Tuesday, July 20, 2010

Prefecto de disciplina

La palabra representaba una novedad absoluta para nosotros. Nunca la habíamos oido y, sin embargo, a partir de aquel 23 de septiembre de 1967, el vocablo “prefecto”, que además se adjetivaba con aquello de “disciplina”, por si quedaba alguna duda, se convertiría a lo largo de los siguientes cuatro años en la referencia jerárquica esencial de la cual dependían, pendían, quizá sea una definición más exacta, nuestra vida y nuestras haciendas. No, no se trata de una exageración. Los padres de los alumnos procedentes de los pueblos más cercanos -por lo general también los más pudientes porque podían (evidente juego de palabras) transportarles en turismo hasta el internado, una rareza para los más pobretones, esto es, la gran mayoría- abandonaban el patio central, de retorno a sus hogares. Entonces, todos, incluidos los que habíamos descendido del tren o del coche de línea, nos guarecíamos bajo el omnipresente amparo del padre prefecto de disciplina.

Esa primera tarde, al menos para los que llegábamos a primero, era más bien una tarde de llanto y crujir de dientes. Si cabía, disimulados. Tras ordenar con mimo y nostalgia, (¡no habían transcurrido ni doce horas desde que habíamos dicho adiós a prados, eras y rastrojos!) nuestras escasas pertenencias en el aparador, ocultábamos nuestra inherente tristeza dando patadas a un raído balón de cuero. Siempre había un hueco para buscar un recoveco entre la cama y el armario, perderse con subterfugios en el pinar que había camino de la monjas francesas, aunque a veces bastaba el vano debajo de la escalera, para dar rienda suelta a nuestras emociones infantiles. Aunque no fuese raro encontrar quien lloraba a lágrima viva en medio de la galería. Otros, los menos, exultantes, dándoselas de falsos veteranos mantenían la mirada alta. Su rostro serio y adusto traicionaba que la procesión iba por dentro, mientras inspeccionaban las aulas, los dormitorios, el salón de estudios y los campos de deporte. Vuelta tras vuelta, circuito interminable que servía para ahuyentar el paso de las primeras horas sin poder tirar cantos a las ranas del río, ni jugar al Tole, Catole, Cuneta bajo la olma centenaria de la plaza en la aldea.

En nueve meses de curso, hasta el 21 de junio –y eso durante cuatro años- esas horas eran el único respiro que el Padre Prefecto tenía a bien otorgar. La tarde de la llegada constituía la única rendija en aquel imperio, aparentemente sereno y tranquilo de nuestra niñez, que, no obstante, ocultaba nuestros pequeños y grandes dramas. Durante un breve puñado de horas, milagrosamente, no existían horarios, obligaciones, filas o rezos. El limbo entre los campos abiertos de Castilla y las vueltas de tuerca que se entreveían. Era el único día cuando el Padre Prefecto de Disciplina no podía abarcar tantas actividades a la vez, por ubicuo que apareciera ante nuestras desconfiadas miradas infantiles. Por un lado, los padres que a toda costa querían conversar con él –factótum de nuestras tiernas existencias- para reasegurarse que a sus vástagos se les iba a tratar con dureza. Sí, por increíble que parezca, en aquellos tiempos los padres pedían más severidad para sus hijos. Nada les impedía, además, pedirla a gritos, al lado del sauce llorón, en el patio central, mientras subían a sus vehículos y decían adiós. “Padre, no le deje pasar ni una, que Jesusito es muy cabezota con los números”, afirmaba uno. La madre se enjugaba las lágrimas con el moquero mientras el progenitor aclaraba que “Jesusito, se sabe todas las capitales de provincia de memoria, pero con los números, ay padre, con los números… “. “Padre, Berto es espabilao, pero más vago que siete suelas, si hay que castigarle, castíguele usted”, exhortaba otro. Como si el Padre Prefecto necesitara ser incitado para mantener incólume su inquebrantable disciplina. 

Por el otro, el Prefecto tenía que estar pendiente de que los recién llegados usaran la cama y el aparador que tenían asignado en el listado y no se aposentaran en la primera que encontraran al entrar por cualquiera de las dos puertas del amplio dormitorio corrido. “Gómez, ¿cuántas veces tengo que decirle que ponga la manta encima del aparador?”, amonestaba a un abulense pelirrojo y larguirucho. Por la forma de doblar la manta, era obvio que las mantas de Gómez habían sido siempre dobladas por su madre. Imposible parear las cuatro esquinas. Esa tarde de encuentros y despedidas, el Padre Prefecto se multiplicaba. Consolaba a los llorones, reprendía a los casquivanos, azuzaba a los atolondrados, una y otra vez cumplía con su papel de jefe de estudios con los padres (¡no se preocupen, ya verán como para navidades, Francisco Javier ha mejorado en historia!). Si le quedaba un minuto, incluso se remangaba el hábito por un lateral, los faldones entrelazados con el cinturón, y se animaba a dar unas patadas al balón ajado en medio de la polvareda que levantábamos  cuarenta “de los nuevos” en el campo más cercano a las clases. Para algarabía de nuestros once años. Una cosa era admirar las carpas doradas en el estanque del patio central, otra sorprendernos con la iglesia desnuda de imágenes. Pero ver el revoltijo que formaba su hábito enredado con el cuero, mientras tintineaba el rosario en la nube de polvo, era pura estupefacción. Todos corríamos en pos de él mientras gritábamos: “Trampa, padre, trampa”. Se ve que era un juego al que estaba acostumbrado, de repente el balón desaparecía entre los manteos, mientras todos buscábamos en derredor asombrados de que la pelota se hubiera esfumado. Era el único momento, durante nueve meses, que podíamos permitirnos el lujo de llamar tramposo al Padre Prefecto. O de que él nos gastara la mínima broma. Su ceñudo cargo le exigía que fuera taciturno, a veces desabrido. Al menos, así lo percibimos y así quedó grabado “in aeternum” en nuestras cándidas memorias infantiles.

La familiaridad tan escasa y momentánea se acababa a la hora de la cena. Era el momento del recuento. Los de segundo, más avezados en la práctica de formar filas para acceder al comedor conformaban las suyas en un santiamén. Para los de primero, en aquellas primeras jornadas, lo de formar filas constituía siempre un ejercicio completamente deslavazado. En la aldea nunca habíamos practicado semejante adiestramiento. Al menos no con ciento veinte compañeros al unísono. Así que en la gran galería que daba acceso al comedor, una maniobra tan elemental se convertía en un minueto de errores, falsos desplazamientos y equívocos. Las filas siempre terminaban por ser exageradamente onduladas. Teníamos la guía de las grandes baldosas de la galería que servían de marcas, las columnas dobles de referencias. Pese a todo, en esta tarea tan aparentemente fácil las hileras terminaban por convertirse en meandros sinuosos. La dificultad se acrecentaba porque teníamos que formar en riguroso orden alfabético. Aparte de desconocer el apellido de casi todos nuestros compañeros, también ignorábamos el orden del abecedario. Quizá lo habíamos aprendido de carrerilla en la escuela mixta del pueblo, pero no nos entraba en la cabeza que porque alguien se apellidara Montes tenía que situarse detrás de otro que llevaba el apellido Mata. A la ignorancia se sumaba la timidez, así que al primer “Pónganse en fila por estricto –lo de estricto resultaba obvio- orden alfabético”, tendíamos a arrimarnos al que conocíamos, cualesquiera que fuera su apellido. Al del pueblo vecino o al incipiente amigo que habíamos encontrado por primera vez en la cancha de baloncesto apenas hacía tres horas. Así que los primeros intentos terminaban de la misma manera, todos arremolinados -como los corderillos que se aprestan a entrar en la tinada para ser cebados en la canal- sobre las primeras baldosas que señalaban donde se tenían que colocar los primeros de primero, pero no todos los de primero. Aquello  se asemejaba bien poco a una fila, más bien nada.

El prefecto de disciplina, leonés de origen, era un hombre arisco, serio, más bien bajo, de mirada recia. En parte, había acarreado hasta la Escuela Apostólica, sin que los estudios filosóficos o teológicos hubieran infundido excesivas sofisticaciones a su porte, una buena dosis de las agrestes montaña de los Picos de Europa, o quizá la áspera permanencia de los páramos que bordean el Esla. Nunca le vimos sin el hábito que le acompañaba a todas partes, lo mismo que sus gafas de montura dorada. Aunque lo que más destacaba de su aspecto eran una voz más bien hosca y su mano, portentosamente rápida. Supongo que por ello le apodábamos Bonanza. Era la época dorada de esta serie en televisión y alguien de los cursos mayores había tenido la ocurrencia, sino osadía, de equiparar la rapidez con la que Lorne Greene e hijos tiraban de pistola en el lejano Oeste, con la celeridad con la que el Padre Prefecto desenfundaba la mano para arrear guantazos. ¡Por Júpiter que la soltaba con celeridad!. Bastaba cualquier falta disciplinar, real o supuesta, por nimia que aquella fuera, para que el Prefecto te sacudiera con la palma abierta. “Si hay que zurrarle, zúrrele usted”, le había arengado el padre de Jose Miguel, “que a Miguelito lo que le hace falta es disciplina”. Sugerencia, por lo demás, absolutamente innecesaria para el P. Bonanza, perdón, para el Padre Prefecto, siempre dispuesto al tortazo raudo. Seguro que Jose Miguel se lo pensaría dos veces antes de destrozar la raqueta de ping-pong por querer dar un mate ganador. Incluso aunque la equivalencia entre padre prefecto y el patriarca de la Ponderosa no tuviera sus orígenes en gozar ambos de una derecha tan ligera, uno con el colt y el otro en arrear bofetones, “se non è vero, è ben trovato”. Si en aquel lejano entonces hubiera habido estadísticas fiables, seguro que de los ciento veinte alumnos de primero, antes de junio siguiente, un porcentaje muy escaso se libraría de cachetes y los retortijones de orejas (¡esta era la variedad más amable!), agarrando aquellas entre el índice y el corazón, ítem de suplicio adicional, en el entresijo que aderezaba con el poblado llavero que siempre portaba. Aparte del guardián de nuestras vidas, era el guardián de decenas de puertas en nuestra existencia presente y futura, puertas metafóricas. Pero también las reales. La de su celda, localizada en un lateral del dormitorio corrido, la del cuarto de deportes, la de la sala de manualidades, la del otro cuarto de deportes, la de acceso al campo de tenis, la de salida a la cancha de baloncesto por el pasillo de las clases, la de acceso al pabellón de los padres….

