Friday, April 22, 2016

CASTILLA LA VIEJA: ¡MIRA…NENU…PAEZ LA MAR! (III), por Faustino Martínez

Estación del tren de Olmedo. Aquí nos apeamos y nos esperaba
 un Padre Dominico (Imagen del autor)
La llegada a Medina del Campo.
Muy de madrugada mi padre me despertó y me dijo que ya habíamos llegado. Mis ojos se encontraron con un espectáculo inimaginable y nunca visto: ¡La llanura infinita de Castilla! Se podía ver el amanecer sobre un horizonte totalmente llano y sin nubes que parecía el mar. ¡Ninguna montaña! La atmósfera era luminosa a pesar de que estaba amaneciendo.
Estábamos llegando a la estación de Medina del Campo [ENLACE PRIMER PARTE DEL RELATO]. Mi padre recorría con su vista aquellas inmensas y luminosas llanuras. Al bajar del tren, muerto de sueño y con el sopor todavía sin sacudir, vi que también bajaban no sólo los chicos que habían subido en Mieres, en Pola de Lena y en Campomanes. ¡Allí me encontré con dos chicos de Colunga, que venían acompañados con el padre de uno de ellos! Habían subido al tren en Oviedo y habían venido en otro compartimento lejano a nuestro vagón. Era Juan Luis Martínez Álvarez, hijo del Juez de Colunga, y José Brau hijo de un Guardia Civil de esta localidad. No les conocía, pero mi padre sí reconoció al Juez, al padre de Juan Luis. Mi padre le saludó y el Juez de Colunga le trató también con mucha amabilidad. Nosotros nos miramos sin decir palabra. La somnolencia y la novedad de lo que nos esperaba nos hizo estar a la expectativa de los acontecimientos que se nos avecinaban.
Viendo a mi padre [SEGUNDA PARTE DEL RELATO] observar el paisaje de aquella inmensa llanura de Castilla, llegué a pensar si a mi padre aquella planicie castellana le evocaría el recuerdo de cuando estuvo en Belvís de La Jara, (Toledo) en un Campo de Concentración, en un batallón de trabajadores cuando la Guerra Civil. Para él también fue, en aquel entonces, su primera experiencia de las llanuras de la Meseta. Su viaje hacia el Campo de Concentración de Belvís de la Jara lo había hecho en vagones de ganado como prisionero de guerra y en penosas condiciones, no como este tren que nos había traído hasta Medina del Campo.
La mañana era novedosamente fresca para mí. Un aire limpio, lleno de una frescura inédita para mi piel penetraba por mis pulmones impregnado de olor a jara y a pinos. No estaba acostumbrado a aquel frescor, casi “xelada”, que en la costa asturiana es inexistente. Me acordé de lo que me decía mi madre de la conveniencia de ir a “tomar los aires de Castilla” que eran muy sanos para las gentes del norte.
Mi padre, acostumbrado en las madrugadas de pesca a contemplar en la mar los amaneceres también se sorprendía ante aquel espectáculo del amanecer radiante y luminoso de Castilla. ¡Mira… - me comentaba -  parece la mar…! Yo también miraba atónito aquel paisaje nunca visto ni imaginado por mí. Como he dicho, solo estaba acostumbrado al paisaje de mi primer marco vital: el horizonte del mar Cantábrico al norte, y las montañas del Sueve al sur. Ante mí solo había una llanura sin verdor. Yo estaba familiarizado con la mar, con las montañas y sobre todo con el color verde de nuestra “tierrina” asturiana. Ahora el color verde y las montañas habían desaparecido.
Lo que más me llamó la atención, además de aquellas inmensas llanuras, sin montaña alguna a la vista, fue el color amarillo de aquella tierra. Pasado el tiempo me sorprenderían las casas de barro, de adobe que descubrí en uno de los paseos largos hacia Calabazas y Olmedo. No sabía el porqué de aquel tipo de materiales para la construcción de aquellas aparentes míseras casas. Pero el adobe de barro y pajas tenían su razón de ser.
Como he dicho, al apearnos del tren estaba muerto de sueño de pie al lado de mi padre y de mi inseparable maleta en la Estación de Medina del Campo, junto a otros tantos críos igual que yo muertos de sueño y con incipiente morriña. Otros estaban sentados en los escasos asientos de la estación y los que no, utilizaban su pequeña maleta como asiento. Todos esperábamos el trasbordo que nos llevaría desde Medina del Campo a Olmedo. Por fin, unas voces por la megafonía de la estación, nos anunciaron el trasbordo.
El nuevo tren era más corto y pobre. Los vagones y los asientos eran de madera. Era el tren Medina – Segovia. Desde el asiento de madera pude ver a mi derecha el majestuoso Castillo de La Mota. Comenzaba a disfrutar viendo aquellos vestigios de la Historia de España, de los Reyes Católicos y de tantos edificios, caminos y tierras escenarios de importantes acontecimientos históricos. Comenzar a dejarme empapar y rodearme de aquel marco histórico me producía un enriquecimiento de mi sensibilidad que me hacía proyectarme en el tiempo y comprender aquella tierra castellana, que parecía ser muy diferente del paisaje habitual que había envuelto mi infancia. Pero tardaría todavía un tiempo en amar y comprender a Castilla, que por lo que iba descubriendo me parecía “fría”, reseca, austera y pobre con color amarillento de adobe.
Aquel tren pronto se adentró por un bosque de nuevos árboles, inéditos para mí. Eran los inmensos e interminables pinares entre Medina y Olmedo.
La llegada a Olmedo. Viaje en remolque de tractor hacia La Mejorada.
El día 29 de septiembre de 1953, martes, llegábamos a la estación de Olmedo. Apenas hablábamos entre nosotros. Quizás por sueño, o porque se había acabado la “excursión”, o porque íbamos tomando conciencia de la nueva situación que nos esperaba. Todo era una incógnita. Yo me preguntaba cómo sería aquel Colegio de los Dominicos del que tanto había oído hablar a mis amigos de Llastres, cómo me iría, qué nuevos amigos haría. Me preguntaba si habría buenos campos de fútbol. Me imaginé que, vista la llanura castellana, los campos de futbol, al menos, serían llanos. No como el de Llastres, que para mi desgracia estaba desesperantemente en cuesta.   
Algo comencé a echar en falta. Por el momento no veía ningún campo verde que pudiera garantizarme que aquellos campos de futbol con los que soñaba pudieran convertirse en un terreno de juego como el del Molinón. Por el contrario, todo era amarillo y pedregoso. Es curioso constatar hoy las diferentes motivaciones y centros de interés que existen en el mundo percibido y vivido por un adolescente. ¡Qué poco tienen que ver con el mundo de los mayores!
Nos apeamos en la Estación de Olmedo. Serían las 8 de la mañana. El sol se iba levantado lentamente por el este. Las bocanadas de aire fresco y seco llenaban mis pulmones. Nunca había sentido aquella frescura de una atmósfera tan limpia y seca ni tampoco había experimentado una helada. El residuo de una noche fresca, casi una anticipada helada otoñal seguía impactando sobre mi rostro acostumbrado a las templadas mañanas del Cantábrico por esas fechas.
Al bajar del tren vimos que allí nos estaba esperando un Padre Dominico. Me llamó la atención su hábito blanco y su amabilidad para con nosotros. Todos escuchábamos atentos sus orientaciones. Teníamos que esperar a que llegase el vehículo que nos aproximaría hasta La Mejorada. Por mi parte cada vez me aferraba más a mi padre tomando conciencia de que aquella “excursión” se estaba terminando, como intuyendo que comenzaba para mí “otro largo viaje” y que me iba a quedar allí durante un año sin volver a verle. Me acordé de mi madre, de mi hermano y de mi hermanina. Comencé a sentir lo que nunca había sentido, una emoción nueva con sabor amargo. Le llamaban “murria o morriña”.
Todos los críos nos volvíamos a mirar unos a otros, a estudiarnos recíprocamente. No hablábamos entre nosotros. Me llamó la atención el letrero que ponía bien visible en la pared de la Estación de Olmedo. “¡Cuidado con los rateros!”.
