetro, con la manguera va echando la porquería hacia la parte más sucia que aún queda por restregar. De vez en cuando, al P. Llanos pierde la puntería sobre la línea del verdín eliminado y el chorro de agua fresca remoja a los limpiadores. Aumenta la algarabía de aquellos a quienes no les ha tocado el agua. “Padre Llanos, padre Llanos, cáleme a mí”, reclaman casi al unísono los de la segunda fila.

Sunday, May 23, 2010

La piscina más larga

Los efectos de la posguerra se dejaban sentir con absoluta nitidez, finales de los sesenta, en todos y cada uno de los pueblos y aldeas de Castilla. El desarrollismo urgido por los planes económicos de tecnócratas y opusdeístas así como la tímida apertura del Régimen eran asuntos reservados, en exclusiva, para las élites –tan escasas como privilegiadas- de las grandes ciudades. Sus supuestos beneficios económicos eran imperceptibles entre las casas de adobe de los campos góticos, en los mercados de ganado de la montaña leonesa o por entre las ralas cosechas cerealistas de los páramos abulenses. Las iglesias rebosaban de fieles con el rezo del rosario vespertino, de la misa dominical sólo se escaqueaba, ocasionalmente, el redomado vecino supuestamente anticlerical, convertido por ello en un paria de callejas y tinadas.

En los pueblos castellanos, la religiosidad y todo lo que ésta comportaba, respeto sacrosanto al párroco, pertenencia a las cofradías, volteo de campanas en honor del santo patrón, entre otras muchas actividades que hilvanaban  la vida cotidiana de sus gentes, se seguían realizando a golpe de badajo como se había hecho durante años, decenios, incluso siglos. Ni las guerras civiles, ni los advenimientos de repúblicas, menos aún el paso de carlistas, restauraciones monárquicas o las revoluciones mineras habían transtornado el consuetudinario devenir de la religión como elemento de cohesión. Algunos dirán, con la alevosía que otorga el paso de los años, que era el imperio del pensamiento único. Sea lo que fuere, por encima de las trifulcas sobre los mojones de las parcelas, las seculares rencillas familiares transferidas de padres a hijos, más allá de las repetidas e infames cosechas, los campanarios de las iglesias seguían siendo el referente esencial en nacimientos, bodas, extremaunciones y entierros. La religión en su modo más ritual y, pese a todo, interiorizada de entenderla, impregnaba la totalidad de hacienda, vida y muerte de los vecinos. Desde el Bierzo a la Alcarria.

Sin embargo, de una forma curiosamente paradójica, la religión –aparte de la creciente emigración a Bilbao, Madrid o Barcelona- constituía la mejor vía de escape. Resulta sorprendente que el denominado opio del pueblo nos sirvió a muchos de nosotros, poseedores de todas las papeletas para terminar arreando las mulas o gradeando con el John Deere,  como el mecanismo inescrutable, con la perspicacia concedida por el paso de los años, denominémoslo divino, que nos abrió –literalmente- las puertas del campo. Para huir de él, se entiende. Ya se sabe, ancha es Castilla. Cierto, las papeletas de la tómbola eran todas nuestras. Si teníamos suerte un primo nos buscaría un puesto en una fábrica del Bajo Deva o a la sombra de las chimeneas del Alto Vallés, si no teníamos primo que arrimara el hombro en la creciente industrialización vasca o catalana, ya se sabía: sementera de otoño, recogida de remolacha azucarera bajo las heladas de diciembre, siembra de patatas en la primavera tardía y la sempiterna mala cosecha en el estío. Y la partida de mus, esa que no faltara, los domingos en el teleclub.

Sí, todos los boletos eran nuestros, todos menos uno. El personificado en el P. Santiago González, cuyo título de reclutador de la escuela apostólica -encaja mal ese tufo militarote de obligatoriedad con lo de escuela apostólica vocacional- o comoquiera se denominara su cargo, que recorría incansable a bordo de su renqueante dos caballos aldeas y villorrios de la meseta para convencer a progenitores y prole que un futuro mejor, sí, era posible. Por el mero y, aparentemente, sencillo hecho de decirle que sí, pasábamos en un mero instante de serviles hijos de la gleba a admirables aspirantes al sacerdocio dominicano. Ahí es nada. Evidentemente, lo de aspirantes era un concepto incomprensible para nosotros. Si el maestro escuela era razonablemente decente – el mío, Don Tino lo era- nos conformábamos a los diez años cumplidos, con saber leer y escribir con dignidad, conocer de carrerilla los afluentes de los principales ríos patrios, memorizar las fábulas de Samaniego y la tabla de multiplicar.