Así que allí estamos, nuestra primera noche de “pónganse en filas”, arremolinados y bien revueltos, sin saber a ciencia cierta si Gamarra va antes de Sáiz o después de Valero. No le queda otro remedio ante aquella crasa falta de disciplina que retomar el listado mecanografiado con nombres y apellidos paternos y maternos de los ciento veinte nuevos aspirantes. Cuidado, aquí y allá se notan algunas tachaduras. Echo de menos alguna cara popular del cursillo preaspirantado veraniego, también observo, las menos, alguna nueva. Se ve que algunos se han rendido en las semanas previas, antes de iniciarse en esta épica hilera, temerosos de que la vida, estricta pero amable, del cursillo veraniego se repitiera a lo largo de todo un año. Erraron, esto es bastante peor. “Calle”, grita sin dirigirse a nadie en particular. Nadie se mueve. “Félix Calle”, grita más fuerte. Un muchacho sale con parsimonia de entre el remolino. Rubio, ligeramente regordete y mofletudo, con un curioso flequillo al biés. “Póngase aquí, aquí, le he dicho”, mientras señala la raya recta de una de las losetas del suelo. “¿Están sordos en Casas del Castañar”. Félix Calle se alínea sobre la recta marcada por la losa. Como es el primer día, el padre prefecto se ha contenido, pero su gesto de mover el brazo derecho, en la mano izquierda mantiene el listado, no anunciaba nada bueno. “Catón”, grita el padre prefecto. Aparece un muchachito pecoso con unas gafas de pasta a través de las cuales se entrevén unos ojos saltones. “Presente”, susurra el nuevo legionario. “Dígalo más fuerte, no le he oído bien”, indica el Padre Prefecto. Catón, qué remedio, eleva la vocecita. Va desgranando los nombres: Candanedo, Gamarra, Durántez hasta que finalmente, aún sin ser la fila perfecta, terminamos por pasar nuestro primer test de orden y disciplina. Al menos tres, de los apellidos después de la “O”, han comprendido que resulta muy fácil identificar los vocablos de Padre Prefecto y sopapo.

El Prefecto de Disciplina se aposenta en nuestras vidas, a partir de esa primera hilera, las venticuatro horas del día. Durante esos cuatro años estuvimos más a su lado, cuarenta meses para ser exactos, que los ocho de las vacaciones de verano disfrutadas en compañía de nuestros padres. Así que es fácil deducir como su sóla presencia, con el añadido de las  retribuciones, expiaciones, desorientaciones y recompensas, nos tuvo que moldear, para bien y para mal. De hecho, aparte de prefecto de disciplina se convirtió en padre, madre, tío, abuelo y, por si fuera poco, profesor de Lengua Española. Aunque en tercero y cuarto el Padre Prefecto fue un fraile diferente, las generalidades y muchas de las especificaciones se pueden aplicar a ambos como si fueran el mismo. ¿Devenimos lo que somos por lo que fuimos entre los once y los catorce años, ambas edades incluidas? Si así ha sido, lo cual no carece de lógica, un buen porcentaje de los méritos y deméritos a él le son debidos. ¡Que en gloria esté!

El timbre, aparatoso, de las siete inicia la jornada. Por la escalerilla que da acceso a su habitación, en un extremo del dormitorio corrido, aparece el Padre Prefecto. Afeitado y ya instalado en su inmaculado hábito blanco, que jamás de los jamases le abandona. Y viceversa. Toda la jornada con nosotros, hora tras hora, salvo las clases impartidas por otros profesores. Ominipresente, omnisciente (gracias a los chivatillos, que los había para ganarse sus favores), todopoderoso, supremo, soberano, absoluto. Nos corrige sobre cómo hacer las camas, nos da instrucciones sobre cómo peinarnos, baja con nosotros la escalera, vigila que tomemos correctamente las prescritas cucharadas del Colacao con la leche, que acudamos a clase puntualmente, que salgamos de las aulas con diligencia, que nos comportemos en los recreos, no dejemos las lentejas de la comida en el plato… En los deportes, en las horas de estudio, en la misa, en el rosario, en la cena, mientras nos acostábamos. Día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año. Ubicuo.

Todo pasaba por él. Así que parecía natural que él fuera quien nos impusiera la nota, tan temida como, en cierto modo inocua, dada nuestra edad, en “Conducta”. Con nuestros pocos años, salvajes como veníamos de los pueblos, era hasta inevitable que ocasionalmente hiciéramos alguna que otra barrabasada, fruto más de la ingenuidad que de la malicia. Había poca comprensión hacia ellas. Si en el momento del descubrimiento o la delación era el tortazo, la reincidencia podía constituir un suspenso en “Conducta” lo que con facilidad presagiaba una expulsión, quizá para Navidades o fin de curso. Tragedia en el hogar paternal, donde podían transigir mal que bien con un suspenso en inglés -¿para qué quieres hablar otra lengua, hijo?- pero donde se era intolerante con las deficiencias en conducta. Podían pasar por alto la confusión entre “to do” y “to make”, pero nunca que te hubieran pillado copiando los afluentes del Sil. Una mala nota en conducta equivalía a que eras un mal alumno, un mal hijo y vete a saber de qué depravadas acciones más podrías ser artífice. Una contestación en clase, cuchichear –se comía en silencio- en el comedor, entrevistarte con tu hermano mayor a escondidas en la gravera, por detrás de la piscina, era causa segura de amonestación. Una reincidencia, el acabóse. 

La calificación en conducta era una sociedad unipersonal, la del Prefecto de Disciplina. En su persona se resumía el consejo asesor educativo, el comité de coordinación escolar, el claustro de la recta moral y la APA. Como mucho, se supone, que consultaba, como solía decir, con la almohada. Desgraciadamente para él, así como para nosotros, era una víctima, tanto o más que los alumnos de las circunstancias y de su tiempo. Desconozco su curriculum vitae, pero dudo mucho de que tuviera alguna, ni siquiera la mínima, formación pedagógica para tratar con la panda de montaraces que todos nosotros éramos. Tiempos gloriosos aquellos donde el padre prior provincial ordenaba y mandaba inspirado por la tercera persona de la Santísima Trinidad, o al menos eso creía él. Según las capacidades intelectuales mostradas en el estudio de la teología, inexistente la pedagogía, se decretaba que un tal fuera a misiones, a estudiar a Roma o de profesor a las Arcas. Daba lo mismo, si tenías vocación de historiador de la orden o se te daba bien el mandarín. El Espíritu Santo siempre respondía mejor a las urgencias que a las habilidades. Te abrumaba el designio divino para transformarte de la noche a la mañana en prefecto de disciplina en el pabellón de menores de la escuela apostólica y allí te encontrabas, lista en mano, porfiando para que aquellos diminutos cafres conformaran filas aproximadamente rectas. Adiós a la lógica kantiana, la exégesis del Pentateuco o a tus ardientes deseos de convertir paganos en Fukiang. Bonjour Dominique, nique, nique, el gran predicador entre albigenses transformado en sargento mayor de guajes asilvestrados.

Su presencia fue tan total en ese periodo de preadolescente, que cuarenta y tres años después, loor y gloria a Sigmund Freud, algunas noches todavía se me aparece en sueños el bueno de Bonanza. O al menos eso creo. La mano izquierdo en la correa del cinto que ciñe la saya de su hábito, por debajo del escapulario, hace que todo su cuerpo se incline ligeramente hacia ese lado; la otra hace tintinear las llaves. Me lo acabo de encontrar en la escalera que lleva a los dormitorios. “Cóbreces, ¿cuántas veces le he dicho que no corra por la galería?”. 

Ni que decir tiene que, pese a todo, el padre prefecto era una hombre esencialmente bueno. Fuera de su tiempo, como nosotros del nuestro. Un mundo periclitado, el de las vocaciones sociológicas de la posguerra, o quizá el de la acuciante necesidad de huir de páramos y barbechos a toda costa, depende cómo se mire, llegaba a su fin. Pero a nosotros nadie nos avisó y sólo terminamos por saberlo muchos años después. El Vaticano II que, cronológicamente estaba terminado, tardaría años en alcanzar aquellos pagos. Para mayor gloria de D. Miguel Fisac y su iglesia desnuda de santos, tan inquietante para nosotros y tan precursora en su tiempo.

Una quincena de los de las torcidas las filas, nos reencontramos con él varios años después. Para entonces, el Padre Prefecto de Disciplina se había mutado en prior del convento de Ocaña, de nuevo por obra y gracia de la tercera persona de la Santísima Trinidad. El padre Gumersindo Mendoza era un dechado de amabilidad para los jóvenes novicios, desprendido para con todos los religiosos y autor de una labor social única e inigualable con los gitanos de la Villa del Comendador.  Obra que muchos años después ellos recuerdan con cariño y aprecio. Los payos, como nosotros, también. Eso sí, por entonces ya no portaba el dichoso llavero.

