Saturday, January 28, 2017

INICIO DE LOS ESTUDIOS TEOLÓGICOS EN MADRID (V), por P. Niceto Blázquez O.P

Estudiantes en el Jardín Japonés, al poco de la inaguración de Alcobendas
En septiembre de 1958 todos los estudiantes de Filosofía y Teología nos trasladamos a Madrid para proseguir allí nuestros estudios en el moderno y popular convento que terminaba de ser construido en la periferia de la capital de España. Por su ubicación en la vieja carretera que unía la capital con el viejo pueblo de Alcobendas, se popularizó el nombre de Los Dominicos de Alcobendas como referencia que facilitaba el acceso al nuevo convento. Su arquitectura moderna y funcional llamó mucho la atención y la Iglesia ganó el premio internacional de arquitectura religiosa moderna. 

Por otra parte, al Instituto de Filosofía, que procedía de Ávila, se añadió el Instituto de Teología, ambos Asociados a la Universidad de Santo Tomás de Manila. A partir de este momento el Centro de Estudios de la Orden de Predicadores empezó a ser conocido oficialmente como Institutos Pontificios de Filosofía y Teología Santo Tomás Agregados a la Universidad de Sto. Tomás de Manila. Con esta nueva singladura, el Centro se convirtió en un lugar de referencia intelectual importante en Madrid y por allí empezaron a desfilar personalidades relevantes de la ciencia y de la cultura.

Para el propósito de mi trayectoria intelectual me es grato recordar de modo muy especial al prestigioso médico y humanista Gregorio Marañón y al filósofo Xavier Zubiri. Con el primero, que se dejó ver en alguna misa dominical y saludó muy cordialmente a los frailes, se había programado un coloquio con los estudiantes, pero desgraciadamente falleció una semana antes de la fecha elegida para el deseado encuentro en 1960. Con Xavier Zubiri, en cambio, tuvimos suerte y celebró con nosotros una histórica conferencia con motivo de la festividad de Santo Tomás, seguida de un coloquio que dejó en mí una huella profunda. El acontecimiento es evocado en la obra "Xavier Zubiri. La soledad sonora" con estas palabras: "El 8 de marzo, fiesta de santo Tomás de Aquino, Xavier Zubiri imparte una conferencia titulada "Utrum Deus sit" [Si Dios existe], en el Estudio General que los Padres Dominicos tienen en Alcobendas, cerca de Madrid. En ella hace una valoración de las pruebas tomistas de la existencia de Dios. Pero, antes, insiste en reflexionar sobre «el porqué y el cómo de la pregunta del hombre actual acerca de Dios», pues la historia modula las nociones y el hombre creyente de hoy tiene sus propias inquietudes.

Citando un ejemplo de santo Tomás («conocer que alguien viene, no es conocer a Pedro, aunque sea Pedro el que viene»), Zubiri sostiene que para el hombre contemporáneo la primera inquietud es saber «si efectivamente hay alguien que viene, antes de averiguar quién es el que viene».

El planteamiento riguroso del problema de Dios exige hoy «un análisis más o menos largo y reflexivo de la simple intelección». Las cinco Vías de santo Tomás podrían tener luego algún valor como esfuerzo de la razón demostrativa. Pero, en todo caso, «más que demostrar a Dios, demuestran la existencia de una realidad de la que después habrá que ver si tiene los atributos que todos otorgamos a Dios. [...] .

Suponiendo que se haya demostrado, no ya ante el metafísico, sino ante un público que cree en religiones distintas, la existencia de una "causa prima", la pregunta es inexorable: esa causa primera ¿es Yahvé, es el Padre Eterno del Evangelio, es Júpiter o es Varuna?». Al Dios cristiano «no se llega sino por una forma distinta de razón, que no es la razón de lo racional, sino la razón de lo razonable». Por experiencia estricta el hombre ha ido, como dice san Pablo, «tanteando a la Divinidad, buscándola, hasta tropezar con ella y encontrarla», a lo largo de ese inmenso catecumenado teológico que ha constituido la historia de la religión cristiana desde Abraham hasta la muerte del último Apóstol. Y lo que ha encontrado es un Dios amor que está allende la necesidad y la contingencia". 

El diálogo que siguió a la exposición resultó dinámico y dialécticamente magistral entre Zubiri y algunos profesores del Centro. Por una parte, el mero hecho de invitarle fue un gesto por parte de los Dominicos de apertura intelectual y comprensión hacia un personaje tan interesante como lo era Zubiri, cuyo drama personal y trayectoria intelectual es magistralmente descrito en la obra citada. Sobre todo, si tenemos en cuenta que por aquellas fechas se había desatado la ofensiva contra el pensamiento de José Ortega y Gasset protagonizada por el dominico Santiago Ramírez. Después de muchos años fue recuperado el texto íntegro de aquella memorable conferencia como queda reflejado en el capítulo final de esta obra en el apéndice curricular. Para mi aquel encuentro con Zubiri fue muy estimulante como se deduce de lo que digo a continuación.

Entre los diversos y solemnes actos académicos que tradicionalmente se celebraban en el Estudio General uno de ellos consistía en que un estudiante pronunciara una conferencia asesorado y guiado por algún profesor. Pues bien, el curso académico 1959/1960 recibí yo el encargo de preparar el tradicional discurso ante los estudiantes y profesores del Centro sobre el tema "Filosofía de la personeidad". Este término lo había utilizado Zubiri en su conferencia con gran sorpresa mía y esa fue la razón que me llevó a comentar el significado del mismo, comparándolo con otros conceptos de la metafísica clásica. Terminado el acto académico un estudiante de teología me felicitó diciendo que yo había demostrado cualidades para ser fichado como futuro profesor de metafísica. Yo no lo tenía tan claro. El texto de ésta mi conferencia primigenia fue revisado y publicado en la revista Oriente, que, como queda dicho, era el órgano de expresión de los estudiantes. En nota a pié de página declaraba yo la autoría del término con referencia al histórico encuentro personal con Zubiri.

Así fue mi primer estreno como escritor. La publicación de este pequeño artículo fue el inicio de una experiencia feliz que se iba prolongar a lo largo de toda mi vida.

Veinte años más tarde recordábamos los dos con nostalgia en su despacho de Madrid aquella fecha memorable y le informé sobre mi artículo inspirado en el término personeidad que él había utilizado en su conferencia. Con esta ocasión me dijo en tono confidencial que se le ocurrió utilizar ese concepto reflexionando sobre la Eucaristía y que lo comentó con su amigo el cardenal Pacelli, futuro Pío XII, al cual le pareció muy bien. Nuestros contactos posteriores fueron relativamente frecuentes por teléfono y sobre todo con motivo de la presentación regular de sus libros. 

