Saturday, November 10, 2018

ASPIRANTES A DOMINICOS DE ARCAS REALES 1963*** (IV), por Rafael Martínez Bernardo

Grupo de alumnos, curso 1963-64

Algo insólito y medieval era el uso del famoso “cíngulo”, cuyas huellas oscurecieron durante mucho tiempo mi cintura: consistía el arcaico artilugio en una cuerda cargada de nudos que se ataba a la cintura, se suponía que directamente sobre la carne, aunque se podía tomar la licencia de ponerla sobre la ropa interior y de este modo suavizar sus efectos; además, cuanto más sacrificio quisieses ofrecer a Dios por tus pecados y por los del mundo, más apretabas el cinturón de las narices.

La gran burla que me convenció para abandonarlo a su suerte fue cuando estaba de vacaciones en el pueblo e íbamos a bañarnos al río, allí aparecíamos como fantasmas caídos de otro mundo con aquello atado a la cintura, las burlas eran sonoras, nunca más. Cuando accedimos al pabellón de los mayores dejó de ser obligatorio y se perdió su uso. Con el tiempo me imaginaba yo a ciertos alumnos díscolos en mis clases cargados con cíngulos bien apretados haciendo sacrificios por la humanidad.

Las tareas religiosas también incluían ayudar a misa en la capilla de los frailes, para ello había que madrugar, pero merecía la pena porque descubríamos “mundos misteriosos” al cruzar el comedor, el office, pasillos desconocidos, y luego ayudar a una misa informal del P. Ibáñez, que apagaba las velas con el paño de encima del cáliz (¿¿nombre??). Luego escurríamos las vinajeras y todavía daba tiempo a echar unos tragos de vino dulce directamente de la botella, alguno llegaba muy contento a las primeras clases; el trofeo que se conseguía al regresar era una barra de pan escondida bajo la ropa para delicia del propio y de los compañeros.

Cuenta el artista cantarín del “Cordobés” y experto en nocturnidades J.L.M. que una noche bajó a la capilla principal a aliviar su sed y satisfacer su alma con tan mala suerte que entró un fraile, solo vio la sombra, pero el héroe no se arredró, esperó (“las cosas buenas llegan para los que saben esperar”, dicen los ingleses) y cumplió con su deber moral de vencer a la tentación cayendo en ella.

Los dormitorios estaban formados por cuatro filas de camas con una separación entre ellas y una fila de “aparadores” o mini armarios para guardar nuestras posesiones, con qué poco nos bastaba. En cuanto apagaban las luces no se podía ni susurrar, al fondo del dormitorio estaba la celda del fraile vigilante de cada dormitorio; al que pillaban hablando podía estar castigado de rodillas un buen rato o recibir un tortazo directamente; estando en 2º curso se preparó un gran jaleo porque los sábados por la noche los frailes venían más tarde, no se sabe por qué, se decía que estaban viendo la tele y sospechábamos que alguna vez traían un ligero tufo alcohólico y no de rezar el rosario precisamente; alguien se chivó al P. Villarroel de que Domitilo Casas y yo habíamos hablado, nos llevó a su habitación y nos sacudió con las “disciplinas”, - cuerdas con nudos -, en las piernas todavía en pijama, dolía tanto la humillación como el castigo físico.

Con todo lo que rezábamos y que nos hiciesen eso, injusticia divina, pero no les guardamos rencor; de vez en cuando veíamos alguna paliza injusta y entonces sí se enervaba al personal, pero eso sucedía cuando éramos mayores. El P. Pablo era de temer, como así asegura D. C. que le cayó una descarga de tortas sin preguntar, y el hombre no pudo saborear ninguna. Solo subíamos a los dormitorios a asearnos después del desayuno y hacer las camas, y para dormir, no nos lavábamos la boca en todo el día; una vez por semana (aunque no lo necesitásemos, como dicen que dicen los ingleses) nos duchábamos, con el bañador puesto, claro, no vaya a ser que a alguno se le despertasen malos pensamientos acuciados por el Maligno; cuando nos secábamos con aquellas raquíticas y mínimas toallas, teníamos que tener cuidado que no se nos viese nada de nuestras partes privadas y divinas, como quinceañeras, y  los frailes llamaban la atención a los más descocados.

El hacer bien las camas era un mérito, puntuaba para la asignatura de Trato Social (normas de urbanidad), del P. Villaroel, cada mes salía publicada en el tabón de anuncios una lista de los que mejor y peor hacían las camas, cosa muy injusta pues había somieres rebeldes que siempre quedaban hundidos y daban muy mala imagen. En el pequeño libro de texto de Trato Social había cosas curiosas que solo comprendimos con la edad, como cuando decía que en las escaleras de caracol el hombre debía subir antes que la mujer y al bajar, la mujer delante, ¿qué misterio habría en ello?, nos preguntábamos, nadie nos dio respuesta hasta que alguno más espabilado nos lo aclaró.

ARCAS REALES: Comedor de alumnos
La asignatura luego pasó a llamarse Urbanidad, y era curioso ver al P. Villarreal enseñándonos a comer educadamente en el salón grande, a pelar la naranja, usar los cubiertos y otras útiles lindezas. Las camas también servían como instrumentos de gimnasia, para el ejercicio de ponerse con la cabeza hacia abajo y sujetándose en los barrotes o para hacer flexiones, ay de ti como te pillasen. Los sábados nos entregaban nuestra bolsa con la ropa limpia y había que ordenarla, pertenecía a la leyenda urbana el hecho de que alguna chica empleada en la ropa enviada mensajes en la bolsa de la ropa, nunca conocí un caso. Al apagar las luces el silencio era preceptivo y de obligado cumplimiento, so pena de algún sopapo, como ya ha sido mencionado.

Durante los fines de semana había varias sesiones de estudio, teníamos clase el sábado por la mañana, como en la escuela del pueblo, y teníamos libre el jueves por la tarde. Pero lo que más nos gustaba eran las famosas “veladas” en el gran – al menos para nuestros pequeños ojos con la perspectiva temporal -salón de actos: estas consistían en representaciones cortas de sainetes, obras de teatro (las famosas La vida es sueño, Escuadra hacia la muerte, El hijo pródigo), actuaciones variadas, la rondalla del padre Regino, la coral con el padre Gil y un año con el padre Llanos. Y de este modo pasábamos muchas tardes de los fines de semana. Antes de las Navidades había una velada muy importante, en ella se escogían “compas” por sorteo, un fraile se hacía compañero de un aspirante, una especie de protector, los más espléndidos daban un regalo a los alumnos o los tenían un poco enchufados; un año me tocó a mí con un fraile muy viejo y me regaló un tanque de plástico, para qué c… querría yo eso.

La coral era un aspecto destacado, un momento culminante en todos los actos: el padre Gil la dirigía con gran entusiasmo y mucha creatividad, enérgico y delicado a la vez, todavía estoy viendo el movimiento de sus brazos navegando entre aquellas inmensas mangas blancas del hábito, sudando, marcando el ritmo y dando entrada a las voces de aquellos pequeños ruiseñores y de los graves pavarottis. Yo era tiple y a veces cantaba gregoriano; un año durante las Navidades fuimos a un concurso de villancicos unos veinte “cantores”, así nos llamaban, disfrazados de pastores, no ganamos porque cantábamos polifonía a cuatro voces en vez de a dos. Nos introdujo, al menos a mí, a la música coral y de allí me queda el gusto por la música religiosa de T. L. de Vitoria, Palestrina, la endiablada, con perdón, subida de tono de los tiples del Aleluya de Haendel, las profanas Yo nací en una ribera, la nana vasca Aurtxoa Seaskan, (con cuya adaptación personal muchos años más tarde dormiría yo a mis niñas). 