Así que el P. Santiago, avezado en estas lides de persuasión –bajo su denominación más bondadosa, más tarde, el cargo pasaría a llamarse promotor de vocaciones- recurría a promesas menos etéreas y mucho más atractivas para nuestros ideales preadolescentes, los cuales se resumían, dejando aparte las tareas del campo que nos imponían nuestros padres, la necesidad o ambas, en hacer fuera de la escuela lo que nos venía en gana. Desde buscar las nidadas de codornices entre las amapolas hasta apedrearnos con los del pueblo vecino el domingo por la tarde, a fin de dilucidar, de una vez por todas, si la torre de su iglesia era más alta que la nuestra.

La separación iglesia-estado no era inminente y mucho menos existente, así que para el párroco, maestro, alcalde y boticario, si lo había, recibir la visita del reclutador era no sólo una obligación, antes bien todo un honor. Una vez pasado el invierno, por la escuela de ladrillo edificada en tiempos de Primo de Rivera, aparte del  P. Santiago, se sucedían los representantes de agustinos, jesuitas, franciscanos, maristas, viatores, redentoristas y un largo etcétera de variopintas sotanas y heterogéneos hábitos. Aunque como se sabe, éste, el uniforme, no hace al monje, el color del mismo, la forma del escapulario o si llevaba capa, no era asunto menor. Más de un compañero de pupitre eligió una u otra escuela apostólica porque el blanco le cayó mejor que el negro, o viceversa. No obstante, los reclutadores sabían que tecla pulsar para, digamos, llevarse el futuro aspirante al agua. Exactamente. El de la piscina. Ahora se calificarían de sibilinas herramientas de marketing. En 1966, el principal tirón para que alguno de nosotros comenzara a mirar de soslayo, con ojeriza, la reja del arado, era ni más ni menos, la piscina del colegio a donde se nos invitaba a asistir, durante una semana de agosto, a los cursillos. ¿Qué era aquello de los cursillos? Pues según el reclutador, una semana de vacaciones –en aquella época, todo hay que decirlo, la idea de vacaciones era inocua e irreal para nosotros- así que todo se resumía en que íbamos a poder bañarnos, cuanto quisiéramos, en una piscina de ¡25 metros!. Ahí no quedaba la cosa. Había no menos de seis campos de fútbol con sus porterías de reglamento, cuatro pistas de baloncesto e incontables mesas de ping-pong. Fuera las pozas del río, que aterrorizaban a nuestros padres con su peligro de remolinos, desaparecido el campo de fútbol de las eras, con sus postes hechos de dos ramas sinuosas de chopo. En cuanto al baloncesto y ping-pong, ¿qué es eso?.

Así pues, la vocación, incipiente, claro está, de muchos de nosotros, fue una simiente, ¿cómo diríamos?, deportiva. Futuros evangelizadores del reino de los cielos apabullados por las dimensiones inconmensurables de una piscina. En realidad de muchas piscinas. Como los cazadores que cuentan sus hazañas imposibles de verificar, los reclutadores que semana sí y otra también aparecían por la escuela mixta, iban alargando, nunca mejor dicho, las dimensiones de la suya. Cuantos más campos de fútbol y más grande la piscina, más posibilidades de que unos u otros nos decantáramos, pongamos por caso, por los escolapios o los salesianos. ¡Madre, permítame ir a los redentoristas, su piscina es de treinta y cinco metros¡; ¡Padre, déjeme ir a los maristas que tienen diez campos de fútbol, todos con postes y largueros¡

Los míos lo tenían muy claro. Independientemente de mis expectativas deportivas, perdón, vocacionales, el reclutador de los dominicos, primo carnal de la familia, pasaba las vacaciones en el pueblo de al lado, él mismo me había vertido las aguas bautismales en la pila románica de la parroquia y era un goloso forofo de las natillas que mi madre hacía para la fiesta del pueblo. O séase, que mi presunta vocación religiosa era, por este orden, sociológica, familiar y deportiva. Inescapable. Es decir, que aunque pasasen por la escuela todas las órdenes, congregaciones y asimilados representados en la corte celestial el sino mío terminaba en las Arcas Reales.

