Friday, July 21, 2017

SAN PEDRO MÁRTIR: 1960-1963, por Juan José Luengo (II)

Para no perder el hilo, volvamos a la narración. Comenzamos las clases con la Lógica para aguzar nuestras destrezas mentales y prepararnos para empresas mayores en el futuro. Nuestro vocabulario filosófico se fue enriqueciendo y aprendimos lo que era el concepto, el juicio, el raciocinio, el silogismo, la analogía, el ente de razón...Aprendimos a conceder, negar o distinguir la mayor, la menor o la consecuencia… los atqui y los ergo… y mil cosas más que se borraron de nuestra mente hace ya luengos años.

Luego vendrían la Cosmología, la Ontología, la Crítica, la Psicología, la Teodicea… Cada una con su terminología peculiar: materia, forma sustancial, ente y sus propiedades, esencia, existencia, hipóstasis, subsistencia, persona, abstracción mental, idea, hábitos, pasiones, ego, libido, las cinco vías de Santo Tomás… ¡Demasiado para poder recordar todo!

Tuvimos círculos donde aprendimos a debatir con claridad, precisión y profundidad y ejercitaciones para aprender a investigar y escribir con propiedad y buen estilo.

Conservo dos de esas ejercitaciones. Una, de la clase de Psicología, se titula, “Origen y naturaleza de la forma sustancial de los vegetales”. La otra, de la clase de Cosmología, lleva por título, “Doctrina del Maestro Báñez sobre el principio de individuación en la Primera Parte de la Suma (q.3:a.2)”. Yo no fui el único. Todos los estudiantes tuvieron que escribir trabajos tan enjundiosos y relevantes como los dos citados.

Si hay algo que todos los estudiantes de aquella época recordamos es el estilo del P. Turiel y sus famosos quares. Sus legendarios exámenes escritos había que contestarlos en un octavo de página de papel, ni más, ni menos.  La respuesta a sus preguntas, sin importar el tema, no podían ocupar más espacio. Pensándolo bien, era una buena manera de aprender a decir mucho en pocas palabras por aquello de “lo bueno, si breve, dos veces bueno”.

Sin duda, podemos decir que durante los años de Filosofía (y luego de Teología) conseguimos lo que el Cardenal John Newman (beatificado recientemente por el Papa Benedicto XVI) consideraba una buena educación universitaria cuando escribió, “lo mejor de la educación no es cuestión de leer mucho y acumular gran cantidad de información; sino, más bien, aprender a cómo pensar, razonar, comparar, discernir, descubrir y contemplar la verdad.”

Como todos recordamos muy bien, no faltaron las veladas artísticas y culturales en fiestas importantes como la de Santo Tomás y durante la Navidad.  Tuvimos la oportunidad de escuchar conferencias sobre diversos temas dadas por expertos en la materia. No faltaron las excursiones a lugares de interés turístico, como diríamos hoy.  Como botón de muestra de esas excursiones, transcribo casí literalmente la información que me envió Pablo García Gañán sobre la excursión a Toledo en marzo de 1961.

El 9 de marzo tuvimos una excursión a Toledo, concedida por el nuevo Rector de la Universidad de Santo Tomás de Manila, el P. Juan Labrador (1961-1965). Salimos a las 7:45 AM en un estupendo autocar. Hicimos la primera parada en un pueblo llamado Illescas, donde hay un convento de Mercedarias y 6 cuadros de El Greco.

Al llegar a Toledo, nos dirigimos al glorioso Alcázar donde fuimos acompañados por un señor que había sido defensor en los gloriosos días de la Cruzada Nacional…Terminado esto bajamos por las estrechísimas calles a un mirador para ver un magnífico paisaje del Tajo. Acto seguido, fuimos a la catedral, que es muy grande y bella y parecida a la de Burgos. Desde allí fuimos al museo de San Vicente para ver unos magníficos tapices y cuadros de El Greco, entre ellos La Asunción, una de sus mejores obras. Después de la comida, pasamos por la famosa ermita del Cristo de la Vega, visitamos la iglesia de Santo Tomé para contemplar la obra maestro de El Greco, El Entierro del Conde de Orgaz. Luego visitamos la casa-museo de El Greco, dos sinagogas, San Juan de los Reyes, iglesia muy parecida a Santo Tomás de Ávila y, por último, el convento de las monjas dominicas.

No sé cuantos recordarán que en aquellos años estaba de moda como predicador el P. Antonio Royo Marín, escritor y profesor de teología en el convento dominico de San Esteban de Salamanca. Sus famosos sermones de cuaresma y semana santa transmitidos por Radio Nacional desde la Basílica de Atocha en Madrid eran escuchados por muchísima gente. Es difícil olvidar su oratoria de una velocidad vertiginosa, capaz de decir en diez minutos más que cualquier otro predicador en diez horas. 

Con la llegada de más estudiantes aumentó la actividad deportiva, sobre todo en fútbol y baloncesto. Revivió la rivalidad que ya había existido en Arcas Reales entre los cursos y entre las diferentes “ligas” que organizamos.

Nuestro curso siempre tuvo un buen equipo de fútbol. ¿Quién no recuerda las “estrellas”de nuestro curso? Quizá me olvide de alguno, pero éstos son los que recuerdo: José García y José María Ibáñez en la portería. Teodoro Martín, Graciano Reyero, José Antonio de Cea y Tomás Sánchez en la defensa. Centrocampistas como Antonio Sáez, Santos Fernández y Marcos Mallavibarrena. Delanteros como Jesús María Pitillas, Julián Cabestrero, Agustín Carricajo, Andrés Galán, Faustino Martínez, Amador de Bustos… Sin duda, los mejores del curso fueron siempre Santos Fernández, Marcos Mallavibarrena y, si contamos los años de Arcas Reales, Leoncio López.

El curso siguiente al nuestro también tuvo sus “estrellas” como Tomás Riádigos, Tomás Fierro, Carlos Sánchez, Agustín San Millán, Víctor Martín, Pablo García Gañán, Evaristo Galán, Arsenio Alonso, Daniel Vicente Gallardo, Vicente Pascual del Pino y Miguel Ángel San Román.

También eran buenos futbolistas Pablo Ozcoidi, Elías López y Agustín Larrañaga de la Provincia de España y Burgos y Carrasco de la Bética.

Fue precisamente en uno de tantos partidos de fútbol donde sucedió uno de los incidentes más tristes y dolorosos de toda nuestra formación. Corría el mes de octubre (1960). Un día como otro cualquiera, en un partido como tantos otros. Lázaro Fuentes chocó con un jugador del equipo contrario. Cayó al suelo golpeándose la cabeza. Quedó inconsciente del golpe. Fue llevado de emergencia a una clínica de Madrid. Allí estuvo internado en estado de coma por varias semanas. Nunca se recuperó. Falleció como resultado del accidente acabando de cumplir los 19 años. Triste, muy triste.

