Saturday, July 21, 2018

IN MEMORIAM: P. FÉLIX RODRÍGUEZ (1925-2018)


Como se suele decir en antropología, el cambiar del Pabellón de Menores al de Mayores en Arcas Reales, a finales de los sesenta, constituía un genuino rito de pasaje. En sentido literal y figurado. Había una frontera invisible trazada del ábside de la maravillosa iglesia de Miguel Fisac al centro de la piscina, pasando por el pasillo central de la fila de butacas en el teatro. De alguna manera, instalarse en el Pabellón de Mayores, con trece años, es decir 3º de bachillerato, refrendaba nuestra entrada en la pre adolesciencia. O, más bien, la salida de la infancia.

Aunque tan simétrico era el internado, comedor, dormitorios, disciplina, clases, que las diferencias apenas eran perceptibles. Entre otros cambios también llegaba el atenerse a un nuevo Prefecto de Disciplina, una figura central en nuestras vidas cotidianas, pues era ángel y guardián, quizá más lo segundo, para salvaguardar nuestra actitud en las devociones diarias, las filas rectas para acceder al comedor y la supervisión final de cada día antes de caer rendidos sobre los camastros. El Prefecto de Disciplina hacía de padre, madre y tío. Vamos, que era la familia, sin serlo, que teníamos más cerca, sustituto de los seres queridos que tan lejos estaban.

A nuestro curso nos tocó, en suerte, nunca mejor dicho, el P. Félix Rodríguez, ya en la cuarentena, con una calva incipiente que se adentraba desde las sienes, gafas de pasta, un tipo altísimo desde nuestra perspectiva de los 13 años. Persona educadísima, recta, notablemente estricta y pese a todo cercana. Posiblemente, en otra época y en otra situación no hubiera sido prefecto de disciplina. Podría haber sido un buen maestro de pueblo. Acaso, lo más parecido a un tutor británico en un colegio de la pérfida Albión a finales del XIX. Serio pero encantador, severo pero amable, riguroso pero capaz de hacer la vista gorda ante nuestros “peccata minuta” de imberbes.

¿Dije lo de educado y cortés? Con razón. Fue nuestro maestro en una asignatura que ahora sería impensable y que, sugiero, debería ser obligatoria: Normas de Urbanidad. Que, además, tenía su libro de texto, no muy grueso, pero libro de texto al fin y al cabo. En el Salón de Estudios, pues era una clase común para todo el curso al completo, nos introducía en las artes sibilinas -para nosotros aldeanos- de los saludos, las actitudes respetuosas y el buen comer. En el sentido de con educación. Entre otras muchas fórmulas de cortesía.

Obviamente no nos venía nada mal. Trasplantados desde aldeas perdidas en los páramos castellanos o desde los riscos astur leoneses, de lo que menos sabíamos nosotros era de cómo se cortaba un filete con tenedor y cuchillo (la chaira se usaba en nuestra infancia para tallar ramas de los chopos de la ribera y si cuchillo había era uno común para toda la familia). O cómo se desdoblaba la servilleta al iniciar la cena. Otra novedad que en nuestras mesas familiares era inexistente. Pasamos de la basta rodea a la distinguida servilleta.

Así que no me cabe ninguna duda de que aprendimos, directamente, del P. Félix, en persona, presencialmente, cómo ceder el paso en cualquier puerta que nos encontráramos a lo largo de nuestras vidas. De su boca y sus gestos aprendimos cómo saludar a desconocidos o cómo no hurgarse la nariz (al menos, no en público). Con el paso de los años, uno olvida qué maestros, acumulados durante décadas, nos han enseñado a usar el genitivo sajón o cuál es la capital de Indonesia. Pero de quien aprendí a limpiarme delicadamente la boca con la servilleta, eso sí sé de quien fue. De hecho, calculo que cerca del 90% de las normas de educación y cortesía que, ahora con más o menos frecuencia practico, me las enseñó el P. Félix. ¡Loado sea por ello!

Como buen pedagogo que era, acudía a su clase de Normas de Urbanidad con la parafernalia y el atrezzo necesario para impartir su enseñanza. Por ejemplo, el filete en un plato plano, el cuchillo y el tenedor. Allí, delante de los más de sesenta alumnos boquiabiertos, nos hacía demostraciones de como trinchar con el tenedor y seccionar con el cuchillo. En cierta ocasión, supongo que no sería la misma que la del filete, o quizá sí, para que todos viéramos mejor su exhibición práctica se subió a una pequeña escalera. Por alguna razón, trastabilló en uno de los banzos y fue a dar con su larguirucho corpachón, entre un extraño ruido de metales, contra las baldosas. Entre la algarabía general del alumnado. Aparentemente, el P. Félix tenía problemas de espalda y por debajo del hábito su tórax estaba sostenido, parcialmente, por un artilugio ortopédico. Deduzco que esa era la razón por la cual entre, más que crueles, bromistas alumnos, era conocido con el apodo del “P. Cacharra”.

Más allá de meter en la vereda de la caballerosidad, casi hasta de la elegancia y finura, a decenas de asilvestrados alumnos, que no fue poco, el P. Félix fue, ese mismo año de 1969, un excelente profesor de lo que entonces se denominaban Ciencias Naturales. Es cierto que contaba con el apoyo de un magnífico libro de texto, rebosante de extraordinarias ilustraciones, como también es cierto, de ahí su enorme mérito, que nos hizo apreciar, entender y disfrutar de las cuatro partes de aquella ciencia que, nosotros, al venir la gran mayoría de pueblos conocíamos de sobra. Aunque sólo por fuera. El P. Félix nos empujó a traspasar la frontera entre el exterior y el interior del cuerpo humano (Anatomía) de los animales (zoología), de las plantas (botánica) y de los minerales (geología). Que se dice pronto.

¡Qué de misterios nos descubrió y cómo íbamos nosotros a saber, con la somera Enciclopedia Álvarez, la importancia de los conos y los bastones en el globo ocular o la gran variedad de nubes (cirros, estratos, cúmulos, etc.) que conformaban las diversas clases de nubes que, desde pequeños, habíamos visto navegar por encima de los campos de Castilla la Vieja! Por poner un par de ejemplos. Una de las lecturas del texto, donde se intercalaban ejercicios en forma de crucigrama, trazados sobre siluetas de peces o animales salvajes, se titulaba “Pronto, a la luna”. Justamente un par de meses antes de que Amstrong diera su pequeño paso para el hombre, pero gran paso para la humanidad. ¿Cómo no íbamos a quedar deslumbrados por aquella asignatura que nos adelantaba el futuro? Aunque sólo fuera por unas semanas.

