Saturday, February 25, 2017

SAN PEDRO MÁRTIR: 1960-1963, por Juan José Luengo

"La Despeinada"
Terminadas las vacaciones en La Mejorada, nos trasladamos a nuestro nuevo destino: Convento de San Pedro Mártir en Alcobendas a las afueras de Madrid para comenzar o continuar (según se calcule) la Filosofía.

Viniendo del covento de Ávila, el contraste no podía ser mayor. Habíamos dejado un convento centenario saturado de historia para entrar en un convento nuevo y moderno, sin pasado, pero con un futuro prometedor.

Su diseño y su arquitectura no nos resultaron muy extraños, porque nos recordaba al Colegio de Arcas Reales que fue obra del mismo arquitecto (Miguel Fisac). La iglesia era áun más majestuosa y “atrevida” con su torre “despeinada” como la llamaría Fray Germánico Revuelta. Todos recordamos aquella poesía famosa sobre la torre. Incluyo varias estrofas para que los lectores puedan juzgar si Fray Germánico en vida mereció el premio Nóbel de Literatura o, al menos, el Premio Nacional de Poesía:

                                      Como una palma de Cades
                                      te elevas hacia los cielos,
                                      pero todo lo estropeas
                                      con esos dichosos pelos.
                                                          
                                      Me pregunta a mí la gente
                                      y me da mucho coraje,
                                      ¿cuándo va usted a quitar
                                      de la torre el andamiaje?

                                      Vanidosa, presumida,
                                      humilla tus pensamientos
                                        que parece tu cabeza
                                      un manojo de sarmientos.

                                      Muchas más cosas me quedan
                                      por decir de tu cabeza,
                                      pero ya no te las digo
                                      por no causarte tristeza.

                                      Y con esto aquí termina
                                       este mi primer cantar,
                                      te llamo la despeinada
                                      sin poderlo remediar.

El Convento de San Pedro Mártir había sido inaugurado hacía solo dos años en septiembre de 1958. En él habían residido por dos años todos los estudiantes de la Provincia.

La llegada de nuestro curso causó muchos cambios y movimientos de personal. Ya mencioné antes que el curso anterior al nuestro fue “desmantelado” y sus miembros dispersados por la ancha geografía de Europa.

Los demás estudiantes, los teólogos, regresaron al convento de Santo Tomás de Ávila, aunque muchos, como era costumbre en la Provincia, fueron enviados a diferentes lugares fuera de España. Sólo un ejemplo: del curso de mi hermano Jaime fueron a Oxford (Inglaterra) mi hermano y Lucio Gutiérrez (y allí estaban Benigno Villarroel y Máximo Marina); a Dublin (Irlanda) fueron Pedro Luis González y José Luis Miguel; a Roma, José Antonio Fernández, Aristónico Montero y, creo que también, Vicente Borragán y a Tolouse (Francia), Fernando Chamorro.

El curso mayor de los teólogos (varios de ellos ya fuera de España) era el de Felipe Miguélez, Jesús Mateo, José Montero, Javier Arrázola, Benigno Villarroel, Pablo Sánchez…y el curso menor de los teólogos era el de Manuel Mateos, Ticiano Vara, Secundino y Abilio Vicente, Isidro Rubio, Serafín Monasterio y Luis Sierra.

El P. Tejero fue con nosotros continuando como Maestro de Estudiantes. Su socio el primer año fue el P. Félix Tejedor y luego el P. Isidoro Garrido, quien ya había sido socio durante el noviciado en Ocaña. También fue trasladado a Madrid el P. Marcos Fernández Manzanedo para ser profesor de Psicología.

En el nuevo convento nos encontramos como prior al P. Manuel (“Manolín”) González, quien tuvo el honor de haber sido el primer prior cuando se abrió el convento. Como profesores tuvimos, además del P. Manuel y el P. Marcos, al P. Bienvenido Turiel, Pedro Cabezón, Juan González, Félix Tejedor…

Otros padres, como el P. Galende y el P. Diosdado, se dedicaban a otros ministerios. Creo que el P. Galende era capellán de la Base de los americanos en Torrejón de Ardoz. Y ho hay que olvidar a los hermanos cooperadores como el ya mencionado Germánico Revuelta (“Bonisía”), Aderito Sánchez, y Antonio Gutiérrez Luis (primo de Florentino Casado).

Conviene recordar que en mayo de 1960 había sido elegido Provincial el P. Jesús Gayo Aragón, quien sería reelegido en 1964. Le sucedió en el cargo el P. Aniceto Castañón, elegido en julio de 1969. Era Maestro General en aquel entonces el P. Michael Browne. Hasta 1962 cuando fue creado cardenal por el Papa Juan XXIII. Después del cardenal Browne, fue elegido Maestro General el P. Aniceto Fernández, de la Provincia de España. Tuvo ese cargo por unos 12 años.
                                                 
Como era tradición, las clases comenzaron a finales de septiembre y la lista de asignaturas para este curso fue larga y extensa: Lógica Material, Filosofía de la Naturaleza, Psicología Racional, Psicología Experimental, Metodología Científica, Seminario, Elocuencia y Religión.

Antes de seguir adelante quiero mencionar que el P. Bienvenido Turiel era el Regente de Estudios, puesto de gran prestigio e influencia en los Estudiantados de la Orden.

Desde el noviciado hasta la llegada a San Pedro Mártir varios connovicios se habían salido. Estos son los que recuerdo: Balbino Arias, José María Bermejo, José Luis Burguet, Baltasar Carrascal, José Antonio de Cea, Juan Manuel del Pozo y Juan Luis Martínez.

Aunque seguimos siendo los “mayores” en el nuevo convento, ya no estábamos solos. El curso siguiente al nuestro también vino a Madrid después de terminar el noviciado. Aunque sea una lista larga, creo que merece la pena nombrar a todos. Muchos de esos nombres nos harán sonreír trayendo a nuestra mente un rostro conocido, pero ya olvidado. Es posible que alguno de esos nombres no nos digan nada, porque perdimos su recuerdo en el abismo profundo del olvido. Así es la vida. Los años no pasan en balde. De todos modos, ésta es la lista por orden alfabético.