Aquel día llegaríamos unos cincuenta críos, procedentes de Asturias, León, Palencia, Burgos, Santander y Orense. Otros que venían de otras partes de España llegarían por la tarde. En total terminamos siendo 150 compañeros del primer curso de Bachillerato. Veníamos de todas partes de la Península. Cada cual traíamos con nosotros una pequeña maleta con las ropas que previamente nos habían indicado los Padres Dominicos. A nuestro lado estaban nuestros padres, casi todos curtidos por aquellos difíciles años de la post guerra civil española y antiguos soldados de los dos ejércitos que se habían enfrentado entre sí. Con el tiempo fui descubriendo la procedencia de mis compañeros de curso.
Predominaban los castellanos de Zamora, Burgos, Palencia, León, Ávila, Salamanca, Segovia y Valladolid. Al lado de todos estos amigos de la tradicional e histórica Castilla, estábamos curiosamente un grupo bastante numeroso de asturianos, la gran mayoría de las Cuencas Mineras. Había también adolescentes unos pocos procedentes de Vascongadas y de Navarra. Estaban en minoría los procedentes de Madrid, de Cuenca y Extremadura. Había algún aragonés, algunos gallegos de la provincia de Orense y un catalán. Todos estábamos circunspectos, callados y nos escudriñábamos unos a otros.
Aquella mañana castellana, soleada y fresca de finales de septiembre se aliaba como ya he dicho con un incipiente sentimiento nunca sentido por mí: le llamaban “morriña”, “murria”. Por los efectos que observaba en mis futuros compañeros debíamos estar todos sintiendo lo mismo. Yo nunca había sentido aquello. Era una sensación de tristeza producida por la pérdida de la presencia de nuestros seres queridos, de nuestros padres, de su sombra protectora en una edad donde se necesita “beber” el cariño de la madre y del padre. Intuimos la soledad, la “intemperie” afectiva en que íbamos a quedar.
¡Nunca había sentido semejante emoción y estado de ánimo, porque siempre estuve rodeado del amor de mis padres y de mi hermano! ¡Además ahora tenía una “hermanina” en la cual también yo volcaba mi cariño y ternura! ¿A quién le iba yo a dar mis besos y abrazos? ¿Quién me los iba a dar a mí? Mientras los tenía en la atmósfera de mi casa no los echaba en falta. Uno no es consciente de lo que se tiene hasta que está a punto de perderlo. Yo sabía que mi padre, mi madre, mi hermano y la hermanina estaban en Asturias, que me seguirían queriendo, pero iba a estar físicamente muy lejos de ellos durante diez meses. ¡Y de ello estaba comenzando a tomar nota en medio de aquella árida llanura desierta y llena de adolescentes que parecían estar igual que yo de solos!
El tiempo y la irremediable adaptación me harían volcarme afectivamente con mis nuevos amiguinos que allí iba a hacer.
Esperamos durante una media hora delante de la vieja estación de Olmedo.  Aquel Padre Dominico que nos acogía nos fue dando las primeras instrucciones. Por lo que luego supe era el Padre Abelardo Panizo. Mientras esperábamos el medio de transporte que nos llevaría al Colegio, todos estábamos en silencio. Yo me pegaba a mi padre como nunca lo había hecho. Los dos controlábamos nuestra maleta. Me fui fijando en los hombres que acompañaban a sus hijos. Eran hombres de la generación de mi padre, con ropas oscuras y gruesas zamarras. Casi todos llevaban boina. Allí había mineros de la Cuenca del Caudal y del Nalón de facciones duras, arrugados, curtidos y envejecidos antes de tiempo. Los castellanos traían ropas nunca vistas por mí, con gruesos pantalones de pana negra y parecían menos elegantes que los asturianos.
Yo nunca había visto la pana y ahora veía a los nuevos compañeros castellanos y leoneses dominantemente vestidos de su inconfundible pana. Me llamó la atención, por lo que fui comprobando pasados los días, que los que venían de las aldeas de Zamora y Salamanca todos sus pantalones eran de pana y sorprendentemente les llegaban más debajo de la rodilla, hasta la mitad de la pierna. Esta estética no me era familiar, pero debían estar muy bien abrigados para un clima castellano extremado al que estaban acostumbrados a hacer frente. Los asturianos parecían mejor vestidos, como si el nivel de vida fuera superior, dentro de las carencias de aquellos años de la postguerra.
Seguimos esperando el autobús que nos transportara hasta el famoso colegio. Por fin nos anunció el Padre Dominico que había llegado y nos esperaba en la explanada adyacente a la estación del tren. Cogimos nuestras maletas y nos apresuramos a ir hacia el autobús. No sé por qué siempre que un grupo de personas quieren acceder al tren o a un autobús se apresuran como si temieran perderlo o que se marche sin ellos. Así nos apresuramos todos a ir hacia el bus.
¡Pero allí no nos esperaba un autobús como el ALSA al que yo estaba acostumbrado y me imaginaba!
Muy amablemente el padre Dominico nos anunció a todos que deberíamos subirnos a un amplio remolque tirado por un tractor que nos llevaría durante cuatro kilómetros desde Olmedo hasta La Mejorada.
Me pareció un tanto extraño aquel medio de transporte humano. Yo estaba acostumbrado, a pesar del atraso de aquellos tiempos, a ver ALSAS y algún que otro autobús para el transporte de pasajeros. Pero no a un tractor tirando de un remolque repleto de gente de pie. En fin… era lo que había. ¡Allí estabael tractor agrícola enganchado al remolque! Subimos un tanto apretados entre padres, niños y maletas. Todos de pie sin tener donde sentarnos fuimos haciendo equilibrios para no caernos en los baches y nos dirigimos en varios turnos hacia La Mejorada. A nosotros nos tocó en el primer turno de aquel típico e inusual transporte. Iríamos unas veinte personas en total en cada turno. El tractor con su carga humana de remolque enfocó la carretera que cruza la población de Olmedo. Me llamó la atención el ver restos de su muralla medieval.
Una vez que atravesamos Olmedo, el tractor con su remolque se desvió hacia un camino polvoriento y pedregoso. Me impresionó ver casas hechas de barro. Desde mi corta perspectiva e ignorancia infantil nunca había visto casas de barro. En Asturias, la abundante lluvia las hubiera deshecho en el primer chubasco. Allí, a las afueras de Olmedo, había muchas construidas con adobe. Luego supe lo que era el adobe y comprendí sus ventajas y utilidad. Pero me parecían míseras y sucias.
El tractor y su remolque se iban adentrando despacio y con precaución por el medio de aquella población histórica. No había tráfico y me llamó la atención los soportales de su casco urbano. Atravesamos Olmedo y rápidamente el tractor con su remolque humano se desvió por el camino polvoriento y pedregoso. Según pasaban los minutos parecía que nos introducíamos en un desierto deshabitado.
Como he dicho, todos íbamos de pie haciendo esfuerzos por no caer en cada bache. Aferrado a mi padre, mi mirada iba resbalando por aquel nuevo paisaje desierto. No veía ninguna casa, tal como se acostumbran a ver diseminadas por el paisaje del campo asturiano. Volví a extrañarme de que allí no había nada verde. Ninguna montaña a la vista. Ni siquiera “felenchu” (helecho) tan frecuente en el paisaje norteño. Mi ignorancia de niño era patente. Estaba claro que no sabía nada del clima extremado de mi nueva tierra castellana. Solo una inmensa mancha pardusca, verde oscura, llenaba el horizonte. Mi padre volvió a decirme que le parecía increíble aquella inmensidad que le recordaba el horizonte de la mar que él navegaba y conocía.
- ¡Mira… nenu… paez la mar…! Yo no comentaba nada. Solo miraba y me parecía que mi padre estaba algo decepcionado por el inesperado remolque en tractor y la desolación de aquel árido paisaje amarillento.
Dicen que las primeras impresiones marcan. Por mi parte iba procesándolo todo. En principio me parecía extraño aquel paisaje nunca visto al que tendía que adaptarme, a su clima, a sus gentes, a su historia. Tardé años en degustar Castilla y su historia. Con el tiempo me enamoraría de ella. No sabía entonces por qué aquella inmensidad estaba despoblada de caseríos. El punto más cercano donde uno podía encontrar un núcleo urbano estaba a cuatro kilómetros, que era la población de Olmedo.