Un servidor, poco aficionado a las matemáticas y las ciencias exactas, quedó obnubilado por aquel profesor, aquel libro de texto y aquella enseñanza que me hacía entender que una judía verde no es meramente una judía verde. Maravilla de la botánica, aquella planta, que cultivaba mi padre desde principios de mayo, también tenía pericarpio, mesocarpio, endocarpio y, eso, sin usar el microscopio.

Y cuando llegaba el Día de las Familias, allí estaba el P. Félix poniendo en práctica, con nuestros modestos y humildes padres, en el Patio Central de Arcas Reales, toda la cortesía de la que era capaz, acogiéndolos y despidiéndolos como parte insoslayable de nuestra familia que él asumía, con sus gestos, actitudes, normas de urbanidad, que era la suya también.

Hace tres o cuatro años, con el cabello cano, perfectamente lúcido, con buena memoria y volvimos a rememorar, en el comedor de la Comunidad, aquellas maravillosas clases de ciencias naturales. El pequeño grupo de frailes restantes, también entrados en años, le trataba con enorme deferencia y cortesía. Como si fuera el momento de que alguno de entre nosotros, incluido un servidor, pudiéramos demostrarle que no todo lo que enseñó cayó en saco roto. Ni mucho menos. Modesto y afable, como siempre, él no daba importancia a lo que había hecho durante tantos años de enseñanza. Como si todas aquellas semanas, meses, lustros haciendo de nosotros hombres de provecho hubiera sido lo más natural del mundo. Su mayor mérito, como suele pasarles a los grandes maestros, es el haberlo conseguido, sin darse cuenta, sin apercibirse de ello, sin engreimiento ni jactancia. Como él mismo nos insistía, cuarenta años atrás, a discurrir por la vida con sus normas de urbanidad.

Reabro el libro de Ciencias Naturales y observo que a un crucigrama encastrado en un pez tropical me faltan dos líneas horizontales. Algún día habrá que completarlo, P. Félix.

Sit tibi terra levis, descanse usted en paz, P. Félix, maestro de urbanidad y de las ciencias naturales. ¡Ah, y feliz cumpleaños, hoy, con sus bien cumplidos 93 años,dondequiera que usted se encuentre!

Wednesday, July 18, 2018

IN MEMORIAM: Epifanio Abad (1952-2018)

Pifa, en primer plano en Sotres (Asturias)

Aunque la inmensa mayoría éramos de pueblo y, especialmente los de Castilla la Vieja, estábamos acostumbrados a nombres pintorescos, el de Epifanio, entre la cuarentena de estudiantes de filosofía y teología de Alcobendas (Madrid) nos sonaba tremendamente llamativo. Así que fuere por simplificar el apelativo, fuere porque así le llamaban en su familia, para nosotros se convirtió en Pifa. Ya para siempre. Sin el nombre completo y, al menos en los tiempos del teologado, también sin apellidos. Pifa a secas. También por parte de los profesores: “Pifa, ¿qué sentido hermenéutico tienen las trompetas de Josué ante las murallas de Jericó? Pifa, ¿cuáles son las líneas principales de la ‘Lumen Gentium’?"

Un servidor conocía a Pifa desde los doce o trece años, la época del internado de Arcas Reales, a finales de los sesenta. No tanto en el colegio, él era tres cursos mayor que yo y la rigurosa separación entre Pabellón de Mayores y Pabellón de Menores se seguía a rajatabla. Además, como Pifa no sobresalía en deportes, nunca se convirtió, como otros, en héroe deportivo de los que éramos algunos cursos inferiores.  Sin embargo, en las idas y venidas de vacaciones coincidíamos en el autobús de línea de los Herrero, el que cubría el trayecto desde Palencia a Cervera y atravesaba nuestro reverdecido valle de la Valdavia.

De hecho, Pifa había nacido en La Puebla, distante del mío una decena de kilómetros valle arriba, camino de la montaña. Así que a Pifa, aparte de en el autobús de línea, empecé realmente a conocerlo en S. Pedro Mártir, en 1974, cuando ya era estudiante de teología. Allí el grupo era ya mucho menor y por lo tanto las relaciones de unos con otros eran más estrechas. Pifa, que en 1976 se convertiría, ya más formalmente en el P. Epifanio Abad, al ser ordenado, se distinguía por una actitud encomiable por ayudar en todo momento a los demás, cualesquiera que fuere la tarea a desempeñar. Era ante todo y por encima de todo la representación insobornable de la generosidad. Hasta límites impensables. Había que barrer el teatro, allí estaba Pifa voluntario de la escoba, teníamos que preparar la velada de Navidad, allí se presentaba Pifa a echar una mano en lo que hiciera falta.

Esta disponibilidad y generosidad fue, muy posiblemente, una de las razones por la cual le distinguimos, un religioso un voto, con uno de los cargos más relevantes en nuestra pequeña comunidad: la de Mayor del Estudiantado. Esto es, por definirlo en términos actuales, delegado de curso. Bueno, de todos los seis cursos existentes en aquel período. Y la responsabilidad le venía pintiparada, pues además de su voluntarismo incansable era muy dado a la conciliación. Una actitud que, en aquellos tiempos revueltos, tanto sociales, como religiosos, del franquismo agonizante, le servía para apaciguar los ánimos de los más exaltados y buscar la interlocución con las autoridades conventuales, no siempre fácil, especialmente con el P. Claudio Extremeño, poco dado a torcer el brazo.

Donde ahora se levanta El Corte Inglés de Sanchinarro y lo que ahora ocupa el cinturón de la M-40 era un espacio inhóspito de montañas de desechos y descargas ilegales. A la sombra, por decir algo, de esas colinas, el chabolismo era rampante. Y allí nos llevaba Fr. Pifa a catequizar a los gitanos en una mezcla tan ingenua como voluntariosa, mayormente inútil, de economía y catecismo. Porque les enseñábamos, o esa era nuestra pretensión, a través del liderazgo de nuestro Mayor de Estudiantes, a gestionar sus magras economías y a poner en práctica el séptimo mandamiento. No se sabe muy bien cómo encajaba una cosa en la otra, pero al menos nuestras intenciones eran inmejorables.

