Wednesday, November 18, 2015

BREVE CRÓNICA DE UN CURSO (1953-1968) por Juan José Luengo García

La Mejorada (Imagen: Ricardo Melgar, vía Flickr)
Celebramos este mes de agosto el 50º aniversario del comienzo de un nuevo capítulo en el peregrinar de nuestro curso. Terminado el noviciado en Ocaña, nos trasladamos al Convento de Santo Tomás de Ávila donde nos esperaba una nueva e inusitada odisea. Éramos 55 en el curso cuando tomamos el hábito el 5 de agosto de 1958. Como no hubo muchos que se salieron en el noviciado, el número de los que hicieron la profesión era grande, creo que el más grande en la historia de la provincial hasta esa fecha.   Por razones que mencionaremos más adelante, nuestros superiores decidieron que a nuestro curso le convenía un ambiente estudiantil diferente, sin que los estudiantes anteriores a nosotros pudieran “contaminarnos” por su falta de observancia o con sus ideas “peligrosas.”

Sin duda alguna fue un experimento costoso para la Provincia porque este cambio provocó otros cambios de personal que no fueron nada baratos. Creo que entenderemos todo mejor si lo ponemos en perspectiva y examinamos la historia del curso desde su principio.   

Después de tantos años falla la memoria para recordar todos los detalles que serían necesarios para una historia completa.  Será como una vista de pájaro donde algunos detalles resaltan, aunque no sean los más importantes y otros se esfuman en la lejanía de un pasado nebuloso. Será difícil hacerlo con la objetividad de un filósofo o la precisión de un cirujano.

Se trata más bien de un ejemplo de aquello que dice el refrán popular, “cada uno cuenta la feria como le va en ella” aceptando que nuestra memoria es, en muchos casos, más “reconstructiva” que “reproductiva”, como dicen algunos psicólogos de hoy. No siempre recordamos las cosas como fueron, sino que las recreamos inconscientemente a nuestro modo.

LA MEJORADA: 1953-1954

Todo comienza en La Mejorada. Recuerdo cómo un autobús repleto de aspirantes de Ávila capital y pueblos de los alrededores llegó a La Mejorada a finales de septiembre de 1953. Era la época de la vendimia.  Procedentes de otras muchas regiones de España llegaron otros muchos más. Unos 150 en total. Todos jóvenes de entre 10-13 años. Allí nos encontramos con los “mayores”, los de segundo. Colectivamente éramos un grupo con mucho talento, mucho entusiasmo, no poco miedo y quizá bastante hambre en más de un caso. Lo de la “vocación” … surgió después.

Cada grupo que llegaba era recibido por el Rector con una sonrisa acogedora. Era el P. Andrés Villarroel de quien nadie puede olvidar la blancura inmaculada de su hábito limpio y planchado de manera impecable. Para quienes veníamos de pueblos pequeños, la grandeza y majestuosidad del Colegio fueron impactantes: los campos de deportes (fútbol, frontón..), la piscina (que para muchos parecía una piscina olímpica), los dormitorios, la galería, los salones, el refectorio, la huerta, los viñedos, los pinares, las acequias que venían desde el río Adaja…todo parecía, diríamos hoy, como una película de Hollywood… aunque muchos de nosotros nunca había visto una película y menos de Hollywood.                                                                                                                     
                                                                                                                  
No hay que olvidar que muchos de nosotros nunca habíamos visto un baño (estábamos acostumbrados al campo abierto, sin papel higiénico, sin asientos, sin cadenas para el agua y sin puertas), la palabra ducha no era parte de nuestro vocabulario y nunca habíamos visto un cepillo de dientes. Estábamos acostumbrados a oír los apellidos más comunes en el pueblo como García, López, Sánchez, Jiménez… Sin embargo, de repente comenzamos a escuchar el sonido de apellidos más sonoros y rimbombantes como… Balerdi, Carricajo, Garciarena, Llordén, Mallavibarrena, Moliné, Mories, Ribote, Villarejo y muchos otros más. Me encontré que había otro Luengo, Antonio Luengo, de Asturias.

Enseguida comenzamos una vida “regimentada” que sería la rutina durante todos los años de formación. Aprendimos a ir en fila de un lugar a otro y a hacerlo en silencio. Oración y misa por la mañana, oración antes y después de las comidas, oración por la noche antes de ir a la cama, confesiones cada semana y otras devociones como el rosario se convertirían en un ingrediente esencial de nuestra formación. El Manual del Colegial del P. Ricardo Casado sería nuestra guía. Allí estaba todo lo que deberíamos aprender para nuestra vida espiritual. No se escapaba detalle a esta regimentación como lo demuestra el hecho que toda correspondencia que era recibida o enviada por los colegiales era abierta y leída por el P. Rector. Sin olvidar tampoco que nos enseñaron a firmar las cartas añadiendo después de nuestro nombre las iniciales A.O.P (Aspirante a la Orden de Predicadores).

Dividieron al curso de tres secciones (A-B-C) cada una de unos 50 estudiantes y nos ordenaron por orden alfabético dentro de cada sección. No tardaron en empezar las clases: Latín (P. Abelardo Panizo), Religión (P. Rector), Matemáticas (P. Regino Borregón), Lengua y Literatura (P. Juan González), Ciencias (P. Amador de Celis), Geografía (P. José María Reyero, quien era el Vice Rector). El Francisco Zurdo era el prefecto de disciplina y había otros Padres que tenían otras funciones con menos trato diario con los estudiantes: P. Francisco Sádaba (Síndico), P. Silva (confesor), P. Fabián Herrero, P. Benjamín Vara y el inolvidable P. Eugenio González quien a pesar de sus limitaciones físicas era el párroco de Calabazas, pueblo cercano al Colegio y adonde caminaba regularmente con tanto entusiasmo y dedicación como dificultad física.
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Residía también allí Monseñor Teodoro Labrador, con su luenga barba blanca, Arzobispo misionero expulsado de China por los comunistas. El más joven de los Padres era el P. Juan González quien acababa de llegar de Alemania, donde había terminado su doctorado en Filosofía. En aquel entonces estaba preparando la publicación de su tesis doctoral. Varios estudiantes, y yo fui uno, iban a su celda para dictarle del manuscrito mientras él escribía a maquinilla. Luego publicaría esa tesis titulada “El idealismo tomista” Algún tiempo después, alguien me contó la historia (que yo acepto como verídica) según la cual los gendarmes de la ortodoxia tomista le obligaron a cambiar el título de la tesis a “La Función gnoseológica de la Idea según Santo Tomás”, porque eso de idealismo tomista sonaba demasiado kantiano.
                                                                                        
Pronto nos acostumbramos a la rutina mensual de recibir las notas de conducta y de cada asignatura.  Recibíamos una nota en cada asignatura y un gran número de notas en conducta. Creo que todos los padres nos daban una. Para mí fue siempre un misterio cómo muchos de los padres podían darnos esa nota cuando no teníamos ningún contacto personal con ellos. Como mucho, nos veían caminar en fila de un lugar a otro y nos veían desde atrás en la capilla.

Los deportes (fútbol, frontón, natación durante el buen tiempo) fueron, desde el principio, un parte importante en el horario de cada día. Una vez por semana, los jueves por la tarde, teníamos el paseo largo por los extensos pinares que rodeaban el Colegio, acercándonos también hasta el río Adaja y, de vez en cuando, hasta Olmedo y Calabazas que eran los dos pueblos más cercanos.

Durante uno de esos paseos tuvo lugar lo que, a falta de mejor nombre, podemos llamar “la protesta o huelga del pan”.  Aquel día estaba al frente de nosotros en el paseo el Gumersindo Hernández Papis. Recién ordenado sacerdote, creo que estaba de visita para despedirse antes de irse como misionero a las islas Batanes y Babuyanes, donde pasaría toda su vida.  Algo había pasado con la comida en aquellos días, porque varios de los colegiales como protesta gritaron durante el paseo algo así como “queremos más pan…queremos más pan…”, mientras correteaban por los pinares.