Luego descubrí que había otra aldeucha a unos tres kilómetros que se llamaba Calabazas. Pero de por medio ¡nada, ni una casa! Todo parecía un desierto deshabitado, solitario, con pinares lejanos que parecían infinitos y con plantaciones de viñedos. Ni siquiera el camino polvoriento que nos facilitó la llegada estaba asfaltado. El suelo era pedregoso, reseco y árido. Como he descrito, no veía nada verde, ni una hierba, ignoraba que el clima extremado de su clima no lo permitía.

Friday, April 15, 2016

AUTOENTRENAMIENTO, por Alberto García

Entrada a La Mejorada (Olmedo)
Mi mujer cree que debería apuntarme a uno de esos cursillos que imparten en los centros sociales del Ayuntamiento, para entrenar y reforzar mi flaqueante memoria.
Personalmente rechazo la sujeción a cualquier horario y considero esa libertad -sin horarios- uno de los mayores placeres de mi jubilación, y, además, yo que me precio - right or wrong - de mis capacidades como autodidacta, he decidido autoentrenarme.
¿Cómo hacerlo?  Se me ha ocurrido que relatar antiguas experiencias anecdóticas de mi vida podría servir para el susodicho entrenamiento y para demostrar que mi memoria aún no está desahuciada.
Cuando ya estoy más cerca de los 80 que de los 70, no os resultará difícil imaginar mi estado de ánimo sosegado. Las pasiones aquietadas y la mente serena. Sin duda, tiempo propicio para los recuerdos, o como suele decirse, para contar batallitas.
Del "guaje" que triscaba por los vericuetos del valle del Güerna sólo queda una neblina de recuerdos borrosos, como sueños antiguos, salpicados de algunos claros, como hitos que han dejado una huella más profunda.
Eran los años 40 del pasado siglo. La aldea, en mitad del valle, rodeada de prados, bosques de castaños, robles, avellanos silvestres salgueras, fresnos…. Más cerca, las huertas de patatas y hortalizas. Un poco más allá, las erías de maíz y escanda. Las pequeñas cosechas de aquellos minifundios, junto con los animales domésticos -vaca, gochu, pitas...-, ayudaban, sumados a los magros sueldos, conseguidos dura y peligrosamente en las minas de carbón por los padres de familia y los hijos mayores de 14 años, a sacar adelante a las familias numerosas.
La pobreza de las escasamente acondicionadas casas, sin agua corriente, era aliviada, en invierno, por el calor de las cocinas del carbón que los mineros recibían mensualmente como salario en especie, y durante las estaciones más templadas, por el estilo de vida al aire libre, en aquellos paisajes de prados, arboledas y montañas.
Había una escuela mixta a la que asistíamos más o menos esporádicamente, cuando otras labores más necesarias para la supervivencia no nos lo impedía, alrededor de una veintena de "guajes", de entre 6 y 13 años.
El cura de la parroquia tenía lazos familiares y de amistad con los dominicos del Santísimo Rosario de Filipinas y reclutaba "guajes" que le parecían aptos para la escuela apostólica que los dominicos tenían en Valladolid. Así llegué yo, un verano del año 1952, al colegio de La Mejorada, con el visto bueno del cura y la seria advertencia de mis padres, familiares y vecinos, "ya sabes, estudia y aplícate bien. Si no, pa la mina, como tu padre y tus hermanos".
El brusco trasplante al internado, en medio de la meseta castellana fue ciertamente un traumático desarraigo. Adiós a los risueños paisajes verdes y agrestes de la aldea. Adiós a los amigos de las correrías de la infancia. Adiós a la familia. En el duermevela de los anocheceres, en aquel frío dormitorio corrido, soñaba semidespierto que un gran terremoto transportara el colegio, indemne, a las praderas alrededor de mi añorada aldea. Pero rendirse y abandonar, imposible. Por pura vergüenza torera.
Los años pasan con mil altibajos, experiencias y escaramuzas. De los éxitos, y, sobre todo, de los fracasos uno va aprendiendo, - "willy nilly"- casi siempre con retraso, a salir a flote.
Los años de estudio y formación en la disciplina de austeridad monacal dominicana, me ayudaron enormemente en la lucha competitiva del mercado laboral en que me ví inmerso.
Fui progresando en lo económico, mas o menos, al mismo ritmo que mejoraba el país por los años 60. Emocionalmente llegué a estabilizarme, después de las dudas, zozobras y escaramuzas de los años juveniles. Dos días antes de cumplir los 33, vine a caer rendido en las redes de una castellana. Juntos fundamos nuestro hogar. Criamos dos hijos, y ahora, 44 años después, disfrutamos de 4 nietos.
Tras 12 años en el mundo de la empresa, sector de ventas, cambié al campo de la enseñanza, donde permanecí muy feliz hasta mi jubilación a la provecta edad de los 65 años.
Durante los 12 años largos en la empresa americana de productos farmacéuticos, viajé asiduamente por gran parte de la mitad norte de la península y aprendí -one lives and learns- a desenvolverme y relacionarme en un ambiente, para mi, nuevo.
En la enseñanza me he sentido más relajado, en mi salsa, tanto por mi preparación remota de los años con los dominicos, las tablas adquiridas en el mundo estresante de las ventas, como por mi temperamento. Todo ello me hizo la vida del instituto agradable y hasta divertida. Todavía hoy me "descorromoño" cuando recuerdo anécdotas con los jóvenes adolescentes. Y puesto que recordar es el leitmotiv de este relato, vamos con dos o tres anécdotas, de las muchas que recuerdo, que me parecen divertidas.
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   ----Una buena mañana, entro en clase y me encuentro una de las alumnas quinceañera, cuyo pupitre estaba en primera fila, delante de mi tarima, con la cabeza rapada al cero. Donde el día anterior lucía una alegre, abundante cabellera, hoy, aquel cráneo desnudo, pero que, para mi asombro, me pareció no restaba una pizca de atractivo a la exuberante adolescente. Seguimos la clase tan normal, no sin algunas furtivas miradas de extrañeza. Cuando sonó el timbre para finalizar la clase y los estudiantes iban levantándose y saliendo, no pude aguantarme y le pregunté,
  - ¿Qué te ha pasado?
  - Y ella, con toda naturalidad,
  - No, nada. Es sólo para hacer rabiar a mi madre.