Thursday, July 15, 2010

Cinematógrafo

Posiblemente no fuera la primera película que ví en mi vida, debió de haber antes otras más fugaces y menos duraderas pero, desde luego, es la primera de la que tengo clara memoria. Como los perfumes y los sonidos asociados de por vida a un espacio físico concreto, “King-Kong”, la clásica, la de 1933, quedó indefectiblemente asociada a las duras butacas de madera del teatro de Arcas y los 400 niños aspaventados de ver a Fay Wray en las garras del aterrador gorila. El cine de los domingos constituía, circa 1968, al menos una vez al mes, para alguien que como mucho había disfrutado únicamente de precarias exhibiciones cinematográficas ambulantes en una sábana ondulante colgada de la pared de adobe del ayuntamiento de mi pueblo, la entrada en un mundo fantástico, irreal y, sobre todo, rebosante de placer y novedades.

La televisión apenas existía para nosotros en el internado, salvo algunos programas pedagógicos (“Cesta y Puntos”) y el partido de los domingos a las 8 de la tarde. Siempre en el mismo teatro, una diminuta pantalla en blanco y negro apenas visible colocada sobre el escenario, cuanto menos las imágenes. Así que los alaridos de los salvajes indígenas delante de la empalizada de Skull Island y King Kong encaramado al Empire State, en una pantalla gigantesca, resultaron un descubrimiento sorprendente e inolvidable. Con toda nitidez, recuerdo las explicaciones técnicas del P. Isidro Rubio intentando hacernos comprender a 400 preadolescentes recién desertados de siegas y sementeras los trucos que el director Merian C. Cooper –cuyo nombre por lo demás no aparece en los créditos- había utilizado para asustarnos: que si una transparencia por aquí, que si una maqueta por allá. Creo que no entendí ni palota, como solía decir nuestro bondadoso profesor de matemáticas, el P. Regino. Fuera como fuese, hubiera o hubiese un antes o un después, “King-Kong” en las apabullantes imágenes en blanco y negro fui mi bautizo cinematográfico cuasi sacramental. De los que imprimen carácter.

Después vinieron, por ejemplo, “Los héroes de Telemark”, una historia de sabotaje anti nazi en algún país nórdico, que al verla recientemente en algún canal de películas añejas produce ese curioso efecto de una memoria infantil completamente obliterada que de repente, como cuando se ve una foto de la infancia, surge de la niebla espesa de la memoria y comienzas a recordar cada detalle como si estuvieras allí de por vida, gracias a la foto, aunque en realidad no recuerdas absolutamente nada. ¿Por qué misterioso misterio algunas películas, entre las decenas de ellas, quedaron grabadas para siempre –como la del montón recién citada- en nuestra nebulosa adolescencia, mientras otras pasaron delante de nuestros ojos sin dejar ni una sóla huella?

El cuadro de exhibiciones, obviamente, dada la época, lugar y circustancias donde estábamos se limitaba a proyecciones, no necesaria o solamente piadosas, que también, como “Fray Escoba” o “Marcelino pan y vino”, con un supuesto valor ético (¿moralizante?) y, sobre todo, ejemplarizante. No tengo ni idea quién era el selector (¿quizá el P. Rubio?),, ni a que criterios se atenía, pero el elemento pedagógico era ominpresente y el cine, después de todo se supone que los dominicos eran abanderados en la vanguardia intelectual de la Iglesia, era el no va más como modernísimo método de adoctrinamiento. No podían, pues, faltar “El séptimo sello” de Ingmar Bergman, las diversas variantes de Juanas de Arco que en los anales cinematográficos han sido, o alguna osada proyección de Pasolini (no exageremos: “El Evangelio según S. Mateo”). Que Anne Darrow la protagonista de “King Kong” destilara –incluso, o quizá por eso- en blanco y negro una sensualidad exuberante o que nuestro amigo Pier Paolo llevara una vida poco evangélica mientras se encaminaba al matadero de Ostia, escapaba a toda nuestra comprensión infantil adobada en el posbarbecho castellano. Para muchos, justicia geográfica sea hecha, pospradera verdeante asturiana, leonesa o gallega.

Tal era el atractivo de las proyecciones dominicales, a eso de las 4 de la tarde, que el mayor castigo, al menos para mí, que durante la semana pudiera aniquilarte del temido inspector de estudios o del mismísimo prefecto de disciplina (esto si que es una denominación nítida de las responsabilidades jerárquicas y nada de las zarandajas actuales como “coordinador de derechos ciudadanos escolares”, por ejemplo) era la de desheredarte sin la película los domingos. Sin recreo a media mañana, pasable, dar tres vueltas en pleno enero al campo de fútbol con los sabañones a punto de reventar, vale, pero sin cine… Padre Félix, padre Félix que yo no he sido. El P. Félix, el P. Pablo y el P. Llanos y todos sus austeros colegas sabían perfectamente lo que representaba para nosotros disfrutar cuando rugía el león de la Metro o la antena de radio de la RKO resplandecían en la pantalla del nostálgico teatro de las Arcas Reales.

Así que las advertencias “que te quedas sin cine el domingo”, eran el recurso definitivo para que agacháramos la cerviz y nos concentráramos en recordar los nombres de los arquitectos de Santa Sofía en Constantinopla. Isidoro de Mileto y Artemio de Tralles. Esos eran los dos arquitectos de Santa Sofía. Imborrables en la memoria, hasta el punto que me acuerdo del lugar, hora y sitio exacto cuando me salvé “in extremis” del castigo del P. Reyero. Sería por el temor a quedarme sin ver “Harakiri”, aquí los buenos padres –posiblemente porque venía avalada por algún premio en el pecaminoso Cannes- hicieron la vista gorda y el ritual del suicidio quedó grabado tan hondamente como Richard Widmark esquiando airosamente por los fiordos nórdicos para sabotear el agua pesada nazi. Algo que tampoco es de extrañar dado que una vez vendida la katana para sostener a su familia inmersa en la más extrema pobreza, el samurai protagonista se ve obligado a rajarse la tripa con una rama de bambú afilada. Todo ello arrodillado, vestido de inmaculado blanco, inmenso contraste en el marco del fondo negro de las imágenes. 

Sólo 10 años después, todas las mañanas, durante muchos meses seguidos, esta imagen recurrente no dejaba de venirme a la mente cuando camino de mi escuela de japonés bordeaba el Cuartel General de la Fuerzas Armadas niponas, en el mismísimo centro de la capital nipona, donde más o menos por las fechas en que asistíamos horrorizados al ritual suicida y ficiticio de Hanshiro Tsugumo en la película en Arcas, Yukio Mishima se había destripado, pero esta vez de manera real. ¿Qué extraña asociación de imágenes me trasladaba, desde el centro de Tokio, día tras día, a los ásperos butacones de madera chapada del teatro en Arcas? ¿Se trata del mismo mecanismo mental que me hace recordar que la batalla de las Navas de Tolosa acaeció en 1212, sin cuya fácil memorización quizá habría tardado años en sobresaltarme con los cuervos acosadores de Tippi Hedren en “Los pájaros” de Hitchcock?

Sunday, July 4, 2010

Día de las Familias


Para preadolescentes tan arraigados como nosotros a nuestras familias, a nuestros pueblecitos, al campar a nuestras anchas por monte y barbecho, asumir la disciplina del colegio, sobre todo las primeras semanas no era tarea nada fácil. De ahí que no pocos aprovecharan las Navidades para retornar a su terruño. Para el Prefecto de Disciplina era una ocasión pintiparada para decirles a los más díscolos o a los más torpes que se llevaran las mantas –sí, el ajuar del internado incluía- al pueblo, signo inequívoco de que ya no volverían en enero.

Así que los que llegaban al Día de las Familias, a punto de pasar el ecuador del año escolar, salvo catástrofe tenían grandes posibilidades de llegar a junio y, por consiguiente, “más lejos en la vida, hijo mío”. En los primeros años, el Día de las Familias coincidía con la fiesta de Santo Tomás de Aquino, cuando ésta todavía se celebraba el 7 de marzo. Posteriormente, supongo que en razón de la climatología, se cambió a mayo. La imagen adjunta parece confirmar que la primavera todavía no había llegado a orillas del Pisuerga. Pese a todo parece un buen día, soleado, los asistentes van abrigados, pero no en exceso, incluso algún alumno corre en pantalón corto. Los chopos desnudos del Pabellón de Mayores no dejan lugar a dudas de que la intensa niebla de los pinares pucelanos ha dado hoy un respiro. Posiblemente sea marzo del 69, quizá del 70.

Estamos en el Pabellón de Mayores, un lugar mítico para los alumnos del de Menores, donde debe estar todavía Pepe, mi hermano, con su chaquetilla a cuadros y su jersey de cuello de cisne. Era de los pocos días al año, eso que estaban separados por apenas 20 metros, donde los de primero y segundo se juntaban con los de tercero y cuarto. De hecho la prohibición era absoluta. Posiblemente por algún malentendido prejuicio de tipo moral, tipo: los mayores pueden corromper a los pequeños. Corrupción relacionada con temas absolutamente tabú como la sexualidad en general o la homosexualidad en particular.

No obstante, nosotros discurráimos nuestros trucos para pasarnos los mensajes familiares (“mama me ha escrito”, “se ha muerto la Eudovigis”). Bien nos veíamos, a escondidas, por supuesto, a la hora del recreo en la gravera, no muy lejos de donde está tomada la foto o bien, lo que requería una notable sutilidad, aprovechábamos los rezos vespertinos. Al entrar en la iglesia para el rosario de la tarde, los pequeños que entraban más tarde, pasaban al lado de los mayores que ya estábamos sentados. Al adentrarse en la iglesia y llegar a la altura del banco donde yo o alguien de confianza se encontraba, en un abrir y cerrar de ojos, nos intercambiábamos mensajes escritos, las cartas de mi madre o, en casos más osados, la mitad de la pastilla de chocolate que nos había llegado en un ansiado y esperado paquete postal desde Renedo.

