Thursday, October 11, 2018

LA MEJORADA: TOMANDO POSESIÓN (VIII), por Faustino Martínez


Inmediatamente nos subieron al gran salón de estudios. Las clases comenzarían al día siguiente. El padre dominico José María Reyero, un hombre alegre que siempre nos animaría y nos llenaría de cariño, era el Jefe de Estudios del Colegio y el administrador encargado de llevar la contabilidad y proporcionarnos libretas, lápices, gomas, etc. Entró en el gran salón acompañado de varios chicos mayores del curso superior que portaban cajas llenas de libros de texto. Comenzaron a repartirnos por cada pupitre los libros de texto de cada asignatura del primer curso de bachillerato. Encima de mi pupitre fui haciendo un pequeño montón de libros de texto: Ciencias Naturales, Lengua Española, Latín, Matemáticas, Geografía, Dibujo y Religión. Aquel año no daríamos idioma extranjero. Ignoro el por qué. Nos asignaron el horario de cada clase y los correspondientes profesores junto con las aulas a donde teníamos que desplazarnos. Debajo de mi pupitre fui guardando los libros, después de hojearlos. Me gustaron porque venían iluminados con dibujos y fotografías.

Aquello se presentaba interesante y me ponía un poco nervioso pues ya no era la clásica enciclopedia de “Álvarez”, sino que cada asignatura tenía un libro de texto y un profesor especial. Aquellos profesores no me conocían ni yo a ellos por lo que no sabía cómo me iría con cada uno. Una vez entregados los libros de texto nos dio a cada colegial una libreta, un lápiz y una goma y nos dijo que este material tenían que pagarlo nuestros padres en la mensualidad correspondiente. Todo ello lo aportaba gratuitamente el Colegio, los Padres Dominicos, excepto el material fungible. Me di cuenta de lo que había dicho mi maestro Don Mariano de que habría becas para los que fuéramos a estudiar pero también me acordé de lo que podría acarrear a mis padres aquellos gastos y de que tenía que mirar por ello.

Mientras hojeábamos los libros de texto, entró el Padre Rector, Andrés Villarroel y comenzó a darnos una breve charla sobre la finalidad de nuestros estudios y formación. ¡Allí estábamos como “Aspirantes a la Orden de Predicadores”, que es lo mismo que decir que estábamos para estudiar y formarnos como futuros Dominicos y que en nuestras cartas deberíamos poner las siglas: “A. O. P” = Aspirante a la Orden de Predicadores. Era lógico, pero no creo que todos los que estábamos allí lo tuviésemos igual de claro y decidido. Nos encareció guardáramos las normas de disciplina y del silencio, sin el cual no podía haber clima de estudio ni orden. En un momento dado de sus palabras nos advirtió de que quienes se portasen indebidamente o no rindieran lo suficiente en los estudios podrían ser “expulsados” del Colegio.

Aquella posibilidad de “expulsión” me preocupó. Yo no estaba dispuesto a que pudiera afectarme, pero era uno de tantos expuesto a que esta advertencia pudiera alcanzarme. Volví a reafirmarme interiormente de que no me expulsaran de aquel Colegio. Ni yo ni mis padres lo asumiríamos, pues nos parecían palabras mayores hablar de expulsión o que te pudieran tildar en la familia o en el pueblo de que te “habían expulsado del Colegio”. La imagen que yo tenía en aquel entonces de mi mismo era incompatible con que alguien pudiera “expulsarme” por alguna de aquellas razones. Pero tendría que tener cuidado, tanto en los estudios como en la conducta.

El padre Rector continuó hablándonos de cómo los Dominicos se habían distinguido en su historia por ser una Orden Religiosa que había dado muchos sabios y santos, como Santo Domingo de Guzmán, Santo Tomás de Aquino, San Alberto Magno, San Vicente Ferrer, San Raimundo de Peñafort, Santa Catalina de Siena, San Pio V, etc. Nos informó que en este Colegio nos íbamos a formar para ser futuros misioneros en las Misiones del Oriente: Japón, Filipinas, Formosa, Vietnam y China, aunque ahora los comunistas estaban persiguiendo, metiendo en las cárceles y expulsado a los misioneros.

Yo me acordaba de los misioneros que recordábamos el día del Domund y de la Santa Infancia, de los chinitos y japoneses que tan mal los pintaban en las películas de propaganda norteamericana y en los tebeos. Además aquello de que los metieran en la cárcel, o los pudieran matar no me parecían muy bien. Yo no tenía madera de futuro mártir en medio de aquellos “chinos y japoneses” de las películas que parecían tan malos y feos.

Iba tomando nota mentalmente  de todo cuanto decía el Padre Rector para adaptarme a ello tal cual me lo habían recomendado mis padres. Parecía que no había norma más importante que la de guardar silencio total. El  alumno que guardase silencio…. parecía que ya iba a ser “bueno”, “buen chico”, no tendría problemas. Además de la norma disciplinaria del silencio, nos advirtió de que tendríamos que rendir en los estudios. Cada quince días se nos darían en público las calificaciones. Quienes suspendieran dos o más asignaturas tendrían que abandonar el Colegio yendo para sus casas. Aquella advertencia me puso en guardia pues no quería ser uno de los que echaran a perder tanto sacrificio como habían puesto mis padres y mi hermano. A pesar de mi “morriña” y ganas de irme otra vez para Llastres me prometí a mí mismo de que no me expulsarían del colegio por ser mal estudiante. Por tanto, reforzaría mi dedicación al estudio.

Otra recomendación sorprendente que nos advirtió el Padre Rector fue algo nunca oído por mí. Hablaba de que estaban prohibidas las “amistades particulares” y que deberíamos relacionarnos principalmente con los compañeros del propio curso. El Rector no nos hablaba con claridad sobre el porqué del supuesto peligro de las “amistades particulares”. En la edad en que estábamos era natural que hiciéramos amigos nuevos, que nos apoyáramos entre nosotros y nos encariñáramos como lo hacen todos los amigos. ¡Pero el Rector venía a insinuar que había que controlar los “afectos”, “mortificarlos”, “reprimirlos”!. ¡No lo entendía… pero capté la esencia del mensaje que me parecía antinatural!: ¡Nada de amistades profundas con ningún compañero!

Si algo hay de hermoso en la verdadera amistad es la acogida, la comprensión, la comunicación, la ayuda recíproca, la gratuidad, el sentirte entendido y cómplice con tu amigo o amigos, la profundización en las conversaciones libremente expresadas, la libertad y el cariño resultante entre los verdaderos amigos. ¡Hay pocas vivencias tan hermosas en la vida como la verdadera y profunda amistad entre los “alter egos”, experimentar la suerte de tener buenos amigos!

¡Pues “na nay”!! ¡Que mucho ojo…. con las “amistades particulares”! Ahora empezaba a entender el distanciamiento y la inesperada “frialdad” de mi amigo Andresín. Le veía siempre con los de su curso. Apenas me dedicaba tiempo para charlar y estar juntos como en Llastres. Tenía su propia y amplia pandilla entre chicos de su curso con quienes estaba a la hora de los recreos y durante lo que llamaban “paseos largos”. ¡Me resigné e intenté adaptarme a la situación que se nos marcaba, aunque en mi interior procesaba críticamente todo cuanto iba viendo y oyendo!

Pasados los días deduje que tras aquella antinatural advertencia prohibitiva de no “tener amistades particulares” se escondía el temor de los frailes a que hubiera tentaciones de homosexualidad entre los propios chicos, sobre todo de los mayores respecto de los pequeños.

