Monday, January 6, 2014

El padre Calabaza (1 de 2)

Desde que era monaguillo en la aldea, más o menos cuando comencé a tener uso de razón, recuerdo al padre Calabaza. Era el mayor de tres hermanos, los tres frailes dominicos, hijos de Honorato, panadero de profesión. El mayor, el padre Agapio, aparecía por el pueblo muy raramente. Algo que no era de extrañar puesto que toda la vida fue misionero en las Filipinas, profesor en la afamada Universidad Santo Tomás de Manila. De los tres era el más chaparro, teniendo fama de jocoso y dicharachero, incluso entre el vecindario, quien por lo demás tenía un respeto extremo por los tres hermanos. Cuando cada media docena de años llegaba en las vacaciones de verano, tenía la costumbre, el hábito blanco en aquella época siempre lo llevaba puesto, de ponerse una boina, lo que a mí me resultaba chocante y hasta cómico, no sólo por el contraste de la inmaculada vestimenta dominicana con la redondeada boina, en su vertiente pamplonica, negra como el carbón, con borlita en el centro, sino porque yo siempre, de manera unívoca, la había identificado con la indumentaria de mi abuelo o los de su quinta, no con un docto profesor en una universidad de Extremo Oriente.

El segundo, en edad, aunque mucho más fortachón que los otros dos, algo cargado de espaldas, era el padre Emiliano, un hombre relativamente adusto, aunque la bonhomía no le había sido extirpada del todo por una formación académica exquisita. Así que si se le presentaba la ocasión no evitaba las conversaciones con los vecinos, sobre todo cuando salía de celebrar, invariablemente a las diez de la mañana, la santa misa, sobre asuntos que para él debían de resultar banales: “¿Qué tal el centeno del monte, Lides?”, inquiría de mi abuelo. Nada que ver con el canon 1.141 sobre los diversos aspectos de disolución del matrimonio rato y no consumado.  Porque además de profesor en la Universidad Santo Tomás, popularmente conocida como el Angélico, en Roma, era también consultor en asuntos de derecho canónico en el Vaticano. Este particular le otorgaba un aura especial de misterio, teñido de un cierto exotismo. Que a mediados de los sesenta alguien de un sitio tan remoto de Castilla, donde la autoridad más ínclita era el obispo, cuando de Pascuas a Ramos aparecía para la visita pastoral, estuviera implicado –nadie sabía con certeza lo que significaba ser un consultor en derecho canónico- con las altas autoridades eclesiales, era un signo de excelencia y distinción extrema. Incluso para el párroco, Don Ovidio, más versado en los intríngulis eclesiales aquello le resultaba misterioso y trataba al padre Emiliano como si portara el capelo cardenalicio. Cuando bajaba del autobús de línea siempre lo hacía con una cartera de cuero negra con cremallera plateada. Allí, sospechábamos los chiguitos, portaba los secretos más recónditos de la Curia. Hasta los remotos páramos de Castilla la Vieja.

Finalmente estaba el padre Félix, como todos le conocían en el pueblo, quien solía decir la misa algo más pronto, a eso de las nueve de la mañana. Así que cuando los tres coincidían en el pueblo, a los que cada tres años se sumaba un cuarto dominico, el padre Ceferino, misionero en Japón, más el párroco, el repique de las primeras, segundas y terceras duraba toda la mañana. Creando no poco desconcierto entre las feligresas sobre si tocaban para la misa de uno o del otro. El P. Félix, el más joven de los tres hermanos, era también el más bajo y, ciertamente, el más campechano de ellos. Siempre entablaba conversación con el señor Honorino, el molinero, a la puerta de la iglesia, a veces con el señor Sulpicio, y hasta que se murió con el señor Isidoro, el cartero que hacía las veces de sacristán y respondía en latinajos a los misereres que entonaba al final de la santa misa por los difuntos que el año precedente habían pasado, previsiblemente, a mejor vida.  

