Friday, September 15, 2017

MI PRIMER DÍA EN EL COLEGIO DE LA MEJORADA (VI), por Faustino Martínez

Vista aérea del Colegio de La Mejorada (Olmedo)
Llegó la hora de la primera comida comunitaria. Todo era nuevo. Mesas alargadas en lo que llamaban “refectorio”, una gran sala fría y oscura. Un fraile nos asignó un lugar en torno a las largas mesas en las que estaban unos pequeños vasos de aluminio para cada comensal al lado de un pequeño plato con una pequeña porción de melón y un trozo duro de pan castellano. Recuerdo todavía vivamente el fuerte olor que provenía de la cocina y que se mezclaba con el olor de los trescientos trozos de melón que había como postre. 

En cada una de aquellas alargadas mesas podían acomodarse para comer unos veinte críos. Nos indicó que deberíamos guardar silencio durante las comidas. ¡Silencio absoluto! Inició una oración y nos sentamos en silencio. Aquello era algo nuevo para mí. No entendía por qué había que comer en silencio sin hablar con los que tenía al lado o en frente de mí. La comida la servían un grupo de alumnos mayores. Mientras intentábamos comer, un alumno del curso superior leía en voz alta para todos desde una cabina situada en el centro del comedor y por megafonía un libro. Recuerdo su título: “Embajadores en el Infierno”. Los alumnos mayores nos sirvieron como primer plato garbanzos con arroz. Estaban duros. Se veía que el cocinero no podía dedicarles en su cocción el mimo y esmero que ponía mi madre. Éramos unos trescientos chavales. No comí nada. No me entraba, a pesar de las palabras de ánimo del Padre dominico que vigilaba el comedor.

Cuatro puestos más a mi derecha, sentado había un chico vasco que se llamaba Sebastián Garciarena. Lloraba inconsolable. El fraile le preguntaba qué le pasaba y él solo respondía llorando. De vez en cuando articulaba alguna palabra incomprensible para los que estábamos presenciando la escena. Durante la comida logró acaparar la atención de todo el comedor. En un momento dado el fraile que hacía el servicio de guardia durante la comida se ausentó en búsqueda de otro fraile dominico. Era el Padre Román, un hombre amable, sereno, corpulento y de edad avanzada que cariñosamente se aproximó al lloroso Sebastián Garciarena. Les vimos hablar en vasco y al parecer era que al desconsolado Garciarena le faltaba la cuchara y no podía expresarse en castellano, idioma que desconocía totalmente. A lo largo de aquel curso lo aprendería con nosotros.

De segundo plato nos dieron una chuleta. Estaba muy dura y llena de nervio. Ni intenté masticarla. Me acordaba de la deliciosa carne que mi madre me había preparado tantas veces y que yo había desperdiciado. Pero la falta de apetito no era por la calidad de la comida que se nos ofrecía y su deficiente preparación culinaria, sino por el estado de ánimo que me embargaba y en el que estaba atrapado.

De postre ya teníamos servida la pequeña porción de melón. Nunca en mi vida había probado un melón ni conocía su sabor. Sacando fuerza desde mi tristeza intenté morder un poco de aquel trozo de melón. El fuerte olor de aquel trozo de fruta lo asocié con el dulzor húmedo de su sabor y con mi estado de ánimo. Desde entonces tardaría años en que degustase melón porque su sabor y olor siempre iban asociados a aquellas horas amargas de la morriña de mi primer día de colegio en La Mejorada.

Después de comer salimos a la galería donde los colegiales jugaríamos recogidos en los días de lluvia. No pudimos hablar hasta que el fraile no rompía filas diciendo: ¡Ave María Purísima! y teníamos que responder todos: ¡Sin pecado concebida! Así se hizo y yo fui en búsqueda de mi amigo Andresín y del Yondrín que estaban deseosos de saludarme y darme la bienvenida. Me acogieron y me sentí un poco mejor, aunque me notaron que tenía lo que ellos llamaban “murria”. Me lo desdramatizaron indicándome que era general los primeros días y que luego se me pasaría. No me preguntaron por nada de Llastres. Yo no tenía muchas ganas de hablar y ellos aprovecharon a presentarme a sus amigos del curso mayor que eran asturianos. Allí me presentaron a Telesforo García que era un chaval fuerte y alegre, de Teverga, también me presentaron a Joaquín que era de Campomanes al igual que a Alberto García, a Alfredo Lana y a Jaime Álvarez. Todos ellos me acogieron con cariño y simpatía. Ángel Llera, (“El Yondrín”) rápidamente les hizo saber que yo jugaba muy bien al futbol. Dado mi estado de ánimo poco les pude aportar en aquellos primeros momentos, por lo que ellos rápidamente se perdieron con sus amigos en medio de los trescientos chicos que llenábamos la galería.

Pude constatar, según pasarían los días, que mi amigo Andrés Cuevas tenía su pandilla con los nuevos amigos que había hecho durante el año anterior y que eran todos de su propio curso, por lo que se relacionaba preferentemente con ellos. Aunque le tenía siempre asequible para cualquier asunto, sin embargo, al ser de un curso mayor, sus amistades y relaciones se ceñían a los compañeros de su curso. Lo mismo sucedía con Ángel llera (“el Yondrín”).

Algo nuevo nos afectaría en las relaciones normales entre los amigos que iríamos haciendo en nuestra convivencia diaria, que luego explicaré. Nos advertirían de tener cuidado con las “amistades particulares” que eran peligrosas. No lo entendí en un primer momento. Luego me lo explicaron. Nos recomendaban que nos relacionáramos preferentemente con los chicos de nuestro curso, cada curso con los suyos. Por mucho que yo les buscara no estaba bien visto nos mezclásemos con los alumnos del curso superior Esta norma nos afectaría a los amigos durante aquel curso de nuestra estancia en el colegio y en los años sucesivos.

Adosados a la galería de recreo había unos ocho wáteres individuales con sus correspondientes puertas, pero abiertos por la parte superior para su ventilación, por lo que se podía comunicar y oír todo cuanto se hablase dentro de ellos. Olían mal por su deficiente limpieza y siempre había algún chico dentro de ellos. No había papel higiénico lo que implicaba un evidente problema de higiene. Pude constatar, según pasaban los días, que la mayoría de los chicos de las zonas rurales de Castilla nunca habían visto un wáter, pues nos decían que en su pueblo todos iban a hacer las necesidades a las cuadras de los animales. Para ellos aquellos retretes eran todo un lujo desconocido en los que, al no existir papel higiénico, aparecían restregadas en sus paredes y puertas frecuentes “pinturas rupestres”. Aquello me deprimía un poco, pero mucho más el hedor que se mezclaba con el olor de la cocina del comedor cuya puerta de entrada estaba a unos diez metros.