Unos meses más tarde, a finales de febrero de 1961, falleció a los 22 años una de mis hermanas. Era dos años mayor que yo. Poco había cambiado en el convento, porque tampoco me permitieron asistir al funeral. Mi madre lo hubiera agradecido, sobre todo teniendo en cuenta que mi hermano mayor (Jaime) se encontraba entonces en el convento de Oxford (Inglaterra).

A final del curso, como era costumbre, tuvimos los exámenes finales escritos y orales ¡en latín! Los exámenes orales eran delante de un tribunal de, al menos, tres profesores. No era fácil evitar la ansiedad y el nerviosismo.

Terminado el curso y llegado el verano, fuimos a La Mejorada a decansar. Para estar más cómodos, en vez de usar el hábito, usamos una sotana blanca. Como haríamos durante varios años más, allí nos dedicábamos a recorrer los pinares de los alrededores y a pescar (y cocinar) los cangrejos del río Adaja. No faltaron tampoco algunas escapadas a Olmedo, Calabazas e, incluso, a Pozal de Gallinas y Medina del Campo.                                       

También disfrutamos de aquellas famosas olimpiadas que organizamos para estar entretenidos.

Ya que mencioné a Pozal de Gallinas, ¿alguien recuerda al compañero Mauro Buitrago que había nacido en este pueblo y que estuvo con nosotros dos o tres años en La Mejorada y Arcas Reales?

Pasado el verano, regresamos al Convento de San Pedro Mártir para comenzar el siguiente curso de filosofía (1961-62).
                                                                                                                
La lista de clases era de nuevo larga y extensa: Ontología, Crítica del Conocimiento, Historia de la Filosofía Antigua y Medieval, Seminario, Textos Greco-latinos de Lógica, Textos Greco-latinos de Metafísica, Cuestiones de Física y Química, Cuestiones de Biología, Elocuencia, Música y Religión.

Se nos unió un curso más después de terminar su noviciado. He aquí la lista de todos ellos. Enrique Aparicio, Francisco Bermejo, Bernardino Borrajo, Fernando Cardalliaguet, Adolfo Carreto, Santiago Celorrio, Clemente de la Sierra Curiel, José Delgado, Jesús Díaz García, Teodoro Díez, Isidoro Esteban, Mariano Fernández, Antonio Fresco, Francisco Furones, Avelino Galende, Mariano García, Juan García González, Juan Gil Rodríguez, Jerónimo Gómez Berlana, Manuel González Fernández, Avelino Enrique González Riloba, Julio Gutiérrez, Feliciano Hernando Peña, Gregorio López Ruiz, Santiago Marqués Montes, Luis Martín García,  Miguel Ángel Martín Arroyo, José Manuel Martínez Cuello, Mariano Merino, Juan Vicente Olmos Romano, Hilario Pastor Tejedor, Antonino Pastrana, Emiliano Pérez Peña, Paulino Pérez Sastre, Ángel Peña, Jaime Pérez, Bernardo Redondo, Constantino Rodríguez, Manuel Rodríguez González, Adolfo Soto Madera, Valentín Velayos y Belarmino Vigara. ¿Cuántos recordamos?

A finales del mes de octubre hubo elecciones para elegir a un nuevo prior. Fue elegido el P. José Fernández Cajigal para sustituir al P. Manuel (“Manolín") González, quien, como ya indicamos antes, tuvo el honor de haber sido el primer prior del nuevo Convento de San Pedro Mártir.

No hubo nada distinto a la rutina del año anterior: coro, clases, círculos, ejercitaciones, veladas artísticas y culturales, exámenes, y otras minucias más que se esfumaron en el océano del olvido.

Terminado le curso, fuimos a La Mejorada a pasar el verano como era ya tradición.

Y fue en La Mejorada donde hicimos, el 6 de agosto (1962), la profesión solemne después del tiempo reglamentario de Ejercicios Espirituales. 

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Texto original de Juan José Luengo García "Breve Crónica de un curso 1953-1968)escrito en verano 2009. Para las otras entradas:

Capítulo 1 (La Mejorada)

Capítulo 2 (Arcas Reales)

Capítulo 3 (Ocaña)

Wednesday, June 21, 2017

VIAJE A ASIA, por Magín Borrajo ***

Iglesia Convento Santo Domingo, Manila
Junio de 1963, fin de curso en Washington. Pasé los exámenes sin dificultad y recibí una Licenciatura, o Maestría, con una calificación de Magna Cum Laude y el grado académico de Lector conferido en la orden de dominicos a sacerdotes competentes para enseñar a estudiantes dominicos.

El tema de mi disertación trató de la verdad, «The Logical Truth», la verdad lógica. Cuarenta años después, de viaje con mis hijos por Washington, tuve el gusto de encontrarla en la biblioteca de los dominicos.

Finalizado el curso de Washington debía trasladarme a Manila para comenzar las clases a finales de junio. A los pocos días recibí un telegrama de la compañía aérea TWA que me informaba de que tenía un billete pagado hasta Madrid y que me ofrecían la posibilidad de volar vía París. Como deseaba conocer París, me quedé allí dos días. Recuerdo las caminatas junto al Sena, los Campos Elíseos y la subida al restaurante de la torre Eiffel. Allí un americano, ya mayor, contemplaba la belleza de la ciudad desde el mismo restaurante y me preguntó qué hacía en París. Le respondí que estaba de paso, con destino a Manila. Me miró con cara de compasión, como si estuviera cometiendo un error y me dijo: «Si yo tuviese tu edad, no saldría de París».

Desde París, envié un telegrama al superior, como era costumbre, anunciando mi llegada a Madrid. Sorprendentemente, llegué antes que el telegrama.

Me presenté al superior vestido de seglar. No le gustó verme sin el hábito de dominico. Él estaba informado de mis planes y me permitió ir tres días a despedirme de mi familia.

Mi hermano Bernardino estaba en Madrid cumpliendo el servicio militar. Cenamos juntos y me acompañó al tren de medianoche y llegué de sorpresa a casa de mis padres. Se alegraron creyendo que pasaría el resto del verano con ellos, como el año anterior. No les expliqué mi situación para que no sufrieran con mi separación. Me resultaba muy duro decirles que no volvería a verles en mucho tiempo.

Por aquel entonces, los sacerdotes que iban a Asia regresaban a España cada diez años. Mis padres no sabían este detalle. Les expliqué que estaba preparando el viaje a Filipinas y que tenía que regresar a Madrid antes de tres días.

Desde Madrid les escribí una carta dándoles la triste noticia de que los superiores me enviaban a Malina de inmediato. Mi hermano Bernardino entendió mi situación. Me acompañó al aeropuerto y luego escribió a mis padres explicándoles lo difícil que me resultaba despedirme de ellos.

En el aeropuerto me encontré a otros tres compañeros que iban también a Manila, acompañados de otros dominicos que salían a despedirnos. El procurador me había dado diez dólares por si tenía gastos a lo largo del viaje. Me quedaban algunas pesetas y se las di a Bernardino. En el servicio militar no andaba sobrado de dinero.
          
