Saturday, April 22, 2017

ESTRENAMOS EL COLEGIO DE ARCAS REALES (III), Ángel Gutiérrez Sanz

Cuando acabamos el cuarto curso en Sta. María, éste colegio se cerró porque se abría el de Arcas Reales que es donde cursamos nuestro último curso de postulantado.  Allí volveríamos a encontrarnos con el Sargento de Hierro. Es que era como una obsesión… Las enormes expectativas que en nosotros se había despertado estaban justificadas, pues la que iba a ser nuestra nueva residencia estaba integrada por un complejo arquitectónico magnífico que en ese momento no tenía nada que envidiar a los mejores internados de España, moderno, funcional, atrevido, elegante.

Conscientes de ello y sabedores de que estrenábamos un centro formativo de primera categoría nos auto exigimos al máximo para estar a la altura de las circunstancias esforzándonos lo que podíamos para que no se notara mucho que éramos de pueblo. Por primera vez coincidíamos todos los postulantes en un mismo centro si bien existían dos niveles, el de mayores y menores con sus pabellones respectivos. No sólo el edificio había cambiado, también todo lo referente a las relaciones humanas.

Comenzamos a salir con más frecuencia al exterior, las competiciones deportivas con equipos de fuera eran bastante habituales, estábamos rodeado por un complejo de centros correspondientes a las más diversas congregaciones con los que podíamos mantener algún tipo de contacto y era mucha gente la que nos visitaba, entre los que no faltaban personajes importantes.  Alguien cuyo nombre ahora no recuerdo nos deleitó con un concierto memorable de piano en el que se nos ofreció música clásica de autores españoles y por supuesto la intervención de un coro de voces blancas, integrado por chavales alemanes que en su gira por España se habían hospedado en nuestro colegio.

Lo que nada cambió fue el régimen disciplinario que veníamos arrastrando, más bien podíamos decir que empeoró con la incorporación de unos celadores, que vinieron de fuera contratados para vigilarnos y tenernos a raya. Con ello la situación cambiaba sustancialmente, ya que una cosa era prestar obediencia y sumisión a alguien vestido de blanco con atribuciones propias y otra cosa bastante distinta era tener que hacerlo con unos seglares a quienes pusimos motes y que en lo único que se diferenciaban de nosotros es en que tenían algunos años más, así al menos lo entendíamos los del pabellón de mayores sobre todo los del quinto curso.

El hecho es que se produjo un desencuentro que a medida que pasaban los días se iba acrecentando.  En genera los mayores no nos sentíamos a gusto con ellos y eso dio lugar a que algún compañero más lanzado de mi curso expresara más o menos manifiestamente su rebeldía, dándoles muestras de que no se sentía intimidado por las posibles represalias, ni que decir tiene que esta actitud le colocaba ante nuestros ojos como un pequeño héroe y yo creo que él lo sabía, lo cual no dejaba de entrañar un serio peligro, ya que ello podía animarle a dar un paso más en sus bravuconadas.

La situación llegó a ser tan comprometida que llegó a oídos del fraile responsable de la disciplina, no creo que fuera un chivatazo de nadie, sino que el propio celador le había informado. La reacción inmediata fue que alumno y celador fueran llamados a mantener un careo, teniendo como mediador a quien ya sabemos. Lo que allí pasara yo lo desconozco, lo que sí puedo decir en honor a la verdad es que después de este bis a bis, la actitud de mi compañero había bajado de tono y ya no era el mismo.

Si al final a mí me preguntaran que consecuencia se pudieron derivar de todo este estado de cosas, yo respondería que lo de menos era la bofetada o cualquier otro castigo más o menos hiriente o vejatorio, todo esto se pasa y se olvida o a lo más queda en el recuerdo como pura anécdota. Lo triste y verdaderamente deplorable es que pudiéramos llegar a pensar que educar era precisamente eso que se estaba haciendo y cuando a nosotros nos llegara el momento de relacionarnos con alumnos, subordinados o con nuestros propios hijos lo tomáramos como modelo y echáramos mano de él porque no conocíamos otro. 

Sabido es que las mentes de los niños son muy receptivas y poco críticas, para decirlo con una imagen gráfica son esponjas que todo lo absorben sin pararse a discernir una cosa de otra. Sabido es lo difícil que resulta sustraerse a lo que de niños se aprende por eso a quienes por profesión tuvimos que incorporarnos a las tareas docentes nos costó mucho deshacernos de este lastre y seguramente hubiéramos fracasado de no haber rectificado a tiempo.

Entre unas cosas y otras, el curso de Arcas Reales fue pasando y cuando hubo concluido todos los de mi curso tuvimos la sensación que con ello decíamos adiós a nuestra infancia. Hecho lo suficientemente trascendente como para escenificarlo de alguna manera y nada mejor que demostrarlo con una hombrada que justificara nuestro paso en el escalafón, una especie de ritual de iniciación como se hacía en las tribus primitivas. La prueba había de consistir en estar caminando toda la noche a pie para salvar la distancia que separa Arcas Reales de La Mejorada.

El autor, 2º izda. unos años más tarde con algunos padres en el Patio Central
Así un buen día al atardecer, nos dispusimos a hacerlo; pero con tan mala suerte que cuando ya llevábamos unos cuantos kilómetros en la mochila se desencadenó un fuerte tormentín que hizo que nos acordáramos más de una vez de Sta. Bárbara. Pasamos un miedo que ni cantando lográbamos ahuyentar, nos calamos hasta los tuétanos y por si fuera poco nos perdimos. El más grave peligro estaba en que alguien se desperdigara por los pinares y quedara aislado, en precaución de esto el del silbato cada poco le hacía sonar con fuerza para indicar donde se encontraba el grueso del pelotón, lo cual venía a añadir un poco más de patetismo a una noche oscura y tormentosa.