Al regreso del paseo, el P. Rector nos estaba esperando y nos puso a todos en fila a la entrada del Colegio. Allí fue llamando por nombre a varios de los colegiales que consideraba como “cabecillas” de la protesta…y los expulsó del colegio en el acto mandándolos a casa al día siguiente.   ¡No cabe duda que todos los demás aprendimos la lección!  Al terminar el curso, muchos de nosotros, antes de ir de vacaciones a casa para el verano, fuimos a un Campamento de Falange en San Rafael (Segovia). Es una pena que nadie haya conservado fotografías o vídeos con nuestra camisa azul de falangistas y cantando a pleno pulmón el “Cara al Sol…”.

Yo recuerdo que la comida en el Campamento era muy buena y aprendimos todas las virtudes y milagros de los próceres de la Falange como José Antonio Primo de Rivera, Manuel Hedilla, Onésimo Redondo y otros más…El régimen diario y la organización tenían un sabor muy “militar”. Comenzábamos cada día con una consigna con la que trataban de inculcar en nosotros el espíritu del Movimiento Nacional. Todavía recuerdo una que no tiene desperdicio, “Más vale morir con honra que vivir con vilipendio.”

¡Cuántas largas caminatas nos dimos por los pinares del área de San Rafael y cuántas veces tuvimos que subir al Alto de los Leones en la sierra de Guadarrama! Uno de los líderes (mandos) era Fernando Chamorro quien en septiembre de aquel mismo año entraría como estudiante de 5º en Arcas Reales. Conviene recordar que en aquel entonces los Falangistas estaban en su apogeo de influencia en el Gobierno de Franco. La historia nos dice que los” tecnócratas” del Opus Dei no llegarían hasta uno años después con Gregorio López Bravo, Alberto Ullastres, Mariano Rubio y otros más.

Naturalmente nosotros vivíamos en un mundo cerrado y aislado sin conocimiento de lo que sucedía más allá de la cerca del Colegio. Sin embargo, quiero hacer mención de un evento de gran importancia y transcendencia que tuvo lugar ese año dentro de la Orden y que condicionaría el ambiente y el tono de nuestra formación en el futuro.  Era entonces Provincial el P. Silvestre Sancho, elegido por primera vez en mayo de 1951 y luego reelegido en diciembre de 1955.

En febrero de 1954 tuvo lugar la “masacre” de los dominicos en Francia cuando el General de la Orden, P. Manuel Suárez, “decapitó” y depuso a los tres Provinciales de Francia en París, Lyon y Marsella.  Teólogos como Chenu, Congar y Féret fueron “removidos” de la enseñanza y “exilados” lejos de su área de influencia. Por orden del General, ningún dominico francés podía publicar nada sin la aprobación previa de Roma y tampoco podía viajar fuera de Francia sin permiso o vestir de seglar.   Algo sin precedente en la larga historia de la orden de Predicadores.  De un brochazo se cargó el sistema constitucional de la Orden que, a través de la historia, le había protegido de la manipulación y amenazas de la Jerarquía y servido de estímulo a su tradición de investigación intelectual.

¿Qué había pasado? El P. Suárez, atemorizado por la presión de la Congregación del Santo Oficio (así se llamaba antes de cambiar el nombre a Congregación de la Doctrina de la Fe) y cuyo Prefecto era el cardenal Pizzardo, pensó que esa era la única manera de salvar la Orden en Francia. Corría peligro de que todos los Noviciados y Estudiantados fueran cerrados por el Vaticano. ¿Por qué? Según el P. Congar, una de las víctimas de más renombre, Roma se sentía amenazada por las nuevas ideas de los dominicos y otros pensadores franceses de la época.

Las nuevas ideas en teología, pastoral, catequética, ecumenismo, arte religioso, liturgia…eran un reto demasiado grande para un Papa y una curia no repuestos todavía del trauma de la Segunda Guerra Mundial y de la amenaza del comunismo.  Además, el problema de los sacerdotes obreros recientemente condenados por Roma había exacerbado la situación y agotado la paciencia del Santo Oficio. En todo ello, Roma veía la influencia de los dominicos franceses y no estaba dispuesta a tolerarlo…

Como siempre, la cuerda se rompió por lo más débil. Quizá nunca se llegó a saber con certeza si el P. Suárez estaba convencido de esos peligros o, como buen hijo de obediencia, fue sólo una marioneta en este lamentable episodio. Sin duda, uno de los comentarios más valientes fue el del P. Albert Avril, provincial de la provincial de París, cuando dijo, “Estoy dispuesto a dejar mi puesto por un bien mayor…pero protesto contra las calumnias contras mis hermanos…” ¡Muy bien dicho!


El P. Suárez murió a finales de junio de 1954 en un accidente de automóvil cuando viajaba de Italia a España.  El accidente sucedió en Perpiñán, Francia. ¡Qué ironía!

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Texto original de Juan José Luengo García (escrito en verano 2009). Esta entrada es el primer capítulo, próximamente se publicarán el resto de capítulos