Nuestros padres que, incontestablemente, por haberlo sufrido en sus propias carnes, sabían más que de sobra la dura vida que nos esperaba si a los catorce años pasábamos de cantar el “Cara al sol”, prietas las filas ante Don Tino, a tomar la vereda del monte para binar los barbechos, raramente dudaban en responder afirmativamente a la carta formal donde se nos invitaba, con fecha y hora precisa, a comenzar el cursillo. Aunque ello significara que si la experiencia era positiva terminaran por perder una más que segura mano de obra gratis al iniciarse del curso en septiembre. Dejamos de lado las declaraciones grandilocuentes de la explotación infantil en el trabajo. Cuando vigilar que el agua corra por los surcos de patatas en la vega equivale a que mi padre pueda dedicarse a la siega del centeno ante el temor, convertido en realidad con frecuencia, de que un pedrisco nos deje sin cosecha a mitad de julio. Para otros se trata de apacentar el exiguo rebaño de ovejas el día que el progenitor se ve obligado a desplazarse a la capital para realizar unas gestiones administrativas sobre los pastos. O quizá, la madre que cae enferma y so pena de perder, lo que para las humildes familias era una fortuna, aprender a ordeñar las cabras en un santiamén. El trabajo infantil, juvenil, y adulto era imperiosa necesidad. En muchos casos, un requisito de supervivencia. “Unas perrillas por aquí, unas perrillas por allá y podremos arreglar la cuadra como Dios manda”, decía la bisabuela.

Raros fueron los niños de esa edad, en mi pueblo y los de los alrededores, que en aquellos años no probaron fortuna con la escuela apostólica. Aunque había un primer filtro del maestro en base a la capacidad intelectual de sus pupilos, éste era bastante laxo y a falta de análisis de coeficientes de intelectualidad, el criterio aproximativo de Don Tino permitía que la gran mayoría termináramos cogiendo el autobús de línea de los Herreros para terminar en León, Valladolid, Palencia, Dueñas, Carrión y unas cuantas poblaciones más donde los instituciones religiosas, todavía la crisis del Vaticano II no había alcanzado el lar castellano, rellenaban cada curso nuevo con 120 aspirantes. Y había unas cuantas que se disputaban, suponemos que en competición fraternal, aquellos diamantes por pulir que éramos nosotros. En nuestros ingenuos e impúberes once años, algunos reclutadores ya entreveían gloriosos mártires misioneros o destacadas lumbreras de la teología dogmática. A muchos, la vocación se les terminaría al cabo de una semana, al descubrir el lastre de horarios, el silencio en tiempos de estudio, las inacabables misas y rosarios, en fin, la suprema disciplina del internado. De nada servirían los magníficos campos de deportes. Lo suyo era la caza por oteros y collados, segar alfalfas, podar frutales y encender la gloria para Todos los Santos.

En todo caso, como por probar no se perdía nada, no había discusión posible. La cual, de todos modos, no hubiera servido de gran cosa. Así que aquí estamos, otro primo, Jesús Montes y mismamente un servidor, asombrados bajo la monumentalidad sobrecogedora de la estación pucelana de Campogrande. Mis escasas pertenencias, son demasiado poco para la inmensa maleta de cartón endurecido que mal que bien arrastro sobre el pavimento. El hermano cooperador que ha venido con la furgoneta nos junta a todos bajo el descomunal reloj que marca casi la una y media. El tren de Palencia, en el que nos hemos devorado el bocadillo de chorizo casero, ha portado una abundante cosecha de potenciales aspirantes. De Tierra de Campos, la Vega del Carrión y la montaña palentina. Los esfuerzos del P. Santiago han dado abundantes frutos. Ya veremos si buenos o malos.

Asustados, con las miradas torvas, tímidos hasta la saciedad, fuera de nuestro habitat natural, bajamos de la furgoneta en el patio central. Primera visión, que se repetirá decenas de ocasiones en los próximos años del claustro ondulado, D. Miguel Fisac aparece, por primera vez, en nuestra existencia, la extraña campana sin badajo que, aparentemente, se golpea con un extraño mazo de madera y, asombro de asombros, en un estanque descubrimos peces con las escamas de colores. Alguna cara me suena del mercado en Saldaña o quizá de la calle mayor de Palencia. Pero la inmensa mayoría de mis compañeros me resultan perfectos desconocidos. Poco a poco, nos invade una cierta tristeza, más o menos pasajera, al darnos cuenta de que esta noche no cenaremos sopas de ajo de la cazuela familiar. Un fraile, cuya extraña profesión es la de “padre prefecto”, cualesquiera sea el significado de tan curiosa denominación, nos guía hacia lo que él llama Pabellón de Menores. Me pregunto dónde está la piscina.