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      En otra ocasión, trabajando con un grupo, uno de los chicos estaba especialmente inquieto y hablador. Me acerqué con intención de tranquilizarle, y en tono amistoso-jocoso, suficientemente alto que oyó toda la clase le dije,
   -Cálmate hombre y trabaja un poco o voy a tener que nombrarte zascandil número 1 de la clase.
    Hubo algunas risas y todo siguió como la seda.
    A la hora del recreo, cuando bajé a la cafetería, me encuentro al grupo de estudiantes alrededor del recién nombrado ZASCANDIL NÚMERO 1 que estaban celebrando el nombramiento con gran jolgorio. El protagonista exhibía orgullosamente sobre el pecho un folio con la leyenda, ¡¡ ZASCANDIL NÚMERO 1!!

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En una de mis estancias veraniegas en Inglaterra con un grupo de Alumnos, estábamos en Mill Hill, al norte de Londres, Borough of Barnet, en un colegio del grupo Camp Beaumont. El colegio ocupaba una gran finca con praderas, arboledas, campos de deportes y piscinas. Había estudiantes adolescentes de varios países. Mi grupo de asturianos; madrileños, daneses, un grupo de chicas noruegas, cuatro o cinco japoneses, otro grupo de italianos y, por último, dos árabes. Uno de ellos era grandote y desgarbado. El otro, menudo, morenito y bien parecido.
 Dos atardeceres a la semana, en un edificio separado de la zona de clases, los estudiantes tenían sesión de discoteca - sin alcohol-. Durante una de esas sesiones, mientras yo paseaba cerca de la discoteca, evitando el estruendo musical del interior - sólo entraba un momento, al inicio de la sesión, para que mis estudiantes supieran que estaba por allí- se me acercan los dos árabes con caras un tanto alteradas y me preguntan,
   - ¿Qué es GILIPOLLAS?
    Inmediatamente se me encendió la bombilla.
   - ¡Vaya!, -pensé- ya algún madrileño ha llamado gilipollas al grandullón este.
    Sin inmutarme y alegremente, con una gran sonrisa, le dí unas amistosas palmadas en la espalda al tiempo que le decía,
     -¡ Gilipollas is Friend! ¡¡FRIEND!!, ¡¡ FRIEND!!, ¡GILIPOLLAS!!!, ¡FRIEND!!!, ¡¡ FRIEND!!!
     Les cambió la cara y se pusieron muy contentos.
   Yo inmediatamente me las arreglé para correr la voz entre los estudiantes asturianos y madrileños.

    Aquella velada de disco acabó con los estudiantes españoles y árabes abrazándose jubilosamente al grito de, ¡¡FRIEND!!, ¡GILIPOLLAS!!!, ¡¡¡GILIPOLLAS!!!, ¡¡¡GILIPOLLAS!!!, ¡¡¡FRIEND!!!.

Friday, April 1, 2016

LA DESPEINADA, por Germánico Revuelta*

Canto I
Torre de San Pedro Mártir,
esbelta, gentil, graciosa,
yo quisiera que al oído
me dijeras una cosa.
Dime: ¿es que no has tenido tiempo
de peinar tu cabellera,
que igual te encuentro en verano
que estabas en primavera?
Como una palma de Cades
te elevas entre los cielos,
pero todo lo estropeas
con esos dichosos pelos.
¡Ay! Manola, Manolita,
¡ay! Manolita, Manola,
mucho pelo en la cabeza
y poco seso en la chola.
Me pregunta a mí la gente,
y me da mucho coraje,
¿cuándo va usted a quitar
de la torre el andamiaje?
Al resplandor de la aurora
tus cabellos plateados,
parecen púas de erizo
por el centro y por los lados.
Con el clavel entre el pelo
pareces una andaluza,
y en las noches de verano
una perfecta lechuza.
Llamo clavel al piloto
que ilumina esa maraña
de tu cabello enredado
y que a todo el mundo extraña.
Vanidosa, presumida,
humilla tus pensamientos,
que parece tu cabeza
un manojo de sarmientos.
Como un nido de cigüeña
que a medio hacer se quedó;
como un zarzal en el río
que en invierno se secó.
Me gastas una cabeza
que parece una mimbrera,
y mirándote de lejos
una enorme batidera.
Tantos hierros retorcidos
rodean tu campanario,
que parece una grillera
o la jaula de un canario.
Como una tela de arana,
más o menos bien tejida,
como una zarza de Horeb
entre la selva escondida.
Es tu cabeza cuadrada
lo mismo que una pradera,
pero con más agujeros,
que tiene una regadera.
Muchas más cosas me quedan
por decir de tu cabeza,
pero ya no te las digo
por no causarte tristeza.
Y con esto aquí termina
éste mi primer cantar;
te llamo la despeinada
sin poderlo remediar.

Canto II
Un día quise peinarme,
la torre me contestó,
pero mi pelo es de acero
y el peine se me rompió.
Ya me parecía a mí
que algo debía pasar,
cada vez que te miraba
y te veía sin peinar.
Perdona si, con mi canto,
en algo herí tu pudor,
pero es que te quiero hermosa
como un suspiro de amor.
Contemplándote extasiado
pasara la vida entera,
y a la sombra de tus muros
dulcemente me durmiera.
¡Ay! Manolita, Manola,
¡ay! Manola, Manolita,
con la cruz entre tu pelo
pareces una bendita.
Eres faro que iluminas
en la noche tenebrosa,
eres puerto de esperanza
que haces al alma dichosa.
Refugio de caminantes
al pie de la carretera,
eres fuente, eres alivio
de la humanidad entera.
En esa cruz redentora
murió nuestro Salvador,
para dar al hombre
vida viviendo siempre de amor.
Cruz de perlas y rubíes,
de zafiros y diamantes,
en ti su consuelo encuentran
los corazones amantes.
Dos campanillas de plata,
ocultas entre tu pelo,
alegres y juguetonas
lanzan sus voces al cielo.
Son dos hermanas siamesas
con el mismo corazón,
que al despertar la mañana
te llaman a la oración.
A trino de ruiseñor,
a voz de angelitos bellos,
me suena su repicar
a través de tus cabellos.
Como dos niñas traviesas,
como vírgenes doncellas,
al cielo cuentan sus cuitas
a la luz de las estrellas.
Y la luna embelesada
en la frente les da un beso,
y mirándose en sus ojos
su corazón queda preso.
En un eterno aleluya,
en un éxtasis de amor,
viven tus dos campanillas
sin conocer el dolor.
Las campanas de mi torre
jamás a muerto han tocado
ni su tañer lastimero
a ninguno ha despertado.

Por eso yo te saludo
y me uno a tu alegría,
y a Dios mil gracias le doy
en la Santa Eucaristía.
Seguid, seguid repicando,
llamad los fieles a misa
con vuestras lenguas de plata
y en los labios la sonrisa.
Me encanta el repiqueteo
que desde tu campanario
invita a todas las gentes
a que recen el Rosario.
El Rosario de la Virgen,
el Rosario de María,
vida, dulzura, esperanza,
causa de nuestra alegría.
Adiós, mi torre querida,
adiós, mi torre adorada,
eres para mí un tesoro
que no lo cambio por nada!
Te llamo la buena moza, 
te llamo la bien erguida,
de las torres la más bella,
más elegante y pulida.
Fray Germánico Revuelta
Escribano Almonacid
te dice que eres la torre
más chocante de Madrid.
Tú, reina de Fuencarral,
tú, reina de Valdebebas,
la reina de Gulipindis
y la reina de Alcobendas.
Así termina, mi torre,
este segundo cantar.
Te encuentro tan resalada
como las aguas del mar.