Saturday, November 7, 2015

Hacia La Mejorada. 29 de Septiembre de 1953 (I) por Faustino Martínez García***

Llastres (Asturias)
(…) La inminencia del día 29 de Septiembre se aproximaba implacablemente. Yo contaba los días para que llegara aquella fecha pues lo vivía con mucha ilusión y expectación. Andrés Cuevas y el Ángel Llera (“Yondrín”) ya habían adelantado su vuelta al colegio a mediados de Septiembre. Pero para nuestra sorpresa el “fiu” (hijo) de Marianito, Ángel del Valle, no quiso volver al colegio. No supimos la razón. Mi ilusión se acrecentaba conforme se acercaba el día de mi marcha. Ello implicaba una nueva andadura, conocer lo que es vivir interno en un colegio como aquellos de los que yo oía hablar. La curiosidad me atraía pues no sabía totalmente lo que me esperaba, aunque me lo imaginaba aún a riesgo de que luego la realidad con la que me encontraría fuera otra muy distinta.
Yo miraba, abría y reabría mi maleta donde tenía perfectamente y en orden colocadas todas mis ropas. Sabía su colocación de memoria. Durante aquellos días previos las recomendaciones de mis padres dándome consejos arreciaron. Sobre todo, mi madre era la que más me aconsejaba. Insistía en que me aplicase, que fuera muy obediente a todo cuanto me mandasen los frailes, que no protestara, que no fuera rebelde sino dócil, que no me juntara con malas compañías, que fuese amigo de buenos amigos, que no me fiara de cualquiera, que escribiera cartas. Todo aquello lo terminé memorizando pues sabía que mi madre me lo decía por lo que ella consideraba que era mi bien. Ella seguramente hablaba de su experiencia personal, de la “sabiduría” adaptativa del mundo que le había tocado vivir y ver antes y después de la guerra civil.
No discutía en mi interior aquellos consejos, aunque capté que iban muchos mensajes con recomendaciones de que fuera “sumiso” ante los que mandaban, que serían los frailes. Aquella educación en y para la “sumisión” era lo dominante en aquellos momentos de la sociedad derrotada de España, en la Escuela Nacional, en las catequesis y adoctrinamiento de la Iglesia. ¡Pero en aquel contexto histórico no sabíamos defendernos de tal “educación” en y para la “sumisión”, nos faltaban elementos críticos y contrastadores, no éramos todavía adultos con capacidad libre para pensar por nosotros mismos!. Sin embargo, yo siempre descubrí en mi mismo mi rebeldía interior, rebeldía intelectual que me hacía sentirme “rebelde” interiormente, a mi modo, aunque luego en el exterior me “adaptase” a las situaciones y circunstancias. Esta rebeldía interior que siempre tuve nunca la perdí a pesar de saber sobrevivir en medio de circunstancias no siempre fáciles ni cómodas. Pude comprobar que, pasado el tiempo, los “inadaptados” eran barridos. Pero no se trataba de una “hiper adaptación” que podría ser nefasta y autodestructiva, sino un término medio que me serviría de estrategia vital.
Mi hermano me animaba y le veía contento. Por la edad que tenía mi hermano, seis años mayor que yo, estaba sumergido en sus intereses más dominantes de su incipiente juventud, pues había cumplido ya diecisiete años, y en cuestión de poco tiempo tendría que ir para la mili. A pesar de este contratiempo previsible que dejaría a mi padre sin su valiosa ayuda, la determinación de mis padres y hermanos era total.
 Mi padre me encarecía mucho que me aplicara y aprovechara bien el tiempo y todas las oportunidades. Su frase más frecuente era:” El saber no ocupa lugar” animándome a estudiar mucho y recordándome el sacrifico que estaban haciendo para que yo pudiera aprovechar aquella oportunidad. Debo reconocer, como ya he dicho, que aquellas recomendaciones me calaban muy hondo y me hacían sentirme muy responsable ante lo que se me avecinaba.
Los días próximos a mi marcha fueron intensos. Mi madre me mandó que fuera a despedirme de todos mis tíos, de mis abuelos. Recorrí Llastres (Asturias) yendo a casa de mis parientes. Lo mismo hice en Lluces. De todos recibí palabras de ánimo y mucho cariño. Casi todos me dieron algún dinerillo para el viaje, lo que agradecí. También fui a despedirme de Doña Concha y de Don Mariano, que habían sido los maestros que me animaron para ir al Colegio y eran los padres de Mariano Brú que había estado en La Mejorada y en Santa María de Nieva. Igualmente me desearon lo mejor y me dieron sus mejores consejos. A pesar de que mi madre estaba centrada en atender y alimentar a mi pequeña hermanina Sagrario que había nacido veinte días antes, no dejaba tampoco de rematar todo lo que tenía que ver con la ropa que llevaría en la maleta.
Yo pasaba muchas horas contemplando a mi hermanina Sagrario, el regalo que había venido a nuestra familia hacía pocos días. La contemplaba sin cansarme viéndola tan guapa y esperando me regalara sonrisas que le producían los “angelinos” mientras dormía. Metida en su “cunina” la balanceaba lentamente y la “fartucaba” de besinos en sus “papinos”. Quería así despedirme de ella. Tanto la besaba que mi madre me tuvo que llamar la atención para que no la despertara.
Entre sus preocupaciones por mi marcha, “máma” estaba obsesionada por mi “mala comedera”. ¡Siempre había sido mal comedor!. Temía que, lejos de ella, apenas comiera nada y me pusiera enfermo. No cesaba de repetirme que comiera…que comiera. Pero ahora ya no podría controlarlo ni controlarme desde la distancia. Lógicamente ella era más consciente que yo de que mi marcha era para todo un curso y que no volvería hasta dentro de diez meses. A mí me parecía que iba de excursión por unos días. Sin embargo, no vendría en los días de Navidad ni Semana Santa. Y esto para una madre tenía que ser muy duro, pues los lazos afectivos y el instinto de protección se rebelan ante tales circunstancias. En aquellos días aún puso más amor en todo cuanto tenía que ver con mi inminente marcha. Cogió toda mi ropa, la planchó y cosió de nuevo fuertemente todos y cada uno de los botones de camisas, pantalones, pijamas, gabardina, guardapolvos, etc. pues temía se me rompieran y no supiera coserlos pues sospechaba que allí no habría nadie que nos reparase aquellos seguros desperfectos en mis ropas. Se dedicó a ensañarme a coser los botones. Practiqué con ella y me metió en la maleta unas cuantas agujas con hilos para esta previsible emergencia. Con cada botón que reforzaba me llenaba de palabras de cariño y de buenos consejos. Tanto me lo encarecía que no podía menos de retenerlos y memorizarlos, pues venían de ella reforzados con el amor desinteresado de una madre.
Por mi parte notaba que a mi madre le costaba aquella separación más que a mí. Me parecía que le producía un sufrimiento al verme marchar. Y efectivamente supe después que este sufrir por mi alejamiento, siendo yo tan niño, le acompañaría durante años de mi ausencia. Pasado el tiempo lo fui comprendiendo, valorando y admirando, a pesar de que me decía:

-¡Fíu… si tú non llores…. yo tampoco voy a llorar…!  Por el momento yo no sentía ninguna necesidad ni ganas de llorar, pues me parecía que iba de “excursión”. Luego la comprendí.
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*** NOTA DEL AUTOR
Quiero compartir mis recuerdos, desde mi perspectiva, de nuestros primeros días en el Colegio de La Mejorada. Este relato forma parte de otros muchos que describen aquellos años compartidos en La Mejorada, Arcas Reales, Ocaña, Ávila, San Perdo Mártir y que forman ya una serie de innumerables capítulos en unas 1589 páginas que voy escribiendo y archivando en mi ordenador. Pido humildemente perdón por olvidos, por resaltar subjetivamente desde mi perspectiva experiencias personales y no poder recoger otras. Cada uno de nosotros tendrá las suyas muy interesantes de aquellos primeros días que esperamos podáis también compartirlas. Pero el marco, el escenario, el ambiente vivido en aquel lejano horizonte, lo compartimos como “hermanos”, y solo podemos aproximarnos a él, a su recuerdo, con compasión, con reconciliación, con cariño y agradecimiento en un contexto religioso, social y político muy diferente a nuestro presente. Aquí os van unas cuantas páginas.



Monday, October 26, 2015

BRIGITTE Y CLAUDIA EN EL ROSARIO VESPERTINO

El único parecido con la Bardot y la Cardinale, de idénticos nombres de pila, eran el ligero tono rubio y castaño, respectivamente, de sus cabelleras, porque del resto de sus exuberantes cualidades físicas no había ni rastro. En realidad desconocíamos sus nombres reales en el siglo, y los apodos cinematográficos los habíamos heredado de los cursos anteriores. Pero nosotros, a medio camino entre la humorada y nuestros sarpullidos juveniles, radicalmente truncados con la entrada en el noviciado de Ocaña, seguíamos usándolos con profusión. Así que allí estaban ellas dos, un día sí y otro también, camino de convertirse en treintañeras solteronas, justamente una fila por detrás de en las que piadosamente nos prosternábamos la quincena de novicios para nuestras interminables devociones, variables según la época litúrgica: triduos, exposiciones del Santísimo, rosarios, novenas, profesiones simples, y un largo etcétera de plegarias y rituales. Ocasionalmente las acechábamos por el rabillo del ojo, aprovechando que nos levantáramos a apagar o encender los cirios en el altar mayor o en el pequeño revuelo que se armaba cuando había un cambio de guardia en el presbiterio, esto es, que sin pausa ni intermedio, pasáramos de cantar el Pange Lingua a la misa cuaresmal. Que la apoteósica y, de alguna manera, temible imagen, que nuestro profesor de dibujo en Arcas, el P. Julio Ibáñez, había pintado, a modo de retablo, tras el altar mayor, nos haya perdonado por esos pecados oculares de nuestra juventud incipiente y nunca gozada.

Llegamos al noviciado en una época de absoluta transición. Si biografías tan insignificantes y diminutas como las nuestras pudieran trasponerse a eventos históricos más heroicos, nuestra entrada en el noviciado acaeció cuando un mundo terminaba y otro nuevo estaba a punto de alumbrarse. Por decirlo en palabras menos hueras, estábamos fuera de sitio y del tiempo. Fuera de tiesto. O, quizá, para ser más exactos, el tiempo y el sitio estaban fuera de nosotros. Esto no fue en sí mismo ni bueno, ni malo, simplemente ocurrió y la historia nunca volverá para atrás. Benjamín Button, por fortuna, sólo es un personaje de ficción.  De aquellos barros vinieron estos lodos, o si somos optimistas en las expresiones, aquellos resplandores engendraron estas glorias. Un cierto mundo, del que de forma tan radical nos vimos eximidos en aquel caluroso verano de la inmensa llanura manchega, estaba desmoronándose como un castillo en la arena del mundanal ruido. En lo político a Franco le quedaban un par de años de telediarios, en lo social, si separarse puede de lo político, la España de las barriadas obreras y de la burguesía viajada estaba a punto de explotar (aunque nunca llegarían a hacerlo del todo). En lo religioso, como casi siempre, las fuerzas conservadoras eclesiales, siempre mayoría desde el siglo III, reprimían los sarpullidos que brotaban aquí y acullá, con referencias al fin del mundo, moralinas de perra gorda y una insufrible con-fusión de poderes eclesiales y estatales.