Aquella tarde, durante el recreo, mientras Andresín y el “Yondrin” se centraban en los compañeros de su curso, tal como estaba recomendado, yo comencé a interesarme por los chicos que estaban próximos a mí en las filas. Fui dándome cuenta de que se sentían tan desamparados afectivamente como yo lo estaba, por lo que se fue despertando entre nosotros una simpatía llena de comprensión y compasión mutua. Recuerdo a chicos de Ávila, de Palencia, de Orense, de León con especial cariño. Solían juntarse, arroparse mutuamente según la procedencia. Si eran del mismo pueblo se agrupaban en los recreos y en los paseos. Los de la Cuenca Minera parecía como si se conocieran todos entre sí, y creo que se conocían pues habían venido muchos del mismo Campomanes y de Pola de Lena. Yo estaba solo, pues por lo visto y oído no estaba bien visto que mis amigos Andresín y el “Yondrin” formaran parte de mi grupo o yo pretendiera entrar en un grupo de amigos del curso superior. Pasados los días fui haciendo amistad entrañable con un chico de Torquemada (Burgos) llamado Antolín, así como con otro pequeño de un pueblo de Ávila llamado Desiderio y otros del Barco de Valdeorras (Orense) llamados Carlos Sarmiento Prieto y Ricardo López.

Fui descubriendo también al pequeño grupo de Colunga, formado por Juan Luis Martínez y Pepe Brau, a los que me juntaba, a pesar de los “prejuicios” y rivalidad estúpida que tienen los de Llastres contra los de Colunga. Lo hablamos y creo que lo superamos prescindiendo de ello, por lo que nos hicimos amigos y nos apoyábamos en nuestros recreos y “paseos largos”.  Juan Luis, el hijo del Juez de Colunga, era muy bueno, muy inteligente y ya venía muy bien preparado para los estudios del Bachillerato. Pepe Brau, hijo de un guardia civil del cuartel de Colunga, todavía era más inteligente que todos nosotros. Era un poco mayor y tenía una vasta cultura que la veríamos desplegar en las clases que comenzarían el día 1 de octubre.  Brau, -así le llamábamos- estaba más desarrollado físicamente que el resto. Posiblemente tuviera dos años más que nosotros. Lo que le hacía llamar la atención de su persona, además de sus conocimientos, era su corpulencia y que iba vestido como un niño pequeño con unos pantalones muy cortos. Nosotros le apreciábamos y valorábamos mucho por sus conocimientos y por ser el mayor del pequeño grupo que se iba formando, pero algunos de los del curso mayor se metían con él intentando ridiculizarle.


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Thursday, September 20, 2018

DE NUEVO EN ÁVILA: 1963-1968 (VII), por Juan José Luengo

Santo Tomás, Ávila (Imagen: Luciano López)

Llegamos a Ávila para comenzar la Telogía después del descanso del verano en La Mejorada. Ocupamos el nuevo pabellón que estaba en construcción tres años antes cuando hicimos el Preu en Ávila. El número en el curso había disminuido porque varios compañeros se habían quedado en el camino.

Ya indiqué que antes de ir a San Pedro Mártir se habían salido Balbino Arias, Juan Manuel del Pozo, Baltasar Carrascal, José Luis Burguet, José María Bermejo, José Antonio de Cea y Juan Luis Martínez. Durante los años de Filosofía se salieron y no llegaron a Ávila Amador de Bustos, Calixto Franco, Miguel Gavela, Andrés Galán, Alberto García, Manuel Gómez, José Hernández, Ricardo López, José María Martínez, Salustiano Moreta y Juan Postigo. Evidentemente, a este grupo hay que añadir el fallecido Lázaro Fuentes.

Hagamos una pausa para recordar que desde el verano de 1957, al final de cuarto en Arcas Reales, no habíamos visitado a nuestras familias. ¡Seis largos años que se extenderían varios años más hasta la ordenación! Como nos dijeron más de una vez, había que renunciar a todo y abandonar todo (incluida la familia) para conseguir el Reino de los Cielos.  En este aspecto, unos fueron más afortunados que otros.  Quienes eran de Ávila y sus alrededores, como yo, tenían familia cerca que podían hacer una visita con cierta frecuencia y sin gran dificultad. Lo mismo se puede decir de quienes eran de Madrid, como José María Ibáñez.  Para quienes eran de Palencia, Valladolid, Burgos y, por supuesto, Galicia, Asturias y el País Vasco esto era harina de otro costal.

Antes de entrar de lleno en la narración de la crónica no quiero dejar sin hacer algún comentario sobre uno de los “rumores” que oímos durante estos años. Me refiero al “incidente” del Obispo corrupto y depravado de aquel entonces y a cómo el Gobierno, siempre “protector” de la Iglesia, no permitió que se publicara nada sobre el caso en los periódicos de la época.  La “historia” que corrió de boca en boca…decía, usando el estilo de los cuentos infantiles que leímos cuando pequeños.. Érase una vez un Obispo español “disoluto” y “lujurioso” que frecuentaba, entre otros, los prostíbulos de París y Barcelona. Un informe policial “reservadísimo” indica que en Barcelona era un “pupilo frecuente con el nombre de Don Manolo” y todas las prostitutas conocían “su jerarquía eclesiástica”. Nada menos que el hispanista inglés Paul Preston hace mención de este caso en su biografía de Franco. 

Se trataba del Obispo de Calahorra-Logroño. Como muchos otros, yo creí que había sido Monseñor Abilio del Campo Bárcena (Obispo de 1956 a 1979). No fue así. Era el obispo anterior a él, Monseñor Fidel García Martínez (Obispo desde 1921). No, tampoco fue él. ¡¡Todo fue un un montaje del Gobierno, con “dobles del Obispo”, para acabar con un prelado incómodo para el régimen franquista por su oposición al nazismo!! Todo estuvo tan bien “montado” que el mismo Obispo Fidel llegó a  decir “me lo voy a acabar creyendo hasta yo”. De todos modos, renunció a la sede episcopal a los 72 años cansado de tanta calumnia. Vivió unos 20 años más muriendo en 1973 a los 93 años.

La historia nos dice que Don Fidel, nacido en 1880 en un pequeño pueblo de León, fue un Obispo brillante. Si no se hubiese opuesto al plan con tanta vehemencia, hubiera sucedido al cardenal Segura en la sede primada de Toledo en 1931.

Entonces, ¿qué pasó? En 1937, desafiando la orden de Franco a todos los obispos españoles, publicó en el boletín diocesano la encíclica Mit Brennender Sorge (Con ardiente preocupación) en la que Pío XI condena severamente al nazismo.  Años más tarde, se atrevió a publicar una larga y vibrante Instrucción pastoral sobre algunos errores modernos, entre otros el comunismo y el nazismo, y en defensa de “la libertad y la dignidad del hombre frente al Estado”.

Un libro reciente sobre su caso lo titulan los autores con toda justicia, Conspiración contra el Obispo de Calahorra. Denuncia y crónica de una canallada.

Bueno, me alargué más de lo esperado, pero lo escrito, escrito está.

Volvamos a nuestra llegada a Ávila.  Era prior del convento el P. Francisco Zurdo, quien, en La Mejorada, había sido prefecto de disciplina y profesor de latín.

El maestro de Estudiantes que nos esperaba era el P. Adolfo García, maestro de Estudiantes de Teología el año anterior. El P. Adolfo era una persona bien preparada con su doctorado en Teologia y quien, entre otras cosas, había sido Provincial de la Provincia de Colombia. Al mismo tiempo, tenía una personalidad de hombre asustadizo que engendraba más nerviosismo que confianza. Era su socio el P. Pelegrín Blázquez.

Al llegar a Ávila dejamos de ser los “mayores” como estábamos acostumbrados por muchos años.  Allí estaban como padres jóvenes, recién ordenados sacerdotes y completando el último año de teología, aquellos “aspirantes” que estaban en 5º cuando nosotros estábamos en 2º en el curso de 1954-55 cuando se abrió el colegio de Arcas Reales. Algunos de los nombres: Esteban Uña, Domingo Marcos, Magín Gómez, José Bravo, José Martínez de los Llanos, Antonio Gónzalez, Niceto Blázquez, Juan José Uncilla, Pedro Luis González….