Teníamos el privilegio de las salidas para cantar en las procesiones de Valladolid con el paso de la Vera Cruz, nos llevaban en autobús y no veíamos otra cosa que la procesión y mucho frío; otras veces íbamos a la emisora a cantar en la radio o a la procesión del domingo de Ramos. En Navidad era muy emotivo (lo siento así ahora que he visto varias) ir a las residencias de ancianos a cantarles, les encantaba, algunos lloraban y no entendíamos por qué, también se reían con el villancico “que me pinchas con las barbas”.

Paralelo al arte de la voz corría la actividad de la rondalla con el moreno y serio P. Regino; la formaban los instrumentos de bandurria, laúd y guitarra; cuando participaban en las veladas siempre comenzaban con la Danza Húngara Número 5 de Brahms. Era duro el ensayo y de difícil ejecución; yo me apunté a bandurria, con el trino de la púa, lo prefería a la guitarra porque ésta hacía mucho daño a nuestros pobres dedos con aquel frío que alimentaba a los dolorosos sabañones (no era mi caso) y heridas varias, estas sí las padecí. Pronto abandoné este arte, una pena. Los más afortunados iban a practicar con el piano en un anexo junto a la piscina.


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*** Título original del texto: BREVE Y SUCINTA HISTORIA DE LO QUE PUDO HABER SIDO Y NO FUE, DE LO QUE FUE Y PUDO NO HABER SIDO Y OTROS SUCESOS QUE ACONTECIERON A LOS ASPIRANTES A DOMINICOS DE ARCAS REALES 1963

Wednesday, October 17, 2018

IN MEMORIAM: P. Ildefonso González Cóbreces (1937-2018)

El P. Fonso en la guardería de Niihama, Japón, 1983

A veces no son los lazos de sangre los que encauzan el discurrir de las personas para que se solapen las encrucijadas de nuestras vidas. Como suele acaecer con frecuencia, son otras las circunstancias, aparentemente más aleatorias que los genes, las que nos conducen a entrelazar nuestras idas y venidas en este valle de lágrimas, que dice la Salve. Aunque con Fonso, el P. Fonso, como familiarmente le llamábamos, bien podría haber sido el ADN de las aldeas perdidas entre valles y páramos del norte palentino. Después de todo, coincidíamos, y esto no era casualidad, claro, en el apellido Cóbreces.

De hecho, él entró en mi vida mucho antes que uno tuviera uso de razón. En una anécdota que rezuma crueldad y dulzura a partes iguales. La dulzura procedía de la miel que mi bisabuela Catalina tenía en un cántaro de la alcoba trasera. Fonso debía de estar ya en el internado dominicano de La Mejorada, o quizá Santa María de Nieva. La posguerra bien avanzada, pero la escasez de la época y la golosura que le persiguió toda su vida, le encarrilaba desde el pueblo de al lado, Polvorosa, al nuestro, Renedo, derechito, derechito, orilla del río, por el camino del Tresmolino, hasta casa de la bisabuela y la dulcísima miel del colmenar catada por la señora Catalina.

Y allí estaba yo, cruel como crueles éramos los niños en los pueblos con los animales. La diversión en aquella hora de siesta era, en el río que bordeaba la casa familiar, hacer aguadillas a los patos de la bisabuela, hasta ver como hacían cuac cuac, para liberarlos de su agonía en el último instante. San Antonio de Padua nos perdone. Genuina diversión de la época a falta de consolas y móviles última generación. Hasta que Fonso, entre bocado de miel y dentellada a la hogaza, se lo dijo a la bisabuela y ésta vino a todo correr a salvar sus polluelos de nuestro implacable entretenimiento.

Pasaron los años y todos, previsiblemente, fuimos creciendo en gracia y sabiduría. Como primos segundos, que poco a poco se desperdigaron por el mundo, aparecían muy de ciento en viento, cuando la superioridad lo permitía. En los contornos eran conocidos como “los frailes”. El plural no era para tomarlo en vano. Porque Fonso tenía otros dos hermanos dominicos, uno exmisionero en Venezuela, Gonzalo, otro profesor en Arcas Reales, el P. Santiago y un tercero, Teodoro quien, desgraciadamente, falleció en el noviciado en Ocaña. Eso que no hemos acabado de contar, porque la profesión religiosa en la familia era de Guinness. A los cuatro citados habría que añadir otras tres monjas de diversas congregaciones. O sea que lo de “los frailes” (sin decir nombres la gente ya sabía de quien se hablaba) no era una metáfora. Si acaso, deberían haber añadido “los frailes y las monjas”. Siete religiosos en total. Ni en el Lago de Genesaret hubo tantas vocaciones en menos kilómetros a la redonda.

Aunque la miel de la bisabuela desapareció con su muerte, en las raras ocasiones que Fonso venía de vacaciones, no solía perdonar su golosura de antaño, que ahora había encontrado una legítima y más que sabrosa sustitución en las natillas con galletas María de mi madre, postre a perpetuidad el día de la fiesta del Santo Patrón. De hecho, mi madre guardaba una fuente “para cuando viniera Fonso”. Por el camino del Tresmolino, claro. Ahí podían haber acabado aquellos encuentros ocasionales, regularizados con el paso del tiempo en las vacaciones que cada tres años concedía la autoridad para los misioneros que evangelizaban a los paganos en las lejanas tierras del Sol Naciente, como era el caso del P. Fonso. Donde me lo volví a encontrar: yo sin patitos para ejercitar la crueldad aldeana y él sin las natillas de huevo de corral. Esto ya era como veinte años más tarde, otoño de 1981.

Para entonces, Fonso ya llevaba desde mediados de los sesenta en Japón, donde permanecería hasta 2016. Es decir, la friolera de 53 años. Lo que se dice toda una vida. Excelente narrador de anécdotas e historias, una de las más épicas, en el sentido literal y figurado de la palabra, era la de cómo llegó hasta tan lejanas tierras de infieles. Ni más ni menos que siguiendo, con ligeras variantes, el recorrido que habían hecho los misioneros pioneros dominicos en el siglo XVI para alcanzar Cipango, Formosa y las Islas Filipinas. En barco y tras hacer escala en las Américas. Fonso contaba aquella interminable travesía con el gracejo que nunca le abandonaba. Sólo que él no partió de Veracruz en una nao, sino de San Francisco en un carguero estadounidense, donde las historietas parecían infinitas. Como la de la omnipresente Cocacola que tomaban hasta para desayunar y la del escaso peculio que el padre prior les había entregado para tan oceánica travesía.

De fisonomía fuerte, él bromeaba con los kilos de más que portaba y los intentos tan repetidos como absolutamente infructuosos por aligerar peso, era perfectamente visible en cualquier reunión, asamblea. No por sus dimensiones ni porque le gustara destacar, que era más bien de natural discreto, sino por su magnífico sentido del humor, bonhomía y servicialidad. Raro era verle sin una sonrisa en los labios o una palabra de ánimo.

