Friday, February 8, 2019

DE NUEVO EN ÁVILA: 1963-1968 (VIII), por Juan José Luengo

Claustro (Imagen: Luciano López, originan en color)

En noviembre de 1963 vivimos otra “tragedia” que, de seguro, todos recordamos. El 22 de noviembre John F. Kennedy, presidente de Estados Unidos, fue asesinado en Dallas. Como ya mencioné anteriormente, el presidente Kennedy era admirado por todos nosotros por ser joven, carismático y católico. Aquel asesinato nos cayó como un vaso de agua fría.

¿Alguien recuerda dónde estaba cuando sucedió esto? Este es mi recuerdo. Eran las siete u ocho de la noche, hora de España. Estábamos en coro. Los padres que eran profesores no asistían a la recitación del Oficio Divino, pero iban al coro para la meditación antes de la cena. Ellos se habían enterado de la noticia y al llegar al coro, uno de ellos (creo que fue José Antonio Fernández) le dijo en voz baja al estudiante que estaba más cerca de la puerta “han asesinado a Kennedy” y este estudiante la noticia al siguiente estudiante...y así hasta que se corrió a todos… mientras el coro estaba bien oscuro al estar apagadas las luces para la meditación.

Fue durante este año que recibimos las entonces llamadas órdenes menores de ostiario, exorcista, lector y acólito.

Hablando de ordenaciones. En marzo de 1964 se ordenaron sacerdotes, entre otros, Manuel Mateos, Serafín Monasterio y Abilio Vicente.

El 6 mayo de 1964 el P. Jesús Gayo fue reelegido Provincial.

No quiero pasar por alto algunos asuntos y sucesos más “prosaicos” que ocurrieron durante este año escolar.  Fue la época cuando apareció el torero más carismático y polémico hasta aquel entonces. Manuel Benítez “El Cordobés” revolucionó la fiesta brava y nadie estuvo inmune a su influencia. Nosotros tampoco. Cuando se televisaban sus corridas en la primavera y verano de 1964 parecía que toda España se paralizaba.

Su cogida en la plaza de Las Ventas de Madrid en mayo de ese año dejó sin aliento a más de uno.  Recuerdo como unos 20 estudiantes (o más) nos congregábamos en casa de uno de mis primos que vivía a las afueras de Avila para ver esas corridas por televisión cuando coincidían con el día del paseo largo semanal.  Entre nosotros no faltaron las discusiones acaloradas y los debates sobre la calidad del toreo de El Cordobés y su valentía. Los “puristas” preferían a otros como Santiago Martín “El Viti” (por haber nacido en Vitigudino, Salamanca), Paco Camino, Diego Puerta, Antonio Ordóñez, Jaime Ostos u otro de los muchos grandes toreros de la época.  Sin embargo, una cosa es cierta. El Cordobés superó a todos en popularidad. 

Fue durante ese verano (1964) cuando España ganó por primera vez la Copa de Europa de naciones.  Se enfrentó a la Unión Soviética en el Estadio Santiago Bernabéu. Ganamos 2-1 con goles de Pereda y Marcelino. Para quienes ya no recuerden, esta fue la alineación de España: Iríbar, Rivilla, Olivella, Reija, Zoco, Fusté, Amancio, Pereda, Marcelino, Luis Suárez y Lapetra. José Villalonga era el entrenador.

Volvamos a asuntos más serios. No sé cómo nuestro Provincial (P. Jesús Gayo) llegó a un acuerdo con el Provincial de Chile y por este motivo, un grupo de nuestro curso fue enviado a Chile. Allá fueron Agustín Carricajo, Teodoro del Pozo, Santos Fernández, Jesús Sánchez Sendino, Tomás Sánchez, José Luis Santervás y Alejandro Valbuena.