Allí estábamos nosotros, en medio de la nada, recién cumplidos nuestros dulces 17 años. Habíamos pasado de puntillas sobre nuestra adolescencia, de los ásperos barbechos de Castilla, sin intermedios lúdicos, a insobornables admiradores del can de Nuestro Padre Santo Domingo en su imparable lucha contra albigenses, cátaros y cualquier hereje que expandiera la mala nueva en el sur de la impía Francia. Nosotros no nos apercibíamos, pero lo mismo que nos habían arrebatado la adolescencia, estaban comenzando a hacer “tabula rasa” con nuestra vislumbrada mocedad. Estaban a punto de aniquilarla y nosotros tan tranquilos, tan rebosantes de inconscientes fervores, flotando en la nube de nuestra piedad efímera, debatiendo temas a cual más incomprensibles e inútiles para la sociedad que no nos rodeaba.

Sobre si seríamos capaces de aguantar el cilicio que, tan misteriosa y dolorosamente, portaba el sufriente P. Fueyo, o  si alcanzaríamos la dicha bienaventurada de imitar las heroicas hazañas del Beato Berriochoa en la lejana Indochina. ¿Quién de nosotros soportaría que un mandarín vietnamita nos introdujera astillas de bambú entre la carne y las uñas de los piés?. Que habitáramos aquel nirvana inmenso durante un año, como si el mundo no existiera a nuestro alrededor -de hecho no existía- no tiene nada de extraordinario. El embudo, otrora denominado vocación, que nos había conducido sin sobresaltos a aquella nube etérea había sido tan fresco como el rocío de la aurora y tan dulce como la miel que destilan tus labios, ¡oh rosa de Sarón!.

Con 17 años era imposible, además de inútil, regresar al pasado. Habíamos puesto la mano en el arado sin volver la vista atrás –paradójicamente la literalidad evangélica no se avenía bien con nuestra existencia real, puesto que muchos lo que habíamos hecho había sido justamente lo contrario: apartar la mano del arado- y los surcos de la vida se abrían vírgenes en nuestros horizontes, lo mismito que nosotros, al rezar maitines en cada alborada. Siempre para adelante, aunque nuestro horizonte vital era tan cómodo y ocioso como inmediato. Una existencia liberada de toda preocupación e inquietud, limitada al cumplimiento de los ritos litúrgicos y un notable cúmulo de tareas meniales, verbigracia: encender la caldera, la crianza de conejos, regar los geranios, barnizar ventanales. Estábamos bien alimentados, el vino blanco de los almuerzos era excelente y, además, aprendimos a jugar al julepe.

La burbuja que nos poseía era aterciopelada, inmensa, con el único propósito de pasar el año lo mejor posible, mientras aquella alfombra mágica nos transportaba, otra cosa era impensable, al siguiente indoloro e inconsciente embudo: el de la profesión simple y nuestros votos provisionales de castidad, pobreza y obediencia. Nunca hubo, eso en el caso de que con 17 años hubiéramos sido capaces de hacerlo, una discusión, un sólo debate, una mera conversación informal sobre la impronta con que la castidad quedaría marcada en nuestra ignorada sexualidad o si la pobreza quedaba resuelta “in aeternum” con la carta que tuvimos que firmar, eso sí, voluntariamente, si se puede decir que en aquel contexto hubiera algo voluntario, por la que renunciábamos a nuestras posesiones presentes y futuras, sobre todo las potenciales y magras herencias de nuestros adorados padres. En aquella sala de comunidad, donde tronaba los miércoles en la radio la voz del Papa apelando desde Roma a mantenernos firmes en la piedad y la pureza, yo renuncié al carro y las vacas de mi padre, amén de a la huerta donde mi madre sembraba las patatas al final de la primavera.

El voto de castidad tampoco representaba problemas insolubles. Después de todo el sexo era algo malo en sí, toda herramienta capaz de suprimirlo, mejor aún, aniquilarlo –más adelante nos enseñarían una palabra tan bonita como ineficaz, sublimarlo- no podía ser sino buena. Los borbotones juveniles de nuestra sexualidad, se convertían así, en un remordimiento pasajero sanable con el ungüento de una confesión rápida y tres avemarías. Por mor de la seguridad, añadíamos alguna ducha fría, muchas lecturas piadosas, y el mantra de que nuestro cuerpo nos era ajeno, no nos pertenecía y cuanto más alejados estuviéramos de él, tanto mejor para evitar el pecado, las ocasiones del mismo y aún los mismos pensamientos que pudieran incitarnos a él. La negación de lo imposible, esto es, negarnos a nosotros mismos.

En cuanto a la obediencia, como ya veníamos con el tosco caparazón del internado y la intocable jerarquía de horarios, prefectos, jefes de estudio, directores y una amplia estructura de ordeno y mando, aquello era coser y cantar. El concepto de obediencia era inmediato y banal. Si hay que barrer el claustro, se barre. Punto. ¿Hacer de monaguillo al P. Mendoza en misa de doce? Se hace. Y a otra cosa mariposa. Si quince años después, en nombre de la santa obediencia alguien te decía que terminar el doctorado en la Escuela Bíblica y Arqueológica de Jerusalén para ser profesor de Nuevo Testamento (caso real como la vida misma, soy testigo de primera mano) no era lo adecuado para los propósitos misioneros de la Orden en Japón, terminaría por convertirse en otro cantar. La madurez, la consciencia, por fin, a la bíblica edad de los treinte y tres.

Discurría, pues, nuestra cotidianeidad en rutinas de oraciones y devociones, clases de apologética dominicana, que no de historia, sin el mínimo espíritu crítico. Faltaría más. Nuestro santo padre fundador y los carismáticos maestros generales de la primera hora eran intocables en su hornacina histórica. En nuestra ingenuidad historiográfica, hasta la Santa Inquisición, de la cual los dominicos habían sido adalides y portaestandartes, se tornaba en institución heroica, en la única tabla de salvación para convertir a nuestras Españas medievales en una, grande y, sobre todo, católica. Como rutinarias eran las salidas de los miércoles para jugar al fútbol; hasta aquí llegaba la obediencia: incluso los que nunca habían destacado por dar una patada al balón, las eras de Ocaña les convertían en inútiles delanteros centros. Asuetos trimestrales, procesiones parroquiales, visitas a las monjas de clausura. Más lejos no íbamos. Salvo aquel afortunado al que, a destiempo, le saliera una muela del juicio, le tocaba en suerte ir de excursión al dentista de Aranjuez. Resumiendo, un año de existencia tan agradable como ociosa e inútil. Un año al que nunca sabremos si llegamos demasiado tarde o demasiado pronto. Eso es lo que tiene de malo el vivir en unos tiempos donde todo estaba a punto de ser nuevo y diferente. Pero nada aún lo era.


Una existencia donde Brigitte y Claudia recitaban “Dios te salve María” al unísono con  un grupo de muchachos, con quince historias tan distintas y, a la vez, tan parecidas, arrastrados a aquel limbo del que saldrían en pocos meses, muchos supuestamente contentos y felices, otros traumáticamente expulsados por la fuerza, al mundo, pero por el cual, todos, sin excepción, tarde o temprano íbamos a pagar el precio de un año, con sus días y sus horas, vanamente perdido. Desgraciadamente Brigitte y Claudia, cuyos nombres reales desconocíamos, no eran protagonistas de una trama de ficción. Eran reales como la vida misma. Lo mismo que nosotros. Aunque nosotros creyéramos a pies juntillas  que la vida era una telenovela donde agachar la cerviz ante el prior nos llevaría al paraíso, el ser pobres, aunque sólo fuera mentalmente, a la gloria eterna; y el no pecar contra el sexto (el octavo ni nos lo planteábamos) nos tenía reservados halos de resplandor eterno.

