Monday, June 12, 2017

ASPIRANTES A DOMINICOS DE ARCAS REALES 1963*** (I), por Rafael Martínez Bernardo

Curso 1963 Sección C, fotografiado en 1964 (el autor sentado, primero derecha)
Alguien dijo que empezar a contar sus memorias es como empezar a disecarse: quiero contravenir esa máxima y manifestar mi deseo de mantenerme tan vivo como siempre. No olvidemos que la vida es una fábrica de recuerdos que evocan el pasado desde el presente, pero conviene mantener a raya al pasado porque no volverá y al futuro porque todavía no ha llegado. ¡Loor a aquel que guarda las historias del pasado como lección de la vida presente! Hay que tener en cuenta, sin embargo, que la memoria deforma la realidad, pero esa es nuestra realidad, aunque esté distorsionada y pueda aparecer distinta al ser contada por distintas plumas; estoy seguro de que, afortunadamente para el narrador y los posibles lectores, los hechos aquí narrados han pasado por el filtro de una memoria selectiva. A estos lectores me encomiendo con el ruego de que celebren las precisiones y disculpen las inexactitudes y omisiones.

En junio de 1963, pasó por la escuela de Santibáñez de la Isla el padre dominico Santiago, hombre de apariencia bondadosa y digno de toda confianza, tipo Friar Tuck de Robin Hood. Nos convenció a Generoso y a mí para enrolarnos en los Padres Dominicos de Arcas Reales. Yo fui a comunicárselo a mis padres que estaban arando en el pago del camino Villagarcía y se alegraron de que su hijo aspirase a tener un futuro mejor y de la posibilidad de conseguir un don del cielo teniendo un religioso en la familia (¡!!). Además, era la única posibilidad de poder salir a estudiar, porque cobraban una cantidad asequible para ellos, unas 200 (¿quizás 300?) pesetas al mes, insignificante comparada con lo que había que pagar si se iba al instituto y pensión. A mediados de septiembre fuimos con las respectivas madres a los almacenes Cabezas de La Bañeza con una lista (in)terminable de ropa para llevar al colegio; previamente mi madre y mi tía Sina tenían que coser en rojo el número 682 a todas las prendas, ya que iban a ser lavadas con las de todo el curso y las chicas tenían que distribuirlas. Los últimos días en el pueblo eran de gran nerviosismo y esperanza, tenía que ir a casa de los familiares y despedirme uno por uno; el último día solemnemente daba una vuelta en bicicleta por todas las calles del pueblo y de este modo decirle un emotivo y silencioso adiós. Sobre el día 20 partimos en tren (o quizá en autobús desde Hospital de Órbigo, no recuerdo bien) para la que iba a ser nuestra casa hasta junio del año siguiente.

Se accedía al colegio por una pequeña carretera que rodeaba un bucólico estanque con los exóticos ciprinos dorados, protegido por un enorme y acogedor sauce llorón; al lado había una campana o gong traído de tierras lejanas, probablemente de Ceilán o Vietnam. La portería estaba custodiada por el entrañable Fray Fuertes, procedente de San Cristóbal de la Polantera, al lado de nuestro pueblo, un hombre de voz acariciadora y de semblante humilde y feliz, contrapunto de lo que nos íbamos a encontrar una vez que accediésemos al edificio del pabellón de los pequeños a través de una arcada blanca que contrastaba con el pasillo de ladrillo. Encima de la portería y ocupando todo el flanco oriental se encontraba el sanctasanctórum del colegio, lugar inaccesible para el común de los mortales: las celdas o habitaciones de los frailes, y en un edificio aledaño, el de las monjas; eran éstos lugares misteriosos donde se urdían planes secretos para los aspirantes; no se conoció persona que transgrediera el umbral. Muy rara vez accedíamos al espacio abierto de la entrada, solamente para recibir a las visitas anuales de familiares, era territorio misterioso, la puerta del mundo exterior.

Los primeros días eran de un asombro total: procediendo de un pequeño pueblo en aquellos años, yo no conocía lo que era un wáter, ni un cepillo de dientes, ni ducha… Formábamos en largas filas para todo y nos asignaban un pupitre de estudio, una cama en un dormitorio donde pernoctábamos unos 120 pobrecitos de 10-11 años y un lugar en el comedor, siempre el mismo. Había dos pabellones: 1 y 2º en el pequeño y 3, 4 y 5º en el de los mayores, no se podía hablar con los del otro pabellón, solo los hermanos una vez por semana, la capilla estaba en medio y los dividía. Eran días de mucha melancolía y “murria” o morriña, sobre todo por las noches, cuando se oía algún suspiro, quien más quien menos mojaba la almohada con fugaces lágrimas. Durante los primeros días dos o tres compañeros por curso paseaban solos como almas en pena, llorando, “tenían murria”, alguno lo superaba, a otros tenían que venir los padres a recogerlos y llevarlos de nuevo a sus casas. Las maletas se guardaban en un cuarto al lado de la celda del padre Prefecto, aquellas maletas ligeras de rayas con los últimos recuerdos de nuestra vida pasada, con la esperanza de una nueva… al menos así lo percibo ahora, quizá en aquellos momentos estábamos tan aturdidos que nos dejábamos llevar por la corriente, excepto cuando apagaban la luz por la noche y nos asaltaba una melancolía pasajera. En aquel cuarto también guardábamos los paquetes (cuando no eran confiscados) y en el recreo de la tarde se permitía el acceso para coger algo y reforzar la merienda.

El P. Cándido Pérez en una de sus clases de dibujo
Sin más dilación íbamos a la oficina del padre Reyero para aprovisionarnos de material necesario para empezar a funcionar: libros con su respectivo papel azul para forrar, material de aseo corporal, hasta papel higiénico “Elefante”, duro y áspero para nuestros c. núbiles, etc.  (Pequeña anécdota: en el pabellón de los pequeños los wáteres consistían en un plato de cerámica con un lugar para los pies, sin el inodoro para sentarse (el de mayores era más cómodo y tenías derecho a sentarte); cierto día a XXX se le había olvidado llevar su papel higiénico; ante tal desdicha, nuestro compañero reaccionó con serenidad tántrica, agudeza mental y vena artística: con su dedo impregnado en la pintura dorada y todavía caliente escribió en la pared de azulejo “padres dominicos”, la ocurrencia fue sonora y célebre).  El día comenzaba sobre las 7 am., aseo siempre con agua fría, ducha caliente una vez por semana, visita a la iglesia para oír Misa antes del desayuno, la verdad es que no sé bien para qué, todavía no habíamos hecho nada malo. Formábamos en filas e íbamos al comedor para aliviar un poco los vacíos estómagos - estómagos en perpetuo estado de celo -, con una leche celestial bastante aguada creo recordar, pero riquísima; ay ay cuando a algún afortunado de Valladolid le traían “paquete” y nos daba una cucharada de Colacao, una delicia; repartían la leche con grandes lecheras, a los enchufados del repartidor (Cardillo era su nombre) también les llenaban el plato de leche, con un poco de pan se completa el desayuno.