El viaje hasta Manila duró unas 32 horas, con escalas en Roma, Cairo, Karachi y Bangkok. Compartirlo con los otros tres compañeros, lo hizo más agradable. Comentábamos novedades, cosas que iban trascurriendo durante el largo viaje y reímos mucho.

Yo iba motivado, pero al mismo tiempo apesadumbrado porque sabía que cada nuevo aterrizaje suponía cada vez una distancia mayor de mi familia.

Al llegar a Karachi, antes de permitirnos desembarcar, unos funcionarios subieron a desinfectar al avión y nos fumigaron como si estuviesen matando moscas.

El aeropuerto era antiguo, no tenía aire acondicionado y se notaba la falta de limpieza. En Karachi se apreciaban claramente los contrastes y la cultura distinta.

En Bangkok, al bajar del avión, sentí un calor húmedo y sofocante. El aeropuerto era moderno, con aire acondicionado, limpio, con variedad de tiendas atendidas por jóvenes tailandesas, sonrientes y sencillas. Las encontré femeninas y atractivas. Bromeé con ellas y les pregunté precios de varias cosas. No tenía intención de comprar nada pero terminé comprando un pequeño detalle para agradecer su amabilidad.

Interior del Convento Santo Domingo, Manila (Quezon City)
En el mismo avión volaba desde Roma una cantante de ópera, alumna de la Universidad de Santo Tomás. Al desembarcar en Bangkok, sorprendido por el calor tropical, le pregunté por el clima de Manila. Me respondió que era parecido al de Bangkok. Eso me causó cierto desánimo.

La siguiente escala sería Manila. Al fin llegamos, tras un largo viaje. El avión nos dejó un tanto alejados de la terminal. Fuimos caminando bajo el sol tropical hasta la entrada del aeropuerto. En la terraza vi un grupo de frailes vestidos de blanco que habían venido a darnos la bienvenida. Algunos fumaban y gritando alegremente y nos tiraron algunos puros. Ese comportamiento no fue de mi agrado.

Desde el aeropuerto nos trasladaron en coche al Convento de Santo Domingo, casa madre de la provincia del Rosario, mi residencia durante tres años.

Las calles de la ciudad estaban repletas de gente. Llovía torrencialmente, como es típico en los trópicos. Las mujeres usaban sombrillas multicolores. Los hombres no usaban paraguas y se acurrucaban al lado de ellas. El calor húmedo era sofocante. Los desagües corrían abiertamente por las calles y noté un olor un tanto diferente. Me reí mucho al cruzar uno de los puentes de Manila, «Jones Bridge» y observar que algún chistoso había añadido a mano «COJones Bridge».

Al llegar a Santo Domingo fuimos a saludar al superior provincial. Tras un cambio de impresiones me acompañaron a mi celda, donde encontré, sin previas medidas, un hábito blanco y un rosario negro que se solía llevar en el cuello.

Vestí el hábito, me colgué el rosario al cuello y atendí a la meditación comunitaria en el coro de la iglesia. Comenzaba a anochecer y abundaban los mosquitos. Entre los asientos era costumbre encender Katol, un espanta mosquitos que hacía un humo maloliente. En el paquete de Katol se leía: «Mabuty pampatay lamok», lo que traducido al español quería decir «el mejor mata mosquitos». Esas fueron las primeras palabras que aprendí en tagalo.

Después de la meditación y tras una cena frugal, nos retiramos en silencio a nuestras habitaciones. Como hacía calor me acosté con la ventana abierta. Me invadieron los mosquitos. La cama tenía un mosquitero o redecilla para prevenir su entrada. No supe colocarla bien y los mosquitos se apoderaron de mí. Me levanté varias veces a batallar con ellos.

Me sorprendieron también otras alimañas, unas lagartijas, nunca vistas, que andaban libremente por el techo y las paredes de la habitación. Temía que picasen y me levanté a perseguirlas. Supe después que eran inofensivas y comunes en los trópicos.

La cama era de madera y no tenía colchón. Decían que el colchón hacía sudar y era menos saludable. Era costumbre poner una estera encima de la madera. Al principio la cama la sentí dura, pero con el tiempo me fui acostumbrando.

Llegué a Filipinas sin ninguna orientación y sin saber qué esperar. Recuerdo que me acosté soñoliento y cansado. Debido al cambio de horario, al calor, a la cama de madera, a los mosquitos y lagartijas, mi primera noche fue larga e inolvidable. Deseaba que llegase el día. Me levanté al amanecer y fui a decir misa. Después, a desayunar en silencio. Al terminar, subí a la sala de recreación y me encontré a varios sacerdotes leyendo los periódicos en silencio. Hice lo mismo.

Al poco tiempo entró en la sala el superior del convento y mencionó, con aire de crítica, en presencia de los otros religiosos, que yo y mis compañeros habíamos escrito un montón de tarjetas para decir que habíamos llegado bien y añadió: «Si no se ha caído el avión, todo el mundo sabrá que habéis llegado».

Habíamos escrito tarjetas postales a nuestros familiares en Roma, Cairo, Karachi, pero al no tener sellos y siguiendo las costumbres religiosas, las pusimos en el buzón de la puerta del superior. Dijo que las había puesto dentro un sobre y las había enviado al superior de Madrid.

La Virgen del Rosario, conocida como La Naval
Descontento por su actitud, le repliqué firmemente que no estaba de acuerdo y que me debería haber preguntado a mí. Con aire autoritario me contestó que si me portaba así, no me dejaría escribir ni a mi casa.

Le respondí que eso era injusto e irrazonable.
          
Los primeros meses en Manila fueron difíciles. La gente filipina era sencilla y amable, me sentía bien entre ellos. El clima, sin embargo, era inaguantable. Las lluvias, las tormentas tropicales, seguidas de sol y calor me hacían transpirar. Cambiaba de ropa seis o siete veces al día. Mi tendencia era ducharme con frecuencia. Con tantos baños la piel se me debilitó y me salió lo que en el país llaman sarpullido, un eccema o picazón, por todo el cuerpo.

Las comidas de los filipinos eran diferentes, a base de pescado salado, curado al sol y de olor fuerte, que mezclaban con arroz blanco. Comían también mucho cerdo que no era de mi agrado.

Las cucarachas corrían por la cocina y otras dependencias de la casa. Al principio me causaban asco, pero poco a poco aprendí a tolerarlas y a convivir con ellas. Aprendí que eran más comunes en los trópicos.

Me gustaban las frutas del país: papayas, mangos, bananas, lanzones y chicos. Los primeros meses viví a base de frutas, huevos y quesos. En el primer año adelgacé unos 20 kilos.


Rápidamente me di cuenta de la desigualdad de clases. Pocos ricos, la gran mayoría de descendencia española y americana. Ellos era la clase dominante, controlaban el gobierno, la política y los medios de comunicación. El resto de la población era pobre. Me sorprendió que, a pesar de su pobreza, fuesen alegres y pacíficos y que aceptasen su condición como algo natural.