Estudiantes paseando bajo el Pabellón de Padres Jóvenes
En una ocasión me dijo que tenía mucho interés en que a esos actos públicos asistieran teólogos. Pero me parece interesante destacar dos de nuestros encuentros personales. Durante uno de ellos se confidenció mucho conmigo. Por una parte, me aconsejó que no debía yo alejarme de la Universidad Complutense considerando que, dada mi vocación y amor a la reflexión filosófica, era bueno que estuviera presente en esa institución pública tan importante. Fue éste un consejo que no olvidé después. También me habló del cuidado que hemos de tener para no escandalizar a los más débiles con nuestras opiniones y formas de pensar. Observación que ilustró con un ejemplo práctico en el que un sobrino suyo cuando era de corta edad le hizo una pregunta relacionada con la Biblia. Y como su salud empezaba a flaquear, hablamos de la muerte. Me dijo que la última vez que hubo de ser internado en el hospital se vio obligado a ponerse al día sobre el tema de la muerte. 

Hasta entonces había estado convencido de que estaba preparado para afrontar la situación cuando llegara el momento, pero al ver que la muerte llamaba ya con insistencia a su puerta, sintió la necesidad de ponerse de nuevo al día. Una cosa es reflexionar sobre la muerte mientras la contemplamos como algo todavía muy lejano a nosotros, y otra, muy distinta, cuando se encuentra ya a la puerta de nuestra casa dispuesta a segar nuestra vida. De hecho, la muerte nos pilla a todos por sorpresa y nunca podemos presumir de que estamos suficientemente preparados para encararnos con ella y Xabier Zubiri en esto no fue una excepción.

El otro encuentro personal que me parece oportuno recordar tuvo lugar así. Yo impartía a la sazón un curso académico de Ontología y, obviamente, era inevitable que el nombre de Zubiri fuera evocado antes o después. Mis alumnos tenían una idea casi mítica del gran filósofo al que consideraban poco menos que inaccesible. Un buen día les pregunté si tenían interés en hablar con él personalmente y quedaron muy sorprendidos por mi pregunta. Les dije que, si les parecía bien, una tarde podíamos ir a conocerle en su propio despacho de Madrid. Dicho y hecho. Le llamé por teléfono y con inmensa alegría programamos la visita en su despacho de trabajo en Plaza del Rey en el corazón de Madrid. Nos esperaba en la puerta del ascensor. 

Al salir nos fundimos en un abrazo y los estudiantes no salían de su asombro al constatar que quien con tanto cariño y alegría nos recibía era el mismísimo y mítico Zubiri en persona. Inmediatamente nos sentamos y le presenté a mis alumnos, que estaban radiantes mirando a aquel anciano cariñoso y entrañable. Fue una hora llena de vida durante la cual los estudiantes fijaron más su atención en la felicidad personal que irradiaba aquella inteligencia gigante en un cuerpo pequeño de estatura que en lo que decía. Fue una clase testimonial de cómo un hombre puede ser feliz buscando la verdad última de todas las cosas, y de modo especial las que se refieren a Dios. Terminado el encuentro nos despedimos, pero la sorpresa fue aún mayor cuando los estudiantes se percataron de que él, el mismísimo Xavier Zubiri, se dirigía como un hombre cualquiera a tomar el autobús para volver a su casa.


El 23 de septiembre de 1983, mientras yo volvía a Madrid desde Santiago de Chile, Carlos Castro presidía la misa concelebrada con otros cuatro sacerdotes por el eterno descanso de Xavier Zubiri. No llegué a tiempo ni para acompañarle en los últimos momentos de su vida ni para participar en la concelebración eucarística por su eterno descanso. Bienaventurados los que buscan a Dios mediante la inteligencia porque le encontrarán. Xavier Zubiri le buscó con la inteligencia y el corazón por lo que estoy seguro que le ha encontrado y de lo cual me alegro también de corazón. 

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Friday, January 13, 2017

EL AÑO EN QUE LA VOCACIÓN, FINALMENTE, ME ENCONTRÓ

Mártires en Vietnam (Santo Domingo, Ocaña) obra del P. Julio Ibáñez
Conozco, como la palma de la mano, las colinas ondulantes del sur de la dulce Francia. He recorrido, una y mil veces, los caminos medievales que, sorteando sembrados y arroyos, enlazan Carcasona con Albi y Tolosa. En sueños, la mayor parte de las veces, salvo una. Eso fue hace seis años. Pese a la fugacidad del trayecto, una y otra vez me venían a la memoria las legendarias epopeyas que el abnegado P. Fueyo nos contaba en el noviciado de Ocaña a principios de la década de los setenta.

Entre retortijón y retortijón del santo cilicio que, al decir de los novicios más veteranos, estrujaba el muslo de su pierna derecha, loaba las inconmensurables gestas de Nuestro Padre Domingo por estos mismos parajes al norte de los Pirineos. Corría el inicio del siglo XIII, la voz ampulosa y embovedada del P. Fuuuueeeeyo, nos guía por los bucólicos caminos del Languedoc. Nuestro Padre fundador, acompañante del obispo Diego de Azevedo, camino de tierras danesas para concertar una boda real, atraviesa la Occitania por primera vez. 

Pronto se dará cuenta de que, narra el P. Fueyo, las predicaciones bajo palio, tejido con hilos de oro, de los legados papales, no sólo no convencen a los recalcitrantes cátaros, antes bien agudizan su oposición a la Suprema Verdad. Domingo, el antiguo estudiante en ciencias bíblicas de la Universidad de Palencia, capaz de vender sus pergaminos para socorrer a los pobres, rápidamente entiende que, para convertirlos a la verdadera fe, hay que ser, si cabe, más radical que ellos. Sí cabe. En pocos años la orden mendicante, he aquí la palabra mágica, fundada en el sur de Francia, será una mancha de aceite extendiéndose por el orbe cristiano.

El discurso devocional de nuestro vicemaestro de novicios, maestro lo es el P. Jesús Santos, cala rápido y hondo en el limo virginal de nuestra vocación dominicana. Presunta, claro está. Aunque nosotros la creemos bien sólida, recién estrenada, asentada no en arenas movedizas, por el contrario, en roca, sólidos sus cimientos. Hace apenas unas semanas nos han investido con el glorioso hábito blanco dominicano. Sí, con su sobrepelliz y su capa negra, la misma que le servía a Nuestro Padre para protegerse de la áspera tramontana en las cercanías de Narbona. Nos hemos convertido, por intermediación de una vistosa liturgia, oficiada en la presencia lacrimógena de nuestros familiares, en canes de la Santa Madre Iglesia. Voraces hacia la desfachatez del siglo, intransigentes con las injusticias del mundo, apenas intuidas desde la ingenua altura de nuestros dieciséis años recién cumplidos, levemente atisbadas tras los muros de este pacífico convento sito en la llanura manchega y que tantos misioneros envió, no mucho ha, a la conquista espiritual del Lejano Oriente.

Ya sé. En esta época y cuarenta años después, es fácil calificar aquel ímpetu juvenil como la consecuencia ineludible de un banal lavado de cerebro. Poco sofisticado, por lo demás. Pero entonces, éramos sólo lo que éramos –más precisamente, lo que las circunstancias nos habían dejado ser, merci beaucoup, Ortega- y bebíamos absortos la radicalidad que emanaba de las piadosas hagiografías narradas en el salón de la primera planta del noviciado, adaptado para ésas y otras cimentaciones espirituales, en el terreno virginal de nuestras tiernas almas post adolescentes, huecas, para más inri, hacia toda adolescencia.