Del curso siguiente (4º de teología), estaban allí Gumersindo González, Restituto González, Cirilo Santiago, Serafín Monasterio, Manuel Mateos, Abilio Vicente, Gonzalo Rodríguez, Isidro Rubio…

Finalmente, del curso anterior al nuestro habían regresado de Francia Manuel Reyes Mate, Jesús Manuel Martínez  y Marcos Ramón Ruiz. De este curso seguían en Granada José Luis Ajates, Dionisio Jiménez y Rafael Sanz.

Santo Tomás, antigua residencia de estudiantes
Naturalmente también nos encontramos con un grupo grande de padres, la mayoría serían profesores nuestros durante los cinco años de teología. Esta es la lista de los que recuerdo como profesores: PP. Miguel Crescente González (profesor también en el Seminario Diocesano de Ávila), Marcelino Sánchez, Salustiano Reyero, Cahn (vietnamita y profesor de hebreo el primer año), Claudio García, también Regente de Estudios, Felicísimo Miguel, Luis López de las Heras, Pedro San Segundo, Pelegrín Blázquez, Godofredo González, Augusto Antolínez, José Montero, Fernando Chamorro, Aristónico Montero, P. Valderrama.

Había otros padres como el P. Pablo Arcas(sacristán), Quirino Andrés(síndico), Faustino Rodríguez, Félix Calle, Cristóbal Alonso, Gaspar Moreno, Isaac Liquete, Efrén Villacorta, P. Vicente, Jesús Luis Hernández quienes, entre otros ministerios, tenían varias capellanías en la ciudad y eran los confesores de los estudiantes.

Tampoco quiero olvidar al grupo grande de hermanos cooperadores que sirvieron a la comunidad con distinción y dedicación. Fray Antonio Cáceres, Dionisio Bañares, Julián Domínguez, Pío González, Teodoro Moreno, José Franco Sastre, Valerio Miguel, Agapito Díaz, Jesús Antolínez (luego ordenado sacerdote), Emeterio Abia, Julián Romeral y Manuel Miguel Velasco.

El P. Canh regresaría a Vietman el año siguiente, donde, con el resto de los dominicos vietnamitas, pasaría a ser parte de la nueva provincia que la Orden estableció allí en 1967 con el nombre de Regina Martyrum. Este fue el resultado de la excelente labor de nuestra provincia en Vietman, donde los españoles llegaron en 1676.

Comenzamos el curso académico a finales de septiembre y esta es la lista de las asignaturas del primer año (1963-64). Las nombro en latín porque así aparecen en los récords que conservo: Introductio in S. Scripturam, Apologetica, Ecclesiologia, Historia Ecclesiae, Patrologia, Archeologia sacra, Institutiones liturgicae, Lingua hebraica, Lingua graeca bilblica, Textus selecti, Eloquentia sacra, Musica sacra y De spiritualitate dominicana.

Algo interesante sucedió desde el primer día de las clases de teología. El latín dejó de ser tan importante y, no cabe duda, que el Concilio que se estaban celebrando tuvo algo que ver con este cambio, sutil al principio y más obvio con el paso del tiempo.

Al mismo tiempo que comenzamos el curso académico, el 29 de septiembre de 1963, se iniciaba la segunda sesión del Concilio. El Papa Pablo VI nombró cuatro moderadores para lograr que el Concilio se desarrollara con mayor efectividad y para evitar que se repitieran los “choques” ideológicos de la primera sesión.     

Estos fueron los cuatro cardenales nombrados moderadores: Lercaro, Suenens, Lienart y Agagianian.  La historia nos dice que todo funcionó con más suavidad y harmonía. Antes de terminar esta sesión el 4 de diciembre, se aprobaron dos documentos. Uno menor, sobre los Medios de Comunicación Social y otro de suma importancia e impacto, la Constitución sobre la Liturgia.

Hoy día nadie puede dudar que la Constitución sobre la Liturgia fue el documento de mayor transcendencia e impacto del Concilio. Otros serán más profundos como Lumen Gentium (sobre la iglesia), Verbum Dei (sobre la revelación) y Gaudium et Spes (sobre la iglesia en el mundo moderno), pero no afectaron a tanta gente o sus efectos no fueron tan evidentes. ¡La reforma de la Liturgia es algo que todos los católicos llegaron a experimentar y vivir en carne propia! Domingo tras domingo, los fieles vieron cómo, entre otros cambios, la liturgia dejaba de celebrarse en latín para celebrarse en su lengua materna.
                                                                                      
Continuó la costumbre de comer en silencio mientras escuchábamos la lectura de algún libro educativo e interesante.   Recuerdo en especial el de Marie-Joseph Lagrange, O.P, El Evangelio de Jesucristo. En aquel entonces no éramos conscientes de la importancia que el P. Lagrange había tenido en el desarrollo de la exégesis moderna dentro de la Iglesia Católica. Como fundador de la Escuela Bíblica de Jerusalén a finales del siglo XIX, comenzó a abrir nuevos caminos e introducir nuevas técnicas de investigación en este campo de estudio. Sufrió en carne propìa la “furia” del ataque al modernismo. Hombre de tanta fe como erudición no aceptó el silencio como solución a esos ataques. Hombre de tanta obediencia como sabiduría se mantuvo fiel hasta el último momento sin dar marcha atrás.  El P. Lagrange es, sin duda alguna, una de las grandes lumbreras de la orden de todos los tiempos y, por ello, merece nuestro agradecimiento y admiración.

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Texto original de Juan José Luengo García "Breve Crónica de un curso 1953-1968)escrito en verano 2009. Para las otras entradas:

Capítulo 1 (La Mejorada)

Capítulo 2 (Arcas Reales)

Capítulo 3 (Ocaña)



Tuesday, July 24, 2018

SANTA MARÍA DE NIEVA por Arsenio González Cereijo***


Una nueva etapa. El tiempo de formación se jalonaba por etapas como una competencia ciclista. La fiesta de llegada a una meta coincidía con el punto de partida de la otra. El tercer año se cursaba en una pequeña villa de Segovia, Santa María de Nieva. Allí había un colegio más viejo, más solitario y penumbroso que el claro ambiente de la Mejorada. Tres años de estudios medios ya más exigentes y más completos. Se estudiaban las humanidades en forma privada y en clara orientación clerical. Salvando pocas excepciones de mérito, no tuve el privilegio de buenos profesores. Ahora comprendo que no es fácil disfrutar este privilegio. Posiblemente ya no existen. Muchas materias se entregaban a misioneros recién expulsados de Vietnam ajenos totalmente a la tarea docente. El clima religioso era, sin mucha razón, el criterio de las evaluaciones, Una "buena" conducta era la mejor recomendación para amortiguar las malas notas. El santoral ofrece altos ejemplos de santidades eximias en hombres de limitados conocimientos. Y allí también "la fe hacía milagros". 

Después de Santa María de Nieva quedaba el obstáculo del noviciado. Catecumenado, prueba y puerta de entrada a la vida religiosa. El clima ambiental español de la época estaba marcado por una más intensa religiosidad y una moralidad impuesta que se reflejaba en todas las manifestaciones culturales del momento. Mi formación religiosa se había iniciado en la escuela de Medos, en las horas de catecismo dominical, en la práctica religiosa familiar que dirigía mi abuela a pesar de la escasa credulidad de mis tíos, 

Yo no dudaba de la vigilancia protectora de aquellas imágenes inmóviles de la iglesia que parecían vivas existencia de un mundo protegido y cuidado, sobrenaturales e invisibles, seres que observaban por las acciones buenas y malas de los hombres para darle luego su premio o castigo. Era lo más normal del mundo.