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*** Por cortesía de Magín Borrajo, publicamos el capítulo III de su libro "BUSCANDO SER HUMANO", Palibrio, Bloomington 2014. Puedes adquirir el texto completo en Amazon o bien en esta página http://www.maginborrajo.com/

CAPÍTULO I



Monday, June 12, 2017

ASPIRANTES A DOMINICOS DE ARCAS REALES 1963*** (I), por Rafael Martínez Bernardo

Curso 1963 Sección C, fotografiado en 1964 (el autor sentado, primero derecha)
Alguien dijo que empezar a contar sus memorias es como empezar a disecarse: quiero contravenir esa máxima y manifestar mi deseo de mantenerme tan vivo como siempre. No olvidemos que la vida es una fábrica de recuerdos que evocan el pasado desde el presente, pero conviene mantener a raya al pasado porque no volverá y al futuro porque todavía no ha llegado. ¡Loor a aquel que guarda las historias del pasado como lección de la vida presente! Hay que tener en cuenta, sin embargo, que la memoria deforma la realidad, pero esa es nuestra realidad, aunque esté distorsionada y pueda aparecer distinta al ser contada por distintas plumas; estoy seguro de que, afortunadamente para el narrador y los posibles lectores, los hechos aquí narrados han pasado por el filtro de una memoria selectiva. A estos lectores me encomiendo con el ruego de que celebren las precisiones y disculpen las inexactitudes y omisiones.

En junio de 1963, pasó por la escuela de Santibáñez de la Isla el padre dominico Santiago, hombre de apariencia bondadosa y digno de toda confianza, tipo Friar Tuck de Robin Hood. Nos convenció a Generoso y a mí para enrolarnos en los Padres Dominicos de Arcas Reales. Yo fui a comunicárselo a mis padres que estaban arando en el pago del camino Villagarcía y se alegraron de que su hijo aspirase a tener un futuro mejor y de la posibilidad de conseguir un don del cielo teniendo un religioso en la familia (¡!!). Además, era la única posibilidad de poder salir a estudiar, porque cobraban una cantidad asequible para ellos, unas 200 (¿quizás 300?) pesetas al mes, insignificante comparada con lo que había que pagar si se iba al instituto y pensión. A mediados de septiembre fuimos con las respectivas madres a los almacenes Cabezas de La Bañeza con una lista (in)terminable de ropa para llevar al colegio; previamente mi madre y mi tía Sina tenían que coser en rojo el número 682 a todas las prendas, ya que iban a ser lavadas con las de todo el curso y las chicas tenían que distribuirlas. Los últimos días en el pueblo eran de gran nerviosismo y esperanza, tenía que ir a casa de los familiares y despedirme uno por uno; el último día solemnemente daba una vuelta en bicicleta por todas las calles del pueblo y de este modo decirle un emotivo y silencioso adiós. Sobre el día 20 partimos en tren (o quizá en autobús desde Hospital de Órbigo, no recuerdo bien) para la que iba a ser nuestra casa hasta junio del año siguiente.

Se accedía al colegio por una pequeña carretera que rodeaba un bucólico estanque con los exóticos ciprinos dorados, protegido por un enorme y acogedor sauce llorón; al lado había una campana o gong traído de tierras lejanas, probablemente de Ceilán o Vietnam. La portería estaba custodiada por el entrañable Fray Fuertes, procedente de San Cristóbal de la Polantera, al lado de nuestro pueblo, un hombre de voz acariciadora y de semblante humilde y feliz, contrapunto de lo que nos íbamos a encontrar una vez que accediésemos al edificio del pabellón de los pequeños a través de una arcada blanca que contrastaba con el pasillo de ladrillo. Encima de la portería y ocupando todo el flanco oriental se encontraba el sanctasanctórum del colegio, lugar inaccesible para el común de los mortales: las celdas o habitaciones de los frailes, y en un edificio aledaño, el de las monjas; eran éstos lugares misteriosos donde se urdían planes secretos para los aspirantes; no se conoció persona que transgrediera el umbral. Muy rara vez accedíamos al espacio abierto de la entrada, solamente para recibir a las visitas anuales de familiares, era territorio misterioso, la puerta del mundo exterior.

Los primeros días eran de un asombro total: procediendo de un pequeño pueblo en aquellos años, yo no conocía lo que era un wáter, ni un cepillo de dientes, ni ducha… Formábamos en largas filas para todo y nos asignaban un pupitre de estudio, una cama en un dormitorio donde pernoctábamos unos 120 pobrecitos de 10-11 años y un lugar en el comedor, siempre el mismo. Había dos pabellones: 1 y 2º en el pequeño y 3, 4 y 5º en el de los mayores, no se podía hablar con los del otro pabellón, solo los hermanos una vez por semana, la capilla estaba en medio y los dividía. Eran días de mucha melancolía y “murria” o morriña, sobre todo por las noches, cuando se oía algún suspiro, quien más quien menos mojaba la almohada con fugaces lágrimas. Durante los primeros días dos o tres compañeros por curso paseaban solos como almas en pena, llorando, “tenían murria”, alguno lo superaba, a otros tenían que venir los padres a recogerlos y llevarlos de nuevo a sus casas. Las maletas se guardaban en un cuarto al lado de la celda del padre Prefecto, aquellas maletas ligeras de rayas con los últimos recuerdos de nuestra vida pasada, con la esperanza de una nueva… al menos así lo percibo ahora, quizá en aquellos momentos estábamos tan aturdidos que nos dejábamos llevar por la corriente, excepto cuando apagaban la luz por la noche y nos asaltaba una melancolía pasajera. En aquel cuarto también guardábamos los paquetes (cuando no eran confiscados) y en el recreo de la tarde se permitía el acceso para coger algo y reforzar la merienda.

El P. Cándido Pérez en una de sus clases de dibujo
Sin más dilación íbamos a la oficina del padre Reyero para aprovisionarnos de material necesario para empezar a funcionar: libros con su respectivo papel azul para forrar, material de aseo corporal, hasta papel higiénico “Elefante”, duro y áspero para nuestros c. núbiles, etc.  (Pequeña anécdota: en el pabellón de los pequeños los wáteres consistían en un plato de cerámica con un lugar para los pies, sin el inodoro para sentarse (el de mayores era más cómodo y tenías derecho a sentarte); cierto día a XXX se le había olvidado llevar su papel higiénico; ante tal desdicha, nuestro compañero reaccionó con serenidad tántrica, agudeza mental y vena artística: con su dedo impregnado en la pintura dorada y todavía caliente escribió en la pared de azulejo “padres dominicos”, la ocurrencia fue sonora y célebre).  El día comenzaba sobre las 7 am., aseo siempre con agua fría, ducha caliente una vez por semana, visita a la iglesia para oír Misa antes del desayuno, la verdad es que no sé bien para qué, todavía no habíamos hecho nada malo. Formábamos en filas e íbamos al comedor para aliviar un poco los vacíos estómagos - estómagos en perpetuo estado de celo -, con una leche celestial bastante aguada creo recordar, pero riquísima; ay ay cuando a algún afortunado de Valladolid le traían “paquete” y nos daba una cucharada de Colacao, una delicia; repartían la leche con grandes lecheras, a los enchufados del repartidor (Cardillo era su nombre) también les llenaban el plato de leche, con un poco de pan se completa el desayuno.