Su dominio del japonés era insuperable. Decíamos y, seguramente fuera verdad, que al teléfono ni los propios japoneses podían saber si era o no un nativo. En un lenguaje tan jerarquizado y clasista como el japonés, se pueden conocer al dedillo las estructuras gramaticales, el vocabulario o la sintaxis, pero las sutilezas y matices son un rompecabezas para un extranjero. No para Fonso.

En cinco minutos, en su querida parroquia y guardería de Niihama (sureste de Japón), podía pasar de hablar con los chavales de cuatro o cinco años, con tono y vocabulario de chaval de cuatro o cinco años, a dar instrucciones a las maestras en un tono estrictamente reservado a su categoría de responsable de la guardería (Sensei, sí, sensei, no) y unos instantes más tarde hablar con las feligresas, en una inflexión y modulación completamente diversos a los dos anteriores, a las puertas de la iglesia, sobre la próxima festividad de S. Alberto Magno, el patrón de la parroquia (Shimpusama, sí, shimpusama, no).

Pero ahí no terminaba la historia. Podía aparecer en el Colegio Aiko, en la misma isla de Shikoku, donde ejerció muchos años de guía y maestro, y ser recibido por los alumnos adolescentes, arremolinados a su alrededor, con inusitada algarabía. Si minutos más tarde tenía que reprender a algunos por cierta barrabasada, las palabras usadas y el tono aparentemente severo hacía que se cuadraran como si fueran reclutas de la Armada Imperial (Jai, sensei, ie, sensei).

Pero más allá del insuperable dominio del “nihongo”, que no es poco, las cualidades de Fonso se resumían en una sóla palabra: BONDAD. Con mayúsculas. Envuelta en un aire de afabilidad, tan inabarcable que resultaba imposible no pensar que tal carácter no tuviera nada que ver con su robustez. Sí, gordura, para qué andarse con medias tintas. A él no le importaba, a veces, palparse la tripa sobresaliente y gastar bromas sobre ella o relamerse los labios delante de una tarta regalada por alguna beata, como hacen los personajes de los dibujos animados delante de una montaña de golosinas.

Esa amabilidad se manifestaba de mil maneras. Si alguna vez discutió con algún compañero nadie lo vió. Quizá tampoco era el más arrojado a la hora de hacer propuestas o tomar iniciativas en los debates conventuales o las asambleas de Vicaría y, sin embargo, siempre tenía la palabra amable, sabía escuchar, asentir, incluso estar de acuerdo con tal de no llevar la contraria. Lo de polemista y contencioso no iba con su forma de ser.

Evidentemente, pareja a su benevolencia, iba su generosidad. Un servidor, mismamente, fue testigo, objeto y depositario de la misma. A principios de los noventa era, supongo que más por obediencia debida que por devoción, superior de la pequeña comunidad dominicana en Tokio. Lo de superior es un concepto reservado al derecho canónico porque, más que nada era un compañero y amigo. Lo mismo hablábamos de béisbol -era un gran aficionado, sobre todo a la popular competición veraniega de los institutos de bachillerato- que de los pagos que separaban su pueblo del mío: el Cerrillo, el Espinar, el cuérnago. O conversábamos sobre expresiones japonesas que al resto nos resultaban ignotas.

Y aunque lo de ser superior no debía de llevarlo muy bien hizo algo que, con la perspectiva del tiempo, incluso tras tantos años, me sigue resultando sorprendente. Y aleccionador. Ejemplo imborrable del significado que palabras como bondad y generosidad significan cuando se transforman en hechos. Al margen de moralismos fáciles o juicios teológicos. A principios de los noventa, decidí emprender otro rumbo en la vida. Como se suele decir, con una mano delante y otra detrás, algo que en una ciudad como Tokio es mucho más fácil de decir que de hacer. Pero allí estaba el P. Fonso, superior, compañero, amigo, primo segundo, que me permitió durante unos cuantos meses acudir los sábados por la tarde, para ayudar a los frailes, con mis modestos conocimientos bíblicos, a preparar la homilía dominical.

Y aunque yo lo hubiera hecho por gusto o agradecimiento, sin necesidad de hacerlo, él llevaba a la práctica la enseñanza de la parábola: cada viñador merece su salario. Por lo que me pagaba en yenes el fruto de mis heterodoxos desvelos bíblicos. Algunos dirían que de renegado y hasta hereje. Yenes que me permitieron sobrevivir por encima de las apreturas en la jungla de la capital, en aquellos meses de desnudez material. Y lo hacía sin aspavientos, con discreción, con delicadeza.

Ítem más. Cuando unos meses más tarde le invitamos al convite nupcial, allí estaba el bueno del Padre Fonso en una celebración heteróclita de nacionalidades y religiosamente laica, dando conversación, en japonés impecable a todos los invitados nativos con los que se topó, sin que le importara lo que uno había dejado de ser. O lo que pudiera ser. Lo importante para él era que los novios se sintieran a gusto en las nuevas vidas por desgranar. ¿A gusto? Ni tanto. Puede parecer un chiste. Pero ante mi absoluta incapacidad para la danza, ni corto ni perezoso, el P. Fonso se ofreció voluntario para bailar el primer vals con la flamante novia, mi mujer. Como la cosa más natural del mundo. Hasta me había enseñado a hacerme el nudo de la corbata, cosa que en el noviciado habían pasado por alto. Allí paz y después gloria. Todos nos reímos, todos dimos rienda suelta al jolgorio. Y de paso, yo evité la vergüenza de pisar a la desposada.

Desde entonces, han pasado casi otros treinta años. Nos hemos vuelto a reencontrar en numerosas ocasiones, con el paso del tiempo, su peso parecía inmutable, aunque yo juraría que su cara fue tomando, con el paso de las décadas, rasgos orientales. Él, como siempre, bromeaba también con esto,  estirándose los párpados hacia arriba. Después, ha participado en tantas reuniones como ha podido de la Asociación de Antiguos Alumnos, no fallaba a la celebración de la fiesta de Santo Domingo, cada 8 de agosto en la provincia de León. Y sí, seguía viniendo a por las natillas de mi madre cada San Esteban.

Sin embargo, donde mejor se encontraba Fonso, era en el patio de la casa familiar en Polvorosa, cuando se juntaba con sus hermanos y rememoraba una y mil anécdotas de la parroquia, de la guardería, de los compañeros. De hecho, era un gran imitador, ¡cómo no! de los propios japoneses a los que tenía un aprecio y un cariño inconmensurable. Fuera por la larga estancia, fuera por el dominio del lenguaje y las costumbres, Japón y sus gentes, sobre todo las de su querida isla de Shikoku, le habían transformado en un japonés más. Aunque quizá él no se daba cuenta.

Y él se dejaba querer, no podía ser de otra manera, como si hubiera venido al mundo en aquel país lejano, a 14.000 kilómetros de su pueblo natal. De hecho, aunque resultaba improbable escucharle crítica alguna contra nadie, cuando, una vez más, hace un par de años, la superioridad dictó que volviera a España, no dejó de mostrar su extrañeza ante tal decisión. Estoy seguro de que le hubiera gustado terminar sus días en el país que le hizo suyo. Y viceversa. Eso sí, contemplando por alguna rendija las vegas y barbechos de su infancia.