Desde las 9 hasta las 1.30 teníamos clase, con un recreo en medio, creo que las clases duraban una hora y media. El primer año era una delicia porque teníamos monjas de profesoras en vez de frailes, eran mucho más maternales y comprensivas para unos prácticamente recién destetados: la madre Celina, dulce como su nombre, nos enseñaba Geografía; la madre Amada, Matemáticas, en 1º eran sencillas, en 2º a mí se me complicaron al “mezclar” números con letras, nunca entendí por qué tenían que hacerlo, los primeros tenían su sentido y las segundas servían para formar palabras y discursos (¡!); la Madre Sagrario que nos daba Lengua Española, la madre María Antonia nos enseñaba Latín, una de mis asignaturas preferidas (...), nos enseñaba inglés el padre Felices (alias Feroces por las voces que nos daba subiendo de tono con cara de ogro, pobre del que le cayese el bocinazo, aunque ya se sabe: “perro ladrador…”); siempre recordaré cuando me mandó cerrar una ventana y como no me daba por aludido, me gritó: “a ver, usted, el de los dientes como parachoques de locomotora”, recé para que me tragase la tierra, pero afortunadamente, como en tantas ocasiones, no me fue concedido el don. Las aulas estaban orientadas al sur y tenían grandes ventanales para recibir la luz del sol y aprovechar el efecto invernadero, eran acogedoras y cómodas; para las horas de estudio había un largo salón, el de los pequeños era denominado “la nevera”, no es necesario explicar el porqué.


En nuestro curso comenzamos unos ciento veinte “aspirantes”, distribuidos en tres grupos. Yo  estaba en el grupo C y alguna vez me tocaba ser el primero de la lista y ser el encargado de llevar tiza, borrar la pizarra, llevar los borradores de las cartas (las leían y corregían los frailes, luego las pasábamos a limpio y las entregábamos abiertas con el borrador para que no cambiásemos nada)… ese tipo de privilegios. Delante de mí estaba Macías, Martínez Bausela y detrás Martínez Cordero, Mateos. El paso de 1º a 2º fue muy fuerte, pues los profesores ya eran los frailes y algunos de ellos eran levemente aterradores. 

Panorámica de Arcas Reales con ábside iglesia y dos pabellones de alumnos
A lo largo de los cinco cursos pasamos por las manos del P. Buena en Latín, (era muy serio y ligeramente traidor, cierto día en un examen pasó por las filas con un apunte con respuestas falsas en la mano, lo puso hacia atrás y alguno picó y copió las falsas; solía decir “a ver señor usted”, y a mí: “lo dice usted tan serio que se lo voy a creer”; famosos eran sus sonoros tortazos y sus dolorosos pellizcos. P. Alfonso en Geografía poseedor de demasiado cinismo para unos pobres muchachos de 12 años, en su clase ya teníamos un mapa eléctrico con dos polos que se encendían si acertábamos la pregunta. 

P. Pablo en Matemáticas: giraba sobre sí mismo para vigilar a los de atrás, también se encargaba muy eficazmente de la organización de los deportes. P. Pinto en Ciencias Naturales (“la cuatro y la cinco, coño!!), Padre Cándido Pérez (Padre Sito) en Física y Química y en Dibujo, había estado en misiones y tenía una entonación muy musical al final de sus frases, buena y comprensiva persona, a él debemos las fotos de los tres grupos del curso hechas en el pinar con aquella cámara de espejos, marca??????. El Padre Alberto, de nasalizada voz, nos enseñaba Matemáticas, era famoso también por sus tortazos, (aunque nunca lo vimos atizar ninguno), en cierta ocasión alguien intentó copiar de mi examen y me dice: “si un ciego conduce a otro ciego…” me lo repitió varias veces hasta que terminé yo la frase y entendí la indirecta, las matemáticas eran mi asignatura más floja; rara vez se reía, pero relajaba el ambiente cuando lo hacía, en realidad era un cordero disfrazado de lobo; en cambio, imponía tanto cuando se enfadaba que XXXX se hizo pis en su clase. 

El P. Cándido de Inglés, nos enseñó el himno del “ortanchíbiri, ortanchíbiri… que tanto éxito tenía en los paseos largos y excursiones, y que en la actualidad se reedita en los modernos whatsapps.   El P. Igelmo de Literatura (recitaba provocándonos: “me gustan las queridas tendidas en los lechos”, de Espronceda), fue la primera persona a quien oí contar la teoría de la no existencia de Shakespeare, en realidad Christopher Marlowe y otros dramaturgos que firmaban bajo ese nombre habrían escrito sus obras; curiosamente hace un par de meses salió la noticia en el periódico de que se estaba investigando esa posibilidad, increíble, y nosotros sin darnos cuenta del valor de aquel fraile que nos hacía exámenes orales en 4º curso sobre literatura universal extrayendo el número de la pregunta de una bolsa. Cuando decidí el tema de mi tesis estuve dudando si hacerla o no sobre la existencia de Shakespeare, pero me arredré y pensé que sería una labor de titanes. 

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*** Título original del texto: BREVE Y SUCINTA HISTORIA DE LO QUE PUDO HABER SIDO Y NO FUE, DE LO QUE FUE Y PUDO NO HABER SIDO Y OTROS SUCESOS QUE ACONTECIERON A LOS ASPIRANTES A DOMINICOS DE ARCAS REALES 1963

Sunday, May 21, 2017

TENOCHTITLAN

Aquellas lecturas poco edificantes, después de todo El Capitán Trueno o El Jabato vivían en un mundo sin Dios ni santos, y si juraban lo hacían en nombre de los paganos Tor y Odín, no duraban mucho tiempo en nuestras manos. Tampoco se puede decir que la violencia exacerbada de yankis y nazis en la batalla por Creta, durante la II Guerra Mundial, terminara por convertir las Hazaña Bélicas, apaisadas en la forma, en santificadas en el fondo. Así pues, para principios de octubre, aquellos pequeños tesoros, conseguidos con las ínfimas propinas de algún tío soltero generoso, en los tenderos ambulantes de la fiesta del pueblo o, para los más capitalinos, en el quiosco de la vallisoletana estación de Campogrande, terminaban en algún insondable cajón del Prefecto de Disciplina o de alguno de los padres ayudantes que, ángeles de la guardia, desde las habitaciones, uno a cada lado, del inmenso dormitorio corrido, velaban sobre nuestros sueños preadolescentes.

