Monday, April 23, 2018

DESFILE DE LA VICTORIA


Siempre que alguien ha visto la foto, tras varios minutos de hipótesis rocambolescas ha terminado por rendirse ante la imposibilidad de averiguar lo que otean los jóvenes filósofos y teólogos encaramados a la terraza, con el exterior de la magnífica vidriera del coro como trasfondo. Las analogías surgen fácilmente: ¿la venida del Mesías?; ¿una segunda Asunción de Nuestra Señora?; ¿la reaparición del “In hoc signum vinces” sobre el Puente Milvio a la entrada de Roma, en este caso sobre la N-1 a la entrada de Matritum?. La imagen se ha ido deteriorando con el paso de los años, los bordes han pasado de amarillos a un blanco amenazador y si la informática no lo remedia, la solución química original disolverá el rojo de los ladrillos con los inmaculados hábitos de los estudiantes. En la nada o en el más allá. ¿Quién sabe? Los procesos químicos como paráfrasis de la vida eterna.

Debe ser poco antes de mediodía por las sombras que apuntan todavía hacia el oeste, sol, pues, hacia el sureste geográfico, jornada de moderado calor o, quizá de abnegada obediencia, ni uno sólo de los religiosos se ha despojado de sus hábitos, sí, de los que hacen al monje. Como mucho, un par de hermanos se han echado el escapulario entre pecho y espalda, que suele decirse. Quizá no tanto para aligerar la canícula cuanto, sospecho, acaban de saltar desde la ventana de la Sala de Comunidad sobre la terraza y así evitar los tropiezos, dado que el escapulario tiene la tendencia a enredarse entre las extremidades inferiores: peligro de caída a lo poco que queda del Jardín Japonés. El sol luce en todo su esplendor, aunque no muy fuerte, ya que sólo Dámaso y el P. Paniagua se protegen con la palma de la mano. El resto de fotografiados no parecen sufrir con sus destellos. ¿Mayo en Madrid? ¿Quizá principios de junio?

Entre los padres (futuros), Juan Carlos Martínez, Santiago Sáiz y Julián, al único que con su bonhomía tan habitual como su despiste parece traerle sin cuidado escrutar ojo avizor el horizonte. Y entre los futuribles, que nunca llegaron a comer huevos o han dejado de comerlos: Hierro, Oscar Mendoza, Javier Morcillo, Alfonso Aguado. Por la presencia de estos últimos, un curso inferior al nuestro y que aguantaron la disciplina y la profesión simple por escaso tiempo es deducible que debemos estar en 1976. Convento de San Pedro Mártir. Alcobendas. Por banal y prosaico que parezca, los jóvenes aspirantes a teólogos están contemplando el veloz vuelo de los gloriosos cazas de la real e invencible Fuerza Aérea de España, en aquellos años dotada de Mirages gabachos. La Avenida de Burgos, 208 era la continuación geográficamente recta, o casi, del Paseo de la Castellana que sobrevolaban raudos, dejando estelas con los colores de la bandera española, los avezados pilotos del glorioso ejército español.

Sin embargo, nuestra presencia no tenía nada de patriótica, era mera curiosidad en la mañana dominical, antes o después de la misa de doce. Debe ser uno o dos años después de la muerte de Franco y a pesar de la ebullición que había en el siglo, más aún en la capital de todas las Españas, tan cercana y a la vez tan alejada de nuestro claustro, nuestra formación política era inexistente, qué digo inexistente, nula. Habíamos pasado el filtro, para la mayoría una carga obligada pero llevadera, tanto en Arcas Reales como en Ávila de F.E.N (Formación del Espíritu Nacional) donde –aparte de lo aburrido de los libros de texto- se glosaba heroicamente la importancia de los sindicatos verticales y el sueño imposible de la España una, grande y libre. Al menos, imposible para la percepción que del sueño tenían muchos de nuestros profesores, educados en el fervor de los años posteriores a la Cruzada. Años en que el palio, la mitra y la espada conformaban una unidad indisoluble. Aparentemente.

Nosotros no sólo carecíamos de ese fervor patriótico, aunque tampoco lo contrario, al Caudillo y a todo el tinglado de poder, abusos y corrupción que se había creado con el paso de los años, y que a estas alturas de la década de los 70, aunque nosotros no lo percibiéramos, yacía en claro desmoronamiento. Del cual, sin embargo, no pocos de nuestros doctos profesores eran adalides y activos defensores; ítem más: nosotros estábamos en una tierra de nadie, por así decirlo, vírgenes en toda la amplitud del término: sexo, política, dinero, ambiciones, birretes y cualesquiera prebendas que el futuro nos deparase. 

¿Qué otra cosa podíamos pretender? Desde los once años en el internado, el paso por el Noviciado de Ocaña, una burbuja inescrutable, y ahora, a nuestro alrededor, con diecisiete o dieciocho años, mientras los restos de la dictadura olían cada vez más a podrido, nos llegaban tambores lejanos de un tal Isidoro vencedor en el congreso de Suresnes (¿dónde puñetas estaba eso y qué coño era un congreso?); de un Carrillo que nosotros conocíamos por Paracuellos, cuatro kilómetros a vuelo de pájaro, pillado con una peluca horrorosa y para más INRI, el día de Pascua; y un tal Suárez que, por ser de Ávila nos caía más simpático, presidiendo el Desfile de la Victoria (si es que para entonces todavía se denominaba así) que nosotros embobados y ajenos a todo lo que pasaba en la universidad, en las calles del cercano Madrid, en las fábricas de Getafe, contemplábamos esta precisa mañana de mayo.

No digo que no las hubiera, pero no recuerdo una sóla discusión política entre los cerca de cuarenta estudiantes universitarios que nosotros éramos, debates que ahora practican hasta los más ignorantes adolescentes: sobre la globalización, los errores del capitalismo o las bondades de las políticas medioambientales del Gobierno. Lo nuestro eran laberínticas disquisiciones sobre la transubstanciación (entre otras, la importancia de que el vocablo lleve o no lleve una b), debates bizantinos sobre si el uso cotidiano del incensario en la Exposición del Santísimo era pertinente o no, abstracciones metafísicas sobre las cinco vías por las que el Aquinense había probado (¡faltaría más!) la existencia divina. 

Como mucho, si de debate político pueden calificarse, conversábamos tímidamente de los nuevos movimientos eclesiales que se adivinaban en el horizonte: los ritmos carismáticos llegados del protestantismo americano, Kiko Arguello recién salido de las chabolas de Vallecas, y ecos, todavía muy lejanos, de la Conferencia Episcopal de Medellín y los primeros escarceos de la teología de la liberación.