Monday, October 19, 2015

BUSCANDO SER HUMANO: Adolescencia con los Dominicos (Magín Borrajo)

El 27 de septiembre de 1949, día de despedida. Saldría después de comer para tomar el tren en Sobradelo. La primera vez que me iba de mi casa. 
    Mi madre preparaba mi maleta en silencio y las lágrimas corrían por su cara. No me atrevía a mirarla, ni a hablar con ella. Me sentía triste y no quería que me viesen llorar. Sin decir nada, desaparecí y fui caminando a regar un prado situado a casi una hora de casa. No sabía mostrar mis sentimientos y opté por la soledad.    
Regresé a la hora de comer. Mis padres y hermanos habían empezado a inquietarse por mí. No recuerdo qué comimos. Después de la comida me despedí en silencio de mi madre y hermanos y fui caminando con mi padre y Xenxa hasta Sobradelo, la estación de tren. La maleta la cargaron en la burra de casa, que se llamaba Perica. Por el camino mi hermana Xenxa iba dándome consejos. Mi padre, en silencio, sin mostrar sus sentimientos, me acompañó hasta el colegio.
El tren, que llamaban Correo, llegaba a las cuatro de la tarde y frecuentemente traía retraso, era de largo recorrido, con máquinas de carbón, avanzaba lento e iba hasta Madrid.
En Medina del Campo hicimos trasbordo. Tomamos otro tren de cercanías que nos llevó hasta Olmedo, a cuatro kilómetros de La Mejorada.
     El tren me fascinó. Recuerdo el largo viaje con muchos túneles, subiendo lentamente por las montañas de Galicia y León, cruzando aquellas tierras áridas y desiertas de Castilla. Todo el tiempo fui mirando por la ventanilla. Mi cara y camisa se ennegrecieron con la carbonilla del tren.
Por fin, después de viajar toda una tarde y una noche, llegamos a Olmedo, provincia de Valladolid.
Un hermano dominico, vestido de blanco y negro, nos estaba esperando y nos llevó hasta La Mejorada.
Cuando llegué al colegio nos ofrecieron desayuno. Me impresionaron los grandes edificios, con sus amplios salones y largos corredores, y sentí cierto pánico, como que estaba entrando en un lugar al que no pertenecía.     
    Nunca supe qué sintió mi padre. Sabía que él quería lo mejor para mí y, posiblemente, me animó para que me quedase en el colegio. Me impresionó mucho el primer sacerdote que vi, un vasco robusto y calvo, vestido de blanco, con cara sonriente.
    Después de desayunar nos invitaron a salir al campo, donde había otros niños jugando al fútbol. Yo nunca había jugado al fútbol y recuerdo que me acomplejé un poco, pero enseguida empecé a correr tras el balón.
A mediodía fui a comer con el resto de los colegiales que habían llegado el mismo día o en días anteriores.
A mi padre lo invitaron a un comedor distinto con el resto de los padres del resto de estudiantes.
Después de comer, un sacerdote nos llevó de paseo a un pinar cercano. Al regresar, como dos horas más tarde, pregunté por mi padre y me informaron que se había marchado porque no quería perder el tren de regreso.
    Me sentí engañado, pero al mismo tiempo pensé que tal vez era mejor, así me libraba de la agonía de decirle adiós. El paseo había sido una manipulación para evitar las despedidas de nuestros padres.
Aquella tarde, por primera vez, me sentí solo, consciente de que no regresaría a mi casa hasta el final del año escolar.
No pude contener las lágrimas. Me sentí solo entre tantos desconocidos, lejos de mi casa y de mi familia, en un ambiente completamente distinto de lo que yo conocía.
Esos nueve meses de separación de la familia parecían una eternidad. No me habían preparado, ni anticipaba cómo sería la vida en un internado de dominicos.
El trauma de la primera despedida, las lágrimas de mi madre, la separación de la familia, son temas que han seguido afectándome el resto de mi vida. Tal vez por eso, todavía hoy, evito, si es posible, las despedidas.
Con el estudio de la psicología me di cuenta de cómo las condiciones de nuestra niñez influyen en nuestra autoestima.
La imagen que tenemos de nosotros mismos depende mucho del significado que asignamos a las circunstancias de nuestra niñez.
Hay personas que no crecen, o quedan estancadas, por las circunstancias o eventos de la infancia.
Otras sí cambian, debido a la educación, psicoterapia y el ambiente en que viven.
En mi vida adulta, los recuerdos de mi infancia me han ayudado a comprender y ser compasivo con muchos emigrantes que han tenido que desraizarse de su país y separarse de sus familias para buscar mejores condiciones de vida.
En España, conocí padres de familia que fueron al extranjero a buscar mejores condiciones económicas y dejaron a sus hijos con los abuelos.
En los Estados Unidos traté a muchos padres mexicanos que también por razones económicas dejaron a sus hijos en México, sin poder regresar a verles durante más de siete años.
Algunos de esos padres marcharon a escondidas de los hijos. Otros, les engañaron o los dejaron sin ninguna explicación. Cuando se encontraban nuevamente, ni los hijos ni los padres eran los mismos, se había roto el apego emocional.
En mi profesión de psicoterapeuta observé el sufrimiento de muchos de esos padres, separados de sus hijos. Y muchos de esos padres no comprendían el daño emocional que habían causado a sus hijos.
    Aunque sufrí mucho con la separación de mi familia, me adapté y completé el bachillerato en el Colegio de los Dominicos, dos años en el colegio La Mejorada, Valladolid y tres en Santa María de Nieva, Segovia.
Fueron años de una vida estructurada, rígida, con mucha disciplina y estudios rigurosos.
Los dominicos exaltaban los valores de la oración, del estudio y el deporte: “Anima sana in corpore sano”, un alma sana en un cuerpo sano.
Después de levantarnos, el aseo de la mañana, la misa, el desayuno, cuatro o cinco horas de clase, con recreos intercalados, varias horas de silencio y estudio en el salón.
Sin atreverme a cuestionar nada, gradualmente me fui adaptando al horario y disciplina del colegio. Nos levantábamos a las seis de la mañana. Los lavabos estaban a la esquina del dormitorio y esperábamos nuestro turno. Los inodoros estaban en un piso distinto y también íbamos por turno. Nos poníamos en fila y, en silencio, levantábamos un dedo, o dos, para indicar al sacerdote que estaba de inspección si teníamos necesidades menores o mayores.
    No había agua caliente. Durante el invierno el agua estaba congelada, con el frío me salían sabañones en las manos. Las duchas estaban en un piso distinto. Nos bañábamos solamente dos o tres veces durante el año escolar, siempre también por decisión de los sacerdotes y esperando nuestro turno.
En aquellos años veía eso con normalidad. En mi vida adulta, reflexionando sobre el ambiente de mi adolescencia, me he ido dando cuenta de que viví una vida sin opciones, controlada por  educadores dominicos, muy estrictos, conservadores, víctimas también de sus circunstancias y de una educación cerrada, producto de su tiempo y, peor todavía, algunos de estos sacerdotes tenían problemas psicológicos: castigaban físicamente, mandándonos poner de rodillas, pegaban pellizcos en los brazos, bofetadas en la cara, y a veces, castigaban quitando la merienda o la comida.
Ya adulto tuve la posibilidad de visitar a uno de mis profesores sacerdotes. Comentando con él sobre esos años de colegial, le pregunté por qué no nos habían enseñado a ser más libres. Me respondió: «No podía ayudaros a ser más libres porque yo estaba peor que vosotros».
Durante mi estancia con los Dominicos no sentí ningún apoyo emocional. Los padres y familiares tenían el privilegio de las visitas durante las Navidades o Semana Santa. El resto del curso estábamos solos. Mis padres, como vivían lejos, nunca fueron a visitarme. Les veía solamente durante las vacaciones del verano.
La carencia emocional, a tan temprana edad, impactó mi vida. Años después, gracias al estudio de la psicología y al ambiente en que viví, fui capaz de superar este vacío emocional.
He conocido a muchos sacerdotes que han sido incapaces de superar esta negligencia y han tenido problemas psicológicos, sufriendo lo que en sicopatología se conoce como desorden de personalidad y estancamiento de crecimiento emocional.
Los primeros meses en el colegio fueron difíciles. Todas las semanas esperaba cartas de mi padre, que no siempre llegaban. Cuando las recibía, las leía varias veces y después las archivaba en mi pupitre.
Gradualmente, fui haciendo amigos y nos consolábamos mutuamente.
No hace mucho, un compañero de entonces me recordaba una escena del recreo, cuando nos reuníamos a llorar detrás del pajar. También me ha mencionado que me llamaban «tanque» por mis zapatos típicos y mi estilo de jugar al fútbol. No jugaba bien, pero era bruto.  Mi lema era: si me pasaba la pelota, no pasaba el jugador.
  Al comenzar el curso, me di cuenta que académicamente no estaba a la altura de los colegiales que venían de las ciudades pero enseguida me puse a su nivel.
Los Dominicos valoraban la buena conducta, la excelencia académica y las cualidades deportivas. Si sobresalíamos en alguno de estos aspectos, éramos premiados y eso ayudaba a mejorar la autoestima, o el concepto de uno mismo. Recibí varios diplomas durante los cinco años escolares y me sentí valorado.
    Durante mi infancia había oído muchas cosas negativas sobre los sacerdotes diocesanos. Con la excepción de mi padre, casi todos mis familiares eran anticlericales. A los sacerdotes se los consideraba bichos raros. Los llamaban «cuervos» porque se vestían de negro e infundían miedo. La gente se mantenía a distancia y solamente eran solicitados para bautismos, bodas y funerales.
En mi adolescencia seguí oyendo estas críticas: mis familiares y vecinos me aconsejaban que no me hiciera sacerdote. A mi madre tampoco le agradaba, pero nunca se opuso.  En cambio, a mi padre le gustaba y me animaba.
Durante mis años de colegial, mi opinión sobre los sacerdotes fue gradualmente cambiando. Empecé a observar en algunos de ellos sentido del humor, sacrificio, altruismo. Otros, eran abusivos, física y emocionalmente. Incluso se rumoreaba que un sacerdote abusaba sexualmente de alumnos.
Recibí algunos castigos corporales, como pellizcos, bofetadas en la cara, pero la mayoría de los sacerdotes me trataron bien.
Quizás por eso, sin tener otras opciones, comencé a contemplar seriamente la idea de hacerme sacerdote.  
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Por cortesía de Magín Borrajo, publicamos el capítulo II de su libro "BUSCANDO SER HUMANO", Palibrio, Bloomington 2014. Puedes adquirir el texto completo en Amazon o bien en esta página http://www.maginborrajo.com/