Por fin alguien, siempre había algún avispado en el grupo, divisó a lo lejos unas luces. Ellas podrían ser nuestra salvación porque nos servirían orientación, pero había que ubicarlas y es aquí cuando surgieron las disputas.  Eso es Olmedo decían unos. No. No. Es Coca decían otros y ¿por qué no Hornillos? Daba igual, estábamos perdidos y no tenemos más alternativa que caminar en esa dirección hasta llegar a algún lugar   donde nos encontremos a salvo. Hacia allí teníamos que encaminar nuestros pasos y así lo hicimos.  Por más que caminábamos no veíamos que los espacios se fueran acortando, las luces seguían viéndose lejanas. ¡Ánimo, hay que llegar!, ya falta menos, decíamos para consolarnos a nosotros mismos. Lentamente y a golpe de calcetín fuimos aproximándonos al lugar de las luces y a medida que lo hacíamos tomaba más consistencia la tesis de que aquello era Olmedo y después de un buen rato, cuando ya estaba amaneciendo pudimos comprobarlo.

Por fin habíamos llegado a territorio seguro y ahora solo faltaba que alguien nos viniera a buscar para llevarnos a la tierra prometida de la Mejorada, porque nosotros ya no podíamos más, estábamos rotos físicamente y emocionalmente tocados. Comenzaron a sonar los teléfonos y al poco se presentó allí el famoso camión alemán del Tercer Reich, donde se nos cargó como si fuéramos mercancía y así apretujados como pudimos y protegidos con unas mantas hicimos la travesía por un camino plagado de charcos y con un biruji que impactaba de forma inmisericorde en nuestra ropa empapada.  Llegados que hubo a nuestro destino bastaron unos tragos de café con leche caliente para reponernos y volver a ser nosotros mismos. No recuerdo que nadie cogiera el más mínimo constipado, ni que se quejara de nada, para algo había de servir la educación espartana que habíamos recibido.


Estos días en la Mejorada fueron inolvidables. Los disfrutamos a tope. Era el final de nuestra etapa de postulantado, suponía el comienzo de una nueva etapa y era aquí donde la iniciábamos, precisamente en la Mejorada. Otra vez la Mejorada pero que distinta la veían nuestros ojos, ahora ya no era el internado que nosotros habíamos conocido años atrás, sino un lugar de residencia para verano. Un ciclo se acababa y otro se iniciaba. El círculo mágico se cerraba en el mismo punto estratégico donde se había abierto ¿Que nos esperaba a partir de ahora? ¿Tendría razón Cocteau al decir que la infancia quiere salir de la infancia; pero el malestar comienza cuando se sale de ella?


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LOS AÑOS PASADOS CON MIS COMPAÑEROS DOMINICOS




Saturday, April 1, 2017

LA MEJORADA: Despedida de mi padre (V), por Faustino Martínez

 Balcones de las celdas monacales de la fachada oeste 
de La Mejorada. En el ventanal central corresponde
 a la habitación o celda (así la llamaban) del Padre Rector. 
El ventanal de la izquierda corresponde a la “celda”  de 
Monseñor Teodoro Labrador, Arzobispo de Foochow, China
(Fotografía del autor).

Terminamos de ubicarnos. Mi padre y yo bajamos hacia la llanura exterior de La Mejorada con todos los demás.

A aquella llanura árida la denominaban “La Cañada”, un antiguo camino pisoteado durante siglos por el ganado ovino trashumante.

Siempre pegado a mi padre que aprovechaba para darme sus últimos consejos, viendo mi estado de ánimo continuaba animándome para asumir aquel reto que yo tenía ante mí. Además de motivarme a estudiar, a obedecer lo que mis nuevos profesores me indicasen, a ser buen compañero, aprovechar bien el tiempo y que escribiese a casa, me ponía como referencia indirecta lo que había dejado atrás: la mar. Seguramente que todos mis amigos adolescentes de Llastres desearían estar en un colegio como aquel que me acogía y me brindaba inéditas oportunidades. Me decía que yo era un privilegiado. Y él también contribuía a ello renunciando a mi ayuda en las faenas de la mar. Yo apenas hablaba, embargado por la “murria” y reprimiendo el impulso de rogarle que me llevara de vuelta para Llastres.

Pero era consciente de que no podía hacerle aquella faena después de implicarle en aquella nueva singladura que iniciaba con los Dominicos. Ni se me ocurrió decírselo.

Sin hablar y en silencio recordaba todos los buenos consejos que también mi madre me había inculcado tantas veces. Me preguntó sobre qué le iba a decir a mi madre cuando él llegase de vuelta a Lastres. Yo tragué saliva mordiéndome un esbozo de “puchero” que por mis labios descontrolados me delataba. Unas lágrimas rebosaron mis ojos y surcaron mi rostro en silencio con la mirada perdida en el suelo de la polvorienta y reseca cañada.

Mi padre y yo nos sentamos en el borde de la seca acequia que aproximaba el agua del río Adaja hasta las huertas del Colegio y a la piscina. No hablábamos. Cogí un pequeño palo que encontré y comencé a dibujar en silencio sobre aquel reseco camino el esquema de pequeños barcos, como si quisiera rescatarlos del Cantábrico y traerlos hasta allí. Era una manera de “hablar” sin hablar, mientras en silencio mi padre y yo nos comunicábamos y nos entendíamos. Por mi parte hacía ímprobos esfuerzos por controlar mis ganas de llorar y de suplicar a mi padre que me llevara de vuelta con él a casa. Pero me acordaba de lo que le había prometido a mi madre al despedirme de ella en Llastres. Recordaba que ella me había dicho, seguramente que llorando por dentro:

- “¡Fiu miu... si tú no lloras, yo tampoco lloraré...!  Por lo que me despedí de ella sin que me viera llorar.