Arsenio Alonso, Vicente Arribas, Ciriaco Álvarez, Porfirio Barroso, Óscar Luis Bernardo, Rafael Cabezón, Jesús Calvo Mansilla, Jesús Cuadrado, Florencio de Pablos, José Díaz Sánchez, Jesús Espallargas, Félix Fernández, Tomás Fierro, Fernando Fuentes, Evaristo Galán, Andrés García, Pablo García Gañán, José González Sánchez, Aureliano Herrero, Eugenio López, Julián López, Víctor Martín, Felicísimo Martínez, José Luis Martínez Heras, José Mediavilla, José Vicente Olmos, Ángel Pérez Villar, José Celestino Prieto, José María Miguel Ramos, Vicente Pascual del Pino, Felipe Reviriego, Tomás Riádigos, Alberto Sáiz, Carlos Sánchez, Ignacio Sánchez, Agustín San Millán, Miguel Ángel San Román, Aurelio Valbuena, Daniel Vicente Gallardo y Gerardo Zapico.

Además, recibimos una “avalancha” de estudiantes de la Provincia Bética y de la Provincia de España.

De la Bética vinieron, Dámaso Sánchez, Rogelio Fernández, Ángel Cano, Antonio Burgos, Daniel Muñoz, Andrés Marín y uno más de apellido Carrasco. Habían hecho el noviciado en Almagro (Ciudad Real).

De la provincia de España llegaron, Dino César Mureddu(mexicano), Elías López(mexicano), Jorge Arturo Chaves (costarricense), Luis Ángel Camacho(costarricense), Antonio Martín Elorza, Ángel Ontoria, Manuel Sastre, Pablo Ozcoidi, Emilio Bautista García, Javier Pascual, Agustín Larrañaga y Juan José Castro. Del grupo de la Provincia de España, unos habían hecho el noviciado en Palencia y otros en Caleruega (Burgos.

Fue al comienzo de este año académico, a principios de noviembre (1960), cuando fue elegido Presidente de Estados Unidos John F. Kennedy.  Estoy seguro que todos recuerdan el entusiasmo que este hecho produjo entre nosotros por ser joven, carismático y católico.

Una de las aulas
Comenzamos las clases sumergiéndonos en el latín. Nos sirvió de libro de texto durante toda la filosofía el Elementa Philosophiae Aristotelico-Thomisticae del monje bendictino alemán Joseph Gredt (1863-1940). Otro libro de cabecera para la filosofía fue Esencia del Tomismo de H. G. Manser.

Desde el principio, nos dedicamos a estudiar con gran ahínco y entusiasmo la “filosofía perenne” trasmitida por Santo Tomás de Aquino. Esa filosofía, nos enseñaron, como “sierva” de la teología nos prepararía para los estudios del futuro. ¿Quién no recuerda el gran valor, según nos dijeron, de las 24 tesis tomistas promulgadas por el Papa Pío X en 1914?

Leer esas tesis hoy, en latín, en español o en inglés, es como entrar en un mundo surrealista. Un par de ejemplos: La tesis VI dice (en latín): Praeter absoluta accidentia est etiam relativum, sive ad aliquid. Quamvis enim ad aliquid non significet secundum propriam rationem aliquid alicui inhaerens, saepe tamen causam in rebus habet, et ideo realem entitatem distinctam a subjecto. Lo mismo en español para que quede todo claro: Además de los accidentes absolutos se da un accidente relativo, o hacia algo. Porque si bien ese hacia algo no significa según su propia razón algo inherente a otro, tiene, sin embargo, con frecuencia, una causa o fundamento en las cosas mismas, y, por tanto, una entidad real distinta del sujeto. ¡Más claro ni el agua!

Otro ejemplo, que era una de las tesis favoritas del P. Pedro Cabezón. Es la tesis XI: Quantitate signata materia principium est individuationis, id est, numericae distinctionis, quae in puris spiritibus esse non potest, unius individui ab alio in eadem natura specifica. Traducido: La materia signada por la cantidad es el principio de la individuación, o sea de la distinción numérica, que no puede ser en los espíritus puros, entre un individuo y otro dentro de la misma especie.

Hay que situar todo esto en su contexto histórico y recordar que nuestros profesores (y todos los profesores en los seminarios de aquella época pasada) tenían que hacer el juramento antimodernístico según lo establecido por el Papa Pío X en 1910.  No cabe duda que en nuestros años de formación estuvimos condicionados por la mentalidad y el clima que este juramento representaba. Vivimos los últimos “rabotazos” de una época y una visión que poco a poco se desplomó ante nuestros ojos durante el Concilio Vaticano II. El juramento antimodernístico sería eliminado por Pablo VI en 1967.

Los expertos, teólogos e historiadores, han escrito mucho sobre este juramento y lo que significó, de bueno o de malo, para los filósofos, teólogos e historiadores católicos de la época.

Sin considerarme experto en la materia, quiero aportar mi granito de arena mencionando un detalle que considero importante. Ese juramento incluía este párrafo, “también me someto con la debida reverencia y de todo corazón me adhiero a las condenaciones, declaraciones y prescripciones todas que se contienen en la Carta Encíclica Pascendi (1907) y el decreto Lamentabili (1907) particularmente en lo relativo a la que llaman historia de los dogmas.”

La Encíclica Pascendi ordenaba enseñar la filosofía escolástica en todos los seminarios y universidades católicos y, para proteger la ortodoxia, exigía que en todas las diócesis se estableciera un Comité de Vigilancia, cuya función era, si llamamos a las cosas por su nombre, promocionar el espionaje teológico y el “chivatazo” eclesiástico en nombre de la ortodoxia…y todo con el mayor secretismo.

No sé si se ha escrito el último capítulo de la historia que cuenta cuántos “cadáveres” se han encontrado a la vera de los caminos recorridos por los intelectuales católicos de aquellos años de tanto nihil obstat e imprimatur.


Tampoco podemos olvidar que según el Código de Derecho Canónico (1917) vigente en aquel entonces la filosofía y la teología había que enseñarlas según los principios de Santo Tomás.

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Texto original de Juan José Luengo García "Breve Crónica de un curso 1953-1968)escrito en verano 2009. Para las otras entradas:

Capítulo 1 (La Mejorada)

Capítulo 2 (Arcas Reales)

Capítulo 3 (Ocaña)

Monday, February 6, 2017

SACERDOTE DOMINICO, por Magín Borrajo ***

El 14 de junio de 1962 fue la fecha señalada para mi ordenación sacerdotal y nueve compañeros dominicos. Nuestra expectación aumentaba según se iba acercando el día. Al terminar el curso, el superior nos premió con una excursión a la playa, en Atlantic City y a continuación comenzamos ocho días de retiro espiritual que culminaron con la ordenación sacerdotal en la iglesia de Santo Domingo, en Washington D.C.

