Friday, July 13, 2012

El comedor

El comedor, la palabra técnica, muy al uso en una orden religiosa y mucho menos vulgar que ésta, era, en realidad, la de refectorio. Para la mayoría de nosotros, aborígenes de interminables llanuras castellanas o umbríos valles leoneses, con aquel vocablo recién encontrado se nos llenaba la boca. Pronunciar “refectorio” parecía elevar la dignidad de nuestra parla aldeana, por lo demás, salvo algunos giros localistas, años antes de que la televisión omnipresente nos pasara a todos por el mismo patrón borreguil del idioma, de una calidad notable. ¿No decían que en Palencia era donde mejor se hablaba el castellano a través del ancho globo terráqueo?

Re-fec-to-rio, re-fec-to-rio, repetíamos los primeros días, transformando la cé en ka. La guinda de nuestro nuevo vocabulario la ponía otro neologismo de la época: el ofis. En realidad nosotros hacíamos un apaño a medio camino entre el original francés con apóstrofe, y la adaptación pucelana, concluyendo con algo así como: “Candanedo, ha ordenado el P. Mendoza que lleves las cántaras (de leche) del refektorio al lofis”. El “lofis” era la trastienda, un espacio en la parte trasera del comedor que hacía las veces de cocina y sala de trabajo para la preparación de los menús, almacén de enseres y donde tenía plaza de mando, sobre las buenas y tan bondadosas como serviciales, que el Señor las tenga en su gloria, hermanas dominicas, el cocinero. Don Miguel, por nombre, mediados de los sesenta.

En realidad, comedores eran dos, simétricamente colocados, en ambos pabellones, mayores y menores, como una prolongación de la galería. Tres, si contamos el de los padres. Pero éste, como todo el resto de esa zona, salvo la portería, tenía el acceso vedado. Era sólo para los frailes que comían huevos. Pasaron años, bastantes después de salir de Arcas Reales, antes de poder apercibir el de los padres, recoleto y elegante en sus dimensiones, situado detrás de la portería del hermano Fuertes, que con su capilla y su sala de comunidad conformaban el sancta sanctórum del internado, impenetrable a la vista y los pasos de los internos.

Los nuestros, por el contrario, eran dos naves inmensas rectangulares en la base, las paredes y el techo. Una caja de zapatos inmensa donde menester era, acomodar a 200 alumnos por cada comedor. Pero en la banalidad de sus funciones, tenían cierto encanto, un notable encanto diría yo. Alicatados casi hasta el techo, habían sido decorados con sencillas figuras de plantas y pájaros, azul marino intenso sobre el blanco del mosaico, por uno de los mejores artistas figurativos hispanos de la primera mitad del siglo XX, el granadino Antonio Rodríguez Valdivieso. Don Miguel Fisac aparte de genio de la arquitectura, tenía un gusto excelente para los complementos. No que nuestras preocupaciones fueran, en aquel entonces, preadolescentes como éramos, el marco monumental en el que nos ocupábamos del yantar (¡Otra palabra que nos chocaba, cuando el P. Isidro Rubio nos leía el Romancero!).

¿Cuáles eran nuestras principales inquietudes en el refectorio? Guardar silencio –o como mal menor evitar que no te pillara hablando el prefecto- y comer, o como mal menor, pasar de tapadillo el detestable plato de lentejas al carrito de recogida. Parece obvio, hasta se puede decir que contradictorio, pero absolutamente cierto. Lo del silencio, a tantos años vista, suena a costumbre del pleistoceno, pero puedo asegurar, aunque mis hijos no me crean y se rían incluso de ello, que comer en silencio resultaba una costumbre tan sana como útil. Primero porque 200 alumnos gritando en un espacio tan reducido como áquel era ensordecedor, a lo que se sumaba ruido de platos y vasos de aluminio, rodar de carritos con las viandas y disputas varias.

Comer en silencio, además, tenía la ventaja de que se aprovechaba el tiempo mucho mejor. Un lector, por turnos diarios o semanales, se encargaba de leer alguna hagiografía piadosa (sí, también de las hagiografías piadosas se puede aprender algo, aunque sea poco) o del Diario de Valladolid, cuando algún acontecimiento importante, no necesariamente religioso, aunque éstos tenían preeminencia, así lo requería. Julio Verne no nos ofrecía tanta emoción como los despachos de la agencia Efe –abril de 1970- narrando que la falta de oxígeno y el exceso de dióxido de carbono en el Apolo XIII estaba llevando a los astronautas a una muerte segura. Eso sí, normalmente el prefecto de disciplina solía, a la hora del postre, liberarnos de tan pesada carga y dejar que gritáramos a nuestro libre albedrío: “Duránnnnntez, puedo repetir manzana”. Porque postre, postre, salvo fruta del tiempo (ligeramente arrugada) no recuerdo yo delicadezas dulces que, aunque fuera vagamente, nos recordaran las exquisiteces de nuestras madres. Pero posiblemente el paso de los años ha borrado ciertas dulzuras del pasado.

Las dimensiones de las pesadas mesas y los bancos de madera hacían juego con las proporciones del refectorio-comedor. En cada lateral, también eran rectangulares, cabían al menos una decena de alumnos. Es decir, una veintena por mesa. Entrábamos, cómo no, en silencio y, cómo no, en fila. Sempiterno orden del abecedario. Así que si te llevabas mal con tus camaradas de la letra ce en el aula, los tenías, como si dijéramos, hasta en la sopa (de maicena) que formaba parte habitual del menú nocturno. En numerosas conversaciones con compañeros de la época, aquí los recuerdos divergen considerablemente, se constata que sobre la calidad de las viandas se tienen, consecuencia de los decenios transcurridos, percepciones muy diferentes. Algunos opinan que, sino sofisticada, la alimentación era abundante y bastante variada. Otros muchos, quizá más, tienen un buen recuerdo de profesores, juegos, competiciones deportivas, pero de las comidas no tanto. Y no falta el que sobrevivió a más de un trauma, fuere psicológico o físico, por la obligatoriedad, difícilmente eludible, de rebañar hasta el último trocito de lenguado (entonces era más asequible que ahora) a la hora de la cena.

Es cierto que, por lo que pagábamos y considerando la época, década de los sesenta, no se podían exigir milagros. Existía, asimismo, un inevitable punto de comparación con nuestras casas. La mayoría, procedentes de clases humildes, vivíamos fuera de todo lujo, pero como muchos éramos de pueblos, siempre había un bocado que echarse a la boca. Generalmente delicioso: legumbres, una sarta de la matanza, peras recién acarreadas de la huerta, patatas sacadas del linar de la vega. Y aquí, en las Arcas Reales, se producía –parece inevitable cuando año tras año, durante cuatro, algunos hasta seis, se repetían una y otra vez los mismos limitados menús- una cierta monotonía y repetitividad alimenticia. Eso es cierto. No obstante, algunos, recuerdan con más exactitud, casi hasta con memoria de gula, las sopas de leche fría que la fecha de la batalla de las Navas de Tolosa en la que tanto insistía el P. Reyero.

Para otros, sus papilas gustativas se orientan, pese a los cerca de cinco lustros transcurridos, a la espesa tortilla de patatas y, para todos, deleznables sin excepción, a las lentejas.  Si a la materia prima no podía pedírsela una calidad extraordinaria, no parece que el bueno de Don Miguel pusiera mucho de su parte. Muchos le recuerdan removiendo el perolón de garbanzos con la ceniza de la colilla cayéndose en medio del guiso. Esto puede ser una mera leyenda infantil, aunque la repetición en la memoria de tantos parece abundar en su certeza. Hasta parece que hacía las veces de cocinero en ambos pabellones. Es fácil imaginarle transitando, a la carrera, del “lofis” de los pequeños al de mayores, y viceversa, entre plato y plato servido. Me pregunto si también oficiaba para los buenos padres.

El servicio en el comedor, ésta era una de las tareas más preciadas que se nos asignaban por rotación, tanto como el de guardián del vestuario donde se almacenaban los balones de fútbol, te concedía ciertos privilegios que a nuestros ojos infantiles nos hacía sentirnos todopoderosos durante la media hora de la cena o la comida. Los servidores de la semana siempre comían una vez que el resto de compañeros habían abandonado el comedor y quedaban más o menos a sus anchas para repetir entre lo sobrado, si les gustaba (sopas de leche, hasta dolerte la tripa) o, sencillamente no comer –el prefecto de disciplina no estaba presente- si las dichosas lentejas, ocasionalmente salpicadas de algún extraño gusano y con un sospechoso olor a tabaco (¿por qué?) no te apetecían. Las monjitas hacían la vista gorda de este modesto libertinaje.

Mejor aún, aunque aquí se corría el riesgo de que la semana próxima tu compañero te aplicara la ley del talión, durante el servicio te convertías, “de facto” en el jefe de las repeticiones. Así que privilegiabas a conocidos, amigos o paisanos con un par de salchichas más, si así te placía, por tu santa voluntad, a hurtadillas de las vigilantes miradas del prefecto de disciplina. Eso sí, si alguien pedía repetir y no accedías a sus deseos era muy probable, como dicen los comentaristas de fútbol, que te tomara la matrícula para servirte la venganza en frío durante la semana que tu desairado compañero se convirtiera en el capitán de los repetidores. Tampoco es que, habitualmente, sobrara comida para repetir a gusto de todos. Dependía del menú. Casi todos suplíamos las necesidades con la repetición del pan, el cual, por cierto se cortaba en pedacitos en una inolvidable cizalla del “lofis”. Manejar aquel artefacto con destreza era una señal de capacidad técnica inigualable de cara a los compañeros.

