Friday, April 12, 2019

EL MILAGRO DE LAS PATAS

Detrás de la Virgen de Lourdes, al fondo del patio, la granja (Imagen: VS)

Todos éramos de pueblo, pero muy de pueblo y, como se suele decir, a mucha honra. El más capitalino debía ser Fernando Gil, de Soria ciudad. Aunque a principios de los setenta, seguramente Soria no era más que un pueblo grande. Más grande que los demás, pero pueblo, al fin y al cabo. Como es natural, todos nos habíamos criado entre barbechos, rastrojos y animales de variada índole. En mi casa, por ejemplo, siempre hubo conejos, vacas, cerdos, perros, gatos. En la del P.  César ciertamente ganado ovino y palomas por doquier, en la del P. Santiago no debieron de faltar las caballerías, seguro que a los progenitores de Dámaso y a los del P. Antonio no les faltaban gallinas y polluelos en el corral.

Así pues todos éramos más o menos expertos, la necesidad obligaba, en animales de granja. Dadas las similitudes de conocimientos, desconozco, pues, como César y el que esto suscribe terminamos ocupándonos de las conejeras y los patos, heredados del curso anterior, albergados en el fondo del patio de recreo y separados de éste por una pequeña verja. Claro que tampoco el P. Sáiz tenía conocimientos específicos para ocuparse de la caldera.  En otras épocas tales menesteres habían sido llevados a cabo por los hermanos cooperadores, otrora conocidos como legos. Pero por aquellos años, las vocaciones de tal figura religiosa escaseaban, así que eran destinados a otras tareas más prioritarias como convertirse en improvisado cocinero o despierto sacristán. Cualesquiera fuera el motivo, si es que lo hubo, muchos de nuestros ratos de ocios los dedicábamos a procurar que los conejos se aparearan con las conejas y a limpiar los inmundos cuchitriles donde los patos pernoctaban. Para mí los patos eran un animal nuevo de compañía y, todo sea dicho, me parecían guarros a no más. O quizá les confundía con la inmaculada blancura de los cisnes, el caso es que sus plumas siempre estaban llenas de suciedad y el pequeño estanque donde se bañaban repleto de su asqueroso plumaje.

Fruto de su inercia reproductiva o que el entorno se prestaba a la multiplicación de la especie, con el paso de los meses, los pocos patos heredados aumentaron con creces de tal forma y manera que andar por el patio donde estaban encerrados terminó por resultar relativamente complicado. Al abrir la verja acudían en tropel, cuac, cuac, pensando, si es que piensan, que tras cada rezo canónico nuestra obligación más esencial era llenarles el gaznate de grano. La población llegó a ser tan densa que llegar a las jaulas de los conejos sin pisar encima de algún animalucho de aquellos requería una notable destreza y una vista excelente: unos acurrucados a la sombra, otras desovando, los más abyectos copulando. Con los conejos tuvimos menos éxito, aunque se reproducían como acertadamente afirma el dicho popular, resultó que más de una vez, para sorpresa y espanto nuestro, si no llegábamos a separar en el momento adecuado las crías de la mama, ésta devoraba a sus vástagos. Mientras, la mitomatosis hacía estragos.

Así que una y otra vez nos veíamos obligados a, tal y como habíamos visto hacer en nuestros pueblos, aislar a la coneja durante un tiempo y llegada su hora de quedar preñada, ayudar al conejo, levantando la colita de la primera a ejercer sus funciones de macho. Mirando para atrás, estas actividades, con el paso de los años, no pueden sino resultar cómicas. Dos recién consagrados, aunque fuera mediante votos simples, a Dios, a la Iglesia, a N.P. Santo Domingo y a toda la corte celestial, imbuidos cuerpo y alma en tareas cuando menos peregrinas, sino banales y absurdas. Después de todo, nos consagrábamos a aquellas tareas con la misma intensidad que acudíamos a la plegaria de Sexta o escuchábamos con devoción la gloriosa historia de la Orden de boca del P. Fueyo, mientras éste arrugaba el ceño cada vez que hacía un movimiento en falso y el cilicio le apretaba el muslo.

En realidad, en el noviciado, una vez vencidas las mínimas resistencias iniciales, todo lo hacíamos con un ardor inusitado. Con diecisiete años, recién salidos de nuestras adolescencias tardías, la delgada línea que separa el concepto de vocación y obligación era puramente inexistente. Todo era bueno, puro y santo. Y lo era en un grado supremo. Desde cantar el Pange Lingua a las serviles tareas de la granja.  Todas nuestras actividades, por pedestres que fueran, estaban edulcoradas en el tan atractivo como abstracto e inútil envoltorio de aquello que denominábamos vocación. En nuestras mentes y corazones, apenas hollados por el discurrir de la vida que bastantes años más tarde nos despertaría a la sólida realidad de sus desventuras y amores, todo lo que hacíamos era todavía más bueno, puro y santo porque teníamos el pleno convencimiento, algunos incluso la fe, de que nuestra juventud apenas iniciada iba a salvar al mundo.

Íbamos a ser los misioneros que como el Beato Berriochoa revelaría a las hordas vietnamitas la maldad de sus mandarines, resistiríamos impertérritos el martirio de los maoístas en Fukieng y nuestros conciudadanos españoles, al otro lado de la tapia del convento, de quien vagamente percibíamos que comenzaban a abandonar las prácticas religiosas volverían al redil. Al de los buenos, evidentemente. Este planteamiento tan aparentemente rocoso como realmente etéreo tenía una importante carencia: íbamos a salvar el mundo con la juventud que nunca tuvimos. Entrar en el noviciado fue pasar de la burbuja extremadamente infantil del internado a considerarnos desmedidamente adultos, sin que en realidad lo fuéramos.