Varios sacerdotes, familiares y amigos atendieron la gran ceremonia. Tres días después, saldría para España, donde celebraría mi primera misa solemne, en mi aldea de Domiz, con mis padres, hermanos, familiares, sacerdotes, amigos y vecinos. Estaba muy ilusionado y pensaba que había logrado la meta más importante de mi vida. Como premio pasaría un par de meses con mi familia, que añoraba y me faltaba.

Una ordenación reciente en la iglesia de Santo Domingo (Washington DC)
La ordenación sacerdotal fue una ceremonia muy emotiva. Al entrar en procesión, oí el órgano y el coro cantar “Ecce Sacerdos Magnus”. Mis compañeros y yo caminamos lentamente hacia el altar. Al llegar, el superior leyó nuestros nombres y nos presentó al obispo, quien le preguntó al superior si nos consideraba dignos de ser sacerdotes. Respondió afirmativamente.

Inmediatamente nos postramos sobre el pavimento de la iglesia y el coro entonó: “Veni Santus Spiritus”, ven Espíritu Santo, seguido del canto de la letanía de los Santos, la consagración de las manos, la concelebración de la primera misa con el obispo y las primeras bendiciones.

El rito de la ordenación fue muy conmovedor y me sentí muy emocionado. Añoré la ausencia de mis padres y familiares, que no pudieron acompañarme. En aquellos años, las distancias y condiciones económicas lo hacían imposible.

Me sentí honrado y contento por la presencia de Hilda y algunos españoles, entre ellos el Sr. Garrigues, embajador de España en Washington, el primero en acercarse a recibir mi bendición.

Después de la ordenación me sentía diferente, algo difícil de explicar, como que yo no era yo, mi cuerpo no pesaba, había algo misterioso dentro de mí y sentía la presencia de Dios, que me acompañaba y sostenía.

Había tomado la mejor decisión de mi vida y estaba dispuesto a dedicarme completamente a la evangelización del Reino de Dios, en cualquier parte del mundo donde quisieran los superiores.
          
Lleno de emoción salí para España. Mi primera misa solemne sería el 1 de julio de 1962.

Estuve tres días en Nueva York, en el Convento de Santa Catalina con otros sacerdotes dominicos. Hice una excursión por el río Hudson, con parada en la estatua de la Libertad. Visité las Naciones Unidas motivado por mi admiración por Hammarskjold, secretario de las Naciones Unidas, premio Nobel de la paz, muerto en África en un accidente de avión. Medité en la bella capilla construida por él. Años después, leí sus meditaciones compiladas en el libro “Markings”.

Rumbo a Lisboa, mi compañero Faustino y yo íbamos alegres. En mí, esta alegría se debía en parte porque era sacerdote y en parte porque regresaba a mi aldea donde estaría todo el verano de vacaciones con la familia.

En el avión conocimos a Dorothy, que iba de vacaciones a Portugal. No sé qué le atraía de nosotros. Ella, un tanto mayor; nosotros, unos jovenzuelos, sin experiencia de la vida. Establecimos cierta amistad y en Lisboa nos invitó a cenar a su hotel. A partir de aquel día, nos visitamos varias veces en Nueva York y Filipinas.

Dorothy era de origen italiano, diseñadora de ropa, católica y un tanto mundana. En una visita a Nueva York, en el año 1968, me presentó a las empleadas del taller. Luego me invitó a ver el musical «El violinista en el tejado», a varios bares y a un burlesque. Nunca pregunté, ni supe lo que pensaba ella de mí. Tal vez admiraba mi modo de pensar, mi inocencia y altruismo.

En Lisboa, me hospedé en un hotel sencillo y fui a oír misa a una iglesia de dominicos irlandeses. El sacerdote no se sentía bien y me pidió que celebrase la misa por él. Como hablaba gallego no me fue difícil entender el portugués y oí confesiones por primera vez. Años después, recordando este episodio, se me ocurrió que quizás aquel sacerdote, irritado y tembloroso, tuviera problemas con el alcohol.

De Lisboa fui a Fátima, una aldea rural de gente sencilla que contrastaba con la Basílica, un enorme templo situado en medio de una explanada.

Me quedé con los dominicos portugueses, quienes me trataron muy bien. Un joven sacerdote me acompañó a ver los familiares de Lucía, una de las videntes de las apariciones de la Virgen. Visité su casa y hablé con sus familiares. Lucía estaba en un convento de monjas.

En aquel tiempo se rumoreaba que había entregado una carta al Papa con recomendaciones de la Virgen. Se decía que el Papa mantenía esta carta en secreto.

Imagen antigua de Santo Domingo (Washington DC)
Desde el pueblo de Fátima tomé el tren hasta Vigo. En mi compartimento viajaba una pareja de españoles recién casados. También habían estado en Fátima y regresaban a Vigo. Cuando les dije que era sacerdote, se sorprendieron mucho, dado que iba vestido de seglar. A ellos no les pareció bien porque «me enteraba que pensaba la gente».

En Vigo me hospedé en la casa de unos conocidos. Hacía mucho calor y decidí ir a la playa de Samil. Consciente de mi sacerdocio guardé ciertas distancias. De pronto, un par de chicas en traje de baño se acercaron y comenzaron a conversar conmigo. Les dije que estaba estudiando en Washington e iba a Valdeorras a visitar a mi familia. En aquellos años la gente viajaba poco. Llenas de admiración siguieron preguntándome cosas de los Estados Unidos.

En la playa, recuerdo oír las canciones: «Quién será la que me quiera a mí» y «Te vas a enamorar». Me atraían las chicas jóvenes y me gustaba hablar con ellas, pero me reprimía y ponía límites porque las veía incompatibles con mi sacerdocio. El idealismo sacerdotal que acaba de emprender dominaba mi vida.

Después de dos días en Vigo visité Santiago de Compostela, cuna de la cultura gallega. Tenía muchas ganas de conocer la ciudad, la universidad, la catedral, el Pórtico de la Gloria del maestro Mateo, el Hostal de los Reyes Católicos.