Él se encargaba de organizar los equipos de estudiantes itinerantes que visitaban las chabolas o de fijar los horarios para las clases y, por supuesto, de ser el primero en adentrarse en aquellos procelosos vericuetos de hojalata. Tan excelsas y piadosos eran nuestras intenciones que hasta enseñábamos a las adolescentes planificación familiar. A adolescentes que acudían con churumbeles en su regazo, desconociendo si eran hermanos pequeños o hijos. Eso sí, según dictaba la Santa Madre Iglesia, Católica, Apostólica y Romana: método Ogino-Knaus.

Cualquier actividad que surgiera, allí estaba Pifa, bienintencionado y espontáneo como ninguno, para solucionar cualquier impedimento por pequeño o grande que fuera. Entre el grupo de estudiantes, nuestro compañero y amigo tenía fama de piadoso. Era devoto como el que más y, con toda certeza, no era de los que se rezagaban para los Maitines, ni de los que se preocupaba en exceso para que se adelantaran los rezos vespertinos y así ver la Copa de Europa en la tele. ¿Había que buscar una tienda de campaña para la media docena de estudiantes que querían hacer senderismo en los Picos de Europa?  Allá iba Pifa el mendicante, con el P. Martín, que ejercía de capellán entre los americanos de Torrejón de Ardoz, a rogar que los militares yanquis nos prestaran una. Y no fallaba, no sólo volvía con la tienda, sino que además se apuntaba a la excursión. Es cierto que la tienda era un armatoste de campaña para ser transportada en jeep militar, pero a nosotros nos sirvió para rezar Vísperas a su sombra en los prados escarpados de Sotres (Asturias).

Al poco tiempo le destinaron como misionero a Taiwán, creo que antes pasó por Australia para aprender inglés, y desde la isla Formosa nos llegaban sus noticias y sus cuitas parroquiales con los feligreses, la comunidad dominicana y los devenires de los años que iban pasando. Poco a poco, el contacto se fue perdiendo, diluyendo con el paso del tiempo y las circunstancias laberínticas de la vida de cada uno. Salvo en dos ocasiones.

Una muy lejana. Vino a Japón y recuerdo, perfectamente, eran mediados de los ochenta, una larga y extensa conversación en el tren Yamanote, la línea circular, desde Akihabara, el distrito electrónico de la capital, hasta Omori, donde estaba el convento. Arreglamos el mundo, salvamos la orden dominicana, pusimos la Provincia del Santo Rosario como nueva y hasta nos dio tiempo para hablar de lo verde que era nuestro valle palentino en primavera y lo azuladas que en otoño se tornaban los Picos de Europa desde nuestras lejanas aldeas.

Y allí, en su aldea, volví a encontrarme hace tres o cuatro años con él. Era el día de la Virgen de las Nieves, la patrona del pueblo, así que tuve que esperar un rato a que saliera de misa mayor. Me senté en la plazoleta delante del ayuntamiento hasta que le ví aparecer desde la callejuela que venía de la iglesia, avanzar con su ritmo pausado de otrora por la carretera que divide el pueblo en dos mitades. Era el Pifa de siempre, de nuestra época de estudiantes tan ambiciosos como idealistas, tan valientes como ingenuos para construir un mundo mucho más justo y mejor. En las chabolas de Madrid, con los indígenas de Taiwán, entre los hieráticos japoneses.

Y, sin embargo, en la breve conversación que tuvimos -el bar lo había montado él mismo para dar vidilla al pueblo durante las fiestas- estaba claro que habían pasado casi cuarenta años. No precisamente en vano. Se había vuelto, al menos me lo pareció a mí en aquel instante, algo más esquivo, inseguro, inquieto, relamiéndose las heridas de la vida. Supongo que los meandros de la existencia le habían hecho navegar por torrentes no siempre apacibles. Como a todos, por lo demás. No era el momento, menos el lugar para volver atrás cuarenta años en nuestra existencia. Aunque el concepto de generosidad, tantas décadas después, seguía siendo bien visible.

Quedamos en vernos una próxima vez. Lo que no sabemos es dónde. 'Sit tibi terra levis'. Descansa en paz, querido amigo y compañero.

Thursday, July 12, 2018

ASPIRANTES A DOMINICOS DE ARCAS REALES 1963*** (III), por Rafael Martínez Bernardo

Festival Santo Tomás, 7 marzo 1964 (Colección P. Pablo Sánchez Fuentes)

El atletismo empezaba a cobrar importancia e íbamos rotando por las diversas pruebas: lanzamientos, saltos, barras, carreras alrededor del campo, salto de aparatos… yo comenzaba a temblar en cuanto hacían acto de presencia en el campo, o ellos o yo, éramos incompatibles; superé la fobia en el examen para acceder a las milicias universitarias, pero eso es otra historia. Lo peor eran los días de invierno cuando tocaba algún deporte como vóleibol o balonmano y las manos estaban ateridas por el frío o alguno sufría los famosos sabañones.

Para conmemorar la fiesta del colegio el 7 de marzo, día de santo Tomás, se preparaba una tabla de gimnasia muy completa, coordinada por un teniente coronel de aviación, el teniente coronel Martín, su figura más bien propensa a la orondez no era muy atlética que digamos, y la verdad es que no marcaba el ejemplo a seguir, pero imponía su disciplina y sus voces ampliadas por el megáfono; allí permanecíamos formados hasta alcanzar la perfección militar de las filas, perfección que muchos años después (como decía el artista) yo sufriría hasta extremos ridículos. Sin embargo, los ejercicios físicos allí ejecutados hicieron mella en nuestra formación y a día de hoy los continúo realizando de memoria: la barra sencilla - bien complicada -, los ejercicios de piernas, saltos, el puente, el sprint estático, etc.