También marcharon de Ávila el P. José Antonio Fernández y Jesús Manuel Martínez. Allí se encontraron con D. Ignacio y D. Venerando, quienes habían sido dos de los celadores que tuvimos en Arcas Reales y llegaron a ordenarse sacerdotes para la Provincia de Chile. Del curso siguiente al nuestro, también fueron a Chile Fernando Fuentes y Félix Fernández.   
                                                                                                                                                                                                                                                        Fernando Fuentes llegó pronto a ser Provincial y murió joven (a los 42 años) en 1984. Para no ser menos, Felix Fernández fue también recientemente elegido Provincial (2006-2010).

Como era costumbre, pasamos el verano en La Mejorada. Este fue el último año que nuestro curso veraneó en La Mejorada.


Segundo año de Teología (1964-1965)

El curso siguiente al nuestro, ya terminada la filosofía, vino de Madrid para comenzar la teología.  Esta rutina se repetiría en años sucesivos hasta que los cinco cursos de teología se encontraron en Ávila durante el curso de 1967-68.

Esta es la lista de asignaturas: Theologia dogmatica, Theologia moralis, Exegesis Biblica V. Testamenti, Exegesis Biblica N. Testamenti, Institutiones liturgicae, Historia Ecclesiae, Exercitationes, Eloquentia sacra, Musica sacra y De spiritualitate dominicana.

El 14 de septiembre comenzó la tercera sesión del Concilio que terminó el 21 de noviembre. Se aprobaron en esta sesión los siguientes documentos: Constitución sobre la Iglesia (Lumen Gentium) y los Decretos sobre el Ecumenismo y las Iglesias Orientales.

La aparente calma del concilio era engañosa y ocultaba “tormentas” internas. Dos en particular. La “nota previa” que el Papa Pablo VI añadió a la constitución Lumen Gentium mediante la cual debilitaba, según los expertos, lo que se dice en este documento sobre la colegialidad de los obispos. Pero, había que apaciguar al grupo más conservador de los padres conciliares.

No fue menos acalorado el debate sobre la libertad religiosa. Este documento estaba programado para ser aprobado durante esta sesión, pero fue “boicoteado” hasta el último momento y tuvo que esperar hasta la siguiente.

Fueron principalmente los obispos españoles, italianos y los de la Curia Romana quienes se opusieron a este documento porque pensaban que esa aprobación era hacer concesiones al ateísmo y negar que la Iglesia Católica tiene la exclusiva en la tierra para hablar en nombre de Dios.                                                                             Impresionante fue la intervención del Cardenal Josef Beran (1888-1969), arzopispo de Praga, a favor del documento. El cardenal Beran fue detenido por los Nazis en 1940 y enviado al campo de concentración de Dachau y de 1949 a 1963 fue prisionero del régimen comunista de su país.

Todavía hoy siguen resonando sus palabras en el aula conciliar donde tuvo el valor de decir…” que quizá la Iglesia estaba sufriendo en expianción por sus pecados en el pasado contra la libertad religiosa- tales como la quema en la hoguera del sacerdote y teólogo checo Jan Hus en 1415”.      
          
Aula Magna (Sobre imagen original de Angel Gutiérrez Sanz)
Todos recordamos el argumento que oímos más de una vez respecto a este asunto… “la verdad tiene derechos…la Iglesia Católica tiene la verdad…luego...”. La realidad es que tanto la verdad como el error son ideas abstractas y es el ser humano concreto, de carne y hueso, quien tiene derechos.

Recuerdo vívidamente las discusiones que tuve con mi director espiritual, a quien por respeto no voy a nombrar, quien juraba y perjuraba que era imposible   que el Concilio aprobara este documento. Gracias a Dios, no fue así como lo indica el voto final de 1997 votos a favor y 224 en contra.
                                                                                                              
Ya he indicado antes que todos nosotros seguíamos el desarrollo del Concilio con gran fascinación y entusiasmo. Leíamos con gran avidez las crónicas que desde Roma enviaba José Luis Martín Descalzo.  Era como que se abría un nuevo horizonte y como que se acercaba un nuevo amanecer. Hablar hoy de ecumenismo no es gran cosa, pero en aquellos días era inusitado. Al mismo tiempo, lo que la Lumen Gentium dice sobre el papel de los laicos en la iglesia era algo inaudito… ¡Soplaban nuevos vientos en la Iglesia! Uno sentía como que el “vino nuevo” no cabía en los “odres viejos”. En la “masa”de nuestra formación teológica se introdujo una nueva “levadura”.  La “fermentación” produjo a veces resultados que no fueron del agrado de todos.