En honor a la verdad, nuestra ignorancia y desconocimiento del magma político y social que bullía en el exterior, más que nada propiciado por una cierta inercia fruto de la comodidad con la que discurría nuestra existencia, no lo eran en términos absolutos. En realidad, era imposible, incluso estando en un convento de clausura y además el nuestro no lo era, aislarse de lo que ocurría a ocho o diez kilómetros de distancia. Por algunas rendijas se colaban los botones que valen como muestra.

Ocasionalmente, a escondidas, acudía a la Complutense, donde a escondidas iba al Cineclub para ver películas a escondidas. Tan inocentes, por lo demás, como “Hiroshima, mon amour” de Alain Resnais o “Al final de la escapada” de Jean Luc Godard. En cierta ocasión recuerdo haber salido a la carrera cuando durante un concierto de Alfonso Celdrán, cantautor protesta, según les llamábamos entonces, muy conocido en la época, mientras algunos energúmenos de extrema derecha comenzaron a aporrear y romper las cristaleras del salón donde el bueno de Adolfo desgranaba aquello de “General tu avión es muy potente puede matar, pero tiene un defecto, necesita un hombre que lo pueda pilotar, general, tiene un defecto que puede pensar, puede pensar…”

Tanto mi amigo Francisco González (Faico), que al ser obrero en una empresa calefactora de Alcobendas, daba realce a mis indefinidos intentos de implicarme con la explotada clase trabajadora, como yo, salimos corriendo por el campus a la búsqueda de la primera boca de metro que nos tragó. Pudiera ser que el paso de los años hayan convertido en carrera lo que fue un simple andar deprisa, y los cristales rotos quizá fueron únicamente gritos en voz alta. Dramatizado o no, a mis hijos les hace gracia, cuando les cuento que en 1976 yo fui, modestamente, todo hay que decirlo, un humilde héroe luchando con denodada valentía por la democracia naciente.

Como increíble les resulta, confieso que a mí, tras tantos años también, pero así eran aquellos tiempos, que el 20 de noviembre de 1975, con todos los votos encima, incluido el de la santa obediencia, apenas un año después de salir de la etérea burbuja del noviciado, barbilampiños como nosotros éramos, tuviéramos –aquello sí que fue heroicidad- los arrestos, por no decir algo más coloquial, de hacer huelga en pleno Convento de los Padres Dominicos, para festejar, ni más ni menos, que Franco había muerto. Cierto, la heroicidad duró los cinco minutos que tardaron en bajar el P. Prior y el P. Regente para conminarnos a que volviéramos a las aulas. Pero durante esos cinco minutos nosotros fuimos uno con los partidos en la clandestinidad, los sindicatos proscritos y los estudiantes trotskistas.

Addenda: aquella misma tarde, algunos de los que hicieron huelga, y no cito nombres, se agregaron de “motu propio” a las inmensas colas de gentes en duelo que circundaban el Palacio de Oriente y así rendir su último homenaje al dictador “corpore insepulto”. Nuestra ideología incipiente, inexistente e inocua nos permitía –felizmente, cabría añadir- participar en las actividades más contradictorias existentes sobre la faz de la tierra, fueran carreras por el campus universitario o engordar las filas de homenajes mortuorios, porque, en el fondo, nuestra vida discurría por una especie de sueño, irreal como todos,  donde la vida real era pura ciencia ficción.

Tuesday, April 10, 2018

ÁVILA EN MI RETINA (V), por Ángel Gutiérrez Sanz


Estudiantado en Ávila (Imagen del autor)
En Sto. Tomás hay mucha historia que contar porque los que allí  llegábamos de Ocaña además de coristas íbamos a ser también estudiantes en periodo de formación; por cierto que esa denominación de coristas por la que se nos conocía, dio lugar a  malentendidos y a alguien fue preciso aclararle que nada teníamos que ver con el mundo del espectáculo.

Por lo que se refiere a los de mi generación, estos primeros años en Ávila, pienso que fueron decisivos en cuanto a la formación filosófica dejándonos marcados, en mi opinión para bien, aunque según otros no fue así, tal como he podido deducir de su propio testimonio.

Cuando mi curso, llegó  a Ávila allá por el año 1955  el convento era un edificio lo que se dice con prosapia, plagado de arte y de historia: la iglesia , la sala capitular , el refectorio, las dependencias regias, los imponentes claustros El estudiantado era más modestito, los pabellones vetusto y destartalados, la capilla recogida e intima, la Sala  de Comunidad donde nos reuníamos era espaciosa y un poco lúgubre,  tanto una como otra  hoy destinas a alojar piezas del museo oriental llenas de valor artístico y afectivo.  

Las celdas destinadas a ser nuestro refugio íntimo eran sobrias,  y poco confortables , carecían de agua  corriente y teníamos que arreglárnoslas con un palanganero, jarrón y cubo para el agua sucia, por todo moviliario disponíamos de una pequeña librería,  baúl,  maleta o ropero algo que hiciera de receptáculo para meter allí nuestras prendas de vestir y modestos enseres personales,  una mesa, una silla, una percha  un crucifijo colgado de la pared y una cama de esas antiguas con catre de hierro y colchón de lana, sábanas y mantas cuarteleras  con una mesita de noche , un bacín y creo que eso era todo.

Ah se me olvidaba también disponíamos de una escoba. Lo recuerdo perfectamente porque la celda del P. Cabezón estaba situada en la segunda planta, justamente debajo de la mía y cuando yo armaba cualquier escándalo utilizaba el palo de la misma para  golpear el techo con cierto nerviosismo, avisándome de que eran horas de silencio. ¡ Que tortura!... 