Dentro de la filosofía del Mens sana in corpore insepulto, perdón, sano, se podían enmarcar las salidas del internado físico y mental al que estábamos sometidos, pero repito una vez más, sin sufrimiento ni traumas por nuestra parte -  al menos por la mía -. Teníamos clase los sábados por la mañana, por lo que la tarde del jueves quedaba libre y teníamos el “paseo largo”, de significado obvio: solíamos ir hasta el Cerro de San Cristóbal, dominado por el monumento a Onésimo Redondo; otras veces salíamos hasta los pueblos circundantes como Laguna, Pinar de Antequera, (donde Muñoz compró el folleto con las letras de los Beatles de Cádiz que le costó la expulsión), y en los últimos años nos dejaban algún tiempo libre para disfrutar de la libertad, aunque muchos no siempre sabían qué hacer con ella y quedaban al lado de los frailes.

En aquella época, en el mes de mayo, como ya he mencionado, salíamos a recoger flores para la alfombra del Corpus Christi; también nos llevaban a ver la vuelta ciclista a España, un visto y no visto del pelotón. Otras salidas más serias eran los llamados “asuetos”, que solían ser una vez al mes y a lugares más lejanos, como Viana de Cega, en el río del mismo nombre, nos llevaban la comida y la bebida de limonada en coches. Volvíamos al colegio andando, a veces siguiendo un camino paralelo a la vía del tren y atravesando el río por el puente de la vía, lo que suponía una situación de auténtico peligro si en aquellos momentos venía un tren y pillaba a toda la tropa en el puente; otras veces era a Simancas.

Era un día ansiado porque se podía disfrutar del campo, juegos, baño y libertad. Más comprometidas era las salidas individualizadas a Valladolid con el pretexto de la visita al dentista, unas veces en serio, otras fingidas; estas visitas tenían un efecto destructor porque con la mínima excusa te sacaban una muela sin consultar, no daban la posibilidad de empastar; con el deseo de salir a la ciudad unido a cualquier dolencia molar, estoy seguro de que alguno se quedó con la boca más desierta y ociosa que su estómago y ya podría prolongar la escasa comida. Aprovechábamos a ir al cine Calderón, recuerdo ver la película Mi dulce Geisha, con Edward G. Robinson. Si nos entreteníamos demasiado, teníamos que regresar corriendo unos 6 kms; mi compañero era más veloz que yo, y estos precedentes le produjeron posteriormente una fiebre maratoniana que perdura hasta nuestros días.

Festival Santo Tomás, 7 marzo 1964 (Colección P. Pablo Sánchez Fuentes)
Cuando llegaba el buen tiempo nos dejaban bañar en la piscina; durante tres días teníamos que cepillar toda la piscina para que quedase limpia, los primeros días el agua estaba cristalina, luego ya cambiaba, unos quinientos alumnos bañándose en ella… no había manera de nadar cinco metros seguidos, la algarabía era sonora. Los días lluviosos no salíamos al patio, claro, y entonces permanecíamos en el interior del largo pabellón de usos múltiples: allí se realizaban desde procesiones religiosas a paseos bajo cubierto o formación de filas para cualquier actividad, a veces incluso castigos a estar a pie firme durante tiempo indefinido; ¡el pabellón, oh pabellón!, en los largos ratos que formábamos allí recuerdo que se fraguaban los primeros fundamentos filosóficos de nuestra personalidad al mirarme en el espejo de las cristaleras y preguntarme al estilo unamuniano, “quién eres, tú quién eres”, parecía que eran síntomas de esquizofrenia, pero afortunadamente creo que eran manifestaciones de la represión a la que estábamos sometidos y a la necesidad de diálogos secretos, aunque fuese con nosotros mismos. Otras veces me daba por rezar en las filas para aprovechar el tiempo y así evitar rezar el resto de la vida.  

Cuando hacía muy mal tiempo, mejor dicho, cuando llovía - el frío no importaba -, nos dejaban sacar los juegos de mesa: ajedrez, damas, cartas, pingpong; yo estaba encargado de recoger las damas, un aciago día tiré al alto el saquito de las fichas y al caer rompí el cristal del tablero, cuando lo vio el padre Buena tuvo la gran delicadeza y el detalle de preguntarme: “¿qué prefiere usted, pellizco o tortazo?” El pellizco me parecía menos humillante, pero el dolor me hizo brotar las lágrimas; me llevé una gran decepción y me sentí traicionado. En Navidad daban puntos por ganar y al final había una especie de tómbola para canjear los regalos. Mis preferidos eran el pingpong y las damas, al pingpong jugábamos con paletas de corcho a partidas de seis puntos, se entraba por orden alfabético, hubo alguna vez que ganaba toda la ronda de compañeros hasta que me tocaba otra vez a mí. Se jugaba a las cartas también después de la comida en unas mesas y asientos de cemento al lado de una fuente (artificial) en la chopera; ahí se produjo una bronca con Jesús Gracia cuando le eché agua mientras jugaba a las cartas.

Al terminar la tarea intelectual, retomábamos la actividad religiosa e íbamos a la capilla para rezar el rosario (nuestra patrona era Nuestra Señora del Rosario, así que rosario diario). Cuando estábamos en el pabellón de mayores dos alumnos tenían que dirigir el rosario, qué nervios, de rodillas y de espaldas ante todo el colegio. La iglesia, o capilla, como la llamábamos, era un edificio moderno, amplio y artístico; fue construida por el famoso arquitecto Fisac en 1953, ocupa un lugar destacado en el colegio, ya que, junto con el salón de actos, son los únicos espacios que comparten todos los estudiantes como espacio común, en realidad la iglesia es el eje central del colegio. Está formada por una nave, con dos largas filas de bancos, que concluía en una escalinata rematada por el altar y todo el conjunto bajo la protección de la escultura de la Virgen del Rosario con el Niño entregando el rosario al fundador Sto. Domingo de Guzmán; el edificio era imponente y fue construido totalmente de ladrillo, excepto el ábside que es de caliza blanca. 