Desde las 9 hasta las 1.30 teníamos clase, con un recreo en medio, creo que las clases duraban una hora y media. El primer año era una delicia porque teníamos monjas de profesoras en vez de frailes, eran mucho más maternales y comprensivas para unos prácticamente recién destetados: la madre Celina, dulce como su nombre, nos enseñaba Geografía; la madre Amada, Matemáticas, en 1º eran sencillas, en 2º a mí se me complicaron al “mezclar” números con letras, nunca entendí por qué tenían que hacerlo, los primeros tenían su sentido y las segundas servían para formar palabras y discursos (¡!); la Madre Sagrario que nos daba Lengua Española, la madre María Antonia nos enseñaba Latín, una de mis asignaturas preferidas (...), nos enseñaba inglés el padre Felices (alias Feroces por las voces que nos daba subiendo de tono con cara de ogro, pobre del que le cayese el bocinazo, aunque ya se sabe: “perro ladrador…”); siempre recordaré cuando me mandó cerrar una ventana y como no me daba por aludido, me gritó: “a ver, usted, el de los dientes como parachoques de locomotora”, recé para que me tragase la tierra, pero afortunadamente, como en tantas ocasiones, no me fue concedido el don. Las aulas estaban orientadas al sur y tenían grandes ventanales para recibir la luz del sol y aprovechar el efecto invernadero, eran acogedoras y cómodas; para las horas de estudio había un largo salón, el de los pequeños era denominado “la nevera”, no es necesario explicar el porqué.


En nuestro curso comenzamos unos ciento veinte “aspirantes”, distribuidos en tres grupos. Yo  estaba en el grupo C y alguna vez me tocaba ser el primero de la lista y ser el encargado de llevar tiza, borrar la pizarra, llevar los borradores de las cartas (las leían y corregían los frailes, luego las pasábamos a limpio y las entregábamos abiertas con el borrador para que no cambiásemos nada)… ese tipo de privilegios. Delante de mí estaba Macías, Martínez Bausela y detrás Martínez Cordero, Mateos. El paso de 1º a 2º fue muy fuerte, pues los profesores ya eran los frailes y algunos de ellos eran levemente aterradores. 

Panorámica de Arcas Reales con ábside iglesia y dos pabellones de alumnos
A lo largo de los cinco cursos pasamos por las manos del P. Buena en Latín, (era muy serio y ligeramente traidor, cierto día en un examen pasó por las filas con un apunte con respuestas falsas en la mano, lo puso hacia atrás y alguno picó y copió las falsas; solía decir “a ver señor usted”, y a mí: “lo dice usted tan serio que se lo voy a creer”; famosos eran sus sonoros tortazos y sus dolorosos pellizcos. P. Alfonso en Geografía poseedor de demasiado cinismo para unos pobres muchachos de 12 años, en su clase ya teníamos un mapa eléctrico con dos polos que se encendían si acertábamos la pregunta. 

P. Pablo en Matemáticas: giraba sobre sí mismo para vigilar a los de atrás, también se encargaba muy eficazmente de la organización de los deportes. P. Pinto en Ciencias Naturales (“la cuatro y la cinco, coño!!), Padre Cándido Pérez (Padre Sito) en Física y Química y en Dibujo, había estado en misiones y tenía una entonación muy musical al final de sus frases, buena y comprensiva persona, a él debemos las fotos de los tres grupos del curso hechas en el pinar con aquella cámara de espejos, marca??????. El Padre Alberto, de nasalizada voz, nos enseñaba Matemáticas, era famoso también por sus tortazos, (aunque nunca lo vimos atizar ninguno), en cierta ocasión alguien intentó copiar de mi examen y me dice: “si un ciego conduce a otro ciego…” me lo repitió varias veces hasta que terminé yo la frase y entendí la indirecta, las matemáticas eran mi asignatura más floja; rara vez se reía, pero relajaba el ambiente cuando lo hacía, en realidad era un cordero disfrazado de lobo; en cambio, imponía tanto cuando se enfadaba que XXXX se hizo pis en su clase. 

El P. Cándido de Inglés, nos enseñó el himno del “ortanchíbiri, ortanchíbiri… que tanto éxito tenía en los paseos largos y excursiones, y que en la actualidad se reedita en los modernos whatsapps.   El P. Igelmo de Literatura (recitaba provocándonos: “me gustan las queridas tendidas en los lechos”, de Espronceda), fue la primera persona a quien oí contar la teoría de la no existencia de Shakespeare, en realidad Christopher Marlowe y otros dramaturgos que firmaban bajo ese nombre habrían escrito sus obras; curiosamente hace un par de meses salió la noticia en el periódico de que se estaba investigando esa posibilidad, increíble, y nosotros sin darnos cuenta del valor de aquel fraile que nos hacía exámenes orales en 4º curso sobre literatura universal extrayendo el número de la pregunta de una bolsa. Cuando decidí el tema de mi tesis estuve dudando si hacerla o no sobre la existencia de Shakespeare, pero me arredré y pensé que sería una labor de titanes. 

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*** Título original del texto: BREVE Y SUCINTA HISTORIA DE LO QUE PUDO HABER SIDO Y NO FUE, DE LO QUE FUE Y PUDO NO HABER SIDO Y OTROS SUCESOS QUE ACONTECIERON A LOS ASPIRANTES A DOMINICOS DE ARCAS REALES 1963

Sunday, May 21, 2017

TENOCHTITLAN

Aquellas lecturas poco edificantes, después de todo El Capitán Trueno o El Jabato vivían en un mundo sin Dios ni santos, y si juraban lo hacían en nombre de los paganos Tor y Odín, no duraban mucho tiempo en nuestras manos. Tampoco se puede decir que la violencia exacerbada de yankis y nazis en la batalla por Creta, durante la II Guerra Mundial, terminara por convertir las Hazaña Bélicas, apaisadas en la forma, en santificadas en el fondo. Así pues, para principios de octubre, aquellos pequeños tesoros, conseguidos con las ínfimas propinas de algún tío soltero generoso, en los tenderos ambulantes de la fiesta del pueblo o, para los más capitalinos, en el quiosco de la vallisoletana estación de Campogrande, terminaban en algún insondable cajón del Prefecto de Disciplina o de alguno de los padres ayudantes que, ángeles de la guardia, desde las habitaciones, uno a cada lado, del inmenso dormitorio corrido, velaban sobre nuestros sueños preadolescentes.