Años después supe que ella lloraba casi todas las noches de aquel primer curso acordándose de mí. Mi padre estaba siendo testigo de que mi intento por ser fiel aquel pacto no era capaz de cumplirlo. ¡Pero me reafirmé en ser fuerte, a pesar de mi debilidad!

En la Cañada había un grupo de críos mayores que intentaban jugar al futbol en aquel campo llano, pero sin hierba verde. Otros jugaban al péndulo, otros al frontón y al criquet. Yo no tenía ni ganas de jugar, ni me apetecía. Debo decir que siempre se me dieron bien todos los deportes. Me gustaba jugar, pero aquel primer día se me habían quitado las ganas hasta de comer. No había desayunado nada ni me apetecía comer nada. Detecté que mi padre estaba preocupado por mi estado de ánimo y sobre todo porque no había comido nada. ¡Debido a aquel estado de “morriña” tardaría tres días en meter algo en la boca.!

En un momento dado mi padre y yo nos levantamos del borde de la acequia. En la cañada no había asientos. Tan solo unos apoyos de piedra adosados a la puerta de entrada, junto a los frontones. Estaban ocupados. Nos aproximamos al grupo y allí descubrí con admiración por primera vez a un inolvidable Padre Dominico. Su hábito lo llevaba mal puesto, revirado. Aquel fraile cojeaba. Tenía medio cuerpo paralizado por una antigua trombosis. Pero charlaba alegre y animaba a todos los recién llegados. Fumaba en pipa y su hábito despedía un fuerte olor a tabaco. Era un fraile asturiano, el Padre Eugenio González. Nos preguntó afablemente que de dónde éramos. Me dio la impresión de que se alegraba de nuestra condición de asturianos, aunque no conocía Llastres. Él era de Santibáñez de Murias, de la cuenca minera asturiana. ¡Era de Asturias!, por lo que de alguna manera me resultaba más familiar su acogida y me sentía como protegido por aquel venerable sacerdote asturiano.

Me animó con unas palabras llenas de cariño regadas con una sonrisa llena de ternura, que me pareció maravillosa y entrañable viniendo de aquel hombre impedido. Luego me enteré que había sido misionero toda su vida en Viet Nam, en Tonking. A lo largo de las siguientes semanas la amigable presencia del Padre Eugenio nos alentaría a muchos de nosotros.

Despedida de mi padre.

Aquella primera mañana pasó volando. Me aferraba al lado de mi padre y parecía que el tiempo corría más deprisa ante su inminente marcha de vuelta para Llastres.

Llegó el momento de la despedida. Volví a sentir más profundamente aquel doloroso sentimiento nunca vivido por mi experimentándolo con sufrimiento interior. Era un estado emocional nuevo, desconocido y doloroso. Me iba a despedir de un ser querido, admirado y reverenciado como mi padre, que era mi protección, mi referencia vital y al que no iba a ver en casi un año. A mi madre la echaría mucho de menos, pero cuando me despedí de ella en la estación del ALSA de Llastres no me afectó tanto la despedida por toda la ilusión que se abría para mi ante un viaje que me parecía una excursión turística.

Mi padre me dijo que era la hora de marcharse de vuelta para Asturias. ¡Aquellas palabras me cayeron como un mazazo dentro de mi alma de crio! Aquel aviso de separación me hizo asumir la realidad y todo cuanto implicaba. Volvió en mi a brotar con fuerza mi impulso de huida, de retirada, terminado aquel hermoso viaje en tren hasta La Mejorada. Me dolía el alma cada vez que reprimía mis ganas de decirle y suplicarle que quería volver para casa, para Asturias, que me volviera a llevar para casa con él.

Pero no podía defraudarle de esa manera. Se había gastado mucho en ropa y en aquel viaje con gran sacrificio para la humilde economía de una familia marinera. Mi padre tampoco había ido a la mar durante aquellos cuatro días del viaje, por lo que había dejado de pescar y de ingresar unas ganancias. En la mar, si no vas a ella o no pescas, no ganas. No hay sueldos fijos. Mi padre – como ya he dicho-  estaba renunciando también a mi ayuda como futuro aprendiz de pescador para que yo pudiera encontrar mi vocación, mi futuro.

Dentro de mi pugnaban aquellos sentimientos contrariados, por una parte, de marcharme, de volver por donde había llegado y por otra parte de asumir y reafirmarme en lo que había comenzado. Desgarrado por dentro opté por reafirmarme en las consecuencias de la decisión en la que yo había participado.  Tenía que apechugar con las consecuencias.

Antes de darme un fuerte abrazo y un beso mi padre me recordó, como un desafío, aquello de que: “¡Los hombres no lloran! Yo trataba de tragar para dentro mi llanto. Y él volvió a reiterarme, que, si yo lloraba, qué le iba a decir a mi madre si él me había dejado allí llorando. Volví a tragar mi llanto, para que no me viera llorar. En aquel momento de la despedida mis ojos se humedecieron, pero no lloré, ni me quejé. Me recordó que no quedaba solo, que allí tenía a mi amigo Andresín y al Yondrin, a los que todavía no había podido saludar.

Volvió a darme varios besos y observaba con pena cómo yo estaba a punto de que mis lágrimas se desbordaran incontenibles por mis mejillas. Se montó con los demás padres en el remolque que nos había traído. Unidos con la mirada, él se perdió en la primera curva del polvoriento camino de La Mejorada a Olmedo y yo me sumergí en aquel nuevo viaje en busca de mi destino.

Al ver que lo perdía de vista en la distancia se rompió mi alma de adolescente que nunca había tenido aquella experiencia de separación. Desde entonces soy consciente y asumo que todo se nos despide en cada instante de nuestras vidas. No me gustan las estaciones de tren, ni las despedidas, pero tengo que vivir con ellas.