Pero el Día de las Familias, no había que jugar a los espías ni confiar –lo de confiar no es banal, ya que algunos aprovechaban para ganar puntos chivándose de nuestro ardid al Prefecto- en los compañeros de banco. Ese día, todos estábamos revueltos en medio de un notable jolgorio. En el campo de fútbol, la tabla de gimnasia o el partido de fútbol está a punto de comenzar, los padres, amigos y familiares esperan la actividad deportiva que nosotros hemos preparado durante semanas bajo un intenso frío. El P. Pablo Fuentes, temido profesor de matemáticas, popularmente conocido entre los alumnos como “El Chopo”, de rostro adusto y larguirucho, era el organizador de aquellas pequeñas olimpiadas, seguidas con notable atención por visitantes y alumnos.

Yo aparezco extrañamente encorbatado lo que me da qué pensar. La siguiente corbata que recuerdo es una muchos años después, en 1990, el día de mi boda, cuando el P. Fonso me enseñó a hacerme el nudo del invento. Deduzco, pues que nunca aprendí a hacerlo, así que mi corbata de adolescente es de las que nunca quitábamos el nudo, simplemente nos limitábamos a apretarlo y a soltarlo, como si de una simple soga se tratara.

Los dos aparecemos con el mismo peinado a raya, aprendido, casi con toda seguridad, en unas clases inolvidables llamadas de “Normas de Urbanidad”, donde aprendíamos un poco de todo, desde como asearnos hasta la manera de coger el cuchillo para cortar el filete de carne. Bastante salvajes como éramos, de donde veníamos, sólo sabíamos usar la navaja, y eso más bien para hacer silbatos con las ramas de los fresnos, la carne, si la había, la solíamos cortar con el único “cuchillo gordo” existente en nuestras cocinas pueblerinas.

Las americanas, reservadas para los días de fiesta como éste, nos otorgan un aire de improbable elegancia, y eso que los “Almacenes Olmedo” de Palencia donde fueron compradas no debían estar a la última moda. En todo caso, comparados con los jerseys sempiternos tejidos por nuestras madres, heredados casi de generación en generación, la chaqueta era un elemento de modernidad que añadido a la elegante curvatura de las fuentes diseñadas por Fisac en las que nos apoyamos parece transportarnos a una veintena de años después.

El Día de las Familias continuaría con el almuerzo campero, conocidos y familiares del mismo pueblo se solían agrupar, como si de una romería se tratara, en las mismas mesas de piedra o en los bancos dispersos por las instalaciones. El punto final lo ponía la velada de la tarde. Casi todos participábamos de una forma u otra. La afamada Coral del Rosario era siempre uno de los momentos estelares de la velada, apreciadísima por todos los asistentes que aplaudían a rabiar sus interpretaciones de cantos religiosos y populares. Otro tanto pasaba con la obra de teatro representada por los cursos mayores. Según los años las obras elegidas, consciente o inconscientemente, hacían caso omiso de las barreras ideológicas. Un año tocaba una comedia, aparentemente inocua, de Mihura, y acaso al año siguiente se descolgaban con una obra de amarga crítica social de Sastre. En todo caso, para muchos de nuestros padres y familiares, cuyo acceso a la cultura se restringía a los feriantes que vagaban ocasionalmente por las aldeas de Castilla, caso de “Barbaché y el Hombre Foca”, aquellas “comedias”, como ellos siempre las llamaban, aunque fueran dramas durísimos como ‘Escuadra hacia la muerte’, siempre causaban una impresión extraordinaria.

Concluida la representación teatral –fueron sin duda la pequeña y muy apreciable semilla que sirvió para plantar numerosas inquietudes culturales en los años venideros- llegaba la hora desoladora de las despedidas. En el patio central los taxis y vehículos desfilaban para volver a sus hogares, mientras muchos más que menos lloraban abiertamente; los más tímidos procuraban esconder sus lágrimas por los rincones de los pabellones ahora silenciosos y desiertos. Para aligerar la carga emocional, se nos dispensaba del estudio nocturno. El griterío habitual del comedor durante la cena se convertía en un silencio sepulcral. A la hora de acostarse más de uno, volvía a soñar con los nidos en los salces de la ribera del río, agarrado con desesperación a la pastilla de chocolate que le habían regalado sus padres. Al sonar el timbre, siete de la mañana del día siguiente, las sábanas eran puro cacao.

Sunday, June 20, 2010

Disciplina, disciplina y más disciplina

El respeto a la propiedad privada era un deber sacrosanto, intocable, que sólo en muy contadas ocasiones toreábamos. Quizá como consecuencia de alguna apuesta infantil o, simplemente, producto de una chiquillería impensada, futuribles gañanes, a cuerpo entero, como éramos. Pero maldad no había en, tras terminar el baño en una de las pozas del río, cuando al final del verano, éste ya no llevaba corriente, aprovechando que el tío Celedonio había regresado a casa para almorzar o buscar una lata de gasolina con la que alimentar el motor de riego, escalábamos una tapia, traspasábamos un linderón hasta el árbol de la fruta prohibida: las manzanas reinetas o el ciruelo de claudias. Llenábamos el regazo de la camisa con un puñado de ellas y a correr tocaban. O cuando a finales de septiembre, atacábamos la morera del abuelo Aniceto, el peral de la señora Eustorgia, los sarmientos de doña Crescencia.

Nuestro manjar preferido era la fruta. ¿Qué interés podíamos tener en media docena de pimientos morrones o un kilo de patatas tempranas?. Hurtábamos por pura diversión, hambre no pasábamos. No mucha, al menos. Era mucho más divertido echar mano a los frutales del prójimo que a los propios. Nos encarnizábamos con la huerta del tío Sinforoso, venganza fácil por habernos reprendido en público lugar, la plaza de la iglesia. Delito de lesa infantilidad: haber volteado las campanas hasta después de la segunda, en la fiesta de la Asunción. Un juego pueril, ocasionalmente arriesgado. Si el tío Indalecio aparecía de improviso jurando por todos los santos y vírgenes de la corte celestial, desde un kilómetro de distancia, la solución era fácil: echar a correr a lo largo del pedregal de la ribera, alcanzar el cauce del río y esconderse tras las sotas y choperas. Si llegaba, ladino y en silencio, hasta pillarnos con las manos en la fruta prohibida, el tiempo de reacción era tan corto que resultaba difícil escapar al azadón, o cualquier instrumento agrario que el damnificado, sin ninguna contemplación, tuviera a bien arrojarnos a la cabeza. Más de uno acabó sangrando por la sien. Aunque fallecidos, la verdad, nunca hubo.

Lo peor venía después. Acusados por el susodicho ante nuestros progenitores, éstos echaban más leña al fuego, las excusas no servían de gran cosa, y no era raro que pasáramos, a modo de castigo, una tarde encerrados bajo llave en el desván o el anexo a la pocilga. Si además el suceso llegaba a oídos del señor cura párroco, la penitencia extra confesional consistía en ponernos con los brazos en cruz delante de la pila bautismal, a la entrada de la iglesia, poco antes de comenzar la eucaristía dominical. Aquel don Tancredo, al pié de la magnífica fuente bautismal del siglo XII, constituía una vergüenza tremenda por la que nadie queríamos pasar. “¡Vaya, Inacito, estaban duras las peras de cuchillo del tío Evilasio”, decía socarrón el molinero, el señor Honorino, tan buena persona como mordaz. Desde los criterios pedagógicos hodiernos, con total seguridad, aquellas correcciones públicas y multitudinarias de las barrabasadas infantiles, serían políticamente incorrectas, denunciables ante cualquier asociación de protección al menor. Hoy día, padre, madre, abuela y cuñados se enfrentarían, abogados y procuradores por medio, al señor Elpidio que osó tirarnos la horca, sin llegar a tocarnos, por un quítame estos cuatro pericos de San Juán.

En aquellos tiempos, la letra con sangre entraba. Con los escobazos inmisericordes de tu madre en el trasero por haber hecho novillos una tarde de primavera, cuando resultaba más atractivo escaparse de la escuela para descubrir los nidos de las perdices en los trigales. O un buen zarpazo en el lomo, con la vara de arrear las vacas, por haberte distraído jugando al aro con los amigos en la plaza, mientras tu padre te esperaba, con no mucha paciencia, en la huerta para ayudarle a cambiar la cebolla del motor de riego. No cabe duda de que, en la actualidad, esto sería considerado maltrato infantil, propenso a que alguna comisión mixta, de alguna junta parental, de alguna comunidad autónoma, vía algún grandilocuente término jurídico, te arrebate la patria potestad. La aldea, pues, se quedaría sin niños. Premios, por el contrario, había pocos. Salvo la satisfacción personal del deber cumplido. Los castigos estaban a la orden del día. El maestro escuela, por no saberte la tabla de multiplicar del dos, te mandaba reescribirla cien veces en una cuartilla; el cura, en la catequesis, por no recitar de memoria el credo, te convertía en monaguillo obligado todos los días de diario, y los padres, por la suma de todo lo anterior, te requisaban la pesetilla con la que comprar cacahuetes en el bar de Abundio los domingos, antes de que comenzara el partido de fútbol en la televisión.

La disciplina se multiplicaba con creces en el internado. Por muchos castigos y penas que hubieras soportado en la aldea, las maneras, libertades y correrías del pueblo eran poco asumibles en las Arcas Reales. En parte porque éramos una masa considerable de más de doscientos niños en el pabellón de menores, la mayoría notablemente asilvestrados. La disciplina a diestro y siniestro era la única forma de domarnos. Si no nos metían en varas, como decía la señora Eufrosina, no terminaríamos nunca por convertirnos en hombres de provecho. Así que aparte de la formación académica, más o menos adecuada, que allí recibimos, el internado se asemejaba, además, o ante todo –depende de la frágil memoria de cada uno- a una escuela de cadetes donde la mayoría de las actividades se realizaban a tambor batiente, a ritmo de disciplina militar. Empezando por el espacio geográfico que se nos asignaba y sopena de incurrir en falta gravísima. Acaso perdonable la primera, si no tenía connotaciones morales, pero no la segunda. El pabellón de menores, en el exterior, quedaba limitado por el perímetro de los campos de deporte. En los edificios, por las dos alas de las clases con sus canchas de baloncesto encajadas entre ambas, el gran corredor bajo los dormitorios donde solía haber mesas de pingpong para entretenernos los días de lluvia, los dormitorios y el comedor. En el estrecho marco de esa restringida geografía infantil, salvo excepciones muy contadas, pasábamos los trimestres completos, día a día, semana tras semana. Los años. ¡Años! Haciendo y deshaciendo filas, cautos para no infringir las normas, en la suma de infinitas horas de silencio: las del estudio vigilado por la superioridad, por supuesto los de la capilla, cuya infracción, evidentemente, lindaba con supuestos pecados mortales. Silencio también en los dormitorios, en las clases, en el comedor. Filas y más filas, sigilos y más sigilos, como hilo conductor de la existencia (¿supervivencia?) en el internado.

