Thursday, October 11, 2018

LA MEJORADA: TOMANDO POSESIÓN (VIII), por Faustino Martínez


Inmediatamente nos subieron al gran salón de estudios. Las clases comenzarían al día siguiente. El padre dominico José María Reyero, un hombre alegre que siempre nos animaría y nos llenaría de cariño, era el Jefe de Estudios del Colegio y el administrador encargado de llevar la contabilidad y proporcionarnos libretas, lápices, gomas, etc. Entró en el gran salón acompañado de varios chicos mayores del curso superior que portaban cajas llenas de libros de texto. Comenzaron a repartirnos por cada pupitre los libros de texto de cada asignatura del primer curso de bachillerato. Encima de mi pupitre fui haciendo un pequeño montón de libros de texto: Ciencias Naturales, Lengua Española, Latín, Matemáticas, Geografía, Dibujo y Religión. Aquel año no daríamos idioma extranjero. Ignoro el por qué. Nos asignaron el horario de cada clase y los correspondientes profesores junto con las aulas a donde teníamos que desplazarnos. Debajo de mi pupitre fui guardando los libros, después de hojearlos. Me gustaron porque venían iluminados con dibujos y fotografías.

Aquello se presentaba interesante y me ponía un poco nervioso pues ya no era la clásica enciclopedia de “Álvarez”, sino que cada asignatura tenía un libro de texto y un profesor especial. Aquellos profesores no me conocían ni yo a ellos por lo que no sabía cómo me iría con cada uno. Una vez entregados los libros de texto nos dio a cada colegial una libreta, un lápiz y una goma y nos dijo que este material tenían que pagarlo nuestros padres en la mensualidad correspondiente. Todo ello lo aportaba gratuitamente el Colegio, los Padres Dominicos, excepto el material fungible. Me di cuenta de lo que había dicho mi maestro Don Mariano de que habría becas para los que fuéramos a estudiar pero también me acordé de lo que podría acarrear a mis padres aquellos gastos y de que tenía que mirar por ello.

Mientras hojeábamos los libros de texto, entró el Padre Rector, Andrés Villarroel y comenzó a darnos una breve charla sobre la finalidad de nuestros estudios y formación. ¡Allí estábamos como “Aspirantes a la Orden de Predicadores”, que es lo mismo que decir que estábamos para estudiar y formarnos como futuros Dominicos y que en nuestras cartas deberíamos poner las siglas: “A. O. P” = Aspirante a la Orden de Predicadores. Era lógico, pero no creo que todos los que estábamos allí lo tuviésemos igual de claro y decidido. Nos encareció guardáramos las normas de disciplina y del silencio, sin el cual no podía haber clima de estudio ni orden. En un momento dado de sus palabras nos advirtió de que quienes se portasen indebidamente o no rindieran lo suficiente en los estudios podrían ser “expulsados” del Colegio.

Aquella posibilidad de “expulsión” me preocupó. Yo no estaba dispuesto a que pudiera afectarme, pero era uno de tantos expuesto a que esta advertencia pudiera alcanzarme. Volví a reafirmarme interiormente de que no me expulsaran de aquel Colegio. Ni yo ni mis padres lo asumiríamos, pues nos parecían palabras mayores hablar de expulsión o que te pudieran tildar en la familia o en el pueblo de que te “habían expulsado del Colegio”. La imagen que yo tenía en aquel entonces de mi mismo era incompatible con que alguien pudiera “expulsarme” por alguna de aquellas razones. Pero tendría que tener cuidado, tanto en los estudios como en la conducta.

El padre Rector continuó hablándonos de cómo los Dominicos se habían distinguido en su historia por ser una Orden Religiosa que había dado muchos sabios y santos, como Santo Domingo de Guzmán, Santo Tomás de Aquino, San Alberto Magno, San Vicente Ferrer, San Raimundo de Peñafort, Santa Catalina de Siena, San Pio V, etc. Nos informó que en este Colegio nos íbamos a formar para ser futuros misioneros en las Misiones del Oriente: Japón, Filipinas, Formosa, Vietnam y China, aunque ahora los comunistas estaban persiguiendo, metiendo en las cárceles y expulsado a los misioneros.

Yo me acordaba de los misioneros que recordábamos el día del Domund y de la Santa Infancia, de los chinitos y japoneses que tan mal los pintaban en las películas de propaganda norteamericana y en los tebeos. Además aquello de que los metieran en la cárcel, o los pudieran matar no me parecían muy bien. Yo no tenía madera de futuro mártir en medio de aquellos “chinos y japoneses” de las películas que parecían tan malos y feos.

Iba tomando nota mentalmente  de todo cuanto decía el Padre Rector para adaptarme a ello tal cual me lo habían recomendado mis padres. Parecía que no había norma más importante que la de guardar silencio total. El  alumno que guardase silencio…. parecía que ya iba a ser “bueno”, “buen chico”, no tendría problemas. Además de la norma disciplinaria del silencio, nos advirtió de que tendríamos que rendir en los estudios. Cada quince días se nos darían en público las calificaciones. Quienes suspendieran dos o más asignaturas tendrían que abandonar el Colegio yendo para sus casas. Aquella advertencia me puso en guardia pues no quería ser uno de los que echaran a perder tanto sacrificio como habían puesto mis padres y mi hermano. A pesar de mi “morriña” y ganas de irme otra vez para Llastres me prometí a mí mismo de que no me expulsarían del colegio por ser mal estudiante. Por tanto, reforzaría mi dedicación al estudio.