Friday, May 14, 2010

Día de asueto

Casi con toda seguridad estamos en Simancas, a orillas del Duero, aunque pudiera ser que sean los aledaños de Boecillo, Fuentes del Duero o cualquier rincón perdido en pleno corazón del Pinar de Antequera. Desde esos años, finales de los sesenta, el vocablo asueto siempre irá asociado a una jornada inolvidable de holganza que comenzaba como terminaba: con una larga caminata a pié por los arenosos caminos de los pinares vallisoletanos. De hecho, la palabra era nueva para mí, nunca la había oído hasta que llegué a Arcas y apenas si la he vuelto a oír después. Vocablos imbricados con una época muy específica, con un espacio físico muy concreto. Como prefecto de disciplina, pabellón de menores, “el siguiente al P. Reyero” o sabañones. Así que en mi mente el concepto de asueto tiene, en la práctica, una equivalencia inextricablemente física a la excursión jornalera de todos los alumnos de uno de los pabellones, fuera de menores o mayores, nunca juntos ni revueltos, por mor de las buenas costumbres, anunciada por sorpresa la víspera a la hora de la cena entre el jolgorio y previsible griterío de los beneficiados. Nosotros. Ante todo, significaba que al día siguiente no tendríamos clase. Excepto si surgía el inconveniente del mal tiempo. La lluvia era el obstáculo principal, puesto que al frío y a la penetrante niebla que con tanta frecuencia envolvía el Pisuerga estábamos más que acostumbrados. Así que el día elegido entre murmullos y alterados preparativos, la disciplina era más laxa, oteábamos el cielo desde los amplios ventanales del comedor esperando que luciera el sol o nos envolviera la espesa niebla. El resto corría por nuestra cuenta.

A primera vista, sobre un mapa, Simancas parece demasiado alejado para una excursión de chavales con once o doce años. En realidad, la distancia apenas sobrepasa los 10 kilómetros serpenteando entre los caminos trazados por los carros y los tractores que han atravesado los majestuosos pinares. Tenemos que caminar en grupo, pues a veces las sendas se difuminan o entrecruzan, por lo que tenemos miedo a perdernos. La alegría del día sin clase, nos hace andar ligeros y sólo aquellos con andar más pausado se rezagan, mientras que siempre hay grupos que compiten por divisar los primeros Simancas, sobre un altozano, al otro lado del río. El P. Mendoza, prefecto de disciplina, se esfuerza yendo entre la hilera de caminantes, a fin de que el rebaño no se desperdigue en exceso. Lo peor, evidentemente, será el cansancio a la vuelta y, si el día es muy caluroso, la sed que nos atenaza. Que yo recuerde, no existía el uso de cantimploras, bien porque nadie daba importancia a su carencia, bien porque no teníamos dinero para comprarlas. Cuando íbamos por la parte de Fuente Duero teníamos la salvación de la gravera del padre del P. Juan Carlos Martínez, de la que manaba un agua fresca en un pozo escondido entre la gigantesca maquinaria y las montañas de cantos triturados. Allí saciábamos con ansiedad nuestra sed, como si acabáramos de atravesar el Sahara, cuando en realidad, desde las Arcas Reales, bordeando el colegio de S. Viator, apenas si hay 9 kilómetros. Pero en nuestros ojos infantiles, todo era inmenso y desmesurado. Siempre me ha chocado, cuando muchos años después he visitado algunos sitios de la infancia o la temprana juventud, la escasa altura de algunos edificios, los diminutos espacios de otros, comparados con la percepción que en mi recuerdo tenía de ellos. Con las distancias otro tanto de lo mismo.