Tres medias horas, cada día, pasábamos al lado de los pajaritos y las plantas de Valdivieso. Desayuno, comida y cena. La merienda ocasionalmente, en algún día de lluvia, ya que habitualmente se solía repartir a la entrada de los pabellones, por la parte del campo de fútbol, o en la misma galería. Hora y media durante la que, la mayoría de nosotros, aprendimos a manejar el cuchillo con la derecha y el tenedor con la izquierda, como deben hacerlo los hombres de provecho. Allí nos adiestraron en las primeras normas de urbanidad que nos imprimieron un ligero barniz de pupilos de colegio de pago.

Así que no es de extrañar que, cuando en las vacaciones del verano, retornaba a la cazuela de fideos común a toda la familia, mi madre me mirara ojiplática al reclamar la servilleta. Pero ella, sabias entre las sabias, accedía de buen grado a sacar una del único juego, el que se usaba para la fiesta del santo patrón. “Toma hijo”, decía entre sorprendida y orgullosa, conocedora de que el esfuerzo económico realizado para pagar el internado al P. Reyero comenzaba a producir resultados. Ya veríamos cuando llegaran las notas…


Tuesday, May 1, 2012

La iglesia


De arquitectura no teníamos ni idea, al menos en primero y segundo. Más tarde, cuando el P. Reyero nos explicaba los tres órdenes helénicos en cuarto, en Historia del Arte y la Cultura, también aprendimos las nociones básicas para diferenciar el flamígero del plateresco. O casi. Incluso nos daba tiempo a echar una ojeada a las ilustraciones, nunca a estudiar los textos de las últimas lecciones, por falta de tiempo, de las obras de Le Corbusier o Wright, con la iglesia de Notre Dame de Haut o la Casa de la Cascada, respectivamente. Que, además, estaban entre las estampas más preciadas de un álbum de cromos muy popular donde se mezclaban animales de la jungla y obras arquitectónicas de primer nivel.

La iglesia del insigne y todavía infravalorado Miguel Fisac que, en las próximas semanas y meses, se convertiría en el espacio central de nuestras vidas, tanto física como metafóricamente, no aparecía en esas páginas, aunque bien que lo hubiera merecido, ni el cuaderno de cromos. Aunque –ignorado por nosotros- sí que se podía encontrar la austera imagen del interior de la iglesia en revistas especializadas de arquitectura de la época. El galardón recibido en Viena en la década precedente, en cuanto monumento emblemático del arte moderno religioso en España, había catapultado, eso sí, en círculos más bien restringidos, al arquitecto y a su obra de las Arcas Reales a un lugar de privilegio tan criticado como alabado.

Para la época, pleno franquismo, y el contexto, un internado de religiosos tremendamente conservadores, que el edificio se hubiera levantado, más que de una revolución arquitectónica premeditada, se trataba de un genuino milagro eclesial. La pequeña gran historia de aquellas decisiones, atribuidas al prior provincial de entonces, el P. Sancho, seguro que daría para una tesis doctoral sobre la ambivalencia de un continente, la forma arquitectónica, vanguardista y heraldo del Vaticano II en puertas, frente a un contenido, la religiosidad celebrada entre sus paredes, anclada en conceptos decimonónicos, sino anteriores, donde el rezo ritual y cotidiano del rosario conformaba uno de los pilares sobre los que se sustentaba, quizá mejor, se pretendía sustentar la fe de nuestras infancias tan tiernas y moldeables como pueblerinas e ingenuas.

Aquel prestigio de la obra de Fisac, sin que afloraran las matizaciones socio religiosas pertinentes, había corrido de boca en boca entre nuestros progenitores originados, en términos muy vagos por los propios alumnos o los buenos padres dominicos. No que tuvieran, nuestros padres, el mínimo interés en las formulaciones arquitectónicas de don Miguel. Pero era “vox populi”, incluso para muchos de ellos que hacían su primer viaje en tren para acompañarnos al internado, en que la “iglesia moderna” era un plus de prestigio para el colegio y, por consiguiente para sus vástagos que estudiaban en él.

Lo de “iglesia moderna” constituía un pequeño mantra, que los buenos padres dominicos, más versados en asuntos monumentales, explotaban con celeridad, cariño y buenos propósitos. Nada más pisar el patio central, la visita a la “iglesia moderna” era lo primero que se hacía, por delante, incluso, de las clases o el dormitorio corrido. Al padre prefecto de disciplina o al P. Santiago –el pescador de vocaciones sociológicas que nos había visitado en la escuela de la aldea- les encantaba sorprender a nuestros padres con aquellas paredes desnudas y lisas, deslumbrados, literalmente, por aquel altar en el centro del ábside, sobriamente iluminado por la caliza de Campaspero.

Después volvían al pueblo y contaban con orgullo lo de la “iglesia moderna” al señor Maurino, que también había tenido un hijo en el internado, pero poco tiempo, así que ni siquiera había podido acercarse ni el Día de las Familias para admirar las maravillas de aquellas paredes desvestidas que encajonaban el altar. Aunque yo bien sabía, en mi inocencia infantil, que a mis padres, inmersos en un mundo barroco de santos y vírgenes, desde Santa Lucía a San Isidro Labrador pasando por la Virgen de Fátima con sus pies sobre una nube de escayola donde reposaban tres palomitas, que la boca abierta de mis padres no lo era tanto por la supuesta sorpresa que les mostraba el P. Santiago sino fruto de una profunda desilusión.


De hecho, aunque sólo fuera en las formas, la iglesia parroquial y aquel sorprendente edificio conformaban dos mundos bien diferentes sino contrapuestos. Sólo en las formas. Cierto, los bancos, no había reclinatorios individuales como en el pueblo, estaban simétricamente colocados. También, novedad reciente del Vaticano II recién finalizado, como en el pueblo, el altar miraba a los fieles. Ahí se acababan las similitudes. Ni un santo en las paredes a quien dirigir las devociones (a hurtadillas, algunos compañeros osarían decir que aquella iglesia era ¡protestante!), ni el tabernáculo en el centro del altar ante quien hincar la rodilla en genuflexión reverencial.  Demasiado chocante para nuestros padres, acostumbrados a la jerarquía celestial, apabullados por la exuberante invasión escultórica barroca, ocasionalmente románica, de sus iglesias donde al hilo de los tiempos y generación tras generación habían creído entender que sin santos no hay paraíso.

En cualquier caso aceptaron, sin rechistar, aquella  nueva forma de de espacio religioso porque tenían la fe del carbonero en los criterios educativos de los buenos padres, ¡más aún si se trataba de asuntos religiosos!,  confiaban a pies juntillas en el inmejorable criterio de los padres dominicos para hacer de nosotros hombres de provecho en cuerpo y alma. Con o sin santos en los muros de la iglesia. Si esperaban que me enseñaran a calcular la medida de la hipotenusa con el teorema de Pitágoras, y eso era mucho esperar, ¿cómo no iban a confiar en que la lección moral de la parábola del hijo pródigo se me quedara bien grabada entre aquellas paredes desnudas, interminables, donde la única imagen, la Virgen del Rosario en piedra de Jose Capuz, pese a sus enormes dimensiones, se fundía con el leve arco dibujado por el ábside?

La iglesia, colocada estratégicamente por el arquitecto, en el centro de todo el complejo escolar, se convertía cotidianamente en el punto de encuentro de todos los que poblábamos las Arcas Reales. Fueran profesores, alumnos mayores, menores, monjas auxiliares o hermanos legos (más tarde llamados cooperadores). Todos nos encontrábamos allí, no menos de tres o cuatro veces al día. En días festivos, incluso más. Allí acudíamos todos, juntos pero no revueltos. La entrada se hace por  disciplinadas filas, formadas con anterioridad en las galerías, y rigurosísimo silencio. El corto pasillo de acceso, desde las galerías hasta la iglesia, en sacrosanta circunspección, el acceso también parte del espacio sagrado. Las filas, a medida que avanzan por los laterales de la nave se entroncan, como en una parada militar, en los austeros bancos de madera.

Lo primero, inevitablemente, es ponerse de rodillas en ellos. Cualquier acto litúrgico, menor o mayor, solemne o menos solemne, se inicia en genuflexión. Los cursos pequeños, los que proceden del pabellón de menores, ocupan los bancos delanteros. Cuando éstos han terminado de colocarse, es el turno de entrada de los mayores. El espacio sacro se agranda con el silencio impenetrable de 400 alumnos y, se dice pronto, donde no se oye ni una mosca. De repente, el P. Ibáñez, para sorpresa sonora, especialmente de los más pequeños todavía poco acostumbrados a estas entradas estentóreas, ataca en el órgano una fuga de Bach. Nos miramos, ligeramente atemorizados, pero ni una palabra al vecino y mucho menos mirar la vista atrás, hacia el coro, no sea que nos convirtamos en estatuas de sal. O lo que es peor, que el P. Prefecto de Disciplina, vigilante en un lateral, nos llame al orden. Pasen los avisos en el dormitorio o en la clase, pero en la iglesia, delito de lesa majestad y difícil perdón.