Querido Fonso: 平和の中で休む (Heiwa no naka de yasumu) ¡que descanses en paz! y gracias por tantas cosas y, no menos importante, por librarme del martirio de bailar ese primer vals

Thursday, October 11, 2018

LA MEJORADA: TOMANDO POSESIÓN (VIII), por Faustino Martínez


Inmediatamente nos subieron al gran salón de estudios. Las clases comenzarían al día siguiente. El padre dominico José María Reyero, un hombre alegre que siempre nos animaría y nos llenaría de cariño, era el Jefe de Estudios del Colegio y el administrador encargado de llevar la contabilidad y proporcionarnos libretas, lápices, gomas, etc. Entró en el gran salón acompañado de varios chicos mayores del curso superior que portaban cajas llenas de libros de texto. Comenzaron a repartirnos por cada pupitre los libros de texto de cada asignatura del primer curso de bachillerato. Encima de mi pupitre fui haciendo un pequeño montón de libros de texto: Ciencias Naturales, Lengua Española, Latín, Matemáticas, Geografía, Dibujo y Religión. Aquel año no daríamos idioma extranjero. Ignoro el por qué. Nos asignaron el horario de cada clase y los correspondientes profesores junto con las aulas a donde teníamos que desplazarnos. Debajo de mi pupitre fui guardando los libros, después de hojearlos. Me gustaron porque venían iluminados con dibujos y fotografías.

Aquello se presentaba interesante y me ponía un poco nervioso pues ya no era la clásica enciclopedia de “Álvarez”, sino que cada asignatura tenía un libro de texto y un profesor especial. Aquellos profesores no me conocían ni yo a ellos por lo que no sabía cómo me iría con cada uno. Una vez entregados los libros de texto nos dio a cada colegial una libreta, un lápiz y una goma y nos dijo que este material tenían que pagarlo nuestros padres en la mensualidad correspondiente. Todo ello lo aportaba gratuitamente el Colegio, los Padres Dominicos, excepto el material fungible. Me di cuenta de lo que había dicho mi maestro Don Mariano de que habría becas para los que fuéramos a estudiar pero también me acordé de lo que podría acarrear a mis padres aquellos gastos y de que tenía que mirar por ello.

Mientras hojeábamos los libros de texto, entró el Padre Rector, Andrés Villarroel y comenzó a darnos una breve charla sobre la finalidad de nuestros estudios y formación. ¡Allí estábamos como “Aspirantes a la Orden de Predicadores”, que es lo mismo que decir que estábamos para estudiar y formarnos como futuros Dominicos y que en nuestras cartas deberíamos poner las siglas: “A. O. P” = Aspirante a la Orden de Predicadores. Era lógico, pero no creo que todos los que estábamos allí lo tuviésemos igual de claro y decidido. Nos encareció guardáramos las normas de disciplina y del silencio, sin el cual no podía haber clima de estudio ni orden. En un momento dado de sus palabras nos advirtió de que quienes se portasen indebidamente o no rindieran lo suficiente en los estudios podrían ser “expulsados” del Colegio.

Aquella posibilidad de “expulsión” me preocupó. Yo no estaba dispuesto a que pudiera afectarme, pero era uno de tantos expuesto a que esta advertencia pudiera alcanzarme. Volví a reafirmarme interiormente de que no me expulsaran de aquel Colegio. Ni yo ni mis padres lo asumiríamos, pues nos parecían palabras mayores hablar de expulsión o que te pudieran tildar en la familia o en el pueblo de que te “habían expulsado del Colegio”. La imagen que yo tenía en aquel entonces de mi mismo era incompatible con que alguien pudiera “expulsarme” por alguna de aquellas razones. Pero tendría que tener cuidado, tanto en los estudios como en la conducta.

El padre Rector continuó hablándonos de cómo los Dominicos se habían distinguido en su historia por ser una Orden Religiosa que había dado muchos sabios y santos, como Santo Domingo de Guzmán, Santo Tomás de Aquino, San Alberto Magno, San Vicente Ferrer, San Raimundo de Peñafort, Santa Catalina de Siena, San Pio V, etc. Nos informó que en este Colegio nos íbamos a formar para ser futuros misioneros en las Misiones del Oriente: Japón, Filipinas, Formosa, Vietnam y China, aunque ahora los comunistas estaban persiguiendo, metiendo en las cárceles y expulsado a los misioneros.

Yo me acordaba de los misioneros que recordábamos el día del Domund y de la Santa Infancia, de los chinitos y japoneses que tan mal los pintaban en las películas de propaganda norteamericana y en los tebeos. Además aquello de que los metieran en la cárcel, o los pudieran matar no me parecían muy bien. Yo no tenía madera de futuro mártir en medio de aquellos “chinos y japoneses” de las películas que parecían tan malos y feos.

Iba tomando nota mentalmente  de todo cuanto decía el Padre Rector para adaptarme a ello tal cual me lo habían recomendado mis padres. Parecía que no había norma más importante que la de guardar silencio total. El  alumno que guardase silencio…. parecía que ya iba a ser “bueno”, “buen chico”, no tendría problemas. Además de la norma disciplinaria del silencio, nos advirtió de que tendríamos que rendir en los estudios. Cada quince días se nos darían en público las calificaciones. Quienes suspendieran dos o más asignaturas tendrían que abandonar el Colegio yendo para sus casas. Aquella advertencia me puso en guardia pues no quería ser uno de los que echaran a perder tanto sacrificio como habían puesto mis padres y mi hermano. A pesar de mi “morriña” y ganas de irme otra vez para Llastres me prometí a mí mismo de que no me expulsarían del colegio por ser mal estudiante. Por tanto, reforzaría mi dedicación al estudio.

Otra recomendación sorprendente que nos advirtió el Padre Rector fue algo nunca oído por mí. Hablaba de que estaban prohibidas las “amistades particulares” y que deberíamos relacionarnos principalmente con los compañeros del propio curso. El Rector no nos hablaba con claridad sobre el porqué del supuesto peligro de las “amistades particulares”. En la edad en que estábamos era natural que hiciéramos amigos nuevos, que nos apoyáramos entre nosotros y nos encariñáramos como lo hacen todos los amigos. ¡Pero el Rector venía a insinuar que había que controlar los “afectos”, “mortificarlos”, “reprimirlos”!. ¡No lo entendía… pero capté la esencia del mensaje que me parecía antinatural!: ¡Nada de amistades profundas con ningún compañero!

Si algo hay de hermoso en la verdadera amistad es la acogida, la comprensión, la comunicación, la ayuda recíproca, la gratuidad, el sentirte entendido y cómplice con tu amigo o amigos, la profundización en las conversaciones libremente expresadas, la libertad y el cariño resultante entre los verdaderos amigos. ¡Hay pocas vivencias tan hermosas en la vida como la verdadera y profunda amistad entre los “alter egos”, experimentar la suerte de tener buenos amigos!