El ser humano, sobre todo en los años en la primera infancia, asimila con mucha facilidad la influencia de medio social con un gran instinto mimético defensivo sin demasiado análisis y sin mucha reflexión. Las prácticas religiosas diarias, charlas, conferencias y sermones, la indiscutible bondad de unos valores sociales triunfantes, la fascinante aventura de las tierras de misiones de los libros que llenaban la biblioteca del colegio, los relatos de muchos intrépidos misioneros en tierras del Extremo Oriente, rodeados con la aureola de poderosas virtudes cristianas, enardecían la imaginación calenturienta de nuestra juventud. Acepté con toda fidelidad las enseñanzas de la religión y fue entonces cuando decidí embarcarme plenamente en la heroica aventura apostólica con el mismo entusiasmo de los héroes de los relatos misionales de mis lecturas y la misma ilusión que llevó al Hidalgo Manchego recorrer los campos y tierras de España. No hubo engaño, ni violencia, ni miedo. Elección personal mía dentro de las circunstancias. Parecía un buen negocio a corto y a largo plazo. "Ciento por uno es esta vida y la felicidad eterna en la otra". 

Con el tiempo las cosas tomarían otro color. Pero de momento el tema religioso, el sentimiento místico, la interpretación eterna del mundo, era el medio natural que yo respiraba. Valía la pena correr la aventura religiosa. Estudiar y cumplir el ciclo de estudios eclesiásticos. Me gustaba el estudio de las ciencias de la naturaleza y la sociología humana. Sobre todo, las ciencias. Disfrutaba con las matemáticas. Obtuve premios de distinción en materias científicas, en Física, en Química. Me gustaban esas ciencias seguramente porque ofrecían una evidencia que no encontraba en los temas religiosos. Pero estas materias estaban devaluadas dentro de los seminarios. Por aquel tiempo incorporaron a la enseñanza de estas materias unos profesores seglares especialistas en asignaturas profanas que todavía estimularon más mi entusiasmo juvenil por las ciencias de la naturaleza. Hoy guardo simpatía por el espíritu científico que ellos me contagiaron y nunca tuve oportunidad de prolongar en mi formación posterior. 

Antes de comenzar las vacaciones cumplíamos un deber cívico en los campamentos al aire libre que organizaba la Falange. Originalmente estos campamentos tenían toda la impronta marcial del militarismo reciente; más tarde se reconvirtieron en las Organizaciones Juveniles ya mucho menos politizadas. Eran veinte días de intenso ejercicio físico y mental, en la sierra aledaña a la población de San Rafael, en Segovia, en el fresco ambiente de la montaña, con el ritmo de hierro de la disciplina militar y el necesario adoctrinamiento cívico y religioso que exigían los tiempos. Tiendas de campaña bajo la sombra de los pinares, a orilla de los ríos gélidos que escurrían las últimas nieves del Guadarrama, con asistencia de orgullosos jefes de campamento que exhibían todos los trofeos, hasta las heridas recibidas en campaña, como excombatientes de la guerra civil. 
La vida en el campamento se desenvolvía bajo el signo militarista que se respiraba fuera y dentro de los seminarios. Misa mañanera celebrada por el capellán del campo, honores rigurosos a la bandera, instrucción militar y gimnasia, desfiles y marchas, canciones marciales a la victoria reciente. Allí, al bordear la sierra estaba el puerto de montaña, Alto de los Leones recuerdo reciente de triunfos nacionales, con sus trincheras de cemento armado, con miles de cruces siniestras sobre los huesos anónimos de víctimas inocentes, con los cascos belicosos que no protegieron las cabezas ni los corazones de nadie, numerosos pinos exmochados por las bombas. Todo aquello enardecía más mi sensibilidad juvenil en forma que resultaba difícil aceptar la maniquea dicotomía de los españoles que lucharon en una contienda fraterna en dos bandos los buenos y los malos. Al fin y al cabo, la mística religiosa tiene muchas coincidencias con el misticismo patriótico y militarista. 

Las guerras todas son malas. Los muertos son las víctimas silenciosas de los rencores de los vivos que ya no pueden defenderse ni vengar la injusticia de los jefes que los llevaron obligados al matadero. Las manchas rojas de sangre que allí quedaron son tan inútiles las que cayeron entre los acordes del "cara al sol" como las que cayeron cantando la "marsellesa". El hombre se parcializa, como los animales gregarios, en torno a los líderes que tratan de imponer sus ideales por un fácil instinto de proximidad y cercanía. Pocas veces deciden las ideas. Unos eran de derechas porque quedaron atrapados en zona insurgente y otros eran de izquierda porque estaban en la zona roja. Cuestión de geografía. Las diferencias están solo en la mente de sus dirigentes mucho más que en la conciencia individual de los ejércitos que van a la muerte como legiones de esclavos. 
Irónicamente van incluso cantando con el triste orgullo que cantan los que van a morir. En una marcha religioso militar recorrimos aquel larguísimo viacrucis marcado en piedra desde el Alto de los Leones al Valle de los Caídos pétrea memoria de los vencedores y humillación amarga de vencidos excavada en el corazón de la sierra. 

Pero la juventud recibe fácilmente las enseñanzas de sus maestros y la inteligencia humana se prostituye al servicio de los ideales más dispares. Allí había dos bandos. Las mismas razones que empleaban unos para justificar el heroísmo de su empresa las invocaban los otros en el bando contrario. Los ideales de unos no eran diferentes a los ideales de sus rivales. La única diferencia estaba en la sangre inútil que se derramaba en toda la geografía española, Unos años más tarde, ya con responsabilidad religiosa, terminada la carrera de maestro nacional, en unas vacaciones de verano, repetiría la experiencia en un campamento volante en la Sierra de Gredos sobre la tierra húmeda de las últimas nevadas del pasado invierno. Volvería a repetir la vida del campamento al año siguiente, con las Organizaciones Juveniles y capellán del grupo, en el Castillo de San Servando en Toledo, evocación de reencuentros reales con díscolos y valientes campeadores y de heroicos cantares de gesta. "iQué buen vasallo si hubiera buen señor!" De esa vida campestre guardaría la afición al campamento que todavía ahora con mis años encima, a mi retorno de la aventura venezolana, practico en los campamentos de verano de esta nueva España democrática. 

Quince días en el pueblo. Sólo quince días con la familia se ofrecían como un gesto de gran generosidad de la congregación. Peligrosa competencia debía ser el afecto familiar frente al desarraigo que impone la profesión religiosa. Cada julio llegaba el sueño de quince escasos días con la familia. Los gallegos, una docena que estábamos en distintos cursos, hacíamos el recorrido en el mismo tren desde Castilla a Sanclodio. Unos eran de Sanclodio, otros de Torbeo, y otros de la comarca de Caldelas, entre Lugo y Orense, recuerdo a algunos de esos compañeros gallegos que estudiamos, rezamos y jugamos juntos en los primeros años de carrera. Gerardo Rivera, Alejandro Álvárez, Aldo Rodríguez, Eugenio Álvarez, Dionisio Roca. También sus nombres entran en la órbita de mi aventura religiosa, en un círculo de experiencias humanas más dilatado y consciente que el reducido radio de vivencias de la aldea, ya en pleno corazón de la estepa castellana. Y los evoco con cariño porque justos recorrimos, casi al ritmo de un desfile marcial y al son implacable del toque de campanas monásticas, largos años de nuestra juventud, los inmarcesibles ideales que infunde la religión en las almas jóvenes y los hondos latidos de vida en común que poco a poco comenzarían a divergir y separarse. La vida rompe pronto los planes originales de las personas y arroja a cada uno por senderos diferentes. Nadie tenía entonces mayores razones para demostrar la bondad de una elección frente a las otras. No hay ni fracasos ni deserciones. Hay caminos diferentes, circunstancias diferentes. A veces pausas, a veces atajos, a veces encrucijadas, desvíos en todas direcciones, acaso algunos errores que deben corregirse en la marcha. Las soluciones todas igualmente válidas y al fondo simplemente el hombre en lucha con su propio destino. 

