Monday, October 9, 2017

MADRID, 1975: EL AÑO SIN RETORNO, por Ramón Mantecón

Debo advertir que la mayor parte de todo lo que voy a comentar responde a un contexto personal muy propio y, por lo tanto, intransferible. Quizá todo lo que diga se pueda considerar, acaso incluso lo sea, como una visión demasiado personalista y particular de aquella época, mediados de los setenta, cuando el discurrir de España, en general, sufrió una transformación radical, aunque no menos profunda fue la transformación que se llevó a cabo en la comunidad religiosa de San Pedro Mártir, el Convento de los Dominicos de Alcobendas.


No obstante, quiero pensar que esta perspectiva personalizada de lo que os voy a contar, al menos, en los términos más generales y en muchos de los conceptos es perfectamente extrapolable a los compañeros que compartimos aquellos años en la Comunidad de Alcobendas.

Tengo mis dudas de que aquel contexto preciso pueda entenderse en su totalidad por otras generaciones de estudiantes posteriores o anteriores, incluso sin irnos muy atrás o muy adelante en el tiempo, digamos un lustro antes y un lustro después. Creo que la ruptura fue tan grande, entre 1975 y 1980, tanto en el exterior, como en el interior, que esa época fue especialísima y extraordinariamente diferente a las anteriores y las posteriores. No digo que fuera peor ni mejor. Diferente.

Los enormes cambios influyeron muy directamente en nuestra concepción de la vida religiosa, modularon de manera radical la manera con la que nos acercábamos a la sociedad civil de entonces (fueran feligreses o líderes sociales) y, con toda seguridad, sembraron la semilla de lo que se convertirían en nuestras opciones políticas -con un arco muy amplio- en los años venideros. Quizá, incluso, para el resto de nuestras vidas.

Quien era forofo de Fuerza Nueva, primera balda a la derecha de la entrada, según se accedía a la biblioteca, terminaría por asociarse a ideas conservadoras. Los más audaces, los que se atrevían con Cuadernos para el Diálogo, aunque la gran masa devorábamos las posiciones intermedias, progresistas para la época como Cambio 16, terminaríamos en otros posicionamientos sociales, económicos, políticos y religiosos. Más equidistantes. De lo que no cabe duda es que aquella época y lo que vivimos en el convento, nos moduló, como personas, de manera inevitable.

Aquella segunda parte de la década fue especialmente relevante para la cuarentena menguante de estudiantes. Tuvo, de eso estoy seguro, una influencia decisiva en lo que nos hemos convertido a lo largo de los años. En definitiva, fueron los cimientos de lo que ahora somos.

En numerosas ocasiones he reflexionado, discutido con amigos, teorizado sobre los caminos que nos han llevado a ser las personas que ahora somos. Aunque muchos suelen tomar como referencia la patria de la infancia, quizá los duros años del internado en Arcas Reales, para mí no me cabe ninguna duda. Una y otra vez la respuesta me lleva a aquella época inigualable de mediados de los setenta. Lo he comentado en numerosas ocasiones con amigos y conocidos. Aquellos años fueron esenciales, imprimieron una huella indeleble y forjaron nuestro carácter -más que ninguna otra época- nos convirtieron, creo yo, en hombres de provecho. Mi caso no es excepcional.

En las numerosas conversaciones mantenidas con compañeros de aquella época, aun admitiendo que los caminos que hemos seguido en la vida han sido tan variopintos, lo cierto es que somos lo que en aquella época éramos. Dicho de otra manera: somos a los sesenta lo que llegamos a ser a los veinte.


La profunda huella que dejaron aquellos años en nuestras vidas tiene, en mi modesta opinión, una doble explicación. La primera razón es que estábamos “vírgenes” -en sentido metafórico y en sentido literal- de afectos, ideas, conceptos, metas.

Cualquier noción que oyéramos, por peregrina que fuera, desde la aparición de la Virgen en El Escorial hasta las teorías más radicales de la teología de la liberación, siempre caían en un terreno fértil, un estado mental mullido, donde todo resultaba fácil de asumir y aceptar. Además, lo hacíamos con entusiasmo. En la distancia temporal resulta, en mi opinión, fácil de explicar.
En Arcas Reales nuestro contacto con el mundo fue mínimo. En Ávila se abrió notable y sorprendentemente la espita (1971-1973), que se volvió a cerrar, con una tosca y obsoleta, para los tiempos que se avecinaban, vuelta de tuerca en el Noviciado de Ocaña.

De repente, en Alcobendas, pese a ciertas restricciones, por lo que concierne a entradas, salidas, lecturas, opiniones, acceso a la cultura, el mundo nos pertenecía. Bastaba cumplir con los horarios, y no siempre, de ritos y devociones, para palpar que éramos, impensable e increíblemente, libres.
La segunda razón, no menos importante, era nuestra edad. Éramos estudiantes de diecinueve, veinte, veintiún años. Incluso en aquella época profundamente gris era inevitable que nos sintiéramos jóvenes, audaces, valientes.


A esta doble vertiente de que éramos vírgenes, en todo el sentido de la palabra, real y metafórico, situación aderezada con nuestros ímpetus juveniles, vino a sumarse un tercer elemento: el mundo exterior. Madrid, en aquellos mediados de los setenta era una burbuja que se hinchaba a pasos agigantados. Un hervidero político, social, donde las ideas y los ideales (acompañados de no pocas fantasías) revoleteaban, literalmente, en cada barrio, en cada reunión, en cada periódico. Por usar una expresión bíblica, un “tohu babohu” (abismo insondable antes de la creación), una vorágine de ilusión, de cambio, de poseer un futuro radicalmente diferente.

Relativamente comedidos en la vida conventual, al menos hasta mediados de la década, esta conjunción de factores cristalizó, a partir de 1975 en un mundo completamente nuevo para todos nosotros. Ciertamente para los estudiantes de filosofía, pero también para padres y profesores. A algunos porque el velo de un mundo tranquilo, ortodoxo, fruto de la inercia de décadas, se rasgaba, trágicamente, por todas partes en un santiamén.

A los otros, a los que éramos estudiantes, porque se nos abrió, inesperadamente, un mundo completamente novel de opciones religiosas, políticas, personales. Esta es una gran diferencia con los cursos de los lustros anteriores donde las disputas sobre el modo de entender la Iglesia, la dogmática, la vida religiosa constituían el alimento diario de las disputas y los debates. Debate intra eclesial, donde el mundo tenía poco que aportar, salvo que era un sitio a evitar por ser tentadoramente pecaminoso.

En nuestros años, este factor, el del siglo, como se le solía denominar con términos algo desdeñosos fue, además de un valor añadido y apreciado, el elemento definitivamente desequilibrador. Teología, compromiso ético, moral, religión, política se amalgamaban de forma tan caótica como atractiva.

Todo esto derivó en una batalla sin tregua, diaria, tanto individual como comunitaria, que vista con la perspectiva de los años sirvió para enriquecernos en lo personal y lo comunitario. Aunque en aquellos momentos precisos, como suele ocurrir cuando carecemos de la ventaja de la distancia en el tiempo, creó no pocos traumas, desasosiegos y malestares.

Vistos desde la lejanía que otorgan los 42 años actuales algunas actitudes y decisiones resultaron claramente cómicas, otras tuvieron consecuencias claramente dramáticas para algunos compañeros. El siglo se había introducido en el claustro, y no de manera sutil, sino a borbotones y por cada poro de nuestra vida religiosa.

Por citar un par de anécdotas de aquel entonces. Cuando el diario El País apareció en mayo de 1976, Fr. Gerardo tenía la costumbre de dejar los ejemplares destinados a los estudiantes en el casillero correspondiente para que el Mayor de los estudiantes los trajera a la Comunidad de Estudiantes, por aquel entonces ya situada en el alero que sobrevuela de las clases al comedor.

Pues durante los primeros días, de manera sistemática el periódico desaparecía del casillero porque algún padre, celoso guardián de las buenas virtudes de los jóvenes filósofos y teólogos, lo hurtaba para arrojarlo a una recóndita papelera. Al mismo tiempo, más de algún estudiante se las apañaba para traficar, y esconder debajo de la cama, la revista Interviú, con sus afamados topless, o El Jueves con sus subversivos historietas como la de Martínez el facha. O sea, lo comido por lo servido. Lo expurgado por lo clandestino.