La larga caminata daba para mucho. Las conversaciones con el grupo de compañeros de andadura variaban entre comentarios sobre tal o cual asignatura, los motes, algunos con no muy buena intención, que asignábamos a un determinado profesor o las lecturas de héroes juveniles que comenzaban a inundar nuestras vidas: Julio Verne, Salgari, los tebeos de Hazañas Bélicas y el Capitán Trueno. Podíamos hablar de las películas que ocasionalmente nos proyectaban los domingos en el teatro –inolvidable King-Kong, la original- y, cómo no, discutir de deportes, casi fútbol en exclusiva, ya que otros apenas existían. Con la televisión racionada, metida en un armario que se cerraba con llave, los periódicos restringidos a la lectura en voz alta de artículos preseleccionados en el “Ya”, mientras comíamos en silencio -recuerdo nítidamente la angustia con la que escuchábamos los peligros que corría la tripulación del Apolo XIII en una cápsula sin apenas oxígeno- nuestra visión del mundo y su ocio era cuando menos limitada, sino inexistente. Lo que no quitaba que las migajas que nos llegaban las disfrutáramos con fruición. Como el que más. Por la simple razón de que nuestras expectativas no iban más allá de lo que nos ofrecían. Ni tampoco reclamábamos otras. Imposible pedir la Wii, porque la Play Station nos resultaba aburrida, ni siquiera en el caso de que tales artilugios hubieran existido entonces ¿Qué íbamos a reclamar? El simple hecho de estar en el internado era ya un premio suficiente y un lujo que nuestros padres, a duras penas y con no pocos sacrificios, podían soportar.

Llegados al destino, cada cual se las arreglaba para disfrutar del día como mejor le venía en gana. Eso sí, siempre en grupos, más o menos grandes, dependiendo de las actividades a realizar, conformados por la pertenencia a la misma clase, el paisanaje o la simple camaradería. Era imposible encontrar almas solitarias vagando por entre los pinares a la búsqueda de insectos o animales. En el internado todo se hacía en grupos: la diversión, el estudio, las salidas, los rezos y hasta el dormir. Los más dados a pegarse a los hábitos del P. Prefecto o de algún profesor que nos acompañaba, a los que en nuestro lenguaje coloquial denominábamos “pelotas”, iban con él hasta la vecina Simancas, lo que significaba otra caminata adicional pues había que cruzar el Pisuerga antes de unirse al Duero, para observar por fuera el imponente edificio del Archivo con sus torres cónicas de pizarra y sus avasalladoras fortificaciones. Para muchos de nosotros, que apenas habíamos salido del pueblo perdido en la meseta para ir a la capital en visita al médico o de paso para el internado, aún siendo castellanos de pura cepa, se trataba del primer castillo que veíamos tan de cerca.

La gran mayoría se quedaba en los alrededores donde el P. Prefecto establecía que iba a tener lugar el almuerzo. Muchos de ellos jugando al fútbol. Los troncos de los pinos servían de  postes mientras el terreno arenoso era una trampa mortal para que el balón se deslizara adecuadamente. Pero faltos de tácticas y estrategias, lo importante era correr, cuantos más a la vez, mejor, detrás de la bola, el que ésta se enfangara en áreas o fueras de línea imaginarias no era sino una ventaja para los más torpes. En el revuelo de piernas, seguro que alguien acertaba a despejar contra el tronco más cercano. Algunos, los más habilidosos, siempre les tuve envidia –será por lo inútil que soy para las manualidades- aprovechaban su navajita para descascarillar algún pino y con las cortezas, en menos que canta un gallo, elaboraban sofisticados barcos, algunos con dos o tres cubiertas, como pequeños acorazados, mientras otros esculpían aerodinámicos barcos pesqueros, cuya belleza quedaba resaltada por las vetas paralelas de la corteza del pino usada como materia prima. Con la misma destreza aprovechaban la piedra caliza, cuando íbamos al Cerro S. Cristóbal, para elaborar sofisticadas portadas de catedrales o airosas torres de iglesia en miniatura.

El momento cumbre de la jornada llegaba con el almuerzo. El avituallamiento venía en la camioneta –como se observa en la imagen anexa- conducida por un hermano cooperador, lego, se llamaba entonces y en ella llegaban las cántaras de latón que en el comedor de Arcas se usaban para la leche, y aquí se usaban para el agua o la limonada, una especie de naranjada que se servía en vasos opacos de plástico. Los asuetos eran las únicas ocasiones en las que teníamos oportunidad de probar aquella exquisitez gastronómica. El comentario no tiene ningún matiz irónico, la novedad del gusto y la exclusividad del momento otorgaban un cariz inolvidable a aquel brebaje. Como lo daban las inmensas tortillas, tan abundantes en patatas como escasas en huevo, y cuyo grosor, seguramente, había requerido además de una sartén con al menos 20 centímetros de profundidad, la destreza, inimaginable para nuestras mentes infantiles, de alguna forzuda madre, como llamábamos a las monjas que se ocupaban de la cocina, para darlas la vuelta. Quienquiera que fuera el habilidoso cocinero o cocinera, producto de la caminata, el viento perfumado de las piñas, la insidiosa arena de los pinares, todo aquello, más que degustar lo devorábamos, era para nosotros un auténtico manjar: exquisito e incomparable.