Albergaba a unos quinientos “aspirantes”, como se nos denominaba a los que aspirábamos a una vida mejor en esta vida, en aquel entonces aspirábamos a ser dominicos con todas las de la ley, sobre todo con la idea de las misiones; en unos años a la mayoría se nos consumiría el ardor de la llamada. Yo recuerdo que estaba tocado por la gracia divina, rezaba al levantarme, al acostarme, incluso en las filas porque no podíamos hablar, y hablaba directamente con Dios y la Virgen. En la parte posterior de la capilla sobresalía el coro, dominado por el P. Ibáñez y su famoso órgano, con perdón; nos encantaba subir a cantar con la coral cuando había bodas y cantábamos acompañando al órgano o viceversa; en nuestras ingenuas e inocentes mentes ya imaginábamos otras vidas distintas al tan cacareado celibato y voto de pureza, el matrimonio, la familia… 

Durante los actos litúrgicos se entonaban canciones religiosas cuyo eco lejano todavía resuena en algún lugar de nuestra mente: Pueri Hebraeorum, portantes ramos olivarum, Pange Lingua, Tantum ergo, Panis Angelicus, Cerca de ti Señor (¡¡aparece en la banda sonora del Titanic!!!!), Venite Creator spiritus. Creo que después del Rosario teníamos media hora de estudio y luego pasábamos al salón de banquetes para tomar una “frugal colación” o cena: lo más apetitoso eran las sopas de leche, aguadas pero dulces y sabrosas, la tortilla grasienta pero nutriente también nos hacía las delicias del paladar. Antes de acostarse, no era preceptivo pero sí aconsejable, se pasaba por la capilla para meditar y hacer las cuentas con Dios, con ello nos acostábamos purificados.







-------------
*** Título original del texto: BREVE Y SUCINTA HISTORIA DE LO QUE PUDO HABER SIDO Y NO FUE, DE LO QUE FUE Y PUDO NO HABER SIDO Y OTROS SUCESOS QUE ACONTECIERON A LOS ASPIRANTES A DOMINICOS DE ARCAS REALES 1963

Wednesday, June 13, 2018

TIERRAS DE CASTILLA LA VIEJA por Arsenio González Cereijo***


[Mi padre era de Orense y mi madre de Lugo. Yo, vacilante entre las dos querencias telúricas igualmente fuertes, asentado en las tierras llanas de Caldelas, siempre gocé, sin embargo, el pequeño orgullo de sentirme orensano. A tenor del santoral litúrgico, según era costumbre, me impusieron el homónimo del ermitaño Arsenio cuya historia ignoraban totalmente mis progenitores y que hoy llevo con resignación. Procedo de un pueblo de agricultores en tierras de montaña. Medos es la infancia, la verdadera patria del hombre, la referencia de los recuerdos más entrañables. El archivo de las experiencias que se superponen a cualquier otra experiencia posterior. Forman el núcleo más importante de mi afectividad y mis recuerdos. Galicia, Castilla y Venezuela, entre otros lugares, fueron parte de mi viaje]





¡La Mejorada, una nueva decoración en el teatro vida! Me incorporé tarde al curso (de 1949). Creo que fue en diciembre. Pero no supuso ningún problema porque yo traía buena preparación de la escuela. Las enseñanzas que se impartían en aquellas clases entarimadas como los estadios deportivos, dirigidas por un fraile vestido de blanco inmaculado, eran repetición en gran parte de los temas que yo conocía de mi escuela rural. Allí, en tierras castellanas, me encontré muchas veces con el desprestigio de la patria y la lengua gallega. Sumé mi esfuerzo al grupo de estudiantes gallegos para recomponer el buen nombre de la patria chica que representábamos en el corazón de Castilla. Yo, el viejo por mi edad, que también me daba el título de el mayor, de mi curso. Me gané también el nombre de filósofo sólo por responder preguntas que ya conocía. No era mucho mérito porque yo estaba recorriendo un camino conocido; pero en todo caso ya entonces aportaba mi reflexión personal a los problemas que me preocupaban. No soy un imaginativo sino más bien un reflexivo que trata de entender las razones de las cosas que me rodean.

El colegio de los dominicos era una gran construcción cuadrada con un amplio jardín central que se había levantado sobre las ruinas de un viejo monasterio. Solariega mansión en medio de los pinares castellanos estaba además protegida por una ancha muralla de adobe, carcomido ya por la inclemencia de los años y la falta de mantenimiento. En una esquina del edificio se halla todavía la capilla del antiguo monasterio con muchas alusiones históricas al heroísmo de los comuneros que defendieron el poder municipal frente a la imposición avasalladora de las huestes del emperador. Cerca de la población de 0lmedo, en la peseta castellana al lado del río Adaja, vigilado a lo lejos por varios castillos en ruinas, se asentaba este colegio a la sombra de muchos pinares. En verano, un inmenso horno en la arena del desierto y una estepa gélida en los meses de invierno. Viñedos y trigales por los cuatro costados ocupaban los espacios cultivados. Una gran cañada para el paso de pastores de ovejas trashumantes que subían y bajaban con toda regularidad como las estaciones del año. El trigo se recogía entonces con la participación de jornaleros gallegos que llegaban allí, según dice Rosalía, como "rosas" y regresaban a Galicia como "negros". Iban a ganar unos jornales que no conseguían en su tierra y lo hacían con grandes sacrificios.

Ellos eran el símbolo bochornoso de la tierra gallega frente a las demás regiones españolas. Allí sufrí en carne propia el deterioro social de la patria y la lengua que yo amaba entrañablemente. La palabra gallego en aquel tiempo era un insulto humillante y el tonillo característico que los gallegos mezclábamos al hablar el castellano, nos delataba y daba pie a bromas de mal gusto que yo no podía soportar sin enrojecer de rabia. No entendía por qué tenían que ser así las cosas. Eran los signos del tiempo y la marca de una tierra desgraciada que arrastraba la desventura de su historia y afectaba a su cultura, a su lengua y a su gente. Un pueblo prestigiado socialmente posee una lengua y unas costumbres prestigiadas. El sentimiento humillado de la tierra actuó siempre en mi como un acicate para romper la maldición de la mala herencia cultural y tuve que tomar mis propias defensas para desmentir aquella afrenta. Me entregué al estudio con gran interés. No he conseguido grandes cosas en la vida, pero me satisface el haber adquirido un nivel cultural y una educación humana suficiente para vivir con cierta libertad y dignidad que derivan de ella -lo comprendería mejor más tarde- sin complejos y sin las humillaciones que su carencia impone a los que no pudieron o no quisieron luchar por ella.