Como he dicho al principio, aunque cuente mi historia más o menos particular, las actitudes, los posicionamientos, los caracteres que se forjaron en aquella época, más allá de las particularidades personales, tienen muchos rasgos en común, rasgos que comentaré más adelante en detalle.

El que lo centre en mis vivencias de la época no quiere decir que fuera una situación exclusiva mía, antes al contrario, voy a intentar generalizar algunos aspectos porque estoy convencido de que más allá de las vivencias personales de cada uno, existían denominadores comunes en conductas y ademanes que nos hicieron vivir aquellos años de manera única e inigualable.
En el contacto, durante estos últimos años, vía redes sociales, reuniones de cursos, conversaciones telefónicas,  con numerosos compañeros, muchos bastante más veteranos, que entraron en Arcas Reales a finales de los años 50 (mi curso llegó en el ’67), algunos incluso procedentes de La Mejorada o Santa María, así con otros que nos siguieron en Vallodolid cuando el internado tomó una vía, digamos menos apostólica y más laica, en parte ajena a la disciplina de  aspirantado, advierto una y otra vez lo aparentemente parecidos que éramos, tanto en nuestra extracción social, como en la educación que recibimos. Y, sin embargo, lo diferente que fueron las numerosas etapas que vivimos según los cursos, debido, sin duda, a lo rápido que cambiaban los tiempos.


Este cambio, cobró un ritmo vertiginoso en el estudiantado de Madrid. Cuando a finales de agosto de 1973 llegamos frescos del noviciado, con la máxima ilusión por emprender los estudios de filosofía y teología oímos una y mil historias, que se habían convertido en legendarias, sobre las salidas (¿expulsiones?) masivas de estudiantes, al hilo de las reformas del Vaticano II hacia finales de los años sesenta.

Para nosotros, menos de una década más tarde de aquello que sonaba a verdaderamente revolucionario (¡qué locura abandonar en masa los sagrados estudios de teología!) nos sonaba como algo demasiado lejano cuando no ajenos a nuestros ideales puros.

Aquellos abandonos masivos, echando a perder la llamada divina, aquellas salidas traumáticas, no encajaban en absoluto con el fervor que el P. Fueyo y el P. Jesús Santos nos habían imbuído en Ocaña. Eran una cosa de un pasado, reciente sí, pero pasado después de todo con el cual nosotros no teníamos nada que ver y decididos a evitar, a toda costa, idénticos errores.

No obstante, sin que nosotros lo supiéramos estábamos a las puertas de otra revolución, ciertamente más llamativa y radical, y esta no venía desde dentro de la Iglesia, sino desde fuera y era, antes de nada, social y política. La disrupción eclesial, interna, dominicana, como consecuencia del Vaticano II, si se quiere, de algo nos sonaba. De hecho, en el Noviciado ya se habían colado algunas insinuaciones, como cuando el P. Llamas, insigne misionero en Taiwán, para nuestro escándalo nos dijo, literalmente, que la sacrosanta y preciada Constitución dominicana no tenía mucho sentido cuando el objetivo final era convertir a los paganos. Es más, dijo literalmente “que habría que quemarla”.


Pero los aspectos sociales y políticos que se avecinaban eran completamente novedosos para nosotros. Quien más quien menos habíamos seguido con interés el golpe de Estado en Chile o la revolución nicaragüense. Pero aquello, después de todo, estaba allende el océano. Al llegar a Madrid, un par de días después de nuestra profesión simple, el P. Chamorro -que nos recibió en la portería- ya nos puso sobre aviso.

A los que veníamos con el canario metido en la jaula (literalmente, no es una metáfora) ya nos advirtió que tendríamos que poner nuestra afectividad en otros asuntos más esenciales que en mimar a nuestras aves canoras. De hecho, el mío, debió de coger alguna pulmonía en los primeros días del invierno madrileño y las espichó antes de que pasara un mes.

Pero éramos jóvenes, intrépidos, y tan inconscientes como ingenuos. En nuestro supremo candor queríamos comernos el mundo y lo que ocurrió fue justamente lo contrario. El mundo, el siglo, como entonces se denominaba desdeñosamente al exterior, nos devoró a nosotros. Y no era para menos.

Madrid, además de rompeolas de todas las Españas se estaba convirtiendo en un magma incandescente, un imán inevitable, con sus peligros, esperanzas, atracciones, caos que, como no podía ser de otra manera, para lo bueno como para lo malo, iba a permear todas nuestras vidas. Para siempre.

El año era 1975. Obviamente, todos los cambios no se produjeron de una manera radical, en una fecha precisa, sino que venían larvándose desde años antes y, de alguna manera, continuaron durante los años posteriores. Pero a efectos de la narrativa, la fecha nos viene muy bien porque es realmente simbólica.

Con toda certeza, ese año sirvió para cristalizar, tanto en el exterior, como en el interior, infinidad de cambios que a todos nos hicieron diferentes y, a la postre, nos hicieron caminar por rutas dispares en la vida. Extraordinariamente diversas, diría yo, que apenas un par de años antes resultaban impensables. Este es uno de los aspectos que más me sorprende cuando converso con los compañeros. Como, pese a formar una unidad de destino en nuestros ideales religiosos, al menos durante unos años, las circunstancias nos han hecho increíblemente diversos. Hemos terminado de jefes de logística, policía secreta, asesores aúlicos, delegados sindicales, en fin, la vida misma.

Abundando en esa narrativa, aunque sólo sea a efectos del discurso, incluso exagerando un poco, señalaría un día y hasta una hora cuando todo comenzó. Nuestro momento germinal. Fue el 20 de noviembre de 1975 a las 9 horas, sesenta minutos antes de que Arias Navarro apareciera en la pequeña pantalla, no olvidemos que era en blanco y negro, para anunciar aquello de “Españoles, Franco ha muerto”.


Para entonces, nosotros ya habíamos empezado a celebrarlo. El día anterior, era de dominio público que el Generalísimo estaba en las últimas, el P. Chamorro, afrancesado por sus estudios, había sido entrevistado por la televisión francesa en el claustro conventual. Que hasta los medios internacionales vinieran a preguntar al convento, a uno de nuestros profesores, presagiaba que el final estaba muy cerca.

A las nueve comenzaban las clases y ni cortos ni perezosos, no recuerdo con exactitud cómo se fraguó aquello, decidimos hacer huelga para celebrar que el dictador había pasado, previsiblemente, a mejor vida. Esto puede sonar banal en la actualidad, total que un grupo de estudiantes haga huelga parece hasta ordinario y vulgar. Desde luego poco noticiable.

Pero en las circunstancias de entonces representaba todo un acto sedicioso. Pensemos: religiosos con voto de obediencia, imberbes, apenas salidos de la adolescencia -mi curso acababa de comenzar segundo de filosofía- holgando porque sí y por motivos políticos en un convento donde la jerarquía era la norma imperativa.

En realidad, la huelga duró unos veinte minutos. Justo el tiempo que tardaron el P. José (Pepe) Montero, Regente, y el P. Claudio Extremeño, Maestro de Estudiantes, en reunirnos a todos y aleccionarnos de la siguiente manera: “Quien en cinco minutos no esté sentado en su pupitre que vaya a hacer su maleta y tome el P-28, camino de la estación de Chamartín”. Obviamente, todos y cada uno de nosotros, como corderitos, bajamos sumisos, con la cabeza gacha, a nuestras respectivas clases.

Eso no impidió que no pocos de los envalentonados huelguistas se desplazaran esa misma tarde a Madrid, para aguantar colas kilométricas y pagar sus últimos respetos, de cuerpo presente, al Caudillo, en el Palacio de Oriente.


Pura CONTRADICCIÓN. He aquí uno de los elementos que durante aquellos años, en numerosas ocasiones se infiltró en el discurrir de los días, la paradoja de la inconsistencia y la contradicción permanente. Achacable, quizá no tanto a nuestros postulados ideológicos, ciertamente volátiles, cuanto a la confusión de los tiempos que corrían. Y no sólo en la decena larga de compañeros que celebraban con una huelga la muerte de Franco por la mañana e iban a rezar por su eterno descanso por la tarde.