La mayoría de los niños que allí habíamos llegado aquel día parecían estar como yo. Algunos lloraban visiblemente. Creo que mi padre, al igual que mi madre, sufrirían lo suyo al tener que desprenderse y separarse de uno de sus hijos a esa edad de once años. Sin duda era evidente que la totalidad de los que allí habíamos llegado aquella soleada mañana de finales de septiembre deberíamos estar pasando por sentimientos parecidos

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Friday, March 17, 2017

ESCUELA SECUNDARIA DE HATUDU (TIMOR ESTE)

El año pasado se abrió una nueva sección de la escuela católica de la Aldea Hatudu, donde los dominicos de la Provincia del Santo Rosario trabajan desde hace 4 años. Aunque la escuela pertenece la diócesis de Dili, la regentan los dominicos, quienes también están a cargo de la parroquia.

Tenía ya una sección de infantil, otra de primaria y de pre-secundaria. Pero los padres advirtieron la necesidad de abrir una clase de educación secundaria, pues la única escuela secundaria de la zona, la acaban de convertir en escuela secundaria de formación profesional y estaba a unos 10 kilómetros de Hatudu [ALBUM FOTOGRÁFICO].  Los estudiantes tenían que caminar unas dos horas para a clase y otras dos para volver.

Así que el año pasado unos 80 alumnos iniciaron secundaria en la escuela dominicana de Hatudu. Se pusieron ciertas exigencias tanto para los profesores como para los alumnos a fin de mantener unos mínimos estándares académicos. Lo que dio como resultado que unos 20 estudiantes abandonasen la escuela. El pasado enero otros sesenta estudiantes se han unido para iniciar el primer año. En la actualidad se utilizan las mismas aulas para pre secundaria y secundaria. Unos vienen por la mañana y otros por la tarde.

Como se está comenzando y los papeles oficiales están por concluir, de momento el gobierno no paga a ninguno de los profesores, lo que significa que, si no se consigue financiación por otro lado, la escuela no podrá continuar. La escuela carece de casi todo, por ello el objetivo sería construir un edificio nuevo para biblioteca, laboratorio, sala de computadores. Después del edificio habrá que comprar libros, instrumentos, computadores... Un sueño vamos. “Este año nos conformamos con poder continuar sin demasiados contratiempos. El año que viene Dios dirá”, dice Santiago Sáiz (curso 1967), uno de los misioneros dominicos a cargo del proyecto.

El objetivo más inmediato y urgente es poder pagar a los profesores de la escuela secundaria.  El presupuesto ordinario para pagar a los 10 profesores oscila entre 12.000 y 15.000 USD (entre 11.164 euros y 13.956 euros al año) es decir unos 93-111 euros mensuales.

La idea de la Asociación de Antiguos Alumnos, previa aprobación de la Junta Directiva, en el caso de que al final de 2017 existiera un superávit en el balance económico, es apoyar, bien con material escolar, bien con algún tipo de beca, a una parte del alumnado o los profesores. Naturalmente, también se aceptará cualquier donación para el proyecto, independientemente de que se haga aparte de la cuota de socio.

Saturday, February 25, 2017

SAN PEDRO MÁRTIR: 1960-1963, por Juan José Luengo

"La Despeinada"
Terminadas las vacaciones en La Mejorada, nos trasladamos a nuestro nuevo destino: Convento de San Pedro Mártir en Alcobendas a las afueras de Madrid para comenzar o continuar (según se calcule) la Filosofía.

Viniendo del covento de Ávila, el contraste no podía ser mayor. Habíamos dejado un convento centenario saturado de historia para entrar en un convento nuevo y moderno, sin pasado, pero con un futuro prometedor.

Su diseño y su arquitectura no nos resultaron muy extraños, porque nos recordaba al Colegio de Arcas Reales que fue obra del mismo arquitecto (Miguel Fisac). La iglesia era áun más majestuosa y “atrevida” con su torre “despeinada” como la llamaría Fray Germánico Revuelta. Todos recordamos aquella poesía famosa sobre la torre. Incluyo varias estrofas para que los lectores puedan juzgar si Fray Germánico en vida mereció el premio Nóbel de Literatura o, al menos, el Premio Nacional de Poesía:

                                      Como una palma de Cades
                                      te elevas hacia los cielos,
                                      pero todo lo estropeas
                                      con esos dichosos pelos.
                                                          
                                      Me pregunta a mí la gente
                                      y me da mucho coraje,
                                      ¿cuándo va usted a quitar
                                      de la torre el andamiaje?

                                      Vanidosa, presumida,
                                      humilla tus pensamientos
                                        que parece tu cabeza
                                      un manojo de sarmientos.

                                      Muchas más cosas me quedan
                                      por decir de tu cabeza,
                                      pero ya no te las digo
                                      por no causarte tristeza.

                                      Y con esto aquí termina
                                       este mi primer cantar,
                                      te llamo la despeinada
                                      sin poderlo remediar.

El Convento de San Pedro Mártir había sido inaugurado hacía solo dos años en septiembre de 1958. En él habían residido por dos años todos los estudiantes de la Provincia.

La llegada de nuestro curso causó muchos cambios y movimientos de personal. Ya mencioné antes que el curso anterior al nuestro fue “desmantelado” y sus miembros dispersados por la ancha geografía de Europa.

Los demás estudiantes, los teólogos, regresaron al convento de Santo Tomás de Ávila, aunque muchos, como era costumbre en la Provincia, fueron enviados a diferentes lugares fuera de España. Sólo un ejemplo: del curso de mi hermano Jaime fueron a Oxford (Inglaterra) mi hermano y Lucio Gutiérrez (y allí estaban Benigno Villarroel y Máximo Marina); a Dublin (Irlanda) fueron Pedro Luis González y José Luis Miguel; a Roma, José Antonio Fernández, Aristónico Montero y, creo que también, Vicente Borragán y a Tolouse (Francia), Fernando Chamorro.