Vista del Palomar y parte de la fachada oeste de La Mejorada
 (Fotografía del autor)
Después de comer, el fraile que hacía la vigilancia tocó un silbato cuyo sonido nos obligaba a guardar inmediatamente silencio absoluto. Nos subió a un largo salón lleno de pupitres individuales y allí nos esperaba el Padre Rector. Este padre dominico, que se llamaba Andrés Villarroel, nos fue asignando un pupitre para cada uno de los nuevos colegiales. El pupitre que me asignaron era individual y estaba adosado a la pared al lado de una ventana desde la que divisaba el jardín interior del Colegio, nuestros dormitorios y algunas “celdas” (habitaciones) de nuestros profesores.

Con la ayuda de los chicos mayores nos dieron a cada uno el “Manual del Colegial” que era un libro del Padre Casado, un dominico que estaba ya ciego por cataratas, deficiencia que en aquellos tiempos no se operaba. Nos asignaron el orden que deberíamos guardar en las filas por cursos y nos dijeron que teníamos que ir por todo el Colegio en silencio absoluto y siempre con los brazos cruzados. Nos distribuyeron en secciones para las correspondientes clases que comenzarían el día 1 de Octubre. A mí, que era el 45-B, me tocó ser de la Sección B de aquel curso integrado por 150 chicos.

Luego nos bajaron en filas, unos detrás de otros con los brazos cruzados y en silencio. Nos introdujeron en la pequeña capilla del Colegio, lugar donde oiríamos cientos de misas y rezaríamos cientos de Rosarios. Me impresionó el silencio total que se nos imponía durante todo el día, excepto las horas de recreo, después de comer y por la tarde.

Allí en la capilla me asignaron en orden correlativo con el de las filas en el centro de un pequeño banco con reclinatorio hacia el centro de la misma al lado derecho de las grandes hileras de bancos. En un momento dado comenzaron a rezar el primer Rosario de los cientos que allí desgranaríamos. Todos los frailes del Colegio entraron y se arrodillaron en la parte de atrás de la Capilla.

Las novedades que iba experimentando en aquella primera jornada eran radicales y empapadas de morriña. Yo observaba y me dejaba llevar tomando buena nota y siguiendo el consejo de mis padres de ser obediente y observar. Y me propuse serlo por la cuenta que me tenía.

Terminado el Rosario nos dejaron tiempo libre para salir hasta la “cañada”. En aquel primer encuentro con el entorno del colegio me fui fijando más detenidamente en los edificios. El Colegio formaba un perfecto cuadrado en el que cada uno de sus lados estaba destinado a diversas funciones. En la parte norte, la más elevada, estaban los dormitorios de los colegiales. Nuestro curso, en el dormitorio más alto. El curso de Andresín y el Yondrín estaban en el dormitorio inferior. Debajo de estos dormitorios estaban algunas de las “celdas” (así las llamaban a las habitaciones) de nuestros profesores y debajo de estas, en la planta baja, había almacenes con alimentos. En la parte sur estaba el salón de estudios con trescientos pupitres individuales y debajo el comedor y la cocina, junto con el refectorio aparte de los frailes. En la parte este se desplegaba la galería para nuestros juegos en caso de lluvia. Y en la parte oeste estaban las “celdas” de algunos padres dominicos, la celda del Arzobispo de Foochow (China) Monseñor Teodoro Labrador, que había sido expulsado por el régimen de Mao Tse Tung. Debajo de estas habitaciones estaba en su planta baja la pequeña capilla.

También descubrí un gran palomar que albergaba cientos de palomas, que al parecer, por lo que nos contarían, había sido construido en el siglo XVIII. Junto a la salida había un edificio al que llamaban “La Hospedería” que albergaba a los visitantes con unas cinco habitaciones, en una de las cuales había instrumentos de cuerda, bandurrias, laúdes y guitarras. Allí dentro, observé desde la ventana a unos chicos del curso superior tocando la bandurria. Había un chico de Ávila que era un virtuoso tocando y que luego me enteré de que le llamaban Giménez. Pasado el tiempo seríamos muy amigos. Me gustó verles tocar, pero no tenía ilusión por nada en aquellos momentos.

La llanura que se desplegaba fuera de la cerca del Colegio era lo que llamaban “La Cañada”, antiquísimo lugar de paso del ganado ovino de la trashumancia. Allí vi unas porterías de futbol, pero sin red y más allá unos postes de los que colgaba de una cuerda un balón desinflado de cuero, juego al que designaban “péndulo”. Los campos de futbol, aunque llanos, eran pedregosos y sin ninguna brizna de hierba verde. Un poco más allá de la cañada y de los campos de futbol se desplegaban unos viñedos llenos de cepas que yo nunca había visto en Asturias. En mi ignorancia no sabía lo determinante que era el clima extremado castellano que condicionaba la agricultura y el tipo de plantas adaptadas a dicho clima.

Según iba llegando la noche, la tristeza arreció en mi estado de ánimo. Me imaginé a mi padre montado en el tren camino de vuelta hacia Asturias. Me acordaba de mi madre, de mi hermanina y de mi hermano que estarían recogidos en el calor del hogar que había dejado tan lejos.  A mi lado había chicos que lloraban arrimados a la pared de la galería. El padre dominico que nos vigilaba en los recreos se arrimaba a ellos intentando darles ánimo. En medio de aquel tropel de trescientos críos tragué mi soledad.

En un momento dado se dio un toque de silbato que anunciaba la entrada en filas al comedor para cenar, en riguroso silencio. De nuevo la oración y el chico del curso mayor leyendo por la megafonía. Puedo decir que no cené nada. No me entraba. Era una sopa fría, que le llamaban gazpacho, hecha con gruesos trozos de pan, que comentaban eran los residuos sobrantes de pan recogidos de las comidas anteriores. Intenté probarlo y me pareció de un sabor muy agrio. Nunca había comido gazpacho en mi vida. De segundo plato nos sirvieron pescado. Yo que era de la mar y conocía muchos peces no supe qué pescado era aquel. Ni lo probé. El pan estaba muy duro. Tampoco me entraba. De postre nos pusieron un pequeño racimo de uvas. Probé alguna pero no fui capaz a terminar el pequeño racimo.