A pesar de todo nos encontrábamos a gusto allí, dueños y señores de unos 25 metros cuadrados, entre cuatro paredes llenas de historia y tradición que habían sido habitadas anteriormente por personas que nos habían precedido y que ahora nosotros admirábamos. Además respondían a la idea de monacato  que nosotros más o menos teníamos en la cabeza, donde la austeridad y la pobreza eran ingredientes esenciales. En los dos años que fuimos huéspedes de estos aposento no escuché ninguna queja porque todos asumíamos que estábamos en un convento y no en un hotel de cinco estrellas y así es como queríamos que fuera  

Mis primeros escarceos con la Filosofía

Referente al estudiantado es preciso decir que en este tiempo estaba regido por un elenco de profesores notables, por citar a alguno mencionaré al P. Turiel , P. Cabezón,  p. Marecelino, P. Reyero, P. Luis López , P. Manolín, p. Claudio, P. Marcos  F. Manzanedo  etc. Bastante tradicionalistas, sin duda, pero con una formación sólida.  Eran los tiempos en que la metafísica  estaba agonizando aunque en España aún gozara de cierto prestigio estudiándose con todo rigor en los Seminarios y Centros de Formación Religiosa incluso en la Universidad Central del Estado donde impartía clases  el por aquel entonces  prestigioso metafísico  Ángel González Alvarez  y anteriormente lo había, hecho el P. Silvestre Sancho tan admirado por todos nosotros a quien su amigo personal el ministro de Educación Ibañez Matín le había ofrecido la catedra  de metafísica o de Ética quedándose por fin con esta última, también había sido profesor de esta universidad  el universalmente conocido Xabier Zubiri bastante vinculado por cierto a los dominicos, quien de forma complaciente, en alguna ocasión nos habría de visitar para pronunciar alguna conferencia en S. Pedro Mártir de Madrid.  

Eran los tiempos aquellos en que el convento de S. Esteban de Salamanca  se había convertido en el ultimo bastión desde donde el p.  Santiago Ramirez , el p. Royo , el p. Fraile  entre otros compañeros dominicos, resistían e intentaban repeler los ataques que venían de fuera, enredándose en una polémica que trascendió a la opinión pública.

Esto mismo se intentaba hacer modestamente en el Estudio General  Ávila de forma silenciosa. Espero no exagerar si digo que el P. Turiel consiguió contagiar su pasión por la filosofía en muchos de los que tuvimos el privilegio de asistir a sus clases, algo que sólo puede conseguirlo un profesor con personalidad como lo fue él.  

Uno de los clasutros de S. Tomás (Imagen del autor)
Recuerdo con que ardor nos entregábamos a las disertaciones y los círculos, cuanto tiempo los dedicábamos… diriáse  que vivíamos preocupados por los misterios escondidos de la filosofía  y no era infrecuente que nos enrolláramos en las discusiones metafísicas más extrañas, como podrían ser, si el Pulchrum podía ser considerado una de las propiedades trascendentales del ser o si el mundo podía haber sido creado ab aeterno y no digamos nada de la Lógica con las demostraciones, sus principios y reglas, los silogismos  con sus figuras y modos . Barbara , Celarent, Darii , Ferioque…. Nadie de los que allí estuvimos habrá olvidado  lo contundente que eran nuestras demostraciones . 

Todo hombre es racional. Yo soy hombre.  Luego… Yo soy racional. A ver el majo que  se atrevía  a rebatirlo,  era algo parecido al “cogito ergo sum” por el que , Descartes pasó a la posteridad.    Que tiempos aquellos en los que pensábamos que la filosofía y la teología lo eran todo y que el mundo giraba en torno a sus postulados.

Nuestra visión de la vida no dejaba de ser un tanto ingenua; pero bastante ajustada a nuestra circunstancia personal . Me explicaré.  Desde los tiempos de la Antigua Grecia se viene repitiendo que una de las condiciones indispensables para poder dedicarse  a la filosofía, o lo que es lo mismo a la búsqueda de la verdad, era la ociosidad, sólo al alcance de quien tenía el cocido asegurado y resueltas las exigencias  concernientes a la existencia humana , porque si no era así y tenías que preocuparte de  ganarte la vida,   si tenías que buscar algo para comer o donde ibas a dormir  entonces dificilmente podías alcanzar el segundo grado de abstracción metafísica. Esto es algo que queda bien expresado en el dicho popular según el cual. “ primum vivere deinde philosophare”. 

Pues bien la despreocupación por todas las cosas materiales era un lujo que nosotros  sí nos podíamos permitir , porque teníamos la mesa puesta y todas las necesidades cubiertas, por lo tanto  podíamos dedicarnos tranquilamente y por entero al ejercicio de la filosofía y estar solamente  atentos al toque de campana que nos avisaba de cuales eran nuestros tiempos sin mayores complicaciones  . Así las cosas no es nada extraño  que a la filosofía la colocáramos en  el centro de la vida e hiciéramos de ella la actividad más importante del mundo, lo que sin duda venía a ser  un caso más como otros tantos de deformación profesional .

Aula Magna, Santo Tomás, Ávila (Imagen del autor)
No hace falta decir que la orientación filosófica que recibimos estaba enmarcada en el tomismo -aristotélico lo cual no deja de ser congruente,  lo insensato hubiera sido lo contrario, la cuestión estaba en no violentar a unas mentes vírgenes que iniciaban su búsqueda hacia la verdad sometiéndoles a una disciplina férrea que les condujera a  un posicionamiento impermeable puro y duro, poco integrador y muy exclusivista, porque entonces estaríamos hablando más de adoctrinamiento que de auténtica formación. El Aquinatense nunca  le gustaron las posturas cerradas  y el mismo fue un rebelde que tuvo que romper muchas resistencias para abrir nuevos caminos del pensamiento. Con la amplia perspectiva que va marcando el paso del tiempo, uno se fue dando cuenta que la verdad es poliédrica y que tiene muchas aristas, por lo que  resulta contraproducente jugárselo todo a una carta  y es aquí a donde yo quería llegar. 

El aristotelismo de corte tomista  a mi siempre me aparecido  y me sigue pareciendo un sistema respetable que debe ser valorado en su justa medida, pero Aristoteles no es el único pensador ni con él se acaba la filosofía.  La atención preferente que sin duda merece su gigantesca personalidad    es compatible con el estudio de otros grandísimos pensadores que bien podían habernos enriquecido  con sus aportaciones y esto es algo que  desgraciadamente no siempre se tuvo en cuenta afectando negativamente a esa madurez intelectual que en el mejor de los casos  habría de llegar, pero  con retraso.  No era serio por ejemplo que ante cualquier propuesta filosófica que no se ajustara a los supuestos aristotélico-tomistas tuviera por  todo comentario  el famoso “¡ Oh  magna aberratio!”

A parte de las lagunas existentes en nuestra formación filosófica, que sin duda las hubo, es justo reconocer que fuimos entrenados convenientemente en todo lo que se refiere a  solidez y rigor en los juicios, ejercitándonos eficazmente  en las exposiciones sistemáticas y bien ordenadas. Nos enseñaron a diferenciar las apariencias de la realidad , lo esencial de lo accidental, los términos de los conceptos , en una palabra, a separar la paja del grano, por eso no es fácil que hoy nos dejemos engañar por los sofistas de turno, estando lo suficientemente preparados como para que no nos metan gato por libre. 