¡Pues “na nay”!! ¡Que mucho ojo…. con las “amistades particulares”! Ahora empezaba a entender el distanciamiento y la inesperada “frialdad” de mi amigo Andresín. Le veía siempre con los de su curso. Apenas me dedicaba tiempo para charlar y estar juntos como en Llastres. Tenía su propia y amplia pandilla entre chicos de su curso con quienes estaba a la hora de los recreos y durante lo que llamaban “paseos largos”. ¡Me resigné e intenté adaptarme a la situación que se nos marcaba, aunque en mi interior procesaba críticamente todo cuanto iba viendo y oyendo!

Pasados los días deduje que tras aquella antinatural advertencia prohibitiva de no “tener amistades particulares” se escondía el temor de los frailes a que hubiera tentaciones de homosexualidad entre los propios chicos, sobre todo de los mayores respecto de los pequeños.

Aquella tarde, durante el recreo, mientras Andresín y el “Yondrin” se centraban en los compañeros de su curso, tal como estaba recomendado, yo comencé a interesarme por los chicos que estaban próximos a mí en las filas. Fui dándome cuenta de que se sentían tan desamparados afectivamente como yo lo estaba, por lo que se fue despertando entre nosotros una simpatía llena de comprensión y compasión mutua. Recuerdo a chicos de Ávila, de Palencia, de Orense, de León con especial cariño. Solían juntarse, arroparse mutuamente según la procedencia. Si eran del mismo pueblo se agrupaban en los recreos y en los paseos. Los de la Cuenca Minera parecía como si se conocieran todos entre sí, y creo que se conocían pues habían venido muchos del mismo Campomanes y de Pola de Lena. Yo estaba solo, pues por lo visto y oído no estaba bien visto que mis amigos Andresín y el “Yondrin” formaran parte de mi grupo o yo pretendiera entrar en un grupo de amigos del curso superior. Pasados los días fui haciendo amistad entrañable con un chico de Torquemada (Burgos) llamado Antolín, así como con otro pequeño de un pueblo de Ávila llamado Desiderio y otros del Barco de Valdeorras (Orense) llamados Carlos Sarmiento Prieto y Ricardo López.

Fui descubriendo también al pequeño grupo de Colunga, formado por Juan Luis Martínez y Pepe Brau, a los que me juntaba, a pesar de los “prejuicios” y rivalidad estúpida que tienen los de Llastres contra los de Colunga. Lo hablamos y creo que lo superamos prescindiendo de ello, por lo que nos hicimos amigos y nos apoyábamos en nuestros recreos y “paseos largos”.  Juan Luis, el hijo del Juez de Colunga, era muy bueno, muy inteligente y ya venía muy bien preparado para los estudios del Bachillerato. Pepe Brau, hijo de un guardia civil del cuartel de Colunga, todavía era más inteligente que todos nosotros. Era un poco mayor y tenía una vasta cultura que la veríamos desplegar en las clases que comenzarían el día 1 de octubre.  Brau, -así le llamábamos- estaba más desarrollado físicamente que el resto. Posiblemente tuviera dos años más que nosotros. Lo que le hacía llamar la atención de su persona, además de sus conocimientos, era su corpulencia y que iba vestido como un niño pequeño con unos pantalones muy cortos. Nosotros le apreciábamos y valorábamos mucho por sus conocimientos y por ser el mayor del pequeño grupo que se iba formando, pero algunos de los del curso mayor se metían con él intentando ridiculizarle.


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Thursday, September 20, 2018

DE NUEVO EN ÁVILA: 1963-1968 (VII), por Juan José Luengo

Santo Tomás, Ávila (Imagen: Luciano López)

Llegamos a Ávila para comenzar la Telogía después del descanso del verano en La Mejorada. Ocupamos el nuevo pabellón que estaba en construcción tres años antes cuando hicimos el Preu en Ávila. El número en el curso había disminuido porque varios compañeros se habían quedado en el camino.

Ya indiqué que antes de ir a San Pedro Mártir se habían salido Balbino Arias, Juan Manuel del Pozo, Baltasar Carrascal, José Luis Burguet, José María Bermejo, José Antonio de Cea y Juan Luis Martínez. Durante los años de Filosofía se salieron y no llegaron a Ávila Amador de Bustos, Calixto Franco, Miguel Gavela, Andrés Galán, Alberto García, Manuel Gómez, José Hernández, Ricardo López, José María Martínez, Salustiano Moreta y Juan Postigo. Evidentemente, a este grupo hay que añadir el fallecido Lázaro Fuentes.

Hagamos una pausa para recordar que desde el verano de 1957, al final de cuarto en Arcas Reales, no habíamos visitado a nuestras familias. ¡Seis largos años que se extenderían varios años más hasta la ordenación! Como nos dijeron más de una vez, había que renunciar a todo y abandonar todo (incluida la familia) para conseguir el Reino de los Cielos.  En este aspecto, unos fueron más afortunados que otros.  Quienes eran de Ávila y sus alrededores, como yo, tenían familia cerca que podían hacer una visita con cierta frecuencia y sin gran dificultad. Lo mismo se puede decir de quienes eran de Madrid, como José María Ibáñez.  Para quienes eran de Palencia, Valladolid, Burgos y, por supuesto, Galicia, Asturias y el País Vasco esto era harina de otro costal.

Antes de entrar de lleno en la narración de la crónica no quiero dejar sin hacer algún comentario sobre uno de los “rumores” que oímos durante estos años. Me refiero al “incidente” del Obispo corrupto y depravado de aquel entonces y a cómo el Gobierno, siempre “protector” de la Iglesia, no permitió que se publicara nada sobre el caso en los periódicos de la época.  La “historia” que corrió de boca en boca…decía, usando el estilo de los cuentos infantiles que leímos cuando pequeños.. Érase una vez un Obispo español “disoluto” y “lujurioso” que frecuentaba, entre otros, los prostíbulos de París y Barcelona. Un informe policial “reservadísimo” indica que en Barcelona era un “pupilo frecuente con el nombre de Don Manolo” y todas las prostitutas conocían “su jerarquía eclesiástica”. Nada menos que el hispanista inglés Paul Preston hace mención de este caso en su biografía de Franco. 

Se trataba del Obispo de Calahorra-Logroño. Como muchos otros, yo creí que había sido Monseñor Abilio del Campo Bárcena (Obispo de 1956 a 1979). No fue así. Era el obispo anterior a él, Monseñor Fidel García Martínez (Obispo desde 1921). No, tampoco fue él. ¡¡Todo fue un un montaje del Gobierno, con “dobles del Obispo”, para acabar con un prelado incómodo para el régimen franquista por su oposición al nazismo!! Todo estuvo tan bien “montado” que el mismo Obispo Fidel llegó a  decir “me lo voy a acabar creyendo hasta yo”. De todos modos, renunció a la sede episcopal a los 72 años cansado de tanta calumnia. Vivió unos 20 años más muriendo en 1973 a los 93 años.

La historia nos dice que Don Fidel, nacido en 1880 en un pequeño pueblo de León, fue un Obispo brillante. Si no se hubiese opuesto al plan con tanta vehemencia, hubiera sucedido al cardenal Segura en la sede primada de Toledo en 1931.

Entonces, ¿qué pasó? En 1937, desafiando la orden de Franco a todos los obispos españoles, publicó en el boletín diocesano la encíclica Mit Brennender Sorge (Con ardiente preocupación) en la que Pío XI condena severamente al nazismo.  Años más tarde, se atrevió a publicar una larga y vibrante Instrucción pastoral sobre algunos errores modernos, entre otros el comunismo y el nazismo, y en defensa de “la libertad y la dignidad del hombre frente al Estado”.