Por ignorancia o presciencia, el P. Fueyo nos hurtaba, en aquellos encendidos relatos históricos, cualquier entrometimiento en las procelosas aguas de la crítica histórica, por ínfima que esta fuera. Que en 1973 huyera, por así decirlo, como de la peste negra, de sencillos, pero más que evidentes indicadores de que la lucha en el Midi francés era, ante todo, una lucha de clases, los nobles sacando las adargas de las alforjas contra el absolutismo monárquico, era comprensible. Que no insinuara, ni de pasada, la tan honda como extendida corrupción existente en todos los ámbitos eclesiales, comenzando por el papado, era de entender. Ni oste ni moste sobre la no menguada contribución que Nuestro Padre, o al menos sus seguidores, predecesores nuestros, al desarrollo, cuando no liderazgo, del tan temible como temido Santo Oficio.

Al P. Fueyo, a nosotros también, lo que le interesaba era imbuirnos de aquel espíritu evangelizador, claramente fundamentalista, meridianamente fanático. Eso sí, en consonancia con los tiempos y apabullarnos con la previsible esperanza de que al acabar el año, tras deletrear las vidas y milagros de Nuestro Padre Santo Domingo, del Beato Jordán de Sajonia y las decenas de santos y mártires que siguieron sus huellas, nosotros hiciéramos otro tanto de lo mismo. Pisada a pisada. Seguramente no en los senderos insidiosos de los albigenses, pero sí entre chinos, vietnamitas y otras etnias con los ojos de almendra. Por doquier, allá por donde la provincia esencialmente misionera del Santísimo Rosario ejercía, como entonces se decía, su ministerio consagrado.

En aquel contexto tan abrumadoramente proselitista, nada más fácil que asimilar a los malvados comunistas contemporáneos del tío Mao con los pérfidos descendientes medievales de Ramón Roger Trencavel. Paralelismos ajenos a siglos y a las kilométricas distancias. A nadie le importaba que, desde luego no a nosotros, ni al P. Fueyo, que la lucha contra aquellos herejes empedernidos hubiera estado teñida por la ignominia de varias cruzadas impulsadas desde la sacrosanta Roma, el expolio, a sangre y espada de Montsegur ejecutado con alevosía por las huestes católicas, o que todo aquello terminara, el penúltimo drama de aquella historia no tan lineal como nos quería hacer creer el piadoso submaestro de novicios, en el Prado de los Quemados. Con 200 cátaros ardiendo en la pira del fuego y la intransigencia.

Prulla, centro  imagen, desde las murallas de Fanjeaux
Aquella lucha sin tregua contra el sectarismo y la heterodoxia, en cuanto jóvenes novicios, nos enardecía. Incluso mediados tantos siglos. Asimilar la fogosidad de Nuestro Padre, al que de forma natural en sermones, novenarios y ejercicios espirituales se le recubría de incontables virtudes adicionales: paciencia, castidad, elocuencia y un largo etcétera, no nos resultaba complicado. No fue el caso, pero si después de alguno de aquellos ardientes florilegios el P. Maestro nos hubiera soltado en alguna de las encrucijadas que partían de la Villa del Comendador, digamos, camino de Tembleque o Noblejas, por poner un ejemplo, seguro que alguno de nosotros hubiera terminado evangelizando los confines de la Tierra.

Tal era la dimensión de nuestro brío, la potencialidad de nuestro arrebato. De hecho, más de alguno de nosotros, al año siguiente, ya en las tierras de misión del extrarradio madrileño, sin llegar a los extremos de Nuestro Padre, aunque no anduvimos muy lejos, disfrutamos de esa vehemencia propia de los conversos. ¿No nos hicimos fieles admiradores de Jerónimo Savonarola, Giordano Bruno y Vicente Ferrer, mientras, aunque sólo fuera en discusiones teóricas, rechazábamos la molicie ofrecida por la Comunidad de Alcobendas y mantuviéramos interminables discusiones sobre si disponer (o no) de la novedosa televisión en color atentaba contra nuestro intangible voto de pobreza?

En nuestras austeras celdas del noviciado nos conformábamos con poner encima de la mesilla la estampa de Santo Domingo, la que le representaba con el perfil reconstruido, una estrella a la altura de su frente, mirando a la nada o al cielo, al lado de otra, una reproducción de una tabla de Pedro Berruguete, donde acompañado de un correligionario, quizá Pedro Sella, miran dulcemente como en el suelo arde una hoguera formada por una montonera de libros. Heréticos, por supuesto.

Aquel extremismo radical de la primera hora nos azuzaba en las horas de meditación y el P. Fueyo, que en gloría esté, era plenamente consciente de ello. Una serie de elementos, más tarde en clase de teología nos enseñaron a conceptualizarlos como el carisma del fundador, nos resultaban ilusamente atractivos. Predicar en cualquier plaza de mercado, recorrer aldeas y villorrios a la buena de Dios, aprovisionarse con lo que las buenas gentes nos ofrecieran en los pórticos de las iglesias, no nos resultaba, entonces, tan descabellado, último cuarto del siglo XX, como pudiera parecer. Esencia de mendicantes.

Durante aquellos meses, y algunos posteriores, discutimos si en realidad los grandiosos conventos de la Orden, las prebendas acomodaticias en las que vivían nuestras comunidades no eran una copia exacta de los palios bajo los que predicaban los embajadores de Roma, y que, con ferocidad, había combatido nuestro héroe de Caleruega.  En nuestra ingenuidad, tan etérea como manifiesta, durante algunas semanas del noviciado, el ardor misionero, nuestro inconmensurable deseo de devenir inmaculadamente puros en cada cajoncito de nuestra incendiaria conciencia, nos había transformado, curiosa y aunque sólo fuera epidérmicamente, en cátaros.

El bendito P. Fueyo, por así decirlo, y con la brevedad con la que discurren los propósitos de la juventud, en sus insondables deseos de santificarnos, nos había convertido en efímeros herejes. Dispuestos a socavar los cimientos de la secular orden a partir de nuestros modestos poderes de quintacolumnistas. En realidad, aquellos afanes revolucionarios duraron bien poco. Exactamente, hasta unos días después de entrar en la comunidad estudiantil de Alcobendas, donde las supuestamente firmes aspiraciones transformadoras se diluyeron en otros empeños y pasiones más mundanas. Aunque quedó una traza de ellas. A alguna hoguera, tan anodina como la caldera de la calefacción que atizaba el áspero invierno manchego de nuestras celdas, fue a parar un drama teatral que elaboramos en las horas muertas, las pocas en las que no estábamos inmersos en rezos, devociones, novenarios o triduos. El guion argumental, creo recordar, contaba como a unos misioneros de nuevo cuño, apenas recién llegados a tierras del Tonkín, les rebanaban el pescuezo altivos mandarines opuestos a la fe. A la verdadera. Esto es, a la suya, a la que ellos portaban.