El padre Félix, nada más llegar de vacaciones, a principios de julio, hacia su particular visita pastoral a las familias de los alumnos internos en las Arcas Reales. En realidad sólo hablaba con las madres, los hombres estaban ocupados en la siega o simplemente se descargaban de esa responsabilidad. Durante los sesenta, todos los años había no menos de cinco muchachos -algún curso llegaron a coincidir una decena- de la aldea internos en el colegio de los dominicos. Así que se pasaba todo su primer día de vacaciones de progenitora inquieta a progenitora preocupada por el devenir de sus vástagos. A los que seguían para darles ánimos, que continuaran con sus esfuerzos económicos para pagar la pensión (unas 580 pesetas al mes), aunque la cosecha de trigo no hubiera sido del todo buena, o una peste se hubiera llevado todo el gallinero por delante. “Señora Judit, no se preocupe, que al chico le hayan suspendido en Educación Física no es el fin del mundo, lo importante es que haya sacado buenas notas en las otras asignaturas, ya hablaré yo con el padre Pablo, usted tranquila”, le decía a mi madre.

Efectivamente, yo me había llevado un buen berrinche al recibir la carta con las notas. Que me supiera de memoria quienes eran los arquitectos de Santa Sofía en Constantinopla (Isidoro de Mileto y Artemio de Tralles) o la fecha en que las huestes de Alfonso X conquistaron Cartagena (1245) a las hordas moras había propiciado un sobresaliente con el padre Reyero en Historia. El que fuera duro de cerviz, por utilizar una expresión bíblica, y hubiera sido incapaz de doblar el espinazo como se debía en el plinton del padre Pablo había sido una mácula imperdonable para mis padres. Ellos no hacían mucha diferencia entre la disciplina física y la excelencia académica. Lo que veían, como reverberando sobre el boletín de notas anual, era aquel 4,5 (¡por Dios, padre Pablo!, ¿cuántos segundos menos en las tres vueltas al campo de fútbol para llegar al 5 pelao?). Así que allí estaba el padre Félix, de cuya casa familiar nos separaba una tapia de adobe con el tejadillo típico de la zona, brezo y césped entrelazado, intentando explicar lo inexplicable a mi madre asustada. “Y ¿si no le dejan volver para cuarto?”. Con un afecto y una cercanía impagables en una época donde el clero tenía ademanes de casta distinguida y alcurnia casi ennoblecida, como se veía incluso en los mismos párrocos –no en todos- que bien que sabían guardar las distancias con los fieles.

El padre Félix era un gran aficionado a la pesca de cangrejos. No había tarde, muchos años antes de que se extinguieran por alguna ignota enfermedad, que no saliera con su cesta de mimbre, sus reteles, la horcaja –un bastón terminado en uve con el que se ayudaba para tirar de la cuerda y sacarlos del río- y su secreto mejor guardado: el cebo. Algo que según él le permitía cada tarde llevarse tres o cuatro docenas de crustáceos del riachuelo para que los cocinara su hermana soltera, la señora Davídica. No solía ir a buscar recovecos escondidos en el río Negro (el grande) para echar los aros metálicos artesanales a los que iban enganchadas las redes, muchos atardeceres –según él la hora ideal para que picaran- solía venir al pozo formado por una pequeña curva del río, a la sombra de los salces y de un viejo puente de madera de roble, que estaba al lado de mi casa. Tan cerca que el remanso, un pequeño recodo con un par de metros de profundidad, se llamaba, por mi bisabuela, el pozo de la señora Catalina. A veces la señora Valentina se le adelantaba, así que el padre Félix tranquilamente, con la cesta de mimbre, se alejaba por el camino del arroyal hasta el puente de piedra, unos doscientos metros más arriba. Con su cebo misterioso, su horcaja y sus reteles.

Algunas veces me llevaba a mí de ayudante, sobre todo cuando con el paso de los años se le hacía menos llevadero andar por entre los juncales que cubrían la ribera del río. Por eso sé cuál era su cebo misterioso: cierto tipo de pececillos, de escamas bruñidas cuando se ponían panza arriba con el calor del verano en las correnteras del río que bordeaban el cementerio. Ésa era otra de sus aficiones inveteradas, la pesca con caña. Desde que terminaba la santa eucaristía hasta la hora de comer. Aparentemente los adobaba con algún mejunje para que los cangrejos pudieran olerlos desde más lejos, pero para mí que, simplemente, dejaba que se pudrieran dos o tres días en la tahona abandonada de su padre para que atufaran más. Pócimas o podredumbre,  al echar los reteles en las pozas del río, hedían a demonios.