La distribución de la comida se hacía muy ordenadamente y a su cargo estaban los mismos que durante esa semana les tocaba “servir” en el comedor. Supongo que esa semana yo estaba en el grupo de “servidores” puesto que estoy muy cerca de las cajas de avituallamiento. Al fondo se percibe al P. Regino Borregón, campechano y buena persona donde las hubiera, tanto cuando fue mi profesor de matemáticas, y no sólo porque me aprobaba en su inmensa bondad, como muchos años después cuando coincidí con él en Ávila y Roma, así como en un viaje en el que vino Jerusalén, actué de improvisado guía, y por motivos que no vienen al caso se convirtió en aciago.

Debo de tener unos 12 años, o sea que estamos en 1968 (¡París arde con la revolución estudiantil!) o quizá 1969. Calzo unas zapatillas de baloncesto de la marca John Smith, que en aquella época eran las más baratas, compradas a Viki, la vendedora ambulante de La Puebla. Ni en mis más remota imaginación, ni en mis más salvajes elucubraciones me hubiera pasado por la cabeza que 28 años después, la misma mirada entre asustada y sorprendida  con observo la cámara o ella me observa (¿de nuevo el P. Cándido Pérez?) estaría buscando desesperadamente, por temor a perder el avión para Shangai, en los grandes almacenes Isetan de Hong-Kong, unas zapatillas de la misma marca. Para mi hija. Parece que se han vuelto a poner de moda. ¡Cuán lejos queda el Pinar de Simancas!

Monday, May 10, 2010

El siguiente, al P. Reyero

Una vez superado con relativa holgura el tirón del terruño y la atractiva libertad que éste entrañaba: bañarse en cueros, como entonces decíamos, chicos y chicas, para ser precisos, niños y niñas, sin ninguna superestructura moral pendiendo sobre nuestras ingenuas almas, en el mismo pozo del río excavado por las crecidas del invierno; recorrer infatigablemente el monte hasta el ocaso, en busca de los nidos de palomas torcaces, siendo nuestro único reloj las sombras cada vez más alargadas de los robles al caer la tarde; dejar al maestro escuela adormilado sobre su mesa a la hora de la siesta y huir por la ventana para disfrutar de un inesperado partido de fútbol en las eras…, la vida en el internado constituía un pequeño paraíso para la mayoría de nosotros: la colección completa (editorial Juventud) de las aventuras de Julio Verne en la biblioteca, extensos campos de deportes con sus porterías bien tiesas, desconocidos compañeros de los que se aprendían juegos inéditos hasta entonces. Aunque algunos, ciertamente, sufrían en obligado silencio la disciplina inexpugnable de los horarios, las infames vueltas al campo de fútbol a media carrera, envueltos en la espesa niebla vallisoletana, a fin de entrar en calor y las repetidas filas indias para entrar y salir de los espacios comunes: la iglesia, el comedor, la sala de recreo. Estoicismo infantil en aras de una prometedora huida de gélidas siembras y cosechas mortecinas.

Pero la madre de todas las hileras, la que campeaba, omnipotente, era la fila para ir al P. Reyero. Éste tenía un pequeño despacho muy cerca de la entrada a la extraordinaria iglesia de Fisac -siempre D. Miguel, su permanencia arquitectónica en nuestras vidas de infancia y juventud- cuando se venía desde el pabellón de los mayores. Ejercía, entre otras tareas, como administrador de nuestros ínfimos recursos económicos. A él acudíamos cuando necesitábamos, la austeridad era una necesidad imperante, un sacapuntas, un lapicero Alpino o una libreta de espiral Enri. Ni había mucha más variedad de material de escritorio, ni nosotros lo necesitábamos y, sobre todo, la mayoría, a duras penas, hubiéramos podido pagar utensilios de aprendizaje más lujosos. En realidad, no los pagábamos. El P. Reyero los apuntaba en su cuaderno y después lo cargaba a nuestra cuenta paternal. Más bien maternal. En las familias mesetarias de la época, era la madre la que gestionaba el escaso peculio familiar. Aquella en la que iba la pensión: 580 pesetas del año 1968. La misma cantidad que, cuando al prefecto de disciplina se le iba la chaveta por alguna inocua perrería en la que nos habíamos regocijado, nos lanzaba a nuestras ignorantes mentes, ajenas a todo concepto de economía doméstica: “No pagáis ni el agua”. Supongo habrá alguna manera de calcular, en valor real, a qué equivaldría aquella cantidad en estos tiempos de deflación, emolumentos que ahora producen risa. La verdad es que cuatro euros, aunque fueran los de hace casi cuarenta años, para pagar escolaridad, alimentación, alojamiento y el sacapuntas del P. Reyero, no parece que pudieran enriquecer a los buenos padres dominicos.