Esta contradicción se manifestaba, con toda naturalidad, de una y mil maneras. Imaginad, terminar de rezar Completas y pasar a regodearte con la foto de Marisol como dicen en mi pueblo –corita- en la portada de Interviú. Discordancias de nuestra flamante juventud adobadas con la libertad, algunos la calificaban de libertinaje, que nos envolvía y abrumaba en todo momento.

También, en medio de nuestras contradicciones, o quizá pese a ellas, aquellos años conformaron una época donde, rebosantes de coraje y buenas intenciones, íbamos a CONQUISTAR EL MUNDO. Ni que decir tiene que nuestras metas eran claramente evangelizadoras, pero siendo la época que era, esas metas se fueron tiñendo, cada mes que pasaba, con objetivos sociales y de igualdad entre los más ricos y los más miserables. Creíamos a piés juntillas que la justicia social, más que nunca, estaba al caer.

Con un retraso de casi diez años, comenzaban a llegar a la Avda. de Burgos, km. 7,200 los ecos de la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín (1968) que, una vez más, con la compleja situación socioeconómica que se vivía en España encontraban el terreno bien abonado.

O releíamos con fruición los versos de Ernesto Cardenal, tras haber calificado a los Maitines de oración ritualista: Yo he repartido papeletas clandestinas, gritando: ¡VIVA LA LIBERTAD! en plena calle desafiando a los guardias armados. Yo participé en la rebelión de abril: pero palidezco cuando paso por tu casa y tu sola mirada me hace temblar. ¿Cómo no iban a hacernos temblar, también a nosotros, estos mismos versos? ¡Era tan fácil identificarse con las luchas campesinas de Centroamérica o con “Te recuerdo Amanda” de Víctor Jara!


Aunque, a decir verdad, por la distancia y la ignorancia, aquello lo teníamos idealizado. En clase de marxismo no éramos pocos los que defendíamos las bondades del régimen castrista. Y, sin embargo, no necesitábamos viajar tan lejos para salvar a la clase obrera y convertir a los pérfidos capitalistas a la verdadera esencia del Evangelio.

Apenas a un par de kilómetros de distancia, antes de que apareciera el actual Sanchinarro, superpoblado, con su Corte Inglés, antes de que la M-40 arrasara los poblados chabolistas situados justo detrás del convento, allí estaba el lumpen de la emigración andaluza: gitanos, desheredados y otras gentes de mal vivir, en los chamizos de latón de Los Olivos.

Y hasta allí, tan heroicos como ingenuos, nos desplazábamos para emplazarles a ser fieles al Evangelio. Supongo que también para justificarnos de la adocenada comodidad que disfrutábamos nosotros dentro de los muros del convento. Salvábamos el mundo habitando en la contradicción pura.

Queríamos salvar a aquellos desharrapados de su pobreza, de sus pecados, de su miseria, todo en el mismo paquete. Eso sí, desde la comodidad de tener la mesa siempre puesta. Todo ello lo hacíamos con la mayor generosidad que pudiera imaginarse. Tan grande como nuestra inocencia.

Recuerdo haber participado, en un equipo liderado por el P. Epifanio Abad, ex misionero en Formosa, un pequeño grupo de estudiantes, a medias catequistas y trabajadores sociales. El objetivo era enseñarles a leer, gestionar su economía doméstica, aunque todos éramos de letras, y, para pasmarse, ni más ni menos que a ejercer el control de natalidad. Como la Santa Iglesia mandaba: vía el método Ogino Knaus.

Ni que decir tiene que todas aquellas adolescentes, en cuestiones de sexo, recuerdo especialmente a una preciosa que se llamaba Victoria, nos daban a nosotros cien vueltas, observaban ojipláticas los días fértiles del mes, dibujadas en la misma pizarra donde por la mañana nos habían explicado las categorías de Kant.

Pero la contradicción no acababa aquí. Eso era por las noches. Por las tardes, acudíamos a dar clase al Colegio Santa Helena en La Moraleja. Ya entonces, quizá más que ahora, era un colegio de ricos, ¡qué digo ricos! riquísimos. La alta burguesía madrileña, los vástagos de los grandes industriales del franquismo acudían a ese colegio que, además, era la continuación del Colegio de Los Rosales, donde han ido todos los miembros de la familia real.

El caso es que, pobretones como nosotros éramos, explicar el Evangelio en aquel ambiente de lujo desorbitado no era nada fácil. Nos escandalizábamos porque al llegar las Navidades nos planteaban problemas insolubles. ¿El nuevo modelo de televisor que regalarían al nene para Reyes cabría en el cuarto de baño?

Por mucho que retorciéramos los significados y las metáforas, perorar sobre el rico Epulón y el pobre Lázaro era un martirio catequético. Por no hablar de lo de “Y al que te hiriere en la mejilla, dale también la otra”.


Entre las alumnas estaba Cristina Berazadi, hija de Ángel Berazadi, primer secuestro de ETA que se resolvió con el asesinato del secuestrado (8 abril 1976), que me espetó: “A mi padre lo han matado los etarras, por eso nos hemos tenido que venir toda la familia aquí”. Como dicen en Murcia se me cayeron los palos del sombrajo. ¿Qué podía responder yo con veinte años ante aquel clamor desgarrado de una adolescente? Salvo el recurso fácil de la clase se ha acabado y hasta la próxima semana. ¡Qué ingenuos éramos! Pensar convertir a los ricos y redimir a los pobres a través de la palabra evangélica.

Y la ingenuidad iba pareja a la OSADÍA. De nuevo apalancada en las energías de la juventud y en el ambiente caótico de aquellos años, donde todo valía, cualquier cosa, por estrambótica que fuera, se asumía como algo normal.

Incluso dentro de los recatados límites del convento, no olvidemos que estamos hablando de la década de los setenta, nos atrevíamos con todo. Éramos unos osados rezumando ingenuidad por los cuatro costados. Por lo general con buenas intenciones, aunque no niego que no nos sobrara, en ocasiones, cierto retorcimiento mental. Ciertamente éramos buena gente y lo que hacíamos lo hacíamos con un excelente propósito y magnánima finalidad.

En alguno de aquellos años osamos, el teatro -afortunadamente- era una parte importante de nuestra educación cultural, a montar una pieza, cuyo título no recuerdo, donde a falta de mujeres -aunque hubo otras donde si reclutamos féminas- una comedia de enredos y amoríos.

Nos repartimos los papeles y algunos coristas se disfrazaron de mujeres emperifolladas, otros nos caracterizamos de elegantes galanes. A mí me tocó bailar con la más fea, es broma, y que mi tocayo Ignacio, insigne misionero en Taiwán me perdone.

Un servidor que había representado al talibán y antisemita San Vicente Ferrer en “Nueve brindis por un rey” de Jaime Salom, ahora me tocaba ahora ser el protagonista en un final feliz, con beso y todo, disimulado de espaldas al público que se lo pasó en grande. En realidad, no todos se disfrazaron, alguno, interpretó su papel encantado. Como un postulante de Paracuellos, homosexual, que debió de pensar que todo el monte era orégano.

Tras las representaciones de la obra, hasta nosotros mismos nos apercibimos que nos habíamos pasado unos cuantos pueblos. Pero para aquellas alturas, el ambiente de tolerancia que comenzaba a respirarse en la calle ya había transpirado sobradamente dentro de los muros conventuales. Fuera, un mundo viejo se desmoronaba y dentro del convento éramos un fiel reflejo de la sociedad circundante. El espíritu de libertad era bien palpable. Todavía me cuesta entender como no nos pusieron a todo el reparto de patitas en la calle.

Aunque cosas más graves, en virtud de esa osadía, llegamos a hacer. Incluso más ultrajantes, de algunas de las cuales nos hemos arrepentido con posteridad. Lesivas y, pese a todo, insisto, sin malicia. Para nosotros se trataba de una diversión más de la dulce juventud.

Ciertamente había algunos líderes entre la cincuentena de estudiantes que manipulaban a los otros, algo habitual en un grupo de jóvenes post adolescentes, pero carentes de mala baba, todo podía resumirse en que vivíamos en un jolgorio permanente. Disfrutábamos de la vida y a veces no nos dábamos cuenta de que ofendíamos gravemente al prójimo.