La Cañada donde saldríamos a jugar al fútbol (Fotografía del autor9
Salimos de cenar y nuevamente nos dejaron de recreo en la galería. Según se adentraba la noche, mi estado de ánimo se oscurecía más y más acordándome de los de mi casa. Aquel iba a ser mi nuevo hogar, pero no había el calor ni la presencia de los seres queridos que en esa edad de la adolescencia son tan necesarios. A pesar del esmero y del cariño que los frailes dominicos nos querían demostrar con sus palabras me sentí huérfano teniendo físicamente muy lejos a unos padres que me querían.

Un nuevo toque de silbato me sacudió y me anunció que nos íbamos a retirar. Ya tenía ganas de ir para mi nueva cama y echarme a llorar libremente. Nos pusimos en filas, brazos cruzados en dirección a la capilla por el interior del jardín. En la capilla, situado cada uno en el banco que le habían asignado, se iniciaron unos rezos que cada día, al anochecer, rezaríamos antes de ir para la cama. Al terminar los rezos íbamos saliendo en filas correlativas y paralelas besando el escapulario blanco del hábito del Padre Rector. Ascendíamos hasta los dormitorios correspondientes a cada curso por unas elegantes escaleras de madera. En uno de los descansillos había un cuadro con nombres de alumnos. Lo llamaban el “Cuadro de Honor” en el que se hacían públicos los nombres de los alumnos más aventajados en las calificaciones de las diversas asignaturas.

El ruido de los seiscientos pies de todos los chicos que subíamos por las escaleras de madera era atronador en medio del absoluto silencio. Llegados al dormitorio cada cual comenzaba a encontrarse con su pequeño recinto personal de intimidad, que era su maleta. El silencio absoluto continuaba. Yo me situé junto a mi pequeña cama y extraje debajo de la misma mi maleta. El recuerdo de mi madre se hizo muy presente. Allí tenía perfectamente ordenado y planchado todo cuanto ella y como ella lo había ordenado. Aquel orden era casi sagrado para mi. Me parecía que me encontraba con ella mirando aquella maleta. Cada rincón de la misma me parecía un rincón de intimidad personal, de un “pequeño hogar” donde yo me encontraba con los míos. Allí, dentro de la maleta, se me hacía presente mi madre… pero la realidad es que la tenía muy lejos en Asturias. Todos sacamos de la misma un par de sábanas y las mantas.

Hice la cama tal como mi madre me había enseñado y me quedó muy bien hecha. Extraje el pijama y lo iba a estrenar por primera vez. Nunca había puesto un pijama, pues en mi casa me acostaba con mi camiseta y calzoncillo. Lo de poner pijamas, al parecer, según las costumbres de Llastres era cosa de los ricos. Pronto me vi revestido con aquel pijama a rayas que mi madre había reforzado en sus botones. En unos minutos todos los chicos estábamos vestidos con pijamas de todos los colores inimaginables. El mío tenía rayas azules y blancas, como la camiseta del Club Deportivo Español. Cogí mi cepillo y pasta de dientes y me dirigí a limpiármelos en los lavabos comunes. Tuve que hacer cola. Luego aproveché para ir a los wáteres que estaban situados fuera del dormitorio y que tenía que recorrer un pasillo solitario de unos veinte metros para llegar hasta ellos. Esta costumbre de ir al servicio por la noche la mantendría durante aquel curso. Aquellos wáteres me parecían más limpios e higiénicos que los de la galería.

Al volver cruzando el largo pasillo aparecía la oscuridad de la noche a través de cinco ventanas. Me dio un impulso de nostalgia y me paré frente a una de aquellas ventanas con mis narices pegadas al cristal. Aquellas ventanas daban al norte. Desde allí quise transportarme hasta cientos de kilómetros al norte, hasta Asturias, hasta mi casa de Llastres. Volví a echar en falta a los míos mientras mi mirada se perdía en la oscuridad de la noche. Descubrí un resplandor lejano. Era la luz de la ciudad de Valladolid que distaba unos cuarenta kilómetros de La Mejorada. Resignado, me volví hasta mi cama que estaba en el otro extremo del dormitorio. Los demás críos ya estaban acostados en su mayoría. Algunos lloraban. Otros todavía estaban frente a los lavabos. Esta rutina la seguiría desde entonces cada noche.

Llegué a mi cama y a duras penas entrando de lado me aproximé a mi cabecera. Entre cama y cama tan solo había cuarta y media de separación. Miré por la ventana antes de meterme en la cama y a lo lejos vi, a cuatro kilómetros de distancia, las luces de la población de Olmedo que tintineaban en la lejanía. Entre nosotros y Olmedo no había ninguna otra casa. La Mejorada estaba en un desierto. Cada noche mi mirada contemplaría con sana envidia aquellas luces de Olmedo vislumbrando que detrás de cada una de ellas había un hogar, unos padres y unos niños que hablaban, jugaban e irían para la cama con un beso. Yo tenía la costumbre de ir a darles un beso a mis padres antes de ir para el sergón de mi cama de Llastres. Ahora no tenía aquel beso ni a quien dárselo. Me metí en la cama. Me tapé totalmente y aspiré el olor a limpio y alcanfor que impregnaba la funda de la almohada y las sábanas. Y en aquel olor y limpieza volví a sentir la presencia cálida de mi madre.

Me acurruqué totalmente tapado y comencé a llorar libremente. En medio de mi llanto oí el quejido lastimero del silbato de una locomotora de un tren que pasaba por el Puente de Hierro a dos kilómetros de distancia. Desde entonces cada noche a la misma hora este sonido del tren pasando sobre los raíles del Puente de Hierro con su correspondiente silbido me acompañó y me acunó. Me imaginaba gente viajando en aquel tren nocturno hacia sus casas, hacia los seres queridos que los estarían esperando. Después del silbido de aquel tren me quedé dormido.

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Friday, July 21, 2017

SAN PEDRO MÁRTIR: 1960-1963, por Juan José Luengo (II)

Para no perder el hilo, volvamos a la narración. Comenzamos las clases con la Lógica para aguzar nuestras destrezas mentales y prepararnos para empresas mayores en el futuro. Nuestro vocabulario filosófico se fue enriqueciendo y aprendimos lo que era el concepto, el juicio, el raciocinio, el silogismo, la analogía, el ente de razón...Aprendimos a conceder, negar o distinguir la mayor, la menor o la consecuencia… los atqui y los ergo… y mil cosas más que se borraron de nuestra mente hace ya luengos años.

Luego vendrían la Cosmología, la Ontología, la Crítica, la Psicología, la Teodicea… Cada una con su terminología peculiar: materia, forma sustancial, ente y sus propiedades, esencia, existencia, hipóstasis, subsistencia, persona, abstracción mental, idea, hábitos, pasiones, ego, libido, las cinco vías de Santo Tomás… ¡Demasiado para poder recordar todo!