Durante el Adviento de este año, la liturgia comenzó a celebrarse en español. Poco a poco el latín desapareció. Un par de años más tarde, ¡la misa conventual era toda en español, concelebrada y de cara al pueblo! Como por arte de magia desapareció aquella procesión de sacerdotes que, durante la misa conventual en el altar mayor, iban a las capillas laterales a “decir” su misa privada.

Recuerdo que durante esta época era frecuente que diferentes grupos de laicos pasaran los fines de semana en el Convento de Santo Tomás para jornadas de estudio y de oración.  Uno de estos grupos, comenzando entonces, fue el de Kiko Argüello. Fueron los primeros miembros del Camino del Neocatecumenado, los “Kikos”, que, como todos sabemos, llegarían a crecer en número e influencia en la iglesia y se extenderían por el mundo entero.

Fue durante la primavera de 1965 que en nuestro convento Cristóbal Halffter presentó y grabó su Misa de la juventud en español. Fue una de las primeras misas compuestas totalmente en español y sería muy usada por muchos años tanto en España como en otros países donde se habla español. Fui testigo de cómo esta misa se usó mucho en las parroquias hispanas de Nueva York y otras diócesis del Noreste de Estados Unidos.

¿Quién no recuerda la letra de la canción de entrada?: 

                            Anunciaremos tu reino, Señor, tu reino…
                            Reino de paz y justicia…
                            Reino de vida y verdad…

No estoy seguro cómo Cristóbal Halffter llegó a establecer contacto con nuestro convento. Es posible que fuera através del P. Pablo López de Osaba, gran músico de la Provincia de España, quien fue enviado a Santo Tomás para terminar los estudios de teología.

También llegó por estas fechas desde Estados Unidos Fray Roman Carter quien se hizo miembro de nuestra provincia. Terminó la teología en Ávila y fue ordenado en 1966.

Durante este año académico nuestro curso, salvo alguna excepción, recibió el subdiaconado. Y al terminar el curso, Cirilo Santiago, Manuel Reyes Mate y Marcos Ramón Ruiz fueron ordenados sacerdotes. En realidad, Cirilo Santiago debería haber sido ordenado el año anterior, pero estaba “atrasado” porque había estado enfermo por un largo periodo de tiempo.                                                                        Yo tuve el honor y el privilegio de asistir a la primera misa de Reyes Mate en su pueblo de Pedrajas de San Esteban (Valladolid).

Unos meses antes, en abril, se habían ordenado sacerdotes en Granada José Luis Ajates, Dionisio Jiménez y Rafael Sanz.  A mí me permitieron asistir a la primera misa de Dionisio Jiménez en su pueblo de Herreros de Suso (Ávila).

En Julio de 1965 el P. Francisco Zurdo terminó como prior del convento y, para sustituirle, fue elegido el P. Manuel Ferrero.

Ya indiqué anteriormente que el verano de 1964 fue el último en La Mejorada. El verano de 1965 lo pasamos en el convento de El Paular ubicado en Rascafría, en la vertiente madrilleña de la sierra de Guadarrama.  Este convento, cuyo nombre completo es el Real Monasterio de Santa María de El Paular, fue durante 450 años un monasterio cartujo, desde su fundación en 1390. En 1954 se convirtió en abadía benedictina.

¡Este sería el último verano que pasamos “juntos” como curso!  Como veremos más adelante, los siguientes veranos ya nos “dispersamos” por diferentes lugares.