Segunda peregrinación, en cuerpo y alma, a principios de esta década. En esta parte de la geografía francesa, Camino de Santiago, vertiente allende los Pirineos, en el recorrido de la senda procedente del Piamonte, las colinas se desdoblan en cotas de media montaña. Pese a todo, en el clima ardiente en esta intratable canícula del estío gabacho, los bosques de hayedos y robledales ascienden hasta cubrir toda la falda de las colinas, salvo la pequeña veleta de la cumbre. Montsegur y el Camp de Cremats se pierde detrás de la carretera ondulante, aunque no el epitafio de los inmolados el 16 de marzo de 1244: «Als catars, als martirs del pur amor crestian.»

Tras cuarenta kilómetros hacia el norte, no lejos de Carcasona, las colinas se ablandan, se multiplican los campos de trigo y cebada, a punto de cosecha en este principio de agosto. Tras frondosas líneas de plataneros, una vez pasado el pequeño pueblo de Fanjeux, aparece la mole del Convento de Prulla. Según el P. Fueyo, aquí comenzó todo. En esto, hasta la Wikipedia le da la razón. En 1206, con la primera comunidad femenina, “unas cuantas mujeres cátaras, convertidas por su predicación y su ejemplo”. Tras rechazar tres mitras episcopales: Conserans, Béziers y Comminges. La iglesia rebosa de fieles, hoy, lunes, 8 de agosto, se celebra precisamente la fiesta de Santo Domingo. Las dominicas de clausura están en pleno rezo de las horas litúrgicas. En mi francés semidescapacitado, pergeño algunos de los textos que lee en voz alta el predicador. Una vez más, el eco del P. Fueyo desgranando la vida y milagros de Nuestro Padre Domingo de Guzmán y Garcés “llevaba siempre consigo el evangelio de San Mateo y las cartas de San Pablo”.

Aquí y ahora, solemnemente disculpo, mejor, exculpo al P. Jesús Fueyo O. P. por su acriticidad histórica. Ocho centurias no son nada en la eternidad del tiempo y el correcto contraste entre las fuentes históricas. Es más, a falta de pergaminos, pero siempre en su honor, prometo en la cuna de Prulla, ofrecer todos los libros que todavía conservo, un buen puñado con no poco de polvo, desde la lejana época de mis estudios, en la Ciudad Eterna, para obtener el doctorado en las ciencias bíblicas.

No creo que con ellos se salven muchos pobres de la hambruna, pero si al menos a alguien le sirve para encontrar un cachito de la vocación dominicana que en algún recoveco de la vida perdí. Preciso, que yo no encontré, para algo útil habrán servido. Me pregunto, no obstante, lo que le pasará por la cabeza, al joven estudiante, tez de ébano, del Seminario Mayor de Bamako, en Mali, cuando abra el imponente tomo, 1127 páginas de nada, de “A Hebrew and English Lexicon of the Old Testament, based on the Lexicon of William Gesenius”. As translated by Edward Robinson. Por poner un ejemplo. El ex libris, con mi nombre, Roma y una fecha: 14-X-1985. Debajo: “En consideración y respeto del P. Fueyo”. Fechado: cualquier día de éstos. En recuerdo de aquellos.

Friday, December 16, 2016

LOS AÑOS PASADOS CON MIS COMPAÑEROS DOMINICOS (II), Ángel Gutiérrez Sanz

A SANTA MARÍA DE NIEVA LLEGAMOS YA CURTIDOS


Pasados los dos cursos de la Mejorada [ENLACE A LA PRIMERA PARTE DEL RELATO] nos esperaba Sta. María de Nieva, aquí ya era otra cosa, ibas entrenado, te habías sacudido en parte el pelo de la dehesa, habías aprendido todo lo necesario para poder convivir sin mayores complicaciones, conocías a los compañeros y sabías de antemano más o menos con lo que te ibas a encontrar. Todo hacía pronosticar que lo peor había pasado; pero mira tú por donde la cosa se nos complicó. Estando ya en La Mejorada se venía rumoreando de que en Sta. María de Nieva estaban pasando o habían pasado cosas.

Sta. María de Nieva en la actualidad
En los internados a veces pasan cosas, y ello debió ser el motivo por el que el Provincial decidiera cambiar la dirección del centro y poner en marcha un proceso regeneracionista, como se dice ahora. Comenzamos el curso y al menos por lo que hace referencia al aspecto instructivo parecía que cada cual hacía lo que buenamente podía y además con la mejor intención; otra cosa era el aspecto disciplinar que desde el punto de vista pedagógico resultaba cuando menos cuestionable.  Al frente del régimen casi cuartelario que se nos trataba de imponer, estaba un Sargento de Hierro que se las traía. Las chufas, como entonces se decía, andaban a la orden del día y podían tocarle a cualquiera en el momento más inesperado, chufas que eran bastante más violentas que un pellizco de monja, por lo menos más peligrosas porque podía dejarte sordo, tuerto o romperte una muela y lo peor del caso es que nos fuimos acostumbrando a esto hasta llegar a dar como natural algo que no lo era.

Ciertamente eran otros tiempos y no se les puede juzgar con los parámetros de los actuales, por eso yo no quiero inculpar a nadie; pero tampoco eximirles de toda responsabilidad porque ya por aquel entonces la pedagogía había superado el lema de que “la letra con la sangre entra” y se comenzaba a pensar que mejor que el palo había que hacer uso de la zanahoria. En definitiva, se comenzaba a poner en marcha unas prácticas educativas que tenían en cuenta la motivación y la comprensión del alumno con unos excelentes resultados, como no podía ser por menos, si tenemos en cuenta que con el temor lo único que consigue es disuadir para que algo no se haga; mientras que la motivación estimula a hacer las cosas bien, que es precisamente el objetivo de toda buena educación.  Sinceramente pienso que se nos podía haber tratado de otra manera, de ello no me cabe la menor duda. También es verdad que había padres por nosotros queridos, como el P. Gil, Tejedor, Cándido G., Felipe y seguro que me olvido de alguno que nos trataban con bastante consideración.

En medio de este ambiente disciplinario que nos tenía acongojados, el ejemplo nos lo vino a dar uno de los compañeros. Gregorio Buena. Lo recuerdo perfectamente. Sucedió en el Salón de Estudios de Sta. María de Nieva, cuando empezábamos a ser unos hombrecitos. Era por la noche antes de cenar, nos encontrábamos preparando los deberes   para el día siguiente, cuando de pronto una voz grave y amenazadora le manda que se levante y fuera allí donde se encontraba la autoridad amenazante. Expectación, algo terrible va a pasar, las circunstancias las conocíamos todos sobradamente y en nuestro interior decíamos ¡ojo Buena!, vete preparado, cúbrete bien que la cosa va en serio.