El curso mayor de los teólogos (varios de ellos ya fuera de España) era el de Felipe Miguélez, Jesús Mateo, José Montero, Javier Arrázola, Benigno Villarroel, Pablo Sánchez…y el curso menor de los teólogos era el de Manuel Mateos, Ticiano Vara, Secundino y Abilio Vicente, Isidro Rubio, Serafín Monasterio y Luis Sierra.

El P. Tejero fue con nosotros continuando como Maestro de Estudiantes. Su socio el primer año fue el P. Félix Tejedor y luego el P. Isidoro Garrido, quien ya había sido socio durante el noviciado en Ocaña. También fue trasladado a Madrid el P. Marcos Fernández Manzanedo para ser profesor de Psicología.

En el nuevo convento nos encontramos como prior al P. Manuel (“Manolín”) González, quien tuvo el honor de haber sido el primer prior cuando se abrió el convento. Como profesores tuvimos, además del P. Manuel y el P. Marcos, al P. Bienvenido Turiel, Pedro Cabezón, Juan González, Félix Tejedor…

Otros padres, como el P. Galende y el P. Diosdado, se dedicaban a otros ministerios. Creo que el P. Galende era capellán de la Base de los americanos en Torrejón de Ardoz. Y ho hay que olvidar a los hermanos cooperadores como el ya mencionado Germánico Revuelta (“Bonisía”), Aderito Sánchez, y Antonio Gutiérrez Luis (primo de Florentino Casado).

Conviene recordar que en mayo de 1960 había sido elegido Provincial el P. Jesús Gayo Aragón, quien sería reelegido en 1964. Le sucedió en el cargo el P. Aniceto Castañón, elegido en julio de 1969. Era Maestro General en aquel entonces el P. Michael Browne. Hasta 1962 cuando fue creado cardenal por el Papa Juan XXIII. Después del cardenal Browne, fue elegido Maestro General el P. Aniceto Fernández, de la Provincia de España. Tuvo ese cargo por unos 12 años.
                                                 
Como era tradición, las clases comenzaron a finales de septiembre y la lista de asignaturas para este curso fue larga y extensa: Lógica Material, Filosofía de la Naturaleza, Psicología Racional, Psicología Experimental, Metodología Científica, Seminario, Elocuencia y Religión.

Antes de seguir adelante quiero mencionar que el P. Bienvenido Turiel era el Regente de Estudios, puesto de gran prestigio e influencia en los Estudiantados de la Orden.

Desde el noviciado hasta la llegada a San Pedro Mártir varios connovicios se habían salido. Estos son los que recuerdo: Balbino Arias, José María Bermejo, José Luis Burguet, Baltasar Carrascal, José Antonio de Cea, Juan Manuel del Pozo y Juan Luis Martínez.

Aunque seguimos siendo los “mayores” en el nuevo convento, ya no estábamos solos. El curso siguiente al nuestro también vino a Madrid después de terminar el noviciado. Aunque sea una lista larga, creo que merece la pena nombrar a todos. Muchos de esos nombres nos harán sonreír trayendo a nuestra mente un rostro conocido, pero ya olvidado. Es posible que alguno de esos nombres no nos digan nada, porque perdimos su recuerdo en el abismo profundo del olvido. Así es la vida. Los años no pasan en balde. De todos modos, ésta es la lista por orden alfabético.

Arsenio Alonso, Vicente Arribas, Ciriaco Álvarez, Porfirio Barroso, Óscar Luis Bernardo, Rafael Cabezón, Jesús Calvo Mansilla, Jesús Cuadrado, Florencio de Pablos, José Díaz Sánchez, Jesús Espallargas, Félix Fernández, Tomás Fierro, Fernando Fuentes, Evaristo Galán, Andrés García, Pablo García Gañán, José González Sánchez, Aureliano Herrero, Eugenio López, Julián López, Víctor Martín, Felicísimo Martínez, José Luis Martínez Heras, José Mediavilla, José Vicente Olmos, Ángel Pérez Villar, José Celestino Prieto, José María Miguel Ramos, Vicente Pascual del Pino, Felipe Reviriego, Tomás Riádigos, Alberto Sáiz, Carlos Sánchez, Ignacio Sánchez, Agustín San Millán, Miguel Ángel San Román, Aurelio Valbuena, Daniel Vicente Gallardo y Gerardo Zapico.

Además, recibimos una “avalancha” de estudiantes de la Provincia Bética y de la Provincia de España.

De la Bética vinieron, Dámaso Sánchez, Rogelio Fernández, Ángel Cano, Antonio Burgos, Daniel Muñoz, Andrés Marín y uno más de apellido Carrasco. Habían hecho el noviciado en Almagro (Ciudad Real).

De la provincia de España llegaron, Dino César Mureddu(mexicano), Elías López(mexicano), Jorge Arturo Chaves (costarricense), Luis Ángel Camacho(costarricense), Antonio Martín Elorza, Ángel Ontoria, Manuel Sastre, Pablo Ozcoidi, Emilio Bautista García, Javier Pascual, Agustín Larrañaga y Juan José Castro. Del grupo de la Provincia de España, unos habían hecho el noviciado en Palencia y otros en Caleruega (Burgos.

Fue al comienzo de este año académico, a principios de noviembre (1960), cuando fue elegido Presidente de Estados Unidos John F. Kennedy.  Estoy seguro que todos recuerdan el entusiasmo que este hecho produjo entre nosotros por ser joven, carismático y católico.

Una de las aulas
Comenzamos las clases sumergiéndonos en el latín. Nos sirvió de libro de texto durante toda la filosofía el Elementa Philosophiae Aristotelico-Thomisticae del monje bendictino alemán Joseph Gredt (1863-1940). Otro libro de cabecera para la filosofía fue Esencia del Tomismo de H. G. Manser.

Desde el principio, nos dedicamos a estudiar con gran ahínco y entusiasmo la “filosofía perenne” trasmitida por Santo Tomás de Aquino. Esa filosofía, nos enseñaron, como “sierva” de la teología nos prepararía para los estudios del futuro. ¿Quién no recuerda el gran valor, según nos dijeron, de las 24 tesis tomistas promulgadas por el Papa Pío X en 1914?