Me hospedé en el convento de San Francisco. Una nueva experiencia, un joven dominico hospedado en un convento de franciscanos. Al día siguiente, un sacerdote franciscano me acompañó a hacer una gira por la ciudad y me explicó elocuentemente la historia de Santiago. En la catedral seguí las costumbres establecidas, puse mi mano y toqué con la cabeza la estatua del arquitecto Mateo para pedir inteligencia. Y como buen gallego di el abrazo al “Santo”.

A la entrada de la catedral había un periodista entrevistando gente. Al enterarse que venía de Washington me preguntó por algunas diferencias entre españoles y americanos. No recuerdo detalles. Pienso que le respondí que los americanos trabajaban y los españoles vivían. La entrevista fue publicada en un periódico de Santiago y el periodista fue tan amable que me envió una copia a Domiz. Enseñé el periódico a mis padres y hermanos, quienes quedaron llenos de admiración.

Después de Santiago tomé el tren a Orense, donde pasé la noche en una pensión a lado de la estación. Recuerdo que pagué 59 pesetas por cena, cama y desayuno. Al cambio, era menos de un dólar. Nunca había estado en Orense. Luego de cenar di una vuelta en taxi por toda la ciudad. Quería conocer las Burgas, fuentes de aguas termales, famosas desde el tiempo de los romanos.

Al día siguiente muy temprano tenía que tomar el tren hasta Monforte de Lemos y allí otro para O Barco. El tren llegó a Monforte de Lemos puntual. Allí debía esperar varias horas. Entré en la cantina porque Cesar e Hilda, amigos de Washington me recomendaron que fuese a visitar a su amiga, Adelina. Me recibió atentamente y me ofreció desayuno y no acepté porque en aquellos años regían leyes estrictas de ayuno. Antes de comulgar, no se podía comer, ni siquiera tomar agua, desde la 12 de la noche anterior.

Era el día de San Pedro, día festivo en España. Debía oír o decir misa. Iba vestido con ropa de calle y me presenté al sacerdote diciéndole que venía de Estados Unidos a celebrar mi primera misa solemne en mi aldea de Domiz. Él ya había celebrado una misa y me ofreció celebrar la que iba a empezar.

Explicó amablemente a la gente que yo era dominico, que nuestro rito era diferente y que venía de un país donde había costumbres distintas.

Me impresionó su actitud abierta y comprensiva, tan opuesta a otros sacerdotes que criticaban mi modo de vestir y me decían que escandalizaba al pueblo.

Llegue a Domiz el día 29 de junio, día de San Pedro. Seguía sin carretera, luz eléctrica y agua corriente.

Acostumbrado a los adelantos de Washington me apenaba reencontrarme con la realidad de Domiz, una aldea tercermundista en España.

Sin embargo, la alegría de ver nuevamente a mis padres, hermanos y vecinos compensó la falta de comodidades básicas.

La gente del pueblo me recibió con alegría, deseando participar en mi misa solemne celebrada el día 1 de julio de 1962. Me acompañaron varios sacerdotes de los pueblos vecinos, algunos sacerdotes dominicos y mucha gente de la aldea y pueblos cercanos. La misa fue cantada en latín, como era costumbre.

La aldea de Domiz (Lugo) en la actualidad
Terminada la ceremonia, mi padre invitó a todos los participantes a tomar un aperitivo en casa. A continuación, los invitados disfrutamos de un banquete preparado por una cocinera especial. Durante los postres hubo cantos y palabras de agradecimiento.

Uno de los sacerdotes se acercó a mí y me dijo que ése era el momento oportuno para que yo hablara en defensa del sacerdocio y contrarrestar el anticlericalismo.

Me resistí a tocar el tema y hablé de lo feliz que me sentía compartir aquel día con todos ellos y agradecí su presencia.

Mis padres, hermanos y familiares estaban orgullosos de mí y yo me encontraba muy bien a su lado. Pasé casi todo el verano en la aldea de Domiz.

De vez en cuando me encontraba con algunos sacerdotes, me veía diferente y no me gustaba estar con ellos. Les veía desambientados, estrictos y autoritarios. Yo me sentía mucho más cercano a la gente sencilla y a los vecinos del pueblo que a ellos.

Durante el verano fui a visitar la familia de Gabino, compañero de estudios, ordenado sacerdote el mismo día. A él, los superiores no le permitieron regresar para su primera misa a su pueblo. En aquella época tampoco había teléfono en su pueblo y llegué de sorpresa. Era el tiempo de la recolección del trigo y estaban trillando con mulas, algo que nunca había visto. De camino a su casa, una mujer se acercó a mí y comenzó a besarme cariñosamente. Sorprendido le pregunté si sabía a quién había besado y respondió a “Gabino». Al darse cuenta de que se había confundido dijo “que daba igual”.

El padre de mi compañero era callado y sentía la ausencia de su hijo. La madre era habladora y protestaba contra los superiores. A poco de llegar, vi a la buena señora matar un conejo. Le pegó con la mano detrás de las orejas y lo guisó al mediodía. Ya había visto a mi madre hacer los mismos agravios, por eso nunca me ha gustado comer conejo.

Me quedé con los familiares de Gabino dos días y me sentí bien entre ellos. Después de esta visita fui a Ávila e hice otros viajes cortos a Valladolid, Cistierna, Monforte y Doade.

El verano fue trascurriendo casi sin darme cuenta. El día de partir se iba aproximando. Sabía que tenía que regresar a Washington un año más, pero no sabía a dónde me enviarían mis superiores después, ni cuándo regresaría a España.

La despedida se me hizo sumamente difícil. De nuevo las lágrimas de mi madre y el silencio de mi padre. Después de muchos años de ausencia, me había reunido con mi familia. Me di cuenta de cuánto les había necesitado y echado de menos. Ahora, de nuevo, tenía que dejarles, sin saber cuándo les volvería a ver.

Regresé a Washington a mediados de septiembre a completar mi último año de estudios.

En marzo de 1963, antes de graduarme, mis superiores me escribieron informándome que me habían nombrado profesor del «Studium de los Dominicos» de la facultad de teología de la Universidad de Santo Tomás, en Manila.

El mismo superior me había dicho meses antes que después de terminar los estudios eclesiásticos quería que estudiase matemáticas en la Universidad Católica de Washington.

Esta noticia representaba un gran cambio y me sentí honrado y contento por el buen concepto que tenían de mí. Me confiaban la formación de futuros sacerdotes.