Wednesday, September 30, 2015

ASÍ FUE MI VIDA: La Mejorada (Memorias del P. Niceto Blázquez)*

El  P. Niceto Blázquez en su celda de S. Pedro Mártir (Madrid)
La llegada al colegio de La Mejorada tuvo lugar en una tarde de septiembre de 1950. Me llevó mi padre, con el cual yo me sentía siempre protegido contra todos los males. A pesar de mi niñez hablaba conmigo de las cosas como si yo fuera una persona mayor, lo cual era para mí motivo de orgullo e invitación constante a la responsabilidad. El trayecto desde Hoyocasero a Ávila lo hicimos en autobús y de Ávila a Medina del Campo, en tren. Por cierto, era la primera vez que yo viajaba en tren ya que hasta entonces no sólo había viajado a Ávila desde Hoyocasero. 

Allí, si mal no recuerdo, nos fue alguien a recoger para llevarnos directamente al colegio de La Mejorada, situado a pocos kilómetros de Olmedo y a donde había que acceder por un camino polvoriento entre viñedos. Al llegar a la puerta principal me alegró mucho ver el frontón de pelota aunque no tan bien acondicionado como el de mi padre en Hoyocasero, donde a mi corta edad era yo todo un líder en ese deporte. Lo primero que hicimos fue saludar al P. Román Azcoaga, el cual era un venerable fraile dominico del que en mi casa sólo se habían oído decir palabras laudatorias y él mismo nos presentó al Rector del colegio. Este primer encuentro con el Rector fue meramente protocolario y expeditivo de suerte que a los pocos minutos perdí de vista a mi padre. En aquel momento me sentí como perdido entre una “muchachería” sin nombre. Fue una separación muy brusca de mi padre pero yo sentí el deber de ser consecuente con la decisión que había tomado de iniciar una vida nueva radicalmente distinta de la que había llevado hasta aquel momento. 

Yo había puesto en juego mi propio futuro y había que perder el miedo. Algunos de aquellos muchachos que empecé a tratar terminaban de llegar como yo y otros eran veteranos del año anterior. En el colegio sólo se impartían los dos primeros cursos académicos del Bachillerato. Recuerdo que inmediatamente nos llevaron al comedor para tomar la merienda y, de repente, cuando yo conversaba animadamente con el compañero de al lado, que también terminaba de llegar, presentándonos y comentando el viaje, se oyó una voz potente gritando: ¡Silencio! Era el fraile responsable de la disciplina en aquel momento el cual nos conminaba a tomar la merienda sin hablar unos con otros. Esta fue la primera sorpresa desagradable. ¿Será malo hablar con el compañero de al lado mientras merendamos?, pensé yo, y todo parecía indicar que sí. Los veteranos nos informaron después de que en el comedor había que guardar silencio y escuchar una lectura durante el almuerzo y la cena. No me pareció mal en absoluto que se escucharan interesantes lecturas en aquel lugar para lo cual, obviamente, había que guardar silencio.

Lo que no cabía en mi cabeza es que no me hubieran informado previamente de esta costumbre viéndome obligado a oír un reproche innecesario cuando yo lo único que estaba haciendo era saludar y darme a conocer como persona bien educada al compañero que tenía a mi lado. Las sorpresas fueron en aumento y algunas de ellas bastante desagradables quedaron grabadas en mi memoria. Por ejemplo. Llegó la noche y con ello la hora de dormir. Pero ¿dónde? Yo había dejado mis pertenencias en un salón inmenso con dos filas de camas. ¿Será aquí?, pensaba yo. Allí era, efectivamente, y ésta fue otra sorpresa desagradable para mí, recién llegado al colegio. Yo me sentí indefenso al tener que aceptar que aspectos esenciales de mi vida privada quedaran a la vista de los curiosos y tuve la impresión de que me robaran la intimidad al perder aquel trato personal y confidencial al que yo estaba acostumbrado. Digamos que me sentí despersonalizado y masificado como un objeto cualquiera. Yo entendía, por ejemplo, que el dormir y la higiene personal son aspectos de la vida íntima de una persona que en el dormitorio común son fatalmente violados. En La Mejorada cursé los dos primeros cursos de bachillerato: 1950/1951 y 1951/1952. Mi padre volvió por Navidad para conocer mi situación y mi alegría fue inmensa al verle después de tres meses de ausencia. Pero no le hablé de mis desilusiones pues yo no quería bajo ningún concepto que él regresara a casa insatisfecho pensando que se había equivocado llevándome allí. Yo entendía sin dificultad que había que dejar pasar el tiempo hasta ver cómo evolucionaba la situación. 

Un hermano mío me había dado este consejo: si ves malas y no buenas, te vienes a casa y asunto terminado. Como balance global de mi paso por el colegio de La Mejorada cabe decir lo siguiente. No encontré el trato personal que yo necesitaba y me sentí tratado como un objeto perdido en una masa bulliciosa de muchachos que buscaban hacer deporte y divertirse inocentemente. Yo necesitaba algo más y no lo encontraba tampoco en la docencia de las aulas ni en las relaciones con las autoridades educativas del colegio. En algún momento no descarté la idea de tirar la tolla y volver a casa con mis padres siguiendo el consejo de mi hermano Mariano. Pero había un anciano misionero que del Extremo Oriente discapacitado y fue para mí un referente admirable. Se llamaba Eugenio González y la enfermedad había convertido su cuerpo en un montón de ruinas, pese a lo cual, su cabeza y su corazón eran admirables. Era el párroco de Calabazas y hacía el camino desde el colegio al pequeño pueblo arrastrándose por los pinares y cruzando el río Adaja con serio peligro de caer al agua. 