El silencio más chocante se producía en el comedor. Acostumbrados a la algarabía de los almuerzos en el pueblo, todos picando de la misma cazuela familiar rebosante de torreznos, porrón de vino al gaznate con doce años, nunca terminábamos de acostumbrarnos a aquel misterioso murmullo, inmediatamente acallado por el P. Mendoza (“Candanedo, ¡póngase de pié!”) mientras nos sentábamos en las largas mesas a la espera de que los servidores, nuestros propios compañeros en riguroso turno, nos ofrecieran el plato de lentejas (¡ojo a los bichitos que flotan!), requemadas en su olor a tabaco, y la gruesa, qué digo gruesa, inmensa, espesísima tortilla de patatas. Siguiendo una antigua regla monástica –desconocida para nosotros-, de principio a fin, la mayor parte de comidas se hacían en irreprensible silencio, mientras desde un micrófono el padre prefecto de disciplina o un alumno aventajado leía la vida ejemplar de algún santo o nos deleitaba con una narración piadosa. Ocasionalmente, cuando en la, para nosotros ajena actualidad, se producía un acontecimiento que el prefecto consideraba importante, pasábamos de las hazañas del P. Berriochoa en la Cochinchina al relato periodístico del Diario de Valladolid. O más bien, al corta y pega de la agencia Cifra en sus tintas corridas y papel de pésima calidad.

Así que yantar tras yantar, seguimos, embelesados y espectantes, la epopeya de supervivencia y rescate del Apolo XIII. Del 11 al 17 de abril de 1970 secundamos las peripecias de Novell, Swigert y Haise y sus heroicas habilidades para resistir en el espacio exterior la carencia de oxígeno y agua. De repente, ya no era necesario acudir a la exigua biblioteca del aula de manualidades. Julio Verne servido entre los filetes rusos y la rolliza tortilla de patatas, tan exquisita que la boca se nos hacía agua.

Había una invisible frontera, absolutamente infranqueable, entre el pabellón de menores y el de mayores, una línea que continuando el eje de la iglesia, arrancaba en la frente de Nuestro Padre Santo Domingo, mascarón de proa, que Miguel Fisac, en una de tantas de sus genialidades, a modo de faro iluminador, había hecho volar en lo más alto del oval que formaba la cabecera del templo. La línea proseguía hacia el sur, bien recta, dividía la platea del teatro en dos, al oeste los mayores, al este los menores, cortaba los vestuarios y la piscina por su mitad exacta, haciendo otro tanto en la gravera. Ésta era un hondón irregular, en las lindes del pinar, que servía de escombrera. Mientras a nadie se le ocurriría atravesar la raya a la altura de la iglesia y el teatro, el camino más corto entre los dos pabellones, la gravera era espacio de intensos intercambios cotidianos, durante el recreo de primera hora de la tarde.

Allí los paisanos del mismo pueblo, residentes en pabellones diferentes, aprovechaban el relativo escondite de los cipreses que rodeaban la piscina y la notable mole del teatro para intercambiar las recientes novedades acaecidas en su pueblo, en las faldas de la sierra abulense; los que habían sido amigos inseparables en el mismo pabellón y ahora se veían alejados por pertenecer uno a segundo y otro a tercero, aprovechaban la hora de la siesta para intercambiar tebeos o los cromos más requeridos por su escasez. Los de equipos recién ascendidos de segunda o las estrellas rutilantes del Madrid. Mi hermano, en segundo, a la vez que aprovechaba para sonsacarme una ínfima parte de mis ínfimos ahorros, me pasaba la carta que recientemente le había llegado de casa, haciendo yo otro tanto con la que mis padres me habían enviado a mí (“se ha muerto doña Crocasia, el tío Ascindino ha emigrado a Valladolid, tu tía Angustias no ha vendido todavía la remolacha azucarera”). Otras veces, la gravera se transformaba en improvisado campo de juegos o insultos, donde los de un pabellón acosaban a los del otro, siempre con la línea divisoria presente e imperceptible, con una ráfaga de piedras y latas quemadas, todo por insignificantes excusas. Renacuajos, id a vuestro pabellón; los asturianos sois más de pueblo que las amapolas, Amancio da cien vueltas a Reixach. Rara era la vez que el prefecto de disciplina o uno de sus ayudantes aparecían por allí. Pero si esto sucedía y alguien era sorprendido “in fraganti”, el castigo menor era quedarse sin cine el domingo siguiente, incluso –la madre de todos los castigos- verse privado del próximo asueto. En casos que se consideraban graves, de moralidad sospechosa –aunque con 12 años no teníamos la mínima noción de tan indecente pecado mortal, siempre sobrevolaba el estigma nebuloso de la homosexualidad- llegaba la amenaza, a cumplirse en las próximas vacaciones, de la denigrante expulsión. Acompañada de la vergüenza insoportable que la expresión “recoge tu aparador y dobla tu manta” acarreaba.

Había otro método mucho más arriesgado de pasarnos mensajes entre amigos, hermanos o paisanos. El rezo del rosario vespertino y la misa diaria matinal entrañaba que todo el colegio, mayores, menores, padres, profesores y visitantes confluyéramos al menos dos veces; en tiempos de exposición del Santísimo tres, en el exquisito templo de Don Miguel. Sus resplandecientes paredes de ladrillo desnudo, tan insólitas y extraordinarias, comparadas con las estrambóticas mezclas kitsch decimonónicas y barrocas de las iglesias de nuestros pueblos. Aquí la luz llegaba exclusivamente, transparente y límpida, por los laterales del altar. El escenario de los miles e interminables rituales litúrgicos a los que asistimos, iluminados con la luz diáfana y transparente de las primaveras pucelanas. En las capillas, seguramente alguna de las mínimas concesiones de Fisac a los padres provinciales que le dieron cancha, tan incomprendidas como impresionantes esculturas de madera, atractivas y temidas hasta el aspaviento. No era nada fácil entrar a confesar nuestros pecatta minuta (“padre, me he peleado con Jesús -mi compañero- no el otro”, “he copiado en clase de matemáticas”, etc.) bajo la aterradora expresión, dedo amenazador en alto, del S. Vicente Ferrer de Carlos Ferreira.

Como la entrada, dependiendo de si se venía del pabellón de menores o mayores se hacía por dos puertas diferentes, siempre un grupo antes que el otro, al pasar por el que ya estaba sentado, se deslizaba un trozo de folio al primero de la fila, quien ya sabía que recorrido tenía que hacer el recorte para llegar a su destinatario (“me ha escrito mama y me dice que el señor Desiderio le ha pegado una coz la vaca, no podrá hacer la sementera”, “te espero mañana a las dos en la gravera”, “el P. Felices me ha castigado y me ha puesto de pié encima del pupitre”). Mensajes tan banales como ingenuos. Seguramente evocados en el recuerdo, porque el temor que nos infundía la prohibición, y sobre todo el que fueran interceptados por la autoridad, era tal, que quedaron registrados para siempre en algún sombrío rincón de la memoria.

Los rarísimos días, especialmente en los primeros años, en que se nos permitía salir a Valladolid con motivo de alguna festividad religiosa o la celebración de algún acontecimiento deportivo especial, las temibles prohibiciones caían en desuso y carentes de barreras cada oveja volvía con su pareja. Los del mismo pueblo o de los cercanos se juntaban con sus paisanos, los hermanos con los hermanos, los amigos más mayores con sus amigos pequeños. Estas desbandadas pucelanas, vueltas y revueltas por el Campo Grande o los aledaños del Paseo Zorrilla, no siempre tuvieron un final feliz. Recién llegados de los pueblos, donde la tienda más grande era la de ultramarinos del señor Severino y la camioneta de venta ambulante del señor Leocadio, delante de los comercios de Valladolid, intocables para nuestros menesterosos bolsillos, los ojos, como decíamos en expresión de la época, se nos hacían chiribitas ante tanto esplendor, luces y abarrotamiento de golosos productos. En un alarde de consumismo infantil adquiríamos, como mucho, alguna golosina o un tebeo de El Capitán Trueno o Hazañas Bélicas. Pero allí estaba Simago, tentación fácil con dos o tres plantas, colmadas de juguetes, elepés, ropas. Además podíamos manosear todo, remirarlo y volverlo a dejar más o menos en donde lo habíamos tomado. Algunos no. Prefirieron esconderlo debajo del jersei. Algún insignificante artículo: unas gafas, quizá algún libro de aventuras. Pero ya entonces había guardias de seguridad, figura de ley y orden, ingenuamente desconocida para la mayoría de nosotros. Llamada al colegio, venida en urgencia del prefecto de disciplina, petición de disculpas, bochorno masivo, pánico total. Resultado, media docena durmieron por última vez, aquella noche, en el internado. Podía uno ser un estudiante mediocre, incapacitado para formar parte de la coral, inservible para correr en el campeonato de cross, pero hurtar era lo último que se podía permitir en un internado con tal reputación, ontológicamente religioso por más señas. Sin duda, uno de las faltas mortales más graves en el florilegio moral al que se nos exhortaba para su obligado cumplimiento.