La experiencia de cuatro años en Washington me ayudó a ver las cosas de un modo diferente. Disfruté de más libertad, mantuve contacto con estudiantes seglares, con familias americanas, latinas y españolas. Me encontré con hombres y mujeres que simpatizaban conmigo y me aconsejaban que dejase el sacerdocio y me quedase en los Estados Unidos. Les decía que me sentía bien de sacerdote.

Los compañeros religiosos en Washington eran mayores y tenían más experiencia de vida. Compartir experiencias con ellos, fue también enriquecedor. Los superiores en algunas cosas eran comprensibles y tolerantes, en otras, eran legalistas e intransigentes. Algo paradójico y difícil de comprender.

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*** Por cortesía de Magín Borrajo, publicamos el capítulo III de su libro "BUSCANDO SER HUMANO", Palibrio, Bloomington 2014. Puedes adquirir el texto completo en Amazon o bien en esta página http://www.maginborrajo.com/

CAPÍTULO I



Saturday, January 28, 2017

INICIO DE LOS ESTUDIOS TEOLÓGICOS EN MADRID (V), por P. Niceto Blázquez O.P

Estudiantes en el Jardín Japonés, al poco de la inaguración de Alcobendas
En septiembre de 1958 todos los estudiantes de Filosofía y Teología nos trasladamos a Madrid para proseguir allí nuestros estudios en el moderno y popular convento que terminaba de ser construido en la periferia de la capital de España. Por su ubicación en la vieja carretera que unía la capital con el viejo pueblo de Alcobendas, se popularizó el nombre de Los Dominicos de Alcobendas como referencia que facilitaba el acceso al nuevo convento. Su arquitectura moderna y funcional llamó mucho la atención y la Iglesia ganó el premio internacional de arquitectura religiosa moderna. 

Por otra parte, al Instituto de Filosofía, que procedía de Ávila, se añadió el Instituto de Teología, ambos Asociados a la Universidad de Santo Tomás de Manila. A partir de este momento el Centro de Estudios de la Orden de Predicadores empezó a ser conocido oficialmente como Institutos Pontificios de Filosofía y Teología Santo Tomás Agregados a la Universidad de Sto. Tomás de Manila. Con esta nueva singladura, el Centro se convirtió en un lugar de referencia intelectual importante en Madrid y por allí empezaron a desfilar personalidades relevantes de la ciencia y de la cultura.

Para el propósito de mi trayectoria intelectual me es grato recordar de modo muy especial al prestigioso médico y humanista Gregorio Marañón y al filósofo Xavier Zubiri. Con el primero, que se dejó ver en alguna misa dominical y saludó muy cordialmente a los frailes, se había programado un coloquio con los estudiantes, pero desgraciadamente falleció una semana antes de la fecha elegida para el deseado encuentro en 1960. Con Xavier Zubiri, en cambio, tuvimos suerte y celebró con nosotros una histórica conferencia con motivo de la festividad de Santo Tomás, seguida de un coloquio que dejó en mí una huella profunda. El acontecimiento es evocado en la obra "Xavier Zubiri. La soledad sonora" con estas palabras: "El 8 de marzo, fiesta de santo Tomás de Aquino, Xavier Zubiri imparte una conferencia titulada "Utrum Deus sit" [Si Dios existe], en el Estudio General que los Padres Dominicos tienen en Alcobendas, cerca de Madrid. En ella hace una valoración de las pruebas tomistas de la existencia de Dios. Pero, antes, insiste en reflexionar sobre «el porqué y el cómo de la pregunta del hombre actual acerca de Dios», pues la historia modula las nociones y el hombre creyente de hoy tiene sus propias inquietudes.

Citando un ejemplo de santo Tomás («conocer que alguien viene, no es conocer a Pedro, aunque sea Pedro el que viene»), Zubiri sostiene que para el hombre contemporáneo la primera inquietud es saber «si efectivamente hay alguien que viene, antes de averiguar quién es el que viene».

El planteamiento riguroso del problema de Dios exige hoy «un análisis más o menos largo y reflexivo de la simple intelección». Las cinco Vías de santo Tomás podrían tener luego algún valor como esfuerzo de la razón demostrativa. Pero, en todo caso, «más que demostrar a Dios, demuestran la existencia de una realidad de la que después habrá que ver si tiene los atributos que todos otorgamos a Dios. [...] .

Suponiendo que se haya demostrado, no ya ante el metafísico, sino ante un público que cree en religiones distintas, la existencia de una "causa prima", la pregunta es inexorable: esa causa primera ¿es Yahvé, es el Padre Eterno del Evangelio, es Júpiter o es Varuna?». Al Dios cristiano «no se llega sino por una forma distinta de razón, que no es la razón de lo racional, sino la razón de lo razonable». Por experiencia estricta el hombre ha ido, como dice san Pablo, «tanteando a la Divinidad, buscándola, hasta tropezar con ella y encontrarla», a lo largo de ese inmenso catecumenado teológico que ha constituido la historia de la religión cristiana desde Abraham hasta la muerte del último Apóstol. Y lo que ha encontrado es un Dios amor que está allende la necesidad y la contingencia". 

El diálogo que siguió a la exposición resultó dinámico y dialécticamente magistral entre Zubiri y algunos profesores del Centro. Por una parte, el mero hecho de invitarle fue un gesto por parte de los Dominicos de apertura intelectual y comprensión hacia un personaje tan interesante como lo era Zubiri, cuyo drama personal y trayectoria intelectual es magistralmente descrito en la obra citada. Sobre todo, si tenemos en cuenta que por aquellas fechas se había desatado la ofensiva contra el pensamiento de José Ortega y Gasset protagonizada por el dominico Santiago Ramírez. Después de muchos años fue recuperado el texto íntegro de aquella memorable conferencia como queda reflejado en el capítulo final de esta obra en el apéndice curricular. Para mi aquel encuentro con Zubiri fue muy estimulante como se deduce de lo que digo a continuación.