También durante este verano algunos de nosotros, me acuerdo de Teodoro Martín y Jovino San Miguel, asistimos a la Semana de Misionología de Burgos.  También asistió el P. Godofredo González quien había sido nuestro profesor de Eclesiología.En uno de los “descansos” de la Semana hicimos una excursión al Monasterio Benedictino de Santo Domingo de Silos.

Como es normal, poco queda en la memoria de aquellas conferencias.  Sin embargo, nunca se me olvidará que la “estrella” de los conferenciantes fue el P. Congar, O.P, ya “rehabilitado” después de sus años de silencio. Otros dos conferenciantes que entonces comenzaban a sobresalir en el campo de la pastoral y la catequética fueron el P. Pedro Rodríguez, sacerdote del Opus Dei y director de la revista Palabra, y también el religioso claretiano Teófilo Cabestrero.

Allí conocí a dos seminaristas de la diócesis de Ávila quienes también habían sido enviados a esta Semana de Misionología. Se llamaban Antonio Esgueva y Ricardo Blázquez.  Más adelante, hablaré de Ricardo Blázquez, actual arzobispo de Valladolid.


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Texto original de Juan José Luengo García "Breve Crónica de un curso 1953-1968)escrito en verano 2009. Para las otras entradas:

Capítulo 1 (La Mejorada)

Capítulo 2 (Arcas Reales)

Capítulo 3 (Ocaña)




Tuesday, January 15, 2019

UN AÑO POR TIERRAS MANCHEGAS (III), por Arsenio González Cereijo***


Cada salto adelante suponía un grado de compromiso mayor. La alternativa se hacía cada día más dramática tanto en la aceptación del compromiso como en su renuncia. Tres años quedaban en Santa María de Nieva. Ahora un año de noviciado, una prueba más, en Ocaña, en la provincia de Toledo. Hubo una despedida de los cursos que se quedaban con una velada llena de emoción. Hice el discurso de adiós a los que se quedaban. ¿"Qué otra cosa son los Alpes que una altitud de montes"? parece que dijo Aníbal a su ejército a la vista imponente de sus montañas inaccesibles. Frases bonitas que la imaginación encadena en el romanticismo de la juventud y lejos de la vida real. Equivalía a escalar una nueva etapa en un largo ascenso, entre seducciones profanas que llegaban atenuadas y sugestivas a través de rejas y celosías y negaciones desde un mundo que desconocía. Dentro se disfrutaba el frágil sentimiento de heroísmo, por demás presuntuosos, del hombre que desprecia con orgullo todas aquellas cosas que los demás mortales ambicionan intensamente, placer, dinero y libertad. Recuerda el falso orgullo de los exploradores que queman sus naves al emprender la conquista para evitar la tentación del retorno.

Tres renuncias que sólo se podían justificar en nombre de fuertes motivaciones. La trampa residía en la credulidad de la gente joven que acepta el efecto del medio sociocultural sin demasiada reflexión. Son afectos muy imperativos para que pudieran ser duraderos, No parece tan clara la hipoteca de toda una vida en aras de sublimes ideales juveniles cuya práctica se realiza en contextos de fu condicionantes culturales diferentes. El noviciado piedra de fuego. Ocaña, un viejo convento medieval, do con la sangre reciente de las víctimas de la guerra civil que murieron sobre los tejados acribillados a balazos alimañas y la consiguiente estela de santidad que hoy los envuelve. Los retratos de las últimas víctimas de la persecución vietnamita recubrían sus paredes con recuerdos igualmente trágicos y de su inmolación heroica que se mezclaban con los sueños surrealistas de nuestra ofuscada emoción religiosa. 