Para nosotros, las dos pesetas que ocasionalmente nos pasaba el tío soltero cuando íbamos camino del autobús que nos transportaba a Pucela, ya nos parecía una hacienda inmensa, así que aunque nos acongojaran con que no pagábamos ni el agua, aquellas precisiones macroeconómicas estaban fuera de nuestros parámetros económicos infantiles. Con el tiempo se extendió el bulo (¿realidad?) de que los frailes eran acaudalados, incluso ricos. Inmensamente ricos. Si 540 alumnos no pagábamos el agua corriente, ¿cómo se las arreglaban para mantener el esplendoroso jardín central con su estanque y sus carpas doradas, cómo adquirían las mesas de ping-pong para las galerías de recreo, ítem más, de dónde sacaba el P. Reyero tantas libretas en espiral y lapiceros de colores? Al parecer, decían los más avezados, los dominicos tenían minas de manganeso o cinc en las Filipinas, la cervecera S. Miguel, la de la furia española, la nuestra, era suya, incluso, presuntamente, claro, traficaban con arte en las riberas del Mekong. Aparentemente en Hong-Kong había una misteriosa casa, una mítica morada desde la que enigmáticamente se negociaba todo su poderío económico. El espiritual, a nosotros, nos importaba bien poco a los doce años. Así que cuando al P. Reyero se le acababa el excedente de gomas de borrar, siempre le enviaban dinero para adquirir más.

Por lo tanto, aunque no pagáramos ni el agua y no pocos padres se retrasaran en hacerle llegar, casi siempre en efectivo, los emolumentos correspondientes a nuestra buena educación, él nunca ponía el grito en el cielo ni llamaba al cobrador del frac. Hacía la vista gorda y esperaba que en la próxima visita de los progenitores, quizá ahítos con la nueva cosecha de patatas, aunque fuera malvendida, o como consecuencia de una imprevista venta de lechales, le pagaran su deuda. Que yo sepa, expulsados hubo unos cuantos. Siempre por supuestas cuestiones de dudosa moralidad o perenne incapacidad académica. Por impago, ni uno sólo. Como dictaba la impoluta tradición castellana: nuestras familias eran pobres, pero honradas. Aunque fuera con retraso.

Así que una vez al mes, uno a uno, nos levantábamos de nuestros pupitres en la hora del estudio, en solemne silencio, como realizábamos tantas actividades (comedor, capilla), nos dirigíamos al despacho del P. Reyero a recoger nuestra pequeña cosecha de material de escritorio. Las idas y venidas de los alumnos respondían a un rito bien preciso. Cuando un compañero volvía a la clase, según entraba por la puerta, gritaba en voz alta: “El siguiente, al P. Reyero”. A fuerza de repeticiones, con el paso de los años, esas palabras terminaron por conjurar una muletilla para indicar un orden marcialmente implantado. El número de la carnicería en cinco vocablos desgañitados. Aunque no viniera a caso y no tuviera nada que ver con el padre Reyero, siempre que había que conformar un orden en las filas para acudir de manera individual a un reclamo, la convocatoria pasaba inexorablemente por: “El siguiente, al P. Reyero”. Procedente de la provincia de León, casi en los límites con la palentina, como a todos los profesores, le caricaturizamos con algún mote o burla avistado en ciertas de sus cualidades físicas, discernida años atrás por algunos osados de los cursos mayores, transmitidos de clase en clase durante decenios a los cursos menores. En este caso concreto la rechifla venía porque el citado tenía la manía, poco aleccionadora, por decir algo, pero muy visual, de ir siempre con las manos en los bolsillos del hábito y, desde allí, con notable frecuencia, manosear sus partes pudendas. Lo cual, dicho con menos literatura, equivale a decir que se arrascaba los huevos con inusitada frecuencia. 