Así pues, para colmar aquellas modestas congojas de lectura nuestros recursos eran, por así decirlo, apenas existentes. Asunto pedagógico que no formaba parte, en cualquier caso, ni de lejos, de las prioridades docentes de la mayoría de los profesores, enfrascados machaconamente en sus interminables y laberínticos juegos de memoria. La excelencia académica se alcanzaba por la repetición incesante. Había entre los profesores honrosas excepciones, claro, pero nadie, hablando en términos generales, apostaba por incentivar la iniciativa de los alumnos. Ni siquiera se puede decir que el énfasis en las epopeyas memorísticas fuera un aspecto recurrente y exclusivo de nuestro querido internado.

En realidad, conformaba la médula esencial del sistema educativo de aquellos tiempos y, me pregunto, si no ha perdurado hasta bien entrado el siglo presente. Aprender los diez mandamientos, los siete sacramentos, las cuatro virtudes cardinales, las tres teologales, con la fiereza de los papagayos y el orgullo de los loritos, era el sino de los tiempos. Los laureles académicos siempre terminaban por reposar en las sienes de quienes se aprendían, como se decía, “de pe a pa”, las batallas de cartagineses contra romanos hasta llegar al lago Trasimeno, sin atisbo de tartamudeo, o enumeraban los autos sacramentales de Calderón de la Barca, sin entender muy bien, lo que era un auto sacramental. Recitábamos de carrerilla lo de “Al olmo viejo/ hendido por el rayo/ y en su mitad podrido, /con las lluvias de abril y el sol de mayo /algunas hojas verdes le han salido”, sin rememorar el abandono perenne de Castilla ni la tragedia vital de Don Antonio y las dos Españas. Por lo tanto, contextualizarlo en su drama personal o extraer aviesas parábolas sobre su triste muerte y exilio en Colliure, ni se nos pasaba por la cabeza. No digo ya la nuestra, ni siquiera la de nuestros egregios enseñantes.

Quizá por esa obcecación en las virtudes de la retentiva suprema, la lectura tenía tan escasos nichos en nuestro aprendizaje. La letra con la letra entraba, pero sólo con la letra de los libros de texto, sin desviaciones, ni recovecos supuestamente estériles a los que nos podía conducir una lectura mínimamente liberadora, incluso aunque fuera adaptada, vía la Editorial Juventud o Bruguera, para con nuestra temeridad infantil, apenas desterrada de robledales y barbechos. No es de extrañar, pues, que la lectura, tan potencialmente agitadora de conciencias, incluso en épocas plomizas como la que habitábamos, se localizara allende nuestras fronteras mentales.

Las únicas migajas de lectura las recogíamos de los libros de texto. Tras la Enciclopedia Álvarez, tan austera y compacta ella, teníamos el extraordinario lujo de contar con un libro de texto por asignatura. Hasta había un libro específico para las manualidades. Innecesario, por lo demás, para algunos de entre nosotros que habíamos venido al mundo, como quien dice, con una chaira, por modesta que ésta fuera, bajo el brazo. Salvo algunos nacidos entre pisos y hospitales provinciales, en contraposición a los nacidos en la habitación vecina a la cuadra del ganado, la mayoría éramos plenamente competentes fuera para sacar un silbato, algunos toda una flauta, de una ramita de chopo en primavera, fuese para recoser los hexágonos que conformaban el balón de cuero del fútbol. Sin profesor, ni libro de texto.

Los primeros días de curso, cuando nos iban entregando los montoncitos de volúmenes, siempre nos resultaba apasionante examinar con suma curiosidad las pastas con sus novedosos diseños. En una esquina, 1º, 2º, 3º curso, dependiendo del año que nos correspondía. Con escritura barroca y retorcida nos recreábamos en tomar posesión de nuestros libros mediante el simple procedimiento de escribir nuestros nombres y apellidos. Era importante no olvidar ninguno de los dos, algunos hasta el cuarto, en la página de guarda. Después pasábamos con fruición las hojas. Lo primero era discutir si el que fuera menos grueso o más delgado podría tener alguna significación especial en la importancia, menor o mayor, de la asignatura. Rápidamente calculábamos por el número de páginas y lecciones hasta donde llegaríamos en junio. La historia casi siempre se paraba en los aledaños de la Guerra de la Independencia y la lengua española llegaba, exhausta de horas y ligera de conocimientos, a los hermanos Bécquer. El rito más importante, salvo en el libro de matemáticas, obviamente, era descubrir los “santos”. Las imágenes de los reptiles africanos en el de Ciencias Naturales, los engolados retratos del Manco de Lepanto en el de literatura o la escena, ficticia, de Viriato acribillado en su lecho por Adax, Ditalcos y Minuros, los traidores a quienes Roma no paga.

Algunos libros, sobre todo el de historia y lengua suplantaban, aunque fuera de forma puntual y a retazos, la ausencia de lecturas más sólidas y vigorosas. El manual de historia era siempre una base inicial, aunque informal, de lectura con la que empezar a descifrar las batallas libradas por Carlos V de Alemania y primero de España, o soñar con la Italia medieval a la vista de los sofisticados artistas del Renacimiento. ¿Cómo no recordar las delicadas reproducciones a todo color, aunque éste fuera más bien mate, de “La Virgen entre dos ángeles” de Filippo Lippi? Con los pies de texto de “Las lanzas” de Velázquez comenzamos a admirar, -más adelante, en otras épocas más políticamente correctas, aprendimos que acaso no debiéramos haberlo hecho- cómo los tercios de Flandes avasallaban, a golpe de pica y arcabuz, media Europa. Las hazañas de Pizarro o los intrincados vericuetos de las guerras napoleónicas, por muy resumidos que aparecieran en nuestro manual, los leíamos una y otra vez, hasta casi saberlos de memoria, mientras mirábamos con los ojos abiertos de par en par la osada carga de sus lanceros gabachos contra los mamelucos otomanos a la sombra de la pirámide de Guiza mandada construir por Kheops.

Nuestras lecturas estaban, literalmente, entrecomilladas. Los libros de texto no eran, todavía, tan complejos como los actuales: sobrecargados de titulares, diagramas, frases célebres, retazos de textos, extractos de discursos, recortes de periódicos, de modo y manera que al final no se sabe muy bien donde está el meollo de lo que se quiere aprender o enseñar. El contexto, pendularmente al revés de hace cuarenta y cinco años, desborda claramente el texto. En aquella época las lecciones tenían un principio claro, un desarrollo meridiano y un final nítido. La orografía patria y sus secuencias lógicas formaban parte indisociable de la geografía del P. Benito Varela: los ríos comenzaban por el Miño, y siguiendo el contorno de la península Ibérica, al revés que las agujas del reloj, terminaban en el Ebro, que nace en Fontibre, provincia de Santander, autonómicamente conocida como Cantabria. Las vertientes eran laderas de sistemas montañosos y no cuencas hidrográficas multiautonómicas, no había subsistemas, ni subsistemas de subsistemas, y el Guadiana daba en la mar a la altura de Ayamonte.