Así que el padre Félix se pasaba las vacaciones entre sus aficiones pescadoras, mañana y tarde; sus devociones, aparte de la misa, a media tarde se sentaba en la parte trasera de su casa a recitar el breviario, donde yo lo veía a la sombra de un manzano, desde la ventana de la parte alta en casa, por encima del tapial de adobe y brezo, y a confortar a las madres que suspiraban porque sus hijos se convirtieran en hombres de provecho. De otro modo, como le había pasado a mi vecino Fidel, un poco más mayor que yo, tras tres años en el internado, terminaría echando la piedra lipe en la avena de la sementera para preparar la siembra. Sin jamás de los jamases poder llegar a distinguir las diferencias entre el orden jónico, el dórico y el corintio.

En el pueblo, los tres eran mentados como los frailes. Han venido los frailes, se han ido los frailes, he visto a los frailes. Los adjetivos de la congregación o la orden no eran citados nunca. Eran los frailes, a secas. Como mucho, muy raramente, “los Salvadores”, por el apellido del padre. Al señor Honorato, el padre, yo ya no lo conocí, aunque durante muchos años –ahora ya ha desaparecido- la entrada a la tahona se conservó perfectamente, con un par de pequeños bancos adosados en un diminuto soportal,  debajo de un tejadillo donde, muy probablemente, en invierno, las amas de casas esperaban a que el panadero terminara de hornear la masa. El señor Honorato procedía de otro pueblo más al sur, Castrillo, así que en el pueblo la familia de los frailes lo era por parte de madre. En esa parte de la familia materna, la dicotomía era absoluta. Por un lado estaba el señor Agapito, el carpintero que ejercía de carretero, herrero, magnífico artífice en la fragua que estaba al lado de la escuela mixta. Un hombre generoso, de acendradas creencias religiosas, bonachón a más no poder. Siempre dispuesto a echar una mano al labrador que no podía pagarle la reparación de las ruedas del carro hasta después de haber recogido la cosecha o desplazarse hasta el potro para echar una mano en el herrado de una mula levantisca. Un santo varón que no faltaba a misa ni los domingos, ni fiestas de guardar, ni los otros.

Por otro lado, estaba, el señor Emiliano, aunque todos le conocían por Nano, un falangista empedernido, seguramente no por convicción ideológica, sino por la inercia de los tiempos. Le recuerdo todavía con la camisa azul en una de las primeras manifestaciones en la capital –pre organizada, de las de autobús y bocadillo, por el mismísimo gobierno civil franquista- lanzando soflamas en favor de un pantano que nunca llegó a construirse en la montaña. Había sido alcalde por imposición, puesto desde el que había mangoneado no poco: que si ahora la concentración parcelaria se hace de esta forma, que si el regadío se comienza por tal lado… En realidad, manipulaciones insignificantes pero que hacía que la mitad del pueblo estuviera en su contra. Mientras la otra mitad le adulaba hasta que no les quedaba otro remedio que pasarse a primera mitad. Todo ello era de difícil oposición, menos, si cabe, a mediados de los sesenta, y en cualquier caso resultaba irrelevante para el padre Félix.

Lo que realmente le traía a mal traer era que Nano, familiar directo, al menor signo de contrariedad, real o imaginada en su cabeza, por parte de un paisano indócil o de un animal de labranza indómito comenzara a resoplar, empezando a jurar por el estamento más bajo de la corte celestial para, a la vez que en el tono de la voz, ir ascendiendo los escalones jerárquicos de beatos, santos y doctores de la santa madre Iglesia, repasando la letanía de todos los canonizados y terminar jurando por lo más sagrado y lo más alto. Hasta por las cosas más nimias. “Cagüen San Pedrín, otra vez tengo las patatas llenas de escarabajos”. Y de ahí para arriba. Como se solía decir, le llevaban los demonios. Algo que, seguramente, las beatas que acudían religiosamente a la celebración matutina del padre Félix se tomaban al pie de la letra.

Su primo Nano era escandaloso, no sólo para las beatas, el párroco, también para los mozos más curtidos que a veces también se descarriaban en blasfemias y juramentos. Sobre todo para los menores de edad. De niños le teníamos no poco pavor y cuando comenzaba a renegar de santos y vírgenes echábamos a correr para no escuchar sus blasfemas imprecaciones. El cura nos tenía bien avisados de que hasta el simple hecho de oír aquellos perjuros a pie firme y sin moverse constituía pecado. Y no de los pequeños (me acuso de haberme pegado con mi hermano, de haber dicho una mentira al maestro). Así que empezar a jurar el primo del padre Félix y ver correr a los chavales por las esquinas todo era uno.