La sorpresa fue cuando con pie firme y a cara descubierta le ofreció el rostro que fue golpeado a placer contorsionándosele ligeramente la cabeza, al tiempo que le ofrecía la otra mejilla para que probara de la misma medicina, vimos cómo se comía las lágrimas, más por la humillación, pienso y, que por el dolor físico. Fue la noche inolvidable en que nuestro compañero con su resistencia pasiva nos acababa de dar una lección conmovedora y ponía al Sargento de Hierro en el lugar que se merecía.  Lo malo fue que el mensaje no fue interpretado debidamente y las cosas prácticamente siguieron igual, el Sargento de Hierro volvió a las andadas y haciendo de las suyas.

En Santa María tuvieron lugar otros muchos sucesos, difícil de relatarlos todos por lo que haré mención sólo de alguno de ellos. Recuerdo que estando disfrutando de tiempo libre se desencadenó una tormenta y un rayo vino a impactar en la parte superior de la fachada de la galería destinada a recreo, cuando no se podía salir al exterior, llevándose por delante un esquinazo importante del edificio que como puede verse en la foto fue debidamente reconstruido.
    
Fue dañada también la instalación eléctrica quedando afectada esta de forma generalizada por la que nos quedamos a oscuras y aunque no hubo que lamentar desgracias personales, el estruendo que produjo fue tan descomunal que todos quedamos aterrorizados. El P. Ramón, (así creo que se llamaba), que estaba ciego, razón por la cual casi todos nos confesábamos con él, llegó a pensar según comentaría después que había sido la bomba atómica.

Otro suceso reseñable de nuestro paso por Sta. María de Nieva fue la incorporación prematura en un año de sequía pertinaz que acortó considerablemente las vacaciones en casa e hizo que pasáramos en el colegio buena parte de un verano caluroso. Naturalmente esto no fue de nuestro agrado si bien venía compensado y bien compensado por unas vacaciones en la Sierra de Madrid durante unas semanas en que estuvimos de campamento a las órdenes de un experto cuadro de mandos del Frente Juventudes teniendo como capellán   al P. Gil.   Los postulantes dominicos agrupados en tiendas de campaña de seis en seis con nuestra camisa azul en las que se podía ver bordado el yugo y las flechas formamos una colonia numerosa ubicada en las estribaciones del Alto de los Leones para que allí en medio de la naturaleza salvaje pudiéramos aprender a compaginar los ideales apostólicos dominicanos con los ideales nacionales.

No creo que esto fuera una imposición del Régimen, como alguien pudiera pensar y no lo creo fundamentalmente por dos razones.  Primera porque nuestro querido Provincial P. Silvestre Sancho era un hombre que hacía lo que creía que tenía que hacer sin dejarse presionar por nadie. Segunda razón porque no hacía falta presionar a quien seguramente era favorable a este tipo de cosas a tenor de algunos datos históricos que conviene recordar.

El padre Silvestre Sancho desde el año 1936 al año 1941 desempeñó el cargo de   Rector de la Universidad de Sto. Tomás de Manila llegando a ser muy amigo no sólo del fundador del Opus Dei D. José Mª Escrivá de la Balaguer sino también del ministro Ibáñez Martín y seguramente de algún otro ministro. Las relaciones con la Administración de Franco eran excelentes. Desde el principio él junto con el arzobispo de Manila Mons. Michael O`Dherty y en general toda la Iglesia Católica Filipina se había puesto de su lado, por otra parte, la labor realizada como defensor de la Hispanidad en unos tiempos en que España más lo necesitaba era digna de todo elogio y así fue reconocido hasta el punto de que el Sr. Suñer le ponía como referencia en las relaciones con Asia.   

Aprovechando esta buena sintonía el P. Sancho viaja a España en 1939 con la intención de solicitar del Generalísimo la convalidación de los estudios cursados en la Universidad de Sto. Tomás de Manila, petición que fue concedida sin más y que todos los que nos beneficiamos de ella debiéramos estar enormemente agradecidos por ello.  En compensación el P. Sancho declaró al Jefe del Estado Español Rector Magnífico Honoris Causa de una de las universidades más prestigiosa de Oriente con la entrega de un diploma lujosamente ilustrado donde se podía ver el escudo imperial de España y los emblemas de la falange entre otras ilustraciones. A su vez, y en mutua correspondencia, Franco otorgaba al P. Sancho la Gran Cruz de Alfonso X el sabio el día 30 de noviembre de 1950 por sus altos merecimientos, con la asistencia de los rectores de todas las universidades españolas.

Santa María de Nieva, vista general (ambas imágenes del autor del artículo)
Cuando en 1951 el p. Silvestre Sancho es elegido provincial se hace cargo del destino del presente y del futuro de la Provincia del Santísimo Rosario. Dio muestras de tener las ideas muy claras y de no asustarse por que los postulantes se empaparan de espíritu patriótico de José Antonio en memoria del cual celebró más de una misa. Después de todo el P. Sancho como  seguidor que era de Sto. Tomás, sabía muy bien que  el patriotismo es una de las virtudes principales que es preciso inculcar en los ciudadanos, algo  que el tiempo ha venido a darle la razón; después de haber comprobado que cuando el sentimiento nacional desciende hasta situarse bajo mínimos se puede esperar lo peor;  pero no es de temas políticos de lo que yo pretendo hablar  aquí, mi intención es mucho más modesta, se trata simplemente de traer aquí algunos  recuerdos  del pasado.

A decir verdad, creo que en estos días nos lo pasamos muy bien, cierto que estaba muy presente el espíritu joseantoniano; pero eso de que hacían un lavado de cerebro no es cierto. Allí había respeto para todos y jamás se apreció muestras del menor rencor contra nadie de lo que se trataba de exaltar unos ideales, inculcar el espíritu de cooperación de sana competitividad, de hacernos ver la necesidad de echar una mano en la reconstrucción de España y para eso teníamos que armarnos de generosidad, altura de miras y espíritu de sacrificios, se nos inculcaba espíritu de equipo.

Éramos camaradas que teníamos que aprender a ser los unos para los otros, hacíamos deportes y largas marchas llenando los caminos de juventud y de canciones, algunas muy trascendentales, pero otras eran muy jocosas: no puedo olvidarme de nuestros ratos de ocio que eran muy divertidos, sobre todo el fuego de campamento con chistes, bromas, sorpresas, escenificaciones. ¡Cómo nos los pasábamos alrededor de la hoguera!...  En fin, yo sinceramente no ví que los campamentos del Frente de Juventudes fueran una forma de pervertir las mentes de los muchachos. Pasados estos días de campamento volvimos a lo nuestro con los sentimientos patrióticos avivados; pero por lo demás sin grandes cambios, simplemente que nos lo habíamos pasado muy bien.       

Sunday, December 4, 2016

¡LA MEJORADA A LA VISTA!. PRIMERAS IMPRESIONES Y SENTIMIENTOS, por Faustino Martínez (IV)

Pasados unos diez minutos de viaje encima del remolque que avanzaba lentamente por aquel camino polvoriento [ENLACE A CAPITULOS PREVIOS EN LA PARTE INFERIOR], alguien señaló:  

- ¡Ya se ve…ya se ve…. allí está La Mejorada!.