Si la lección 6 se titulaba: “América durante el reinado de Carlos I”, los subcapítulos eran una narración lineal, clara y transparente, que fácilmente transformábamos en lectura. Sin pausas, ni anuncios publicitarios. En algunas de las páginas, las imágenes, fueran el plano de Tenochtitlán copiado de un códice de la época, o las escarpadas ruinas de Machu-Pichu, arrastraban nuestras miradas curiosas que, invariablemente, terminaban en los amplios pies de texto. “Dicen los cronistas que era muy bella, se levantaba en medio de unos islotes, con sus calles rectas y sus canales, tenía 300.000 habitantes”. Apenas descendidos de las montañas altas de Castilla, aquellas entradillas, como acompañamiento de las imágenes, constituían el umbral con el que satisfacíamos nuestra enorme curiosidad, la puerta para empezar a divagar con las gestas de Orellana y Cabeza de Vaca.

Ocasionalmente, se añadían algunos fragmentos de textos literarios de la época: “Hay algunos pueblos grandes y bien concertados, las casas en las partes que alcanzan piedra son de cal y canto”, narraba Hernán Cortés en “Cartas de relación de la conquista de México”. Después venía Pizarro, la fundación de Buenos Aires y en perfecto orden cronológico, Miguel López de Legazpi colonizaba las islas Filipinas. Leer y releer una y otra vez aquellas lecciones del libro de historia, a falta de pastos más abundantes, era un menesteroso pero sólido consuelo, carentes de otras lecturas que, posiblemente, para que, loor a la doble negación, no nos pervirtiéramos no se nos ofrecían.

Sin radio, ni televisión, ni prensa, ni Capitán Trueno, sólo nos quedaba la lectura y relectura de los libros de texto. Para quienes eran aficionados a la lectura, y éramos muchos, la curiosidad era uno de los escasos patrimonios de nuestras exiguas existencias, sobrevivíamos con aquella escasa pitanza.

En aquel minúsculo y soterrado contrabando de tebeos e historietas, cualquier hoja en letra impresa que caía en nuestras manos era carne de lectura. Hasta una mismísima biblia protestante, en su versión de Reina Valera. Como los senderos del Señor eran, también entonces, inescrutables, alguien, ciertamente ignorante de la herejía que propagaba con su mera posesión, se había hecho con un ejemplar. Estábamos en segundo curso y el ecumenismo del Vaticano II, del que no teníamos ni la más remota idea, no había alcanzado aquellos lares. Alguien, ingenuo o ignorante, o ambas cosas a la vez, tuvo la genial ocurrencia de mostrarla en clase al profesor de religión. Orgulloso de poder disponer de una biblia. Ni más ni menos. Porque en la tónica acostumbrada, la religión no se estudiaba con la biblia, sino línea por línea, con el libro de texto.

El profesor que, seguramente, sabía tanto del ejercicio ecuménico de los padres conciliares como nosotros, es decir nada, comprendió de inmediato que aquel libro, sin notas explicativas al pié de página, no era trigo limpio, rápidamente armó un auto de fe. Alboroto de alumnos, juicio sumarísimo del P. Prefecto, amenazas de expulsión, interrogatorio con el cuerpo del delito al lado de la pizarra, “¿de dónde la ha sacado Ud.?”. Buena pregunta porque si ya era raro encontrarla fuera, en el siglo, que hubiera llegado hasta las aulas de aquel internado católico, apostólico y romano, superaba claramente los límites del escándalo y entraba de lleno en el campo contumaz de la herejía. Lo siguiente era la hoguera. ¡Era la biblia, por Dios! Aunque fuera protestante. Inmejorable texto, en cualquier caso, insuperable, desde el punto de vista literario, plenamente válido para travestirse en la piel de villanos (Nabucodonosor, el faraón, los hermanos de José) o la de los héroes (el mismo José, Josué, Daniel entre los leones). Etcétera, etcétera.


Al final, tras la pertinente requisición de tan innoble instrumento religioso, todos terminamos en la capilla, expiando colectivamente la culpa individual de algún candoroso compañero. En lugar de aprovechar para deleitarnos con alguna de las brillantes narraciones del Libro de Samuel, por poner un ejemplo, terminamos recitando los misterios dolorosos del Santísimo Rosario. Como era de esperar, de memoria. 

Saturday, May 6, 2017

ENTRE MADRID Y ÁVILA, por Niceto Blázquez OP (VI)

El autor, hace unos años, en su celda
Pero volvamos a mis años de estudiante de filosofía y teología en Madrid. Como he dicho antes, la revista Oriente fue el primer pedestal de mi pensamiento escrito. Era una revista interna de los estudiantes, pero se imprimía y publicaba como cualquiera otra revista abierta a todos los públicos. De hecho, disfrutaba de prestigio entre las revistas de su género y en la práctica era leída con el mismo interés o mayor que otras de mayor rango institucional. Nunca he sabido quién tuvo la iniciativa de crear dicha revista, pero con el paso del tiempo es claro que la iniciativa fue digna de todo elogio. Para mí fue un estímulo permanente durante la época de estudiante. Yo no había recibido ninguna formación literaria, pero tuve pronto conciencia de la importancia de la comunicación escrita y de la que hablaré en algún momento más adelante. De ahí mi agradecimiento a quienes me facilitaron ese medio para entrenarme en los avatares de la comunicación escrita de mi pensamiento.

En Madrid terminé el curso tercero institucional de filosofía con el título de Bachiller. Más tarde obtuve también el título de Licenciado en Filosofía. Pero antes tuve que superar cinco cursos institucionales de teología y me interesa mucho hablar aquí del significado que tuvo para mí el paso de los estudios institucionales de filosofía pura, como se decía entonces, al estudio de la teología. Por aquella época los estudios filosóficos institucionales en la Orden dominicana duraban tres años bien aprovechados y que en nuestro Centro culminaban con el título de Bachillerato en Filosofía. Conviene resaltar que durante esos tres años no se mezclaban disciplinas teológicas y filosóficas, con las cuales la mente era sometida a un ejercicio racional riguroso para acostumbrarse al manejo de los datos científicos y de las argumentaciones racionales relegando a un segundo plano los argumentos inspirados o motivados por la autoridad moral.

Al pasar de los estudios filosóficos a los estudios teológicos se producía una crisis muy comprensible porque la metodología teológica invierte el orden de factores atribuyendo valor decisivo a la autoridad de la revelación cristiana dejando en segundo plano a las razones científicas y argumentaciones inspiradas en la sola luz de la razón humana. Y como no todos los profesores de teología sabían encontrar el equilibrio deseado entre esos dos niveles de conocimiento, los alumnos acusábamos inmediatamente el golpe, lo que daba lugar a discusiones interesantes y clarificadoras, pero también a confusiones lamentables debido a la confrontación metodológica en la manera de abordar los problemas.