Nunca agradeceremos como merece  los cimientos que nos prestaron desde los cuales hemos podido construir una personalidad equilibrada y estable que nos permite afrontar las turbulencias de los tiempos presentes . Después de que nuestro mundo haya pasado por una crisis profunda de  valores y de pensamiento  en tampoco tiempo , después de haber llegado a una posmodernidad  relativista y vacía de contenido es el momento de tirar de aquellos principios esenciales que aprendimos hace más de medio siglo en el Estudiantado de Filosofía de Sto. Tomás de Ávila.

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LOS AÑOS PASADOS CON MIS COMPAÑEROS DOMINICOS




Un año de prueba en Ocaña (IV)


Friday, March 16, 2018

LA ASOCIACIÓN DE ANTIGUOS ALUMNOS APOYA LA ESCUELA DE HATO-UDO, EN TIMOR ESTE, REGIDA POR COMPAÑEROS DE ESTUDIOS


Desde Enero del 2013, los padres dominicos pertenecientes a la Provincia de Nuestra Señora del Rosario, dirigidos por el P. Rubén Martinez O.P., se han responsabilizado de la cuasi- parroquia Nuestra Señora de Lourdes de la zona denominada Hato-udo, distrito de Ainaru, en Timor Este, que comprende a varias aldeas con una población aproximada de 12.000 habitantes, en su mayoría de religión católica.

Dicha cuasi-parroquia regenta, asimismo, una escuelita infantil, una escuela primaria y otra escuela pre-secundaria. Los dominicos encontraron dicha escuela en una precaria situación, por lo que decidieron comenzar inmediatamente la remodelación y construcción de nuevos edificios amén de atender la enseñanza que se impartía en dichos centros.

La escuela primaria se encontraba en condiciones muy malas, con una cocina en ruinas y sin baños, que se remodeló completamente. Se construyó, además, una escuelita infantil. Un salón que estaba a punto de derrumbarse se remodeló para hacer 5 clases para los jóvenes de pre-secundaria y sala de dirección. En este [ENLACE] se puede ver una secuencia completa de las nuevas edificaciones y de los alumnos en las nuevas instalaciones.

Al mismo tiempo se vio la necesidad de abrir la sección de secundaria para que los estudiantes dejaran de caminar dos horas para llegar a la escuela secundaria pública que además ha cambiado su propósito para convertirse en escuela técnica profesional.

Tras muchas dificultades, la sección de secundaria abrió sus puertas a estudiantes pero usando las clases de la sección de pre-secundaria.

Después con ayudas y donaciones venidas de distintas partes del mundo se han conseguido construir 6 nuevas clases para ellos.

La Asociación de Antiguos Alumnos ha colaborado con 2.330 euros que serán usados para pagar una parte de los salarios de los profesores a lo largo del presente año, así como para comprar algunos pupitres.

En la actualidad, unos 60 niños de infantil, 60 niños de primaria, 150 niños de pre- secundaria, y unos 200 estudiantes de secundaria reciben educación en dicha escuela católica, donde dos padres dominicos, uno procedente de Venezuela (P. Gerson Javier Nieto Flores) y uno procedente de China Continental (P. Pius Wang) se responsabilizan de su educación y de que la escuela sobreviva, ya que solo en parte los salarios (unos 100 euros al mes) de los profesores son pagados por el gobierno timorense. En la actualidad, ninguno de los 13 profesores de la sección de secundaria recibe salario estatal, por lo que se hace necesario recibir donaciones para poder pagar sus servicios.

Tuesday, February 20, 2018

LA MEJORADA: TOMANDO POSESIÓN (VII), por Faustino Martínez


La Mejorada entre viñedos (Fotografía del autor)
A la mañana siguiente un fuerte y atronador timbre que tenía encima de la puerta, casi sobre mi cabeza, me despertó. Al abrir los ojos creí que estaba en mi casa de Llastres. ¡Pero la realidad era otra!. ¡Estaba en aquel inmenso dormitorio de 150 camas!. Tenía que darme prisa para lavarme, vestirme para formar filas y bajar para la oración y la misa de cada mañana. El timbre había tocado a las 7, muy temprano para mis costumbres. Todavía estábamos en tiempo de vacaciones, pero a partir del día 1 de Octubre el timbre sonaría a las seis y media de cada mañana.

Un leve murmullo que se parecía más a un lamento recorrió el dormitorio superior donde nos levantamos los 150 niños para desperezarnos y lavarnos la cara en los limpios lavabos del dormitorio corrido, tras una larga hilera en la que esperábamos nuestro turno.

Al despertarme no lloré, pero algunos chicos comenzaron a llorar. Me dispuse a afrontar valientemente la realidad en la que ya estaba sumergido. Con pereza y muerto de sueño me dirigí a lavarme a los lavabos comunes. Había cola. Observé que en las camitas más próximas a los lavabos estaba un grupo de chicos que eran todos de la provincia de Ávila. Por su proximidad a los lavabos ya estaban aseados antes que todos los demás. Allí permanecían sentados y vestidos, con las sábanas recogidas y el colchón dispuesto para airearse. Los demás, adormilados, guardábamos cola para echar un poco de agua por nuestro rostro.

Al llegar de vuelta otra vez a mi cama para recoger las sábanas y dejar el colchón libre y en disposición de poder airearse noté un fuerte olor a orina.  Me dí cuenta que mi inmediato vecino de la cama que estaba a mi derecha, un chico de Burgos, se había hecho pis. Aquel olor era insufrible al igual que el llanto reprimido que expresaba mi desconsolado compañero burgalés.

Al cuarto de hora de levantarnos ya estábamos en filas al lado de nuestras respectivas camas. El fraile que estaba al cuidado de la disciplina y del orden de nuestro dormitorio abrió una gran puerta que estaba a dos metros, a la izquierda de mi cama, y descendimos por las escaleras de madera hacia la Capilla. El silencio era sepulcral sobre el que resaltaban las pisadas de trescientos chicos. Teníamos que fijarnos, caminando unos detrás de otros, para no tropezar en el descenso. Algunos íbamos medio dormidos. Yo me acordaba de los de mi casa pues aquello era muy distinto de lo que yo me había imaginado. El cambio, en menos de veinticuatro horas había sido tremendo. La libertad y el calor de mi casa, de mi familia y del pueblo de Llastres por donde yo me movía como un “gaviotin” libre, feliz y sintiendo el arropamiento de los mios, habían desaparecido.