Todos miramos hacia delante intentando ver el mítico Colegio. A lo lejos se divisaba el edificio en un paraje solitario y aislado. Sobre su tejado podía leerse pintado con grandes letras: “La Mejorada. PP. Dominicos”.


Inicio de la cerca del recinto de La Mejorada, por su lado sur  (Foto del autor)
Poco a poco ante mí se iba imponiendo y agrandando la silueta de un alto edificio.

Una larga cerca ocultaba unas tierras que pertenecían al Colegio. Yo escudriñaba desde el remolque esperando ver los verdes campos de futbol. Pero tan solo me percaté de unas porterías de madera, sin red. El campo de futbol verde, como yo me lo imaginaba, no existía. Era llano, pero lleno de guijarros.
         
El tractor con su remolque cargado de gente paró ante una vistosa puerta de piedra. Allí nos bajamos y esperamos durante unos minutos al lado de nuestras maletas. Yo seguía mirando, cogido a mi padre, la larga cerca y los alrededores a ver si veía a alguno de mis amigos de Llastres. Pero no los encontré en aquel momento.

El Colegio estaba dentro de una cerca que le rodeaba por todos los flancos. Observé unas enormes paredes elevadas. Eran los frontones. Me parecieron estupendos para jugar a la “manotada”, como decimos en Asturias. A mí se me daba bien el frontón cuando jugaba contra la rugosa pared en el pórtico de la Iglesia de Llastres. Pero aquellos parecían mucho mejores y estupendos. Sin embargo, me resultaba difícil comprender cómo podría botar bien una pelota en aquel suelo de guijarros.

De mis observaciones y pensamientos me sacó la llegada de un Padre Dominico vestido de blanco impoluto. Se dirigió a aquel primer grupo de la mañana que esperaba con sus maletas delante de la entrada en el recinto del Colegio. Era el Rector del Colegio. Me llamó la atención la forma especial un tanto afectada que tenía de tocar las palmas de las manos como inicio de una orden. Luego supe que era el P. Andrés Villarroel. Todos escuchamos sus palabras de bienvenida y las indicaciones para ir al comedor del colegio a tomar un poco de desayuno y subir a los dormitorios para asignarnos nuestras camas.

Aquella primera orden me hizo experimentar que ya entraba dentro de unas normas y disciplina que limitaría mi libertad durante muchos años. Me dio la impresión de que comenzaba a depender de aquellos buenos frailes más que de mi familia. Y de nuevo aquel sentimiento desconocido para mi hasta entonces  comenzó a acrecentarse en mi interior. Era lo que los “veteranos” llamaban “murria”, y los asturianos denominábamos “morriña”.

Aquel viaje físico había terminado. Comenzaba para mi otro viaje mucho más largo y apasionante del que creo fuimos unos “privilegiados” en aquel momento de nuestras vidas.

La “murria” se fue acrecentando y se apoderó de mi. Aquel estado de ánimo nunca experimentado por mi me fue embargando conforme pasaban las horas. Era un sentimiento inédito en mi alma que me quitó las ganas de comer. Mi padre se dio cuenta de mi tristeza.

¡Bueno… ya estás en el Colegio y ahora tienes que quedarte y aprovechar bien el tiempo…!. – Me dijo mi padre como queriendo que asumiera valientemente la realidad en la que ya estaba sumergido.

Me di cuenta que aquel viaje no era una simple excursión, sino que me tenía que quedar allí. Al oír a mi padre que me tenía que quedar aumentó más en mi el sentimiento de “morriña”. Todavía no se había ido de vuelta para Llastres y yo ya no quería separarme de él y quedarme allí solo durante un año.

Creo que en el fondo de mi subconsciente siempre se mantendría un eco de aquel sentimiento mientras estuve alejado de mi familia y de mi tierrina. La evidencia de la separación de mi padre, su marcha, la lejanía de mi gente, la perspectiva de tener que quedarme allí durante todo un curso sin verlos, fue calando en mi según avanzaban las horas.

A mi amigo Andrés y a Ángel Lleral (“Yondrín”), por mucho que miraba a ver si los veía, no logré divisarlos. Eran del curso mayor que los recién llegados y deberían estar en algún salón. Nosotros éramos los recién llegados y tenían que situarnos en nuestros dormitorios y transmitirnos las primeras instrucciones sobre el funcionamiento del Colegio.

¡Ya estaba en La Mejorada!. ¡Aquel era el Colegio al que yo quería venir!. Pero no todo era como mi imaginación adolescente, casi infantil, se lo había imaginado.

Mientras me adentraba con mi padre y los demás por las estancias de aquel edificio atravesamos un claustro interior ajardinado y presidido en su centro por una fuente con cuatro caños.

Entrada del antiguo Monasterio de La Mejorada (Foto del autor)
Una galería bastante destartalada, al menos en su techumbre, nos acogió con un olor a cocina y a wateres poco ventilados. Entramos expectantes en un largo comedor donde nos sirvieron un poco de leche con un buen mendrugo de pan. Intenté beber un poco de leche por indicación de mi padre. Pero mi estómago no lo aceptó. No desayuné.

Como tantas veces he dicho, de niño siempre había sido un mal comedor  dándole muchos disgustos en este aspecto a mi madre. Pero aquello, aquel líquido blanquecino que se nos ofrecía en un vaso metálico no me sabía a leche. Estaba acostumbrado al sabor de la leche asturiana recién ordeñada de las vacas de mi tío Benigno, en la aldea de Lluces. Sin embargo la principal causa de aquel rechazo inicial no era tanto por el sabor de aquellos nuevos alimentos. Era la “morriña” quien me impedía tomar nada y me había quitado las ganas de comer. Mi padre se dio cuenta de que no probaba bocado.
¡Tienes que comer…. manín…! ¿Qué le digo a to madre…. si no comes…?.

Yo no decía nada pues estaba embargado por mi sentimiento de morriña. No podía, ni me atrevía, ni quería decirle a mi padre que me llevara otra vez de vuelta para Llastres. Parecerá increible, pero asumía las consecuencias de aquel viaje y todo cuanto implicaba de tener que quedarme allí. Otros niños lloraban a moco tendido sin consuelo al lado de sus padres. A mi me querían saltar las lágrimas, pero estaba dispuesto a resistir. ¡No podía decirle a mi padre que me llevara de vuelta”!. ¡Aunque lo deseaba con toda mi alma, no quería pedirle tal cosa después de tanto sacrificios, gastos e ilusión!. Mi padre se daba cuenta perfectamente de mi estado de ánimo y trataba de animarme diciéndome que en pocos días iba a hacer nuevos amigos, y que allí estaban Andres Cuevas y  Ángel Llera (el “Yondrin”) y que no me quedaba solo.

Salimos del comedor. Yo sin desayunar absolutamente nada por la morriña. Esperamos en una galería cuyo olor dominante que siempre detecté en ella desde aquel momento, era una mezcla de olor a cocina, a pescado frito y olor de water mal limpiado.