Asimilé, en segundo intento, las imposiciones de la disciplina interna, las rígidas sesiones de rezos, la rigurosa dieta alimenticia que no era ni buena ni abundante. El desayuno café con leche y pan, la comida repetía el menú cada semana con toda regularidad. Una fría naranja, unos higos secos, unos almendros que se rompían con piedras en la cañada, se reiteraban en la merienda poco antes de una cena de pescado muy frugal. El partido de fútbol diario, como sano ejercicio del cuerpo, los largos paseos por los pinares en busca de piñones, la rebusca en los viñedos vendimiados más cercanos. En los días de paseo y asueto al campo la caza de liebres con tres galgos castizos y corredores, que tenía el colegio, ocupaban las horas desoladas del internado. Dóciles galgos. En unos instantes tenían en sus garras las liebres que saltaban a su paso en las dehesas. Con sus presas se preparaban suculentas meriendas en los rincones del bosque, a la sombra de unos pinos o a la orilla del Adaja y el Eresma. El horario de clases de mañana y tarde, las horas nocturnas de estudio, incluido los sábados, solo se interrumpían por las tardes libres de los jueves o alguna fiesta religiosa.

La Mejorada, con su amplia piscina excavada en los ruinosos cimientos de viejas construcciones monacales, el ascético horizonte castellano de sus paisajes, su incontaminada soledad religiosa seguiría siendo el punto obligado de vacaciones en los meses de verano durante el estudio de los cursos superiores. Desde Ávila, desde Toledo, desde Madrid, después de terminado el curso escolar, en vez de regresar al seno de la familia, -la familia era un peligro-se pasaba unas salvajes vacaciones de sol y sombra en la tierra inclemente de Castilla, al fresco de las soterradas aguas del Adaja, a la sombra de las terrazas del algún fortín castellano. Largas sesiones de lectura de novelas, algunas de ellas prohibidas que burlaban el control de la censura de formas muy diferentes, improvisados coros folklóricos con hondo olor de heno al fondo, bajo el ardoroso calor propio de los días de verano, y un cielo chispeante de estrellas en claras noches de luna.

Hace unos años, -la precisión de fechas se me escapa ni tiene el menor interés- a mi regreso de Venezuela, con mi esposa y mi pequeño hijo, Luis Felipe, con ambiente musical navideño y el paisaje vestido de nieve, recorrí el escenario de aquellos primeros años. Equivalía a regresar al pasado. Aquel tiempo ido era parte de mi presente. Recordar verdaderamente era volver a vivir. La Mejorada se había vendido a una compañía privada por unos escasos millones. Pero su reserva emocional estaba allí. Poco parecido tenía ya con el modelo original que yo llevaba en mi recuerdo. Presentí el dinamismo esencial de las cosas. Reconocimos el caserón por fuera. Las resonancias de nuestra alegre juventud que guardaba por dentro. Pero las cosas eran ya todas distintas. La negruzca tapia de adobe que la circundaba abre indefensa montones de boquetes en ruinas, símbolo del desencanto de unas añoranzas que no encajan en la realidad existente. Los campos de fútbol estaban roturados por las rejas de tractores dispuestos a la siembra de cereales, el palomar estaba vacío, una oficina administrativa controlaba una actividad comercial que no llegué a entender. Nunca se debió vender esta casa. Yo abandoné La Mejorada, aquel día de invierno, con un tremendo sentimiento de amargura, con un malestar interior como si muchas cosas vivas de aquellos parajes que yo esperaba abrazar de nuevo se hubieran muerto definitivamente.

------------
*** Publicado con la amable autorización de autor: CLAUSTRO dentro y fuera, Arsenio González Cereijo, Cultiva Comunicación SL Madrid 2009 [El texto corresponde a una sección del capítulo II titulado "La Aventura religiosa"] El libro está dedicado "A mi familia. A mis amigos. A los que, como yo, han sido crédulos, ingenuos, soñadores y han pretendido, en vano, cambiar el camino del tiempo y la ruta de las estrellas. Mi otra familia"


Thursday, May 24, 2018

RESEÑA REUNIÓN DE LA MEJORADA, MAYO 2018


Termina la mañana con una extraña embriaguez de nostalgia y de vino. Sí, de vino tinto. Y eso que apenas, al menos hasta el momento de la cata, no hemos probado una gota. Muchos de los compañeros que aquí, en La Mejorada, pasaron -según narran- algunos de los mejores años de su vida, y no es de extrañar dada la belleza del paraje, se reencuentran con sus años mozos en este espacio infinito de viñedos y pinares. Han regresado, por unas horas, a su casa. A la patria de sus recuerdos infantiles, casi rozando la adolescencia. Era, literalmente, otro mundo. Otra historia. Mediados de los cincuenta, alguno quizá rozó el cambio de década precedente. [ÁLBUM FOTOGRÁFICO]

Aquí estamos. Tras décadas acariciando, como oro en paño, los recuerdos deshilachados de la memoria cada vez más menguante. La de todos. Incluso las de aquellos que sólo vinimos en alguna ocasión puntual. Algún verano de paso. Aunque, lo cierto, es que de paso estuvimos todos. Así que, entre los etéreos recuerdos de la época, tan en blanco y negro, algunos son imborrables. Se solapan con el apabullante colorido de la primavera castellana. Donde estuvo la sacrosanta capilla, ahora, 156 cubas de roble francés (sí, sus características, sus invisibles poros de madera endurecida, son muy diversos de las del roble americano, aunque también más caras) ofrecen un reposado lecho a los caldos delicados, tratados con exquisito gusto en el largo ciclo de cosecha y envejecimiento, de este “terroir” de vinos. ¡Cuán lejos quedan aquellos racimos arrancados a hurtadillas, olvidados en las parras por los viñadores de hace seis décadas!

“Claro, misa todos los días y rosario todas las tardes”, exclaman al unísono varios veteranos de aquellos interminables rituales litúrgicos del internado. Nuestra excelente guía estaba plenamente convencida que los internos sólo asistían a la celebración eucarística los domingos y fiestas de guardar. Por entre los carrales alguno proclama, a media voz, que con las obligaciones de aquella época ya cumplió con todas las que debieran corresponderle para el resto de su dilatada vida.