En el pueblo, por turno, todos éramos monaguillos. No éramos tantos, después de todo, en edad de portar las vinajeras y la cruz procesional de plata. Además las funciones religiosas se multiplicaban entre bautizos, entierros, bodas, procesiones y rosarios. Así que don Maximino tenía tajo para todos.  Aquí, en el internado, la competencia para servir en el altar es muy dura, aunque sólo sea por el número de candidatos. Ser designado monaguillo constituye un privilegio, atribuible, al menos en nuestra parla infantil al “enchufe”. Como hay enchufados en clase de geografía porque recitan de memoria los tres picos más altos de la península Ibérica y Canarias (el Teide, Mantecón, cuántas veces se lo tengo que decir) en la clase del P. Varela, también hay enchufados para portar el incensario  y los ciriales por delante del P. Antonio Felices, cuya cabeza inmensa y rapada, los hombros cargados incrementan la extremada solemnidad con la que porta la custodia, a mitad envuelta con el velo humeral. Aunque las razones por las cuales media docena de elegidos obtienen ese privilegio se pierde en los vericuetos de la memoria.

Las prácticas religiosas eran las clásicas de la época, mediados de los sesenta. El concilio venía de terminar, pero pasaría media docena de años hasta que raspara mínimamente en la superficie educativa de nuestros guías espirituales. Mientras tanto, seguíamos practicando nuestra religiosidad como la habían practicado ellos y como la practicaban nuestros padres. A golpe de mera recitación, de orden ritual y celebraciones repetitivas que, mirando para atrás, pueden parecer huecas e inútiles, pero que allí, y en aquel momento, eran nuestra tabla de salvación catequética en la fe que nos habían inculcado desde que teníamos uso de razón, incluso antes.

Cualesquiera que fuera el acto religioso teníamos más que memorizadas las plegarias. A las invocaciones del sacerdote que presidía la ceremonia, respondíamos con afirmaciones aprendidas de memoria, de manera absolutamente mecánica. De la misma manera que enunciábamos los ríos de España, empezando por el Sil, proclamábamos nuestra contrición, el “confíteor”: por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa. Si arrepentimiento había, y no podía no haberlo al amparo del temor religioso que nos abrumaba, con la declamación ritual nos bastaba para sentirnos satisfechos en el cumplimiento de nuestro deber religioso fundamentado, exclusivamente, en la mecánica de nuestras respuestas a las invocaciones sacerdotales y el perpetuo ritual de rosarios, misas y devociones varias que se sucedían día tras día.

No había espacio para la reflexión, discusión, mucho menos debate. Todo era un vaivén archiconocido desde el Señor esté con vosotros y con tu espíritu, etc. etc. hasta el podéis ir en paz. Esta recitación mecánica se exacerbaba en el rezo del rosario vespertino, un acto insoslayable, cuya única variación, dependiendo del día de la semana, era si los misterios eran gozosos, gloriosos o dolorosos. Incluso hasta la confesión, un acto bien personal e íntimo, constituía un ceremonial más, cuya obligación de cumplirlo (¡jamás hubiéramos osar saltárnoslo en nuestro turno semanal!) era inmensamente más importante que la confesión en sí. Padre me acuso de esto y lo otro. Inevitablemente, hasta nuestros modestos  pecadillos eran repetitivos semana tras semana. De no estudiar las preposiciones como se debía, de desobedecer al padre Llanos en el recreo, de pelearme con mi compañero Sixto en la clase. Así semana tras semana. La única licencia que nos permitíamos ante el atemorizador sacramento de la reconciliación (este vocablo apareció algunos años más tarde) eran los pequeños truquillos para confesarse con un padre u otro (véte tú primero, me pongo al cabo de la fila) para intentar caer con el P. Ortega que tiene fama de poner penitencias ligeras, las más leves admitidas por el Ritual Romano. Un avemaría y a correr.

Me pregunto para cuantos de nosotros aquella religiosidad, que estaba más bien vacía como la época gris que nos tocó vivir, constituyó el germen de algo más sólido y duradero. Era el signo de los tiempos. Posiblemente en los últimos años de la siguiente década todo aquel sobrepeso moralizante y ritual dio un giro considerable. Nuestra generación tuvo la mala suerte de caminar siempre en tierra de nadie. Demasiado tarde como para asumir tradiciones y costumbres que se desmoronaban, demasiado pronto para convertirnos en heraldos de los cambios que se presagiaban. Arrastramos el ritualismo huero de las décadas precedentes, pero ya no tuvimos ocasión de palpar los cambios venideros. Y eso que la imponente iglesia ofrecía todos los números para que nos tocara la lotería de la nueva forma de concebir la religión nacida a partir del Vaticano II. Queda pues claro que Miguel Fisac fue un pionero, un adelantado de su tiempo, a cuya concepción arquitectónica no se correspondió, desgraciadamente, la avanzadilla teológica en la que los buenos padres dominicos, capacitados como estaban, podrían haber acunado la fe de nuestra adolescencia en ciernes. No podía ser y no fue.

Al menos algo me queda. Las luces se apagan, sigue el P. Ibáñez al órgano, ahora más melodioso (¿Zarabanda de Haendel?) que al inicio de la exposición del Santísimo. Con el mismo orden de filas, pero a la inversa, comenzamos a abandonar la iglesia. Las volutas del incienso se adivinan escalando por el vitral del ábside. Lo aspiro profundamente. Mis pantalones cortos y mi jerséi para los días de fiesta, comprado en Almacenes Olmedo de la calle Mayor de Palencia, se impregnan con el intenso perfume de las esencias arábigas. Sé que es una tontería, que he respirado ese mismo perfume del incienso en muchas otras ocasiones litúrgicas. Pero incluso cuando paseo por una calle céntrica de una ciudad del levante español, medio siglo después, al pasar por delante de una tienda de moda que vende objetos y perfumes indios y orientales, al sentir el incienso que sale desde dentro, distingo, invariablemente, al P. Felices impartiendo, brazos en alto, la bendición con la custodia. El único sonido perceptible es el tintineo de las cadenas del incensario. Seguro que a los padres dominicos les hubiera gustado que algo más perdurara en la memoria. No es mucho. Lo confieso. Aunque también se podría decir que no es poco.

Sunday, April 15, 2012

La galería


Medio siglo después, los cuatro años con sus penas y alegrías que pasamos en el internado, a mediados de los sesenta, son recordados como un instante tan lejano como fugaz, ahora que avanzamos, sobradamente, por encima de la barrera de la cincuentena. Sin duda, el paso del tiempo, suele suceder, ha tornado nuestros recuerdos, que en no pocos momentos fueron ásperos y, para algunos, notablemente dolorosos, en un espacio sedoso y nostálgico, como un placebo que atempera las aristas más rugosas de nuestra memoria. Aquel período evanescente, ocasionalmente idílico, de la adolescencia que transcurrió por nuestras vidas sin que apenas supiéramos que tal edad existía.

Para la inmensa mayoría de nosotros representó, desde la perspectiva académica, un auténtico trampolín, el resorte -inexistente en nuestros pueblos perdidos de Castilla la Vieja o en las aldeas remotas de Asturies patria querida- que sentó las bases para una carrera profesional de rango medio: profesores de instituto, funcionarios de futuras autonomías, empleados de bancos fusionados y absorbidos. En fin, las Arcas Reales, como gran parte de colegios religiosos de la época en España, prosperaba –fruto de la época gris a punto de acabar en la que había surgido- con un horizonte académico constreñido por el sólo y único propósito de captar vocaciones apostólicas, sin alzar la vista, carente de las sofisticadas ambiciones elitistas que hubieran hecho de sus alumnos, de nosotros, genuinos líderes en sus futuros ámbitos laborales.

Nos educaron, con rigurosidad pero sin alardes, para formar parte de la creciente clase media que un par de décadas más tarde vivió exultante y mansa la llegada de la democracia, la imposición del IVA, la entrada en la Unión Europea. Quizá excesivamente sumisos, o como nos diría pocos años más tarde nuestro maestro de estudiantes de teología, “pasados todos por el mismo patrón borreguil”, sin que tuviéramos el punto de rebeldía necesario que genera el hervor de donde surgen las personas con capacidad de liderazgo. Para hacer algo nuevo y diferente. O quizá lo tuvimos, pero cuatro años de internado terminaron por amansar la fiera que llevábamos dentro. Veníamos de parameras sin horizontes a la vista, de valles interminables entre montañas, pero terminamos, metafórica y físicamente, encerrados entre cuatro paredes.

A la postre, cierto, los buenos padres terminaron por convertirnos en hombres de provecho. Pero nada más. Me pregunto si era la época y el lugar, o acaso nosotros no teníamos la impronta genética, para haber transformado aquella formación de notable relumbrón en algo más productivo para la sociedad y nuestro futuro que el mero hecho de convertirnos en engranajes de la vida laboral vulgar y ordinaria –tan rutinaria como segura- en cualquier oficina gubernamental, aula de colegio concertado o funcionario con prejubilación anticipada. Al menos, para mayor gloria de nuestros profesores de la época, podemos recordar, ante el asombro de nuestros colegas de hoy, algunas frases de Cicerón, las cinco declinaciones (¿o eran cuatro?) del latín, y que el Duero nace en los picos de Urbión, provincia de Soria. Cuarenta años después del ayer.