Para más inri, Nano llevaba todas las tardes de verano las vacas a beber al río que pasaba lamiendo la casa familiar de los frailes. Los animales tenían la mala tendencia, en las tardes extremadamente calurosas de agosto, de dar espantadas y echar a correr en todas las direcciones. Las ha picado la mosca, decían en el pueblo. Nano echaba a correr tras ellas, en su boca todas las letanías posibles y todos los juramentos imaginables. Como sólo sabe jurar la gente muy religiosa, la de los pueblos católicos, apostólicos y romanos. Naturalmente, Nano iba a misa todos los domingos, aunque era uno de los últimos en entrar, cuando el “confiteor” ya había finalizado y el cura se disponía a entonar el “kirieleisón”. Siempre se subía al coro, en la parte de los hombres. El padre Félix que acababa de cerrar su devocionario y se aprestaba para atar el cebo en los reteles no podía menos que oír, su casa estaba a unos diez metros del río, aquel cúmulo de improperios y disparates procedentes de su lenguaraz familiar. “Este Nano se va a condenar”, decía algunas veces, medio en broma, medio en serio.

El padre Félix, un par de veces cada verano, llamaba al orden a Nano para reconvenirle a  que moderara sus ímpetus blasfemos, aunque sólo fuera por respeto a los vecinos y a la familia tan religiosa a la que pertenecía. Nano que -raramente- dejaba de estar enfurecido, si no con las vacas, era con otro vecino, con la cosecha o con lo que se terciase, asumía de buen grado las amonestaciones. Hasta la tarde siguiente que a las vacas les picara otro tábano.


El mal genio debía ser una cuestión genética, de familia. El padre Félix lo tenía, claro, pero más amaestrado. Bueno, hasta que –como bien sabíamos los internos, incluso los que le ayudábamos a pescar cangrejos- se le cruzaban los cables al recitar las declinaciones en la clase de latín o en las inspecciones de estudio las tardes de domingo, antes de la sesión de cine con “Los héroes de Telemark”. Incluso al padre Félix, en medio de su infinita bondad también se le iba la olla. Y uno de los apodos con el que le conocíamos, el de padre Cacharra, debía de hacer alusión a su carácter, ocasionalmente intempestivo. (CONTINUARÁ…)

Sunday, November 3, 2013

P. Cándido Pérez, o.p.

Era la primera vez que yo veía aquel instrumento mágico, plateado en todas sus protuberancias y mecanismos, el metal reluciente en cada botón de los que sobresalían desde el frontal y los otros por encima de la caja donde se incrustaba la lente. El pequeño rectángulo del cuerpo iba envuelto en una especie de piel firme, pero tersamente arrugada. Esta parte, sí, era de color carbón, negro intenso. Era un dispositivo diminuto, casi una miniatura, que el padre Cándido manejaba fácilmente con una mano, bien que usara la izquierda para mover las ruletas de los automatismos o el anillo del enfoque con notable celeridad, sin que yo, con apenas doce años, acertara a saber qué misteriosa combinación de engranajes y articulaciones se necesitaba para ponerla a punto, enfocar y disparar.

Había observado algunas cámaras parecidas en un escaparate de la Calle Mayor, en la capital de provincias, entre grandes discos de 33 rpm e instrumentos musicales, una vez que me llevaron al médico de pago, para que me rebanara las amígdalas, anginas que se llamaban entonces. Pero ninguna era tan minúscula y compacta como la que el padre Cándido portaba siempre colgada del cuello, por encima del inmaculado escapulario blanco. Salvo cuando la sacaba para fotografiar, siempre iba bien guardada en una funda dura de cuero marrón, donde los salientes que protegían la lente y los cantos redondeados de las esquinas estaban desgastadas por el uso. La funda –forrada por dentro con terciopelo carmesí- se cerraba con un botón a presión que hacía un sonoro clic. “¡Hala, ya está, todos para el cuarto oscuro!”, proclamaba ufano y sonriente, tras fotografiar a toda la clase de 2º A en un claro del pinar de Antequera, exhibiendo, apoyados en el pecho, nuestros cuadernos de dibujo, orgullosos de nuestros incipientes progresos artísticos. Para la gran mayoría, recién salidos de páramos sin horizonte y valles abiertos, lo del “cuarto oscuro” nos resultaba extremadamente misterioso y ligeramente inquietante.