Como la historia de las capas negras. En aquella época de asambleas, reuniones a destajo, votaciones a mano alzada, los dominicos seguían con su muy democrática tradición de votar con bolas blancas y negras, en secreto. Las circunstancias no las recuerdo. El caso es que se produjo una nueva disputa -con toda certeza no teológica, algún asuntillo de la vida conventual- entre padres y estudiantes.

Como se ve, para entonces, nosotros habíamos trasladado la lucha de clases que tan fieramente se libraba en los barrios de la periferia y la habíamos convertido en una lucha generacional intramuros. Cualesquiera que fuera la razón, los estudiantes quedamos descontentos del resultado de aquella votación. Así que cuando los buenos padres y profesores procesionaban por el claustro, camino de la iglesia, para la plegaria de Vísperas, a nosotros no se nos ocurrió otra hazaña, a modo de protesta bien visible, que colgar nuestros estandartes, las capas negras de nuestros hábitos, de cada una de las ventanas que daban al Jardín Japonés.

El bueno del P. Benigno Villarroel, prior en la época, se quedó pálido. Hubo algún debate posterior sobre castigos o perdones por aquella alevosía, el caso es que cada uno de nosotros continuó con su existencia como si no hubiera pasado nada. Con nuestros desprejuicios habituales. Por ejemplo, algo que ahora nos parecería intolerable en cualquier centro académico, poniendo una escalera para entrar por la ventana a robar el “quorum” del P. Bienvenido Turiel. Aunque esta gamberrada creo que venía de generaciones atrás. No nos la inventamos nosotros.

Eran tiempos revueltos, y de modo especial en el mundo político, lo que afectaba directamente al ámbito eclesial. Un repaso a la hemeroteca es como para echarse a temblar[1] Muchos de nosotros procedíamos del mundo rural de Castilla, Galicia y León, gente por lo general poco dada a extremismos y, por lo tanto, de natural conservador. Quizá nuestros compañeros asturianos, muchos de los cuales eran hijos de mineros, estuvieran políticamente más concienciados en la materia.

El caso es que para la inmensa mayoría de nosotros aquellos años significaron el primer contacto, algunas veces el definitivo, con el mundo de la POLÍTICA. Dentro teníamos una inagotable biblioteca, una formación con clases específicas, por lo demás excelentes, sobre marxismo (¡pensar que estaba de moda entonces!). No había cortapisas especiales al respecto. Por no hablar de los innumerables movimientos sociales, a nivel de parroquia, cineclubes, facultades, etc. con los que manteníamos contacto rutinario.

Por primera vez en nuestras vidas, nos sentíamos -horarios de rezos y clases aparte- realmente LIBRES para ir y venir según nuestros gustos, ideas o preferencias. Desde luego en el aspecto más estrictamente religioso, respetábamos la dogmática, los rituales litúrgicos y algunos otros aspectos que parecían intocables. Dejando algunos elementos tabú al margen, hacíamos de nuestra capa un sayo.


Por ejemplo, en moral todo era discutible. ¿Cómo si no entender que debatiéramos incansablemente conceptos como la moral relativa? ¿O que pusiéramos alguna proclama de Roma (29 diciembre de 1975) como la “Declaración acerca de ciertas cuestiones de ética sexual”, sobre la “ipsación”, (masturbación) a caer de un burro?

Obviamente, entre nosotros también se alienaban dos posturas claramente contrarias, la de los estudiantes conservadores, por lo general los más devotos y cumplidores de la estricta observancia, y las de otros que tenían una tendencia notable a buscar las soluciones religiosas en el siglo con los nuevos movimientos que pululaban en Madrid: neocatecumenales, carismáticos, Taizé, focolares y varios otros. La primera asamblea carismática se celebró en el Convento.

Así que tanto frailes como estudiantes, cada cual tiró por su lado. Aquello resultó curioso, teníamos una comunidad claramente estructurada en torno a una regla centenaria, a una disciplina consolidada, pero cada cual después eligió su campo de actividad espiritual, lo que resultaba notablemente chocante. ¿Qué tenían aquellos movimientos eclesiales que no pudiéramos encontrar en la secular historia de la Orden Dominicana?

Si el revuelo era enorme a nivel eclesial, el político era una olla a presión. Siempre contenida, eso sí. No recuerdo especialmente debates políticos serios entre nosotros. Existía cierta enajenación en ese sentido porque todo aquello era demasiado novedoso para nosotros, aunque sí nos preocupaba e inquietaba el componente social de la política. La teología de la liberación seguía siendo una de las lecturas predilectas de los estudiantes, aunque otros no se privaban de regocijarse con los ex abruptos que soltaba Fuerza Nueva.

Si bien se podría decir que en general éramos moderados, seguramente por nuestro trasfondo social conservador y porque nuestro propósito, lo digo con toda claridad, era disfrutar de la existencia. Con cierta inconsciencia, aunque creo que hicimos bien.

La historia de que Marcelino Camacho había tenido que saltar la tapia del convento para escapar de los maderos en una reunión clandestina de CCOO, celebrada en el convento, dejó de ser una legenda, porque a cada paso nosotros nos topábamos en Madrid con la oportunidad de formar parte de eso que se ha llamado turbulenta Transición española.

Algunos terminaron por encontrar sus futuras esposas en los mítines del PCE, otros abrazaron, con valentía, los movimientos sociales, los que éramos menos aventureros no podíamos evitar que los clandestinos se nos metieran en nuestra propia casa. Uno de los motivos, banal, era que no había sitios para reunirse en Madrid y el excelente teatro del convento, con su barniz de pertenencia a una organización religiosa servía de tapadillo para tales menesteres. Y no sólo como espacio de ensayo para el grupo Aguaviva.

La Asamblea General de USO -no es que fuese, ni mucho menos, el sindicato digamos más revolucionario, pero era un sindicato después de todo- se celebró en el Convento. Como el Congreso del Partido del Trabajo, de ideología marxista-leninista de tendencia maoísta, presidido por Josefina López-Gay, “la Rosa Roja de la Transición”, que además comandaba la Joven Guardia Roja . Sí, he dicho bien. Para más inri, fui testigo desde la primera fila.

Yo era el encargado del teatro. Acudió maravillosamente guapa, y más. Vaporosa y ondulante en una maxifalda floreada y unas sandalias que arrastraban el polvo de incontables mítines en las barriadas obreras del sur de la capital y decenas de alborotadas asambleas en las aulas de la Complutense. Etérea bajo su melena lisa y su gracejo andaluz.

Enfrente de mí la mismísima Inés (nom de guerre) para pedirnos el teatro -mediante una razonable tarifa- aunque por su clandestinidad, perfectamente desconocida para mí. Así que accedí. La sorpresa fue toparnos, pocas horas antes en el hall del Salón de Actos con los cartelones y pancartas: Abajo el capital, derribemos a los explotadores, etc. Imaginad la modosa burguesía de La Moraleja que acudía a misa de doce y en otro extremo del patio una turba de revolucionarios.

El acuerdo, que respetaron escrupulosamente, fue que no sacaran las pancartas al patio y ondearan las banderas con la hoz y el martillo sólo dentro del recinto. Sin comerlo ni beberlo, con mis ingenuos veintitrés años allí estaba yo discutiendo con una de las musas más curtidas de la Transición, acusándola de haberme metido en un lío que, cuando menos, iba a finiquitar mis ideales religiosos en el peor de los casos, y con un poco de suerte, el castigo no podía calificarse de inferior, dar con mis huesos de por vida en el internado escolar de Valladolid, como vulgar profesor de alguna maría insoportable.

O terminaron por ser muy discretos con sus consignas o los bondadosos superiores que manejaban la cajita con las bolas negras y blancas no se percataron o, simplemente, hicieron caso omiso. En cualquier caso, me salvé de la quema sin un rasguño.

Lo que era evidente, aunque desde luego con la cercanía no éramos tan conscientes como desde la perspectiva actual, es que una época llegaba a su fin, en realidad, se desmoronaba a pasos agigantados. Tanto a nivel del siglo, como sabemos por lo que acaeció en los años siguientes en España, como dentro del propio convento.

El principal indicador era el número de vocaciones. En mi curso fuimos al noviciado 16 y nos ordenamos seis (de los cuales sólo quedan tres), el curso que vino detrás fue incluso algo más numeroso que el nuestro. Pero, después, las vocaciones empezaron a decaer sensiblemente hasta casi desaparecer.