Pasado un tiempo, desde la galería subimos las maletas con la ayuda de nuestros padres hasta el dormitorio. La ascensión me pareció interminable hasta el piso más alto del edificio. Las escaleras estaban muy desgastadas de tanto subir y bajar generaciones de alumnos que allí habían estudiado – por lo que luego supe -  desde el año 1912.

El Padre Dominico que nos acompañó nos fue asignando una cama en el dormitorio corrido del piso superior. Entre cama y cama tan solo había cuarta y media de separación. En aquel dormitorio corrido habría unas cien camas. Eran metálicas, con un buen colchón de borra y muy limpias. En uno de los extremos del dormitorio se ofrecían adosados a la pared unos diez lavabos con sus correspondientes grifos de agua y espejos que tendríamos que compartir cada mañana. Mi cama estaba al lado de la última ventana de aquel dormitorio y cerca de una de las puertas de entrada al mismo. A la derecha de mi cama situaron a un chico de Burgos. Lloraba desconsolado al lado de su padre. A mi izquierda colocaron a otro chico de Villa de Cavia, (Burgos) llamado José García. Adosado y separado por una pared de nuestro dormitorio que estaba abarrotado y apretujado de camas, había otro pequeño dormitorio donde colocaron a muchos chicos de la Cuenca Minera.

Debajo de nuestras camas colocamos las pequeñas maletas. Eran el único rincón íntimo personal y familiar que me quedaría. En la maleta estaba toda la ternura de mi madre que la había llenado con lo mejor de sí misma y con lo que buenamente había podido meter en ellas. Cada vez que la abriría me daba la sensación de que allí me encontraba con ella.


Con ayuda de mi padre saqué de la maleta los primeros objetos y ropas personales y me familiaricé con aquel único espacio vital privado en el que me encontraría cada noche antes de acostarme. Conforme desplegaba la maleta y tomaba posesión de aquel reducido espacio vital, de aquella pequeña y limpia cama, la morriña continuaba tomando posesión “in crescendo” de mi estado de ánimo. La cabecera de mi cama daba al sur y desde aquella amplia ventana divisaba Olmedo y el interior del Claustro-jardín del Colegio.

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Saturday, November 26, 2016

ÁVILA: 1959-1960 (Juan José Luengo)

Fraile en el Claustro de los Reyes, Santo Tomás
Llegamos al Convento de Santo Tomás el 22 de agosto. Allí nos esperaba el Padre Maestro de Estudiantes, Pedro González Tejero, y su socio el P. Ignacio Gutiérrez. Era prior el P. Isaac Liquete y Subprior el P. Vicente Martín.

También residía en el convento de Santo Tomás Monseñor Francisco Gómez (1887-1962), Obispo misionero (1932-1952) de Hai Phong (Vietnam). Monseñor Gómez era abulense y tío del P. Alberto Martín Gómez.

En circunstancias normales, al llegar a Ávila nos esperarían los demás “coristas” (que así, creo, llamaban a los estudiantes hasta entonces). Hubiésemos tenido delante de nosotros a todos los Filósofos y Teólogos.  Pero, nada era “normal” en nuestro caso y comenzamos solos.

Añadieron un año más a nuestra carrera y llamaron a ese curso “Preuniversitario”. Fue entonces, o quizá el año anterior, que el Estudiantado se afilió con la Universidad Pontificia de Santo Tomás de Manila y nuestro diploma (licenciado) sería un titulo expedido por la Universidad como claramente consta en los Diplomas de muchos de nosotros.

El Estudiantado había sido trasladado de Ávila al nuevo Convento de San Pedro Mártir el año anterior (1958) y el P. Tejero fue allí el primer Maestro de Estudiantes. Antes, en Ávila, el Maestro de Estudiantes había sido el P. Luis López de las Heras.

Para mí, la llegada a Ávila era como una vuelta a casa. Ese era mi territorio. Nacido a cuatro kilómetros de la capital, había hecho el viaje en muchas ocasiones andando, en burro o en bicicleta. Subí muchas veces por la Calle Vallespín hasta el Mercado Chico. Recorrí la Calle Caballeros, la de Reyes Católicos y Alemania hasta el Mercado Grande. Incluso bajé varias veces hasta el Convento de Santo Tomás.  Nunca olvidaré la fiesta de Santa Teresa de Jesús, el 15 de octubre, con su desfile de Gigantes y Cabezudos. Además, tenía en la ciudad bastantes familiares por parte de padre y por parte de madre.

Este es el momento para hacer la pregunta del millón de euros (o usando la moneda de la época, de los 166 millones de pesetas).

¿Por qué? ¿Por qué este cambio tan radical y tan costoso?

Antes de responder, si es que hay respuesta, no hay que olvidar el efecto “dominó” y el daño colateral que este cambio produjo en los demás cursos.  El curso anterior al nuestro fue “desmantelado” y sus miembros fueron dispersados por la ancha geografía europea. A París (Le Saulchoir) fueron Manuel Reyes Mate, Jesús Manuel Martínez, José María Marsella y José Luis Iglesias. Marcos Ramón Ruiz, Félix Tejedor, Valentín Martínez y Santiago Marcos aterrizaron en Tolosa (Francia).

Y a disfrutar el paisaje andaluz de Granada fueron Rafael Sanz, José Luis Ajates, Dionisio Jiménez y, creo que también, Benjamín Barcala. ¡Así de un plumazo!

Volviendo a la pregunta. En septiembre del 2003, estando de visita en España, me encontré en el Convento de Conde de Peñalver con el P. Tejero y pude hacerle a bocajarro la pregunta que muchos de nosotros hubieran deseado hacer: ¿Por qué el cambio y el experimento?                                                                                                                         
 Más o menos, esta fue su respuesta, “Bueno… mucha gente me ha echado la culpa a mí… pero en realidad... la decisión no fue mía… Sucedió que el P. Provincial (Silvestre Sancho) hizo una visita canónica…y encontró problemas… de “observancia” y otras cosas…y decidió -junto con el Consejo de Provincia- cortar por lo sano…” siguiendo, añado yo, la lógica del refrán popular, a “grandes males, grandes remedios.”

Esta es la versión del P. Tejero.  Quienes conocieron al P. Tejero y le tuvieron como Maestro de Estudiantes el primer año en San Pedro Mártir (1958-59) lo explican de una manera diferente. Según algunos, él quería tener la oportunidad de controlar mejor la situación y, para ello, buscaba un grupo de estudiantes que le tomaran a él más en serio. No faltó entonces quien dudara de la validez del nuevo proyecto o de que el P. Tejero fuera la persona indicada para el mismo.                                                                                                                                         
 Sin embargo, se pudo decir “alea iacta est” y no hubo marcha atrás.

Como en parénteis, tengo que decir que en el verano del 2009 tuve la oportunidad de hablar con el P. Tejero una vez más. Lo llamé a Manila para saludarlo. Lo encontré bastante lúcido considerando su edad (nació en agosto de 1920). Se acordaba de todos nosotros. Me dijo que no piensa regresar a España y está resignado a morir en Filipinas.