Cuando los estudiantes estábamos por los campos de deporte y le veíamos asomar de vuelta a casa, algunos salíamos a su encuentro y nos sentábamos a su alrededor en el suelo bajo la copa de un pino. Luego cargaba la pipa de tabaco, nos hablaba de las misiones en Vietnam y respondía a nuestras preguntas. Cuando considerábamos que el tiempo no daba más de sí, le ayudábamos a levantarse del suelo y continuaba su viaje de vuelta a casa arrastrando una pierna por el polvoriento camino sosteniendo a duras penas la pipa. Era un espectáculo de debilidad y grandeza humana al mismo tiempo. Este hombre, aparentemente inútil, fue mi verdadero maestro durante los dos años académicos que estuve en La Mejorada. De él recibí el trato personal y comprensivo que yo necesitaba cuando me sentía perdido en una masa de muchachos colectivizados y sometidos a un sistema de educación masiva. 

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* Por cortesía del autor, adelantamos el capítulo 2 de "Así fue mi vida", editado para este blog en tres partes. ASÍ FUE MI VIDA. Recuerdos y pensamientos. Tomo I. Niceto Blázquez, O.P. © 2015 Editorial: Liber Factory. Está prevista su publicación en unas semanas

Sunday, September 6, 2015

P. PABLO (In Memoriam)

P. Pablo Sánchez-Fuentes Pérez 1936-2015 (Imagen: El Norte de Castilla)
Los primeros días, recién llegados a las Arcas Reales en primero de bachillerato, principios del otoño, se tornaban en una exploración continua de clases, pasillos, patios y campos de deporte. Hasta toparnos con la frontera infranqueable del pinar de Antequera, en el fondo sur del Pabellón de Menores. Incluso aunque ya hubiéramos pasado allí unos días en agosto, durante el cursillo, el comienzo del curso era algo completamente diferente. Se acabaron los juegos que duraban casi toda la jornada. Ahora, nada más dejar la maleta de cartón en el dormitorio corrido, se repartían los libros de texto y, con once años, nos enfrentábamos a un mundo completamente desconocido, tan diferente del de los ocres páramos castellanos o los empinados prados asturianos. Exultantes por haber sido admitidos, expectantes por lo que nos deparaba el futuro inmediato y ojo avizor para reconocer donde estaban marcados los confines que podíamos habitar.

Naturalmente, la inspección se extendía rápidamente a los dimes y diretes que los alumnos de los cursos mayores nos iban transmitiendo a los recién aterrizados, finales de septiembre de 1967. Rápidamente clasificábamos a los profesores en dos categorías separadas y estancas. A unos como huesos duros de roer, mayormente antipáticos, de sopapo fácil y tendentes a no calificar más allá del suficiente raspado. Otros, según decían, eran cercanos y amables con los alumnos, propensos a puntuar por arriba en las notas de los exámenes.  En conversaciones más susurradas nos iban llegando los motes, transmitidos de curso en curso. De esta manera se establecía un ágil, aunque no siempre veraz, encasillado de todos aquellos que -más pronto o más tarde- iban a entrar en contacto con nosotros en las aulas. Los profesores iban cambiando a medida que se avanzaba en el currículo académico, así que si aguantabas los cuatro años en Arcas Reales se terminaba por tener de profesor, antes o después, a casi todos los buenos padres.

Como el P. Pablo no impartía la docencia ni en primero ni segundo, el contacto con él fue mínimo durante los dos primeros cursos. Aunque a las pocas semanas ya todos sabíamos que aquel padre joven, apenas debía rondar la treintena en aquella época, enhiesto y huesudo, de rostro anguloso, que caminaba siempre tan envarado, con el hábito impecable e inmaculado, hacía honor a su apodo, el P. Chopo. Los apodos, que algunas veces reflejaban la ironía, a veces cierta inquina de los alumnos contra algunos profesores, era, en este caso, meramente descriptivo. Ciertamente no era de los más simpáticos y cercanos, antes bien era riguroso, al decir de los mayores, en las clases de matemáticas que impartía a partir de tercero, marcadamente austero en el trato y buen guardián de las distancias.

Algo que pudimos comprobar durante las semanas previas a la fiesta de Santo Tomás, cuando nos hacía repetir las tablas de gimnasia, una y otra vez, con las que dejaríamos boquiabiertos a nuestros padres. Así que los dos primeros años, mi contacto con él fue lejano y puntual y, creo recordar, imbuido de un más que notable temor. Que los interminables ensayos de las tablas de gimnasia se practicaran bajo la mirada atenta, en aquellos años grises e inanes del franquismo, de un uniformado y bigotudo coronel del destacamento aéreo de Villanubla, no ayudaban que el P. Chopo, quiero decir el P. Pablo, fuera incluido por los alumnos en el grupo de los padres bonachones, aquellos con los que se podía bromear tirándoles del escapulario del hábito por detrás o sonsacarles, a la hora del recreo, narraciones sobre misteriosas aventuras misioneras en el lejano Tonkín.

A partir de tercero de bachillerato, el temor se acrecentó hasta convertirse en lo más parecido al pánico, cuando me tocó como profesor de matemáticas. Esto no hubiera tenido mayor importancia. Había profesores tan estrictos o más que él. Sin embargo, en mi caso, el problema se tornó en grave, dada mi problemática, por no decir traumática, relación con los números. En primero y segundo sobreviví, supongo que gracias a la bondad inconmensurable del P. Regino y a que mal que bien las operaciones de álgebra era capaz de sacarlas para adelante con los modestos conocimientos adquiridos de mi admirado maestrescuela de la aldea, Don Tino.

Todo esto cambió en tercero. Para empezar el libro era un trabalenguas absolutamente incomprensible para mis limitadas capacidades lógicas sobre “Inecuaciones lineales con dos incógnitas” o “Correspondencia y relación binaria”. Para más inri, en el prólogo, el equipo editorial de Luis Vives afirmaba que “aunque no tengas afición a las matemáticas, te diremos que también las entenderás con poco esfuerzo: hemos procurado evitarte las dificultades y hacerte agradable la asignatura”. No fue cierto. Lo pasé fatal. Rematadamente mal.

Otra cosa es que terminara sacando un sobresaliente. Hecho prodigioso en mi historial académico, jamás repetido después, y que sólo fue atribuible a los méritos pedagógicos del P. Pablo. Supongo que algo puse de mi parte, pero si no llega a ser por su infinita paciencia y experimentada didáctica, es muy posible que tercero se hubiera convertido en mi particular Waterloo. Derrotado por los conjuntos y los cosenos. Excelencia académica o no, lo cierto es que el temor, ahora convertido en pavor, ante la presencia mucho más cercana del P. Pablo en las aulas, tres o cuatro días a la semana, no desapareció. Antes bien, se incrementó al año siguiente, en cuarto.

Esta vez la culpa no fue de las matemáticas, sino de la clase de Educación Física. Larguirucho y desgarbado, carente de la mínima musculatura, nunca fui sobresaliente en ninguna actividad deportiva. Incluso aunque no estaba en la parte baja de la tabla por lo que concernía a la actividad deportiva y pese a que en los deportes por equipos, gracias a mi altura, llegué a destacar algo, no mucho, en baloncesto. Aunque esto era una minucia para el obstáculo insuperable, un hándicap irresoluble, incluso más complicado que lo del producto cartesiano de dos conjuntos matemáticos: la gimnasia con aparatos. Especialmente con el potro –genuina tortura- o el plinton. Duro de cerviz como yo era, incapaz de doblar el cuello, menos aún la columna vertebral, el terminó por catearme en cuarto. Aquello fue un drama familiar y, sobre todo personal. Que te llegaran las notas del internado al pueblo, cuando la Rosa, la cartera, te encontraba mientras dabas vueltas a la trilla con las vacas, abrieras el sobre con ansia, sabiendo que ibas a tener unas notas excelentes y observaras la mácula insuperable de la Educación Física en la parte inferior del boletín, un ominoso 4, se transformó, ipso facto, en una llorera imparable ante la que la oronda cartera se quedó de piedra.