La asistencia al coro, el estudio silencioso en la celda, las costumbres monacales rutinarias, con escasa luz sugerente que llega de fuera a los pasillos por unos elevados ventanillos inaccesibles, reproducía un tiempo inmóvil de siglos pasados, un respeto ciego a la tradición muerta y una desconfianza sistemática del mundo malo que discurría fuera. En abierto contraste con la unísona melodía gregoriana del monasterio se confundían las estridentes voces de los vigilantes del penal de la ciudad que guardaban el sueño atormentado de los presos y el lánguido sonido madrugador de las campanas de muchas iglesias. El penal de Ocaña era el reverso del convento. Dos mundos vecinos completamente distintos en la valoración social y muy semejantes en el fondo. Las murallas y las rejas separan a los hombres, los buenos con el orgullo de su libertad inmolada por un lado y los malos con la pena de su rebeldía humillada en el otro. Diferencias de la hipocresía humana y el maniqueísmo de una moral impuesta. ¿Quién puede discernir entre la "mentira" de un asceta y la inocencia del encarcelado y señalar límites entre la insípida virtud cenobítica y la fuerte vitalidad creativa de los habitantes de los penales que la sociedad masacra y luego recluye en sus cárceles.

El noviciado, prueba vocacional. Naturalmente muchos no la superan. Criterios presuntamente justos lo deciden. Aquellas reuniones fatídicas donde al final del año, ellos, los elegidos, los justos, los puros, con unas bolas blancas y negras, separan a los buenos de los malos, deciden la vocación, marcan infalibles el destino de unos y otros como si fueran rifas. "Los elegidos son pocos", los demás quedaban fuera, sin derecho a nada. Salían de puntillas, como prófugos o delincuentes, por la puerta trasera del convento a las tinieblas exteriores, sin testigo de amigos siquiera. Un gran sentimiento de tristeza me inundaba cuando se tachaba aquellos nombres de las listas como si se borrasen de la existencia. Sobre ellos caía un telón de silencio que los cubría de vergüenza en la conciencia de los que quedaban dentro y una losa de hostilidad e intolerancia les ofrecía la sociedad en la puerta de salida. Todo se perdía en un momento. El amigo más sincero durante meses y años desaparecía como un condenado, por encantamiento de las bolas negras de la gente capitular, sin dejar detrás de sí más huellas que el ingrato recuerdo de haber sido rechazados. 

Hasta hoy conservo la memoria fiel de algunos de estos amigos que traté entonces. Conservo el recuerdo de ellos con afecto. Nunca me pareció bien el procedimiento, un hombre no puede decidir el destino de otro por muy justo que sea. Este sentimiento de vieja amistad se ha renovado muchas veces cuando, en mi regreso a España, estando ya fuera de la congregación por voluntad propia, nos encontramos muchos exalumnos dominicanos, en esta otra ladera de la vida. Cuando regresé de Venezuela se había convocado un encuentro de los secularizados, promovido por un grupo de amigos que vivían en la capital de España. Era una idea importante. El abrazo de la amistad. Ahora el pasado empezaba a contar más que el futuro. Allí no había herejes, ni renegados, ni desertores, ni prófugos, ni arrepentidos. Había simplemente amigos, buenos amigos, muchos amigos. 

Fue un verdadero encuentro familiar, más que una reunión de exalumnos de cualquier colegio. Provechosa tanto para los que permanecen dentro porque, por encima de viejos prejuicios, tenemos muchos años de vida en común, tenemos unos ideales que hemos compartido dentro de la misma empresa, los efectos de un poderoso y uniforme influjo educativo que nadie puede borrar, como para los que recorremos otros derroteros desde el día que salimos al mundo de las tinieblas exteriores porque, queramos o no, somos parte de una gran familia, una élite intelectual, con muchas vivencias afectivas y parecidos criterios mentales compartidos. Nadie puede suprimir el valor humano de nuestra convivencia durante tantos años de formación. La familia no es solo sangre. Es cariño. Es afinidad. La familia es la gente que se relaciona afectivamente, gente que se quiere, gente que tiene o no la misma sangre, comparte la misma estructura mental, parecida tonalidad afectiva, la misma marca cultural de origen y los mismos términos para nombrar las cosas. Esos éramos los que habíamos acudido a aquella convocatoria.  