La mañana, no es para nada una exageración, resulta esplendorosa. Los edificios que muchos recuerdan con tozuda nitidez desde su época adolescente permanecen inmutables, son los mismos de hace más de medio siglo. Más bien, quizá sólo lo parezcan. Entre medias, han pasado por no pocas desaventuras, abandono, cuando no expolio, hasta que la varita mágica de Rafael Moneo les ha tocado con la exquisitez y elegancia de lo que es capaz uno de los más grandes arquitectos españoles del último medio siglo. ¡Por fortuna para las propias instalaciones y nuestras frágiles memorias!

El prestigioso arquitecto ha preservado, tocando lo mínimo, aquellas partes que eran recuperables. De hecho, los tapiales, algunas paredes desconchadas, el palomar conservan todavía un cierto aire de decadencia, dejado, por supuesto, a propósito. Conservar sin evitar el paso de los años y las inclemencias de la llanura vallisoletana.

Por el contrario, los cambios son mucho más visibles, en las secciones que ahora cumplen sus nuevas funciones de bodega pionera (ecológica, pero sin etiquetas, vino de calidad, pero sin denominación de origen). Todo parece increíblemente nuevo. Todo parece extraordinariamente viejo.

Hasta los caminos que entonces parecían tan fáciles de recorrer tras los galgos de caza, camino del río Adaja, se han vuelto, con el paso de los años y de los recuerdos, algo laberínticos. Así que mientras algunos tienen que rehacer la ruta, perdidos entre los pinares, otros esperan impacientemente a la sombra de los viejos cipreses. Las viñas, bien entrada la primavera de Olmedo, en esta mañana soleada, comienzan a estar frondosas. Aunque no tanto como para que no se adviertan, todavía, los retorcidos troncos de la garnacha, Merlot y otras esotéricas variedades.

La gran mayoría de los presentes, más cerca de los setenta que de los sesenta, eso siendo generosos, se fueron -hacia 1956- de estos edificios centenarios a disfrutar de las novísimas funcionalidades que ofrecía el flamante colegio de Arcas Reales. Lo que pasó en los años siguientes y en los siglos anteriores nos lo detalla, con minuciosidad nuestra guía Paloma. Que habla con tanta intensidad de las cualidades órgano.. órgano… organolépticas del vino como de las peculiaridades arquitectónicas de la capilla mudéjar. Sí, la cabeza del comunero Padilla fue enterrada aquí. O quizá no. Quién sabe. Acaso bajo la mullida alfombra de lavanda que perfuma los esfuerzos de Fernando de Antequera para construir el panteón o lo saqueos de los gabachos para expoliar todo lo expoliable.

Con certeza, lo que sí queda, al menos su zócalo y sus cimientos, es la piscina. Algunos compañeros parecen algo desencantados de que la piscina fue, con los jerónimos, una modesta piscifactoría con la que suministrar el pescado de los ayunos cuaresmales. Unos cubos de granito colocados estratégicamente sobre el suelo, marcan las dimensiones del ábside y la nave de la iglesia inexistente ya en la época del internado dominicano. Así que pocas novedades.

Las transformaciones vienen cuando nos adentramos en el edificio principal. Lo que era un jardín y espacio de recreo se ha convertido en un claustro, de columnas, casi pilares, funcionales. Restauración, sin grandes alharacas ni añadidos. La sala de juegos cubierta se ha mudado en dormitorio de vinos. Jaulas con miles de botellas donde descansa el caldo extraído de las cubas, tras un proceso tan refinado como artesanal.

Después, lo que era comedor y un segundo piso que hacía de salón de estudios, se ha convertido en una única nave, completamente transparente, que alberga la veintena de cubas de acero inoxidable donde el zumo de la uva da sus primeros pasos antes de convertirse en alcohol en un procedimiento extraordinariamente complejo. La visita termina con una cata en la excelentemente restaurada Sala de Peregrinos (que otrora fue… patatera).

En este lindo espacio, Moneo ha recuperado las bovedillas de ladrillo y las vigas que hacían de separación entre los habitáculos usados por los huéspedes (comerciantes, peregrinos, pastores de la Mesta), tras degustar los tres caldos que la Bodega La Mejorada comercializa, celebramos, en “petit comité”, nuestra Asamblea Anual.

Para empezar, se refrenda la propuesta de la Junta Directiva, por boca del vicepresidente, Luciano López, y nuestro compañero Teodoro Martín es el nuevo presidente de la Asociación. Valentín Saiz, como tesorero, explica la situación económica, mientras que Ignacio Cóbreces hace un resumen de las actividades del año pasado. [MÁS DETALLES]

Se presenta el proyecto solidario de la Asociación para el presente ejercicio que será el apoyo financiero a una casa de acogida de las dominicas de Mérida, Venezuela, para personas de la calle [MÁS DETALLES]. Al estilo de lo que se consiguió el año pasado con la Escuela de Hatudo, en Timor Oriental. [MÁS DETALLES]

Se discute y se confirman algunos objetivos para 2018. Lo primero, celebrar una reunión en Barcelona, para confraternizar con los numerosos compañeros que siguen en la Ciudad Condal.

En segundo lugar, hacer un esfuerzo especial para propiciar e impulsar una llamada a la unidad de todos los antiguos alumnos. Aunque hay varios cursos que se reúnen, debido a su afinidad, de manera periódica según su propia iniciativa, proponerles a los diferentes organizadores el que, al menos, una vez cada tres años, se celebre una reunión general de todos los compañeros. Se considera que el marco fraternal y amistoso que ofrece la reunión general de la Asociación no empece, lo más mínimo, una confraternización global entre los diferentes cursos, aunque ni siquiera se haya coincidido en el internado. Antes bien, esta reunión global sería beneficiosa para todos.

El tercer asunto, la siempre debatida y complicada continuidad de la Asociación por la falta de socios jóvenes. Para ello, se intentará, una vez más, explorar las posibilidades de conectar con las nuevas generaciones de Arcas Reales.

El cuarto asunto, fomentar la edición y eventual publicación de un libro de memorias colectivo donde todos aquellos que lo deseen puedan plasmar con su experiencia y buena memoria cualquier aspecto relacionado con su vida, en la modalidad y la época que fuere, dentro del internado, noviciado, filosofado o teologado. Sobre este asunto, en breve se circulará un comunicado más específico.