El padre Cándido había estado varios años en misiones en el Tonkín o, quizá, en Formosa. Así que es muy posible que su inseparable Leica hubiera llegado a sus manos en cualquier tránsito por los puertos del Lejano Oriente. Flamante como el aparato estaba, la funda delataba que había pasado por otras manos. Muchos de nuestros profesores, sobre todo los que pasaban de la cincuentena, estaban, como quien dice, empezando una segunda carrera. Varios de entre ellos las habían pasado canutas con la llegada al poder de los maoístas y terminaron por ser expulsados de China continental hacia Formosa, las Filipinas, Venezuela o España. Otro grupo, entre los que se encontraba el padre Cándido, tuvo una salida menos precipitada, pero igual de traumática cuando el Vietcong empezó a hacer de las suyas en el norte de la Conchinchina. Las aventuras que contaba, reales o inventadas, una vez aposentada la Leica en su funda marrón, nos resultaban mucho más atractivas y cercanas, y eso ya era mucho decir en aquella época, que las lecturas de Julio Verne que nos permitían leer los domingos por la tarde.

El padre Cándido aprovechaba la larga caminata entre senderos arenosos, durante los excepcionales días de asueto hasta el pinar de Simancas, liberados gozosamente toda la jornada de clases, para contarnos como los esbirros del tío Ho Chi Minh martirizaban al mandarín cristiano de la aldea metiéndole cuñitas de bambú afiladas en las uñas de los pies, antes de pasar a los dedos de las manos -parece que siempre empezaban por el meñique- salvo que el prócer cristiano abjurara de su fe cristiana y se reconvirtiera a los ídolos paganos. Para evitar que a los misioneros les ocurriera otro tanto, los franceses, incapaces de imponer su ley en los arrozales del Mekong, les convencieron para que buscaran otras tierras de misión más pacíficas. Las razones por las que el padre Cándido, como otros colegas, pasara de batirse el cobre con los comunistas del Viet Minh a enseñar Ciencias Naturales a unos gañanes como nosotros, apenas pasados de puntillas en la escuela del pueblo sobre la Enciclopedia Álvarez de 2º, permanecerá para siempre un misterio.

Pero allí estaba con su Leica, inmortalizando para la eternidad, el instante en que, a la hora del almuerzo, sentados contra los troncos de los pinos, el turno de servidores de la semana comenzaba a verter en vasos de plástico una especie de naranjada con las inmensas cántaras de hojalata, las mismas que en la mañana servían para repartir la leche del desayuno en el comedor. Lo mismo que perpetuó, en inconfundible blanco y negro, un alegre grupo de alumnos al pie del Acueducto de Segovia o a otro, de cursos más mayores, en una escalinata del Monasterio de Piedra. O a mi amigo el Maestro, con otros camaradas, una tarde de verano en las ruinas del castillo de Burgos. La Leica del padre Cándido, siempre la Leica. Siempre pero exclusivamente para los momentos excepcionales, los instantes en los que vivíamos apartados de la rutina. La Leica no era para los ratos banales y repetitivos de las clases diarias. Tampoco nos fotografiaba en prietas las filas que formábamos día tras día en la entrada al comedor. Ni siquiera en la iglesia, en las interminables horas reservadas para las devociones marianas. Estaba guardada para las ocasiones en que nuestra vida repetitiva y monótona de alumnos internos asumía el colorido de las pequeñas excepciones: un viaje en autobús, la singularidad del día de vacaciones entre semana, quizá el ansiado encuentro con nuestros padres en el patio central el Día de las Familias.

Aunque él se enorgullecía del “cuarto oscuro”, de hacer él mismo el revelado, por falta de medios o carencia de utensilios adecuados, con cierta frecuencia las reproducciones le salían algo borrosas, incluso descuadradas sobre el papel. A veces con desdoblamientos fantasmagóricos en las siluetas de los fotografiados. Se había apañado una celda, en la parte más deshabitada del convento, encima de la enfermería. Allí tenía su cuarto oscuro al que de vez en cuando invitaba, aquello era un signo de absoluta distinción, a un selecto grupo de alumnos para que pudiéramos admirar su maña con el fijador, el tanque, las pinzas para el secado y demás. La impresión, siempre en cantidades muy limitadas, apenas hacía copias, excepto que algún familiar se las pidiera expresamente, llevaba la magia impenetrable del blanco y negro de la época. Pese a las deficiencias técnicas, por lo general, conservan una extraordinaria calidad. Había media docena de frailes también aficionados a la fotografía, quizá porque los superiores les habían instado a dejar rastro de sus epopeyas misioneras. Pero sólo el padre Cándido ponía en esta tarea la pasión y el arte que todo buen fotógrafo aficionado debe de tener.