Entre los diversos y solemnes actos académicos que tradicionalmente se celebraban en el Estudio General uno de ellos consistía en que un estudiante pronunciara una conferencia asesorado y guiado por algún profesor. Pues bien, el curso académico 1959/1960 recibí yo el encargo de preparar el tradicional discurso ante los estudiantes y profesores del Centro sobre el tema "Filosofía de la personeidad". Este término lo había utilizado Zubiri en su conferencia con gran sorpresa mía y esa fue la razón que me llevó a comentar el significado del mismo, comparándolo con otros conceptos de la metafísica clásica. Terminado el acto académico un estudiante de teología me felicitó diciendo que yo había demostrado cualidades para ser fichado como futuro profesor de metafísica. Yo no lo tenía tan claro. El texto de ésta mi conferencia primigenia fue revisado y publicado en la revista Oriente, que, como queda dicho, era el órgano de expresión de los estudiantes. En nota a pié de página declaraba yo la autoría del término con referencia al histórico encuentro personal con Zubiri.

Así fue mi primer estreno como escritor. La publicación de este pequeño artículo fue el inicio de una experiencia feliz que se iba prolongar a lo largo de toda mi vida.

Veinte años más tarde recordábamos los dos con nostalgia en su despacho de Madrid aquella fecha memorable y le informé sobre mi artículo inspirado en el término personeidad que él había utilizado en su conferencia. Con esta ocasión me dijo en tono confidencial que se le ocurrió utilizar ese concepto reflexionando sobre la Eucaristía y que lo comentó con su amigo el cardenal Pacelli, futuro Pío XII, al cual le pareció muy bien. Nuestros contactos posteriores fueron relativamente frecuentes por teléfono y sobre todo con motivo de la presentación regular de sus libros. 

Estudiantes paseando bajo el Pabellón de Padres Jóvenes
En una ocasión me dijo que tenía mucho interés en que a esos actos públicos asistieran teólogos. Pero me parece interesante destacar dos de nuestros encuentros personales. Durante uno de ellos se confidenció mucho conmigo. Por una parte, me aconsejó que no debía yo alejarme de la Universidad Complutense considerando que, dada mi vocación y amor a la reflexión filosófica, era bueno que estuviera presente en esa institución pública tan importante. Fue éste un consejo que no olvidé después. También me habló del cuidado que hemos de tener para no escandalizar a los más débiles con nuestras opiniones y formas de pensar. Observación que ilustró con un ejemplo práctico en el que un sobrino suyo cuando era de corta edad le hizo una pregunta relacionada con la Biblia. Y como su salud empezaba a flaquear, hablamos de la muerte. Me dijo que la última vez que hubo de ser internado en el hospital se vio obligado a ponerse al día sobre el tema de la muerte. 

Hasta entonces había estado convencido de que estaba preparado para afrontar la situación cuando llegara el momento, pero al ver que la muerte llamaba ya con insistencia a su puerta, sintió la necesidad de ponerse de nuevo al día. Una cosa es reflexionar sobre la muerte mientras la contemplamos como algo todavía muy lejano a nosotros, y otra, muy distinta, cuando se encuentra ya a la puerta de nuestra casa dispuesta a segar nuestra vida. De hecho, la muerte nos pilla a todos por sorpresa y nunca podemos presumir de que estamos suficientemente preparados para encararnos con ella y Xabier Zubiri en esto no fue una excepción.

El otro encuentro personal que me parece oportuno recordar tuvo lugar así. Yo impartía a la sazón un curso académico de Ontología y, obviamente, era inevitable que el nombre de Zubiri fuera evocado antes o después. Mis alumnos tenían una idea casi mítica del gran filósofo al que consideraban poco menos que inaccesible. Un buen día les pregunté si tenían interés en hablar con él personalmente y quedaron muy sorprendidos por mi pregunta. Les dije que, si les parecía bien, una tarde podíamos ir a conocerle en su propio despacho de Madrid. Dicho y hecho. Le llamé por teléfono y con inmensa alegría programamos la visita en su despacho de trabajo en Plaza del Rey en el corazón de Madrid. Nos esperaba en la puerta del ascensor. 

Al salir nos fundimos en un abrazo y los estudiantes no salían de su asombro al constatar que quien con tanto cariño y alegría nos recibía era el mismísimo y mítico Zubiri en persona. Inmediatamente nos sentamos y le presenté a mis alumnos, que estaban radiantes mirando a aquel anciano cariñoso y entrañable. Fue una hora llena de vida durante la cual los estudiantes fijaron más su atención en la felicidad personal que irradiaba aquella inteligencia gigante en un cuerpo pequeño de estatura que en lo que decía. Fue una clase testimonial de cómo un hombre puede ser feliz buscando la verdad última de todas las cosas, y de modo especial las que se refieren a Dios. Terminado el encuentro nos despedimos, pero la sorpresa fue aún mayor cuando los estudiantes se percataron de que él, el mismísimo Xavier Zubiri, se dirigía como un hombre cualquiera a tomar el autobús para volver a su casa.


El 23 de septiembre de 1983, mientras yo volvía a Madrid desde Santiago de Chile, Carlos Castro presidía la misa concelebrada con otros cuatro sacerdotes por el eterno descanso de Xavier Zubiri. No llegué a tiempo ni para acompañarle en los últimos momentos de su vida ni para participar en la concelebración eucarística por su eterno descanso. Bienaventurados los que buscan a Dios mediante la inteligencia porque le encontrarán. Xavier Zubiri le buscó con la inteligencia y el corazón por lo que estoy seguro que le ha encontrado y de lo cual me alegro también de corazón. 

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Friday, January 13, 2017

EL AÑO EN QUE LA VOCACIÓN, FINALMENTE, ME ENCONTRÓ

Mártires en Vietnam (Santo Domingo, Ocaña) obra del P. Julio Ibáñez
Conozco, como la palma de la mano, las colinas ondulantes del sur de la dulce Francia. He recorrido, una y mil veces, los caminos medievales que, sorteando sembrados y arroyos, enlazan Carcasona con Albi y Tolosa. En sueños, la mayor parte de las veces, salvo una. Eso fue hace seis años. Pese a la fugacidad del trayecto, una y otra vez me venían a la memoria las legendarias epopeyas que el abnegado P. Fueyo nos contaba en el noviciado de Ocaña a principios de la década de los setenta.

Entre retortijón y retortijón del santo cilicio que, al decir de los novicios más veteranos, estrujaba el muslo de su pierna derecha, loaba las inconmensurables gestas de Nuestro Padre Domingo por estos mismos parajes al norte de los Pirineos. Corría el inicio del siglo XIII, la voz ampulosa y embovedada del P. Fuuuueeeeyo, nos guía por los bucólicos caminos del Languedoc. Nuestro Padre fundador, acompañante del obispo Diego de Azevedo, camino de tierras danesas para concertar una boda real, atraviesa la Occitania por primera vez. 