Leer esas tesis hoy, en latín, en español o en inglés, es como entrar en un mundo surrealista. Un par de ejemplos: La tesis VI dice (en latín): Praeter absoluta accidentia est etiam relativum, sive ad aliquid. Quamvis enim ad aliquid non significet secundum propriam rationem aliquid alicui inhaerens, saepe tamen causam in rebus habet, et ideo realem entitatem distinctam a subjecto. Lo mismo en español para que quede todo claro: Además de los accidentes absolutos se da un accidente relativo, o hacia algo. Porque si bien ese hacia algo no significa según su propia razón algo inherente a otro, tiene, sin embargo, con frecuencia, una causa o fundamento en las cosas mismas, y, por tanto, una entidad real distinta del sujeto. ¡Más claro ni el agua!

Otro ejemplo, que era una de las tesis favoritas del P. Pedro Cabezón. Es la tesis XI: Quantitate signata materia principium est individuationis, id est, numericae distinctionis, quae in puris spiritibus esse non potest, unius individui ab alio in eadem natura specifica. Traducido: La materia signada por la cantidad es el principio de la individuación, o sea de la distinción numérica, que no puede ser en los espíritus puros, entre un individuo y otro dentro de la misma especie.

Hay que situar todo esto en su contexto histórico y recordar que nuestros profesores (y todos los profesores en los seminarios de aquella época pasada) tenían que hacer el juramento antimodernístico según lo establecido por el Papa Pío X en 1910.  No cabe duda que en nuestros años de formación estuvimos condicionados por la mentalidad y el clima que este juramento representaba. Vivimos los últimos “rabotazos” de una época y una visión que poco a poco se desplomó ante nuestros ojos durante el Concilio Vaticano II. El juramento antimodernístico sería eliminado por Pablo VI en 1967.

Los expertos, teólogos e historiadores, han escrito mucho sobre este juramento y lo que significó, de bueno o de malo, para los filósofos, teólogos e historiadores católicos de la época.

Sin considerarme experto en la materia, quiero aportar mi granito de arena mencionando un detalle que considero importante. Ese juramento incluía este párrafo, “también me someto con la debida reverencia y de todo corazón me adhiero a las condenaciones, declaraciones y prescripciones todas que se contienen en la Carta Encíclica Pascendi (1907) y el decreto Lamentabili (1907) particularmente en lo relativo a la que llaman historia de los dogmas.”

La Encíclica Pascendi ordenaba enseñar la filosofía escolástica en todos los seminarios y universidades católicos y, para proteger la ortodoxia, exigía que en todas las diócesis se estableciera un Comité de Vigilancia, cuya función era, si llamamos a las cosas por su nombre, promocionar el espionaje teológico y el “chivatazo” eclesiástico en nombre de la ortodoxia…y todo con el mayor secretismo.

No sé si se ha escrito el último capítulo de la historia que cuenta cuántos “cadáveres” se han encontrado a la vera de los caminos recorridos por los intelectuales católicos de aquellos años de tanto nihil obstat e imprimatur.


Tampoco podemos olvidar que según el Código de Derecho Canónico (1917) vigente en aquel entonces la filosofía y la teología había que enseñarlas según los principios de Santo Tomás.

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Texto original de Juan José Luengo García "Breve Crónica de un curso 1953-1968)escrito en verano 2009. Para las otras entradas:

Capítulo 1 (La Mejorada)

Capítulo 2 (Arcas Reales)

Capítulo 3 (Ocaña)

Monday, February 6, 2017

SACERDOTE DOMINICO, por Magín Borrajo ***

El 14 de junio de 1962 fue la fecha señalada para mi ordenación sacerdotal y nueve compañeros dominicos. Nuestra expectación aumentaba según se iba acercando el día. Al terminar el curso, el superior nos premió con una excursión a la playa, en Atlantic City y a continuación comenzamos ocho días de retiro espiritual que culminaron con la ordenación sacerdotal en la iglesia de Santo Domingo, en Washington D.C.

Varios sacerdotes, familiares y amigos atendieron la gran ceremonia. Tres días después, saldría para España, donde celebraría mi primera misa solemne, en mi aldea de Domiz, con mis padres, hermanos, familiares, sacerdotes, amigos y vecinos. Estaba muy ilusionado y pensaba que había logrado la meta más importante de mi vida. Como premio pasaría un par de meses con mi familia, que añoraba y me faltaba.

Una ordenación reciente en la iglesia de Santo Domingo (Washington DC)
La ordenación sacerdotal fue una ceremonia muy emotiva. Al entrar en procesión, oí el órgano y el coro cantar “Ecce Sacerdos Magnus”. Mis compañeros y yo caminamos lentamente hacia el altar. Al llegar, el superior leyó nuestros nombres y nos presentó al obispo, quien le preguntó al superior si nos consideraba dignos de ser sacerdotes. Respondió afirmativamente.

Inmediatamente nos postramos sobre el pavimento de la iglesia y el coro entonó: “Veni Santus Spiritus”, ven Espíritu Santo, seguido del canto de la letanía de los Santos, la consagración de las manos, la concelebración de la primera misa con el obispo y las primeras bendiciones.

El rito de la ordenación fue muy conmovedor y me sentí muy emocionado. Añoré la ausencia de mis padres y familiares, que no pudieron acompañarme. En aquellos años, las distancias y condiciones económicas lo hacían imposible.

Me sentí honrado y contento por la presencia de Hilda y algunos españoles, entre ellos el Sr. Garrigues, embajador de España en Washington, el primero en acercarse a recibir mi bendición.

Después de la ordenación me sentía diferente, algo difícil de explicar, como que yo no era yo, mi cuerpo no pesaba, había algo misterioso dentro de mí y sentía la presencia de Dios, que me acompañaba y sostenía.