Así pues, para colmar aquellas modestas congojas de lectura nuestros recursos eran, por así decirlo, apenas existentes. Asunto pedagógico que no formaba parte, en cualquier caso, ni de lejos, de las prioridades docentes de la mayoría de los profesores, enfrascados machaconamente en sus interminables y laberínticos juegos de memoria. La excelencia académica se alcanzaba por la repetición incesante. Había entre los profesores honrosas excepciones, claro, pero nadie, hablando en términos generales, apostaba por incentivar la iniciativa de los alumnos. Ni siquiera se puede decir que el énfasis en las epopeyas memorísticas fuera un aspecto recurrente y exclusivo de nuestro querido internado.

En realidad, conformaba la médula esencial del sistema educativo de aquellos tiempos y, me pregunto, si no ha perdurado hasta bien entrado el siglo presente. Aprender los diez mandamientos, los siete sacramentos, las cuatro virtudes cardinales, las tres teologales, con la fiereza de los papagayos y el orgullo de los loritos, era el sino de los tiempos. Los laureles académicos siempre terminaban por reposar en las sienes de quienes se aprendían, como se decía, “de pe a pa”, las batallas de cartagineses contra romanos hasta llegar al lago Trasimeno, sin atisbo de tartamudeo, o enumeraban los autos sacramentales de Calderón de la Barca, sin entender muy bien, lo que era un auto sacramental. Recitábamos de carrerilla lo de “Al olmo viejo/ hendido por el rayo/ y en su mitad podrido, /con las lluvias de abril y el sol de mayo /algunas hojas verdes le han salido”, sin rememorar el abandono perenne de Castilla ni la tragedia vital de Don Antonio y las dos Españas. Por lo tanto, contextualizarlo en su drama personal o extraer aviesas parábolas sobre su triste muerte y exilio en Colliure, ni se nos pasaba por la cabeza. No digo ya la nuestra, ni siquiera la de nuestros egregios enseñantes.

Quizá por esa obcecación en las virtudes de la retentiva suprema, la lectura tenía tan escasos nichos en nuestro aprendizaje. La letra con la letra entraba, pero sólo con la letra de los libros de texto, sin desviaciones, ni recovecos supuestamente estériles a los que nos podía conducir una lectura mínimamente liberadora, incluso aunque fuera adaptada, vía la Editorial Juventud o Bruguera, para con nuestra temeridad infantil, apenas desterrada de robledales y barbechos. No es de extrañar, pues, que la lectura, tan potencialmente agitadora de conciencias, incluso en épocas plomizas como la que habitábamos, se localizara allende nuestras fronteras mentales.

Las únicas migajas de lectura las recogíamos de los libros de texto. Tras la Enciclopedia Álvarez, tan austera y compacta ella, teníamos el extraordinario lujo de contar con un libro de texto por asignatura. Hasta había un libro específico para las manualidades. Innecesario, por lo demás, para algunos de entre nosotros que habíamos venido al mundo, como quien dice, con una chaira, por modesta que ésta fuera, bajo el brazo. Salvo algunos nacidos entre pisos y hospitales provinciales, en contraposición a los nacidos en la habitación vecina a la cuadra del ganado, la mayoría éramos plenamente competentes fuera para sacar un silbato, algunos toda una flauta, de una ramita de chopo en primavera, fuese para recoser los hexágonos que conformaban el balón de cuero del fútbol. Sin profesor, ni libro de texto.

Los primeros días de curso, cuando nos iban entregando los montoncitos de volúmenes, siempre nos resultaba apasionante examinar con suma curiosidad las pastas con sus novedosos diseños. En una esquina, 1º, 2º, 3º curso, dependiendo del año que nos correspondía. Con escritura barroca y retorcida nos recreábamos en tomar posesión de nuestros libros mediante el simple procedimiento de escribir nuestros nombres y apellidos. Era importante no olvidar ninguno de los dos, algunos hasta el cuarto, en la página de guarda. Después pasábamos con fruición las hojas. Lo primero era discutir si el que fuera menos grueso o más delgado podría tener alguna significación especial en la importancia, menor o mayor, de la asignatura. Rápidamente calculábamos por el número de páginas y lecciones hasta donde llegaríamos en junio. La historia casi siempre se paraba en los aledaños de la Guerra de la Independencia y la lengua española llegaba, exhausta de horas y ligera de conocimientos, a los hermanos Bécquer. El rito más importante, salvo en el libro de matemáticas, obviamente, era descubrir los “santos”. Las imágenes de los reptiles africanos en el de Ciencias Naturales, los engolados retratos del Manco de Lepanto en el de literatura o la escena, ficticia, de Viriato acribillado en su lecho por Adax, Ditalcos y Minuros, los traidores a quienes Roma no paga.

Algunos libros, sobre todo el de historia y lengua suplantaban, aunque fuera de forma puntual y a retazos, la ausencia de lecturas más sólidas y vigorosas. El manual de historia era siempre una base inicial, aunque informal, de lectura con la que empezar a descifrar las batallas libradas por Carlos V de Alemania y primero de España, o soñar con la Italia medieval a la vista de los sofisticados artistas del Renacimiento. ¿Cómo no recordar las delicadas reproducciones a todo color, aunque éste fuera más bien mate, de “La Virgen entre dos ángeles” de Filippo Lippi? Con los pies de texto de “Las lanzas” de Velázquez comenzamos a admirar, -más adelante, en otras épocas más políticamente correctas, aprendimos que acaso no debiéramos haberlo hecho- cómo los tercios de Flandes avasallaban, a golpe de pica y arcabuz, media Europa. Las hazañas de Pizarro o los intrincados vericuetos de las guerras napoleónicas, por muy resumidos que aparecieran en nuestro manual, los leíamos una y otra vez, hasta casi saberlos de memoria, mientras mirábamos con los ojos abiertos de par en par la osada carga de sus lanceros gabachos contra los mamelucos otomanos a la sombra de la pirámide de Guiza mandada construir por Kheops.