Los viajes en los trenes incómodos de entonces suponían, después de un largo año de encierro monacal, una excursión liberadora a través de geografía española y una aventura llena de emociones de gentes y paisajes y escenarios nuevos. Sanclodio era el punto de destino. Es decir, la estación de tren más cercana a los pueblos que habitábamos. Yo desde allí debía completar el viaje de varios quilómetros a pie por una mala carretera hasta el pueblo de Medos. El ascenso a la Moá en compañía de los familiares que esperaban en el andén hacía olvidar el ardor de la reseca meseta castellana. Hoy esas ascensiones sólo se realizan en cómodos viajes en coche por una siempre peligrosa carretera de asfalto. ¡Las vacaciones no daban tiempo a visitar a los familiares y recorrer los entrañables rincones del pueblo emocionantes al mismo tiempo que tristes vacaciones! Cuando empiezas a tomar gusto de nuevo a la vida del pueblo ya debes preparar el retorno. Pero no había alternativas y la disciplina se imponía a los sentimientos más cordiales. Las pequeñas cosas caseras se recubren de mayor encanto cuando permanecen menos accesibles y más lejanas. 

Medos, a través de las largas ausencias, comenzó a ser para mí la querencia entrañable de la infancia que se perdía definitivamente en la neblina de los recuerdos. Aún hoy lo sigue siendo, a pesar del tiempo. Medos, Galicia, España, tres círculos concéntricos del mismo sentimiento patrio sin antagonismos ni exclusiones. No entiendo los rebrotes nacionalistas excluyentes y racistas de hoy. En su mala entraña late la misma irracionalidad de las viejas supersticiones que pertenecen al género de las creencias y nutre el fanatismo de sectas destructivas. Puro suspiro alucinado, de nigromantes y profetas de mundos que nunca existieron, soñadores de fantasías con resonancias ultraterrenas y en el mejor de los casos buscadores de ideales rotos, frustrados, perdidos o no existentes, en el cementerio de los fracasos ruinosos de sus presuntos edenes inexistentes. Falso profetismo, Sabiendo que los seres humanos todos tienen la misma sangre que la mía, sabiendo que el noroeste gallego sólo es un punto insignificante y entrañable en la superficie de la tierra y que, a mi lado, en el mismo tiempo, en el mismo planeta tierra existen muchas realidades culturales diferentes, otras costumbres y otras personas en regiones distantes igualmente acoge doras y amables, lejos de la asfixia racista que es narcisismo mitológico, disfruto con orgullo el placer del oleaje versal y unitario que mece serenamente la cultura global.

La vida en vacaciones se desarrollaba bajo el mismo ritmo religioso que se vivía en el internado. Todo permanecía bajo la rígida vigilancia de la propia conciencia. Misa diaria todas las mañanas en Villardá donde residía entonces el cura que atendía la parroquia de Medos, un pequeño dosier de prácticas religiosas que afectaban más al mundo ritual de los compromisos individuales que a las vivencias. Había que cumplir y presentar una memoria de la gestión. No había fiestas de verano, no había diversiones profanas y se imponía ya desde entonces una pose de adusta gravedad clerical a los comportamientos que marcaría ya para siempre el perfil humano que se estaba formando. La veda no afectaba a las ferias de Castro Caldelas y la justa participación en las tareas agrícolas de verano. De nuevo el viaje de retorno. Aquel regreso aún hoy me evoca la imagen paciente de mi madre que mucho antes que yo, empezaba a sentir el desgarro de la separación. Con ese pesimismo dolorido propio del alma gallega, que ella reproducía perfectamente, todos los años me hacia una despedida que ella siempre imaginaba la última. Lo repetía siempre y sólo resultó cierto muchos años después cuando yo viajé a Caracas. Ahogaba sus lágrimas en silencio y yo sufría intensamente contagiado de su dolor. En realidad, yo me liberaba completamente, al día siguiente, cuando la máquina de vapor comenzaba a serpentear la ribera del Sil dirigiendo el convoy hacia tierras leonesas. 




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*** Publicado con la amable autorización de autor: CLAUSTRO dentro y fuera, Arsenio González Cereijo, Cultiva Comunicación SL Madrid 2009 [El texto corresponde a una sección del capítulo II titulado "La Aventura religiosa"] El libro está dedicado "A mi familia. A mis amigos. A los que, como yo, han sido crédulos, ingenuos, soñadores y han pretendido, en vano, cambiar el camino del tiempo y la ruta de las estrellas. Mi otra familia"



Saturday, July 21, 2018

IN MEMORIAM: P. FÉLIX RODRÍGUEZ (1925-2018)


Como se suele decir en antropología, el cambiar del Pabellón de Menores al de Mayores en Arcas Reales, a finales de los sesenta, constituía un genuino rito de pasaje. En sentido literal y figurado. Había una frontera invisible trazada del ábside de la maravillosa iglesia de Miguel Fisac al centro de la piscina, pasando por el pasillo central de la fila de butacas en el teatro. De alguna manera, instalarse en el Pabellón de Mayores, con trece años, es decir 3º de bachillerato, refrendaba nuestra entrada en la pre adolesciencia. O, más bien, la salida de la infancia.

Aunque tan simétrico era el internado, comedor, dormitorios, disciplina, clases, que las diferencias apenas eran perceptibles. Entre otros cambios también llegaba el atenerse a un nuevo Prefecto de Disciplina, una figura central en nuestras vidas cotidianas, pues era ángel y guardián, quizá más lo segundo, para salvaguardar nuestra actitud en las devociones diarias, las filas rectas para acceder al comedor y la supervisión final de cada día antes de caer rendidos sobre los camastros. El Prefecto de Disciplina hacía de padre, madre y tío. Vamos, que era la familia, sin serlo, que teníamos más cerca, sustituto de los seres queridos que tan lejos estaban.

A nuestro curso nos tocó, en suerte, nunca mejor dicho, el P. Félix Rodríguez, ya en la cuarentena, con una calva incipiente que se adentraba desde las sienes, gafas de pasta, un tipo altísimo desde nuestra perspectiva de los 13 años. Persona educadísima, recta, notablemente estricta y pese a todo cercana. Posiblemente, en otra época y en otra situación no hubiera sido prefecto de disciplina. Podría haber sido un buen maestro de pueblo. Acaso, lo más parecido a un tutor británico en un colegio de la pérfida Albión a finales del XIX. Serio pero encantador, severo pero amable, riguroso pero capaz de hacer la vista gorda ante nuestros “peccata minuta” de imberbes.

¿Dije lo de educado y cortés? Con razón. Fue nuestro maestro en una asignatura que ahora sería impensable y que, sugiero, debería ser obligatoria: Normas de Urbanidad. Que, además, tenía su libro de texto, no muy grueso, pero libro de texto al fin y al cabo. En el Salón de Estudios, pues era una clase común para todo el curso al completo, nos introducía en las artes sibilinas -para nosotros aldeanos- de los saludos, las actitudes respetuosas y el buen comer. En el sentido de con educación. Entre otras muchas fórmulas de cortesía.

Obviamente no nos venía nada mal. Trasplantados desde aldeas perdidas en los páramos castellanos o desde los riscos astur leoneses, de lo que menos sabíamos nosotros era de cómo se cortaba un filete con tenedor y cuchillo (la chaira se usaba en nuestra infancia para tallar ramas de los chopos de la ribera y si cuchillo había era uno común para toda la familia). O cómo se desdoblaba la servilleta al iniciar la cena. Otra novedad que en nuestras mesas familiares era inexistente. Pasamos de la basta rodea a la distinguida servilleta.