Un libro reciente sobre su caso lo titulan los autores con toda justicia, Conspiración contra el Obispo de Calahorra. Denuncia y crónica de una canallada.

Bueno, me alargué más de lo esperado, pero lo escrito, escrito está.

Volvamos a nuestra llegada a Ávila.  Era prior del convento el P. Francisco Zurdo, quien, en La Mejorada, había sido prefecto de disciplina y profesor de latín.

El maestro de Estudiantes que nos esperaba era el P. Adolfo García, maestro de Estudiantes de Teología el año anterior. El P. Adolfo era una persona bien preparada con su doctorado en Teologia y quien, entre otras cosas, había sido Provincial de la Provincia de Colombia. Al mismo tiempo, tenía una personalidad de hombre asustadizo que engendraba más nerviosismo que confianza. Era su socio el P. Pelegrín Blázquez.

Al llegar a Ávila dejamos de ser los “mayores” como estábamos acostumbrados por muchos años.  Allí estaban como padres jóvenes, recién ordenados sacerdotes y completando el último año de teología, aquellos “aspirantes” que estaban en 5º cuando nosotros estábamos en 2º en el curso de 1954-55 cuando se abrió el colegio de Arcas Reales. Algunos de los nombres: Esteban Uña, Domingo Marcos, Magín Gómez, José Bravo, José Martínez de los Llanos, Antonio Gónzalez, Niceto Blázquez, Juan José Uncilla, Pedro Luis González….

Del curso siguiente (4º de teología), estaban allí Gumersindo González, Restituto González, Cirilo Santiago, Serafín Monasterio, Manuel Mateos, Abilio Vicente, Gonzalo Rodríguez, Isidro Rubio…

Finalmente, del curso anterior al nuestro habían regresado de Francia Manuel Reyes Mate, Jesús Manuel Martínez  y Marcos Ramón Ruiz. De este curso seguían en Granada José Luis Ajates, Dionisio Jiménez y Rafael Sanz.

Santo Tomás, antigua residencia de estudiantes
Naturalmente también nos encontramos con un grupo grande de padres, la mayoría serían profesores nuestros durante los cinco años de teología. Esta es la lista de los que recuerdo como profesores: PP. Miguel Crescente González (profesor también en el Seminario Diocesano de Ávila), Marcelino Sánchez, Salustiano Reyero, Cahn (vietnamita y profesor de hebreo el primer año), Claudio García, también Regente de Estudios, Felicísimo Miguel, Luis López de las Heras, Pedro San Segundo, Pelegrín Blázquez, Godofredo González, Augusto Antolínez, José Montero, Fernando Chamorro, Aristónico Montero, P. Valderrama.

Había otros padres como el P. Pablo Arcas(sacristán), Quirino Andrés(síndico), Faustino Rodríguez, Félix Calle, Cristóbal Alonso, Gaspar Moreno, Isaac Liquete, Efrén Villacorta, P. Vicente, Jesús Luis Hernández quienes, entre otros ministerios, tenían varias capellanías en la ciudad y eran los confesores de los estudiantes.

Tampoco quiero olvidar al grupo grande de hermanos cooperadores que sirvieron a la comunidad con distinción y dedicación. Fray Antonio Cáceres, Dionisio Bañares, Julián Domínguez, Pío González, Teodoro Moreno, José Franco Sastre, Valerio Miguel, Agapito Díaz, Jesús Antolínez (luego ordenado sacerdote), Emeterio Abia, Julián Romeral y Manuel Miguel Velasco.

El P. Canh regresaría a Vietman el año siguiente, donde, con el resto de los dominicos vietnamitas, pasaría a ser parte de la nueva provincia que la Orden estableció allí en 1967 con el nombre de Regina Martyrum. Este fue el resultado de la excelente labor de nuestra provincia en Vietman, donde los españoles llegaron en 1676.

Comenzamos el curso académico a finales de septiembre y esta es la lista de las asignaturas del primer año (1963-64). Las nombro en latín porque así aparecen en los récords que conservo: Introductio in S. Scripturam, Apologetica, Ecclesiologia, Historia Ecclesiae, Patrologia, Archeologia sacra, Institutiones liturgicae, Lingua hebraica, Lingua graeca bilblica, Textus selecti, Eloquentia sacra, Musica sacra y De spiritualitate dominicana.

Algo interesante sucedió desde el primer día de las clases de teología. El latín dejó de ser tan importante y, no cabe duda, que el Concilio que se estaban celebrando tuvo algo que ver con este cambio, sutil al principio y más obvio con el paso del tiempo.

Al mismo tiempo que comenzamos el curso académico, el 29 de septiembre de 1963, se iniciaba la segunda sesión del Concilio. El Papa Pablo VI nombró cuatro moderadores para lograr que el Concilio se desarrollara con mayor efectividad y para evitar que se repitieran los “choques” ideológicos de la primera sesión.     

Estos fueron los cuatro cardenales nombrados moderadores: Lercaro, Suenens, Lienart y Agagianian.  La historia nos dice que todo funcionó con más suavidad y harmonía. Antes de terminar esta sesión el 4 de diciembre, se aprobaron dos documentos. Uno menor, sobre los Medios de Comunicación Social y otro de suma importancia e impacto, la Constitución sobre la Liturgia.

Hoy día nadie puede dudar que la Constitución sobre la Liturgia fue el documento de mayor transcendencia e impacto del Concilio. Otros serán más profundos como Lumen Gentium (sobre la iglesia), Verbum Dei (sobre la revelación) y Gaudium et Spes (sobre la iglesia en el mundo moderno), pero no afectaron a tanta gente o sus efectos no fueron tan evidentes. ¡La reforma de la Liturgia es algo que todos los católicos llegaron a experimentar y vivir en carne propia! Domingo tras domingo, los fieles vieron cómo, entre otros cambios, la liturgia dejaba de celebrarse en latín para celebrarse en su lengua materna.
                                                                                      
Continuó la costumbre de comer en silencio mientras escuchábamos la lectura de algún libro educativo e interesante.   Recuerdo en especial el de Marie-Joseph Lagrange, O.P, El Evangelio de Jesucristo. En aquel entonces no éramos conscientes de la importancia que el P. Lagrange había tenido en el desarrollo de la exégesis moderna dentro de la Iglesia Católica. Como fundador de la Escuela Bíblica de Jerusalén a finales del siglo XIX, comenzó a abrir nuevos caminos e introducir nuevas técnicas de investigación en este campo de estudio. Sufrió en carne propìa la “furia” del ataque al modernismo. Hombre de tanta fe como erudición no aceptó el silencio como solución a esos ataques. Hombre de tanta obediencia como sabiduría se mantuvo fiel hasta el último momento sin dar marcha atrás.  El P. Lagrange es, sin duda alguna, una de las grandes lumbreras de la orden de todos los tiempos y, por ello, merece nuestro agradecimiento y admiración.