Acaso este reduccionismo de miras en nuestras ambiciones profesionales y humanas haya sido producto de los espacios limitados, las pocas decenas de metros cuadrados por los que discurrieron los cuatro años de internado en el colegio. Salvo algunos privilegiados deportistas que eran llevados a competir a Pucela y, en ocasiones muy especiales, a Salamanca o Bilbao, el resto habitábamos nuestra existencia cotidiana entre cuatro paredes. Esto es literal, si bien conviene matizar ligeramente esos espacios geográficos y multiplicarlos por cinco. Cuatro paredes de la maravillosa capilla de Miguel Fisac, cuatro paredes del comedor, cuatro paredes del dormitorio corrido, cuatro paredes de los campos de deportes (no había paredes físicas, pero los límites del pinar, el pabellón de menores y la chopera eran lo mismo) y las cuatro paredes de la galería.

La galería, fuera la del pabellón de menores o la del de mayores, constituía el espacio neurálgico de nuestras idas y venidas hacia los otros cuatro: hacia las clases, hacia el campo de fútbol, a la capilla, para subir al dormitorio o para acceder al comedor. También era lo primero que pisábamos al volver de vacaciones y lo último para aquellos que, ¡ay llanto y crujir de dientes en las familias concernidas!, eran expulsados. Si exceptuamos el patio central donde aparcaba el taxi o el novedoso turismo del familiar con posibles, aunque allí, al patio central sólo se nos permitía el acceso para esos tránsitos puntuales y raudos. Bueno, y en el Día de las Familias donde las fronteras desaparecían en medio del jolgorio de los reencuentros matinales y los lloros de las despedidas vespertinas.

El arquitecto había concebido la galería no sólo como un espacio de tránsito, sino también de recreo. Especialmente para los días de lluvia. No es de extrañar que a los antiguos alumnos sea uno de los lugares que con más facilidad les viene a la memoria. En parte por dos elementos arquitectónicos bien notables. La fila de columnas central, pintadas de beige (algunos creemos recordarlas de amarillo), que soportaban los dos dormitorios de cada pabellón y las dos cristaleras, luminosas y amplísimas, que abarcan las dos paredes laterales, con sus marcos pintados y repintados de verde, por donde los días de tormenta se colaba la lluvia. Y, cómo no, aunque no puestas por el arquitecto, las mesas de ping-pong, un deporte que a quienes nos habíamos criado con el juego del aro o de la pita nos resultaba tan exótico como el P. Ibáñez atacando desmelenado –es un decir- una fuga de Bach en el coro de la iglesia.

La galería era el espacio donde formábamos filas para todo. Cuando teníamos que entrar a la capilla, filas en silencio. Otro tanto cuando teníamos que ponernos firmes para entrar en el comedor, también en silencio. A las clases y al dormitorio solíamos acceder algo más disgregados, aunque cuando por alguna razón éramos castigados en grupo, también se nos obligaba a formar filas en la galería. Si aquello hubiera sido un campamento militar, alguna semejanza había, podríamos decir, exagerando un poco, que la galería era nuestro campo de entrenamiento para adiestrarnos en el paso de la oca.

Al fondo de la galería, a finales de los sesenta, después fue transformada parcialmente en gimnasio, había una gran sala que hacía las veces de salón de actos. Era el espacio más grande que un aula, así que cuando se trataba de reunir a más de una clase, allí cabíamos todo el curso completo, generalmente conformado por tres o cuatro clases, como unos ochenta alumnos. Por ejemplo, las clases de Normas de Urbanidad, impartidas por el P. Félix Rodríguez, donde nos aleccionaba sobre cómo coger el tenedor o limpiarnos con la servilleta. En un momento determinado, la primera televisión en blanco y negro que, inicialmente, estaba en el teatro, donde en medio una neblina electrónica impenetrable apenas percibíamos al equipo pimentonero disputar el esférico al Gijón en La Condomina, se pasó a ese salón. Algún partido del mundial de Méjico, con Pelé, Rivera, Teófilo Cubillas, pese a que coincidió con los exámenes de final de curso,  lo vimos allí. Poco a poco, a medida que de alguna forma, seguramente con la llegada de padres más jóvenes al claustro académico, las normas se flexibilizaron, a la entrada del salón,  colocaron un mueble donde  podíamos leer, con retraso de uno o dos días, los periódicos vallisoletanos.

Mientras que un lateral de los ventanales, fuera en uno u otro pabellón, estaba orientado al campo de baloncesto, en el otro lateral, por el lado de la iglesia, estaban los vestuarios deportivos, más bien almacenes cerrados a cal y canto donde se guardaba utillaje deportivo, como los balones de reglamento y las camisetas de fútbol. La llave la tenían los encargados, una denominación de preeminencia y prestigio, compañeros que considerábamos enchufados por disponer de tal privilegio. En un receso, ya en el corredor de acceso a la capilla, el despacho que usaba el Padre Reyero para entregarnos el material de escritorio que le solicitábamos de uno en uno, con la inevitable fila y la no menos inevitable frase: ¡El siguiente, al padre Reyero!. En el pabellón de menores, la variante era un despacho para el confesor o director espiritual al que el penitente o dirigido notificaba de su llegada mediante un timbre colocado nada más traspasar el umbral desde la galería.

En los días de lluvia, cuando los doscientos y pico alumnos nos guarecíamos de manera obligada en las horas de recreo, el alboroto era ensordecedor. Aparte del eco generado por las cuatro paredes -quien no jugaba al pilla pilla lo hacía al escondite, otros paseaban en grupitos y paso acelerado de un lado para otro- los tantos ganadores al ping-pong se celebraban con inusitada algarabía. El padre prefecto correspondiente, en aquellos tiempos el P. Félix Rodríguez o el P. Juvencio Hospital se las veían y deseaban para encauzar tanta energía. El P. Félix, que además ejercía como profesor de ciencias naturales, bondadoso de carácter, aprovechaba la ocasión para disertar, ante un pequeño círculo de curiosos, sobre la extraordinaria la vida animal en las islas Galápagos, mientras el P. Juvencio, redoblaba como entrenador de baloncesto, contaba aventuras de su estancia en las Filipinas. 

El padre Reyero, maestro de la historia de España con su hilera interminable de fechas, nos mostraba su impresionante colección de sellos: castillos, trajes regionales, conmemorativos del Día de la Victoria, pintores del Siglo de Oro. ¡Padre, padre, ese sello se le ha dado la vuelta!. Y el P. Reyero se precipita, con un nerviosismo evidente, la hoja de celofán se le adhiere a los dedos, a dar la vuelta a la hoja. En sus clases de historia hemos aprendido, eso sí, a hurtadillas, que donde Goya pintó la Maja Vestida, siempre hay una Maja Desnuda. Aunque esté vientre abajo. El P. Reyero respira aliviado, ha conseguido tornar la página y ahora empieza la sección de monumentos mozárabes. Fuera, mediados de abril ventoso, la tormenta arrecia contra los cristales de la galería.

Sunday, March 18, 2012

Clase de dibujo

Sección A, Curso de 1967 (Cortesía de Pedro Álvaro)
La sala, al fondo de los pasillos de las clases de primero y segundo, en el Pabellón de Menores se denominaba, en el lenguaje familiar de los alumnos, la “nevera”. Apelación que tenía su razón de ser en el intenso frío que pasábamos en ella durante los meses de invierno. Que en tierras pucelanas, empapadas por la neblina del Duero, que nace en los Picos de Urbión, provincia de Soria, pasa por… etc. etc., discurría desde octubre hasta bien entrado abril. Es decir, una buena parte del curso. Allí pasábamos las clases ateridos de frío, algunos –siempre resultó un misterio el por qué unos sufrían más que otros- con los dedos henchidos por los temidos sabañones, se las veían y deseaban para agarrar el plumín de tinta china con el cual, una vez trazado el diseño sobre el papel de estraza, nos deleitábamos a marcarlo en intenso negro.

¡Cómo nos regodeábamos engordando las finas líneas del lapicero, apretando la punta del plumín contra la superficie del papel, a fin de que sobre la línea, a medida que avanzábamos, con extremo cuidado, siguiendo las pautas marcadas con la mina de carbón, el chorro de tinta se ensanchara. Algunos querían apurar tanto que a fuerza de apretar, el plumín terminaba por desmocharse (usábamos el lenguaje de la aldea, la metáfora de la vaca rompiendo sus cuernos contra los robles del monte). Pero allí estaba el P. Cándido Pérez, arquetipo de la paciencia y la bondad infinita, nunca una palabra más alta que la otra, corrigiendo con delicadeza nuestros desmanes artísticos.

Muchos de los profesores, aunque pluridisciplinares en las materias que impartían en las aulas, estaban más especializados en unas que en otras. Los que habían estado en misiones, caso del padre Felices o el padre Hospital, contaban entre sus asignaturas docentes el inglés, otros, como el P. Llanos, se centraban en la lengua, el español, como entonces se denominaba -no podía ser de otra manera- en aquella Castilla tan preautonómica. O el P. Varela, mediados de los sesenta, en geografía. Española, naturalmente. Excelente formación filosófica y teológica como todos tenían, en cualquier caso, claramente superior a la de los maestros de escuela que habíamos tenido en nuestras aldeas, muchos, aunque no todos, carecían de la formación específica para las materias concretas de nuestro aprendizaje preadolescente.