Tuvimos círculos donde aprendimos a debatir con claridad, precisión y profundidad y ejercitaciones para aprender a investigar y escribir con propiedad y buen estilo.

Conservo dos de esas ejercitaciones. Una, de la clase de Psicología, se titula, “Origen y naturaleza de la forma sustancial de los vegetales”. La otra, de la clase de Cosmología, lleva por título, “Doctrina del Maestro Báñez sobre el principio de individuación en la Primera Parte de la Suma (q.3:a.2)”. Yo no fui el único. Todos los estudiantes tuvieron que escribir trabajos tan enjundiosos y relevantes como los dos citados.

Si hay algo que todos los estudiantes de aquella época recordamos es el estilo del P. Turiel y sus famosos quares. Sus legendarios exámenes escritos había que contestarlos en un octavo de página de papel, ni más, ni menos.  La respuesta a sus preguntas, sin importar el tema, no podían ocupar más espacio. Pensándolo bien, era una buena manera de aprender a decir mucho en pocas palabras por aquello de “lo bueno, si breve, dos veces bueno”.

Sin duda, podemos decir que durante los años de Filosofía (y luego de Teología) conseguimos lo que el Cardenal John Newman (beatificado recientemente por el Papa Benedicto XVI) consideraba una buena educación universitaria cuando escribió, “lo mejor de la educación no es cuestión de leer mucho y acumular gran cantidad de información; sino, más bien, aprender a cómo pensar, razonar, comparar, discernir, descubrir y contemplar la verdad.”

Como todos recordamos muy bien, no faltaron las veladas artísticas y culturales en fiestas importantes como la de Santo Tomás y durante la Navidad.  Tuvimos la oportunidad de escuchar conferencias sobre diversos temas dadas por expertos en la materia. No faltaron las excursiones a lugares de interés turístico, como diríamos hoy.  Como botón de muestra de esas excursiones, transcribo casí literalmente la información que me envió Pablo García Gañán sobre la excursión a Toledo en marzo de 1961.

El 9 de marzo tuvimos una excursión a Toledo, concedida por el nuevo Rector de la Universidad de Santo Tomás de Manila, el P. Juan Labrador (1961-1965). Salimos a las 7:45 AM en un estupendo autocar. Hicimos la primera parada en un pueblo llamado Illescas, donde hay un convento de Mercedarias y 6 cuadros de El Greco.

Al llegar a Toledo, nos dirigimos al glorioso Alcázar donde fuimos acompañados por un señor que había sido defensor en los gloriosos días de la Cruzada Nacional…Terminado esto bajamos por las estrechísimas calles a un mirador para ver un magnífico paisaje del Tajo. Acto seguido, fuimos a la catedral, que es muy grande y bella y parecida a la de Burgos. Desde allí fuimos al museo de San Vicente para ver unos magníficos tapices y cuadros de El Greco, entre ellos La Asunción, una de sus mejores obras. Después de la comida, pasamos por la famosa ermita del Cristo de la Vega, visitamos la iglesia de Santo Tomé para contemplar la obra maestro de El Greco, El Entierro del Conde de Orgaz. Luego visitamos la casa-museo de El Greco, dos sinagogas, San Juan de los Reyes, iglesia muy parecida a Santo Tomás de Ávila y, por último, el convento de las monjas dominicas.

No sé cuantos recordarán que en aquellos años estaba de moda como predicador el P. Antonio Royo Marín, escritor y profesor de teología en el convento dominico de San Esteban de Salamanca. Sus famosos sermones de cuaresma y semana santa transmitidos por Radio Nacional desde la Basílica de Atocha en Madrid eran escuchados por muchísima gente. Es difícil olvidar su oratoria de una velocidad vertiginosa, capaz de decir en diez minutos más que cualquier otro predicador en diez horas. 

Con la llegada de más estudiantes aumentó la actividad deportiva, sobre todo en fútbol y baloncesto. Revivió la rivalidad que ya había existido en Arcas Reales entre los cursos y entre las diferentes “ligas” que organizamos.

Nuestro curso siempre tuvo un buen equipo de fútbol. ¿Quién no recuerda las “estrellas”de nuestro curso? Quizá me olvide de alguno, pero éstos son los que recuerdo: José García y José María Ibáñez en la portería. Teodoro Martín, Graciano Reyero, José Antonio de Cea y Tomás Sánchez en la defensa. Centrocampistas como Antonio Sáez, Santos Fernández y Marcos Mallavibarrena. Delanteros como Jesús María Pitillas, Julián Cabestrero, Agustín Carricajo, Andrés Galán, Faustino Martínez, Amador de Bustos… Sin duda, los mejores del curso fueron siempre Santos Fernández, Marcos Mallavibarrena y, si contamos los años de Arcas Reales, Leoncio López.

El curso siguiente al nuestro también tuvo sus “estrellas” como Tomás Riádigos, Tomás Fierro, Carlos Sánchez, Agustín San Millán, Víctor Martín, Pablo García Gañán, Evaristo Galán, Arsenio Alonso, Daniel Vicente Gallardo, Vicente Pascual del Pino y Miguel Ángel San Román.

También eran buenos futbolistas Pablo Ozcoidi, Elías López y Agustín Larrañaga de la Provincia de España y Burgos y Carrasco de la Bética.

Fue precisamente en uno de tantos partidos de fútbol donde sucedió uno de los incidentes más tristes y dolorosos de toda nuestra formación. Corría el mes de octubre (1960). Un día como otro cualquiera, en un partido como tantos otros. Lázaro Fuentes chocó con un jugador del equipo contrario. Cayó al suelo golpeándose la cabeza. Quedó inconsciente del golpe. Fue llevado de emergencia a una clínica de Madrid. Allí estuvo internado en estado de coma por varias semanas. Nunca se recuperó. Falleció como resultado del accidente acabando de cumplir los 19 años. Triste, muy triste.

Unos meses más tarde, a finales de febrero de 1961, falleció a los 22 años una de mis hermanas. Era dos años mayor que yo. Poco había cambiado en el convento, porque tampoco me permitieron asistir al funeral. Mi madre lo hubiera agradecido, sobre todo teniendo en cuenta que mi hermano mayor (Jaime) se encontraba entonces en el convento de Oxford (Inglaterra).

A final del curso, como era costumbre, tuvimos los exámenes finales escritos y orales ¡en latín! Los exámenes orales eran delante de un tribunal de, al menos, tres profesores. No era fácil evitar la ansiedad y el nerviosismo.