Otro hurto, éste insospechado incluso para los mismo autores, pero de una gravedad no menor, y de una amplitud considerable, ocurrió durante una de las visitas a la magnífica finca de La Mejorada, en las cercanías de Olmedo. Poco nos preocupaban los restos de la iglesia datados en 1396 o que fuera objeto de una las primeras declaraciones de Bien de Interés Cultural en 1931 . Habitada por una decreciente comunidad, veteranos misioneros de la Cochinchina, que ahora ejercían las funciones de imposibles guardianes. Durante la jornada, negligencia del tutor de la excursión o confianza plena en nuestra integridad moral, nos dejaron campar a nuestras anchas por viñedos, cementerio, tapias y celdas. Aquello no era Simago, pero de alguna forma se asemejaba. Además no había sigilosos guardias jurados. Entramos a saco en las celdas que, genuinamente, creíamos abandonadas. Cada cual arrampló con lo que le plugo. Poco a poco se fueron formando corrillos donde cada cual exhibía sus trofeos de guerra. Alguien una maquinilla de afeitar eléctrica, aunque todos éramos barbilampiños, otro, cuadernos, alguno, ininteligibles libros de teología o espiritualidad, otros, impecables bolígrafos bic, estampas religiosas, fotografías sepias con imágenes de lejanos paganos achinados convertidos a la verdadera fe. El botín era inmenso. Habíamos encontrado un tesoro escondido y nadie nos advirtió que aquellos bienes tenían propietarios que por alguna ignota razón no aparecieron en todo el día por sus habitaciones. Nosotros creímos que el caserón estaba abandonado y sin la menor reticencia tomamos posesión de todas las pertenencias existentes tan llamativas a nuestras miradas infantiles.

Hasta la hora de la cena, ya de vuelta al internado. Cuando el expolio salió a la luz. Formación militar, filas atemorizadas en el corredor inferior del pabellón, azaroso silencio. Prácticamente, todos los excursionistas, uno por uno, habíamos tomado parte en el saqueo. Piratillas inesperados de un día de asueto a punto de convertirse en protagonistas indeseables de una tragedia escolar, familiar y quien sabe si mundial. Otra fila más en aquel amedrentado anochecer, para pasar por la celda del P. Reyero, encargado de nuestro dormitorio. Uno a uno. Para dar explicaciones, pedir mil perdones, dolores de atrición y contrición, me arrepiento hasta el fin de mis días, no cometeré otra vez este acto reprobable. Ya se sabe que la ignorancia de la ley no exculpa el yerro. Devolución de todos y cada uno de los objetos. Como los implicados éramos tantos, fuera por acción u omisión, no resultaba conveniente el que expulsaran a ciento y pico internos. Así que por la generalización de la culpa, fuimos redimidos los individuos.

En silencio, filas, más silencio y más filas, asimilamos lo que vocablos como disciplina, mortificación, docilidad, sumisión, obediencia y jerarquía significan. Con el paso de los años, he afirmado por doquier que el internado no sólo no me creó ningún trauma irreversible, salvo que Freud piense otra cosa, antes bien, estoy plenamente convencido que me convirtió en un hombre de provecho. Justamente, lo que preconizaba la señora Eufrosina. Creo yo. Simago y La Mejorada aparte, pese a quien le pese, incluso con todos los errores pedagógicos y existenciales que entrañaba vivir en la década de los setenta. A fin de cuentas, nuestro asilvestramiento pasó a mejor vida, la de nuestra buena educación. De aquella jornada aciaga en La Mejorada guardo un diminuto botín tangible. Un diminuto libro, La Imitación de Cristo, de Tomás de Kempis, el ex libris lleva una fecha enigmática, de autor desconocido. 3 de agosto de 1932. Tan misteriosa como la manera en la que pude convencer al padre Reyero que yo sólo había hurtado unas cuchillas de afeitar. Que, claro está, le devolví.

Sunday, June 6, 2010

Profesores de la Escuela Apostólica

Me privan los misterios, los alienígenas con sus platillos volantes, forasteros interestelares que han creado misteriosas civilizaciones, más tarde barridas por las tempestades inmisericordes de la historia. Presumiblemente porque sus mentores extraterrestres han desaparecido para crear, en otra galaxia lejana, una nueva cultura que a su vez desaparecerá, más tarde o más temprano, en la furia de continentes sumergidos, como la Atlántida. O simplemente sobrevolados para perfilar extrañas figuras desde las alturas, como en Nazca. También se me ocurre que Jesús no murió en la cruz, antes bien, fue sacado a escondidas de Palestina y terminó por pasar a mejor vida en la intrigante Cachemira. Otros aseguran que un montículo atestigua como pasó sus últimos días en en Akita, la provincia norteña de Japón. Es tiempo de ingenuas creencias. Con trece años, la ficción de “Planeta rojo” es fácil travestirla en cotidiana realidad, a la vez que imagino, con Julio Verne, cómo alcanzar la luna.  El mecanismo de Antykthera herencia directa de los carros de los dioses, que en la noche de los tiempos, descendieron sobre Siracusa y entregaron a Arquímedes inescrutables secretos en torno a eclipses planetarias, el perigeo del Sol y la Luna y la datación de los juegos olímpicos en Grecia.

Con su voz ronca, gutural y restallante como un látigo, el P. Antonio Felices me señala, mientras escruta nuestros rostros atemorizados, con el índice, pero sólo porque estoy en las primeras fila de la clase, mientras describe con todo lujo de detalles como ha observado el ovni sobre los cielos de la vecina Tudela de Duero: “saqué un telescopio de 180 aumentos. Al mirar por él, el objeto, que en un principio tenía una forma esférica, pasó a tener una forma triangular, o de punta de flecha, con una especie de panza en su parte inferior. Y, aunque estaba estático, hacía un movimiento pendular. Se trataba de un objeto oscuro, del color que podrían presentar los cañones de las escopetas”. Todo lo que dice el P. Felices me resulta cómodamente creíble. Tanto que termino por ser su inesperado corresponsal, cuando una madrugada del verano de 1969, tomo nota de las visiones que doña Concha, una vecina del pueblo, a la que muchos consideran que no está en sus cabales, dice haber observado a las cuatro de la mañana, sobre la vertical de Villaeles de Valdivia, un extraño objeto, de forma indeterminada, zigzagueando por el firmamento estrellado, a la vez que arrojaba un extraño resplandor.

Sabe de sobra que nos aterra con sus historias de marcianos. Quizá no sea la pedagogía más ortodoxa, pero raramente osamos saltarnos la estricta disciplina del silencio ante el pavor de que, cualquier día de éstos, seamos abducidos por naves ovaladas en forma de cigarro puro. En su extensa gama de narraciones, nos resulta complicado discernir si cuenta terrores reales o fantasías ficticias. Se regodea en nuestro temor, al contar historias de fantasmas y resucitados, de lunáticos asesinos, cercanos extraterrestres que cualquier atardecer pueden sorprendernos si nos aventuramos en el pinar de Antequera. El P. Felices es un experto en la ciencia ficción que él asegura es incógnita realidad. Incluso T.V.E. le acaba de entrevistar en su pequeña celda, donde apenas cabe una de las cámaras y su madeja de cables para su canal en UHF. Ha sido protagonista en diversas tertulias del género y es considerado uno de los mayores entendidos de ovnis en España. Con el añadido de que sus comentarios están matizados por perspectivas filosóficas y teologales. La segura, afirma, existencia de otros mundos desconocidos para nosotros, incluso existentes en el nuestro, en otra dimensión, tamizados por las comunicaciones telepáticas y las bilocaciones de extraños seres con tres ojos en la frente. ¿Habrán sido redimidos por la muerte y crucifixión de Cristo, o no habrán tenido esa imperiosa necesidad? ¿Están concernidos, puesto que no son de este mundo, por el pecado original de Adán y Eva? O más bien, ¿están libres de tal lacra?.

Y aunque no tiene nada que ver, además, el P. Felices es nuestro profesor de inglés. Parece que antes de ejercer su magisterio shakesperiano en la escuela apostólica residió en Hong-Kong, lugar recóndito y misterioso en nuestras restringidas fronteras mesetarias. Algo de vocabulario, supongo, he aprendido con él, aunque a regañadientes nos preguntemos para qué sirve el ingles del método Mangold (“This is a pencil”).  Sobre todo, con el P. Felices, sin que él lo advierta, me he hecho fiero converso de las buenas causas del espacio exterior. O séase, Ezequiel ha dejado de ser un profeta, para transformarse en puntilloso narrador del aterrizaje de naves extraterrestres. El Antiguo Testamento refrenda a Erich Von Daniken. O más bien al revés. Escucho el andar rotundo del P. Felices, sus pisadas firmes, adivino su oronda figura avanzar decidida por el pasillo de las clases de tercero en el pabellón de mayores. Me concentro en el genitivo sajón. El P. Felices tiene la mala costumbre de insuflarnos espanto cada vez que entra en el aula. Con su sóla presencia. Bien, sin previo aviso, nos encasqueta un examen de vocabulario elemental, rellenando los puntos suspensivos en frases como “The book is … the table” (¿At, in, by, on?), bien, al menor descuido, en cuanto percibe a alguien de la última fila cuchicheando con su compañero de pupitre, su voz tronituante termina por implantar un silencio tan asombrado como temible: “Gamarra, de pié encima del pupitre”. Por hablar.

Detesto las matemáticas. Un martirio permanente en mi senda para convertirme en hombre de provecho. Las que venían en la Enciclopedia Álvarez de Segundo Grado son las únicas que he entendido a medias. Ejercicios sencillos como sumar, restar, quizá alguna raíz cuadrada de un par de números y, paremos, nunca mejor dicho, de contar. ¿Será algo genético? Para mi fortuna, en esta incomprensible marejada de binomios, polinomios y otras figuras ininteligibles, se acaba de cruzar el P. Regino Borregón. No me resulta difícil imaginarlo sentado en un tractor, gradeando los gélidos páramos abulenses, o vadeando un arroyo tras el rebaño de merinas. De porte más bien bajo, tez muy morena, pelo oscuro, recio y rostro lleno de arrugas no desmerecería, por la apariencia, de cualquiera de mis paisanos, ocupados en la sementera, este septiembre de 1968, mientras yo sufro con los ignominiosos quebrados.