Con el agravante de que su docencia, salvando sus más que buenas intenciones, no estaba adaptada a la tipología estudiantil en la que nosotros podíamos encajar o, mejor dicho, de la cual proveníamos. A saber,  montaraces y supervivientes de escuelas franquistas perdidas en cualquier lugar del mapa donde un solo maestro, separados los niños de las niñas, si la población escolar del villorrio lo permitía, enseñaba de “tó”. Como decían los escasos alumnos procedentes de Madrid para abajo. En Palencia y regiones vaceas limítrofes, como era menester, por asilvestrados que fuéramos, pronunciábamos con todas las letras. Vamos, que si por el aquí y ahora fuese, nos adscribirían a algún aula de las llamadas de “educación especial”.

Así pues, resulta un misterio saber los vericuetos seguidos por las decisiones, presumiblemente caprichosas, del padre superior de la época o, depende como se mire, el descubrimiento de la vocación docente insuflada por el Altísimo en muchos de nuestros profesores, la gran mayoría excelentes, todo hay que decirlo, por las cuales el P. Pablo terminó enseñándonos matemáticas –cualquier día de éstos se lo pregunto- o el P. Alberto, más recordado por sus coscorrones que por su instrucción, ¿también matemáticas?. O en el caso del P. Cándido, pocas veces habremos tenido un maestro donde su patronímico haga tanto honor a su carácter, que educaba en dibujo y en… física. Es posible que se pueda encontrar algún tipo de nexo entre dos materias tan dispares aunque a mí me resulta difícil de hallar. Quizá tenía cualidades innatas para ambas. O acaso la superioridad jerárquica tuvo que recurrir a él por alguna emergencia de personal.

En todo caso, las tenía para el dibujo. No sé si para el dibujo en sí mismo, pero sí para enseñarlo. Con los que se nos daban mal ambas cosas, su paciencia era perenne e ilimitada. “Mantecón, mire, mire bien, ¿no ve que el vaso, si lo observa desde esta altura, tiene una forma ovalada en la boca?”. Evidentemente, al tal Mantecón, acostumbrado únicamente  a observar las vacas en el prado de Ambuena, le resultaba imposible comprender que un vaso, perfectamente redondo, pudiera transformarse, sobre el papel, a una forma ovalada.  Y cuando llegaban las sofisticaciones de los sombreados difuminados era el acabóse, con sus contraluces y las sutilezas de los claroscuros, perfectamente impenetrables. Pero el padre Cándido, bondadoso hasta en la forma de hablar, no cejaba en su intento: “Mantecón, observe, observe como la sombra se hace alargada”. Pero para Mantecón, por más que se esmerara en dibujar las gotas de agua en el tallo de la rosa con sus espinas y “tó”, para felicitar a su hacedora en el Día de la Madre, no había manera de hacerlas transparentes. Ni ovaladas.

Al padre Cándido, muchos le recordamos por su figura paternal, su andar pausado, su tono de voz ligeramente monocorde, pero siempre atento y cariñoso. Y su hábito impoluto. Muy raramente con algún lamparón. Formaba, como buen burgalés, parte del pequeño grupo aficionado a las labores agrícolas en la huerta donde cultivábamos cardos y lechugas tardías. Dirigiéndose a la clase de física, a lo largo del pasillo con las paredes pintadas con aquel verde brillante, casi fluorescente, inolvidable, con un par de libros bajo el brazo: la viva estampa del profesor de internado. Apreciado por todos debido a su afabilidad y, sí, lo digo, ya nadie nos va a castigar, porque hacía la vista gorda si te pillaba copiando en los exámenes.

La mayoría, salvo algunos camaradas, excepcionalmente capitalinos, éramos nativos de pueblecitos donde la luz, me refiero a la eléctrica, había llegado a principios de los sesenta. Así que hacia 1967, con toda seguridad, algunos de los compañeros no tenían interruptores en sus hogares. No es que Mantecón se pueda vanagloriar de lo contrario, pero al menos Industrial de León había colocado un transformador a la entrada del pueblo y, sí, había interruptor, a su manera, ¡ hasta en la cuadra de las vacas!.  Mi madre se podía permitir el lujo, aunque no todos los días, de ordeñar sin recurrir a una vela. Aunque baste decir que la intensidad y permanencia de la corriente –tantas veces discontinua- dejaba mucho que desear. Por si ofrece alguna pista baste mencionar que el “potentado” que la gestionaba en todo el valle, le llamaban el “tío Candiles”. Viene todo esto a cuento de que la electricidad, los jóvenes y jóvenas de ahora ni se lo plantean, era un gran misterio para nuestras mentes obtusas que, por añadidura, creaba un pavor considerable. Más aún, si como había pasado en mi pueblo, el señor Felicio había fallecido recientemente de, como decíamos entonces, un “calambrazo”. El P. Cándido lo sabía y sistemáticamente, curso tras curso, en sus clases de física, nos hacía pasar por la misma broma “maliciosa”, si es que al “padresito” se le pudiera atribuir tal malicia. Nos hacía coger en el laboratorio -otro signo de que aquel colegio de pago era de élite, ya que teníamos un laboratorio muy apañado- los extremos de la máquina de corriente continua, que generaba, mediante una manivela, los doce voltios que nos hacían temblar. Sobre todo por anticipación. Los primeros, atemorizados de quedarse pajaritos, como era previsible no querían coger los cables, pero a partir del tercero y cuarto, hasta que llegaban al final, era un jolgorio incomparable de desafíos, yo ni lo noto, gallina, con la luz del tío Candiles ni ésto.

Pero donde el padre Lektura –nos burlábamos de él a escondidas por su exagerada pronunciación en la introducción de la lectura evangélica durante la misa- estaba más a gusto era en la clase de dibujo. Especialmente aquellos días gloriosos de la primavera vallisoletana, finales de abril, principios de mayo, donde nos solía llevar, la clase entera, al pinar vecino para que dibujáramos las amapolas del campo. Si difícil era dibujar un vaso quietecito y estático, no te digo nada de los matices rojos de las opiáceas ondulándose con la brisa. Nuestra insignificante vena artística se veía reducida a cero cuando, con frecuencia, en aquellas salidas nos adelantaba en su velocípedo el P. Ibáñez, un personaje misterioso con su caballete y sus pinceles, de los de verdad, que no nos daba clase, pese a que se había corrido entre los alumnos que era un genio de la pintura, equiparable a algunos de los autores que el P. Reyero nos describía con el libro de historia. Mirábamos anonadados como el P. Ibáñez, en el otro extremo del campo plantaba su instrumental, en medio del trigal y, más misterios, observaba el paisaje en derredor, haciendo un marco con los pulgares e índices de ambas manos invertidas.

Como en deportes, matemáticas, lengua (española, claro), también en dibujo, ciertamente de forma innata, había compañeros que mostraban extraordinarias cualidades.  Sin duda ninguna, si hubieran tenido la oportunidad –muchas de nuestras vocaciones iniciales fueron descarriladas por las necesidades materiales surgidas de la España desarrollista de finales de los setenta- se habrían convertido en deportistas de élite, matemáticos de primer rango, lingüistas de primer orden.  De hecho, algunos lo lograron y tienen un merecido cartel que, no cabe duda, deben en parte al abnegado e indulgente padre Cándido. Pero para el común de los alumnos, aquellas clases, tan recordadas por el olor a corteza de pino y a los trigales que nos transportaban a los campos de nuestra infancia, resultaban un pequeño martirio que el P. Cándido, invariablemente, terminaba por convertir casi en una tarde asueto. “Mantecón, mire, mire como la piña tiene una cierta forma oval”. Pero la ovalidad del mundo le estaba negada a Mantecón.

Así que la clase terminaba con otra de las grandes aficiones del P. Cándido, la fotografía. Aprovechaba un cierto desnivel del terreno para intentar ponernos en cuatro filas a toda la sección A, que se nos viera a todos, orgullosos, algunos más que otros, de nuestros cuadernos con sus modestos intentos de dibujo al natural. Con una portentosa Leika, él mismo revelaba, no siempre con éxito, sus negativos, nos retrataba para la eternidad. Como muchos de nosotros le tenemos presentes a él. “Padre Cándido, yo de mayor quiero ser fotógrafo”.  En su magnánima bondad me dejaba acariciar la Leika diminuta, compacta y de color negro refulgente, como si se tratara de un fetiche que me fuera a otorgar la vocación indeleble de fotógrafo. Desgraciadamente no la otorgó, pero sí germinó en una sencilla afición que tantos buenos recuerdos me ha dado.  Aunque siga sin entender la ovalidad de los objetos que veo a través de la lente. Me pregunto a dónde habrá ido a parar la Leika del bueno del padre Cándido que nos grabó (y reveló) para siempre en el pinar de Antequera. Lek-tura del santo evanggelio según San Luk-kas.

Saturday, October 1, 2011

Un elefante se balanceaba...


Cerramos y abrimos los ojos en este juego apenas descubierto, queriendo acompasar el momento de la apertura al situamos a la altura de uno de los proyectores, los cerramos de nuevo, hasta que creemos estar, justamente, en la vecindad del siguiente. Incluso con los párpados cerrados sentimos con toda nitidez el raudo desfile de los focos por el lateral derecho de nuestras cabezas, alumbrando con regularidad, aunque sea un instante fugaz, nuestras sienes apoyadas en las cortinillas del autobús.