Madrid 7 de octubre de 1962
Festividad del Santísimo Rosario

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* Fr. Germánico Revuelta (1900-1978) Hermano cooperador Dominico, portero del convento S. Pedro Mártir (Alcobendas)

Friday, March 11, 2016

MAESTROS DE ESTUDIANTES

Estudiantes paseando bajo el Pabellón de Padres Jóvenes (Estudiantado)
Cuando uno mira hacia atrás, desde la atalaya de los sesenta, los recuerdos se edulcoran de manera proporcional al paso de los años. Cuanto más alejadas en el tiempo, más sedosas y redondeadas se tornan las memorias. Caramelizadas por el transcurrir de los lustros. Desde la distancia de los decenios, apenas si quedan cicatrices de los sucesos que en su momento tantas desazones nos produjeron. Por desaparecer, desaparecen hasta los rasguños y arañazos de la primera juventud.

Al final, los recuerdos, de los treinta años para atrás, quedan arropados por una neblina tornasolada, un azucarado nirvana de imágenes en tono pastel. Lo que un amigo mío, abducido por la exuberante luminosidad malagueña, califica, con feliz expresión, de rebaba de la nostalgia. Yo prefiero calificarlo como el asidero evanescente de la vida, la que se nos escurre entrelazada a la monotonía del paso de las estaciones ya inexistentes y los sueños que jamás se cumplirán.

Sea como fuere, sea por la empalagosa dilución de los tiempos y los espacios, o quizá porque en último término preferimos desterrar las huellas de las heridas mal curadas y erosionar las puyas que la vida nos inflige, lo cierto es que considero aquellos años, y así lo afirmo rotundamente, siempre que me lo preguntan, como los mejores años de mi vida. Al menos hasta el momento presente. Es cierto, habitábamos en una burbuja confortable, muy levemente opresiva. Flotábamos, pompas de inconsciencia, sobre el paso de los semestres académicos aderezados con el suave ondular del calendario litúrgico, como si no existiera un mañana.

Aquel presente, memorable e incandescente, desde mediada la década de los setenta, hasta que llegó a su fin con estrépito en febrero de 1981. Aposentados en espacios etéreos, fruto de una, con ella soñábamos, eterna juventud. Plena de ideales insobornables. Aunque a la postre se convirtieran en ilusorios y efímeros. Una época donde confundíamos el apasionado celo por un mundo mejor con los preceptivos ceremoniales de exposiciones del Santísimo, la plegaria de maitines y las letanías de vísperas.

Íbamos a redimir el mundo, en su totalidad. Desde las cercanas chabolas de Valdebebas hasta las distantes aldeas en los arrozales del Tonkín. Todos en la misma copa salvífica, aquella extraña mezcla de piadosos actos devocionales, acrisolados a través de los siglos, con el cedazo liberador de todos los explotados de la Tierra, embebidos por el eco rescatador de la Conferencia de Medellín.

Fuera del claustro, el franquismo se derrumbaba en fácil paralelismo con la agonía del Caudillo en La Paz, apenas a tres kilómetros de donde el P. Bienvenido Turiel, damnificado del tomismo más rancio y espeso, sobrevivía con los apuntes de ciclostil, tan añejos como la manivela de la máquina que los escupía. Tan desgastada como los argumentos de las Cinco Vías del Aquinense para probar la existencia divina.

El ruido del siglo fluía a borbotones por la magnífica vidriera azulada de la iglesia de D. Miguel Fisac. La marabunta política se dejaba sentir, pura contradicción como la vida misma, en la revista de Fuerza Nueva que ocupaba un lugar de honor en los estantes de entrada de la biblioteca, y al mismo tiempo, en las ediciones de El País que, disimuladamente, algunos padres, de los que podían ya comer huevos, por edad o carácter, se las apañaban para requisar, antes de que llegase a la hora del café y el Alvear. Para que, eso pensaban ellos, los estudiantes veinteañeros no nos encamináramos por la senda de la perdición.

No era un problema de edad. Era una cuestión de brújula y nortes, en un mundo decididamente desorientado, cuando no confuso y caótico. Entre los estudiantes, muchos terminaron encontrando a sus primeras novias, en algunos casos esposas, en mítines anarquistas. Mientras, otros resolvían sus disquisiciones ideológicas haciendo cola para ofrecer sus últimos respetos al Generalísimo, “in corpore insepulto”, en el Palacio de Oriente. Entre los padres, había algunos que consideraban que la parusía estaba a punto de producirse, una vez que aquel apocalipsis que se palpaba, según ellos, en los barrios obreros del extrarradio de Madrid o en la cárcel concordataria de Zamora, rebosante de curas rojos, estallase por las cuatro costuras. A modo de consuelo, recurrían a las apariciones de la Virgen en El Escorial o a la literalidad más rigurosa en la lectura del Evangelio de la Infancia.

Otros, más sensatos, o quizá más viajados, antiguos estudiantes allende los Pirineos, resultaban ser muchos más cautos. Teñidos por el impío laicismo gabacho, experimentado en La Saulchoir o Friburgo, nos citaban a Marie-Dominique Chenu O.P. o Edward Cornelis Florentius Alfonsus Schillebeeckx O.P como los nuevos campeones de la fe. Los deberes académicos que nos asignaron no versaban sobre abstrusas disquisiciones aristotélicas sino sobre el sentido del dolor y la culpa en el Diario de Anna Frank.

Lo que resultaba meridianamente claro, incluso en aquellos volátiles años yo creo que todos éramos más o menos conscientes, era que ni el siglo, ni la orden dominicana, volverían a ser lo que habían sido en las décadas precedentes. Es cierto que a partir de la década de los sesenta, con el Vaticano II, se había entreabierto una rendija en el mundo eclesial. También en los dominicos. Aunque en España, la cerrazón ideológica seguía campando a sus anchas. Los temas tabúes, desde la propia sexualidad a la infalibilidad papal, constituían un extenso índice, apenas recortado sobre los decenios precedentes. Poco a poco, el mundo, nuestro mundo, tomó dos velocidades. Una realidad vertiginosa, la del cambio político y social, apenas pasada la imaginaria frontera de la carretera de Burgos y, la otra, “intramuros”, entró en punto muerto, apenas soliviantada por los acelerones y frenazos de algunos profesores más audaces.

De hecho, en el ámbito académico se había consolidado una doble vía. Las clases en torno al tomismo más huero se intercalaban con estupendas disertaciones sobre el marxismo, la ética relativista o el análisis de los sueños del mismísimo Sigmund Freud. Sin embargo, aquella dicotomía, bien palpable, hacía que, hasta los profesores más avezados en las nuevas tendencias del siglo, les resultara complicado asumir que se anunciaban tiempos radicalmente nuevos en los estudios bíblicos o que comenzaran a tambalearse los pilares de la moral tradicional. Que el alboroto en el exterior fuera en aumento, aunque tranquilizado de alguna manera con las primeras elecciones de 1977, no hacía sino conducirnos a todos, una comunidad tan diversa y heterogénea, a un espacio de compleja convivencia donde el bueno de Engels hubiera hecho su agosto, perorando dialécticamente sobre la ley de la unidad y la lucha de sus contrarios.