Así que no me cabe ninguna duda de que aprendimos, directamente, del P. Félix, en persona, presencialmente, cómo ceder el paso en cualquier puerta que nos encontráramos a lo largo de nuestras vidas. De su boca y sus gestos aprendimos cómo saludar a desconocidos o cómo no hurgarse la nariz (al menos, no en público). Con el paso de los años, uno olvida qué maestros, acumulados durante décadas, nos han enseñado a usar el genitivo sajón o cuál es la capital de Indonesia. Pero de quien aprendí a limpiarme delicadamente la boca con la servilleta, eso sí sé de quien fue. De hecho, calculo que cerca del 90% de las normas de educación y cortesía que, ahora con más o menos frecuencia practico, me las enseñó el P. Félix. ¡Loado sea por ello!

Como buen pedagogo que era, acudía a su clase de Normas de Urbanidad con la parafernalia y el atrezzo necesario para impartir su enseñanza. Por ejemplo, el filete en un plato plano, el cuchillo y el tenedor. Allí, delante de los más de sesenta alumnos boquiabiertos, nos hacía demostraciones de como trinchar con el tenedor y seccionar con el cuchillo. En cierta ocasión, supongo que no sería la misma que la del filete, o quizá sí, para que todos viéramos mejor su exhibición práctica se subió a una pequeña escalera. Por alguna razón, trastabilló en uno de los banzos y fue a dar con su larguirucho corpachón, entre un extraño ruido de metales, contra las baldosas. Entre la algarabía general del alumnado. Aparentemente, el P. Félix tenía problemas de espalda y por debajo del hábito su tórax estaba sostenido, parcialmente, por un artilugio ortopédico. Deduzco que esa era la razón por la cual entre, más que crueles, bromistas alumnos, era conocido con el apodo del “P. Cacharra”.

Más allá de meter en la vereda de la caballerosidad, casi hasta de la elegancia y finura, a decenas de asilvestrados alumnos, que no fue poco, el P. Félix fue, ese mismo año de 1969, un excelente profesor de lo que entonces se denominaban Ciencias Naturales. Es cierto que contaba con el apoyo de un magnífico libro de texto, rebosante de extraordinarias ilustraciones, como también es cierto, de ahí su enorme mérito, que nos hizo apreciar, entender y disfrutar de las cuatro partes de aquella ciencia que, nosotros, al venir la gran mayoría de pueblos conocíamos de sobra. Aunque sólo por fuera. El P. Félix nos empujó a traspasar la frontera entre el exterior y el interior del cuerpo humano (Anatomía) de los animales (zoología), de las plantas (botánica) y de los minerales (geología). Que se dice pronto.

¡Qué de misterios nos descubrió y cómo íbamos nosotros a saber, con la somera Enciclopedia Álvarez, la importancia de los conos y los bastones en el globo ocular o la gran variedad de nubes (cirros, estratos, cúmulos, etc.) que conformaban las diversas clases de nubes que, desde pequeños, habíamos visto navegar por encima de los campos de Castilla la Vieja! Por poner un par de ejemplos. Una de las lecturas del texto, donde se intercalaban ejercicios en forma de crucigrama, trazados sobre siluetas de peces o animales salvajes, se titulaba “Pronto, a la luna”. Justamente un par de meses antes de que Amstrong diera su pequeño paso para el hombre, pero gran paso para la humanidad. ¿Cómo no íbamos a quedar deslumbrados por aquella asignatura que nos adelantaba el futuro? Aunque sólo fuera por unas semanas.

Un servidor, poco aficionado a las matemáticas y las ciencias exactas, quedó obnubilado por aquel profesor, aquel libro de texto y aquella enseñanza que me hacía entender que una judía verde no es meramente una judía verde. Maravilla de la botánica, aquella planta, que cultivaba mi padre desde principios de mayo, también tenía pericarpio, mesocarpio, endocarpio y, eso, sin usar el microscopio.

Y cuando llegaba el Día de las Familias, allí estaba el P. Félix poniendo en práctica, con nuestros modestos y humildes padres, en el Patio Central de Arcas Reales, toda la cortesía de la que era capaz, acogiéndolos y despidiéndolos como parte insoslayable de nuestra familia que él asumía, con sus gestos, actitudes, normas de urbanidad, que era la suya también.

Hace tres o cuatro años, con el cabello cano, perfectamente lúcido, con buena memoria y volvimos a rememorar, en el comedor de la Comunidad, aquellas maravillosas clases de ciencias naturales. El pequeño grupo de frailes restantes, también entrados en años, le trataba con enorme deferencia y cortesía. Como si fuera el momento de que alguno de entre nosotros, incluido un servidor, pudiéramos demostrarle que no todo lo que enseñó cayó en saco roto. Ni mucho menos. Modesto y afable, como siempre, él no daba importancia a lo que había hecho durante tantos años de enseñanza. Como si todas aquellas semanas, meses, lustros haciendo de nosotros hombres de provecho hubiera sido lo más natural del mundo. Su mayor mérito, como suele pasarles a los grandes maestros, es el haberlo conseguido, sin darse cuenta, sin apercibirse de ello, sin engreimiento ni jactancia. Como él mismo nos insistía, cuarenta años atrás, a discurrir por la vida con sus normas de urbanidad.

Reabro el libro de Ciencias Naturales y observo que a un crucigrama encastrado en un pez tropical me faltan dos líneas horizontales. Algún día habrá que completarlo, P. Félix.

Sit tibi terra levis, descanse usted en paz, P. Félix, maestro de urbanidad y de las ciencias naturales. ¡Ah, y feliz cumpleaños, hoy, con sus bien cumplidos 93 años,dondequiera que usted se encuentre!

Wednesday, July 18, 2018

IN MEMORIAM: Epifanio Abad (1952-2018)

Pifa, en primer plano en Sotres (Asturias)

Aunque la inmensa mayoría éramos de pueblo y, especialmente los de Castilla la Vieja, estábamos acostumbrados a nombres pintorescos, el de Epifanio, entre la cuarentena de estudiantes de filosofía y teología de Alcobendas (Madrid) nos sonaba tremendamente llamativo. Así que fuere por simplificar el apelativo, fuere porque así le llamaban en su familia, para nosotros se convirtió en Pifa. Ya para siempre. Sin el nombre completo y, al menos en los tiempos del teologado, también sin apellidos. Pifa a secas. También por parte de los profesores: “Pifa, ¿qué sentido hermenéutico tienen las trompetas de Josué ante las murallas de Jericó? Pifa, ¿cuáles son las líneas principales de la ‘Lumen Gentium’?"

Un servidor conocía a Pifa desde los doce o trece años, la época del internado de Arcas Reales, a finales de los sesenta. No tanto en el colegio, él era tres cursos mayor que yo y la rigurosa separación entre Pabellón de Mayores y Pabellón de Menores se seguía a rajatabla. Además, como Pifa no sobresalía en deportes, nunca se convirtió, como otros, en héroe deportivo de los que éramos algunos cursos inferiores.  Sin embargo, en las idas y venidas de vacaciones coincidíamos en el autobús de línea de los Herrero, el que cubría el trayecto desde Palencia a Cervera y atravesaba nuestro reverdecido valle de la Valdavia.

De hecho, Pifa había nacido en La Puebla, distante del mío una decena de kilómetros valle arriba, camino de la montaña. Así que a Pifa, aparte de en el autobús de línea, empecé realmente a conocerlo en S. Pedro Mártir, en 1974, cuando ya era estudiante de teología. Allí el grupo era ya mucho menor y por lo tanto las relaciones de unos con otros eran más estrechas. Pifa, que en 1976 se convertiría, ya más formalmente en el P. Epifanio Abad, al ser ordenado, se distinguía por una actitud encomiable por ayudar en todo momento a los demás, cualesquiera que fuere la tarea a desempeñar. Era ante todo y por encima de todo la representación insobornable de la generosidad. Hasta límites impensables. Había que barrer el teatro, allí estaba Pifa voluntario de la escoba, teníamos que preparar la velada de Navidad, allí se presentaba Pifa a echar una mano en lo que hiciera falta.