El silencio seguía envolviéndonos a todos. Entramos en la capilla, cada cual a su sitio, nos arrodillamos y comenzaron las oraciones de la mañana. Terminado el rezo un fraile apareció en el Altar para oficiar la misa en latín y de espaldas. Uno de los chicos mayores, de un pueblo de Ávila y apellidado Barcala, situado de pie en medio del pasillo de la capilla, leía un misal en español con las oraciones y lecturas que el fraile oficiante decía en latín. Así nos enterábamos un poco. Era como un traductor simultáneo. En el momento de la Comunión iban saliendo a comulgar todos los chicos en fila según los bancos en que estábamos situados, unos detrás de otros. Nadie se exceptuaba.

A mitad de la misa me sorprendió la figura majestuosa de un hombre, que avanzaba, pasillo adelante, vestido de blanco como los dominicos, con una enorme barba tirando a rubia que mesaba con sus manos, calzando unas babuchas silenciosas y un crucifijo que pendía en su cuello de una enorme cadena. En su cabeza ostentaba un capelo rojo, como el que llevan los Obispos. ¡Era la figura del Arzobispo de Foochow (China) que residía desde hacía poco en La Mejorada y que había sido expulsado de China por los comunistas de Mao Tse Tung!. Aquella majestuosa figura del Arzobispo Monseñor Teodoro Labrador siempre nos impresionaría avanzando hacia la sacristía para revestirse y oficiar su propia Misa. Curiosamente me llamó la atención que, mientras un fraile oficiaba la misa para todo el Colegio, a su lado, izquierda, derecha y en el interior junto a la sacristía habían habilitado sendos altares donde simultáneamente decían misa, cada cual la suya, otros profesores. El Concilio Vaticano II tardaría todavía en llegar.

Me sorprendió de forma agradable ver cómo en los momentos del Ofertorio y de la Comunión un padre dominico, llamado Pedro Regino Borregón, iniciaba cánticos religiosos para esos momentos y que todos los colegiales secundaban. Nosotros, los recién llegados, los iríamos aprendiendo de memoria según pasaran los días. A pesar de los cánticos entonados por cerca de trescientos chicos, algunos de mis compañeros se quedaban dormidos cuando nos sentábamos en ciertos momentos de la misa. Las cabezadas y el desplazamiento de sus cuerpos sobre los que estábamos al lado eran evidentes. Siendo notorio la pérdida del control de la cabeza y cuerpo de los adormilados, un fraile que lo observaba desde la parte de atrás de la capilla, se aproximaba hasta los afectados sacudiéndoles sus hombros para que se espabilasen. A mi la somnolencia ha sido siempre una debilidad, pero no llegué nunca a dormirme en aquellas misas, por lo que me pellizcaba para evitar que me llamaran la atención.

Terminada la misa, en riguroso orden, en fila, brazos cruzados y en silencio absoluto nos llevaron por el jardín interior hasta el comedor a desayunar. Mientras yo me descubría a mi mismo en aquella formación, brazos cruzados y en riguroso silencio, no dejaba de sorprenderme por toda aquella disciplina que contrastaba con el mundo de Llastres que había dejado atrás hacía veinticuatro horas.

Me di cuenta de un fenómeno que me entretenía cuando íbamos en filas por todo el colegio. Además de fijarme en el calzado, en la ropa de cada cual de los que iban delante de mi, descubrí que los pantalones de pana negra que llevaban los chicos castellanos de mi curso, emitían un zumbido especial en el roce de sus piernas al andar. Aquel zumbido de los pantalones de pana marcaban el paso casi de forma marcial. Según pasarían los días fui dándome cuenta de que los que llevaban aquellos pantalones de negra pana hasta casi sus tobillos eran chicos de la provincia de Zamora, de la zona del rio Tera. También había algunos de la provincia de Avila y de Cuenca con el mismo estilo de vestimenta.

Balcones en una de las alas del edificio (Fotografía del autor)
No entendía lo del silencio pues me daban ganas de interesarme por los compañeros que tenía a mi izquierda, derecha y en frente. ¡Pero estaba prohibido hablar!. En Llastres los chicos hablábamos confiadamente de forma natural. No me cabía en la cabeza el por qué de tanto silencio. En el salón de estudio y en las clases así como en la capilla tenía su razón de ser, pero en las filas, en el comedor, en el dormitorio no me explicaba la obsesión por el cumplimiento de aquella norma.

Llegado el desayuno y la correspondiente oración nos sentamos en silencio a desayunar. La morriña y la desgana todavía me envolvían. En una taza de porcelana nos fueron sirviendo los chicos mayores, cuyo turno de semana era servir en el comedor, un líquido blanco que se parecía a la leche tan solo en el color. Lo intenté saborear y no pude continuar. Sabía a cualquier otra cosa menos a la leche a la que yo estaba acostumbrado de las vacas de mi tío en Lluces. El pan que nos pusieron continuaba percibiéndolo duro, frio y pasado de día. No desayuné. Ya llevaba un día entero sin comer, sin cenar y ahora sin desayunar. ¡Pensaba que si me viese mi madre no lo soportaría!. Pero no tenía hambre. No me entraba nada debido a la morriña y a la presentación y gustos inéditos de lo que se me ofrecía como comida.

Salimos del comedor y nos dirigimos en filas y en silencio a nuestros respectivos dormitorios para hacer las camas. Allí hice por segunda vez mi cama acordándome de las instrucciones que me había dado mi madre. Me salió muy bien y puse la colcha con todo el esmero que ella solía hacerlo para que quedara muy guapa cubriendo la cama. Extraje mi maleta de debajo de la cama y al abrirla me volví a “encontrar” con mi madre. Seguía todavía vestido con la misma ropa que había traído y saqué un par de alpargatas de gruesa suela de goma que nos habían pedido que trajéramos para hacer deporte. Después de hacer la cama en silencio, descendimos. Yo bajé mi par de alpargatas marcadas en lugar bien visible con el 45-B. Llegados a la galería nos indicaron un lugar adosado a los gruesos muros de la misma para que depositáramos en el suelo nuestro par de alpargatas para usarlas cuando fuéramos a jugar o de lo que llamaban “paseo largo”.


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Sunday, January 7, 2018

SAN PEDRO MÁRTIR: 1960-1963, por Juan José Luengo (III)

Grupos de estudiantes en los años 60
Regresamos a San Pedro Mártir para comenzar el cuarto y último año de Filosofía. Allí se nos unió un nuevo curso para así tener el Estudiantado completo. Era el curso de José Parra, Domingo Albarrán, Francisco de las Heras, Adeodato Hernández, Juan Manuel Cabezón, Vicente Esteban…. Había muchos más recordados, sin duda, por sus connovicios.