Indudablemente, en este cambio de rumbo radical tuvieron que ver infinidad de factores socioeconómicos. Lo que nuestro compañero Reyes explicó tan bien en la reunión del año pasado ya dejó de tener sentido a finales de la década de los setenta. Y si no había novicios, no había estudiantes, resultaba imposible que hubiera estudiantado.

Una época que había comenzado, quizá de forma algo grandilocuente, a finales de los cincuenta, estaba desapareciendo para siempre. Las maneras y modos de entender la vocación, la vida religiosa tomaría, a partir de los años ochenta, otros rumbos.

A todo esto, nosotros seguíamos siendo estudiantes, aunque todo hay que decirlo, estudiar, estudiar, estudiábamos lo justo. Durante aquellos años que el mundo cambiaba a nuestro alrededor, tanto fuera como dentro, nosotros tan bien cambiábamos, mientras nos dedicábamos a buscar nuestro camino, sin excesivas preocupaciones, como si navegáramos por un largo río tranquilo, mientras los cauces se desmoronaban a medida que avanzábamos.

En este sentido sí que tengo que decir que fuimos un pelín irresponsables. Aunque, por otro lado, aquellas ganas de vivir se convirtieron en un acicate para ver el mundo con más optimismo, más libertad, más positivo. Fue el año, los años, sin retorno, sin vuelta atrás, no sólo por el paso inevitable del tiempo, sino porque lo que vivimos nunca más lo volveremos a vivir. Los años, sin vuelta atrás, los que nos convirtieron en lo que ahora somos.

Y por lo que a mí concierne, lo he dicho en numerosas ocasiones y lo seguiré repitiendo, los mejores y más felices años de mi vida.






[1] Adolfo Suarez asume el gobierno de España. Se suprime en España el Consejo Nacional del Movimiento. Manuel Fraga Iribarne funda el partido Alianza Popular. Santiago Carrillo es detenido en Madrid disfrazado con una peluca. Los GRAPO amenazan la transición secuestraron a los presidentes del Consejo de Estado, Antonio María de Oriol y Urquijo, y del consejo Supremo de Justicia Militar, general Emilio Villaescusa. Los dos fueron liberados por la policía el 11 de febrero de 1977. Clausura del primer congreso del PSOE celebrado en nuestro país después de la Guerra Civil. El 15 de Diciembre la Ley de Reforma Política es aprobada mayoritariamente en Referéndum por el pueblo español.

ENCUENTRO ÁVILA (7 octubre 2017)

Difícil encontrar un escenario mejor, que el magnífico Convento de Santo Tomás en Ávila, para una reunión de Antiguos Alumnos. Un genuino lujo, bajo una espléndida mañana soleada de otoño, poder citarse en el monumental recinto de acceso al Real Monasterio de Santo Tomás.

A las 11 ya hay un numeroso grupo de antiguos alumnos conversando en corrillos tras la reja de entrada. Hay bastantes caras nuevas y esto siempre resulta agradable porque se establecen nuevos lazos, o para ser exactos, se renuevan otros, después de la friolera de hace más de 60 años. Algunos ya se reconocen del encuentro anterior de Arcas Reales (mayo 2016) y, no pocos, por unos u otros conductos han mantenido, a veces con no pocos interludios, la relación a través de los años.

La distancia geográfica no es obstáculo, hay compañeros venidos de allende el océano, que residen en Estados Unidos. Tampoco la edad, Heli Valbuena, ¡gracias por el esfuerzo¡ ha acudido, acompañado de su señora y una lustrosa cabellera blanca, con 80 años a las espaldas. Un cálculo muy sencillo nos dice que fue interno en La Mejorada, ¿también en Santa María de Nieva? a finales de los años cuarenta del siglo pasado. Por el otro lado del arco, si de edad hablamos, el P. Javier del Valle, de finales de los setenta en Arcas.

Excelente referencia para cualquier reunión de antiguos alumnos: unidos en la distancia y en el tiempo. Algunos han acudido pertrechados con fotos del Noviciado en Ocaña, con cuadernos de ejercicios de La Mejorada, incluso con diseños históricos: pequeños retratos gráficos de los compañeros de la época en Alcobendas.

A eso del mediodía, bajo un sol radiante, atravesamos el magnífico Claustro de Reyes, pasamos delante de la inolvidable Aula Magna, espacio docente de tantas disputas teológicas y filosóficas. A la puerta algunos turistas duda si pueden acceder al interior de lo que en su tiempo fue centro del saber teológico.

Seguimos nuestra tranquila travesía por los recuerdos, las anécdotas, las vivencias de tantos años compartidos. Vamos a la Residencia de Santo Tomás, donde muchos de los antiguos alumnos vivieron durante largos períodos de tiempo. Ahora, a falta de filósofos y teólogos, se ha convertido en una residencia abierta al público en general. Pero para muchos de los que por aquí pasaron en los sesenta y los setenta, la inconfundible galería, en el más puro estilo de Miguel Fisac, el insigne arquitecto, sigue presente en las memorias de entonces. Crecen las canas, quizá se adivinan ciertas protuberancias ventrales, se comienzan a arrastrar los piés, un pelín más de lo debido.

Al caminar, sin embargo, los recuerdos fluyen con suavidad, a veces con dulzura, modulados por el paso de lustros y decenios. Somos tan diferentes de entonces. Pero, a la vez, tan iguales.

En una de las salas de la galería, con un ligero retraso, comienza la Asamblea General. Nuestro vicepresidente, Luciano López pronuncia las palabras de bienvenida y entre otras afirmaciones: “Y mientras la mente y cuerpo nos lo permitan, aquí seguiremos con ilusión”

Valentín Sáez, el tesorero, detalla el estado económico de la Asociación hasta la fecha. El superávit actual de la Asociación se eleva a 2.400 euros. En 2016, los socios activos, es decir, que pagaron su cuota correspondiente de 50 euros fueron 55 personas (tres de entre ellos pagaron una cuota de 100 euros). Hasta este mes de octubre, en 2017, 43 personas han pagado su cuota correspondiente, cuatro de entre ellos han pagado 100 euros. 

A continuación, el Secretario de la Asociación, Ignacio Cóbreces, realiza una disertación, entreverada de experiencias personales y anécdotas de la época. De trasfondo, el contexto sociopolítico de mediados de los setenta, bajo el título de “Madrid:1975, el año sin retorno”, centrado en lo ocurrido en el Convento de San Pedro Mártir. Termina con estas palabras: “Fue el año, los años, sin retorno, sin vuelta atrás, no sólo por el paso inevitable del tiempo, sino porque lo que vivimos nunca más lo volveremos a vivir. Los años, sin vuelta atrás, los que nos convirtieron en lo ahora somos”. [ENLACE AL TEXTO COMPLETO]

Mientas tanto las acompañantes han disfrutado de las explicaciones históricas y monumentales del conjunto monástico, gracias a nuestro compañero, el P. Julio Recio.

Como el tiempo apremia, nos dirigimos raudos a la iglesia, ¡que mejor entorno que tener el retablo de Pedro Berruguete de fondo mientras se escucha el evangelio del Magnificat! “Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos” (Lc 1,46-56) durante la celebración eucarística, la misa de la una, presidida por nuestro compañero Pedro Juan Alonso, para celebrar la festividad de la Virgen del Rosario.

La jornada continúa con un aperitivo en la Residencia Santo Tomás donde se acrecientan las conversaciones, los intercambios, las narraciones de anécdotas al calor de la hospitalidad ofrecida por la comunidad dominicana del convento. La mañana concluye con la foto de familia, nunca mejor dicho, en la que la cincuentena de asistentes, incluidos acompañantes son retratados para la eternidad.

Desde allí, a eso de las tres, nos dirigimos al otro lado de la ciudad, al Mercado de Ganado. Mercado del cual ya sólo resta el magnífico marco que lo encuadraba. La muralla, prístina y perfecta, con su ladera verde, inclinándose, poco a poco, hasta llegar a casi tocar la ribera del Río Adaja. Difícil encontrar un paisaje mejor para un almuerzo bien servido y mejor degustado por todos los asistentes en el restaurante “El Lienzo”.

Poco a poco, después de varias reuniones por cursos y un par de ellas generales, las lenguas se deslían con más facilidad, a lo que sin duda contribuye el Ribera. Y ahí los temas de conversación ya son abundantes y numerosos. Según las partes de la larga mesa, según las edades, según los intereses, según los recuerdos y las memorias. Hasta es muy probable que algunos hablaran de Cataluña.