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*** Publicado con la amable autorización de autor: CLAUSTRO dentro y fuera, Arsenio González Cereijo (DEP), Cultiva Comunicación SL Madrid 2009 [El texto corresponde a una sección del capítulo II titulado "La Aventura religiosa"] El libro está dedicado "A mi familia. A mis amigos. A los que, como yo, han sido crédulos, ingenuos, soñadores y han pretendido, en vano, cambiar el camino del tiempo y la ruta de las estrellas. Mi otra familia"

Wednesday, December 12, 2018

DESMEMORIADAS MEMORIAS DOMINICANAS, por Rufino García Álvarez


INTRODUCCIÓN

Llevo varios años conversando con mis amigos y ex-compañeros de Colegio para intentar recopilar datos, anécdotas y vivencias que disfrutamos, sufrimos y vivimos con intensidad en nuestros años de estudiantes internos en los diversos colegios de los frailes dominicos en España.

Procesión en el Patio Central
Muchas de estas vivencias o anécdotas pueden ser atribuidas a compañeros o a mí mismo como espectador o actor de las mismas pero que quizás no se correspondan con la realidad por varias razones. O porque la memoria nos falla y situamos mal a los protagonistas de los hechos o porque ya no recordamos con exactitud a la persona que protagonizó ese hecho.

Decía Marcel Proust: “El recuerdo de las cosas pasadas no quiere decir que ocurrieran de esa manera”.

Por lo que intento que sean adjudicadas a ciertos compañeros más cercanos y nítidos en mi memoria particular o colectiva y así poder dar mayor verosimilitud a la narración y los hechos acaecidos, ya hace la friolera de medio siglo más o menos.
Es muy complejo el intentar dar un cierto orden a todos los hechos que acuden a mi memoria para dotarles de una comprensión cronológica y conceptual, por lo que intentaré situar los acontecimientos en un ámbito histórico, aunque haya ciertas anécdotas y sucesos que pueden ser ubicados en cualquiera de los cursos de los respectivos colegios y cursos y con actores vivenciales que pueden haber reproducido situaciones semejantes o repetitivas.

Los hechos aquí narrados se refieren a mi estancia en el Colegio desde el año 1959, cuando ingresé en primero de bachillerato en Arcas Reales (Valladolid), hasta el año 1968 en que abandoné el Estudiantado de Filosofía de S. Pedro Mártir de Alcobendas (Madrid).
En esta primera versión supongo que existirán algunas incertidumbres o inexactitudes que podrán ser subsanadas “a posteriori” cuando los compañeros de nuestro Club de Barcelona puedan leerlo y hacer las acotaciones o aportaciones pertinentes.

Espero y deseo que sirvan estas páginas para rememorar hechos que se nos pueden ir borrando de nuestra memoria y que nos puedan traer tardes de tertulia y camaradería al ponerlas de nuevo sobre el tapete en nuestras reuniones.

Desde luego que no me gustaría herir susceptibilidades ni poner en un brete a ningún compañero por adjudicarle alguna travesura o acción que sea delicada en su moralidad o tergiversada, sin intención, en su recordatorio.

Situados estos antecedentes, empiezo a desgranar algunos trazos de la historia de nuestras vidas en la década de los sesenta.

ARCAS REALES
Fue una conmoción que en una pequeñísima aldea de unos 10 vecinos fuésemos seleccionados dos alumnos para ir a estudiar internos a un Colegio en Valladolid. Los elegidos fuimos César, mi amigo de la infancia, y yo.

Me estoy refiriendo al pueblecito donde vivíamos, Pedreo, pedanía de Moreda de Aller en el Principado de Asturias. En aquella época la provincia era Oviedo y la Región, Asturias. Hoy en día han evolucionado los nombres en consonancia con la nueva distribución autonómica y política.