Nuestras lecturas estaban, literalmente, entrecomilladas. Los libros de texto no eran, todavía, tan complejos como los actuales: sobrecargados de titulares, diagramas, frases célebres, retazos de textos, extractos de discursos, recortes de periódicos, de modo y manera que al final no se sabe muy bien donde está el meollo de lo que se quiere aprender o enseñar. El contexto, pendularmente al revés de hace cuarenta y cinco años, desborda claramente el texto. En aquella época las lecciones tenían un principio claro, un desarrollo meridiano y un final nítido. La orografía patria y sus secuencias lógicas formaban parte indisociable de la geografía del P. Benito Varela: los ríos comenzaban por el Miño, y siguiendo el contorno de la península Ibérica, al revés que las agujas del reloj, terminaban en el Ebro, que nace en Fontibre, provincia de Santander, autonómicamente conocida como Cantabria. Las vertientes eran laderas de sistemas montañosos y no cuencas hidrográficas multiautonómicas, no había subsistemas, ni subsistemas de subsistemas, y el Guadiana daba en la mar a la altura de Ayamonte.

Si la lección 6 se titulaba: “América durante el reinado de Carlos I”, los subcapítulos eran una narración lineal, clara y transparente, que fácilmente transformábamos en lectura. Sin pausas, ni anuncios publicitarios. En algunas de las páginas, las imágenes, fueran el plano de Tenochtitlán copiado de un códice de la época, o las escarpadas ruinas de Machu-Pichu, arrastraban nuestras miradas curiosas que, invariablemente, terminaban en los amplios pies de texto. “Dicen los cronistas que era muy bella, se levantaba en medio de unos islotes, con sus calles rectas y sus canales, tenía 300.000 habitantes”. Apenas descendidos de las montañas altas de Castilla, aquellas entradillas, como acompañamiento de las imágenes, constituían el umbral con el que satisfacíamos nuestra enorme curiosidad, la puerta para empezar a divagar con las gestas de Orellana y Cabeza de Vaca.

Ocasionalmente, se añadían algunos fragmentos de textos literarios de la época: “Hay algunos pueblos grandes y bien concertados, las casas en las partes que alcanzan piedra son de cal y canto”, narraba Hernán Cortés en “Cartas de relación de la conquista de México”. Después venía Pizarro, la fundación de Buenos Aires y en perfecto orden cronológico, Miguel López de Legazpi colonizaba las islas Filipinas. Leer y releer una y otra vez aquellas lecciones del libro de historia, a falta de pastos más abundantes, era un menesteroso pero sólido consuelo, carentes de otras lecturas que, posiblemente, para que, loor a la doble negación, no nos pervirtiéramos no se nos ofrecían.

Sin radio, ni televisión, ni prensa, ni Capitán Trueno, sólo nos quedaba la lectura y relectura de los libros de texto. Para quienes eran aficionados a la lectura, y éramos muchos, la curiosidad era uno de los escasos patrimonios de nuestras exiguas existencias, sobrevivíamos con aquella escasa pitanza.

En aquel minúsculo y soterrado contrabando de tebeos e historietas, cualquier hoja en letra impresa que caía en nuestras manos era carne de lectura. Hasta una mismísima biblia protestante, en su versión de Reina Valera. Como los senderos del Señor eran, también entonces, inescrutables, alguien, ciertamente ignorante de la herejía que propagaba con su mera posesión, se había hecho con un ejemplar. Estábamos en segundo curso y el ecumenismo del Vaticano II, del que no teníamos ni la más remota idea, no había alcanzado aquellos lares. Alguien, ingenuo o ignorante, o ambas cosas a la vez, tuvo la genial ocurrencia de mostrarla en clase al profesor de religión. Orgulloso de poder disponer de una biblia. Ni más ni menos. Porque en la tónica acostumbrada, la religión no se estudiaba con la biblia, sino línea por línea, con el libro de texto.

El profesor que, seguramente, sabía tanto del ejercicio ecuménico de los padres conciliares como nosotros, es decir nada, comprendió de inmediato que aquel libro, sin notas explicativas al pié de página, no era trigo limpio, rápidamente armó un auto de fe. Alboroto de alumnos, juicio sumarísimo del P. Prefecto, amenazas de expulsión, interrogatorio con el cuerpo del delito al lado de la pizarra, “¿de dónde la ha sacado Ud.?”. Buena pregunta porque si ya era raro encontrarla fuera, en el siglo, que hubiera llegado hasta las aulas de aquel internado católico, apostólico y romano, superaba claramente los límites del escándalo y entraba de lleno en el campo contumaz de la herejía. Lo siguiente era la hoguera. ¡Era la biblia, por Dios! Aunque fuera protestante. Inmejorable texto, en cualquier caso, insuperable, desde el punto de vista literario, plenamente válido para travestirse en la piel de villanos (Nabucodonosor, el faraón, los hermanos de José) o la de los héroes (el mismo José, Josué, Daniel entre los leones). Etcétera, etcétera.


Al final, tras la pertinente requisición de tan innoble instrumento religioso, todos terminamos en la capilla, expiando colectivamente la culpa individual de algún candoroso compañero. En lugar de aprovechar para deleitarnos con alguna de las brillantes narraciones del Libro de Samuel, por poner un ejemplo, terminamos recitando los misterios dolorosos del Santísimo Rosario. Como era de esperar, de memoria. 

Saturday, May 6, 2017

ENTRE MADRID Y ÁVILA, por Niceto Blázquez OP (VI)

El autor, hace unos años, en su celda
Pero volvamos a mis años de estudiante de filosofía y teología en Madrid. Como he dicho antes, la revista Oriente fue el primer pedestal de mi pensamiento escrito. Era una revista interna de los estudiantes, pero se imprimía y publicaba como cualquiera otra revista abierta a todos los públicos. De hecho, disfrutaba de prestigio entre las revistas de su género y en la práctica era leída con el mismo interés o mayor que otras de mayor rango institucional. Nunca he sabido quién tuvo la iniciativa de crear dicha revista, pero con el paso del tiempo es claro que la iniciativa fue digna de todo elogio. Para mí fue un estímulo permanente durante la época de estudiante. Yo no había recibido ninguna formación literaria, pero tuve pronto conciencia de la importancia de la comunicación escrita y de la que hablaré en algún momento más adelante. De ahí mi agradecimiento a quienes me facilitaron ese medio para entrenarme en los avatares de la comunicación escrita de mi pensamiento.