Otra recomendación sorprendente que nos advirtió el Padre Rector fue algo nunca oído por mí. Hablaba de que estaban prohibidas las “amistades particulares” y que deberíamos relacionarnos principalmente con los compañeros del propio curso. El Rector no nos hablaba con claridad sobre el porqué del supuesto peligro de las “amistades particulares”. En la edad en que estábamos era natural que hiciéramos amigos nuevos, que nos apoyáramos entre nosotros y nos encariñáramos como lo hacen todos los amigos. ¡Pero el Rector venía a insinuar que había que controlar los “afectos”, “mortificarlos”, “reprimirlos”!. ¡No lo entendía… pero capté la esencia del mensaje que me parecía antinatural!: ¡Nada de amistades profundas con ningún compañero!

Si algo hay de hermoso en la verdadera amistad es la acogida, la comprensión, la comunicación, la ayuda recíproca, la gratuidad, el sentirte entendido y cómplice con tu amigo o amigos, la profundización en las conversaciones libremente expresadas, la libertad y el cariño resultante entre los verdaderos amigos. ¡Hay pocas vivencias tan hermosas en la vida como la verdadera y profunda amistad entre los “alter egos”, experimentar la suerte de tener buenos amigos!

¡Pues “na nay”!! ¡Que mucho ojo…. con las “amistades particulares”! Ahora empezaba a entender el distanciamiento y la inesperada “frialdad” de mi amigo Andresín. Le veía siempre con los de su curso. Apenas me dedicaba tiempo para charlar y estar juntos como en Llastres. Tenía su propia y amplia pandilla entre chicos de su curso con quienes estaba a la hora de los recreos y durante lo que llamaban “paseos largos”. ¡Me resigné e intenté adaptarme a la situación que se nos marcaba, aunque en mi interior procesaba críticamente todo cuanto iba viendo y oyendo!

Pasados los días deduje que tras aquella antinatural advertencia prohibitiva de no “tener amistades particulares” se escondía el temor de los frailes a que hubiera tentaciones de homosexualidad entre los propios chicos, sobre todo de los mayores respecto de los pequeños.

Aquella tarde, durante el recreo, mientras Andresín y el “Yondrin” se centraban en los compañeros de su curso, tal como estaba recomendado, yo comencé a interesarme por los chicos que estaban próximos a mí en las filas. Fui dándome cuenta de que se sentían tan desamparados afectivamente como yo lo estaba, por lo que se fue despertando entre nosotros una simpatía llena de comprensión y compasión mutua. Recuerdo a chicos de Ávila, de Palencia, de Orense, de León con especial cariño. Solían juntarse, arroparse mutuamente según la procedencia. Si eran del mismo pueblo se agrupaban en los recreos y en los paseos. Los de la Cuenca Minera parecía como si se conocieran todos entre sí, y creo que se conocían pues habían venido muchos del mismo Campomanes y de Pola de Lena. Yo estaba solo, pues por lo visto y oído no estaba bien visto que mis amigos Andresín y el “Yondrin” formaran parte de mi grupo o yo pretendiera entrar en un grupo de amigos del curso superior. Pasados los días fui haciendo amistad entrañable con un chico de Torquemada (Burgos) llamado Antolín, así como con otro pequeño de un pueblo de Ávila llamado Desiderio y otros del Barco de Valdeorras (Orense) llamados Carlos Sarmiento Prieto y Ricardo López.

Fui descubriendo también al pequeño grupo de Colunga, formado por Juan Luis Martínez y Pepe Brau, a los que me juntaba, a pesar de los “prejuicios” y rivalidad estúpida que tienen los de Llastres contra los de Colunga. Lo hablamos y creo que lo superamos prescindiendo de ello, por lo que nos hicimos amigos y nos apoyábamos en nuestros recreos y “paseos largos”.  Juan Luis, el hijo del Juez de Colunga, era muy bueno, muy inteligente y ya venía muy bien preparado para los estudios del Bachillerato. Pepe Brau, hijo de un guardia civil del cuartel de Colunga, todavía era más inteligente que todos nosotros. Era un poco mayor y tenía una vasta cultura que la veríamos desplegar en las clases que comenzarían el día 1 de octubre.  Brau, -así le llamábamos- estaba más desarrollado físicamente que el resto. Posiblemente tuviera dos años más que nosotros. Lo que le hacía llamar la atención de su persona, además de sus conocimientos, era su corpulencia y que iba vestido como un niño pequeño con unos pantalones muy cortos. Nosotros le apreciábamos y valorábamos mucho por sus conocimientos y por ser el mayor del pequeño grupo que se iba formando, pero algunos de los del curso mayor se metían con él intentando ridiculizarle.


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