A primeros del verano del 59, llegó por la aldea un fraile vestido de blanco que dijo llamarse Fr. Delfín Castañón y que venía buscando chicos que quisieran ir a estudiar a un colegio donde había muchos campos de fútbol y baloncesto, así como piscinas y otros muchos niños con los que jugar.

Los captadores de estudiantes hablaban poco sobre la vocación religiosa. Intentaban reclutar a los alumnos con las ventajas de la educación, deportes, salidas profesionales, etc.

Nos hizo una serie de preguntas de geografía, matemáticas, lengua y literatura y algunas palabras muy raras que habíamos oído alguna vez al cura en misa y a los monaguillos. De nuestras respuestas parece que quedó razonablemente contento porque dijo que teníamos nivel para asistir al colegio, sólo nos faltaba conocer en profundidad el latín, así se llamaba la jerga que no entendíamos, y que yo, por mi edad, podía incorporarme directamente a segundo de bachillerato con la condición de aprobar el latín de primero.

Yo me opuse a ir a diferente curso que mi amigo César. No me atrevía a ir a un lugar extraño con chicos desconocidos y, sobre todo, la primera vez que salía de casa a una distancia superior a 20 km. Y además, sin la compañía de mis padres o tíos.

Los padres de César convencieron a mi familia, sobre todo a mi padre, que era reacio a dejarme ir a un colegio de curas o frailes, además de los costes que suponía mi estancia y manutención en el colegio. Después de varios días de vacilaciones y discusiones en casa mi padre accedió y empezó la preparación de la maleta con el ajuar necesario para todo un año interno y muy lejos de casa.

Recuerdo que asignaron el número 642 para marcar todas mis propiedades personales, sobre todo aquellas prendas de ropa que tuvieran que ser lavadas o estuvieran en lugares comunes.

Claustro del Patio Central
La emoción y los sentimientos de miedo y desconcierto ante las novedades que se nos avecinaban llenaron los meses de julio, agosto y septiembre de aquel verano de 1959. Los demás chicos de la aldea nos miraban, unos con envidia, otros con pena porque tampoco sabían qué nos esperaba allá en ese colegio, pero sí sabíamos todos que nos iba a cambiar totalmente nuestras vidas porque ya no volverían tiempos pasados de juegos y travesuras.
Creo que a finales de septiembre nos llegó la fecha de ir hasta Mieres para subir al tren que nos llevaría a Valladolid para empezar un nuevo periplo que, sin nosotros saberlo, nos iba a transformar totalmente nuestro futuro.

Casi no recuerdo imágenes o sensaciones del primer viaje largo sin la compañía de mis familiares. César y yo íbamos como encogidos en nuestros asientos con la atención fija en los letreros de las estaciones con el miedo de pasarnos de la estación de nuestro destino, Valladolid. ¡Anda que no había estaciones, que en aquella época los trenes paraban hasta en los apeaderos!

Menos mal que en León se incorporaron más chicos procedentes de Cacabelos, Ponferrada y León que también iban al mismo lugar y estaban acompañados por un fraile que hacía las veces de monitor o tutor para evitar que los muchachos nos perdiéramos. Desde León hasta Valladolid la algarabía en el vagón del tren fue en aumento. Se notaba la mundología de los chicos procedentes de ciudades y pueblos más grandes que ya estaban acostumbrados a tratar con más personas y a viajar más frecuentemente.

César y yo seguíamos, no obstante, absortos en el paisaje que iba discurriendo por la ventanilla de nuestro vagón. Qué diferencia de paisaje respecto a lo que estábamos acostumbrados a ver y disfrutar en nuestra querida aldea. Llanuras con extensiones inmensas de pequeños matojos en las tierras, que eran los tallos que habían quedado después de la siega del trigo, cebada, etc. Qué raros se nos hacían aquellos yermos tan amarillos y amarronados respecto a los prados verdes y pequeñitos que teníamos en nuestro pueblo. Aquí los terrenos eran muy extensos, llanos, sin vallas y con monocultivo, nada que ver con el estilo de producción de nuestra aldea. No había casi árboles y el sol caía implacable sobre los campos y tampoco parecía que la lluvia visitase muy a menudo estos secarrales.