En Madrid terminé el curso tercero institucional de filosofía con el título de Bachiller. Más tarde obtuve también el título de Licenciado en Filosofía. Pero antes tuve que superar cinco cursos institucionales de teología y me interesa mucho hablar aquí del significado que tuvo para mí el paso de los estudios institucionales de filosofía pura, como se decía entonces, al estudio de la teología. Por aquella época los estudios filosóficos institucionales en la Orden dominicana duraban tres años bien aprovechados y que en nuestro Centro culminaban con el título de Bachillerato en Filosofía. Conviene resaltar que durante esos tres años no se mezclaban disciplinas teológicas y filosóficas, con las cuales la mente era sometida a un ejercicio racional riguroso para acostumbrarse al manejo de los datos científicos y de las argumentaciones racionales relegando a un segundo plano los argumentos inspirados o motivados por la autoridad moral.

Al pasar de los estudios filosóficos a los estudios teológicos se producía una crisis muy comprensible porque la metodología teológica invierte el orden de factores atribuyendo valor decisivo a la autoridad de la revelación cristiana dejando en segundo plano a las razones científicas y argumentaciones inspiradas en la sola luz de la razón humana. Y como no todos los profesores de teología sabían encontrar el equilibrio deseado entre esos dos niveles de conocimiento, los alumnos acusábamos inmediatamente el golpe, lo que daba lugar a discusiones interesantes y clarificadoras, pero también a confusiones lamentables debido a la confrontación metodológica en la manera de abordar los problemas.

Para mí este choque psicológico resultó muy positivo y fecundo gracias al contacto directo con la Suma Teológica de Santo Tomás. Pronto me di cuenta de que el presunto conflicto entre los postulados de la fe cristiana y los postulados de la ciencia y de la reflexión filosófica era más imaginario que real, debido a intereses ajenos a la búsqueda de la verdad y a falsos planteamientos del problema por parte de los académicos. Con el paso del tiempo el tradicional problema fe/razón se fue desvaneciendo ante mi convencido de que una cosa es la realidad y otra la percepción que cada uno tiene de la misma.
Por otra parte, la calidad pedagógica dominante del profesorado, con honrosas excepciones, y de los responsables religiosos del Centro no era, en mi opinión, la más recomendable, pero se respetaba la libertad interior y la autonomía inteligente y respetuosa de las personas, que no era poco. Yo me acogí a ese respeto y me fue muy bien. Con el avance en los estudios y la propia experiencia personal cada vez sentí menos la necesidad de consultar con las autoridades de turno sobre mis problemas personales, lo cual me dio buenos resultados. Este carácter independiente fue, creo yo, una de las causas por las que yo era ya objeto de fobias y simpatías al mismo tiempo entre los profesores y educadores oficiales del Centro. Según me informó una autoridad académica, que me profesaba gran aprecio, el proyecto de que yo fuera enviado a terminar la carrera de teología en Alemania fue boicoteado por el profesor de metafísica y sus afines que no se fiaban de mí.

La discusión en el Consejo de profesores debió ser tensa, pero llegaron a un acuerdo retrasando ese proyecto para más tarde en atención a mi estado de salud que convenía no forzar. La autoridad académica, Miguel Crescente, que me informó de lo ocurrido, trató de restar importancia a lo ocurrido y se mostró esperanzado en que llegara pronto el momento oportuno para que me enviaran a terminar mis estudios de teología en París.

Yo no di importancia al incidente y lo interpreté después como algo providencial ya que el estado de mi salud se fue deteriorando y el traslado a Alemania no hubiera contribuido a mejorar mi situación personal. Así las cosas, con el Bachillerato en Filosofía en mis manos y un año de teología bien aprovechado volví a Ávila. La historia de estos cambios entre Ávila y Madrid pertenece a otro capítulo de carácter administrativo y al nuevo clima creado por el Concilio Vaticano II que algunas autoridades religiosas y académicas no terminaban de comprender en su justa medida. Ese nuevo clima dio lugar a muchas confusiones, pero para mí fue favorable.

Los cursos académicos 1960/1961 y 1961/1962 tuvieron lugar en Ávila

Santo Tomás de Ávila, fachada de la iglesia
Desde el punto de vista de mi evolución intelectual no hubo grandes novedades, pero sí algunas experiencias dignas de recuerdo. Por una parte, me sentía cada vez más satisfecho de mis progresos intelectuales pero mi salud se deterioraba sensiblemente. Uno de los profesores de Teología, que Hipólito Fernández se llamaba, se percató de mi eficiencia intelectual y del estado precario de mi salud. Por ello no dudó en dejar a mi libre albedrío y responsabilidad la decisión de asistir o no asistir a sus clases cuando yo lo considerara conveniente.

Por otra parte, alguien me había informado de que el profesor de Derecho Canónico sostenía una opinión sobre la disciplina de las Horas Canónicas que me afectaba directamente y con la que yo, por sentido común, no estaba de acuerdo. Cuando tocó el turno académico le propuse hacer una investigación sobre el c.135 del antiguo Ius Canonicum, lo cual le pareció muy bien. Leyó atentamente el trabajo y lo galardonó con la máxima calificación. Pero yo no le dije que había elegido ese tema intencionadamente con la esperanza de desautorizar su opinión. Conocida su forma de ser y pensar me pareció que lo más prudente era no confesarle mis intenciones.

El primer año al regreso de Madrid los estudiantes vivíamos en el antiguo, ruinoso y desangelado pabellón mientras se terminaba de construir uno nuevo. El traslado se produjo pronto, pero ello no contribuyó nada a mejorar mi salud a la deriva. Algunas noches, al terminar la cena, le decía confidencialmente a mi compañero más cercano que si por la mañana del día siguiente no aparecía a la hora normal, entrara en mi habitación para cerciorarse de que yo estaba todavía vivo. Muchas noches me retiraba a dormir con la convicción de que podía ser la última. Las cosas fueron a más y un día decidí marchar a Madrid en busca de mejor suerte y la tuve porque me encontré con el Dr. D. Enrique García Ortiz, todo un caballero y cardiólogo cirujano de vanguardia. Ya había operado a un compañero mío en situación crítica y no dudé en dirigirme a él.

Fue un encuentro feliz porque, además de salvar médicamente aquella situación extrema, se convirtió en uno de mis mejores amigos. Durante algún tiempo no cobró nada por las consultas que le hacía. Más tarde, cuando su situación económica vino a menos, sólo cobraba el cincuenta por ciento de la tarifa establecida. Prologó un pequeño libro mío y me in- vitaba con su esposa a cenar para mantener viva nuestra amistad y mutua admiración. En una ocasión me habló abiertamente de la situación crítica en que me encontró el primer día que me recibió en su consulta. De hecho, algunas señoras que esperaban el turno de su visita en la sala de espera me miraban compasivas y comentaban en voz baja: "¡Mira ese joven, qué malito debe estar"!

