Sunday, July 14, 2019

DONDE SE CONTINÚA LO QUE DEBE SER CONTINUADO Y OTRAS HISTORIAS NUEVAS DIGNAS DE SER CONTADAS, por Rafael Martínez Bernardo (VI)


Paradójicamente las impresiones de mi estancia en Arcas Reales quedaron grabadas con más intensidad que lo narrado en este siguiente capítulo de nuestro paso por los dominicos. La vida se fue normalizando en parte porque paulatinamente nos estábamos integrando en la sociedad, nunca sentimos, yo al menos, el estigma de “estar en los frailes”, casi al contrario. Es por ello que los recuerdos se han resistido a aflorar con la misma fluidez que en el capítulo anterior.

Una vez concluido el período de iniciación en el colegio de Arcas Reales, al terminar el quinto curso accedimos al Noble y Real Monasterio de Santo Tomás de Ávila. Estábamos en plena edad de la adolescencia quinceañeril, plagada de dudas de personalidad, dudas religiosas, vocacionales y hasta existenciales, si es que sabíamos lo que era eso. Con este bagaje en nuestras maletas, más los nervios ante lo desconocido, emprendimos camino hacia la ciudad de pétreas murallas (como diría Homero en boca de la querida profesora Adelaida) en septiembre de 1968; teníamos entre 16 y 18 años.

Siempre conservaré en mi retina la primera vista de la ciudad al acercarse el tren: elevada sobre una verde colina y rodeada por murallas - a las que tantas vueltas daríamos con el tiempo, como si de una ciudad medieval sitiada se tratase -; murallas majestuosas, asentadas sobre rocas, misteriosas cuando estaban iluminadas. Situada en medio de duras tierras castellanas, de paisajes áridos y pedregosos, la ciudad amurallada era como refugio después de atravesar campos yermos.

La primera visión del monasterio-colegio era impactante por su extensión y esbeltez al mismo tiempo; el edificio fue construido entre los años 1482 y 1493 por encargo de los Reyes Católicos, quienes lo usaron como residencia de verano y donde fue enterrado el heredero de la corona, el príncipe Don Juan. En los dos años que permanecimos allí, creo que no apreciamos el privilegio que teníamos por residir en un edificio histórico como el nuestro.

Solo disponía de dos accesos: la puerta principal, la de la iglesia, estaba, y sigue estando, rodeada por una muralla de altura variable, unos tres o cuatro metros; por la segunda puerta entrábamos los alumnos y se accedía directamente a la residencia y otras instalaciones terrenales (en contraposición a las religiosas y artísticas). Había un tercer acceso, el salto de la muralla, de cuya épica se hablará más tarde.

El monasterio era un edificio enorme con multitud de dependencias clásicas que databan de la época de su construcción y posteriores renovaciones, la última de las cuales era la residencia para los “aspirantes”, quienes a partir de ahora pasarán a llamarse estudiantes, a secas. Era ésta un edificio moderno, obra del arquitecto Fisac, de cuatro pisos con largos pasillos y celdas, que a partir de ahora pasarán a llamarse habitaciones, la aureola ligeramente laica que nos iba envolviendo tiene que reflejarse en el lenguaje. Las habitaciones eran sencillas pero acogedoras, mobiliario elemental, cama, mesa de estudio y pequeño armario; baños comunes que también servían para tertulias en tiempo de estudio. Cuando llegamos el primer año tomamos posesión de las del norte, gélido lugar en cuyos imperios nunca se ponía el sol, ya que nunca llegó a salir; una vez que ascendimos a sexto curso y pasamos a ser veteranos, nos concedieron el honor de residir en las habitaciones del sur, mucho más calientes y con acceso directo a unos canalones por los que - solo en caso de necesidad y si lo exigía el guión para tomar el sol o escapar de la vista del prefecto, P. Félix - podíamos deslizarnos y dar con nuestros cuerpos en la terraza sobre las aulas o salas de reuniones y usos múltiples.

Cuán diferente era nuestro modus vivendi en Santo Tomás. El cambio más significativo se resumía en una simple pero compleja palabra, “libertad”. En total creo que comenzamos el curso unos cuarenta (¿??) alumnos, y fuimos el segundo (¿??) curso con quienes experimentaron los frailes el cambio de Arcas Reales a Santo Tomás para los dos últimos cursos. El director era el P. Virgilio, que ya había estado con nosotros en AR como profesor de Griego; también nos acompañaban el P. Ajates y el P. Félix Rodríguez, que venía igualmente de AR. La gran novedad fue que asistíamos a clase al instituto Isabel de Castilla, por primera vez en nuestras vidas estábamos codo con codo con alumnos laicos y los profesores lo eran en mayor o menor grado, los había liberales, conservadores, progresistas, franquistas…

Como en el instituto la mayoría de los alumnos escogían francés, ante nuestra llegada masiva de estudiantes de inglés se produjo un gran cambio en la distribución de los grupos, siendo el nuestro un grupo enorme, formado por nosotros más media docena de alumnos “externos”, varios de cuyos nombres me vienen a la memoria, como el simpático Arenas, que nos hacía las delicias imitando a los profesores en los intermedios de las clases, otro llamado Antonio Mª Claret Sáez Gordo, los amigos Ríos y Mariano - con quienes años más tarde compartiría piso, gracias y desgracias en Salamanca -, Celso Rojo, Tejada y otros; creo que no había chicas en nuestro grupo. Tan grande era el grupo que el primer año no encontraban profesor de inglés y estuvimos casi un mes sin clase de dicha asignatura.