Mis padres recurrieron a nuestro buen vecino y paisano el P. Félix Salvador. Con sus buenos oficios convenció al P. Pablo de que me aprobara. Aunque fuera duro de cogote, lo importante – P. Félix dixit- eran los sobresalientes en Lengua Española, Inglés, incluso en Religión. Después de todo, en las misiones, los futuros paganos a los que íbamos a convertir los actuales aspirantes a misioneros dominicos, lo lograríamos porque les convenceríamos por nuestra persuasión y recto proceder. Nada que ver con ser capaces de dar tres volteretas seguidas en la colchoneta o hacer el cristo en las anillas. Al poco tiempo llegó una carta manuscrita del P. Felipe Pérez, tutor de cuarto, afirmando que todo se había debido a un error tipográfico. Era mi último año en Arcas. En cualquier caso, todo sea dicho, aquel fue de los pocos malos recuerdos que guardo del internado, posiblemente el peor. Quedó grabado a sangre y fuego en mi memoria y en la carta amarillenta por el tiempo que todavía conservo.

Pasaron los años. Exactamente cuarenta. Volví a contactar con el P. Pablo para que me dejara el listado de alumnos de aquel infausto año donde rocé la tragedia académica por un quítame aquí un salto. Tantos años y tantos alumnos después, para nada recordaba la misericordiosa intervención del P. Calabaza y mucho menos la carta. Se echó a reír cuando se la enseñé. Conversamos largo y tendido en su celda, cómo no, impecablemente ordenada e impoluta. Ya estaba retirado. Aunque en el aspecto físico exterior no había cambiado tanto como los años daban a entender, estaba claro que la enfermedad, que tan digna y temperadamente soportaba, comenzaba a cobrarse su peaje. Lo que más me sorprendió, sin duda ninguna, era la pasión –digo bien, pasión- que seguía mostrando, tras tantos años y alejado ya del circuito escolar, por la enseñanza y por el colegio.

Conversando con él sobre la enseñanza particular de las matemáticas, la conversación fácilmente derivó a lo que significaba para él la enseñanza en general, fueran las matemáticas, la lengua y, ¿por qué no? la educación física: responsabilidad y compromiso, a partes iguales, por parte del profesor y del alumno. Y más, si cabe, por parte del primero, para formar a los adolescentes en el deber y la ética. Si estaba teñida de elementos religiosos, tanto mejor, pero no obligatoriamente. Su obsesión, tiene un libro al respecto, es, era, que los jóvenes no se acomodaran. ¡Que fueran rebeldes!

Durante aquellas dos horas, escuchándolo, me sentí de nuevo el alumno de tantos decenios atrás. Incluso se me pasó por la cabeza que de un momento a otro me explicaría como hacer el pino contra la pared de la exigua celda, puesto que para las matemáticas estaba claramente desahuciado. Pese a los años transcurridos, seguía mostrando un aprecio y un cariño inconmensurable por la labor pedagógica y un afecto inefable, dotado de una excelente memoria, por decenas de alumnos que, agradecidos, habían vuelto a visitarlo, convertidos en hombres de provecho. No, no me pidió que hiciera cabriolas en el terrazo, aunque le faltó tiempo, con más que legítimo orgullo, para mostrarme los libros de matemáticas de los que era autor y que había editado de manera más o menos artesanal. Sin embargo, con diferencia, de lo que se sentía más satisfecho era de su tomo sobre didáctica y pedagogía en el deporte: Polimaion. Además, gran aficionado a la fotografía, disponía de una excelente colección de las actividades deportivas de centenares de internos a lo largo de una decena de lustros. Otros tantos álbumes fotográficos perfectamente anotados y encuadernados por cursos, disciplinas o festivales atléticos. Una inestimable memoria gráfica del internado a lo largo de los más de cincuenta años que vivió en Arcas Reales.

Es difícil enumerar cuánto bien hizo por el colegio, fue director en varios períodos, aparte de profesor. De lo que no cabe duda es que fue un precursor en la promoción e impulso de la cultura deportiva, no por sí misma, sino como herramienta para que sus alumnos se superaran, se fijaran metas, se imbuyeran de la cultura del esfuerzo, mediante el entrenamiento y la preparación, y de esta manera alcanzar metas en la vida. Las deportivas, claro, pero más que nada, convertirse en adultos consecuentes y coherentes, dotados de un profundo sentido ético de la vida, respetando siempre a los demás. Tal y como se hace en el deporte que tanto promovió.

No creo exagerar para nada –ahora rodeados de mercantilismo deportivo y transmisiones atléticas a todas horas nos puede parecer algo banal- al afirmar que fue un auténtico pionero en la enseñanza deportiva. En aquella época algo absolutamente novedoso, más aún en un internado religioso, algo por lo que tantos alumnos le estaremos por siempre agradecidos. Aunque algunos sufriéramos por ello. Todo lo que hizo, desde principios de los sesenta, por introducir el deporte en la vida académica es, desde mi punto de vista, el mejor legado que dejó en Arcas Reales y en aquellos que pasamos por el internado. La enseñanza quedó ahí. Está presente en los que tuvimos la suerte de ser sus alumnos. No sólo en aquellas modalidades más comunes como el fútbol, sino con otra serie de disciplinas más novedosas, especialmente el atletismo. ¿En qué colegio español se enseñaba a lanzar el martillo en 1964? Hasta nuestros padres se asustaban de vernos entrenar con aquellos artilugios.

Pese a la edad estaba dotado de una gran curiosidad por todo aquello que le pudiera servir para seguir gestionando sus escritos, sus fotos, sus propuestas pedagógicas. Tenía, raro para frailes de su edad, incluso entre otros más jóvenes, un interesante blog en Wordpress, ya desde 2007, donde iba vertiendo los comentarios y pensamientos más diversos. Una buena parte, claro está relacionado con asuntos de pedagogía académica, dominicanismo y enseñanza religiosa. Recuerdo que en ese reencuentro le enseñé mi iPad, la primera versión que acaba de salir en España, para explicarle cómo gestionar fotografías. No paró de preguntarme cómo funcionaba y si le serviría para guardar fotos. Al poco me envió un correo diciendo que le habían regalado uno y que era una maravilla.

Unos meses después, con la paciencia que le era inherente, se había molestado en escanear, y poseía centenares, su extraordinaria colección de fotos. Se la ofreció a todos los alumnos que quisieran pedirle el DVD. Muchos nos volvimos a reencontrar, más calvos, más gordos, más canosos, pero más felices, en aquellas imágenes, en blanco y negro, de cincuenta años atrás. Sin hacer distinciones de ninguna clase, decenas de nosotros somos testigos, cualesquiera fueran las sendas por las que la vida nos había llevado, siempre acogió con cariño y excelente memoria a todo el que se presentaba por la portería. Avisando o sin avisar, poco importaba. Si habías sido alumno, tenías las puertas abiertas. Aunque hubieran pasado decenios y a muchos las canas y las arrugas nos hacían difícilmente reconocibles. Asistió, con el mismo entusiasmo que los propios interesados, a la primera reunión de los alumnos del curso del 67, la reunión inaugural propiciada por el listado de matemáticas de tercero que él mismo nos pasó. Habló con todo el mundo, recordando los viejos tiempos. Hablando de su familia en Alemania, de sus predicaciones en el Cristo de Arenas de San Pedro, de las montañas nevadas en la Sierra de Gredos, de las tablas de gimnasia de antaño. Y de matemáticas, claro.

Por ello no me he quedado sorprendido, en lo más mínimo, de los numerosos elogios que tras su fallecimiento han puesto sus ex alumnos en el muro de Facebook. Me quedo y asumo la idea que transpiran muchos de ellos: gran maestro, justo y ecuánime. Enseñó a generaciones de alumnos, con rigurosidad y sin aspavientos, a que le imitáramos y fuéramos personas justas, honradas y responsables. Cabales, aunque no supiéramos hacer piruetas en el plinton o las matemáticas nos trajeran por la calle de la amargura.


Querido P. Chopo, que la tierra te sea leve. Por todo lo que hiciste por nosotros. Mejor, por todo lo que nos enseñaste. Pero sobre todo, porque Él es la resurrección y la vida; el que cree en Él, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en Él, vivirá para siempre. (Juan 11, 25)