Una buena forma, como otra cualquiera, para algunos, poco acostumbrados a los largos trayectos por carretera, total la distancia entre el pueblo y la capital de provincia no supera los 80 kilómetros, de rehacernos en nuestros asientos una vez que del Cola Cao con leche del desayuno no resta ni la menor gota en nuestros estómagos. La boca ácida, con sabor a paja, reseca. Por no tener, no tenemos ni una vulgar bolsa de plástico donde verter lo que nos queda de los higadillos y, sobre todo, la vergüenza de hacerlo enfrente de camaradas más valerosos. Así que para evitar males peores, a la altura de Adanero ya tenemos, por fin, cerrado el pestillo de la ventanilla. Por donde hemos sacado, tanto como posible, nuestras cabezas mareadas, para que el mal olor y el bochorno queden diluidos entre los cánticos ininterrumpidos de los compañeros más ruidosos y estoicos. Una bocanada de aire refrescante de la mañana castellana, a modo de biodramina milagrosa. Ahora sobrevivimos, retorcidos y pálidos, acurrucados contra el pegajoso “eskai” de nuestros asientos, hacia la parte central del bus. Asturias, patria querida y Rianxeira suenan, machaconamente, a voz en grito, hasta desafinar (¡saludos cordiales, amigos tiples de la afamada Coral Virgen del Rosario!), desde los agitados asientos traseros.

El autocar, de los de baca interminable, reborde de varillas toscamente soldadas sobre todo el perímetro del techo, y tubo de escape renqueante, se apresura, fruto de la inercia, cuesta abajo, una vez traspasada la mitad del túnel. La aceleración que toma no hace sino multiplicar el curioso efecto de las luces desfilando en hileras, cada vez más veloces, como en un silbido, a nuestro lado. Es la primera vez que la mayoría de nosotros nos internamos en un túnel de carretera tan vasto. Algunos, a decir verdad, es la primera vez que atravesamos, sencilla y llanamente, un túnel. Cualquiera. ¿Qué galerías necesitaríamos los terracampinos para vadear, llanura infinita, los campos góticos desde Melgar de Fernamental hasta Benavente?. Cierto, algunos colegas de la cornisa cantábrica ya son auténticos veteranos en los del ferrocarril. Aunque éstos son siempre más oscuros y, sobre todo, mucho más arcaicos. Ni de lejos, tan pulcros como el que estamos dejando atrás. Hemos abandonado Castilla la Vieja y, para todos los que procedemos de la meseta norte, se trata de la primera ocasión en que nos adentramos hacia lo que nuestro libro de geografía denomina Castilla la Nueva. Y eso incluye la mismísima provincia de Madrid, asociada a regiones tan manchegas como Cuenca y Ciudad Real. Albacete todavía, en esta década preautonómica, conforma con Murcia una extraña pareja orográfica.

El túnel de Guadarrama, obra loada como uno de los logros espectaculares de la ingeniería franquista, pantanos aparte, queda, finalmente, a nuestras espaldas. Admiramos la boca negra de la entrada, semicírculo perfecto protegido por una arcada de hormigón, horadada por debajo de los pinos y entre los salientes de granito. De repente, a nuestra derecha, en medio de la inmensa mancha verdeante de vegetación, la imponente cruz de Cuelgamuros sobresale por encima de las primeras estribaciones de la sierra madrileña. Más al fondo, por unos segundos, hemos percibido la formidable mole rectangular de El Escorial. Para unos cuantos de nuestros compañeros de clase, como Juan “el peseta” y Jose Luis, oriundos de estos pagos, es como si volvieran a casa, aunque el destino de todos los excursionistas es, única y exclusivamente, el Valle de los Caídos.

Su perfil nos resulta fácilmente reconocible. Aparece en las últimas páginas del libro de historia y en las penúltimas del texto de Formación del Espíritu Nacional, las páginas donde el profesor no llega nunca porque el curso se dispersa por otros meandros de la conquista de América. Las hazañas de Hernán Cortés siempre nos resultan más atractivas que los siempre confusos movimientos de trincheras en la Guerra Civil. O quizá el P. Reyero se ha extendido en demasía narrando las argucias que el Cura Merino ha empleado contra las tropas napoleónicas en la Guerra contra el Francés, como la denominan en Catalunya. Pero la mayoría de nosotros, por no decir todos, de natural despierto y curiosidad insaciable, sobre todo cuando se trata de ojear las estampas de los libros, ya hemos llegado a los últimos capítulos, los de la España contemporánea, y hemos memorizado la perspectiva diáfana de esta cruz desmesurada, dominadora del paisaje con su extraña y perfecta geometría.

Hasta nuestros padres nos han hablado de este lugar de peregrinación -a medio camino entre el culto a los muertos, supuestamente reconciliados en el más allá, y la ideología de Cruzada- por el que muchos de ellos han pasado, un alto en el camino hacia la Feria del Campo en Madrid. Cuando las Hermandades Sindicales de Labradores y Ganaderos, los sindicatos verticales de agricultores, capilarizados por toda la Castilla tradicional, -rara avis el modesto minifundista de trigos y centenos que osara proclamarse poco afecto al Régimen- empaquetaban, en una jornada interminable de ida y vuelta jornalera, a todos los pequeños propietarios de la aldea, y las doce limítrofes, en el mismo autobús de los Herreros camino de la capital del estado uno, grande y libre, rompeolas de las Españas.

Nosotros, obviamente, dada nuestra tierna edad, salvo que a fin de curso nos manden recoger las mantas, evidente presunción de que la sementera siguiente empezaremos a pagar el sello de la Hermandad al convertirnos en co-cultivadores de pagos y barbechos, no pertenecemos a ninguna agrupación franquista. Preciso, algunos de los alumnos mayores sí que han sido flechas. Más, probablemente, por disfrutar de las playas de Castro Urdiales o San Vicente en los campamentos veraniegos que por riguroso convencimiento ideológico. Se puede decir que nuestra adolescencia política y los años que la precedieron estaban vírgenes, por inexistencia, mayormente, de todo credo político. Si acaso, éramos, francófonos –entendido como filia hacia el Generalísimo- por la inercia y el vacío existente. Preparándonos para la Transición donde ese vortex doctrinal arrastró nuestras benditas almas por los más dispares rincones doctrinales, desde troskistas teóricos, hasta instigadores, aunque sólo fuera mentales, de las supuestas hazañas de los Guerrilleros de Cristo Rey. Pero 10 años antes de todo ese “tohu babohu”, nuestra visita al Valle de los Caídos, está desprovista de cualquier caracterización ideológica.

No, ciertamente, en la concepción de nuestros tutores y profesores, superada la cuarentena, para quienes el franquismo es caldo de cultivo en el ideario de la rutina cotidiana. Que una de nuestras primeras visitas culturales tenga como terminus Cuelgamuros y no la arquitectura herreriana, tan próxima, no es fruto de la casualidad. Postura, por lo demás, fácilmente explicable y, si se permite la licencia, justificable.  Su memoria histórica resulta demasiado reciente. Muchos de ellos han nacido en los años treinta o al inicio de la posguerra. Han vivido, sufrido, para ser exactos, de primera mano los desmanes de los milicianos, especialmente cercanos y sangrientos, contra compañeros de hábito. Algunos profesores más veteranos, seguro que son conscientes de haberse convertido en supervivientes, fruto del azar, ellos dirán Providencia, por no haber estado asignados por el P. Provincial, en determinadas fechas del verano del ’36, al convento de Ocaña o a otros de Madrid. No hay, pues, que sorprenderse de que nuestra primera excursión, allende las fronteras de la Castilla la Vieja, tuviera como destino aquel lugar, cuya historia tan polémica como sectaria ignoramos.

Así que aquí estamos, en la inmensa explanada, mientras el P. Alfonso nos explica, con todo lujo de detalles, las heroicidades de la construcción, minus la identidad real de muchos cientos, de miles de obreros. Pavor ante el larguísimo corredor, pasadizo interminable que nos conduce a la cripta donde los famosos niños de la escolanía, con los que de forma instantánea simpatizamos por ser de nuestra cuerda por partida doble: por internos y por melodiosos como los de nuestra insigne coral, están practicando la Salve Regina. La misma que nosotros entonamos, bien que sin tanto garbo, tras el rosario vespertino, cada tarde de octubre. Curiosidad y sorpresa ante la sencillez de la tumba de Jose Antonio, el primer jefe nacional de la FE y de las JONS, siglas cuya pronunciación nos resultan cómicas en la clase de adoctrinamiento político. Al que todos y cada uno de nosotros ya conocemos por su nombre de pila, bien firme y presente en las lápidas por los caídos (algunos) que adornan las fachadas y pórticos de nuestras iglesias parroquiales. Pero una cosa es el mármol plano, con la letanía de apellidos familiares, en la plaza del pueblo y otra, incluso con 11 años, asumir que allí mismo, a nuestros pies, están los huesos de uno de los héroes de la Guerra Civil. ¡Qué importa que fuera un fanático, por lo demás, uno más entre miles de ellos!