Nuestra juventud se redujo a tres meses, los que pasaron desde el fin de curso en Ávila al 18 de agosto, fecha de la profesión en Ocaña. Pero de eso nos daríamos cuenta mucho más tarde, al menos yo. Entre la relativa libertad de la Residencia en Ávila y los muros infranqueables de Ocaña algo nos habíamos saltado o nos habían hurtado. De repente, sin darnos cuenta, estábamos enganchados a una maraña interminable de plegarias rituales, imitación imposible de los ejemplos piadosos de centenares de santos que nos habían precedido en el glorioso camino de la fe, y clases devocionales, tan llenas de buenas intenciones como vacías de cualquier espíritu crítico.

Incluso cuando con toda la mejor intención del mundo proclamamos con nuestros votos que seríamos obedientes, castos y pobres, la nube etérea en la que habitábamos nos resultaba inconcebible. Algo que por lo demás parecía natural, estábamos renunciando a algo que no sabíamos ni que existía. La desobediencia era un término meramente infantil y como mucho un pecado leve para soltar al párroco del pueblo en la carrerilla de nuestro acto de atrición. La pobreza era intrínseca a nosotros, difícilmente podíamos rehusarla. Por eso cuando nos hicieron firmar un documento por el que renunciábamos a la herencia terrenal de nuestros padres, nos entró la risa. Allí, dentro del claustro, éramos mucho más ricos, incluso considerando que reinaba una prudente austeridad. La castidad era un concepto tan abstracto, salvo por algún inocente picorcillo postadolescente, que seguramente nos hubiera resultado más comprensible comulgar con ruedas de molino que desear a la mujer del prójimo. Más si se considera que ninguno de nuestros prójimos disfrutaba de señora, al menos que nosotros supiéramos.

Total, que allí nos encontrábamos en un mundo que difícilmente podía ser mejor, en un nirvana perfectamente tangible donde los días se consumían apaciblemente, salvo por los sobresaltos de Valle, Candanedo y algunos otros que decidieron o fueron obligados, en nuestro fuero interno les considerábamos unos traidores, pobrecitos, a abandonar el claustro y habitar el siglo. La rueda de maitines, desayuno, clases, tercia, almuerzo (¡excelente vino blanco manchego!), siesta, cuidado de los conejos, rosarios, cena, vísperas, Radio Vaticano, evitar las tentaciones de la carne, dormir, maitines… Un año, donde pasamos de tímidos adolescentes a imberbes adultos sin que nadie nos avisara de que los diecisiete años no volverán jamás. In aeternum.

César y yo, alarmados por la imparable población de patas decidimos con nuestro mejor criterio caritativo compartir nuestra producción con las buenas madres dominicas, tan generosas ellas con sus pasteles, oraciones y buenos deseos hacia los jóvenes novicios. Ni cortos ni perezosos y, tras no pocos ajetreos, conseguimos meter media docena de patas en un par de sacos de yute atados con una cuerda, mientras las patas revoloteaban salvajemente en su interior. Acarreamos los sacos en una carretilla hasta el convento de las monjas, distante no más de un kilómetro del nuestro.

Como era preceptivo llamamos al torno para avisar de nuestra llegada y, por primera vez, no nos subieron al locutorio –hubiera sido imposible entregar las patas a través de las rejas del mismo ya que como mucho hubiéramos podido pasar un gorrión- sino que nos abrieron los antiguos portones del claustro. Al otro lado del portal media docena de monjas a quien hasta ese momento siempre habíamos visto a través de las rejas, nos miraban con sorpresa y no poco regocijo mientras nos esforzábamos por calmar a las patas dentro de los sacos. Al abrir el primero, inexperiencia suya o impericia nuestra, el saco se dio la vuelta y media docena de patas echaron a correr despavoridas, intentando alzar el vuelo, lo que era imposible, por el silencioso claustro. Todas las monjas revoloteando con el hábito, muchas de ellas por encima de la sesentena se apresuraban, sin conseguirlo, a atrapar las patas.

Ni Buñuel, ni Azcona juntitos hubieran imaginado en sus días más inspirados una escena tan surrealista semejante. Una monja había conseguido agarrar las patas de una pata, otra intentaba hacer lo propio a cuatro patas por el suelo del claustro con otro animalico, un tercero se había subido a una repisa, mientras dos buenas hermanas le rogaban encarecidamente que bajara. Nosotros, temiendo lo peor, agarrábamos férreamente el segundo saco, en cuya ímproba tarea nos ayudaba la madre priora. Sus cerca de ochenta años no nos resultaban de mucha ayuda.  En medio del alboroto y del griterío sus palabras nos llegaron como las de una profetisa recién surgida del Antiguo Testamento: “Menos mal que habéis traído las patas porque esta noche no teníamos absolutamente nada para comer”. Lo que de alguna manera explicaba el ardor con que las madres perseguían a las patas por el claustro.

Fueran sus palabras ciertas o me las haya inventado yo, fruto del paso de los años, lo cierto es que todo aquello a nosotros nos pareció un milagro. El primero y el último que he contemplado.




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