Con cualquiera de las repetidas reformas escolares sufridas, de repente, los libros de texto, sean de lengua, manualidades o física han dejado de ser, eso, libros de texto. Ahora vienen todos edulcorados con más estampas, textos recortados en los márgenes de las páginas, para resaltar que Cervantes estuvo en poder de los corsarios o que la catedral de Chartres posee uno de los rosetones más extraordinarios del arte gótico. El de matemáticas no podía ser menos. A diferencia de la simpleza de la Enciclopedia Alvarez, el texto viene con una abundante disposición de gráficos, diagramas, bocetos, croquis y dibujos. Lo cual, si cabe, realza las dificultades. Sospecho que al P. Regino tantos adornos tampoco le agradan. Su carácter se asimila más al de un sencillo maestro escuela que con un docto profesor de instituto. Ponga como ponga el libro, por más vueltas y revueltas que dé a las hojas, todas esas curvas que ondean entre los ejes X e Y seguían siendo tan enigmáticas como antes. El P. Regino, hombre llano y bondadoso donde les haya, no ceja en su intento de que yo comprenda, aunque no soy el único, la importancia de las ecuaciones de primer grado para mi vida de futuro aspirante a misionero en el lejano oriente. Pero como si nada. Mi imaginación va por otros derroteros y las matemáticas me resultan bien ajenas. Cada evaluación termina por advertirme, sin acritud ni desesperación: “Cóbreces, le apruebo por pura bondad”. No le falta ni un ápice de razón. O quizá le da vergüenza, o pena, de que los sobresalientes y notables en lengua, religión, historia se vean lastrados por el suspenso ajustado, o el aprobado raso. Entre el cuatro y medio y el cinco veinticinco se mueven todos mis escasos conocimientos de álgebra.

El P. Regino es una brazada de benevolencia. Campechano como ninguno, no le importa arremangarse el hábito y ponerse a disputar un partido de fútbol con toda la plebe de alumnos en pos del balón. Durante los asuetos, lo mismo nos enseña a esculpir una barquichuela con la corteza del piñonero, navaja en mano, que se pone a cocinar la paella, a la sombra de los pinos, en los arenales de Simancas. O a servir el dulzón líquido anaranjado del garrafón, que a modo de elixir exquisito degustamos con fruición los días de asueto. Tras sus gafas de espesa concha negra, se esconde una mirada, sin duda paternalista, como no puede ser de otra manera en esta época que nos toca vivir, pero sobre todo benigna, afable, acogedora. A medias entre hermano mayor y abuelo. Se ve a cien leguas que nuestros orígenes vienen del mismo lar castellano. Austeridad y honradez van parejas con amparo y cobijo. La mayoría del resto de profesores también son de nuestros pueblos, o de aldeuchas vecinas idénticas a las nuestras, pero los estudios de filosofía o la paternidad espiritual les han mudado en perdonavidas, con una miaja del engreimiento que otorga la autoridad absoluta con la que nos gobiernan. Aunque las matemáticas no me pertenecerán nunca, el P. Regino es de los míos. Sin duda.

Un capitán de barco sale de pesca, con cuatro marineros a bordo, iza las velas en la bocana del puerto, a la captura del bonito. En la bahía cercana pescan 9 peces que se dividen a partes iguales,  dos bonitos por pescador, aunque el capitán, como es lógico, se lleva tres. Cuando vuelven al puerto, dos de ellos entregan los peces a sus mujeres para que los cocinen, otros dos los cocinan ellos mismos, el quinto, que no es otro que el capitán, los guarda en la nevera. A través de esta pequeña historieta que el P. Isidro Rubio se ha inventado sobre la marcha, descubro, aunque entonces no sea capaz de denominarla en tales términos, la importancia de la tradición oral en la literatura. El profesor se la cuenta en un murmullo al primero de la fila, en la clase A de cuarto. Pasa por Candanedo, Catón, un servidor, Durantez. Siempre contada en un susurro. Con los labios pegados al oído para que el vecino no la oiga. Cuando el último de la clase la narra en voz alta para todos, la descripción original de la pesca es un batiburrillo incomprensible donde han aparecido cazadores disparando a los atunes, la barca se ha esfumado y el capitán se queda con todos las capturas. Y sólo somos 28 narradores los que nos hemos pasado la historieta en menos de un cuarto de hora.

Pedagogía relativamente intrascendente para hacernos comprender la importancia de la tradición oral en el Mío Cid y en las decenas de versiones con que algunos poemas del romancero español han sobrevivido a través de las centurias. Pero la lección queda bien aprendida. Muchos años más adelante este fugaz episodio escolar me revendrá en incontables ocasiones cada vez que los cuatro testigos de Rashomon cuentan el asesinato del samurai y la violación de su esposa en cuatro maneras absolutamente diferentes. O cuando el P. Stock del Istituto Biblico Pontificio nos apunta la complejidad de las tradiciones dentro de las primeras comunidades cristianas en la conformación del proto Mateo hasta derivar en la concepción de la divinidad de Cristo.

El P. Rubio es de los profesores más jóvenes, posiblemente, en este año del Señor de 1970, no lleve más de media docena de años en la docencia. También ha sido profesor de literatura en segundo. Se nota su imparable entusiasmo por transmitirnos la importancia de Garcilaso de la Vega o la necesidad insoslayable en leer El Quijote. Tomo, que para qué engañarnos, nos repele bastante por su grosor y su castellano obsoleto. Todos decimos que en el verano lo leeremos, tal es la trascendencia que nuestro profesor le otorga. En verano, sin embargo, tenemos asuntos de más enjundia en los que ocuparnos. Entre otros, agavillar la mies que siegan nuestros padres o echar bezos  a las ovejas en la tinada, cuando retornan hambrientas de recorrer los rastrojos resecos. Cierto o no, al P. Rubio le atribuyo, sin que me quepa la menor duda, el haber conformado una educación literaria notable, un cariño por la letra escrita que no creo haya encontrado, jamás, en otros profesores, anteriores o posteriores. Esto es lo que tienen los buenos profesores, que sin saberlo dejan huella. Se engrandecen en nuestras vidas, se vuelven añejos, incluso olvidados, con el paso de los años, pero de alguna manera sus enseñanzas rezuman por los poros de nuestra débil memoria.

Gracias a él, participé en un concurso de cuentos de Coca Cola
en Valladolid. Mi única ganancia fue una bolsa de deporte con el logotipo de la
famosa bebida. Pero mi narración, cursi como ella sóla, hablaba de mariposas,
flores y primaveras, se publicó en “Cumbre”, la revista del colegio. Cuando
ocasionalmente me topo con ese número, inesperado superviviente de más de 15
traslados, aunque ligeramente deshilachado, no puedo sino evocar los misteriosos
meandros de la memoria que permiten retomar, sin razón aparente, una enseñanza
aparentemente trivial y, al mismo tiempo, envían otras al purgatorio del olvido
y la amnesia. 

Nota foto: El padre Felices en Valladolid (España), probando la resistencia de un cristal similar al que fue perforado por un ovni en 1975 (caso Emiliano Velasco). Foto: J.J.Benítez

Monday, May 31, 2010

Aspirantes

La galería del pabellón de menores es inmensa, majestuosa con su fila doble de columnas amarillas. Efectivamente, tal y como había asegurado el P. Santiago, las mesas del exótico juego del ping-pong están allí, en la parte derecha. El pequeño grupo, guiado por la voz ronca y profunda del P. Gregorio Buena, quien parece actuar como ayudante del prefecto de disciplina, sube al dormitorio del primer piso. A cada uno se nos asigna una cama y un aparador diminuto. Pese a todo, éste resulta excesivamente grande para el puñado de cosas que portamos en nuestras maletas. A mí me corresponde la cuarta cama más cercana a la habitación, hay una en cada extremo del dormitorio corrido, donde se resguardan tras unas misteriosas cortinillas, el prefecto de disciplina y su ayudante. Por turno, se encargarán, cada noche, de apagar las luces hasta que todo reste en absoluto silencio. Por las mañanas, el del otro extremo, se turnan ambos en estas tareas, vigila que, una vez suena el timbre, todos acudamos rápidamente a los cuartos de baño comunes para asearnos. Basta con lavarse la cara y las manos, antes de bajar a desayunar. La ducha queda reservada para cuando, después de la comida, hagamos deporte. Y no siempre.

En el listado de útiles requeridos según la carta donde se nos invitaba al cursillo, aparte de una muda para la semana –sólo nos cambiábamos de camiseta y calzoncillo los lunes por la mañana-, un par de pantalones, tres camisas y cuatro pares de calcetines, el bañador para la piscina y un pantalón corto de deportes, hay también varios objetos que son completamente nuevos para mí. Para empezar,  la mismísima bolsa de aseo con su cepillo de dientes y la pasta profidén. Eso no es exactamente lo que pone en el tubo aunque así es como mi madre lo ha pedido en la tienda de Saldaña. Lo mismo que en el bar del pueblo los mayores piden una fanta al señor Abundio, el cantinero, y éste siempre les sirve una botella con una bebida anaranjada, sea cual sea la marca, lo del profidén parece responder a los mismos principios de generalización. El mío, aunque se denomina Licor del Polo, es profidén y así lo será durante los cuatro próximos años de internado. En cualquier caso el artilugio, jamás usado por muchos de nosotros antes, salvo por quienes proceden de las capitales, es toda una novedad. El padre prefecto pasará durante toda la semana, por las mañanas y por las noches, por los cuartos de baño comunales, para explicarnos como frotar correctamente el cepillo sobre las encías.