Terminado el curso y llegado el verano, fuimos a La Mejorada a decansar. Para estar más cómodos, en vez de usar el hábito, usamos una sotana blanca. Como haríamos durante varios años más, allí nos dedicábamos a recorrer los pinares de los alrededores y a pescar (y cocinar) los cangrejos del río Adaja. No faltaron tampoco algunas escapadas a Olmedo, Calabazas e, incluso, a Pozal de Gallinas y Medina del Campo.                                       

También disfrutamos de aquellas famosas olimpiadas que organizamos para estar entretenidos.

Ya que mencioné a Pozal de Gallinas, ¿alguien recuerda al compañero Mauro Buitrago que había nacido en este pueblo y que estuvo con nosotros dos o tres años en La Mejorada y Arcas Reales?

Pasado el verano, regresamos al Convento de San Pedro Mártir para comenzar el siguiente curso de filosofía (1961-62).
                                                                                                                
La lista de clases era de nuevo larga y extensa: Ontología, Crítica del Conocimiento, Historia de la Filosofía Antigua y Medieval, Seminario, Textos Greco-latinos de Lógica, Textos Greco-latinos de Metafísica, Cuestiones de Física y Química, Cuestiones de Biología, Elocuencia, Música y Religión.

Se nos unió un curso más después de terminar su noviciado. He aquí la lista de todos ellos. Enrique Aparicio, Francisco Bermejo, Bernardino Borrajo, Fernando Cardalliaguet, Adolfo Carreto, Santiago Celorrio, Clemente de la Sierra Curiel, José Delgado, Jesús Díaz García, Teodoro Díez, Isidoro Esteban, Mariano Fernández, Antonio Fresco, Francisco Furones, Avelino Galende, Mariano García, Juan García González, Juan Gil Rodríguez, Jerónimo Gómez Berlana, Manuel González Fernández, Avelino Enrique González Riloba, Julio Gutiérrez, Feliciano Hernando Peña, Gregorio López Ruiz, Santiago Marqués Montes, Luis Martín García,  Miguel Ángel Martín Arroyo, José Manuel Martínez Cuello, Mariano Merino, Juan Vicente Olmos Romano, Hilario Pastor Tejedor, Antonino Pastrana, Emiliano Pérez Peña, Paulino Pérez Sastre, Ángel Peña, Jaime Pérez, Bernardo Redondo, Constantino Rodríguez, Manuel Rodríguez González, Adolfo Soto Madera, Valentín Velayos y Belarmino Vigara. ¿Cuántos recordamos?

A finales del mes de octubre hubo elecciones para elegir a un nuevo prior. Fue elegido el P. José Fernández Cajigal para sustituir al P. Manuel (“Manolín") González, quien, como ya indicamos antes, tuvo el honor de haber sido el primer prior del nuevo Convento de San Pedro Mártir.

No hubo nada distinto a la rutina del año anterior: coro, clases, círculos, ejercitaciones, veladas artísticas y culturales, exámenes, y otras minucias más que se esfumaron en el océano del olvido.

Terminado le curso, fuimos a La Mejorada a pasar el verano como era ya tradición.

Y fue en La Mejorada donde hicimos, el 6 de agosto (1962), la profesión solemne después del tiempo reglamentario de Ejercicios Espirituales. 

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Texto original de Juan José Luengo García "Breve Crónica de un curso 1953-1968)escrito en verano 2009. Para las otras entradas:

Capítulo 1 (La Mejorada)

Capítulo 2 (Arcas Reales)

Capítulo 3 (Ocaña)

Wednesday, June 21, 2017

VIAJE A ASIA, por Magín Borrajo ***

Iglesia Convento Santo Domingo, Manila
Junio de 1963, fin de curso en Washington. Pasé los exámenes sin dificultad y recibí una Licenciatura, o Maestría, con una calificación de Magna Cum Laude y el grado académico de Lector conferido en la orden de dominicos a sacerdotes competentes para enseñar a estudiantes dominicos.

El tema de mi disertación trató de la verdad, «The Logical Truth», la verdad lógica. Cuarenta años después, de viaje con mis hijos por Washington, tuve el gusto de encontrarla en la biblioteca de los dominicos.

Finalizado el curso de Washington debía trasladarme a Manila para comenzar las clases a finales de junio. A los pocos días recibí un telegrama de la compañía aérea TWA que me informaba de que tenía un billete pagado hasta Madrid y que me ofrecían la posibilidad de volar vía París. Como deseaba conocer París, me quedé allí dos días. Recuerdo las caminatas junto al Sena, los Campos Elíseos y la subida al restaurante de la torre Eiffel. Allí un americano, ya mayor, contemplaba la belleza de la ciudad desde el mismo restaurante y me preguntó qué hacía en París. Le respondí que estaba de paso, con destino a Manila. Me miró con cara de compasión, como si estuviera cometiendo un error y me dijo: «Si yo tuviese tu edad, no saldría de París».

Desde París, envié un telegrama al superior, como era costumbre, anunciando mi llegada a Madrid. Sorprendentemente, llegué antes que el telegrama.

Me presenté al superior vestido de seglar. No le gustó verme sin el hábito de dominico. Él estaba informado de mis planes y me permitió ir tres días a despedirme de mi familia.

Mi hermano Bernardino estaba en Madrid cumpliendo el servicio militar. Cenamos juntos y me acompañó al tren de medianoche y llegué de sorpresa a casa de mis padres. Se alegraron creyendo que pasaría el resto del verano con ellos, como el año anterior. No les expliqué mi situación para que no sufrieran con mi separación. Me resultaba muy duro decirles que no volvería a verles en mucho tiempo.

Por aquel entonces, los sacerdotes que iban a Asia regresaban a España cada diez años. Mis padres no sabían este detalle. Les expliqué que estaba preparando el viaje a Filipinas y que tenía que regresar a Madrid antes de tres días.

Desde Madrid les escribí una carta dándoles la triste noticia de que los superiores me enviaban a Malina de inmediato. Mi hermano Bernardino entendió mi situación. Me acompañó al aeropuerto y luego escribió a mis padres explicándoles lo difícil que me resultaba despedirme de ellos.

En el aeropuerto me encontré a otros tres compañeros que iban también a Manila, acompañados de otros dominicos que salían a despedirnos. El procurador me había dado diez dólares por si tenía gastos a lo largo del viaje. Me quedaban algunas pesetas y se las di a Bernardino. En el servicio militar no andaba sobrado de dinero.
          