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Texto original de Juan José Luengo García "Breve Crónica de un curso 1953-1968)escrito en verano 2009. Para las otras entradas:

Capítulo 1 (La Mejorada)

Capítulo 2 (Arcas Reales)

Capítulo 3 (Ocaña)



Tuesday, July 24, 2018

SANTA MARÍA DE NIEVA por Arsenio González Cereijo***


Una nueva etapa. El tiempo de formación se jalonaba por etapas como una competencia ciclista. La fiesta de llegada a una meta coincidía con el punto de partida de la otra. El tercer año se cursaba en una pequeña villa de Segovia, Santa María de Nieva. Allí había un colegio más viejo, más solitario y penumbroso que el claro ambiente de la Mejorada. Tres años de estudios medios ya más exigentes y más completos. Se estudiaban las humanidades en forma privada y en clara orientación clerical. Salvando pocas excepciones de mérito, no tuve el privilegio de buenos profesores. Ahora comprendo que no es fácil disfrutar este privilegio. Posiblemente ya no existen. Muchas materias se entregaban a misioneros recién expulsados de Vietnam ajenos totalmente a la tarea docente. El clima religioso era, sin mucha razón, el criterio de las evaluaciones, Una "buena" conducta era la mejor recomendación para amortiguar las malas notas. El santoral ofrece altos ejemplos de santidades eximias en hombres de limitados conocimientos. Y allí también "la fe hacía milagros". 

Después de Santa María de Nieva quedaba el obstáculo del noviciado. Catecumenado, prueba y puerta de entrada a la vida religiosa. El clima ambiental español de la época estaba marcado por una más intensa religiosidad y una moralidad impuesta que se reflejaba en todas las manifestaciones culturales del momento. Mi formación religiosa se había iniciado en la escuela de Medos, en las horas de catecismo dominical, en la práctica religiosa familiar que dirigía mi abuela a pesar de la escasa credulidad de mis tíos, 

Yo no dudaba de la vigilancia protectora de aquellas imágenes inmóviles de la iglesia que parecían vivas existencia de un mundo protegido y cuidado, sobrenaturales e invisibles, seres que observaban por las acciones buenas y malas de los hombres para darle luego su premio o castigo. Era lo más normal del mundo.

El ser humano, sobre todo en los años en la primera infancia, asimila con mucha facilidad la influencia de medio social con un gran instinto mimético defensivo sin demasiado análisis y sin mucha reflexión. Las prácticas religiosas diarias, charlas, conferencias y sermones, la indiscutible bondad de unos valores sociales triunfantes, la fascinante aventura de las tierras de misiones de los libros que llenaban la biblioteca del colegio, los relatos de muchos intrépidos misioneros en tierras del Extremo Oriente, rodeados con la aureola de poderosas virtudes cristianas, enardecían la imaginación calenturienta de nuestra juventud. Acepté con toda fidelidad las enseñanzas de la religión y fue entonces cuando decidí embarcarme plenamente en la heroica aventura apostólica con el mismo entusiasmo de los héroes de los relatos misionales de mis lecturas y la misma ilusión que llevó al Hidalgo Manchego recorrer los campos y tierras de España. No hubo engaño, ni violencia, ni miedo. Elección personal mía dentro de las circunstancias. Parecía un buen negocio a corto y a largo plazo. "Ciento por uno es esta vida y la felicidad eterna en la otra". 

Con el tiempo las cosas tomarían otro color. Pero de momento el tema religioso, el sentimiento místico, la interpretación eterna del mundo, era el medio natural que yo respiraba. Valía la pena correr la aventura religiosa. Estudiar y cumplir el ciclo de estudios eclesiásticos. Me gustaba el estudio de las ciencias de la naturaleza y la sociología humana. Sobre todo, las ciencias. Disfrutaba con las matemáticas. Obtuve premios de distinción en materias científicas, en Física, en Química. Me gustaban esas ciencias seguramente porque ofrecían una evidencia que no encontraba en los temas religiosos. Pero estas materias estaban devaluadas dentro de los seminarios. Por aquel tiempo incorporaron a la enseñanza de estas materias unos profesores seglares especialistas en asignaturas profanas que todavía estimularon más mi entusiasmo juvenil por las ciencias de la naturaleza. Hoy guardo simpatía por el espíritu científico que ellos me contagiaron y nunca tuve oportunidad de prolongar en mi formación posterior. 

Antes de comenzar las vacaciones cumplíamos un deber cívico en los campamentos al aire libre que organizaba la Falange. Originalmente estos campamentos tenían toda la impronta marcial del militarismo reciente; más tarde se reconvirtieron en las Organizaciones Juveniles ya mucho menos politizadas. Eran veinte días de intenso ejercicio físico y mental, en la sierra aledaña a la población de San Rafael, en Segovia, en el fresco ambiente de la montaña, con el ritmo de hierro de la disciplina militar y el necesario adoctrinamiento cívico y religioso que exigían los tiempos. Tiendas de campaña bajo la sombra de los pinares, a orilla de los ríos gélidos que escurrían las últimas nieves del Guadarrama, con asistencia de orgullosos jefes de campamento que exhibían todos los trofeos, hasta las heridas recibidas en campaña, como excombatientes de la guerra civil. 
La vida en el campamento se desenvolvía bajo el signo militarista que se respiraba fuera y dentro de los seminarios. Misa mañanera celebrada por el capellán del campo, honores rigurosos a la bandera, instrucción militar y gimnasia, desfiles y marchas, canciones marciales a la victoria reciente. Allí, al bordear la sierra estaba el puerto de montaña, Alto de los Leones recuerdo reciente de triunfos nacionales, con sus trincheras de cemento armado, con miles de cruces siniestras sobre los huesos anónimos de víctimas inocentes, con los cascos belicosos que no protegieron las cabezas ni los corazones de nadie, numerosos pinos exmochados por las bombas. Todo aquello enardecía más mi sensibilidad juvenil en forma que resultaba difícil aceptar la maniquea dicotomía de los españoles que lucharon en una contienda fraterna en dos bandos los buenos y los malos. Al fin y al cabo, la mística religiosa tiene muchas coincidencias con el misticismo patriótico y militarista. 

Las guerras todas son malas. Los muertos son las víctimas silenciosas de los rencores de los vivos que ya no pueden defenderse ni vengar la injusticia de los jefes que los llevaron obligados al matadero. Las manchas rojas de sangre que allí quedaron son tan inútiles las que cayeron entre los acordes del "cara al sol" como las que cayeron cantando la "marsellesa". El hombre se parcializa, como los animales gregarios, en torno a los líderes que tratan de imponer sus ideales por un fácil instinto de proximidad y cercanía. Pocas veces deciden las ideas. Unos eran de derechas porque quedaron atrapados en zona insurgente y otros eran de izquierda porque estaban en la zona roja. Cuestión de geografía. Las diferencias están solo en la mente de sus dirigentes mucho más que en la conciencia individual de los ejércitos que van a la muerte como legiones de esclavos. 
Irónicamente van incluso cantando con el triste orgullo que cantan los que van a morir. En una marcha religioso militar recorrimos aquel larguísimo viacrucis marcado en piedra desde el Alto de los Leones al Valle de los Caídos pétrea memoria de los vencedores y humillación amarga de vencidos excavada en el corazón de la sierra. 