El segundo objeto es, asimismo, otro cepillo. Éste para abrillantar los zapatos. A diferencia del de dientes, éste ya le conocía, únicamente que su uso quedaba restringido para adecentar los zapatos de charol, poco antes de ir a misa, en la fiesta del pueblo y, si acaso, en alguna otra rara ocasión donde sacábamos a relucir nuestras mejores galas, el Domingo de Ramos, Pascua Florida, Corpus Cristi y poco más. Ante la extrañeza de muchos de mis nuevos compañeros, a la crema negra que hay dentro de la cajita redonda con la marca Búfalo, vuelta a las generalizaciones de la fanta y el profidén, yo la denomino serbus. Las razones por las que en mi comarca, el betún porte tan curioso nombre es un asunto que desconozco. La palabra, aunque todavía usada actualmente por los viejos de los pueblos, ha caido en desuso. Los compañeros riojanos, burgaleses y abulenses la usaban lo mismo que nosotros, los palentinos. Quizá fuera otra marca genérica de la época, en una época donde tan pocas marcas existían. No recuerdo que fuera usada por los asturianos, siempre tan numerosos como tribales en sus agrupamientos por paisanaje, con su vocabulario tan peculiar para nosotros, guajes más acá del puerto de Pajares,  y su acento que calificábamos como gallego. En realidad, todo lo que estuviera más allá de los Picos de Europa, incluida la parte norte de León y, por supuesto, los ponferradinos y maragatos, también muy numerosos, eran gallegos. Como es bien sabido, cuando el franquismo apenas si mostraba alguna hendidura, década de los sesenta, las fronteras autonómicas sólo estaban marcadas en nuestros libros de geografía por graciosos dibujitos, iconos que dicen ahora. En el sureste peninsular, pongamos por caso Murcia, se cultivaba el gusano de seda y entre Gijón y Oviedo aparecían minas de carbón. En la meseta, espigas de trigo. Las lenguas propias, los derechos forales y las asambleas autonómicas eran meras entelequias.

Comienzan las instrucciones del P. Buena, más bondadoso que inmenso, lo que dado su ancho porte es pura redundancia, sobre cómo tenemos que disponer de nuestras escasas propiedades en el exiguo armario. “Pongan las zapatillas de deportes en la parte inferior”, su voz retumba a todo lo largo y ancho del dormitorio corrido. Resulta chocante que nos trate de usted, de la misma forma que nosotros nos dirigimos en el pueblo al cura, al maestro, claro está, y dependiendo de familias, a nuestros abuelos y, en casos extremos, hasta a nuestros padres. Las primeras veces que nos trata de usted nos observamos unos a otros, miramos en derredor, a ver a qué personajes tan importantes se dirige. Pero como todos, los que nos afanamos por ordenar el aparador –otro vocablo ligado por siempre al internado-, somos de la misma edad, parecidad estatura y los únicos que le pueden oir, terminamos por sentirnos aludidos.

El aviso de los zapatos no es del todo irrelevante. En nuestras casas es la mama, que no mamá, quien siempre realiza estas tareas de ajustes en las alcobas y, como es de esperar, algunos de nosotros hemos comenzado por poner los zapatos entre la muda y la bolsa de plástico que contiene el cepillo de dientes y la pastilla verdosa de jabón Heno de Pravia. Un pequeño revoltijo donde el pantalón de deportes, que mi madre ha zurcido con tanto esmero desde dos retales dispares, más o menos del mismo color, tambien sirve para envolver la pastilla de “chocolate de hacer” Mata, tan dura que ni siquiera la calorina que, en este mediados de julio, abrasa las riberas del Pisuerga ha conseguido ablandar lo más mínimo.  Esta noche, cuando apaguen los fluorescentes, reine el silencio, pienso dar cuenta de una buena parte de ella. Colocadas todas las cosas en el armario y la maleta encima del mismo, comienza la visita guiada a las instalaciones.

Comenzamos por la extraña iglesia de paredes desnudas. A diferencia de las iglesias de nuestros pueblos superpobladas de imágenes, retablos, santos y vírgenes de toda especie y condición, aquí sólo destacan las numerosas filas de bancos y al fondo una claridad extrema. El altar anegado de tanta luz, penetra desde dos vidrieras laterales entre blancas y amarillentas, que hasta la misma imagen en piedra retorcida de Santo Domingo y la Virgen del Rosario, colocada a media altura, a modo de frugal retablo, parece diluirse en la intensa claridad de la luz vespertina. No hay ni más santos ni más escenas bíblicas. El altar está dispuesto para que el celebrante se ponga de cara a los fieles. La sobriedad y desnudez de todo el conjunto es tan excesiva que por un momento tengo la impresión de que alguien ha arramplado con esculturas, cuadros, pendones y cruces procesionales tan abundantes en nuestros pueblos. Las paredes laterales completamente desvestidas, salvo por diminutas representaciones de las estaciones del calvario.

Pero no, en el interior de algunas capillas laterales avistamos extrañas imágenes de madera, cuya simplicidad y ascéticas posturas, tan diferentes del barroquismo de nuestras parroquias, nos atemorizan con sus inquietantes figuras. Sobre todo, una que dicen representa a San Vicente Ferrer, el insigne santo dominico y valenciano, martirio de herejes y judíos (no, esta particularidad no se nos detalla en la visita guiada). El artista ha esculpido, de un tocón retorcido, una temible imagen, amenazadora, donde no se sabe que me produce más miedo si su inquietante dedo conminador o el aspaviento de su boca entreabierta. Algunos meses después, la estatua será retirada de su capilla y entre los estudiantes correrán diversos rumores sobre las razones por las que el intrépido predicador desaparezca de nuestra ya austera iglesia. Las buenas lenguas dirán que para evitar que los internos más propensos a las turbaciones no pasen de largo mirando la capilla de reojo, otros afirman, las malas lenguas, que entre los padres ha surgido una disputa sobre la idoneidad de representar al santo en semejante guisa.

Ante nuestra mirada infantil, todo nos parece gigantesco e imponente. El inmenso salón que hace las veces de comedor, con sus enormes mesas y bancos corridos donde al menos caben una quincena de estudiantes por cada lado, no se queda a la zaga en este paseo inicial por el gigantismo del edificio. Las paredes impolutas de mosaicos blancos que alcanzan el techo nos parecen interminables y desde un extremo al otro, estoy seguro, cabe bastante más gente que en el modesto salón de plenos del ayuntamiento del pueblo.

Como en la mili, el P. Buena nos da la orden de rompan filas, aunque no sean ésas exactamente sus palabras. “Vayan al campo de deportes, a las ocho, aquí, en línea, para ir a rezar el rosario a la iglesia”. El resto del colegio vamos, pues, a descubrirlo en volandas de nuestra propia curiosidad. Poco a poco hemos perdido la timidez inicial ante los espacios desmesurados y los compañeros nuevos. Nos desperdigamos, aunque ya no necesariamente con los camaradas del pueblo o del valle de donde provenimos. En pocas horas, comienza a reinar la camaradería por ser compañeros de clases, casualidades del alfabeto y los apellidos. Por cierto, sin que sepamos muy bien por qué se nos prohibirá usar bajo estrictas órdenes de la superioridad el término. Justamente por ello, durante una temporada, empezaremos a burlarnos de tan incomprensible norma y la usaremos a diestro y siniestro. “Camarada Durántez, pasa el balón”; “Camarada Catón, déjame el compás”. Pero si un profesor o supervisor nos sorprendía en tan esotérico uso del vocabulario, castigo seguro. Se acabó el partido de fútbol en el campo de arriba.

Corremos prestos a ver el campo de baloncesto, con sus canastas bien firmes, en un patio interior, entre el ala que cobija las clases de primero y de segundo. Al fondo del pasillo de las clases, un salón más grande, con tragaluces, en forma de sierra, como los que hemos visto en las fábricas de nuestra capital de provincias dispone de grandes mesas, que los más entendidos dicen que son para los trabajos manuales y el dibujo. Los pupitres de las clases, a diferencias de los del pueblo, donde todos eran dobles, aquí están individualizados. Una inmensa pizarra cubre todo el fondo del estrado donde se sitúa el profesor.

Las afirmaciones del P. Santiago se hacen de nuevo realidad en los campos de fútbol. Efectivamente, inmensos, con las líneas de juego, incluso las áreas marcadas, no con paja, con cal. Los postes de metal, es decir, perfectamente rectos y sólidos. Seguro que no valdrán las discusiones en torno al imaginario larguero que usamos en la aldea (“se ha ido por arriba”). Y por fin la piscina. Decepción. Sí es grande, aunque no tanto como me la imaginaba. Está detrás de un seto de cipreses, en la parte trasera del teatro. Tiene vestuarios, así que ya no nos quedaremos en pelotas para cambiarnos como hacemos en el pueblo, tras las sotas de la ribera del río. Lo peor es que no tiene ni una gota de agua, más vacía que las pozas del río pequeño de mi pueblo al final de agosto. Dos filas de compañeros, seguramente llegados ayer por la tarde, se afanan, arrodillados sobre el cemento del suelo, cepillo en la mano, en frotar y refrotar para quitar el moho, verdín como lo llamamos nosotros,  del agua estancada toda la primavera. Han acabado con la parte que cubre menos y están llegando al desnivel donde la profundidad se ahonda por lo menos un metro. Un padre con hábito, tintinean las cuentas del rosario que lleva a la cintura, el escapulario, la especie de interminable babero que lleva en el pecho, echado hacia atrás por encima del hombro, dirige las operaciones manguera en mano. A medida que los camaradas, perdón, los colegas eliminan el moho, centímetro a  centímetro, con la manguera va echando la porquería hacia la parte más sucia que aún queda por restregar. De vez en cuando, al P. Llanos pierde la puntería sobre la línea del verdín eliminado y el chorro de agua fresca remoja a los limpiadores. Aumenta la algarabía de aquellos a quienes no les ha tocado el agua. “Padre Llanos, padre Llanos, cáleme a mí”, reclaman casi al unísono los de la segunda fila.