Es la primera vez que estamos ante los restos mortales, o lo que quede de ellos –el P. Alfonso comenta que viene de otro traslado funerario desde el monasterio de Felipe II- de un personaje tan famoso y conocido. No nos importa mucho que lleve tantos años bajo las frías losas. Ya podemos anunciar, en la postal Escudo de Oro que enviaremos a nuestros padres, cuando estemos de vuelta en las Arcas Reales, que hemos estado presentes ante la mismísima tumba de Jose Antonio, fundador de la Falange. No te digo nada cuando se entere Nano, el único camisa azul recalcitrante de la aldea. Pero casi mejor que no lo sepa mi abuelo, que se tiró todo el mes de julio y agosto de aquel verano, hasta que entraron los fríos, durmiendo por la noche en el monte, por temor, bien real, a que le requisaran, mientras segaba los centenos con la hoz (¡ironía del instrumento¡), alguna de las bandas volantes que, como él decía, subían algunas tardes a pegar unos tiros, deporte de temporada alta, en la montaña palentina.

De todos modos, más que la austera tumba de El Ausente, que la grandiosa explanada o que la cruz colosal, la más alta de la cristiandad, el P. Alfonso “dixit”, lo que indudablemente nos apabulla son las gigantescas estatuas de Juan de Ávalos, al pié de la misma. Tanto que algunos compramos las cuatro postales de los cuatro evangelistas, impresionados por sus extraordinarias dimensiones, una mano es más grande que uno entero de nosotros. Aquellos a los que el peculio se lo permite, prefieren las postales engarzadas en forma de fuelle. Si en lugar de cinco, hay un grupo de diez, mucho mejor para la diversión, estirándolas y recogiéndolas delante de las narices de algunos sorprendidos compañeros. Algunos, los más pudientes, por denominar sus magras riquezas de alguna forma, se dan el lujo de adquirir hasta un banderín, como los que se intercambian los equipos de fútbol al inicio de los partidos, sólo que éste queda encabezado por la insignia de la laureada de san Fernando, las cuatro espadas y el laurel, ilustrando una panorámica de la columnata de acceso a la basílica, demasiado lóbrega para nuestros gustos.

Ya sólo nos queda hacernos la foto de rigor. El P. Cándido Pérez siempre aparece puntual en estos momentos, acompañado con su mini Leica, pintiparada para estas ocasiones. Él mismo revela, la calidad no va muy allá, sus propias tomas, así que tras muchos años en cajones olvidados, muchos compadres rescatarán varias imágenes idénticas. ¡Ah, esa manchita en la esquina superior izquierda, replicada una y otra vez por no dejar el negativo a secar correctamente!. En la escalinata de acceso aparecemos como si de un día de fiesta se tratara, desde que nos pusimos al alba la corbata, reservada para las grandes ocasiones. Ojo con deshacer el nudo, que no sabríamos cómo volver a trenzarlo. Así que esta noche lo aflojaremos lo suficiente para poder sacar la cabeza y guardarla con cuidado en nuestro aparador del dormitorio corrido, hasta que nos la tengamos que poner de nuevo el Día de las Familias.

Efectivamente, la excursión es una auténtica fiesta, un escalón, será por la distancia recorrida, incluso por encima de los asuetos bimensuales a Simancas o Puente Duero. Falta, tras la corbata, la foto, el rito del almuerzo festivo. Ya de regreso hacia la carretera de La Coruña, en un prado con muretes de pizarra, a la sombra de un par de frondosas encinas a cuyo tronco, bromeamos, Felipe II seguro que amarró sus corceles, el P. Prefecto de Disciplina despliega todas sus capacidades logísticas y en un santiamén todos tenemos en nuestras manos los platos de plástico amarillos o naranjas, depende de la tanda, con la tortilla de diez centímetros de grosor, marca registrada de Don Miguel. Lo servidores de esa semana pasan entre los compañeros con sus aparatosas cántaras de aluminio repartiendo el curioso refresco anaranjado de las excursiones. Posiblemente agua edulcorada con algún polvo mágico, pero que nosotros asimilamos ineludiblemente a las jornadas de holganza y a la fanta a la que en los días del santo patrón, en la aldea, nos convida el tío que trabaja en los altos hornos del País Vascongado.

Se ha hecho tarde y por encima de las encinas descubrimos omnipresente, los ominosos brazos de la cruz más grande de la cristiandad. Una sombra que acarrearemos durante todo el viaje de vuelta. El regreso lo hacemos por arriba, por el Alto de los Leones de Castilla, como entonces se denomina, donde el P. Alfonso todavía tiene tiempo, mientras el autobús serpentea hacia la cima del puerto, de mostrarnos los búnkeres, los restos que quedan, de la Guerra Civil. Al pasar por Los Ángeles de San Rafael, comenzamos a rezar el rosario, ofrecido en esta ocasión por el eterno descanso del alma de la madre de un compañero, Carlos, fallecida en el hundimiento de unas instalaciones hoteleras durante una convención de la firma Spar. Algo que conocemos de cerca y que nos ha chocado sobremanera, pues Carlos, tan jocoso compañero como excelente defensa central, es apenas dos cursos mayor. Nos resulta incomprensible que una madre, referencia esencial en la vida de todos y cada uno de nosotros, pueda morir de una forma tan  estúpida. Por que se caigan unas vigas. ¡Bienaventurada la ingenuidad de nuestros once años!.

Acabada la devoción vespertina, ni la grandiosidad de la cruz (¿dije que era la más alta de la cristiandad?), ni la monumental Piedad de Juan de Ávalos, menos aún las rosas rojas en la tumba del falangista de pro, no bastan para apesadumbrar, o al menos calmar, nuestros bulliciosos espíritus. Todo el autobús, hasta el circunspecto P. Alfonso, se suma a los cánticos. Desde Adanero hasta Olmedo, mientras la noche se ha extendido sobre los páramos abulenses, a grito pelado hemos vuelto a desgranar lo de Asturias, patria querida; el La, la, la; Cerca de ti, Señor; Por el monte corren las sardinas… Cuando nos acercamos a Laguna de Duero, ya estamos balanceándonos con el nonagésimo elefante en la cuerda de una araña. 

Saturday, September 24, 2011

¡Oh! ¡Ah! EL LA, LA, LA



Fueron nuestros primeros héroes reales,  de carne y hueso, de la infancia temprana. Teníamos otros, claro, algunos personajes históricos, los protagonistas de los tebeos, ocasionalmente los de alguna novela juvenil, incluso ciertos futbolistas más populares del Barcelona o el Madrid, y los camaradas asturianos hasta del Gijón. O quizá eran los del Oviedo, cualesquiera que en determinado año no hubiera bajado a la Segunda. Pero todos ellos eran producto del imaginario de nuestras lecturas o se nos aparecían en la diminuta pantalla de televisión en blanco y negro, envueltos en la molesta neblina de las transmisiones deportivas de TVE a mediados de los sesenta . Sin embargo, estos eran nuestros ídolos de verdad porque les teníamos cerca, a nuestro lado, aunque no exactamente estuviéramos revueltos, a decir verdad, ni siquiera convivíamos con ellos. 

La línea divisoria, tan virtual como infranqueable, que separaba el Pabellón de Menores del de Mayores, impedía que nos codeáramos con nuestros campeones. So pena de grave falta de disciplina y alguna más que misteriosa infracción moral leve que, al decir de algunos, podía incluso alcanzar la categoría de mortal. “Padre, me confieso de haber recurrido a las chuletas en el examen de geografía del P. Varela, de haberme peleado con Sixto en el recreo de las 11 (¡cuán importantes eran estas precisiones en nuestro dolor de contrición, aunque su validez para el propósito de la enmienda nos resultaba más que dudoso!), y de haber traspasado –vocabulario de frontera- al Pabellón de Mayores por la gravera”. La gravera, al borde del pinar, justamente detrás de la piscina, era una especie de Gehena local, donde a similitud de la jerosomilitana, se arrojaban basuras, bártulos, deshechos (estamos varias décadas antes de que nos amilanaran con el reciclaje en contenedores verdes, amarillos, azules, rosas, etc.) que de forma regular eran incinerados hasta que sólo se divisaban restos de latas de conserva ennegrecidas.

Allí, al resguardo de la generosa mole del teatro, gracias D. Miguel, nos jugábamos nuestra integridad moral, sin tener plena conciencia de en qué consistía ésta, salvo que, si el prefecto de disciplina o cualquier otro padre ocioso o vigilante nos pillaba “in fraganti”, corríamos el severo riesgo de terminar de puntillas en el confesionario, antes del rosario vespertino, o, peor aún, en caso de reincidencia o alevosía (mal expediente académico, salir respondón al profesor de religión, hablar en el comedor durante la lectura común, por poner algunos ejemplos) vernos obligados a deshacer la cama, recoger la manta. Y carretera. O ferrocarril, dependiendo de donde habitaran tus, indudablemente, humillados progenitores. Pero nuestros “in fraganti” eran tan inocuos como inocentes éramos nosotros. Más si cabe. Intercambio verbal sobre las últimas noticias de la aldea con los paisanos, entrega de la última carta maternal entre hermanos (una forma tan buena como otra cualquiera para las mermadas alcancías de nuestros padres de ahorrarse un sello de peseta de Franco); los más osados, muy pocos, cierto, ofensa de lesa majestad, se las arreglaban para encender un Bisonte cuya procedencia resultaba siempre enigmática.