Como recuerdo nostálgico de esa época me agrada hacer saber que siempre conservé la afición por la música y el manejo del órgano si bien eran más las ganas que yo tenía de aprender a tocarlo que mis dotes para ello, como se demostró después con el tiempo. Pero esta es otra historia. Lo cierto es que había en la isabelina Iglesia del convento de Santo Tomás un antiquísimo órgano de tubos abandonado. Durante un duro invierno otro estudiante y yo nos dedicamos a repararlo durante los tiempos de descanso sin que nadie lo supiera hasta que un buen día sorprendimos a todos haciéndolo sonar.

Mi compañero daba aire manualmente con el fuelle y yo tocaba. Fue como si un muerto hubiera resucitado para alegría de todos. Pero todo nuestro gozo en un pozo. Durante mi estancia en Valencia restauraron el coro y desguazaron el viejo órgano, el cual, aunque no sonara, era una belleza decorativa en el conjunto arquitectónico isabelino. Cuando vuelvo por allí no puedo evitar que mis ojos queden fijos en el lugar del que fueron arrancados sin compasión aquellos preciosos tubos de los que en tiempos pasados habían salido tan agradables sonidos.

Un buen día de septiembre de 1962 me comunicaron que debía trasladarme al Estudio General de Valencia para continuar allí mis estudios. Después supe que antes de esta decisión por parte de las autoridades religiosas y académicas, se había tomado otra, según la cual debía trasladar- me a la Universidad de Santo Tomás de Roma (Angelicum). De hecho, allí estaba reservada ya mi habitación. La decisión de que fuera a Valencia provenía de España y esta es la que se cumplió.

En todo este asunto tuvieron presente, por una parte, mi vocación intelectual y, por otra, mi estado de salud precario. Por ello mis autoridades en España descartaron París y Roma y me mandaron al Estudio General de Valencia. Una decisión que con el paso del tiempo se consolidó como la mejor de todas ya que por aquellas calendas yo me encontraba condicionado principalmente por la evolución de mi estado de salud.

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Saturday, April 22, 2017

ESTRENAMOS EL COLEGIO DE ARCAS REALES (III), Ángel Gutiérrez Sanz

Cuando acabamos el cuarto curso en Sta. María, éste colegio se cerró porque se abría el de Arcas Reales que es donde cursamos nuestro último curso de postulantado.  Allí volveríamos a encontrarnos con el Sargento de Hierro. Es que era como una obsesión… Las enormes expectativas que en nosotros se había despertado estaban justificadas, pues la que iba a ser nuestra nueva residencia estaba integrada por un complejo arquitectónico magnífico que en ese momento no tenía nada que envidiar a los mejores internados de España, moderno, funcional, atrevido, elegante.

Conscientes de ello y sabedores de que estrenábamos un centro formativo de primera categoría nos auto exigimos al máximo para estar a la altura de las circunstancias esforzándonos lo que podíamos para que no se notara mucho que éramos de pueblo. Por primera vez coincidíamos todos los postulantes en un mismo centro si bien existían dos niveles, el de mayores y menores con sus pabellones respectivos. No sólo el edificio había cambiado, también todo lo referente a las relaciones humanas.

Comenzamos a salir con más frecuencia al exterior, las competiciones deportivas con equipos de fuera eran bastante habituales, estábamos rodeado por un complejo de centros correspondientes a las más diversas congregaciones con los que podíamos mantener algún tipo de contacto y era mucha gente la que nos visitaba, entre los que no faltaban personajes importantes.  Alguien cuyo nombre ahora no recuerdo nos deleitó con un concierto memorable de piano en el que se nos ofreció música clásica de autores españoles y por supuesto la intervención de un coro de voces blancas, integrado por chavales alemanes que en su gira por España se habían hospedado en nuestro colegio.

Lo que nada cambió fue el régimen disciplinario que veníamos arrastrando, más bien podíamos decir que empeoró con la incorporación de unos celadores, que vinieron de fuera contratados para vigilarnos y tenernos a raya. Con ello la situación cambiaba sustancialmente, ya que una cosa era prestar obediencia y sumisión a alguien vestido de blanco con atribuciones propias y otra cosa bastante distinta era tener que hacerlo con unos seglares a quienes pusimos motes y que en lo único que se diferenciaban de nosotros es en que tenían algunos años más, así al menos lo entendíamos los del pabellón de mayores sobre todo los del quinto curso.

El hecho es que se produjo un desencuentro que a medida que pasaban los días se iba acrecentando.  En genera los mayores no nos sentíamos a gusto con ellos y eso dio lugar a que algún compañero más lanzado de mi curso expresara más o menos manifiestamente su rebeldía, dándoles muestras de que no se sentía intimidado por las posibles represalias, ni que decir tiene que esta actitud le colocaba ante nuestros ojos como un pequeño héroe y yo creo que él lo sabía, lo cual no dejaba de entrañar un serio peligro, ya que ello podía animarle a dar un paso más en sus bravuconadas.

La situación llegó a ser tan comprometida que llegó a oídos del fraile responsable de la disciplina, no creo que fuera un chivatazo de nadie, sino que el propio celador le había informado. La reacción inmediata fue que alumno y celador fueran llamados a mantener un careo, teniendo como mediador a quien ya sabemos. Lo que allí pasara yo lo desconozco, lo que sí puedo decir en honor a la verdad es que después de este bis a bis, la actitud de mi compañero había bajado de tono y ya no era el mismo.

Si al final a mí me preguntaran que consecuencia se pudieron derivar de todo este estado de cosas, yo respondería que lo de menos era la bofetada o cualquier otro castigo más o menos hiriente o vejatorio, todo esto se pasa y se olvida o a lo más queda en el recuerdo como pura anécdota. Lo triste y verdaderamente deplorable es que pudiéramos llegar a pensar que educar era precisamente eso que se estaba haciendo y cuando a nosotros nos llegara el momento de relacionarnos con alumnos, subordinados o con nuestros propios hijos lo tomáramos como modelo y echáramos mano de él porque no conocíamos otro. 

Sabido es que las mentes de los niños son muy receptivas y poco críticas, para decirlo con una imagen gráfica son esponjas que todo lo absorben sin pararse a discernir una cosa de otra. Sabido es lo difícil que resulta sustraerse a lo que de niños se aprende por eso a quienes por profesión tuvimos que incorporarnos a las tareas docentes nos costó mucho deshacernos de este lastre y seguramente hubiéramos fracasado de no haber rectificado a tiempo.