Tras el postre y el inicio de las despedidas, algunos no pierden ocasión, y bien que la merecía, para fotografiarse en pequeños grupos, por cursos o por amistades, con el fondo de la preciosa espadaña que remonta por encima de la muralla. La misma que la andarina Teresa de Jesús debió de contemplar desde el cercano Monasterio de la Encarnación. Peregrina como nosotros, venidos de múltiples puntos de la geografía, y no sólo la española. Pero sobre todo, caminantes a través de las décadas, las alegrías y las penas de la vida. Fieles a una memoria de los años compartidos en la adolescencia y la juventud. A la espera de la próxima etapa. Ya en el 2018.

Friday, September 29, 2017

UN AÑO DE PRUEBA EN OCAÑA (IV), por Ángel Gutiérrez Sanz

El autor con familiares en su toma de hábito (4 agosto 1955)
Pasados estos felices días en La Mejorada nos esperaba el convento de Sto. Domingo de Ocaña a donde llegamos para tomar el hábito el 4 de agosto de 1955, fecha en que antes se celebraba la festividad de nuestro Sto. Patrón. El día de la Toma de Hábito fue muy emotivo y en cierta mnera significaba nuestra puesta de largo.

Cierto es que el hábito no hace al monje; pero nosotros nos veíamos de forma muy diferente, algo así como si hubiéramos sido investidos de un don sobrenatural que imprime carácter, la actitud de la gente hacia nosotros también había cambiado, nos saludaban y besaban respetuosamente el escapulario, notábamos que nos trataban como a personas dignas de toda consideración, lo cual era un argumento más que nos confirmaba en la idea de que habíamos dejado de ser niños.

Luego vendrían otros episodios más que apuntaban en esta misma dirección, al menos dos de ellos me gustaría reseñar. El primero es   el hecho de compartir mesa y mantel con padres de tanta gravedad que antes sólo podíamos acercarnos a ellos para confesarnos.  Era increíble que pudieras estar comiendo junto a ellos y cuando nos permitíamos alguna licencia en cuestión de modestia podíamos incluso cotillear sus movimientos.

Anda mira el padre tal es frugal en las comidas; pero este otro en cambio tiene buen saque. ¿Te has dado cuenta de que todos los viernes del año tal padre se deja el postre? ¿Estará enfermo aquel otro que sólo puede tomar las legumbres en puré? No menos orgullosos nos sentíamos de concelebrar con ellos en el coro la liturgia y el rezo de las horas incluso llevando a veces la voz cantante como si de monjes hechos y derechos se tratara, aunque a veces también nos vencía el sueño y dormíamos en las meditaciones mañaneras.

Otro episodio aislado vino a llenarnos de extrañeza y también de satisfacción, fue el que tenía lugar con motivo de la festividad de los Fieles Difuntos. Según parece era costumbre inveterada, el que los novicios del Convento de Sto. Domingo visitaran el Cementerio Municipal en las horas de más concurrencia de público y la gente lo sabía.  Cuando llegó el momento allí estábamos nosotros, y las personas que se habían percatado de ello comenzaban a arremolinarse pidiéndonos que nos acercáramos a las tumbas de sus respectivos familiares a rezarles un responso. El Padre Maestro nos hizo saber que contábamos con su autorización.

Nunca nos habíamos visto en otra mayor; pero no teníamos más remedió, así que dándole un carácter de solemnidad nos dispusimos a cumplir con ésta para nosotros trascendental misión. Nos dispersamos por todo el cementerio, según iban llegando las solicitudes y cada cual por unos momentos fuimos protagonistas de las situaciones más variopintas que luego entre nosotros comentamos y que más o menos podrían ser descritas en estos términos. “Pues yo al principio me puse nervioso y apenas me salía el responso; pero como era en latín. Yo no daba abasto… A mí me confundieron con un padre…. A mí me estrecharon las manos y hubo alguien que las besó. A mí una señora estaba empeñada en pagarme el responso. Qué se yo… situaciones divertidas unas y emotivas otras.

No puedo por menos de reseñar también algo importante que nos produjo verdadero impacto, fue el vernos en una celda para nosotros solos en la que nos sentíamos extraños. Acostumbrados a vivir en constante compañía los unos con los otros las 24 horas del día nos resultaba raro que de buenas a primeras pasáramos a una situación de semianacoretas.  

Al principio no sabíamos cómo afrontar semejante situación, llegando a tener una cierta sensación de claustrofobia porque no estábamos acostumbrados a la soledad ni a permanecer encerrados tantas horas en un espacio de 20 metros cuadrados, pero nos fuimos acostumbrando y poco a poco comenzábamos a percibir sus efectos gratificantes en forma de un gran calma y sosiego para el espíritu.

El hecho de poder disponer de unos espacios y tiempos reservados sólo para ti permitían preservar la personal intimidad y te iban adiestrando en el proceso de interiorización abriéndote la puerta a otros mundos hasta ahora desconocíamos. 

Progresivamente se fue produciendo el encuentro con nosotros mismos que nos permitía ver el rostro oculto que nos identifica y nos define nos permitía también sentir con más inmediatez la presencia de Dios. En estas horas de soledad y silencio tuvimos la ocasión de poner en orden un torbellino de ideas y sentimientos dispares tratando de encontrar un equilibrio en el que sustentar una maduración espiritual y humana. “Conócete a ti mismo” recomendaba Sócrates para poder llegar a la meta.  A ello contribuyeron largas horas en la celda de meditación y lectura reposada que tanto nos ayudaron a crecer         


El año de noviciado en Ocaña yo le caracterizaría como un prolongado retiro espiritual en el que se produjo un sorprendente descubrimiento de nosotros mismos y sobre todo un encuentro más personal e íntimo con Dios. Un año de intensa vida espiritual en que nos empapamos de lo divino y del espíritu de la orden siempre con la ayuda inestimable de nuestro maestro P. Rodrigo y de su ayudante P. Garrido.      

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LOS AÑOS PASADOS CON MIS COMPAÑEROS DOMINICOS







Friday, September 15, 2017

MI PRIMER DÍA EN EL COLEGIO DE LA MEJORADA (VI), por Faustino Martínez

Vista aérea del Colegio de La Mejorada (Olmedo)
Llegó la hora de la primera comida comunitaria. Todo era nuevo. Mesas alargadas en lo que llamaban “refectorio”, una gran sala fría y oscura. Un fraile nos asignó un lugar en torno a las largas mesas en las que estaban unos pequeños vasos de aluminio para cada comensal al lado de un pequeño plato con una pequeña porción de melón y un trozo duro de pan castellano. Recuerdo todavía vivamente el fuerte olor que provenía de la cocina y que se mezclaba con el olor de los trescientos trozos de melón que había como postre. 

En cada una de aquellas alargadas mesas podían acomodarse para comer unos veinte críos. Nos indicó que deberíamos guardar silencio durante las comidas. ¡Silencio absoluto! Inició una oración y nos sentamos en silencio. Aquello era algo nuevo para mí. No entendía por qué había que comer en silencio sin hablar con los que tenía al lado o en frente de mí. La comida la servían un grupo de alumnos mayores. Mientras intentábamos comer, un alumno del curso superior leía en voz alta para todos desde una cabina situada en el centro del comedor y por megafonía un libro. Recuerdo su título: “Embajadores en el Infierno”. Los alumnos mayores nos sirvieron como primer plato garbanzos con arroz. Estaban duros. Se veía que el cocinero no podía dedicarles en su cocción el mimo y esmero que ponía mi madre. Éramos unos trescientos chavales. No comí nada. No me entraba, a pesar de las palabras de ánimo del Padre dominico que vigilaba el comedor.

Cuatro puestos más a mi derecha, sentado había un chico vasco que se llamaba Sebastián Garciarena. Lloraba inconsolable. El fraile le preguntaba qué le pasaba y él solo respondía llorando. De vez en cuando articulaba alguna palabra incomprensible para los que estábamos presenciando la escena. Durante la comida logró acaparar la atención de todo el comedor. En un momento dado el fraile que hacía el servicio de guardia durante la comida se ausentó en búsqueda de otro fraile dominico. Era el Padre Román, un hombre amable, sereno, corpulento y de edad avanzada que cariñosamente se aproximó al lloroso Sebastián Garciarena. Les vimos hablar en vasco y al parecer era que al desconsolado Garciarena le faltaba la cuchara y no podía expresarse en castellano, idioma que desconocía totalmente. A lo largo de aquel curso lo aprendería con nosotros.