El quinto y último propósito consiste en ofrecer, de manera formal, mediante una carta al Vicario Provincial de España, los servicios de la Asociación en cuanto tal y de aquellos miembros que lo deseen a fin de que, de manera totalmente voluntaria, la Provincia pueda disponer, si así lo estimara oportuno, de un listado con las especialidades y conocimientos de los que son portadores los centenares de Antiguos Alumnos en decenas de profesiones y lugares.

La reunión terminó en el restaurante La Cueva de Fabia (por cierto, propiedad de un antiguo compañero), en el mismo Olmedo.

Para el próximo encuentro, en 2019, se propuso, salvo que las circunstancias lo impidan, celebrarlo en el Convento de San Pedro Mártir, Alcobendas.



Wednesday, May 2, 2018

PROYECTO SOLIDARIO 2018: SAN MARTÍN DE PORRES (VENEZUELA): UN LUGAR DE ACOGIDA Y COMPASIÓN PARA LAS PERSONAS DE LA CALLE


Desde hace catorce años, las Hermanas Dominicas Santa Rosa de Lima gestionan la Fundación San Martín de Porres, ubicada en la Avenida 2 entre calle 12 y 13 Sector Milla, Estado Mérida en Venezuela pone todo su empeño y compasión en atender a decenas de personas que viven en la miseria, más si cabe con la actual y dramática situación político social por la que atraviesa Venezuela.

La Fundación, con unos recursos extremadamente limitados, cuida de personas de avanzada edad, ayuda a indigentes que viven en la calle, apoya a madres solteras extremadamente pobres con sus hijos pequeños. Obviamente no poseen ingresos, ni empleo y muchos de ellos carecen de familia, de hogar.

Este grupo de personas a los que se socorre fluctúa, habiendo momentos en los que alcanza a los 150 individuos. Además, se ayuda a personas muy necesitadas que vienen temporalmente de pueblos muy alejados de a la ciudad y se acercan en búsqueda de un lugar de acogida y misericordia para disminuir sus miserias.

La Fundación San Martín ofrece un espacio con comedor, para brindar alimento dos veces al día, servicio de aseo personal, taller de manualidades, recreación, atención médica, consuelo de la Palabra de Dios, atención espiritual, escucha y orientación, enseñanzas y actividades culturales.

La mayoría de estas personas tienen problemas de salud psicológica, desnutrición, diabetes, enfermedades físicas y psíquicas, depresión, alcoholismo y drogadicción. Aquí se les acoge, orienta y evangeliza y en ocasiones se logra que los enfermos se recuperen, se sientan útiles y se integren a la familia y la sociedad.

Es significativo resaltar que la Fundación San Martín ha sido estímulo para el compromiso misericordioso de Hermanas y Laicos de la Congregación Santa Rosa de Lima y de las parroquias de la ciudad que se han movido a dar una respuesta siguiendo el llamado de Dios a optar por el más pobre, en esta obra.

Es decir, ha llevado a muchas hombres y mujeres como profesores, médicos, obreros a comprometerse con el sufrimiento del más pobre. Distintos grupos de escuelas, universidades entre otras organizaciones se han sensibilizado y movido a buscar soluciones, a dar de su tiempo, a aprender a atender al enfermo, al necesitado impulsándolo a valorar su dignidad de persona, de hijo de Dios.

En la Fundación San Martin de Porres se continúa sirviendo con entusiasmo y dedicación. Sin embargo, actualmente la Fundación se encuentra con limitaciones y obstáculos propios de la profunda crisis económica que atraviesa Venezuela. Al principio de la misión había muchas personas voluntarias que donaban dinero, alimentos, medicinas y ropa entre otros recursos necesarios para ejecutar la gestión.

Pero ahora la escasez general que se vive ha empobrecido aceleradamente a la gente sin excepción y las donaciones han disminuido, en su cantidad y frecuencia y ello limita el servicio que brinda la Fundación San Martín. Además, es urgente adecuar las instalaciones para ofrecer un espacio que pueda brindar mayor humanidad.  

La Asociación de Antiguos Alumnos de la Provincia del Santo Rosario, en cooperación con la revista Amanecer, propondrá este proyecto como su proyecto de cooperación y solidaridad para 2018, con el ánimo de colaborar con la Fundación considerando la necesidad que tienen de apoyo y sabiendo que por pequeña que sea la aportación será muy importante.

Atender a decenas de personas conlleva, pese a todo unos costos -para los estándares occidentales- muy pequeños que se sitúan en torno a los 928 euros mensuales.


Costo mensual  en dólares para que la Fundación San Martin de Porres pueda continuar prestando sus servicios.
CONCEPTO
CANTIDAD EN DOLARES ($)
Medicinas
11,00
Alimentación
                                1.018,00
Servicios
9,50
Personal
14,00
Mantenimiento
51,5
Total
                               1.106,00

Es decir que si entre los miembros de la Asociación y otros donantes que lleguen a través de la revista AMANECER somos capaces de financiar el funcionamiento durante dos meses, habremos alcanzado un objetivo razonable y sobre todo solidario.

Si la Junta Directiva aprobara esta propuesta, el beneficio sobrante de las cuotas de la Asociación será donado a la Fundación San Martín de Porres. No obstante, si alguien quiere colaborar de manera particular con este proyecto puede enviar su aportación a la cuenta habitual de la Asociación señalando en el concepto la palabra Fundación Venezuela.

La Congregación de Hermanas Dominicas de Santa Rosa de Lima tuvo su origen en Mérida - Venezuela hace 117 años, nació en respuesta al caos económico, político y social de una situación similar a la que se vive actualmente en el país.

Las fundadoras de la Congregación fueron dos jóvenes: Madre Georgina Febres Cordero y Julia Picón Febres para responder a la pobreza y el dolor de los heridos y enfermos del único hospital que había en la zona. En Venezuela se llevan 25 obras distribuidas en 14 Colegios, 2 Ancianatos, 4 casas hogares de personas mayores y una de niñas, 4 casas de predicación o convivencias y esta Fundación S. Martín de Porres para atender a personas en situación de calle (indigentes).