Había tomado la mejor decisión de mi vida y estaba dispuesto a dedicarme completamente a la evangelización del Reino de Dios, en cualquier parte del mundo donde quisieran los superiores.
          
Lleno de emoción salí para España. Mi primera misa solemne sería el 1 de julio de 1962.

Estuve tres días en Nueva York, en el Convento de Santa Catalina con otros sacerdotes dominicos. Hice una excursión por el río Hudson, con parada en la estatua de la Libertad. Visité las Naciones Unidas motivado por mi admiración por Hammarskjold, secretario de las Naciones Unidas, premio Nobel de la paz, muerto en África en un accidente de avión. Medité en la bella capilla construida por él. Años después, leí sus meditaciones compiladas en el libro “Markings”.

Rumbo a Lisboa, mi compañero Faustino y yo íbamos alegres. En mí, esta alegría se debía en parte porque era sacerdote y en parte porque regresaba a mi aldea donde estaría todo el verano de vacaciones con la familia.

En el avión conocimos a Dorothy, que iba de vacaciones a Portugal. No sé qué le atraía de nosotros. Ella, un tanto mayor; nosotros, unos jovenzuelos, sin experiencia de la vida. Establecimos cierta amistad y en Lisboa nos invitó a cenar a su hotel. A partir de aquel día, nos visitamos varias veces en Nueva York y Filipinas.

Dorothy era de origen italiano, diseñadora de ropa, católica y un tanto mundana. En una visita a Nueva York, en el año 1968, me presentó a las empleadas del taller. Luego me invitó a ver el musical «El violinista en el tejado», a varios bares y a un burlesque. Nunca pregunté, ni supe lo que pensaba ella de mí. Tal vez admiraba mi modo de pensar, mi inocencia y altruismo.

En Lisboa, me hospedé en un hotel sencillo y fui a oír misa a una iglesia de dominicos irlandeses. El sacerdote no se sentía bien y me pidió que celebrase la misa por él. Como hablaba gallego no me fue difícil entender el portugués y oí confesiones por primera vez. Años después, recordando este episodio, se me ocurrió que quizás aquel sacerdote, irritado y tembloroso, tuviera problemas con el alcohol.

De Lisboa fui a Fátima, una aldea rural de gente sencilla que contrastaba con la Basílica, un enorme templo situado en medio de una explanada.

Me quedé con los dominicos portugueses, quienes me trataron muy bien. Un joven sacerdote me acompañó a ver los familiares de Lucía, una de las videntes de las apariciones de la Virgen. Visité su casa y hablé con sus familiares. Lucía estaba en un convento de monjas.

En aquel tiempo se rumoreaba que había entregado una carta al Papa con recomendaciones de la Virgen. Se decía que el Papa mantenía esta carta en secreto.

Imagen antigua de Santo Domingo (Washington DC)
Desde el pueblo de Fátima tomé el tren hasta Vigo. En mi compartimento viajaba una pareja de españoles recién casados. También habían estado en Fátima y regresaban a Vigo. Cuando les dije que era sacerdote, se sorprendieron mucho, dado que iba vestido de seglar. A ellos no les pareció bien porque «me enteraba que pensaba la gente».

En Vigo me hospedé en la casa de unos conocidos. Hacía mucho calor y decidí ir a la playa de Samil. Consciente de mi sacerdocio guardé ciertas distancias. De pronto, un par de chicas en traje de baño se acercaron y comenzaron a conversar conmigo. Les dije que estaba estudiando en Washington e iba a Valdeorras a visitar a mi familia. En aquellos años la gente viajaba poco. Llenas de admiración siguieron preguntándome cosas de los Estados Unidos.

En la playa, recuerdo oír las canciones: «Quién será la que me quiera a mí» y «Te vas a enamorar». Me atraían las chicas jóvenes y me gustaba hablar con ellas, pero me reprimía y ponía límites porque las veía incompatibles con mi sacerdocio. El idealismo sacerdotal que acaba de emprender dominaba mi vida.

Después de dos días en Vigo visité Santiago de Compostela, cuna de la cultura gallega. Tenía muchas ganas de conocer la ciudad, la universidad, la catedral, el Pórtico de la Gloria del maestro Mateo, el Hostal de los Reyes Católicos.

Me hospedé en el convento de San Francisco. Una nueva experiencia, un joven dominico hospedado en un convento de franciscanos. Al día siguiente, un sacerdote franciscano me acompañó a hacer una gira por la ciudad y me explicó elocuentemente la historia de Santiago. En la catedral seguí las costumbres establecidas, puse mi mano y toqué con la cabeza la estatua del arquitecto Mateo para pedir inteligencia. Y como buen gallego di el abrazo al “Santo”.

A la entrada de la catedral había un periodista entrevistando gente. Al enterarse que venía de Washington me preguntó por algunas diferencias entre españoles y americanos. No recuerdo detalles. Pienso que le respondí que los americanos trabajaban y los españoles vivían. La entrevista fue publicada en un periódico de Santiago y el periodista fue tan amable que me envió una copia a Domiz. Enseñé el periódico a mis padres y hermanos, quienes quedaron llenos de admiración.

Después de Santiago tomé el tren a Orense, donde pasé la noche en una pensión a lado de la estación. Recuerdo que pagué 59 pesetas por cena, cama y desayuno. Al cambio, era menos de un dólar. Nunca había estado en Orense. Luego de cenar di una vuelta en taxi por toda la ciudad. Quería conocer las Burgas, fuentes de aguas termales, famosas desde el tiempo de los romanos.