De segundo plato nos dieron una chuleta. Estaba muy dura y llena de nervio. Ni intenté masticarla. Me acordaba de la deliciosa carne que mi madre me había preparado tantas veces y que yo había desperdiciado. Pero la falta de apetito no era por la calidad de la comida que se nos ofrecía y su deficiente preparación culinaria, sino por el estado de ánimo que me embargaba y en el que estaba atrapado.

De postre ya teníamos servida la pequeña porción de melón. Nunca en mi vida había probado un melón ni conocía su sabor. Sacando fuerza desde mi tristeza intenté morder un poco de aquel trozo de melón. El fuerte olor de aquel trozo de fruta lo asocié con el dulzor húmedo de su sabor y con mi estado de ánimo. Desde entonces tardaría años en que degustase melón porque su sabor y olor siempre iban asociados a aquellas horas amargas de la morriña de mi primer día de colegio en La Mejorada.

Después de comer salimos a la galería donde los colegiales jugaríamos recogidos en los días de lluvia. No pudimos hablar hasta que el fraile no rompía filas diciendo: ¡Ave María Purísima! y teníamos que responder todos: ¡Sin pecado concebida! Así se hizo y yo fui en búsqueda de mi amigo Andresín y del Yondrín que estaban deseosos de saludarme y darme la bienvenida. Me acogieron y me sentí un poco mejor, aunque me notaron que tenía lo que ellos llamaban “murria”. Me lo desdramatizaron indicándome que era general los primeros días y que luego se me pasaría. No me preguntaron por nada de Llastres. Yo no tenía muchas ganas de hablar y ellos aprovecharon a presentarme a sus amigos del curso mayor que eran asturianos. Allí me presentaron a Telesforo García que era un chaval fuerte y alegre, de Teverga, también me presentaron a Joaquín que era de Campomanes al igual que a Alberto García, a Alfredo Lana y a Jaime Álvarez. Todos ellos me acogieron con cariño y simpatía. Ángel Llera, (“El Yondrín”) rápidamente les hizo saber que yo jugaba muy bien al futbol. Dado mi estado de ánimo poco les pude aportar en aquellos primeros momentos, por lo que ellos rápidamente se perdieron con sus amigos en medio de los trescientos chicos que llenábamos la galería.

Pude constatar, según pasarían los días, que mi amigo Andrés Cuevas tenía su pandilla con los nuevos amigos que había hecho durante el año anterior y que eran todos de su propio curso, por lo que se relacionaba preferentemente con ellos. Aunque le tenía siempre asequible para cualquier asunto, sin embargo, al ser de un curso mayor, sus amistades y relaciones se ceñían a los compañeros de su curso. Lo mismo sucedía con Ángel llera (“el Yondrín”).

Algo nuevo nos afectaría en las relaciones normales entre los amigos que iríamos haciendo en nuestra convivencia diaria, que luego explicaré. Nos advertirían de tener cuidado con las “amistades particulares” que eran peligrosas. No lo entendí en un primer momento. Luego me lo explicaron. Nos recomendaban que nos relacionáramos preferentemente con los chicos de nuestro curso, cada curso con los suyos. Por mucho que yo les buscara no estaba bien visto nos mezclásemos con los alumnos del curso superior Esta norma nos afectaría a los amigos durante aquel curso de nuestra estancia en el colegio y en los años sucesivos.

Adosados a la galería de recreo había unos ocho wáteres individuales con sus correspondientes puertas, pero abiertos por la parte superior para su ventilación, por lo que se podía comunicar y oír todo cuanto se hablase dentro de ellos. Olían mal por su deficiente limpieza y siempre había algún chico dentro de ellos. No había papel higiénico lo que implicaba un evidente problema de higiene. Pude constatar, según pasaban los días, que la mayoría de los chicos de las zonas rurales de Castilla nunca habían visto un wáter, pues nos decían que en su pueblo todos iban a hacer las necesidades a las cuadras de los animales. Para ellos aquellos retretes eran todo un lujo desconocido en los que, al no existir papel higiénico, aparecían restregadas en sus paredes y puertas frecuentes “pinturas rupestres”. Aquello me deprimía un poco, pero mucho más el hedor que se mezclaba con el olor de la cocina del comedor cuya puerta de entrada estaba a unos diez metros.

Vista del Palomar y parte de la fachada oeste de La Mejorada
 (Fotografía del autor)
Después de comer, el fraile que hacía la vigilancia tocó un silbato cuyo sonido nos obligaba a guardar inmediatamente silencio absoluto. Nos subió a un largo salón lleno de pupitres individuales y allí nos esperaba el Padre Rector. Este padre dominico, que se llamaba Andrés Villarroel, nos fue asignando un pupitre para cada uno de los nuevos colegiales. El pupitre que me asignaron era individual y estaba adosado a la pared al lado de una ventana desde la que divisaba el jardín interior del Colegio, nuestros dormitorios y algunas “celdas” (habitaciones) de nuestros profesores.

Con la ayuda de los chicos mayores nos dieron a cada uno el “Manual del Colegial” que era un libro del Padre Casado, un dominico que estaba ya ciego por cataratas, deficiencia que en aquellos tiempos no se operaba. Nos asignaron el orden que deberíamos guardar en las filas por cursos y nos dijeron que teníamos que ir por todo el Colegio en silencio absoluto y siempre con los brazos cruzados. Nos distribuyeron en secciones para las correspondientes clases que comenzarían el día 1 de Octubre. A mí, que era el 45-B, me tocó ser de la Sección B de aquel curso integrado por 150 chicos.

Luego nos bajaron en filas, unos detrás de otros con los brazos cruzados y en silencio. Nos introdujeron en la pequeña capilla del Colegio, lugar donde oiríamos cientos de misas y rezaríamos cientos de Rosarios. Me impresionó el silencio total que se nos imponía durante todo el día, excepto las horas de recreo, después de comer y por la tarde.

Allí en la capilla me asignaron en orden correlativo con el de las filas en el centro de un pequeño banco con reclinatorio hacia el centro de la misma al lado derecho de las grandes hileras de bancos. En un momento dado comenzaron a rezar el primer Rosario de los cientos que allí desgranaríamos. Todos los frailes del Colegio entraron y se arrodillaron en la parte de atrás de la Capilla.

Las novedades que iba experimentando en aquella primera jornada eran radicales y empapadas de morriña. Yo observaba y me dejaba llevar tomando buena nota y siguiendo el consejo de mis padres de ser obediente y observar. Y me propuse serlo por la cuenta que me tenía.

Terminado el Rosario nos dejaron tiempo libre para salir hasta la “cañada”. En aquel primer encuentro con el entorno del colegio me fui fijando más detenidamente en los edificios. El Colegio formaba un perfecto cuadrado en el que cada uno de sus lados estaba destinado a diversas funciones. En la parte norte, la más elevada, estaban los dormitorios de los colegiales. Nuestro curso, en el dormitorio más alto. El curso de Andresín y el Yondrín estaban en el dormitorio inferior. Debajo de estos dormitorios estaban algunas de las “celdas” (así las llamaban a las habitaciones) de nuestros profesores y debajo de estas, en la planta baja, había almacenes con alimentos. En la parte sur estaba el salón de estudios con trescientos pupitres individuales y debajo el comedor y la cocina, junto con el refectorio aparte de los frailes. En la parte este se desplegaba la galería para nuestros juegos en caso de lluvia. Y en la parte oeste estaban las “celdas” de algunos padres dominicos, la celda del Arzobispo de Foochow (China) Monseñor Teodoro Labrador, que había sido expulsado por el régimen de Mao Tse Tung. Debajo de estas habitaciones estaba en su planta baja la pequeña capilla.