Pronto se dará cuenta de que, narra el P. Fueyo, las predicaciones bajo palio, tejido con hilos de oro, de los legados papales, no sólo no convencen a los recalcitrantes cátaros, antes bien agudizan su oposición a la Suprema Verdad. Domingo, el antiguo estudiante en ciencias bíblicas de la Universidad de Palencia, capaz de vender sus pergaminos para socorrer a los pobres, rápidamente entiende que, para convertirlos a la verdadera fe, hay que ser, si cabe, más radical que ellos. Sí cabe. En pocos años la orden mendicante, he aquí la palabra mágica, fundada en el sur de Francia, será una mancha de aceite extendiéndose por el orbe cristiano.

El discurso devocional de nuestro vicemaestro de novicios, maestro lo es el P. Jesús Santos, cala rápido y hondo en el limo virginal de nuestra vocación dominicana. Presunta, claro está. Aunque nosotros la creemos bien sólida, recién estrenada, asentada no en arenas movedizas, por el contrario, en roca, sólidos sus cimientos. Hace apenas unas semanas nos han investido con el glorioso hábito blanco dominicano. Sí, con su sobrepelliz y su capa negra, la misma que le servía a Nuestro Padre para protegerse de la áspera tramontana en las cercanías de Narbona. Nos hemos convertido, por intermediación de una vistosa liturgia, oficiada en la presencia lacrimógena de nuestros familiares, en canes de la Santa Madre Iglesia. Voraces hacia la desfachatez del siglo, intransigentes con las injusticias del mundo, apenas intuidas desde la ingenua altura de nuestros dieciséis años recién cumplidos, levemente atisbadas tras los muros de este pacífico convento sito en la llanura manchega y que tantos misioneros envió, no mucho ha, a la conquista espiritual del Lejano Oriente.

Ya sé. En esta época y cuarenta años después, es fácil calificar aquel ímpetu juvenil como la consecuencia ineludible de un banal lavado de cerebro. Poco sofisticado, por lo demás. Pero entonces, éramos sólo lo que éramos –más precisamente, lo que las circunstancias nos habían dejado ser, merci beaucoup, Ortega- y bebíamos absortos la radicalidad que emanaba de las piadosas hagiografías narradas en el salón de la primera planta del noviciado, adaptado para ésas y otras cimentaciones espirituales, en el terreno virginal de nuestras tiernas almas post adolescentes, huecas, para más inri, hacia toda adolescencia.

Por ignorancia o presciencia, el P. Fueyo nos hurtaba, en aquellos encendidos relatos históricos, cualquier entrometimiento en las procelosas aguas de la crítica histórica, por ínfima que esta fuera. Que en 1973 huyera, por así decirlo, como de la peste negra, de sencillos, pero más que evidentes indicadores de que la lucha en el Midi francés era, ante todo, una lucha de clases, los nobles sacando las adargas de las alforjas contra el absolutismo monárquico, era comprensible. Que no insinuara, ni de pasada, la tan honda como extendida corrupción existente en todos los ámbitos eclesiales, comenzando por el papado, era de entender. Ni oste ni moste sobre la no menguada contribución que Nuestro Padre, o al menos sus seguidores, predecesores nuestros, al desarrollo, cuando no liderazgo, del tan temible como temido Santo Oficio.

Al P. Fueyo, a nosotros también, lo que le interesaba era imbuirnos de aquel espíritu evangelizador, claramente fundamentalista, meridianamente fanático. Eso sí, en consonancia con los tiempos y apabullarnos con la previsible esperanza de que al acabar el año, tras deletrear las vidas y milagros de Nuestro Padre Santo Domingo, del Beato Jordán de Sajonia y las decenas de santos y mártires que siguieron sus huellas, nosotros hiciéramos otro tanto de lo mismo. Pisada a pisada. Seguramente no en los senderos insidiosos de los albigenses, pero sí entre chinos, vietnamitas y otras etnias con los ojos de almendra. Por doquier, allá por donde la provincia esencialmente misionera del Santísimo Rosario ejercía, como entonces se decía, su ministerio consagrado.

En aquel contexto tan abrumadoramente proselitista, nada más fácil que asimilar a los malvados comunistas contemporáneos del tío Mao con los pérfidos descendientes medievales de Ramón Roger Trencavel. Paralelismos ajenos a siglos y a las kilométricas distancias. A nadie le importaba que, desde luego no a nosotros, ni al P. Fueyo, que la lucha contra aquellos herejes empedernidos hubiera estado teñida por la ignominia de varias cruzadas impulsadas desde la sacrosanta Roma, el expolio, a sangre y espada de Montsegur ejecutado con alevosía por las huestes católicas, o que todo aquello terminara, el penúltimo drama de aquella historia no tan lineal como nos quería hacer creer el piadoso submaestro de novicios, en el Prado de los Quemados. Con 200 cátaros ardiendo en la pira del fuego y la intransigencia.

Prulla, centro  imagen, desde las murallas de Fanjeaux
Aquella lucha sin tregua contra el sectarismo y la heterodoxia, en cuanto jóvenes novicios, nos enardecía. Incluso mediados tantos siglos. Asimilar la fogosidad de Nuestro Padre, al que de forma natural en sermones, novenarios y ejercicios espirituales se le recubría de incontables virtudes adicionales: paciencia, castidad, elocuencia y un largo etcétera, no nos resultaba complicado. No fue el caso, pero si después de alguno de aquellos ardientes florilegios el P. Maestro nos hubiera soltado en alguna de las encrucijadas que partían de la Villa del Comendador, digamos, camino de Tembleque o Noblejas, por poner un ejemplo, seguro que alguno de nosotros hubiera terminado evangelizando los confines de la Tierra.

Tal era la dimensión de nuestro brío, la potencialidad de nuestro arrebato. De hecho, más de alguno de nosotros, al año siguiente, ya en las tierras de misión del extrarradio madrileño, sin llegar a los extremos de Nuestro Padre, aunque no anduvimos muy lejos, disfrutamos de esa vehemencia propia de los conversos. ¿No nos hicimos fieles admiradores de Jerónimo Savonarola, Giordano Bruno y Vicente Ferrer, mientras, aunque sólo fuera en discusiones teóricas, rechazábamos la molicie ofrecida por la Comunidad de Alcobendas y mantuviéramos interminables discusiones sobre si disponer (o no) de la novedosa televisión en color atentaba contra nuestro intangible voto de pobreza?