Al día siguiente muy temprano tenía que tomar el tren hasta Monforte de Lemos y allí otro para O Barco. El tren llegó a Monforte de Lemos puntual. Allí debía esperar varias horas. Entré en la cantina porque Cesar e Hilda, amigos de Washington me recomendaron que fuese a visitar a su amiga, Adelina. Me recibió atentamente y me ofreció desayuno y no acepté porque en aquellos años regían leyes estrictas de ayuno. Antes de comulgar, no se podía comer, ni siquiera tomar agua, desde la 12 de la noche anterior.

Era el día de San Pedro, día festivo en España. Debía oír o decir misa. Iba vestido con ropa de calle y me presenté al sacerdote diciéndole que venía de Estados Unidos a celebrar mi primera misa solemne en mi aldea de Domiz. Él ya había celebrado una misa y me ofreció celebrar la que iba a empezar.

Explicó amablemente a la gente que yo era dominico, que nuestro rito era diferente y que venía de un país donde había costumbres distintas.

Me impresionó su actitud abierta y comprensiva, tan opuesta a otros sacerdotes que criticaban mi modo de vestir y me decían que escandalizaba al pueblo.

Llegue a Domiz el día 29 de junio, día de San Pedro. Seguía sin carretera, luz eléctrica y agua corriente.

Acostumbrado a los adelantos de Washington me apenaba reencontrarme con la realidad de Domiz, una aldea tercermundista en España.

Sin embargo, la alegría de ver nuevamente a mis padres, hermanos y vecinos compensó la falta de comodidades básicas.

La gente del pueblo me recibió con alegría, deseando participar en mi misa solemne celebrada el día 1 de julio de 1962. Me acompañaron varios sacerdotes de los pueblos vecinos, algunos sacerdotes dominicos y mucha gente de la aldea y pueblos cercanos. La misa fue cantada en latín, como era costumbre.

La aldea de Domiz (Lugo) en la actualidad
Terminada la ceremonia, mi padre invitó a todos los participantes a tomar un aperitivo en casa. A continuación, los invitados disfrutamos de un banquete preparado por una cocinera especial. Durante los postres hubo cantos y palabras de agradecimiento.

Uno de los sacerdotes se acercó a mí y me dijo que ése era el momento oportuno para que yo hablara en defensa del sacerdocio y contrarrestar el anticlericalismo.

Me resistí a tocar el tema y hablé de lo feliz que me sentía compartir aquel día con todos ellos y agradecí su presencia.

Mis padres, hermanos y familiares estaban orgullosos de mí y yo me encontraba muy bien a su lado. Pasé casi todo el verano en la aldea de Domiz.

De vez en cuando me encontraba con algunos sacerdotes, me veía diferente y no me gustaba estar con ellos. Les veía desambientados, estrictos y autoritarios. Yo me sentía mucho más cercano a la gente sencilla y a los vecinos del pueblo que a ellos.

Durante el verano fui a visitar la familia de Gabino, compañero de estudios, ordenado sacerdote el mismo día. A él, los superiores no le permitieron regresar para su primera misa a su pueblo. En aquella época tampoco había teléfono en su pueblo y llegué de sorpresa. Era el tiempo de la recolección del trigo y estaban trillando con mulas, algo que nunca había visto. De camino a su casa, una mujer se acercó a mí y comenzó a besarme cariñosamente. Sorprendido le pregunté si sabía a quién había besado y respondió a “Gabino». Al darse cuenta de que se había confundido dijo “que daba igual”.

El padre de mi compañero era callado y sentía la ausencia de su hijo. La madre era habladora y protestaba contra los superiores. A poco de llegar, vi a la buena señora matar un conejo. Le pegó con la mano detrás de las orejas y lo guisó al mediodía. Ya había visto a mi madre hacer los mismos agravios, por eso nunca me ha gustado comer conejo.

Me quedé con los familiares de Gabino dos días y me sentí bien entre ellos. Después de esta visita fui a Ávila e hice otros viajes cortos a Valladolid, Cistierna, Monforte y Doade.

El verano fue trascurriendo casi sin darme cuenta. El día de partir se iba aproximando. Sabía que tenía que regresar a Washington un año más, pero no sabía a dónde me enviarían mis superiores después, ni cuándo regresaría a España.

La despedida se me hizo sumamente difícil. De nuevo las lágrimas de mi madre y el silencio de mi padre. Después de muchos años de ausencia, me había reunido con mi familia. Me di cuenta de cuánto les había necesitado y echado de menos. Ahora, de nuevo, tenía que dejarles, sin saber cuándo les volvería a ver.

Regresé a Washington a mediados de septiembre a completar mi último año de estudios.

En marzo de 1963, antes de graduarme, mis superiores me escribieron informándome que me habían nombrado profesor del «Studium de los Dominicos» de la facultad de teología de la Universidad de Santo Tomás, en Manila.

El mismo superior me había dicho meses antes que después de terminar los estudios eclesiásticos quería que estudiase matemáticas en la Universidad Católica de Washington.

Esta noticia representaba un gran cambio y me sentí honrado y contento por el buen concepto que tenían de mí. Me confiaban la formación de futuros sacerdotes.

La experiencia de cuatro años en Washington me ayudó a ver las cosas de un modo diferente. Disfruté de más libertad, mantuve contacto con estudiantes seglares, con familias americanas, latinas y españolas. Me encontré con hombres y mujeres que simpatizaban conmigo y me aconsejaban que dejase el sacerdocio y me quedase en los Estados Unidos. Les decía que me sentía bien de sacerdote.

Los compañeros religiosos en Washington eran mayores y tenían más experiencia de vida. Compartir experiencias con ellos, fue también enriquecedor. Los superiores en algunas cosas eran comprensibles y tolerantes, en otras, eran legalistas e intransigentes. Algo paradójico y difícil de comprender.

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*** Por cortesía de Magín Borrajo, publicamos el capítulo III de su libro "BUSCANDO SER HUMANO", Palibrio, Bloomington 2014. Puedes adquirir el texto completo en Amazon o bien en esta página http://www.maginborrajo.com/

CAPÍTULO I