También descubrí un gran palomar que albergaba cientos de palomas, que al parecer, por lo que nos contarían, había sido construido en el siglo XVIII. Junto a la salida había un edificio al que llamaban “La Hospedería” que albergaba a los visitantes con unas cinco habitaciones, en una de las cuales había instrumentos de cuerda, bandurrias, laúdes y guitarras. Allí dentro, observé desde la ventana a unos chicos del curso superior tocando la bandurria. Había un chico de Ávila que era un virtuoso tocando y que luego me enteré de que le llamaban Giménez. Pasado el tiempo seríamos muy amigos. Me gustó verles tocar, pero no tenía ilusión por nada en aquellos momentos.

La llanura que se desplegaba fuera de la cerca del Colegio era lo que llamaban “La Cañada”, antiquísimo lugar de paso del ganado ovino de la trashumancia. Allí vi unas porterías de futbol, pero sin red y más allá unos postes de los que colgaba de una cuerda un balón desinflado de cuero, juego al que designaban “péndulo”. Los campos de futbol, aunque llanos, eran pedregosos y sin ninguna brizna de hierba verde. Un poco más allá de la cañada y de los campos de futbol se desplegaban unos viñedos llenos de cepas que yo nunca había visto en Asturias. En mi ignorancia no sabía lo determinante que era el clima extremado castellano que condicionaba la agricultura y el tipo de plantas adaptadas a dicho clima.

Según iba llegando la noche, la tristeza arreció en mi estado de ánimo. Me imaginé a mi padre montado en el tren camino de vuelta hacia Asturias. Me acordaba de mi madre, de mi hermanina y de mi hermano que estarían recogidos en el calor del hogar que había dejado tan lejos.  A mi lado había chicos que lloraban arrimados a la pared de la galería. El padre dominico que nos vigilaba en los recreos se arrimaba a ellos intentando darles ánimo. En medio de aquel tropel de trescientos críos tragué mi soledad.

En un momento dado se dio un toque de silbato que anunciaba la entrada en filas al comedor para cenar, en riguroso silencio. De nuevo la oración y el chico del curso mayor leyendo por la megafonía. Puedo decir que no cené nada. No me entraba. Era una sopa fría, que le llamaban gazpacho, hecha con gruesos trozos de pan, que comentaban eran los residuos sobrantes de pan recogidos de las comidas anteriores. Intenté probarlo y me pareció de un sabor muy agrio. Nunca había comido gazpacho en mi vida. De segundo plato nos sirvieron pescado. Yo que era de la mar y conocía muchos peces no supe qué pescado era aquel. Ni lo probé. El pan estaba muy duro. Tampoco me entraba. De postre nos pusieron un pequeño racimo de uvas. Probé alguna pero no fui capaz a terminar el pequeño racimo.

La Cañada donde saldríamos a jugar al fútbol (Fotografía del autor9
Salimos de cenar y nuevamente nos dejaron de recreo en la galería. Según se adentraba la noche, mi estado de ánimo se oscurecía más y más acordándome de los de mi casa. Aquel iba a ser mi nuevo hogar, pero no había el calor ni la presencia de los seres queridos que en esa edad de la adolescencia son tan necesarios. A pesar del esmero y del cariño que los frailes dominicos nos querían demostrar con sus palabras me sentí huérfano teniendo físicamente muy lejos a unos padres que me querían.

Un nuevo toque de silbato me sacudió y me anunció que nos íbamos a retirar. Ya tenía ganas de ir para mi nueva cama y echarme a llorar libremente. Nos pusimos en filas, brazos cruzados en dirección a la capilla por el interior del jardín. En la capilla, situado cada uno en el banco que le habían asignado, se iniciaron unos rezos que cada día, al anochecer, rezaríamos antes de ir para la cama. Al terminar los rezos íbamos saliendo en filas correlativas y paralelas besando el escapulario blanco del hábito del Padre Rector. Ascendíamos hasta los dormitorios correspondientes a cada curso por unas elegantes escaleras de madera. En uno de los descansillos había un cuadro con nombres de alumnos. Lo llamaban el “Cuadro de Honor” en el que se hacían públicos los nombres de los alumnos más aventajados en las calificaciones de las diversas asignaturas.

El ruido de los seiscientos pies de todos los chicos que subíamos por las escaleras de madera era atronador en medio del absoluto silencio. Llegados al dormitorio cada cual comenzaba a encontrarse con su pequeño recinto personal de intimidad, que era su maleta. El silencio absoluto continuaba. Yo me situé junto a mi pequeña cama y extraje debajo de la misma mi maleta. El recuerdo de mi madre se hizo muy presente. Allí tenía perfectamente ordenado y planchado todo cuanto ella y como ella lo había ordenado. Aquel orden era casi sagrado para mi. Me parecía que me encontraba con ella mirando aquella maleta. Cada rincón de la misma me parecía un rincón de intimidad personal, de un “pequeño hogar” donde yo me encontraba con los míos. Allí, dentro de la maleta, se me hacía presente mi madre… pero la realidad es que la tenía muy lejos en Asturias. Todos sacamos de la misma un par de sábanas y las mantas.

Hice la cama tal como mi madre me había enseñado y me quedó muy bien hecha. Extraje el pijama y lo iba a estrenar por primera vez. Nunca había puesto un pijama, pues en mi casa me acostaba con mi camiseta y calzoncillo. Lo de poner pijamas, al parecer, según las costumbres de Llastres era cosa de los ricos. Pronto me vi revestido con aquel pijama a rayas que mi madre había reforzado en sus botones. En unos minutos todos los chicos estábamos vestidos con pijamas de todos los colores inimaginables. El mío tenía rayas azules y blancas, como la camiseta del Club Deportivo Español. Cogí mi cepillo y pasta de dientes y me dirigí a limpiármelos en los lavabos comunes. Tuve que hacer cola. Luego aproveché para ir a los wáteres que estaban situados fuera del dormitorio y que tenía que recorrer un pasillo solitario de unos veinte metros para llegar hasta ellos. Esta costumbre de ir al servicio por la noche la mantendría durante aquel curso. Aquellos wáteres me parecían más limpios e higiénicos que los de la galería.

Al volver cruzando el largo pasillo aparecía la oscuridad de la noche a través de cinco ventanas. Me dio un impulso de nostalgia y me paré frente a una de aquellas ventanas con mis narices pegadas al cristal. Aquellas ventanas daban al norte. Desde allí quise transportarme hasta cientos de kilómetros al norte, hasta Asturias, hasta mi casa de Llastres. Volví a echar en falta a los míos mientras mi mirada se perdía en la oscuridad de la noche. Descubrí un resplandor lejano. Era la luz de la ciudad de Valladolid que distaba unos cuarenta kilómetros de La Mejorada. Resignado, me volví hasta mi cama que estaba en el otro extremo del dormitorio. Los demás críos ya estaban acostados en su mayoría. Algunos lloraban. Otros todavía estaban frente a los lavabos. Esta rutina la seguiría desde entonces cada noche.

Llegué a mi cama y a duras penas entrando de lado me aproximé a mi cabecera. Entre cama y cama tan solo había cuarta y media de separación. Miré por la ventana antes de meterme en la cama y a lo lejos vi, a cuatro kilómetros de distancia, las luces de la población de Olmedo que tintineaban en la lejanía. Entre nosotros y Olmedo no había ninguna otra casa. La Mejorada estaba en un desierto. Cada noche mi mirada contemplaría con sana envidia aquellas luces de Olmedo vislumbrando que detrás de cada una de ellas había un hogar, unos padres y unos niños que hablaban, jugaban e irían para la cama con un beso. Yo tenía la costumbre de ir a darles un beso a mis padres antes de ir para el sergón de mi cama de Llastres. Ahora no tenía aquel beso ni a quien dárselo. Me metí en la cama. Me tapé totalmente y aspiré el olor a limpio y alcanfor que impregnaba la funda de la almohada y las sábanas. Y en aquel olor y limpieza volví a sentir la presencia cálida de mi madre.

Me acurruqué totalmente tapado y comencé a llorar libremente. En medio de mi llanto oí el quejido lastimero del silbato de una locomotora de un tren que pasaba por el Puente de Hierro a dos kilómetros de distancia. Desde entonces cada noche a la misma hora este sonido del tren pasando sobre los raíles del Puente de Hierro con su correspondiente silbido me acompañó y me acunó. Me imaginaba gente viajando en aquel tren nocturno hacia sus casas, hacia los seres queridos que los estarían esperando. Después del silbido de aquel tren me quedé dormido.

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