La lista de asignaturas fue larga como de costumbre: Teodicea, Ética General, Derecho Natural, Sociología, Marxismo, Historia de Filosofía Moderna y Contemporánea, Filosofía Española, Textos Grecolatinos de Ética, Elocuencia y Religión.

Para este curso llegaron varios profesores nuevos. Entre ellos, el P. Martín Díez, quien vino de Manila y a quien tuvimos como profesor de Ética. También llegaron el P. Jesús (“Chus”) Villarroel y el P. Ángel González de la Fuente. Ambos habían conseguido su doctorado en universidades europeas y pronto serían muy “populares” entre los estudiantes, aunque nuestro curso no llegó a tenerlos como profesores. El P. Martín era un personaje bastante pintoresco y un profesor entretenido.  Recuerdo varios de los libros o panfletos que escribió. Uno sobre el boxeo, otro sobre la moralidad de la pena de muerte y titulado La pena de muerte en defensa de la vida.

También recordamos todas las clases de Teodicea del P. Manolín González y sus cinco famosas vías de Santo Tomás para probar la existencia de Dios.  Quedó bien claro que debe haber un agente inmóvil que es la causa del movimiento y debe existir un ser necesario que es el origen ser contingente. ¿O no es así?

Era costumbre comenzar el año académico con la llamada lectio prima que consistía en la exposición de un tema de actualidad e importancia presentado por algún experto en la materia. Este año se hizo lo mismo y tuvimos como conferenciante al P. Manuel (“Manolón) García. El P. Manuel era profesor de Teología en el Angelicum de Roma y nos habló sobre cómo iba a ser el Concilio Vaticano II que estaba a punto de comenzar.  De todo lo que dijo, sólo recuerdo un ejemplo que puso para explicarlo. Más o menos nos vino a decir, “…como sabéis…el Concilio Vaticano I declaró dogma de fe…que se puede probar con la razón la existencia de Dios…Este Concilio dará un paso más y declarará que esa existencia se puede probar usando las cinco vías de Santo Tomás…”. ¡Y lo dijo sin pestañear!

Este comentario tiene una explicación sencilla. Como profesor de Teología en Roma, había sido miembro de alguna de las comisiones preparatorias y en esa dirección querían encaminar el Concilio que se avecinaba.

¡¡Y comenzó el Concilio!! El 11 de octubre de 1962.  Todos recordamos el espectáculo majestuoso que vimos en vivo por televisión durante la ceremonia inaugural. Fue impresionante y emotivo ver a unos 2500 obispos de todo el mundo desfilar ataviados con todo su esplendor eclesiástico.

En su discurso inaugural, el Papa Juan XXIII nos abrió la puerta para ver nuevos horizontes cuando decía a los padres conciliares (y de paso a todos los católicos), “…me parece necesario decir que disentimos de los profetas de calamidades, que siempre están anunciando infaustos sucesos como si fuese inmediato el fin de los tiempos...”. Y añadía, “una cosa es el depósito mismo de la fe, es decir las verdades que contiene nuestra venerada doctrina, y otra la manera como se expresa…”

Para nosotros, era algo nuevo el énfasis y la pasión del Papa por la unión de los cristianos y el que dijera que “es más lo que nos une que lo que nos separa” refiriéndose a las demás denominaciones cristianas. Ya no eran herejes, sino hermanos separados.
Nadie, y menos nosotros, tenía idea de lo que luego sucedió. Fallaron los pronósticos de los expertos. El Espíritu Santo no se dejó “domesticar”, según unos, o se “durmió” cuando más falta hacía que estuviera despierto, según otros.

Nos empezaron a llegar crónicas de Roma sobre el Concilio que leíamos con gran apasionamiento. Lo mejor en español era lo escrito por José Luis Martín Descalzo y publicado por La Gaceta del Norte (¿o era El Correo?) de Bilbao.

La primera sesión terminó el 8 de diciembre sin pena sin gloria. Lo único de cara al público digno de recuerdo es el mensaje que los padres conciliares enviaron al mundo el 20 de octubre. El resto se hizo detrás de los bastidores donde los Obispos debatieron si dejar las cosas como habían sido programadas o si había que cambiarlas. La historia nos dice que las cosas cambiaron como sucedió en las siguientes sesiones conciliares.

Conviene recordar que fue durante estos días, específicamente el 22 de octubre de 1962, cuando estalló la crisis de los misiles soviéticos en Cuba.  Gracias a Dios, la sangre no llegó al río, pero estuvimos cerca.  Sobre este asunto, recuerdo el comentario que uno de los “expertos” hizo sobre el tema por aquellos días.

“No cabe duda de que Cuba está cerca de Estados Unidos para permitir armas nucleares en la isla… pero, Turquía, donde existen bases estadounidenses con armas nucleares, también está cerca de Rusia… ¿o no?” Vamos a dejarlo ahí.

Era el último año de filosofía y nos preparamos para conseguir el Licenciado al final del curso. Entre otras cosas, tuvimos que escribir una tesis - ¡en latín, claro! La mía versó sobre Analogía attributionis iuxta Caietanum. Aunque sea de paso, quiero mencionar que la tesis de Jovino San Miguel se tituló Analogia proportionalitatis iuxta Caietanum. Nos dividimos el trabajo entre los dos.                                                                                                                      
Jardín Japonés (Patio Central)
Como todos recordarán, hubo un examen final escrito que podía versar sobre cualquiera de las 20 tesis que habían sido escogidas para esto y que cubrían todas las materias de la filosofía que habíamos estudiado durante los cuatro años. Además, tuvimos un examen oral delante de un tribunal de 5 profesores. ¡Fueron días de mucho nerviosismo y estrés, como diríamos hoy!

Casi al final del curso tuvo lugar otro acontecimiento doloroso. El 3 de junio de 1963 falleció el papa Juan XXIII.  Su muerte conmovió al mundo entero.  Era un hombre con sentido del humor, un hombre capaz de amistad y también un hombre con ojos abiertos hacia lo bueno de cada hombre y lo salvable de cada sistema. Era un hombre cargado de sentido común y siempre se presentó a sí mismo como un vaso que derramaba el bálsamo de la misericordia y del perdón.

Con la muerte del Papa surgió enseguida la pregunta, ¿qué pasará ahora con el Concilio? Habría que esperar hasta el próximo Papa.

El 21 de junio fue elegido Pablo VI e inmediatamente anunció que el Concilio continuaría. La segunda sesión comenzó el 29 de septiembre.