En sexto curso (primer año en Ávila) subíamos al Instituto todas las frías mañanas abulenses (rezaba el lema “el frío más seco de España”) y alguna tarde; en general el profesorado era muy bueno académicamente y el alumnado también: el director se llamaba Iniesta y nos enseñaba Lengua y Literatura, nuestra querida profesora Adelaida, Griego: nos inculcó un gran amor al griego y a la cultura griega que aún perdura en nosotros, en los años de la universidad en Salamanca vivimos de las rentas de lo que habíamos aprendido, daba sus clases “peripatéticamente”, paseando y dictando sabiduría; quizás fuese la profesora más carismática, era de Salamanca y en alguna ocasión nos llevó a comer a dicha ciudad desde Ávila.

Un cura bonachón llamado Argimiro impartía Filosofía, siempre con sotana y muy mal conductor en su sempiterno Seat 600; Lengua Española era dictada por  ¿????? apodado “Torrezno”, que simplificaba el origen de las palabras con “por analogía con …” La profesora de Arte era María Teresa, llamada la Piltra, profesora exigente y competente, muy enjoyada y maquillada. Como muestra del franquismo teníamos la asignatura llamada FEN (Formación del Espíritu Nacional), cuyo profesor era Cubillo, de la Falange, sin embargo, no nos adoctrinó políticamente, pues la asignatura que dimos en su clase era Estructura Económica de España, con los libros de Fuentes Quintana y Velarde Fuertes, sus clases de economía era muy buenas (comentario y fotos de los libros facilitados por Lucinio de Prado).

Magdalena nos enseñaba Latín. En Preu María Teresa (que murió joven por un cáncer) y July nos dieron clase de inglés: buena de María Teresa, asistida con mucho entusiasmo (sobre todo por parte de los alumnos) por la joven y atractiva inglesa July; esto sucedía en sexto cuando durante un tiempo teníamos las clases en el propio colegio en el aula al lado de la carbonera: July tocaba la guitarra sentada en la mesa el profesor y, quien más quien menos tiene en su mente grabada su figura, - para hablar con precisión, la de su minifalda -, por alguna inexplicable razón caían los bolígrafos al suelo y era menester agacharse a recogerlos; el profesor de francés, de tupidos bigotes, vociferaba: “en la clase de al lado se trabajaaaa”.   En Historia de España teníamos un profesor que hablaba muchísimo y fumaba más, ¡¡¡oh complicado e inexplicable siglo XIX de España, entre conservadores y liberales, isabelinos y carlistas, reyes, reinas y regentes!!

Según Lucinio le llamábamos el GU porque tenía un 4L matrícula de Guadalajara y fumaba cuatro cigarrillos en cada clase, alternaba rubio y negro. Y qué decir del profesor de Biología Trujillano, profesor entusiasta y enérgico donde los hubiera: no olvidaré aquella inolvidable y cruda escena de la pobre rana diseccionada con el corazón aún latiente para ser examinada por nuestros ojos atónitos abiertos o cerrados, ni cierto día que llevaba yo el aparato llamado “microtomo” para diseccionar plantas y usarlas en el microscopio, lo cogí con la caja boca abajo, se cayó el maldito aparato y se rompió; el profesor vino hacia mí como un energúmeno, no sé cuántas cosas me gritó y acabó por expulsarme de clase.

Un tal José Ignacio nos enseñaba Gimnasia. Religión era impartida y disfrutada por un cura algo mayor, don Luis Sastre, cura y secretario del Instituto que nos calificaba por el número de folios que escribiésemos, yo ponía un punto en una parte del folio y el reto consistía en llegar escribiendo hasta allí; los más gamberros se le escapaban a media clase reptando por el suelo hasta la puerta.

En los recreos salíamos rápidamente por un descampado (hoy es una zona de pisos, claro) e íbamos a dar un paseo rápido hasta el “Grande”, que tantas veces patearíamos los domingos por la tarde; veíamos escaparates o íbamos a un bar a escuchar canciones en el jukebox o “máquina de música o gramola”, cuando me tocaba meter dinero a mí ponía La casa del sol naciente y Honky Tonk Women.

En las listas de éxitos siempre estaban número uno Delilah (en verano descubrí que era la famosa “Dilaila” de Tom Jones) y Eloise. Era la moda que las chicas llevasen el pelo largo, moreno y liso, y así nos gustaban, como Enc., la de la tienda de Tricot. Había un teatro y allí representaron alguna obra como la del Cardenal, con varios de nuestros compañeros de protagonistas, Rufino, Alegre, Lucinio; también fue memorable la actuación de los entonces  jovencitos y rebeldes cantantes revelación: el leonés Ricardo Cantalapiedra, Patxi Andión y Mariano Díaz con el himno que cantábamos en la calle:  “La juventud tiene razón, hay que seguir luchando por un mundo mejor donde se grite la verdad”.  Patxi con su voz ronca y aguardentosa cantaba otro himno nuestro como era Rogelio. Poca vida social teníamos en el instituto a excepción de algún baile en el gimnasio, parecido al de las películas americanas, pero sin tanto glamour.

Regresábamos a comer a la residencia, donde teníamos un comedor o refectorio digno de un monasterio, con pinturas murales; la comida mejoró muchísimo respecto a AR, éramos muchos menos y las cocineras se empleaban. A veces ampliábamos el postre con alguna manzana o pera del huerto de los frailes que estaba al lado de las instalaciones deportivas. Curiosamente no tengo recuerdos especiales respecto a las comidas, en contraposición con AR, alguna razón oculta habrá o sencillamente se normalizó el tema alimenticio. 


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