En el estudiantado, todavía resistían ¿cómo no calificarlo con este vocablo? cursos de abundante cosecha, rondando la quincena de estudiantes, con otras añadas donde el número de candidatos al orden sacerdotal comenzaba a disminuir de manera alarmante. El nuestro que, inicialmente se acercaba a la decena, terminó por quedarse con seis. Aunque portábamos el nombre propio de Estudiantes y el espacio se denominara Estudiantado, la verdad es que estudiábamos más bien poco. Valga como anécdota que durante la hora de maitines entrábamos a escondidas en la habitación del P. Turiel para robarle el “quorum”, las preguntas que nos iba a poner en el examen. En media hora, alumnos aventajados y ventajistas, eso sí, preparábamos las respuestas precisas a preguntas ininteligibles. Sobresalientes.

Tan pronto montábamos piezas de teatro, estudiábamos cine o practicábamos con la emisora de radio como enseñábamos los secretos del método Ogino-Knaus a las adolescentes gitanas de Hortaleza o leíamos la cartilla de la pobreza evangélica, parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro, a los pudientes de La Moraleja. Por hacer, hasta hicimos una huelga. Para celebrar que Francisco Franco Bahamonde había pasado, previsiblemente, a mejor vida. Bien que durara no más de media hora. Hasta que el P. Regente de Estudios, José Montero, nos conminó a entrar en la clase o coger el bus, creo que era la línea P-28, que nos dejaría a pie enjuto en la estación de Chamartín. Camino de nuestros pueblos y aldeas. A tiempo, todavía, de recoger las patatas en las vegas palentinas, Pisuerga arriba.

Vivimos entre 1975 y 1980 una época montaraz y bravía, rozando la frontera de la cordura. Sin embargo, deben de quedar claras dos cosas: éramos fieles adictos, salvo alguna rara excepción, a todas las devociones habidas y por haber (aunque teníamos la ventaja de que Completas se adelantaba para ver al Madrid jugar la Champions). Y la segunda es que no había doblez en nosotros. Era una época de candor e ingenuidad, propio de quienes creíamos que el mundo, y el futuro, no sólo estaban en el porvenir, sino que, además, nos pertenecía.

Mi compañero Teodoro Martín, que pasó por aquellos mismos parajes unos años antes, comenta que “con frecuencia he pensado en el papel que desempeñaron los maestros espirituales o de estudiantes. En alguna ocasión fui crítico, tal vez injustamente, de su actuación. En realidad, la crítica debiera ser para aquellos que les dieron tal responsabilidad. No les dieron preparación alguna para desempeñar tal cargo. Nada fácil, por cierto. ¿Cómo tratar a un grupo de hombres, más bien adolescentes con un retraso cronológico? Y, en el mismo periodo emocional, ¿cómo impartir una dimensión espiritual con un sentido realista? Tareas nada fáciles. Recuerdo muy vívidamente que uno de nuestros maestros me pregunto en una ocasión, qué pensábamos los estudiantes de su trabajo como maestro. La pregunta me pilló de sorpresa. No supe cómo reaccionar. Fue él quien respondió: Fr. Martin, yo hago lo que puedo. ¿Qué más se puede pedir a nadie? Recuerdo que mi hijo en una ocasión me pregunto sobre mi papel como padre. No dude en responder: hijo, hice lo mejor que pude (I did the best I could). Me parece la postura más humana en cualquier responsabilidad en nuestra vida”.

Mis connovicios -llegamos muy modositos del noviciado en verano del 74- nos encontramos con un primer Maestro de Estudiantes, el P. Claudio García Extremeño. Un hombre recio y como dicen en Castilla, era burgalés, muy recto y exigente. Poco o nada dado a las confidencias y siempre marcando las distancias con sus discípulos. Era un maestro a la antigua usanza, ferviente defensor del cumplimiento de las reglas y deberes al milímetro, entre las que ocupaban un lugar primordial, ¡cómo no!, las devocionales.

Sus charlas, muy preparadas y estructuradas, eran, en realidad, bajo un leve barniz espiritual, una continuación de las clases de Sacramentos que impartía en el aula. Especializado en dogma, más específicamente en el sacramento de la Eucaristía, el cumplimiento de toda la normativa ritual constituía, según él, nuestra tabla de salvación, el pilar esencial para consolidar nuestro aspirantado al orden sacerdotal. Algo sobre lo que no pocos de entre nosotros, por comodidad o rebeldía, discrepábamos. Si alguien, por holgar o cansancio no acudía a la plegaria matutina, otras habría al cabo del día, las semanas y los meses que la suplieran, nos decíamos. Esto representaba, para el P. Claudio, una pirueta en el vacío, uno de los peores y más visibles signos de que la vocación en ciernes del estudiante dormilón comenzaba a perderse en el laberinto de la pereza y la ociosidad.

Pese a su porte adusto, no era una persona exenta de humor, aunque sólo lo manifestara en contadas ocasiones ("¿Si os quedáis sin vino en medio de la jungla, podríais consagrar con Coca Cola?"). En su verbalidad, estaba dotado de una prominente mandíbula, recalcaba, como si las estuviera masticando, las consignas con las que subrayaba nuestro destino en lo universal. Recién llegados del noviciado, nuestro curso obedecía sin rechistar el prolijo listado de normas y obligaciones en vigor. No obstante, los de los cursos mayores comenzaron a buscarle las vueltas, de manera más bien frontal, con notificaciones y advertencias de diversa índole que colocaban, no sin cierto descaro, en el tablón de anuncios.  Al lado mismo de la nota con el horario de los rezos diarios.

En realidad, resultó ser un segundo maestro de novicios, tras el P. Jesús Santos en Ocaña, dotado de una excelente formación académica, para nada preparado para tratar con casi cincuenta jóvenes, en su mayoría, desbrujulados. O quizá su mundo pertenecía ya a otra época. No pudo o no supo buscar el equilibrio entre la rigurosidad de sus planteamientos y el imprescindible colchón de aire libre que los tiempos en que vivíamos demandaban. Era más partidario del palo que de la zanahoria y, aunque no recuerdo los detalles, terminó por hacer mutis por la puerta trasera. No que no le guardáramos aprecio y cariño en los años que siguió impartiendo su magisterio académico.

El P. Jesús Villarroel, bastantes años más joven, era también un excelente profesor. Habiendo estudiado en Alemania, aportó bocanadas de aire fresco al estudiantado y percibió que los tiempos estaban moviéndose a velocidad de vértigo. Era un hombre, leonés de la montaña, mucho más cercano, tanto en el trato con la comunidad estudiantil como a nivel individual. Profesor de filosofía, especializado en la fenomenología y Husserl, su maestría del estudiantado -gestión, que se diría ahora- la llevaba a cabo sin estridencias y no poca mano izquierda.

Sabía hacer la vista gorda en los “pecata minuta”, pero también plantar sus reales cuando nos desmandábamos, cosa que no era infrecuente. Aunque por aquella época ya éramos excesivamente difíciles de controlar. Las idas y venidas a Madrid, fueran por apostolado, reuniones de solidaridad con la clase obrera, o simplemente regodearnos con alguna película prohibida, eran cotidianas. Imposible concentrarse en las celebraciones eucarísticas.