Como anécdota del cónclave en el que fue elegido Pablo VI merece la pena recordar que hubo seis cardenales españoles. Enrique Pla y Deniel (Toledo), Benjamín Arriba y Castro(Tarragona), José Bueno Monreal(Sevilla), Fernando Quiroga y Palacios (Santiago de Compostela), Arcadio Larraona, claretiano (Prefecto de la Congregación de Ritos como se llamaba entonces la que hoy se llama Congregación del Culto Divino) y Joaquín Albareda y Ramoneda, benedictino (Bibliotecario emérito de la Biblioteca del Vaticano).

Cumplidos todos los requisitos, llegó el día de la entrega del diploma (Licenciado) de Filosofía al final del mes de junio. El día anterior a la ceremonia tuvimos un “ensayo” y hubo un “conato” de protesta porque había que recitar el juramento antimodernístico y el de defender la doctrina de Santo Tomás.  El intentó de protesta se esfumó cuando el P. Turiel, Regente de Estudios, nos dijo que si no era así no se entregarían los diplomas. ¡La fruta no estaba madura todavía para caer del árbol!
Nos habían enseñado a pensar por nuestra cuenta, pero no tanto.

Respecto a estos “enfrentamientos” con el orden establecido (y que serían mucho más marcados durante los años de teología), recuerdo el consejo del P. Marcos Fernández, siempre amante de frases lapidarias, “en el autobús de la sociedad vosotros los jóvenes sois el acelerador y nosotros los mayores somos el freno”.

Quizá se puede decir con menos palabras, pero no más claro.

Volvamos al diploma.  Está expedido por la Universidad de Santo Tomás de Manila con fecha del 30 de junio de 1963. Firma como Decano de la Facultad de Filosofía el P. Cirilo Gutiérrez, como Secretario el P. Eladio Neira y como Rector el P. Juan Labrador (hermano de Monseñor Teodoro Labrador).
                                                                                                                            
Como de costumbre, pasamos una temporada en La Mejorada y luego fuimos a Ávila para completar la última etapa de nuestra larga formación.

Para terminar este capítulo quiero mencionar algo que siempre me resultó intrigante y, en cierto sentido, misterioso.  Durante varios veranos en La Mejorada nos encontramos con el P. Augusto Antonio Tantuncgo que había venido desde Manila.

Estábamos acostumbrados a que los españoles fueran a Filipinas, pero no a que fuera a la inversa. El P. Augusto había pasado un tiempo en Arcas Reales y de allí fue enviado a La Mejorada. Algo parecido al caso de los padres del desierto, aunque éstos lo hacían por voluntad propia.

El caso del P. Augusto es interesante, porque, como averigüé después, era el segundo dominico filipino en la larga historia de la provincia. Nacido en 1913, hizo la profesión en 1938.  Sólo se le adelantó el P. Benito Vargas, quien hizo la profesión en 1937. No parece haber la menor duda que así fue. ¡Los dominicos españoles llegaron a Filipinas en el siglo XVI y no hubo dominicos nativos hasta el siglo XX!

Leyendo un poco de historia sobre este asunto podemos descubrir que en un principio se pensó que los filipinos eran demasiado “indolentes” para ser sacerdotes o religiosos. Siglos más tarde se los consideró demasiado “antiespañoles” para acceder al estado clerical. A veces, es mejor no conocer la historia por aquello del refrán popular, “ojos que no ven, corazón que no siente”.

 Creo que ninguno de nosotros estuvo consciente de esto.


Bueno, dejemos esto y vayamos a tomar el autobús para hacer el viaje a Ávila donde escribiremos un nuevo capítulo del libro de nuestra vida dominicana.

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Texto original de Juan José Luengo García "Breve Crónica de un curso 1953-1968)escrito en verano 2009. Para las otras entradas:

Capítulo 1 (La Mejorada)

Capítulo 2 (Arcas Reales)

Capítulo 3 (Ocaña)


Saturday, November 25, 2017

ASPIRANTES A DOMINICOS DE ARCAS REALES 1963*** (II), por Rafael Martínez Bernardo

Proseguimos con los profesores: P. Virgilio en Griego, quien luego sería director en el colegio de Ávila, P. Llanos en Música, sustituyendo al P. Gil, et. alt. No debemos olvidar la pareja de asturianos: el Padre Chema, pelirrojo, y el Padre Rogelio, pelo moreno, peinado para atrás y muy estirado. No nos daban clase, pero vigilaban el estudio en primero y segundo en la Nevera, sobre todo la última hora antes de cenar y las tardes de los domingos. Alguna chuleta se escapaba para los que hablaban. El padre Chema los domingos llevaba un transistor escondido y era visible el auricular para escuchar los partidos en las aburridas tardes de domingo. 

El padre Reyero, leonés, nos enseñaba Historia e historias hay que contar sobre él: tenía el hombre la costumbre de rascarse sus sagradas partes con cacahuetes que metía en el bolsillo y luego nos los regalaba, qué asco, por eso decíamos que eran “cascahuetes”; producía demasiada saliva y estaba constantemente haciendo ruidos de “miamiamia” con la boca, de ahí que cuando nos explicaba la literatura aljamiada, lo imitábamos llamándola “aljamiamiamiada” con matices salivares; quien más lo sufrió fue Policarpo Albarrán, que había negado copiar en un examen y lo retó a hacer un examen oral delante del director P. Agripino, el muchacho aceptó y salió victorioso.

Al final de cada mes, una tarde, entraban tres frailes con grandes cuadernos bajo el brazo, imponentes, tipo inquisidores, para leer las notas, nos levantábamos cual reo esperando que el juez dictase sentencia, y los compañeros copiaban las notas, tú no podías ni moverte. Después publicaban una lista llamada Cuadro de Honor, era un prestigio estar en él, sobre todo a la hora de escribir a nuestros padres y comunicarles que aparecías allí.

Al final de curso aquellos alumnos que tuviesen tres suspensos no volvían en septiembre. Es curioso que estudiásemos inglés cuando tan poca gente lo hacía: obedecía al hecho de que pertenecíamos a la provincia de Filipinas, en contraposición con la provincia de España (como la Virgen del Camino en León) y allí los dominicos tenían la universidad de Santo Tomás en Manila; el Padre Igelmo, P. Felices, y otros habían estado en ella, también provenían de Vietnam o de Formosa (la actual Taiwán) como el P. Conde. Nos contaban historias y soñábamos con otros mundos, era enriquecedor, luego salimos viajeros, toda vez que habían sembrado la semilla viajera en nuestras mentes  inocentes y soñadoras.