“He visto a Arranz, en la gravera”, le digo a mi compañero de pupitre Candanedo, poco antes de que empiece el estudio de la tarde. Con el mismo tono, entre incrédulo y exultante, que si me hubiera topado con Serena, el héroe de la sexta en Belgrado, o con el mismísimo, e inexistente, Jabato de nuestros tebeos infantiles. Arranz, Javier, elegido “el mejor atleta de la Federación Vallisoletana”, según dice “Cumbre”, la publicación escolar, es nuestro héroe de lanzamiento de disco, una disciplina deportiva  que a los de primero, por compleja, girar dos veces y media y no hacer nulo, rondaba lo esotérico. Desde nuestros once diminutos años, este héroe que al decir del eufórico cronista deportivo “es fuerte, apuesto, con paso lento y sencillo, apacible, sosegado y concentrado en todo momento como dispuesto para el lanzamiento de disco que es su especialidad”, no puede sino evocar al Discóbolo de Mirón, cuya estampa imperecedera acabamos de vislumbrar hace unas semanas entre los tres órdenes del arte helénico y las guerras del Peloponeso. Si tiene algún defecto es que, atribuido a la mala suerte, en el Campeonato Juvenil celebrado en Bilbao, hizo nulo cuando había superado los 45 metros.

No recuerdo lo que nuestro discóbolo particular hacía en la gravera. Supongo que contar a sus paisanos más pequeños de Langayo, perdido entre oteros y rastrojos, allende el padre Duero, los últimos acontecimientos acaecidos en su pueblo. Nuestros héroes, casi siempre eran los de los cursos mayores, los de quinto y sexto, capaces de hacer proezas deportivas que de haber vivido un par de décadas más tarde, con toda certeza, algunos, bastantes de entre ellos, se habrían convertido en auténticas estrellas del atletismo o millonarias figuras del mundo del balónpie. No que no estuvieran bien entrenados, ni que no dedicaran horas a preparar la competición. El P. Pablo Sánchez, tan riguroso y austero profesor de matemáticas, era, aún más concienzudo y escrupuloso para optimizar las condiciones atléticas de los que por sus cualidades innatas destacaban en alguna especialidad deportiva. Lo de innatas no es un calificativo huero. Originarios de villorrios y pedanías, a cual más remoto, la inmensa mayoría de nosotros sólo había practicado un deporte, el fútbol, en las eras, el rectángulo marcado, líneas levemente onduladas, con la paja de la trilla. Así que mientras algunos éramos incapaces, pese a los repetidos exhortos del P. Pablo y su “alter ego”, el P. Isidro Rubio, de doblar nuestra indómita cerviz, no digo ya, en el dichoso plinton, ni siquiera en la modesta colchoneta tirada en el suelo del salón con espalderas que hacía las veces de gimnasio, otros se superaban en el salto de altura con rodillo ventral (faltaban apenas unos meses para que llegara Fosbury a Méjico '68).

Razón de más para que cuando observábamos a Julio Recio elevarse por encima del listón de los 3 metros en el salto con pértiga, una disciplina aún más enigmática que el lanzamiento de jabalina, aplaudiéramos enfebrecidos, a medio camino entre la admiración y la envidia. Sana, por supuesto. Había en las  Arcas Reales, mucho antes de las becas olímpicas y los patrocinios generosos, lustros antes de que se oyera hablar en España de la obsesión de los institutos norteamericanos por el deporte como atributo de loa, una senda abierta, claramente pioneros, a nivel regional, incluso nacional, en el camino de la gloria deportiva. Desafortunadamente, en aquella época el deporte no era un negocio y tanto la gran mayoría de profesores, como los padres de aquellos más destacados, nunca incentivaron aquella “maría” de asignatura como una carrera que debiera tener continuidad tras la reválida. Si acaso, resultaba legítima como componente moralizante, ya se sabe “mens sana in corpore sano”. Mas la ducha fría y todo eso a fin de evitar las tentaciones del Maligno. Y poco más. Arranz, Recio, Liborio, Luis Ángel, Julio Manuel, Cristóbal (adviértase que les conocíamos por un solo nombre, fuera propio o apellido) y tantos otros, en lugar de perseguir los laureles deportivos, terminaron en el Cuerpo (Nacional de Policía o la Guardia Civil), en la Normal de su provincia de origen, incluso, tan digno destino como cualquier otro, a bordo del John Deere paternal. ¡Lástima!

Aunque para nosotros, en nuestra memoria infantil, siempre permanecerán como paladines que defendían con uñas y dientes el prestigio de la camiseta inmaculadamente blanca del Club DAR -los menos dotados éramos meros miembros honorarios en cuanto acérrimos seguidores- por las pistas embarradas de los pinares en los campeonatos de campo a través, derrotando a los memos de San Agustín en el campeonato juvenil de fútbol pucelano, y haciendo frente a una horda de competidores, de toda calaña, en el Campo del Frente de Juventudes, en los 3.000 metros obstáculos. Así que no es de extrañar que en las exhibiciones atléticas del Día de la Familias, con motivo de la fiesta de Tomás de Aquino, héroe por otras razones en Rocaseca, cada siete de marzo, tiráramos de la manga de la americana de fiesta, que excepcionalmente vestían nuestros padres, para encomiar las hazañas deportivas de nuestros adalides. “Papa, papa, ven a ver los cien metros, verás como Dámaso les gana a todos”. 


Y efectivamente, el castromochino Dámaso, más próximo que el resto, pues era de nuestro mismo curso, no tenía rival que se le resistiera en el hectómetro, menos aún en los sesenta metros libres. O Manuel Fernández, como dicen ahora, un excepcional extremo con el centro de gravedad bajo, que aparece, sin falta, en todas las fotos de los equipos de fútbol de la época.  El recuerdo de muchos compañeros de clase, cuarenta años después, se ciñe, desvaríos de la memoria, a pocos rasgos, cada vez más diluídos en el tiempo y el espacio. A algunos se les recuerda por cualidades físicas raras, para nosotros, como que alguien fuera pelirrojo, a otros por su cualidades académicas sobresalientes (“Durántez chispeaba”), pero casi todos recordamos a los deportistas que nos convertían en “hooligans” (sólo por el moderado griterío de “árbitro, fuera”, faltaría más) cuando el trencilla no pitaba un evidentísimo penalty, en el último minuto, cometido contra Almarza, otro extremo excepcional, del partido contra los granujas de la SAFA.

Como se suele decir, todos los héroes tienen los pies de barro. También los nuestros. Como no podía ser de otra manera, la falta de disciplina fue lo que derribó el pedestal de los que, de alguna forma, nos pertenecían. Año de gracia de 1968. Joan Serrat, de quien jamás habíamos oído hablar los de primero, se niega a participar en Eurovisión si no es cantando en catalán. En aquella época, el festival tenía una enorme popularidad, incluso en las aldeas perdidas de Castilla, donde la plebe lo percibía como un referéndum patriótico, lo mismito que el gol de Marcelino contra Rusia en la final del Europeo 1964. Y sí, aislados del siglo, del mundo y sus ignominiosas tentaciones, hasta los de primero sabíamos que Massiel, a modo de sustituta españolizante, iba a representar a la madre patria en el Royal Albert Hall de Londres. ¡Cuánto más nuestros colegas de quinto y sexto! Obviamente, un festival de música en la pérfida Albión no era un espectáculo, salieran o no los temidos rombos al comienzo del programa, que pudieran visionar los alumnos de un internado religioso en 1968. Con once o con dieciséis años. Nosotros, los del pabellón de menores nos enteramos al día siguiente que María Félix de los Ángeles Santamaría Espinosa había batido, para más inri, a Cliff Richard a domicilio, como si dijéramos.

Un grupito de alumnos de sexto, entre ellos muchos de nuestros héroes deportivos del Club DAR, tuvo la osadía de verlo “live” en un bar del Pinar de Antequera. Amparados en la nocturnidad de aquel 6 de abril y, previsiblemente, en alguna otra triquiñuela, consiguieron eludir la vigilancia del prefecto de disciplina del Pabellón de Mayores, el P. Félix Rodríguez O. P. O eso pensaron ellos. Imaginar que en 1968, un grupo de alumnos de un internado, con cara de alumnos de un internado, no van a ser detectados a media docena de kilómetros del mismo, era puro espejismo.

El caso es que a la mañana siguiente todos nuestros héroes, la alineación del equipo emblemático de fútbol al completo, incluidos los reservas, seguramente sin muchos miramientos, fue puesto de patitas en el patio central camino de sus casas. Tragedia hogareña, seguramente. Pero, sobre todo, para nosotros, con apenas seis meses transcurridos desde nuestro aterrizaje en el internado, un drama que rondaba la desdicha familiar. En aquel escaso semestre nos habían fascinado aquellos extraordinarios lanzadores de disco, peso, jabalina, los magníficos saltadores de pértiga, altura, los espléndidos corredores de cross y los velocistas. De repente, como por arte de magia, todos ellos pasaron al limbo. Cierto, algunos fueron recuperados algún año más tarde, para  el prenoviciado de Ávila, incluso el saltador de pértiga, a la vez guardameta de la selección, se reencontró con su vocación dominicana. Pero ya nunca fue lo mismo.

Miro una foto de la época, granulada, casi hasta enternecedora en su color desvaído por el paso de los años. Los dos guajes de primero levantan encandilados, pero también con temor reverencial, casi con estupor, una de las copas que alguno de sus afamados héroes, que tienen las manos llenas, han tenido la benevolencia de dejarles palpar por un instante fugaz. Indago la imagen, píxel a píxel. Me creo reconocer en uno de ellos, en el corte redondeado del flequillo, la especialidad de Antonio, el barbero de mi pueblo. Pero no, no soy yo. Aunque sí. Lo soy.