En nuestras austeras celdas del noviciado nos conformábamos con poner encima de la mesilla la estampa de Santo Domingo, la que le representaba con el perfil reconstruido, una estrella a la altura de su frente, mirando a la nada o al cielo, al lado de otra, una reproducción de una tabla de Pedro Berruguete, donde acompañado de un correligionario, quizá Pedro Sella, miran dulcemente como en el suelo arde una hoguera formada por una montonera de libros. Heréticos, por supuesto.

Aquel extremismo radical de la primera hora nos azuzaba en las horas de meditación y el P. Fueyo, que en gloría esté, era plenamente consciente de ello. Una serie de elementos, más tarde en clase de teología nos enseñaron a conceptualizarlos como el carisma del fundador, nos resultaban ilusamente atractivos. Predicar en cualquier plaza de mercado, recorrer aldeas y villorrios a la buena de Dios, aprovisionarse con lo que las buenas gentes nos ofrecieran en los pórticos de las iglesias, no nos resultaba, entonces, tan descabellado, último cuarto del siglo XX, como pudiera parecer. Esencia de mendicantes.

Durante aquellos meses, y algunos posteriores, discutimos si en realidad los grandiosos conventos de la Orden, las prebendas acomodaticias en las que vivían nuestras comunidades no eran una copia exacta de los palios bajo los que predicaban los embajadores de Roma, y que, con ferocidad, había combatido nuestro héroe de Caleruega.  En nuestra ingenuidad, tan etérea como manifiesta, durante algunas semanas del noviciado, el ardor misionero, nuestro inconmensurable deseo de devenir inmaculadamente puros en cada cajoncito de nuestra incendiaria conciencia, nos había transformado, curiosa y aunque sólo fuera epidérmicamente, en cátaros.

El bendito P. Fueyo, por así decirlo, y con la brevedad con la que discurren los propósitos de la juventud, en sus insondables deseos de santificarnos, nos había convertido en efímeros herejes. Dispuestos a socavar los cimientos de la secular orden a partir de nuestros modestos poderes de quintacolumnistas. En realidad, aquellos afanes revolucionarios duraron bien poco. Exactamente, hasta unos días después de entrar en la comunidad estudiantil de Alcobendas, donde las supuestamente firmes aspiraciones transformadoras se diluyeron en otros empeños y pasiones más mundanas. Aunque quedó una traza de ellas. A alguna hoguera, tan anodina como la caldera de la calefacción que atizaba el áspero invierno manchego de nuestras celdas, fue a parar un drama teatral que elaboramos en las horas muertas, las pocas en las que no estábamos inmersos en rezos, devociones, novenarios o triduos. El guion argumental, creo recordar, contaba como a unos misioneros de nuevo cuño, apenas recién llegados a tierras del Tonkín, les rebanaban el pescuezo altivos mandarines opuestos a la fe. A la verdadera. Esto es, a la suya, a la que ellos portaban.

Segunda peregrinación, en cuerpo y alma, a principios de esta década. En esta parte de la geografía francesa, Camino de Santiago, vertiente allende los Pirineos, en el recorrido de la senda procedente del Piamonte, las colinas se desdoblan en cotas de media montaña. Pese a todo, en el clima ardiente en esta intratable canícula del estío gabacho, los bosques de hayedos y robledales ascienden hasta cubrir toda la falda de las colinas, salvo la pequeña veleta de la cumbre. Montsegur y el Camp de Cremats se pierde detrás de la carretera ondulante, aunque no el epitafio de los inmolados el 16 de marzo de 1244: «Als catars, als martirs del pur amor crestian.»

Tras cuarenta kilómetros hacia el norte, no lejos de Carcasona, las colinas se ablandan, se multiplican los campos de trigo y cebada, a punto de cosecha en este principio de agosto. Tras frondosas líneas de plataneros, una vez pasado el pequeño pueblo de Fanjeux, aparece la mole del Convento de Prulla. Según el P. Fueyo, aquí comenzó todo. En esto, hasta la Wikipedia le da la razón. En 1206, con la primera comunidad femenina, “unas cuantas mujeres cátaras, convertidas por su predicación y su ejemplo”. Tras rechazar tres mitras episcopales: Conserans, Béziers y Comminges. La iglesia rebosa de fieles, hoy, lunes, 8 de agosto, se celebra precisamente la fiesta de Santo Domingo. Las dominicas de clausura están en pleno rezo de las horas litúrgicas. En mi francés semidescapacitado, pergeño algunos de los textos que lee en voz alta el predicador. Una vez más, el eco del P. Fueyo desgranando la vida y milagros de Nuestro Padre Domingo de Guzmán y Garcés “llevaba siempre consigo el evangelio de San Mateo y las cartas de San Pablo”.

Aquí y ahora, solemnemente disculpo, mejor, exculpo al P. Jesús Fueyo O. P. por su acriticidad histórica. Ocho centurias no son nada en la eternidad del tiempo y el correcto contraste entre las fuentes históricas. Es más, a falta de pergaminos, pero siempre en su honor, prometo en la cuna de Prulla, ofrecer todos los libros que todavía conservo, un buen puñado con no poco de polvo, desde la lejana época de mis estudios, en la Ciudad Eterna, para obtener el doctorado en las ciencias bíblicas.

No creo que con ellos se salven muchos pobres de la hambruna, pero si al menos a alguien le sirve para encontrar un cachito de la vocación dominicana que en algún recoveco de la vida perdí. Preciso, que yo no encontré, para algo útil habrán servido. Me pregunto, no obstante, lo que le pasará por la cabeza, al joven estudiante, tez de ébano, del Seminario Mayor de Bamako, en Mali, cuando abra el imponente tomo, 1127 páginas de nada, de “A Hebrew and English Lexicon of the Old Testament, based on the Lexicon of William Gesenius”. As translated by Edward Robinson. Por poner un ejemplo. El ex libris, con mi nombre, Roma y una fecha: 14-X-1985. Debajo: “En consideración y respeto del P. Fueyo”. Fechado: cualquier día de éstos. En recuerdo de aquellos.