El recreo a media mañana era bienvenido y salíamos al patio con gran alboroto, claro, solo ensombrecido para los que le tocara el temido “campo a través” aquellas mañanas de niebla pisuergana que taladraba la laringe, había que correr un par de kilómetros por la finca de los frailes. El resto nos distribuíamos para jugar o pasear, siempre bajo la supervisión de un fraile. En el pabellón de los pequeños discurríamos juegos infantiles, teníamos entre 11-12 años, unos niños, y así jugábamos a “declaro la guerra a… un país” y se clavaba en el suelo un objeto afilado y se quitaba un trozo de país; al balón-tiro, a ver quién acercaba unas piedras tirándolas, a correr, etc.

Había unas palabras peculiares que solíamos decir y que pusieron de moda como “me cago en la India”, posteriormente nos la prohibieron con el mensaje de “imaginaros que alguien se caga en España”, y más en la de Franco, argumento convincente; otra era “asaz”, que resulta que existía para sustituir en lenguaje culto con el significado de “bastante”; “transportín” con el significado directo de culo: “te voy a dar una patada en el transportín”. Los juegos serios eran por la tarde. Una clase más e íbamos a comer en el llamado refectorio, que era una gran sala con mesas corridas donde ya teníamos asignado el asiento para todo el año, platos de porcelana y vasos de latón de diferentes colores.

Continuando con la marcha del día, al acabar el período de los deportes, teníamos una hora (¿hora y media?) de estudio, tampoco podíamos hablar y siempre había un fraile vigilando, de vez en cuando se oía algún tortazo: un día me tocó recibir uno a mí de parte del P. Igelmo porque creía que estaba distrayéndome dibujando líneas absurdas, jaja, y estaba dibujando un mapa para la clase de Geografía, siempre fui un gran artista abstracto incomprendido.

La comida era breve o “eterna”, depende de la versión consultada, como decía el Buscón de Quevedo: “no tenía ni principio ni fin”; añadía el famoso pícaro: “hacía unas ollas tísicas de puro flacas, unos caldos que, a estar cuajados, se podían hacer sartas de cristal de ellos (…), llegó la hora de cenar – pasóse la merienda en blanco – y cenamos mucho menos”. Palabras que muy bien servirían para describir nuestras comidas, aunque las nuestras eran un poco mitigadas y el hambre no llegaba a esos extremos.

Los siguientes platos harían hoy las delicias de cualquier chef de cocina y nosotros nunca le dimos la más que merecida fama: unas lentejas con piedras y cebada dignas de cualquier exquisito paladar (una tarde tuve que volver al acabar la clase a media tarde a comer las lentejas que no había terminado a mediodía, eran mi fobia); los “pochenchos” (patatas) inexplicablemente duras, el pez sable (resulta que todavía existe), las bacaladillas de retorcido porte, una sopa de fideos casi sólida: como era obligatorio comer todo, Generoso y yo comíamos lo de dos o tres vecinos, otros tiraban un poco por el agujero de la calefacción; el saltarín chorizo de rojas alas, por lo duro que resultaba al cortar y que más de una vez salía disparado al plato del vecino o al suelo cuando intentabas clavarle el tenedor. Los platos estrella en la comida eran: dos huevos duros partidos por la mitad en salsa verde, caballa en aceite y las tres salchichas de Frankfurt los días de fiesta grande.

Con este régimen espartano de las comidas nos hicimos férreos en el yantar, es por ello que hoy día podemos comer desde una langosta marina a una terrestre. Era obligatorio el silencio, hubo un tiempo en que un compañero leía historias que nos encantaban; otras veces algún fraile vigilante más tolerante nos dejaba hablar, pero tan grande era el alboroto que al poco tiempo nos obligaba al silencio de nuevo: el P. Villarroel era el “prefecto” de los pequeños y de los mayores era el P. Félix (alias policía o paraguas), con este último no nos movíamos porque se decía que “veía para atrás” en el reflejo de sus gafas de sol. Decíase, en  cuarto y en quinto, que en las comidas nos echaban el mítico bromuro para que no se nos despertase la libido. Pobrecitos de nosotros: si estábamos en pañales,  éramos unos completos ignorantes en esos temas “tan prohibidos”.

Después de la comida, salíamos al patio de nuevo y no hacíamos otra labor que jugar al fútbol con bolas de papel recubiertas de plástico imitando balones o pelotas hasta las 4, hora en la que teníamos una clase de una hora y media, después de lo cual tomábamos un ligero y breve ágape, en teoría se llamaba merienda, pero en la práctica no llegaba a esa categoría: cada día de la semana se cambiaba el menú, era muy variado: bocadillo de mortadela (el peor), una naranja, (nos decían que la piel alimentaba mucho y algunos la comíamos, al menos llenaba el estómago, pronto aparecerá como un superalimento en cuanto una actriz de Hollywood alabe sus excelencias), pan con chocolate (los primeros días de mi estancia yo los guardaba en el cajón del pupitre para llevarlos para mis padres, hasta que me di cuenta de la sinrazón y de las llantos de mi estómago), bocadillo de margarina, una manzana…


Los que tenían el oficio de jardineros eran obsequiados con una merienda especial los jueves, bocadillo de chorizo; Paco García Berdón y yo éramos “paqueteros”: íbamos a buscar los paquetes al pabellón de los mayores, y eso mejoraba un poquillo el estatus merendil.  Yo recibía un paquete por Navidades, los de Valladolid y otros más pudientes los recibían a menudo. 

Al acabar la merienda, comenzaban las actividades deportivas: el padre Pablo era el encargado de ellas y elegía unos capitanes de equipo, los mejores atletas, y éstos elegían a los miembros de sus equipos para los deportes de fútbol, baloncesto, balonmano y balón volea o vóleibol, como lo llaman ahora; personalmente nunca fui bueno en ninguno de ellos, solo me gustaba correr y jugar al pingpong. Ponían música que se oía en todos los campos para animar a hacer deporte, sonaban “Aline”, “My vie”, “Capri, c’est finie”, el solo de trompeta… eran avanzados los dominicos. Cuando accedimos al pabellón de los mayores, habían montado una especie de cuadrilátero o cubo gigantesco formado por largos tubos soldados entre sí y de los que colgaban las anillas, el mástil, la cuerda lisa (mis favoritos), la cuerda con nudos y la escala marina. 
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*** Título original del texto: BREVE Y SUCINTA HISTORIA DE LO QUE PUDO HABER SIDO Y NO FUE, DE LO QUE FUE Y PUDO NO HABER SIDO Y OTROS SUCESOS QUE ACONTECIERON A LOS ASPIRANTES A DOMINICOS DE ARCAS REALES 1963