Salvas sean las partes. Yo le tenía una considerable admiración en cuanto profesor de historia en cuarto de bachillerato. Mirado desde la lontananza, sus métodos pedagógicos eran del mesozoico. Como los de la mayoría de profesores de entonces, capacitados por la enseñanza por el ordeno y mando del prior provincial que igual decretaba, que un religioso hábil en física y química fuera destinado a convertir paganos en las misiones del Tonkín que a enseñar lengua española en la escuela apostólica de Nuestra Señora del Rosario. Buena voluntad, a raudales, exuberante; formación educativa, bajo mínimos, inexistente. La historia, como por lo demás el resto de asignaturas, era un puro ejercicio de la memoria. Combinada entonces con la historia del arte, lo mismo te tocaba aprender de carrerilla los tres órdenes del arte griego que la vida, obra y milagros de Hernán Cortés. Para el examen final de cuarto, donde afortunadamente nos libramos de la reválida en el instituto convalidador de Valladolid, teníamos que retener como una decena de hojas a dos columnas. En la de la izquierda, una fecha. Pongamos 711. En la opuesta, el hecho histórico correspondiente: el bereber Ṭāriq ibn Ziyād al-Layti derrota a los godos en el Guadalete. Y así hasta 200 fechas con sus correspondientes hazañas patrias.

Cada profesor tenía “enchufados”, alumnos aventajados en su materia a quienes les profesaba estima y, además, no tenía ninguna reticencia en mostrarla delante de todos. Un par de ellos por cada clase. De la misma manera que yo era un paria del profesor de matemáticas, me había convertido en uno de los “enchufados” del P. Reyero. El enchufe tenía una correspondencia, en algunos casos, sin duda, afectiva o paraemotiva, que al exhibirse de forma transparente delante del resto de los compañeros creaba no pocas burlas, fruto en parte de la inocencia en la que todos habitábamos y producto de una envidia más o menos sana. Especialmente entre aquellos que no se veían privilegiados ni por el profesor de matemáticas, ni el de historia, ni el de inglés, ni siquiera por el de manualidades. Los proletarios del currículo intraescolar.

O sea que si yo cumplía adecuadamente con mi noble condición de enchufado, siendo el único que conocía quienes habían sido los arquitectos de Santa Sofía en Constantinopla (Isidoro de Mileto y Artemio de Trayes), el P. Reyero se sentía en la obligación de otorgarme alguna prebenda. Y no se le ocurrió ni más ni menos, que equiparar toda mi sabiduría de las gloriosas gestas de Pizarro y compañía a una exaltadora hagiografía del Generalísimo. Así que me ofreció un tocho intitulado, ni más ni menos, que como la película: “Franco, ese hombre”. Posiblemente editado en la inmediata posguerra pues las páginas, impresas en un tosco papel, tenían un sospechoso color amarillento. Debía de ser el primer lector del memorable volumen dado que muchas páginas, en formato cuartilla, estaban plegadas pero no abiertas. En los recreos, después de comer, devoré en unas pocas tardes la gloriosa vida del Caudillo.

Una lectura concentrada y en solitario, en uno de los patios interiores del pabellón de mayores, por detrás del pasillo de las clases, acompañado de mi mala conciencia. La de pensar que pocos años después de que Franco atizara a los moros en las gargantas vecinas a Tetuán, mi abuelo, rojo carmesí, durante todo el verano del 36, cuando se ponía el sol, tomaba la senda del monte para dormir al amparo de los robledales, ante el temor de que las camionetas de falangistas aparecieran por sorpresa en la aldea y se lo llevaran hasta alguna cuneta. Lo mismo que habían hecho con varios mineros de la cercana montaña palentina, acribillados religiosamente, manda romana, en las paredes de la ermita de Buenavista. La del Cristo de la Preciosísma Sangre. Entonces no había conciencia de memoria histórica, pero mientras me deleitaba con el avance del ejército en las Vascongadas, como se sabe, obra inimitable de su insigne estratega Franco, una y otra vez me venían a la mente las palabras de mi abuelo: “Chaval, el del bigotito las va a espichar pronto, y no en la cama”. Obviamente, a mi profesor favorito de historia nunca le mencioné las profecías, cumplidas al cincuenta por ciento, del señor Basilides. Y para su vergüenza, la del señor Basilides, quiero decir, durante una semana fui franquista plenamente convencido. A la sombra de una canasta de baloncesto.