Entre unas cosas y otras, el curso de Arcas Reales fue pasando y cuando hubo concluido todos los de mi curso tuvimos la sensación que con ello decíamos adiós a nuestra infancia. Hecho lo suficientemente trascendente como para escenificarlo de alguna manera y nada mejor que demostrarlo con una hombrada que justificara nuestro paso en el escalafón, una especie de ritual de iniciación como se hacía en las tribus primitivas. La prueba había de consistir en estar caminando toda la noche a pie para salvar la distancia que separa Arcas Reales de La Mejorada.

El autor, 2º izda. unos años más tarde con algunos padres en el Patio Central
Así un buen día al atardecer, nos dispusimos a hacerlo; pero con tan mala suerte que cuando ya llevábamos unos cuantos kilómetros en la mochila se desencadenó un fuerte tormentín que hizo que nos acordáramos más de una vez de Sta. Bárbara. Pasamos un miedo que ni cantando lográbamos ahuyentar, nos calamos hasta los tuétanos y por si fuera poco nos perdimos. El más grave peligro estaba en que alguien se desperdigara por los pinares y quedara aislado, en precaución de esto el del silbato cada poco le hacía sonar con fuerza para indicar donde se encontraba el grueso del pelotón, lo cual venía a añadir un poco más de patetismo a una noche oscura y tormentosa.

Por fin alguien, siempre había algún avispado en el grupo, divisó a lo lejos unas luces. Ellas podrían ser nuestra salvación porque nos servirían orientación, pero había que ubicarlas y es aquí cuando surgieron las disputas.  Eso es Olmedo decían unos. No. No. Es Coca decían otros y ¿por qué no Hornillos? Daba igual, estábamos perdidos y no tenemos más alternativa que caminar en esa dirección hasta llegar a algún lugar   donde nos encontremos a salvo. Hacia allí teníamos que encaminar nuestros pasos y así lo hicimos.  Por más que caminábamos no veíamos que los espacios se fueran acortando, las luces seguían viéndose lejanas. ¡Ánimo, hay que llegar!, ya falta menos, decíamos para consolarnos a nosotros mismos. Lentamente y a golpe de calcetín fuimos aproximándonos al lugar de las luces y a medida que lo hacíamos tomaba más consistencia la tesis de que aquello era Olmedo y después de un buen rato, cuando ya estaba amaneciendo pudimos comprobarlo.

Por fin habíamos llegado a territorio seguro y ahora solo faltaba que alguien nos viniera a buscar para llevarnos a la tierra prometida de la Mejorada, porque nosotros ya no podíamos más, estábamos rotos físicamente y emocionalmente tocados. Comenzaron a sonar los teléfonos y al poco se presentó allí el famoso camión alemán del Tercer Reich, donde se nos cargó como si fuéramos mercancía y así apretujados como pudimos y protegidos con unas mantas hicimos la travesía por un camino plagado de charcos y con un biruji que impactaba de forma inmisericorde en nuestra ropa empapada.  Llegados que hubo a nuestro destino bastaron unos tragos de café con leche caliente para reponernos y volver a ser nosotros mismos. No recuerdo que nadie cogiera el más mínimo constipado, ni que se quejara de nada, para algo había de servir la educación espartana que habíamos recibido.


Estos días en la Mejorada fueron inolvidables. Los disfrutamos a tope. Era el final de nuestra etapa de postulantado, suponía el comienzo de una nueva etapa y era aquí donde la iniciábamos, precisamente en la Mejorada. Otra vez la Mejorada pero que distinta la veían nuestros ojos, ahora ya no era el internado que nosotros habíamos conocido años atrás, sino un lugar de residencia para verano. Un ciclo se acababa y otro se iniciaba. El círculo mágico se cerraba en el mismo punto estratégico donde se había abierto ¿Que nos esperaba a partir de ahora? ¿Tendría razón Cocteau al decir que la infancia quiere salir de la infancia; pero el malestar comienza cuando se sale de ella?


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LOS AÑOS PASADOS CON MIS COMPAÑEROS DOMINICOS




Saturday, April 1, 2017

LA MEJORADA: Despedida de mi padre (V), por Faustino Martínez

 Balcones de las celdas monacales de la fachada oeste 
de La Mejorada. En el ventanal central corresponde
 a la habitación o celda (así la llamaban) del Padre Rector. 
El ventanal de la izquierda corresponde a la “celda”  de 
Monseñor Teodoro Labrador, Arzobispo de Foochow, China
(Fotografía del autor).

Terminamos de ubicarnos. Mi padre y yo bajamos hacia la llanura exterior de La Mejorada con todos los demás.

A aquella llanura árida la denominaban “La Cañada”, un antiguo camino pisoteado durante siglos por el ganado ovino trashumante.

Siempre pegado a mi padre que aprovechaba para darme sus últimos consejos, viendo mi estado de ánimo continuaba animándome para asumir aquel reto que yo tenía ante mí. Además de motivarme a estudiar, a obedecer lo que mis nuevos profesores me indicasen, a ser buen compañero, aprovechar bien el tiempo y que escribiese a casa, me ponía como referencia indirecta lo que había dejado atrás: la mar. Seguramente que todos mis amigos adolescentes de Llastres desearían estar en un colegio como aquel que me acogía y me brindaba inéditas oportunidades. Me decía que yo era un privilegiado. Y él también contribuía a ello renunciando a mi ayuda en las faenas de la mar. Yo apenas hablaba, embargado por la “murria” y reprimiendo el impulso de rogarle que me llevara de vuelta para Llastres.

Pero era consciente de que no podía hacerle aquella faena después de implicarle en aquella nueva singladura que iniciaba con los Dominicos. Ni se me ocurrió decírselo.

Sin hablar y en silencio recordaba todos los buenos consejos que también mi madre me había inculcado tantas veces. Me preguntó sobre qué le iba a decir a mi madre cuando él llegase de vuelta a Lastres. Yo tragué saliva mordiéndome un esbozo de “puchero” que por mis labios descontrolados me delataba. Unas lágrimas rebosaron mis ojos y surcaron mi rostro en silencio con la mirada perdida en el suelo de la polvorienta y reseca cañada.

Mi padre y yo nos sentamos en el borde de la seca acequia que aproximaba el agua del río Adaja hasta las huertas del Colegio y a la piscina. No hablábamos. Cogí un pequeño palo que encontré y comencé a dibujar en silencio sobre aquel reseco camino el esquema de pequeños barcos, como si quisiera rescatarlos del Cantábrico y traerlos hasta allí. Era una manera de “hablar” sin hablar, mientras en silencio mi padre y yo nos comunicábamos y nos entendíamos. Por mi parte hacía ímprobos esfuerzos por controlar mis ganas de llorar y de suplicar a mi padre que me llevara de vuelta con él a casa. Pero me acordaba de lo que le había prometido a mi madre al despedirme de ella en Llastres. Recordaba que ella me había dicho, seguramente que llorando por dentro:

- “¡Fiu miu... si tú no lloras, yo tampoco lloraré...!  Por lo que me despedí de ella sin que me viera llorar.