El viaje hasta Manila duró unas 32 horas, con escalas en Roma, Cairo, Karachi y Bangkok. Compartirlo con los otros tres compañeros, lo hizo más agradable. Comentábamos novedades, cosas que iban trascurriendo durante el largo viaje y reímos mucho.

Yo iba motivado, pero al mismo tiempo apesadumbrado porque sabía que cada nuevo aterrizaje suponía cada vez una distancia mayor de mi familia.

Al llegar a Karachi, antes de permitirnos desembarcar, unos funcionarios subieron a desinfectar al avión y nos fumigaron como si estuviesen matando moscas.

El aeropuerto era antiguo, no tenía aire acondicionado y se notaba la falta de limpieza. En Karachi se apreciaban claramente los contrastes y la cultura distinta.

En Bangkok, al bajar del avión, sentí un calor húmedo y sofocante. El aeropuerto era moderno, con aire acondicionado, limpio, con variedad de tiendas atendidas por jóvenes tailandesas, sonrientes y sencillas. Las encontré femeninas y atractivas. Bromeé con ellas y les pregunté precios de varias cosas. No tenía intención de comprar nada pero terminé comprando un pequeño detalle para agradecer su amabilidad.

Interior del Convento Santo Domingo, Manila (Quezon City)
En el mismo avión volaba desde Roma una cantante de ópera, alumna de la Universidad de Santo Tomás. Al desembarcar en Bangkok, sorprendido por el calor tropical, le pregunté por el clima de Manila. Me respondió que era parecido al de Bangkok. Eso me causó cierto desánimo.

La siguiente escala sería Manila. Al fin llegamos, tras un largo viaje. El avión nos dejó un tanto alejados de la terminal. Fuimos caminando bajo el sol tropical hasta la entrada del aeropuerto. En la terraza vi un grupo de frailes vestidos de blanco que habían venido a darnos la bienvenida. Algunos fumaban y gritando alegremente y nos tiraron algunos puros. Ese comportamiento no fue de mi agrado.

Desde el aeropuerto nos trasladaron en coche al Convento de Santo Domingo, casa madre de la provincia del Rosario, mi residencia durante tres años.

Las calles de la ciudad estaban repletas de gente. Llovía torrencialmente, como es típico en los trópicos. Las mujeres usaban sombrillas multicolores. Los hombres no usaban paraguas y se acurrucaban al lado de ellas. El calor húmedo era sofocante. Los desagües corrían abiertamente por las calles y noté un olor un tanto diferente. Me reí mucho al cruzar uno de los puentes de Manila, «Jones Bridge» y observar que algún chistoso había añadido a mano «COJones Bridge».

Al llegar a Santo Domingo fuimos a saludar al superior provincial. Tras un cambio de impresiones me acompañaron a mi celda, donde encontré, sin previas medidas, un hábito blanco y un rosario negro que se solía llevar en el cuello.

Vestí el hábito, me colgué el rosario al cuello y atendí a la meditación comunitaria en el coro de la iglesia. Comenzaba a anochecer y abundaban los mosquitos. Entre los asientos era costumbre encender Katol, un espanta mosquitos que hacía un humo maloliente. En el paquete de Katol se leía: «Mabuty pampatay lamok», lo que traducido al español quería decir «el mejor mata mosquitos». Esas fueron las primeras palabras que aprendí en tagalo.

Después de la meditación y tras una cena frugal, nos retiramos en silencio a nuestras habitaciones. Como hacía calor me acosté con la ventana abierta. Me invadieron los mosquitos. La cama tenía un mosquitero o redecilla para prevenir su entrada. No supe colocarla bien y los mosquitos se apoderaron de mí. Me levanté varias veces a batallar con ellos.

Me sorprendieron también otras alimañas, unas lagartijas, nunca vistas, que andaban libremente por el techo y las paredes de la habitación. Temía que picasen y me levanté a perseguirlas. Supe después que eran inofensivas y comunes en los trópicos.

La cama era de madera y no tenía colchón. Decían que el colchón hacía sudar y era menos saludable. Era costumbre poner una estera encima de la madera. Al principio la cama la sentí dura, pero con el tiempo me fui acostumbrando.

Llegué a Filipinas sin ninguna orientación y sin saber qué esperar. Recuerdo que me acosté soñoliento y cansado. Debido al cambio de horario, al calor, a la cama de madera, a los mosquitos y lagartijas, mi primera noche fue larga e inolvidable. Deseaba que llegase el día. Me levanté al amanecer y fui a decir misa. Después, a desayunar en silencio. Al terminar, subí a la sala de recreación y me encontré a varios sacerdotes leyendo los periódicos en silencio. Hice lo mismo.

Al poco tiempo entró en la sala el superior del convento y mencionó, con aire de crítica, en presencia de los otros religiosos, que yo y mis compañeros habíamos escrito un montón de tarjetas para decir que habíamos llegado bien y añadió: «Si no se ha caído el avión, todo el mundo sabrá que habéis llegado».

Habíamos escrito tarjetas postales a nuestros familiares en Roma, Cairo, Karachi, pero al no tener sellos y siguiendo las costumbres religiosas, las pusimos en el buzón de la puerta del superior. Dijo que las había puesto dentro un sobre y las había enviado al superior de Madrid.

La Virgen del Rosario, conocida como La Naval
Descontento por su actitud, le repliqué firmemente que no estaba de acuerdo y que me debería haber preguntado a mí. Con aire autoritario me contestó que si me portaba así, no me dejaría escribir ni a mi casa.

Le respondí que eso era injusto e irrazonable.
          
Los primeros meses en Manila fueron difíciles. La gente filipina era sencilla y amable, me sentía bien entre ellos. El clima, sin embargo, era inaguantable. Las lluvias, las tormentas tropicales, seguidas de sol y calor me hacían transpirar. Cambiaba de ropa seis o siete veces al día. Mi tendencia era ducharme con frecuencia. Con tantos baños la piel se me debilitó y me salió lo que en el país llaman sarpullido, un eccema o picazón, por todo el cuerpo.

Las comidas de los filipinos eran diferentes, a base de pescado salado, curado al sol y de olor fuerte, que mezclaban con arroz blanco. Comían también mucho cerdo que no era de mi agrado.

Las cucarachas corrían por la cocina y otras dependencias de la casa. Al principio me causaban asco, pero poco a poco aprendí a tolerarlas y a convivir con ellas. Aprendí que eran más comunes en los trópicos.

Me gustaban las frutas del país: papayas, mangos, bananas, lanzones y chicos. Los primeros meses viví a base de frutas, huevos y quesos. En el primer año adelgacé unos 20 kilos.