Esta disponibilidad y generosidad fue, muy posiblemente, una de las razones por la cual le distinguimos, un religioso un voto, con uno de los cargos más relevantes en nuestra pequeña comunidad: la de Mayor del Estudiantado. Esto es, por definirlo en términos actuales, delegado de curso. Bueno, de todos los seis cursos existentes en aquel período. Y la responsabilidad le venía pintiparada, pues además de su voluntarismo incansable era muy dado a la conciliación. Una actitud que, en aquellos tiempos revueltos, tanto sociales, como religiosos, del franquismo agonizante, le servía para apaciguar los ánimos de los más exaltados y buscar la interlocución con las autoridades conventuales, no siempre fácil, especialmente con el P. Claudio Extremeño, poco dado a torcer el brazo.

Donde ahora se levanta El Corte Inglés de Sanchinarro y lo que ahora ocupa el cinturón de la M-40 era un espacio inhóspito de montañas de desechos y descargas ilegales. A la sombra, por decir algo, de esas colinas, el chabolismo era rampante. Y allí nos llevaba Fr. Pifa a catequizar a los gitanos en una mezcla tan ingenua como voluntariosa, mayormente inútil, de economía y catecismo. Porque les enseñábamos, o esa era nuestra pretensión, a través del liderazgo de nuestro Mayor de Estudiantes, a gestionar sus magras economías y a poner en práctica el séptimo mandamiento. No se sabe muy bien cómo encajaba una cosa en la otra, pero al menos nuestras intenciones eran inmejorables.

Él se encargaba de organizar los equipos de estudiantes itinerantes que visitaban las chabolas o de fijar los horarios para las clases y, por supuesto, de ser el primero en adentrarse en aquellos procelosos vericuetos de hojalata. Tan excelsas y piadosos eran nuestras intenciones que hasta enseñábamos a las adolescentes planificación familiar. A adolescentes que acudían con churumbeles en su regazo, desconociendo si eran hermanos pequeños o hijos. Eso sí, según dictaba la Santa Madre Iglesia, Católica, Apostólica y Romana: método Ogino-Knaus.

Cualquier actividad que surgiera, allí estaba Pifa, bienintencionado y espontáneo como ninguno, para solucionar cualquier impedimento por pequeño o grande que fuera. Entre el grupo de estudiantes, nuestro compañero y amigo tenía fama de piadoso. Era devoto como el que más y, con toda certeza, no era de los que se rezagaban para los Maitines, ni de los que se preocupaba en exceso para que se adelantaran los rezos vespertinos y así ver la Copa de Europa en la tele. ¿Había que buscar una tienda de campaña para la media docena de estudiantes que querían hacer senderismo en los Picos de Europa?  Allá iba Pifa el mendicante, con el P. Martín, que ejercía de capellán entre los americanos de Torrejón de Ardoz, a rogar que los militares yanquis nos prestaran una. Y no fallaba, no sólo volvía con la tienda, sino que además se apuntaba a la excursión. Es cierto que la tienda era un armatoste de campaña para ser transportada en jeep militar, pero a nosotros nos sirvió para rezar Vísperas a su sombra en los prados escarpados de Sotres (Asturias).

Al poco tiempo le destinaron como misionero a Taiwán, creo que antes pasó por Australia para aprender inglés, y desde la isla Formosa nos llegaban sus noticias y sus cuitas parroquiales con los feligreses, la comunidad dominicana y los devenires de los años que iban pasando. Poco a poco, el contacto se fue perdiendo, diluyendo con el paso del tiempo y las circunstancias laberínticas de la vida de cada uno. Salvo en dos ocasiones.

Una muy lejana. Vino a Japón y recuerdo, perfectamente, eran mediados de los ochenta, una larga y extensa conversación en el tren Yamanote, la línea circular, desde Akihabara, el distrito electrónico de la capital, hasta Omori, donde estaba el convento. Arreglamos el mundo, salvamos la orden dominicana, pusimos la Provincia del Santo Rosario como nueva y hasta nos dio tiempo para hablar de lo verde que era nuestro valle palentino en primavera y lo azuladas que en otoño se tornaban los Picos de Europa desde nuestras lejanas aldeas.

Y allí, en su aldea, volví a encontrarme hace tres o cuatro años con él. Era el día de la Virgen de las Nieves, la patrona del pueblo, así que tuve que esperar un rato a que saliera de misa mayor. Me senté en la plazoleta delante del ayuntamiento hasta que le ví aparecer desde la callejuela que venía de la iglesia, avanzar con su ritmo pausado de otrora por la carretera que divide el pueblo en dos mitades. Era el Pifa de siempre, de nuestra época de estudiantes tan ambiciosos como idealistas, tan valientes como ingenuos para construir un mundo mucho más justo y mejor. En las chabolas de Madrid, con los indígenas de Taiwán, entre los hieráticos japoneses.

Y, sin embargo, en la breve conversación que tuvimos -el bar lo había montado él mismo para dar vidilla al pueblo durante las fiestas- estaba claro que habían pasado casi cuarenta años. No precisamente en vano. Se había vuelto, al menos me lo pareció a mí en aquel instante, algo más esquivo, inseguro, inquieto, relamiéndose las heridas de la vida. Supongo que los meandros de la existencia le habían hecho navegar por torrentes no siempre apacibles. Como a todos, por lo demás. No era el momento, menos el lugar para volver atrás cuarenta años en nuestra existencia. Aunque el concepto de generosidad, tantas décadas después, seguía siendo bien visible.

Quedamos en vernos una próxima vez. Lo que no sabemos es dónde. 'Sit tibi terra levis'. Descansa en paz, querido amigo y compañero.

Thursday, July 12, 2018

ASPIRANTES A DOMINICOS DE ARCAS REALES 1963*** (III), por Rafael Martínez Bernardo

Festival Santo Tomás, 7 marzo 1964 (Colección P. Pablo Sánchez Fuentes)

El atletismo empezaba a cobrar importancia e íbamos rotando por las diversas pruebas: lanzamientos, saltos, barras, carreras alrededor del campo, salto de aparatos… yo comenzaba a temblar en cuanto hacían acto de presencia en el campo, o ellos o yo, éramos incompatibles; superé la fobia en el examen para acceder a las milicias universitarias, pero eso es otra historia. Lo peor eran los días de invierno cuando tocaba algún deporte como vóleibol o balonmano y las manos estaban ateridas por el frío o alguno sufría los famosos sabañones.

Para conmemorar la fiesta del colegio el 7 de marzo, día de santo Tomás, se preparaba una tabla de gimnasia muy completa, coordinada por un teniente coronel de aviación, el teniente coronel Martín, su figura más bien propensa a la orondez no era muy atlética que digamos, y la verdad es que no marcaba el ejemplo a seguir, pero imponía su disciplina y sus voces ampliadas por el megáfono; allí permanecíamos formados hasta alcanzar la perfección militar de las filas, perfección que muchos años después (como decía el artista) yo sufriría hasta extremos ridículos. Sin embargo, los ejercicios físicos allí ejecutados hicieron mella en nuestra formación y a día de hoy los continúo realizando de memoria: la barra sencilla - bien complicada -, los ejercicios de piernas, saltos, el puente, el sprint estático, etc.