Años después supe que ella lloraba casi todas las noches de aquel primer curso acordándose de mí. Mi padre estaba siendo testigo de que mi intento por ser fiel aquel pacto no era capaz de cumplirlo. ¡Pero me reafirmé en ser fuerte, a pesar de mi debilidad!

En la Cañada había un grupo de críos mayores que intentaban jugar al futbol en aquel campo llano, pero sin hierba verde. Otros jugaban al péndulo, otros al frontón y al criquet. Yo no tenía ni ganas de jugar, ni me apetecía. Debo decir que siempre se me dieron bien todos los deportes. Me gustaba jugar, pero aquel primer día se me habían quitado las ganas hasta de comer. No había desayunado nada ni me apetecía comer nada. Detecté que mi padre estaba preocupado por mi estado de ánimo y sobre todo porque no había comido nada. ¡Debido a aquel estado de “morriña” tardaría tres días en meter algo en la boca.!

En un momento dado mi padre y yo nos levantamos del borde de la acequia. En la cañada no había asientos. Tan solo unos apoyos de piedra adosados a la puerta de entrada, junto a los frontones. Estaban ocupados. Nos aproximamos al grupo y allí descubrí con admiración por primera vez a un inolvidable Padre Dominico. Su hábito lo llevaba mal puesto, revirado. Aquel fraile cojeaba. Tenía medio cuerpo paralizado por una antigua trombosis. Pero charlaba alegre y animaba a todos los recién llegados. Fumaba en pipa y su hábito despedía un fuerte olor a tabaco. Era un fraile asturiano, el Padre Eugenio González. Nos preguntó afablemente que de dónde éramos. Me dio la impresión de que se alegraba de nuestra condición de asturianos, aunque no conocía Llastres. Él era de Santibáñez de Murias, de la cuenca minera asturiana. ¡Era de Asturias!, por lo que de alguna manera me resultaba más familiar su acogida y me sentía como protegido por aquel venerable sacerdote asturiano.

Me animó con unas palabras llenas de cariño regadas con una sonrisa llena de ternura, que me pareció maravillosa y entrañable viniendo de aquel hombre impedido. Luego me enteré que había sido misionero toda su vida en Viet Nam, en Tonking. A lo largo de las siguientes semanas la amigable presencia del Padre Eugenio nos alentaría a muchos de nosotros.

Despedida de mi padre.

Aquella primera mañana pasó volando. Me aferraba al lado de mi padre y parecía que el tiempo corría más deprisa ante su inminente marcha de vuelta para Llastres.

Llegó el momento de la despedida. Volví a sentir más profundamente aquel doloroso sentimiento nunca vivido por mi experimentándolo con sufrimiento interior. Era un estado emocional nuevo, desconocido y doloroso. Me iba a despedir de un ser querido, admirado y reverenciado como mi padre, que era mi protección, mi referencia vital y al que no iba a ver en casi un año. A mi madre la echaría mucho de menos, pero cuando me despedí de ella en la estación del ALSA de Llastres no me afectó tanto la despedida por toda la ilusión que se abría para mi ante un viaje que me parecía una excursión turística.

Mi padre me dijo que era la hora de marcharse de vuelta para Asturias. ¡Aquellas palabras me cayeron como un mazazo dentro de mi alma de crio! Aquel aviso de separación me hizo asumir la realidad y todo cuanto implicaba. Volvió en mi a brotar con fuerza mi impulso de huida, de retirada, terminado aquel hermoso viaje en tren hasta La Mejorada. Me dolía el alma cada vez que reprimía mis ganas de decirle y suplicarle que quería volver para casa, para Asturias, que me volviera a llevar para casa con él.

Pero no podía defraudarle de esa manera. Se había gastado mucho en ropa y en aquel viaje con gran sacrificio para la humilde economía de una familia marinera. Mi padre tampoco había ido a la mar durante aquellos cuatro días del viaje, por lo que había dejado de pescar y de ingresar unas ganancias. En la mar, si no vas a ella o no pescas, no ganas. No hay sueldos fijos. Mi padre – como ya he dicho-  estaba renunciando también a mi ayuda como futuro aprendiz de pescador para que yo pudiera encontrar mi vocación, mi futuro.

Dentro de mi pugnaban aquellos sentimientos contrariados, por una parte, de marcharme, de volver por donde había llegado y por otra parte de asumir y reafirmarme en lo que había comenzado. Desgarrado por dentro opté por reafirmarme en las consecuencias de la decisión en la que yo había participado.  Tenía que apechugar con las consecuencias.

Antes de darme un fuerte abrazo y un beso mi padre me recordó, como un desafío, aquello de que: “¡Los hombres no lloran! Yo trataba de tragar para dentro mi llanto. Y él volvió a reiterarme, que, si yo lloraba, qué le iba a decir a mi madre si él me había dejado allí llorando. Volví a tragar mi llanto, para que no me viera llorar. En aquel momento de la despedida mis ojos se humedecieron, pero no lloré, ni me quejé. Me recordó que no quedaba solo, que allí tenía a mi amigo Andresín y al Yondrin, a los que todavía no había podido saludar.

Volvió a darme varios besos y observaba con pena cómo yo estaba a punto de que mis lágrimas se desbordaran incontenibles por mis mejillas. Se montó con los demás padres en el remolque que nos había traído. Unidos con la mirada, él se perdió en la primera curva del polvoriento camino de La Mejorada a Olmedo y yo me sumergí en aquel nuevo viaje en busca de mi destino.

Al ver que lo perdía de vista en la distancia se rompió mi alma de adolescente que nunca había tenido aquella experiencia de separación. Desde entonces soy consciente y asumo que todo se nos despide en cada instante de nuestras vidas. No me gustan las estaciones de tren, ni las despedidas, pero tengo que vivir con ellas.


La mayoría de los niños que allí habíamos llegado aquel día parecían estar como yo. Algunos lloraban visiblemente. Creo que mi padre, al igual que mi madre, sufrirían lo suyo al tener que desprenderse y separarse de uno de sus hijos a esa edad de once años. Sin duda era evidente que la totalidad de los que allí habíamos llegado aquella soleada mañana de finales de septiembre deberíamos estar pasando por sentimientos parecidos

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