Desde el punto de vista espiritual pronto se apuntó al Movimiento Carismático, lo cual nos descolocó a no pocos. Aquello de cantar a grito pelado las loas del Espíritu Santo en un batiburrillo de seglares, monjas y jóvenes en busca de su propia identidad religiosa fue un extenso tema de debate, no exento, ocasionalmente, de una cierta burla. Algunos le siguieron por esa senda. La mayoría nos choteábamos de aquella nueva religiosidad tan bullanguera y alejada de la austeridad que nos habían inculcado en el noviciado. De todos modos, o quizá por todo lo que acabo de decir, Chus Villarroel nos imbuyó, y aquel fue su principal legado, el concepto y la importancia de la responsabilidad individual. Cada uno responde de sus actos.

En numerosas charlas en la Comunidad de Estudiantes nos repetía, incansablemente, que no era cuestión de normas, constitución o reglas. La salvación no estaba en la letra, sino en el espíritu de los que asumían su compromiso personal sobre lo que la letra dictaba. Ahora se diría compromiso personal, pero él siempre usaba el vocablo responsabilidad. No necesitábamos policías. Cada uno asumía sus acciones. Esto que ahora puede parecer una banalidad, acostumbrados como estábamos en el convento a vivir por y para la regla, constituyó una novedad absoluta, tintada de un cierto carácter revolucionario.

El tercer y último maestro que tuvimos fue un palentino, el P. Vicente Borragán. Excelente profesor de Biblia, nosotros le admirábamos porque contaban de él, lo que era cierto, que había pasado malos ratos y algún que otro trauma posbélico en la Escuela Bíblica de Jerusalén, durante la Guerra de los Seis Días, en junio de 1967. El voto de obediencia entre los religiosos tiene sus pros y sus contras. Si al superior le funciona la intuición (o si se prefiere la iluminación divina) acierto pleno, si no ¿cómo puede uno convertirse de la noche a la mañana, por arte de birlibirloque, en maestro espiritual de 50 candidatos al sacerdocio, lamiéndose las heridas de la onda sociológica vocacional que sacudió la Meseta en la posguerra?

No estoy seguro de que el P. Borragán asumiera el cargo de buen grado, ni siquiera creo que ese fuera el papel que le tocaba desempeñar. Tengo la impresión de que lo suyo era la academia y que aquello le llegó porque alguien tenía que apechugar con el oficio de Maestro de Estudiantes en aquellos tiempos convulsos. Bingo monacal. No por ello fue un mal Maestro. Al contrario. Fue, sin duda, el más cercano a nosotros, siempre dispuesto a escuchar y con orientaciones y consignas basadas en el sentido común. Tenía bien asumido que corrían tiempos revueltos y que nada volvería a ser como había sido.

En realidad, se vio obligado a limitar los daños de aquella montura descabalgada en que se había convertido el Estudiantado a finales de los setenta. Algunos de mi curso prefirieron pasarse con armas y bagajes a los nuevos movimientos espirituales tan “à la mode” entonces en Madrid: neocatecumenales, focolares et alia. Otros, simplemente, tiraron por el camino del medio y se calzaron las alpargatas de la vida laica para convertirse en excelentes maestros o aguerridos sindicalistas.

Los nuevos cursos que llegaban apenas aportaban media docena de novicios y alguna que otra vocación tardía. Por comparación a las nuestras que eran extra tempranas. Mi curso, nos conocíamos desde los 11 años en Arcas Reales, conformábamos un conjunto muy diverso en los caracteres individuales pero dotados de una cierta homogeneidad en base a los casi 15 años de convivencia en el internado. Los que venían detrás eran completamente dispares, una extraña mezcolanza de edades, cursos repetidos y vocaciones intemporales.

A medida que progresábamos en los estudios teológicos, nuestros ideales vocacionales –comoquiera que con toda la buena intención los concebíamos- no disminuían, antes bien se hacían más robustos. Vigorosos, y, sin embargo, se mecían en un vacío intangible que no éramos capaces de advertir. El vacío generado por las fuerzas centrífugas de un espejismo que nos habían dibujado, magia y fantasía, nuestras familias y nuestros profesores a lo largo de los años. Porque no era su papel o porque, simplemente, no le tocaba, el P. Borragán tampoco supo pinchar aquella inflación de idealismo tan exacerbado como fatuo.

Jugaba con nosotros a baloncesto o nos recriminaba con suavidad algunos de los disparates, lindando la desfachatez, que cometíamos. Pero dados los tiempos y la época, ni el más avezado de los maestros de estudiantes hubiera sido capaz de controlarnos. En cualquier caso, más allá de la guía espiritual que con mayor o menor destreza ejercía, siempre mostró una exquisita preocupación por nuestro futuro como personas, más allá de nuestra vocación religiosa.

Por ello, inquieto por nuestros progresos académicos, siempre insistía, a tiempo y a destiempo, en que teníamos que convertirnos en traperos del tiempo. Era nuestro deber, afirmaba, no desperdiciar ni un solo instante de nuestras vidas. Este énfasis, en el aprovechamiento de las horas, resulta un poco esotérico cuando se tienen veintitrés años. Pero puedo asegurar que, aunque apenas recuerdo alguno de los principios metafísicos de la lógica, lo de traperos del tiempo me ha perseguido, para bien, allí dondequiera que he vivido, estudiado y trabajado. Que no fuéramos agradecidos en aquel momento no quiere decir que no lo fuéramos más tarde. Nos disculpa el que estuviéramos disfrutando los mejores años de nuestras vidas. El tiempo era, precisamente, una de nuestras preocupaciones más ínfimas.

Me dice mi compañero Teodoro Martín que “quiero enviar una nota de sincero agradecimiento a nuestros maestros de estudiantes, la mayoría aún están entre nosotros, por su labor. Gracias porque desempeñasteis vuestra responsabilidad lo mejor que sabíais”. Yo me sumo a la misma nota de agradecimiento. Fueran el P. Claudio, el P. Chus o el P. Borragán, se vieron superados por los acontecimientos, no que ellos fueran culpables de verse desbordados por los tiempos en que les correspondió ejercer su magisterio.

Los japoneses, tan dados a venerar la enseñanza de los maestros espirituales (sensei) afirman que, si tras muchos años te acuerdas de una sola frase del tuyo, esa será la mejor señal de que destacaron por su excelencia. Aunque los frutos no los recogieran como ellos creían que iban a recogerlos. En forma de osados misioneros, santos varones o predicadores excelsos.

Por lo que a mí concierne, me acuerdo de, al menos, tres frases. En lo que respecta al P. Claudio, imposible olvidarse la intensidad que ponía para explicarnos la sinrazón de la transustanciación. La importancia que atribuía al sujeto, al verbo y al predicado en las palabras de la Última Cena: “Essssssste es mi cueeeeeeeeerpo”. Y en ello le iba la vida, fé ciega de que estaba forjando misioneros indómitos.  

“Asumid vuestra propia responsabilidad, nadie es responsable de vuestros actos. Sólo vosotros. Seréis verdaderos hombres si vuestra responsabilidad, y no la letra de las normas, es la que guía vuestras vidas”, nos aseguraba el P. Chus, creyendo firmemente que así nos convertiríamos en canes guardianes de la ortodoxia.