Rápidamente me di cuenta de la desigualdad de clases. Pocos ricos, la gran mayoría de descendencia española y americana. Ellos era la clase dominante, controlaban el gobierno, la política y los medios de comunicación. El resto de la población era pobre. Me sorprendió que, a pesar de su pobreza, fuesen alegres y pacíficos y que aceptasen su condición como algo natural.

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*** Por cortesía de Magín Borrajo, publicamos el capítulo III de su libro "BUSCANDO SER HUMANO", Palibrio, Bloomington 2014. Puedes adquirir el texto completo en Amazon o bien en esta página http://www.maginborrajo.com/

CAPÍTULO I



Monday, June 12, 2017

ASPIRANTES A DOMINICOS DE ARCAS REALES 1963*** (I), por Rafael Martínez Bernardo

Curso 1963 Sección C, fotografiado en 1964 (el autor sentado, primero derecha)
Alguien dijo que empezar a contar sus memorias es como empezar a disecarse: quiero contravenir esa máxima y manifestar mi deseo de mantenerme tan vivo como siempre. No olvidemos que la vida es una fábrica de recuerdos que evocan el pasado desde el presente, pero conviene mantener a raya al pasado porque no volverá y al futuro porque todavía no ha llegado. ¡Loor a aquel que guarda las historias del pasado como lección de la vida presente! Hay que tener en cuenta, sin embargo, que la memoria deforma la realidad, pero esa es nuestra realidad, aunque esté distorsionada y pueda aparecer distinta al ser contada por distintas plumas; estoy seguro de que, afortunadamente para el narrador y los posibles lectores, los hechos aquí narrados han pasado por el filtro de una memoria selectiva. A estos lectores me encomiendo con el ruego de que celebren las precisiones y disculpen las inexactitudes y omisiones.

En junio de 1963, pasó por la escuela de Santibáñez de la Isla el padre dominico Santiago, hombre de apariencia bondadosa y digno de toda confianza, tipo Friar Tuck de Robin Hood. Nos convenció a Generoso y a mí para enrolarnos en los Padres Dominicos de Arcas Reales. Yo fui a comunicárselo a mis padres que estaban arando en el pago del camino Villagarcía y se alegraron de que su hijo aspirase a tener un futuro mejor y de la posibilidad de conseguir un don del cielo teniendo un religioso en la familia (¡!!). Además, era la única posibilidad de poder salir a estudiar, porque cobraban una cantidad asequible para ellos, unas 200 (¿quizás 300?) pesetas al mes, insignificante comparada con lo que había que pagar si se iba al instituto y pensión. A mediados de septiembre fuimos con las respectivas madres a los almacenes Cabezas de La Bañeza con una lista (in)terminable de ropa para llevar al colegio; previamente mi madre y mi tía Sina tenían que coser en rojo el número 682 a todas las prendas, ya que iban a ser lavadas con las de todo el curso y las chicas tenían que distribuirlas. Los últimos días en el pueblo eran de gran nerviosismo y esperanza, tenía que ir a casa de los familiares y despedirme uno por uno; el último día solemnemente daba una vuelta en bicicleta por todas las calles del pueblo y de este modo decirle un emotivo y silencioso adiós. Sobre el día 20 partimos en tren (o quizá en autobús desde Hospital de Órbigo, no recuerdo bien) para la que iba a ser nuestra casa hasta junio del año siguiente.

Se accedía al colegio por una pequeña carretera que rodeaba un bucólico estanque con los exóticos ciprinos dorados, protegido por un enorme y acogedor sauce llorón; al lado había una campana o gong traído de tierras lejanas, probablemente de Ceilán o Vietnam. La portería estaba custodiada por el entrañable Fray Fuertes, procedente de San Cristóbal de la Polantera, al lado de nuestro pueblo, un hombre de voz acariciadora y de semblante humilde y feliz, contrapunto de lo que nos íbamos a encontrar una vez que accediésemos al edificio del pabellón de los pequeños a través de una arcada blanca que contrastaba con el pasillo de ladrillo. Encima de la portería y ocupando todo el flanco oriental se encontraba el sanctasanctórum del colegio, lugar inaccesible para el común de los mortales: las celdas o habitaciones de los frailes, y en un edificio aledaño, el de las monjas; eran éstos lugares misteriosos donde se urdían planes secretos para los aspirantes; no se conoció persona que transgrediera el umbral. Muy rara vez accedíamos al espacio abierto de la entrada, solamente para recibir a las visitas anuales de familiares, era territorio misterioso, la puerta del mundo exterior.

Los primeros días eran de un asombro total: procediendo de un pequeño pueblo en aquellos años, yo no conocía lo que era un wáter, ni un cepillo de dientes, ni ducha… Formábamos en largas filas para todo y nos asignaban un pupitre de estudio, una cama en un dormitorio donde pernoctábamos unos 120 pobrecitos de 10-11 años y un lugar en el comedor, siempre el mismo. Había dos pabellones: 1 y 2º en el pequeño y 3, 4 y 5º en el de los mayores, no se podía hablar con los del otro pabellón, solo los hermanos una vez por semana, la capilla estaba en medio y los dividía. Eran días de mucha melancolía y “murria” o morriña, sobre todo por las noches, cuando se oía algún suspiro, quien más quien menos mojaba la almohada con fugaces lágrimas. Durante los primeros días dos o tres compañeros por curso paseaban solos como almas en pena, llorando, “tenían murria”, alguno lo superaba, a otros tenían que venir los padres a recogerlos y llevarlos de nuevo a sus casas. Las maletas se guardaban en un cuarto al lado de la celda del padre Prefecto, aquellas maletas ligeras de rayas con los últimos recuerdos de nuestra vida pasada, con la esperanza de una nueva… al menos así lo percibo ahora, quizá en aquellos momentos estábamos tan aturdidos que nos dejábamos llevar por la corriente, excepto cuando apagaban la luz por la noche y nos asaltaba una melancolía pasajera. En aquel cuarto también guardábamos los paquetes (cuando no eran confiscados) y en el recreo de la tarde se permitía el acceso para coger algo y reforzar la merienda.