Para mí este choque psicológico resultó muy positivo y fecundo gracias al contacto directo con la Suma Teológica de Santo Tomás. Pronto me di cuenta de que el presunto conflicto entre los postulados de la fe cristiana y los postulados de la ciencia y de la reflexión filosófica era más imaginario que real, debido a intereses ajenos a la búsqueda de la verdad y a falsos planteamientos del problema por parte de los académicos. Con el paso del tiempo el tradicional problema fe/razón se fue desvaneciendo ante mi convencido de que una cosa es la realidad y otra la percepción que cada uno tiene de la misma.
Por otra parte, la calidad pedagógica dominante del profesorado, con honrosas excepciones, y de los responsables religiosos del Centro no era, en mi opinión, la más recomendable, pero se respetaba la libertad interior y la autonomía inteligente y respetuosa de las personas, que no era poco. Yo me acogí a ese respeto y me fue muy bien. Con el avance en los estudios y la propia experiencia personal cada vez sentí menos la necesidad de consultar con las autoridades de turno sobre mis problemas personales, lo cual me dio buenos resultados. Este carácter independiente fue, creo yo, una de las causas por las que yo era ya objeto de fobias y simpatías al mismo tiempo entre los profesores y educadores oficiales del Centro. Según me informó una autoridad académica, que me profesaba gran aprecio, el proyecto de que yo fuera enviado a terminar la carrera de teología en Alemania fue boicoteado por el profesor de metafísica y sus afines que no se fiaban de mí.

La discusión en el Consejo de profesores debió ser tensa, pero llegaron a un acuerdo retrasando ese proyecto para más tarde en atención a mi estado de salud que convenía no forzar. La autoridad académica, Miguel Crescente, que me informó de lo ocurrido, trató de restar importancia a lo ocurrido y se mostró esperanzado en que llegara pronto el momento oportuno para que me enviaran a terminar mis estudios de teología en París.

Yo no di importancia al incidente y lo interpreté después como algo providencial ya que el estado de mi salud se fue deteriorando y el traslado a Alemania no hubiera contribuido a mejorar mi situación personal. Así las cosas, con el Bachillerato en Filosofía en mis manos y un año de teología bien aprovechado volví a Ávila. La historia de estos cambios entre Ávila y Madrid pertenece a otro capítulo de carácter administrativo y al nuevo clima creado por el Concilio Vaticano II que algunas autoridades religiosas y académicas no terminaban de comprender en su justa medida. Ese nuevo clima dio lugar a muchas confusiones, pero para mí fue favorable.

Los cursos académicos 1960/1961 y 1961/1962 tuvieron lugar en Ávila

Santo Tomás de Ávila, fachada de la iglesia
Desde el punto de vista de mi evolución intelectual no hubo grandes novedades, pero sí algunas experiencias dignas de recuerdo. Por una parte, me sentía cada vez más satisfecho de mis progresos intelectuales pero mi salud se deterioraba sensiblemente. Uno de los profesores de Teología, que Hipólito Fernández se llamaba, se percató de mi eficiencia intelectual y del estado precario de mi salud. Por ello no dudó en dejar a mi libre albedrío y responsabilidad la decisión de asistir o no asistir a sus clases cuando yo lo considerara conveniente.

Por otra parte, alguien me había informado de que el profesor de Derecho Canónico sostenía una opinión sobre la disciplina de las Horas Canónicas que me afectaba directamente y con la que yo, por sentido común, no estaba de acuerdo. Cuando tocó el turno académico le propuse hacer una investigación sobre el c.135 del antiguo Ius Canonicum, lo cual le pareció muy bien. Leyó atentamente el trabajo y lo galardonó con la máxima calificación. Pero yo no le dije que había elegido ese tema intencionadamente con la esperanza de desautorizar su opinión. Conocida su forma de ser y pensar me pareció que lo más prudente era no confesarle mis intenciones.

El primer año al regreso de Madrid los estudiantes vivíamos en el antiguo, ruinoso y desangelado pabellón mientras se terminaba de construir uno nuevo. El traslado se produjo pronto, pero ello no contribuyó nada a mejorar mi salud a la deriva. Algunas noches, al terminar la cena, le decía confidencialmente a mi compañero más cercano que si por la mañana del día siguiente no aparecía a la hora normal, entrara en mi habitación para cerciorarse de que yo estaba todavía vivo. Muchas noches me retiraba a dormir con la convicción de que podía ser la última. Las cosas fueron a más y un día decidí marchar a Madrid en busca de mejor suerte y la tuve porque me encontré con el Dr. D. Enrique García Ortiz, todo un caballero y cardiólogo cirujano de vanguardia. Ya había operado a un compañero mío en situación crítica y no dudé en dirigirme a él.

Fue un encuentro feliz porque, además de salvar médicamente aquella situación extrema, se convirtió en uno de mis mejores amigos. Durante algún tiempo no cobró nada por las consultas que le hacía. Más tarde, cuando su situación económica vino a menos, sólo cobraba el cincuenta por ciento de la tarifa establecida. Prologó un pequeño libro mío y me in- vitaba con su esposa a cenar para mantener viva nuestra amistad y mutua admiración. En una ocasión me habló abiertamente de la situación crítica en que me encontró el primer día que me recibió en su consulta. De hecho, algunas señoras que esperaban el turno de su visita en la sala de espera me miraban compasivas y comentaban en voz baja: "¡Mira ese joven, qué malito debe estar"!

Como recuerdo nostálgico de esa época me agrada hacer saber que siempre conservé la afición por la música y el manejo del órgano si bien eran más las ganas que yo tenía de aprender a tocarlo que mis dotes para ello, como se demostró después con el tiempo. Pero esta es otra historia. Lo cierto es que había en la isabelina Iglesia del convento de Santo Tomás un antiquísimo órgano de tubos abandonado. Durante un duro invierno otro estudiante y yo nos dedicamos a repararlo durante los tiempos de descanso sin que nadie lo supiera hasta que un buen día sorprendimos a todos haciéndolo sonar.

Mi compañero daba aire manualmente con el fuelle y yo tocaba. Fue como si un muerto hubiera resucitado para alegría de todos. Pero todo nuestro gozo en un pozo. Durante mi estancia en Valencia restauraron el coro y desguazaron el viejo órgano, el cual, aunque no sonara, era una belleza decorativa en el conjunto arquitectónico isabelino. Cuando vuelvo por allí no puedo evitar que mis ojos queden fijos en el lugar del que fueron arrancados sin compasión aquellos preciosos tubos de los que en tiempos pasados habían salido tan agradables sonidos.

Un buen día de septiembre de 1962 me comunicaron que debía trasladarme al Estudio General de Valencia para continuar allí mis estudios. Después supe que antes de esta decisión por parte de las autoridades religiosas y académicas, se había tomado otra, según la cual debía trasladar- me a la Universidad de Santo Tomás de Roma (Angelicum). De hecho, allí estaba reservada ya mi habitación. La decisión de que fuera a Valencia provenía de España y esta es la que se cumplió.

En todo este asunto tuvieron presente, por una parte, mi vocación intelectual y, por otra, mi estado de salud precario. Por ello mis autoridades en España descartaron París y Roma y me mandaron al Estudio General de Valencia. Una decisión que con el paso del tiempo se consolidó como la mejor de todas ya que por aquellas calendas yo me encontraba condicionado principalmente por la evolución de mi estado de salud.

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