Pero la juventud recibe fácilmente las enseñanzas de sus maestros y la inteligencia humana se prostituye al servicio de los ideales más dispares. Allí había dos bandos. Las mismas razones que empleaban unos para justificar el heroísmo de su empresa las invocaban los otros en el bando contrario. Los ideales de unos no eran diferentes a los ideales de sus rivales. La única diferencia estaba en la sangre inútil que se derramaba en toda la geografía española, Unos años más tarde, ya con responsabilidad religiosa, terminada la carrera de maestro nacional, en unas vacaciones de verano, repetiría la experiencia en un campamento volante en la Sierra de Gredos sobre la tierra húmeda de las últimas nevadas del pasado invierno. Volvería a repetir la vida del campamento al año siguiente, con las Organizaciones Juveniles y capellán del grupo, en el Castillo de San Servando en Toledo, evocación de reencuentros reales con díscolos y valientes campeadores y de heroicos cantares de gesta. "iQué buen vasallo si hubiera buen señor!" De esa vida campestre guardaría la afición al campamento que todavía ahora con mis años encima, a mi retorno de la aventura venezolana, practico en los campamentos de verano de esta nueva España democrática. 

Quince días en el pueblo. Sólo quince días con la familia se ofrecían como un gesto de gran generosidad de la congregación. Peligrosa competencia debía ser el afecto familiar frente al desarraigo que impone la profesión religiosa. Cada julio llegaba el sueño de quince escasos días con la familia. Los gallegos, una docena que estábamos en distintos cursos, hacíamos el recorrido en el mismo tren desde Castilla a Sanclodio. Unos eran de Sanclodio, otros de Torbeo, y otros de la comarca de Caldelas, entre Lugo y Orense, recuerdo a algunos de esos compañeros gallegos que estudiamos, rezamos y jugamos juntos en los primeros años de carrera. Gerardo Rivera, Alejandro Álvárez, Aldo Rodríguez, Eugenio Álvarez, Dionisio Roca. También sus nombres entran en la órbita de mi aventura religiosa, en un círculo de experiencias humanas más dilatado y consciente que el reducido radio de vivencias de la aldea, ya en pleno corazón de la estepa castellana. Y los evoco con cariño porque justos recorrimos, casi al ritmo de un desfile marcial y al son implacable del toque de campanas monásticas, largos años de nuestra juventud, los inmarcesibles ideales que infunde la religión en las almas jóvenes y los hondos latidos de vida en común que poco a poco comenzarían a divergir y separarse. La vida rompe pronto los planes originales de las personas y arroja a cada uno por senderos diferentes. Nadie tenía entonces mayores razones para demostrar la bondad de una elección frente a las otras. No hay ni fracasos ni deserciones. Hay caminos diferentes, circunstancias diferentes. A veces pausas, a veces atajos, a veces encrucijadas, desvíos en todas direcciones, acaso algunos errores que deben corregirse en la marcha. Las soluciones todas igualmente válidas y al fondo simplemente el hombre en lucha con su propio destino. 

Los viajes en los trenes incómodos de entonces suponían, después de un largo año de encierro monacal, una excursión liberadora a través de geografía española y una aventura llena de emociones de gentes y paisajes y escenarios nuevos. Sanclodio era el punto de destino. Es decir, la estación de tren más cercana a los pueblos que habitábamos. Yo desde allí debía completar el viaje de varios quilómetros a pie por una mala carretera hasta el pueblo de Medos. El ascenso a la Moá en compañía de los familiares que esperaban en el andén hacía olvidar el ardor de la reseca meseta castellana. Hoy esas ascensiones sólo se realizan en cómodos viajes en coche por una siempre peligrosa carretera de asfalto. ¡Las vacaciones no daban tiempo a visitar a los familiares y recorrer los entrañables rincones del pueblo emocionantes al mismo tiempo que tristes vacaciones! Cuando empiezas a tomar gusto de nuevo a la vida del pueblo ya debes preparar el retorno. Pero no había alternativas y la disciplina se imponía a los sentimientos más cordiales. Las pequeñas cosas caseras se recubren de mayor encanto cuando permanecen menos accesibles y más lejanas. 

Medos, a través de las largas ausencias, comenzó a ser para mí la querencia entrañable de la infancia que se perdía definitivamente en la neblina de los recuerdos. Aún hoy lo sigue siendo, a pesar del tiempo. Medos, Galicia, España, tres círculos concéntricos del mismo sentimiento patrio sin antagonismos ni exclusiones. No entiendo los rebrotes nacionalistas excluyentes y racistas de hoy. En su mala entraña late la misma irracionalidad de las viejas supersticiones que pertenecen al género de las creencias y nutre el fanatismo de sectas destructivas. Puro suspiro alucinado, de nigromantes y profetas de mundos que nunca existieron, soñadores de fantasías con resonancias ultraterrenas y en el mejor de los casos buscadores de ideales rotos, frustrados, perdidos o no existentes, en el cementerio de los fracasos ruinosos de sus presuntos edenes inexistentes. Falso profetismo, Sabiendo que los seres humanos todos tienen la misma sangre que la mía, sabiendo que el noroeste gallego sólo es un punto insignificante y entrañable en la superficie de la tierra y que, a mi lado, en el mismo tiempo, en el mismo planeta tierra existen muchas realidades culturales diferentes, otras costumbres y otras personas en regiones distantes igualmente acoge doras y amables, lejos de la asfixia racista que es narcisismo mitológico, disfruto con orgullo el placer del oleaje versal y unitario que mece serenamente la cultura global.

La vida en vacaciones se desarrollaba bajo el mismo ritmo religioso que se vivía en el internado. Todo permanecía bajo la rígida vigilancia de la propia conciencia. Misa diaria todas las mañanas en Villardá donde residía entonces el cura que atendía la parroquia de Medos, un pequeño dosier de prácticas religiosas que afectaban más al mundo ritual de los compromisos individuales que a las vivencias. Había que cumplir y presentar una memoria de la gestión. No había fiestas de verano, no había diversiones profanas y se imponía ya desde entonces una pose de adusta gravedad clerical a los comportamientos que marcaría ya para siempre el perfil humano que se estaba formando. La veda no afectaba a las ferias de Castro Caldelas y la justa participación en las tareas agrícolas de verano. De nuevo el viaje de retorno. Aquel regreso aún hoy me evoca la imagen paciente de mi madre que mucho antes que yo, empezaba a sentir el desgarro de la separación. Con ese pesimismo dolorido propio del alma gallega, que ella reproducía perfectamente, todos los años me hacia una despedida que ella siempre imaginaba la última. Lo repetía siempre y sólo resultó cierto muchos años después cuando yo viajé a Caracas. Ahogaba sus lágrimas en silencio y yo sufría intensamente contagiado de su dolor. En realidad, yo me liberaba completamente, al día siguiente, cuando la máquina de vapor comenzaba a serpentear la ribera del Sil dirigiendo el convoy hacia tierras leonesas. 




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*** Publicado con la amable autorización de autor: CLAUSTRO dentro y fuera, Arsenio González Cereijo, Cultiva Comunicación SL Madrid 2009 [El texto corresponde a una sección del capítulo II titulado "La Aventura religiosa"] El libro está dedicado "A mi familia. A mis amigos. A los que, como yo, han sido crédulos, ingenuos, soñadores y han pretendido, en vano, cambiar el camino del tiempo y la ruta de las estrellas. Mi otra familia"