El P. Cándido Pérez en una de sus clases de dibujo
Sin más dilación íbamos a la oficina del padre Reyero para aprovisionarnos de material necesario para empezar a funcionar: libros con su respectivo papel azul para forrar, material de aseo corporal, hasta papel higiénico “Elefante”, duro y áspero para nuestros c. núbiles, etc.  (Pequeña anécdota: en el pabellón de los pequeños los wáteres consistían en un plato de cerámica con un lugar para los pies, sin el inodoro para sentarse (el de mayores era más cómodo y tenías derecho a sentarte); cierto día a XXX se le había olvidado llevar su papel higiénico; ante tal desdicha, nuestro compañero reaccionó con serenidad tántrica, agudeza mental y vena artística: con su dedo impregnado en la pintura dorada y todavía caliente escribió en la pared de azulejo “padres dominicos”, la ocurrencia fue sonora y célebre).  El día comenzaba sobre las 7 am., aseo siempre con agua fría, ducha caliente una vez por semana, visita a la iglesia para oír Misa antes del desayuno, la verdad es que no sé bien para qué, todavía no habíamos hecho nada malo. Formábamos en filas e íbamos al comedor para aliviar un poco los vacíos estómagos - estómagos en perpetuo estado de celo -, con una leche celestial bastante aguada creo recordar, pero riquísima; ay ay cuando a algún afortunado de Valladolid le traían “paquete” y nos daba una cucharada de Colacao, una delicia; repartían la leche con grandes lecheras, a los enchufados del repartidor (Cardillo era su nombre) también les llenaban el plato de leche, con un poco de pan se completa el desayuno.

Desde las 9 hasta las 1.30 teníamos clase, con un recreo en medio, creo que las clases duraban una hora y media. El primer año era una delicia porque teníamos monjas de profesoras en vez de frailes, eran mucho más maternales y comprensivas para unos prácticamente recién destetados: la madre Celina, dulce como su nombre, nos enseñaba Geografía; la madre Amada, Matemáticas, en 1º eran sencillas, en 2º a mí se me complicaron al “mezclar” números con letras, nunca entendí por qué tenían que hacerlo, los primeros tenían su sentido y las segundas servían para formar palabras y discursos (¡!); la Madre Sagrario que nos daba Lengua Española, la madre María Antonia nos enseñaba Latín, una de mis asignaturas preferidas (...), nos enseñaba inglés el padre Felices (alias Feroces por las voces que nos daba subiendo de tono con cara de ogro, pobre del que le cayese el bocinazo, aunque ya se sabe: “perro ladrador…”); siempre recordaré cuando me mandó cerrar una ventana y como no me daba por aludido, me gritó: “a ver, usted, el de los dientes como parachoques de locomotora”, recé para que me tragase la tierra, pero afortunadamente, como en tantas ocasiones, no me fue concedido el don. Las aulas estaban orientadas al sur y tenían grandes ventanales para recibir la luz del sol y aprovechar el efecto invernadero, eran acogedoras y cómodas; para las horas de estudio había un largo salón, el de los pequeños era denominado “la nevera”, no es necesario explicar el porqué.


En nuestro curso comenzamos unos ciento veinte “aspirantes”, distribuidos en tres grupos. Yo  estaba en el grupo C y alguna vez me tocaba ser el primero de la lista y ser el encargado de llevar tiza, borrar la pizarra, llevar los borradores de las cartas (las leían y corregían los frailes, luego las pasábamos a limpio y las entregábamos abiertas con el borrador para que no cambiásemos nada)… ese tipo de privilegios. Delante de mí estaba Macías, Martínez Bausela y detrás Martínez Cordero, Mateos. El paso de 1º a 2º fue muy fuerte, pues los profesores ya eran los frailes y algunos de ellos eran levemente aterradores. 

Panorámica de Arcas Reales con ábside iglesia y dos pabellones de alumnos
A lo largo de los cinco cursos pasamos por las manos del P. Buena en Latín, (era muy serio y ligeramente traidor, cierto día en un examen pasó por las filas con un apunte con respuestas falsas en la mano, lo puso hacia atrás y alguno picó y copió las falsas; solía decir “a ver señor usted”, y a mí: “lo dice usted tan serio que se lo voy a creer”; famosos eran sus sonoros tortazos y sus dolorosos pellizcos. P. Alfonso en Geografía poseedor de demasiado cinismo para unos pobres muchachos de 12 años, en su clase ya teníamos un mapa eléctrico con dos polos que se encendían si acertábamos la pregunta. 

P. Pablo en Matemáticas: giraba sobre sí mismo para vigilar a los de atrás, también se encargaba muy eficazmente de la organización de los deportes. P. Pinto en Ciencias Naturales (“la cuatro y la cinco, coño!!), Padre Cándido Pérez (Padre Sito) en Física y Química y en Dibujo, había estado en misiones y tenía una entonación muy musical al final de sus frases, buena y comprensiva persona, a él debemos las fotos de los tres grupos del curso hechas en el pinar con aquella cámara de espejos, marca??????. El Padre Alberto, de nasalizada voz, nos enseñaba Matemáticas, era famoso también por sus tortazos, (aunque nunca lo vimos atizar ninguno), en cierta ocasión alguien intentó copiar de mi examen y me dice: “si un ciego conduce a otro ciego…” me lo repitió varias veces hasta que terminé yo la frase y entendí la indirecta, las matemáticas eran mi asignatura más floja; rara vez se reía, pero relajaba el ambiente cuando lo hacía, en realidad era un cordero disfrazado de lobo; en cambio, imponía tanto cuando se enfadaba que XXXX se hizo pis en su clase. 

El P. Cándido de Inglés, nos enseñó el himno del “ortanchíbiri, ortanchíbiri… que tanto éxito tenía en los paseos largos y excursiones, y que en la actualidad se reedita en los modernos whatsapps.   El P. Igelmo de Literatura (recitaba provocándonos: “me gustan las queridas tendidas en los lechos”, de Espronceda), fue la primera persona a quien oí contar la teoría de la no existencia de Shakespeare, en realidad Christopher Marlowe y otros dramaturgos que firmaban bajo ese nombre habrían escrito sus obras; curiosamente hace un par de meses salió la noticia en el periódico de que se estaba investigando esa posibilidad, increíble, y nosotros sin darnos cuenta del valor de aquel fraile que nos hacía exámenes orales en 4º curso sobre literatura universal extrayendo el número de la pregunta de una bolsa. Cuando decidí el tema de mi tesis estuve dudando si hacerla o no sobre la existencia de Shakespeare, pero me arredré y pensé que sería una labor de titanes. 

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*** Título original del texto: BREVE Y SUCINTA HISTORIA DE LO QUE PUDO HABER SIDO Y NO FUE, DE LO QUE FUE Y PUDO NO HABER SIDO Y OTROS SUCESOS QUE ACONTECIERON A LOS ASPIRANTES A DOMINICOS DE ARCAS REALES 1963