El día siguiente a nuestra llegada, el P. Tejero en su primera plática nos dejó saber cuál sería su “política”: Exacto cumplimiento del deber.  Esto incluía: fiel cumplimiento de las observancias monásticas (sobre todo el silencio), espíritu de sacrificio, espíritu de oración y espítitu de estudio… un estudio que debería estar sazonado por la oración y que lleva consigo el amor a la celda.

Pronto comenzaría su rutina de charlas semanales basadas, al principio, en en el libro “Teología de la Perfección” del P. Royo Marín, OP.

Fue legendaria su insistencia en mantenernos “aíslados” de todo contacto con los demás padres del convento. Algo difícil de olvidar. Tenía pánico de que nos contamináramos con ideas “picudas”. Tampoco se puede olvidar fácilmente cómo el P. Marcos Fernández, entre otros, buscaba la oportunidad de hablar con nosotros en cualquier ocasión.

No cabe duda que quien viera por primera vez el Convento de Santo Tomás tenía que quedar impresionado. El coro, la iglesia, los claustros, el refectorio, las aulas de clases, las celdas de padres y estudiantes…todo majestuoso y saturado de historia.

A principios de septiembre, el P. Macario Ruiz, misionero en Japón, nos dio una conferencia sobre el trabajo de los dominicos en ese país. Creo que todos quedamos impresionados cuando nos habló del alto nivel educativo de Japón y el reto que eso suponía para la evangelización.

Con el P. Macario comenzó una larga y provechosa tradición de tener la oportunidad de escuchar a los padres que venían de tierra de misión: Filipinas, Hong-Kong, Venezuela, Formosa (así se llamaba Taiwán en aquel entonces).

Antes de comenzar las clases se unió a nuestro curso Luis Sasaki, venido directamente de Japón. ¡Quién no recuerda a Sasaki siempre con su diccionario debajo del brazo! Tuvo que ser extremadamente difícil el tener que aprender español y, al mismo tiempo, latín porque a partir del año siguiente todas las clases de filosofía serían en latín. Hizo poner los pelos de punta a quienes contó su recuerdo del bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki durante la Segunda Guerra Mundial. Siempre calmado y ecuánime no pudo controlarse al ver cómo los japoneses eran presentados en la película El puente sobre el río Kwai.

También se unieron a nuestro curso dos estudiantes de la Provincia de España cuyo apellido era Prior y Salazar.

Escena de Fray Escoba (Coro Convento Santo Tomás)
Como siempre, las clases comenzaron a mediados o finales de septiembre. En el expediente académico recibido de Instituto Pontificio de Filosofía (convento de San Pedro Mártir) consta que aquel año cursamos: Introducción o Fundamentos de Filosofía, Lógica Formal, Lengua y Literaturas griegas, Lengua y Literatura Latinas, Lengua y Literatura inglesas, Literatura española y universal, Geografía universal, Elocuencia, Música y Religión.  Tuvimos como profesores, además del P. Maestro, al P. Marcos Fernández Manzanedo, Marcelino Ortega, Felicísimo Miguel, Félix Tejedor y otros que no recuerdo.

Estando en Ávila pudimos ver cómo se edificaba el nuevo Pabellón. Recuerdo muy bien la cuadrilla de los albañiles que lo construyeron (Regalo el capataz, Quintín Gutiérrez y Alfonso Hernández). Los tres eran de mi pueblo, Narrillos de San Leonardo.

Siguiendo la costumbre de años anteriores, los jueves por la tarde teníamos paseo largo y nos dábamos una vuelta por las afueras de la ciudad, no lejos del convento. Durante esos paseos, yo tuve la oportunidad de visitar en más de una ocasión a varios parientes que vivían en la carretera de Toledo, cerca de la llamada gasolinera de Rivilla, y en el Tiro Pichón cuyo encargado era primo mío. No sé si el P. Maestro llegó a enterarse de aquellas “visitas” (siempre breves, claro).

Los domingos, después del Rosario y la Exposición, teníamos procesión por el Claustro de Difuntos. Desfilábamos todos los frailes acompañados por los fieles que asistían a esos oficios. El primer domingo del mes era en honor del Rosario, el segundo domingo en honor del Santo Nombre y el tercer domingo en honor del Santísimo Sacramento.

Durante ese año casi todos mosotros aprendimos a escribir a máquina algo que no nos vino mal más adelante cuando tuvimos que presentar los muchos proyectos y tesis que nos exigieron en las clases que tomamos.

Ya mencioné anteriormente la costrumbre de comer en silencio mientras alguien leía algún libro interesante. Recuerdo muy bien dos de ellos. El primero se titulaba Y la Biblia tenía Razón escrito por Werner Keller. Trataba de probar cómo la arqueología estaba dando la razón a la Biblia y demostrando su historicidad. Yo creo que los expertos de hoy son un poco más cautelosos en este aspecto, pero esto es harina de otro costal.

El otro se titulaba Centinela de Occidente, era una hagiografía de Franco. Fue escrito por Luis Martínez de Galinsoga y Francisco Franco Salgado (primo de Franco). El título no podia ser más sugestivo. Mientras todos dormían, Franco se mantenía vigilante.

Luis de Galinsoga había sido redactor-jefe del ABC y, después de la Guerra Civil, fue nombrado por Ramón Serrano Súñer director de La Vanguardia de Barcelona que pasó a llamarse La Vanguardia Española. Alguien escribió, que como director de La Vanguardia Española, “procuró por encima de todo castellanizar la publicación, evitando el peligro de parecer regionalista”.

La historia nos dice que Galinsoga fue cesado por el gobierno como director el 5 de febrero de 1960 por el llamado “asunto Galinsoga” que estalló cuando éste, con gran tacto y diplomacia, profirió la frase que se haría famosa, “Todos los catalanes son una mierda” tras asistir a una misa en la que la homilía se impartió en catalán. ¡Oh tempora, oh mores!

Si recuerdo bien estando nosotros es Ávila se filmaron en el Convento de Santo Tomás varias escenas de la famosa película Fray Escoba protagonizada por el cubano René Muñoz y dirigida por Ramón Torrado.

Mencioné antes que el Prior del Convento era el P. Isaac Liquete. Ya entonces estaba al frente del Museo de Arte Oriental al cual dedicó más de treinta años de trabajo.  Debido a su dedicación y esmero, el museo se convirtió en una gran atracción turística de la ciudad. Su trabajo no pasó desapercibido. El Ayuntamiento de Ávila en 2006 en reconocimiento a su labor en el museo decidió dar el nombre Padre Isaac Liquete a una de las calles de la nueva urbanización en la proximidad del Convento de Santo Tomás.

Al terminar el curso, pasamos una temporada en La Mejorada antes de trasladarnos al nuevo Convento de San Pedro Mártir para comenzar la Filosofía.

La Mejorada se convirtió en el lugar de descanso veraniego durante muchos años.

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Texto original de Juan José Luengo García "Breve Crónica de un curso 1953-1968)escrito en verano 2009. Para las otras entradas:

Capítulo 1 (La Mejorada)

Capítulo 2 (Arcas Reales)

Capítulo 3 (Ocaña)