“Aprovechad cada minuto de vuestra vida, sed traperos de vuestro propio tiempo. No perdáis un minuto en aquello que no sea esencial”, repetía una y otra vez el P. Borragán, a la espera de que nuestra predicación no tuviera nada que envidiar a la de N.P Santo Domingo en tierras albigenses


Al final, no hemos terminado siendo ni misioneros, ni predicadores, ni guardianes de la fe. Al menos más de la mitad, no. Esto podría interpretarse que como maestros espirituales no cosecharon demasiado éxito. Sin embargo, no se puede negar que lo tuvieron como maestros para la vida. Y eso ya es mucho. Estoy plenamente convencido de que “They did the best they could” (hicieron lo mejor que pudieron).

Saturday, March 5, 2016

JUVENTUD EN EL CLAUSTRO, por Magín Borrajo (2 de 2)

Estudiantes en Ávila, principios '60 (Imagen: Antonio Luciano López)
Después de hacer los votos religiosos en junio de 1955, me trasladaron al Monasterio de Santo Tomás, en Ávila, tierra de «santos y cantos», tierra de Santa Teresa y de San Juan de Cruz, grandes místicos. (ENLACE A PRIMERA PARTE DEL RELATO)

Viví en el Monasterio de Santo Tomás tres años, en un ambiente cerrado, aislado del mundo, dedicado a la oración y al estudio.

Las asignaturas principales eran: lógica, psicología racional, cosmología, metafísica, pedagogía, historia de la filosofía antigua y moderna.

Los profesores eran todos dominicos, tradicionales, enraizados en el tomismo y la filosofía escolástica, o “Philosophia Perennis”, sospechosos de todas las corrientes de pensamiento moderno.

Las clases eran en latín, que habíamos aprendido en los años de colegiatura o bachillerato. Se decía que una buena educación filosófica se consideraba la mejor base para una preparación teológica, necesaria para defender la fe y la iglesia católica contra el modernismo y otras corrientes de pensamiento moderno que acechaban los fundamentos del cristianismo.

Las principales corrientes del pensamiento moderno eran: el materialismo, evolucionismo, marxismo, existencialismo.

Antes de comenzar la docencia, los profesores dominicos tenían que hacer el juramento anti-modernista.
          
 Durante esos tres años en Ávila, tampoco mantuvimos contacto alguno con el mundo exterior o con personas ajenas al monasterio. Estaba prohibido salir a la ciudad, a no ser que tuviésemos que ir al médico o al dentista, y en esos casos nos acompañaba un religioso pedagogo o chaperón.

Querían protegernos de las malas influencias del ambiente laico y no confiaban en nosotros. Se permitían visitas de nuestros padres y hermanos, que sólo podían venir durante las vacaciones de Navidad o Semana Santa.

Estas visitas tenían lugar dentro del monasterio y estaba prohibido acompañarles a la ciudad. Con dificultad nos permitían regresar a la familia, solamente si había una defunción del padre o la madre.

Recuerdo circunstancias en que compañeros míos al fallecer sus padres no asistieron al funeral.

Durante estos años de formación se seguía valorando la disciplina personal, la dedicación al estudio, la espiritualidad, el espíritu de sacrificio y los deportes.

La rutina de cada día era meditar, rezar el oficio divino, estudiar y participar en los deportes.

Motivado por el espíritu de sacrificio, a veces estudiaba de rodillas y además de las horas comunes de rezo, añadía privadamente largas horas de meditación.

Las comidas eran frugales pero nos daban un vaso de vino. Para mortificarme, yo no siempre lo tomaba o le echaba agua.

Los dominicos tenían la buena costumbre de comenzar a servir la comida a los religiosos más jóvenes, siendo los superiores los últimos.

Los cocineros eran conscientes de esta costumbre y se preocupaban por que hubiese suficiente comida y que no faltase a los superiores.

Comíamos en silencio, escuchando una lectura. Se decía que teníamos que alimentar al mismo tiempo el cuerpo, la mente y el espíritu.
          
Después de esos tres años de bombardeo filosófico, sin considerar ninguna alternativa, éramos invitados a renovar de modo permanente los votos de pobreza, castidad y obediencia.

Si algunos de los compañeros dejaban el monasterio, se les consideraba débiles de carácter, fracasados y rechazados por Dios. Salían del monasterio secretamente, a horas intempestivas, sin permitirnos despedirnos de ellos.

Renové permanentemente mi voto de pobreza, obediencia y castidad convencido de que tomaba la mejor decisión de mi vida. Tenía 21 años.

Era consciente de que encontraría dificultades y peligros a lo largo del camino, pero no tenía miedo, pues me convertía en instrumento de Dios y Él era poderoso y con su gracia y ayuda, siempre triunfaría.
          
 Durante esos años de formación, se cultivaba la inteligencia y la razón pero nunca nos hablaron de la afectividad, la sexualidad humana, ni de la identidad personal.

Los sentimientos no eran importantes. Si se reconocían, teníamos que olvidarlos, sublimarlos y someterlos a la razón.

Se prohibían lo que llamaban las «amistades particulares». En aquella época no entendía el porqué. Se prohibía frecuentar la amistad con una misma persona y pasear de a dos. Si salíamos de paseo teníamos que ir mínimo tres.

Estaba completamente prohibido entrar en la habitación de nadie. Todas las dependencias del monasterio, excepto la iglesia, eran de «clausura», lo que quería decir que estaba prohibida la entrada a las mujeres.

A los seminaristas o estudiantes tampoco se nos permitía compartir la iglesia con los seglares. Rezábamos y meditábamos en el coro, donde la gente que participaba en el culto no nos veía.
          
En el verano de 1958 me trasladaron a la Facultad de Teología de los Dominicos en Alcobendas, a las afueras de Madrid. También allí estaba prohibido ir a la ciudad. Los profesores continuaban siendo sacerdotes. Durante ese año comenzamos a tener algún conferenciante seglar, como Laín Entralgo, rector de la Universidad Central, médico y filósofo; o el profesor Zubiri, famoso filósofo; Pérez Lozano y otros.

Comenzamos a tener algún cine fórum, dirigido por cineastas importantes. Continuaba el índice de libros prohibidos, pero teníamos más acceso a revistas, periódicos y televisión.

Ese año comencé a leer algunos libros de literatura. Seguía siendo obediente, estricto conmigo mismo, fiel a la enseñanza y tradición dominicana y no me atrevía a cuestionar las enseñanzas de los profesores.

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Por cortesía de Magín Borrajo, publicamos el capítulo III de su libro "BUSCANDO SER HUMANO", Palibrio, Bloomington 2014. Puedes adquirir el texto completo en Amazon 

Wednesday, March 2, 2016

RVDO. FRAY.PABLO SÁNCHEZ- FUENTES PÉREZ O.P. (†) ELEGÍA, por Carlos Malillos

La tristeza y el lloro, mes de agosto,
anegó los profundos secarrales,
y aún antes que la uva fuera mosto,

que quedaran vacíos los nidales,
partiste de este mundo hacia la Gloria,
en el vientre, clavados los puñales.

Al final de la lucha, la victoria,
arrulló para ti, ave cantora,
la dulce melodía migratoria.

En el día fijado y a la hora
que te llamó el Señor a su regazo,
escuchaste, por fin, la voz sonora,

el resplandor eterno y el abrazo
de quien te consagró para dar Vida,
sabiendo que la vida tiene plazo.

Ante el cuerpo yerto, el alma huida,
recordaré, Pablo ¡Oh privilegio!
Ver tu figura, caminando erguida,
por los anchos pasillos del Colegio.


(Agosto 2015)

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Carlos Mallillos, fue profesor de Física en Arcas Reales. Autor de "Las lamentaciones de mi primo Jeremías" y "Cécile". Más información en su Blog: http://goo.gl/1vaaEa