Pero las horas fueron pasando y de pronto llegamos a una gran estación con un gran tejado sujeto por unas enormes vigas de hierro. Parecía que habían puesto los raíles en el techo además de en el suelo. El ruido del chirriar de los frenos de la máquina del tren con sus avisos de silbato a todo trapo más la exuberante ración de vapor que salía de la caldera de la misma fueron confundiéndose con los gritos y risas de los chicos que se apelotonaban en las plataformas del tren con sus maletas y fardos para bajar del mismo.

En los andenes había un hormiguero de gente. Los frailes que habían venido a recogernos y colocarnos en los diversos autocares para llevarnos sanos, salvos y completos hasta Arcas Reales. Todo eran gritos para intentar congregar a los recién llegados por poblaciones. Pasar lista para que no faltase alguno y colocarles con sus equipajes en los respectivos autocares.

No os podéis imaginar la sensación de tranquilidad y alivio cuando César y yo nos vimos sentados en nuestros asientos del autocar, con nuestros equipajes en el maletero y esperando que nos llevasen a nuestro Colegio.

De repente se oye una voz femenina y gritona que dice:
-¿Rufino García de Moyeda? ¿Rufino García de Moyeda?

Yo me encojo más, si era posible, en mi asiento. Creo que cabrían otros dos más en él. Miro aterrado por la ventanilla y veo a dos señoras de una cincuentena de años, acompañadas por un caballero muy trajeado que intentaban localizarme. Ambas mujeres muy bien vestidas con un variado conjunto de joyas ornamentando su buen atuendo siguen insistiendo en localizarme. El Padre Santiago también intenta colaborar en el tema, pero como el movimiento de chicos y la tarea de colocar y controlar a todos es muy delicada se desentiende del tema.

-              César me mira y me dice: Están preguntando por ti.
-            Qué va, le contesto. ¿No ves que dicen Moyeda y nosotros somos de Pedreo o Moreda?
Él insiste, pero le convenzo de que no me buscan a mí y, además, yo no los conocía. En eso sí que no mentía y decía absolutamente la verdad. Más tarde supe por mi madre que ella se había encargado de llamar a sus tías de Valladolid para que se personasen en la estación y viesen si había llegado bien.

Cuando vi que se alejaban hacia otros autobuses con el mismo resultado y, después de un cierto tiempo de espera, nuestro autocar se puso en marcha, creí que me quitaban una losa del pecho.

Ante nuestros ojos fueron pasando imágenes de calles, edificios, plazas y mucha gente bien vestida y paseando por una ciudad en contraposición a nuestra experiencia en la aldea. Nuestra alucinación era inmensa. Pasado un tiempo, que nos pareció un instante, ya que no conseguíamos procesar tantas imágenes desconocidas, llegamos al otro lado de la ciudad, en las afueras, a unos ocho kilómetros de la ciudad, camino de Pinar de Antequera, allí se encontraba el Colegio, Arcas Reales.

- ¡Dios mío!, pero si cabe nuestro pueblo en este Colegio. Aquí nos perderemos todos los días, le dije a César.
- Sí, es muy grande y además muy bonito, es grandioso. Bueno, a los demás les pasará lo mismo, ya verás cómo aprendemos a movernos como los otros, me contestó.

Después nos mezclamos en la marabunta de maletas, gritos, apellidos y diversas filas en las que nos fueron colocando para intentar poner un poco de orden en aquellas hormonas alocadas y dispersas que nos invadían por la novedad y la visión de aquella casa tan enorme que, si no ocurría algo muy adverso y extraordinario, sería nuestra vivienda durante cinco años seguidos. [CONTINUARÁ]