Dentro de la filosofía del Mens sana in corpore insepulto, perdón, sano, se podían enmarcar las salidas del internado físico y mental al que estábamos sometidos, pero repito una vez más, sin sufrimiento ni traumas por nuestra parte -  al menos por la mía -. Teníamos clase los sábados por la mañana, por lo que la tarde del jueves quedaba libre y teníamos el “paseo largo”, de significado obvio: solíamos ir hasta el Cerro de San Cristóbal, dominado por el monumento a Onésimo Redondo; otras veces salíamos hasta los pueblos circundantes como Laguna, Pinar de Antequera, (donde Muñoz compró el folleto con las letras de los Beatles de Cádiz que le costó la expulsión), y en los últimos años nos dejaban algún tiempo libre para disfrutar de la libertad, aunque muchos no siempre sabían qué hacer con ella y quedaban al lado de los frailes.

En aquella época, en el mes de mayo, como ya he mencionado, salíamos a recoger flores para la alfombra del Corpus Christi; también nos llevaban a ver la vuelta ciclista a España, un visto y no visto del pelotón. Otras salidas más serias eran los llamados “asuetos”, que solían ser una vez al mes y a lugares más lejanos, como Viana de Cega, en el río del mismo nombre, nos llevaban la comida y la bebida de limonada en coches. Volvíamos al colegio andando, a veces siguiendo un camino paralelo a la vía del tren y atravesando el río por el puente de la vía, lo que suponía una situación de auténtico peligro si en aquellos momentos venía un tren y pillaba a toda la tropa en el puente; otras veces era a Simancas.

Era un día ansiado porque se podía disfrutar del campo, juegos, baño y libertad. Más comprometidas era las salidas individualizadas a Valladolid con el pretexto de la visita al dentista, unas veces en serio, otras fingidas; estas visitas tenían un efecto destructor porque con la mínima excusa te sacaban una muela sin consultar, no daban la posibilidad de empastar; con el deseo de salir a la ciudad unido a cualquier dolencia molar, estoy seguro de que alguno se quedó con la boca más desierta y ociosa que su estómago y ya podría prolongar la escasa comida. Aprovechábamos a ir al cine Calderón, recuerdo ver la película Mi dulce Geisha, con Edward G. Robinson. Si nos entreteníamos demasiado, teníamos que regresar corriendo unos 6 kms; mi compañero era más veloz que yo, y estos precedentes le produjeron posteriormente una fiebre maratoniana que perdura hasta nuestros días.

Festival Santo Tomás, 7 marzo 1964 (Colección P. Pablo Sánchez Fuentes)
Cuando llegaba el buen tiempo nos dejaban bañar en la piscina; durante tres días teníamos que cepillar toda la piscina para que quedase limpia, los primeros días el agua estaba cristalina, luego ya cambiaba, unos quinientos alumnos bañándose en ella… no había manera de nadar cinco metros seguidos, la algarabía era sonora. Los días lluviosos no salíamos al patio, claro, y entonces permanecíamos en el interior del largo pabellón de usos múltiples: allí se realizaban desde procesiones religiosas a paseos bajo cubierto o formación de filas para cualquier actividad, a veces incluso castigos a estar a pie firme durante tiempo indefinido; ¡el pabellón, oh pabellón!, en los largos ratos que formábamos allí recuerdo que se fraguaban los primeros fundamentos filosóficos de nuestra personalidad al mirarme en el espejo de las cristaleras y preguntarme al estilo unamuniano, “quién eres, tú quién eres”, parecía que eran síntomas de esquizofrenia, pero afortunadamente creo que eran manifestaciones de la represión a la que estábamos sometidos y a la necesidad de diálogos secretos, aunque fuese con nosotros mismos. Otras veces me daba por rezar en las filas para aprovechar el tiempo y así evitar rezar el resto de la vida.  

Cuando hacía muy mal tiempo, mejor dicho, cuando llovía - el frío no importaba -, nos dejaban sacar los juegos de mesa: ajedrez, damas, cartas, pingpong; yo estaba encargado de recoger las damas, un aciago día tiré al alto el saquito de las fichas y al caer rompí el cristal del tablero, cuando lo vio el padre Buena tuvo la gran delicadeza y el detalle de preguntarme: “¿qué prefiere usted, pellizco o tortazo?” El pellizco me parecía menos humillante, pero el dolor me hizo brotar las lágrimas; me llevé una gran decepción y me sentí traicionado. En Navidad daban puntos por ganar y al final había una especie de tómbola para canjear los regalos. Mis preferidos eran el pingpong y las damas, al pingpong jugábamos con paletas de corcho a partidas de seis puntos, se entraba por orden alfabético, hubo alguna vez que ganaba toda la ronda de compañeros hasta que me tocaba otra vez a mí. Se jugaba a las cartas también después de la comida en unas mesas y asientos de cemento al lado de una fuente (artificial) en la chopera; ahí se produjo una bronca con Jesús Gracia cuando le eché agua mientras jugaba a las cartas.

Al terminar la tarea intelectual, retomábamos la actividad religiosa e íbamos a la capilla para rezar el rosario (nuestra patrona era Nuestra Señora del Rosario, así que rosario diario). Cuando estábamos en el pabellón de mayores dos alumnos tenían que dirigir el rosario, qué nervios, de rodillas y de espaldas ante todo el colegio. La iglesia, o capilla, como la llamábamos, era un edificio moderno, amplio y artístico; fue construida por el famoso arquitecto Fisac en 1953, ocupa un lugar destacado en el colegio, ya que, junto con el salón de actos, son los únicos espacios que comparten todos los estudiantes como espacio común, en realidad la iglesia es el eje central del colegio. Está formada por una nave, con dos largas filas de bancos, que concluía en una escalinata rematada por el altar y todo el conjunto bajo la protección de la escultura de la Virgen del Rosario con el Niño entregando el rosario al fundador Sto. Domingo de Guzmán; el edificio era imponente y fue construido totalmente de ladrillo, excepto el ábside que es de caliza blanca. 

Albergaba a unos quinientos “aspirantes”, como se nos denominaba a los que aspirábamos a una vida mejor en esta vida, en aquel entonces aspirábamos a ser dominicos con todas las de la ley, sobre todo con la idea de las misiones; en unos años a la mayoría se nos consumiría el ardor de la llamada. Yo recuerdo que estaba tocado por la gracia divina, rezaba al levantarme, al acostarme, incluso en las filas porque no podíamos hablar, y hablaba directamente con Dios y la Virgen. En la parte posterior de la capilla sobresalía el coro, dominado por el P. Ibáñez y su famoso órgano, con perdón; nos encantaba subir a cantar con la coral cuando había bodas y cantábamos acompañando al órgano o viceversa; en nuestras ingenuas e inocentes mentes ya imaginábamos otras vidas distintas al tan cacareado celibato y voto de pureza, el matrimonio, la familia… 

Durante los actos litúrgicos se entonaban canciones religiosas cuyo eco lejano todavía resuena en algún lugar de nuestra mente: Pueri Hebraeorum, portantes ramos olivarum, Pange Lingua, Tantum ergo, Panis Angelicus, Cerca de ti Señor (¡¡aparece en la banda sonora del Titanic!!!!), Venite Creator spiritus. Creo que después del Rosario teníamos media hora de estudio y luego pasábamos al salón de banquetes para tomar una “frugal colación” o cena: lo más apetitoso eran las sopas de leche, aguadas pero dulces y sabrosas, la tortilla grasienta pero nutriente también nos hacía las delicias del paladar. Antes de acostarse, no era preceptivo pero sí aconsejable, se pasaba por la capilla para meditar y hacer las cuentas con Dios, con ello nos acostábamos purificados.







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*** Título original del texto: BREVE Y SUCINTA HISTORIA DE LO QUE PUDO HABER SIDO Y NO FUE, DE LO QUE FUE Y PUDO NO HABER SIDO Y OTROS SUCESOS QUE ACONTECIERON A LOS ASPIRANTES A DOMINICOS DE ARCAS REALES 1963