Debía de tener alguna vena artística, que cualquiera sabe de dónde provenía. Quizá adquirida en el Extremo Oriente. Hubiera sido extraño que la hubiera encontrado en el pequeño pueblo burgalés de donde era originario. El cabello canoso  aportaba un distinguido aire de caballerosidad a su senectud, aunque lo que emanaba de él, sobre todo, era su actitud bondadosa. De hecho, de todos los profesores era el que más se parecía a cualquiera de nuestros abuelos. No sólo por la edad. Nunca un enfado, jamás una palabra en voz alta, si acaso alguna reconvención cariñosa y pedagógica. “Mantecón, ¿cómo es que no sabe usted de memoria los nombres de las setas comestibles y las venenosas? No ha visto ésta en el monte de su pueblo” -y me enseñaba la amanita muscaria en magnífica ilustración que venía en la segunda página de la lección sobre ‘Hongos, musgos y helechos’. “Debería, debería”, continuaba. Y el condicional quedaba colgado en el aire de tantos posibles (como las partes de la atmosfera, los componentes del sistema nervioso, o las clases de crustáceos y arácnidos). A diferencia de otros profesores, a la mayoría de los cuales les asignábamos apodos, siempre a escondidas, incluso heredados de varios cursos precedentes, algunos con cierta mala uva, al padre Cándido era de los pocos a los que se le llamaba por su nombre real, padre Cándido. Lo que sin duda manifestaba que su bondad durante los años que llevaba allí, en las Arcas Reales, no tenía mácula. Ciertamente hacía honor al nombre con el que le habían bautizado.

Lo de la Leica era algo circunstancial, bien que los alumnos le recordaran tanto o más que por las clases que impartía de Ciencias Naturales, cuando éstas, hacia mediados de los sesenta, abarcaban un extraordinario compendio de anatomía, zoología, botánica y geología. El libro de texto, de la editorial SM, incluía unas fascinantes y estupendas ilustraciones que vistas con posteridad nada tienen que envidiar, para los estándares actuales, a textos universitarios de la carrera de medicina. Pero allí estaban, chavales recién salidos del erial de Castilla o de olvidados valles asturianos, absortos en un esquema del aparato digestivo. Y el circulatorio, y el respiratorio y todos los aparatos que el cuerpo humano posee. Salvo, claro está, el reproductor, que para nada se tocaba (disculpas por el juego de palabras), excepto por concomitancia con el del metabolismo y la excreción, pero este reducido a su mínima expresión. El esquema gráfico literalmente capado,  descargando a la nada, sin sentido de continuidad, desde la uretra. Aunque del riñón nos aprendíamos de memoria, (¡con doce años!), donde estaban situadas las glándulas de Malpigio y lo que eran las cápsulas de Bowman.

Naturalmente, el padre Cándido, del riñón para abajo, de salvas sean las partes, ni las mentaba, bien que muchos de los internos, con doce o trece años habíamos aprendido, visto, para ser exactos, en nuestros pueblos mucho más de lo que el padre Cándido pudiera enseñarnos en clase sobre el volatilizado sistema reproductor.

Por el contrario, el padre Cándido se recreaba en la botánica, de la cual era un entusiasta. En las salidas al campo, aprovechando los asuetos, explicaba, amapola en mano, lo que eran los sépalos, pétalos, estambres y pistilos. Eso, en realidad, no nos interesaba tanto como las historias que contaba de una variedad de amapolas que, según él, fumaban, tumbados en el suelo, en cantidades asombrosas los chinos de Hanoi. Con una navajita que siempre llevaba en mano, cortaba el cáliz y un extraño líquido, blancuzco y pegajoso salía del interior. “Ojo, Durántez, que te vas a manchar con ese veneno”, advertía. Para añadir a continuación extrañas historias que él había vivido en la Cochinchina con los vietnamitas, que nosotros creíamos a pies juntillas, mientras observábamos con desconfianza la peligrosa amapola, que con los cortes se marchitaba casi de inmediato. De cómo acudía con frecuencia a los fumaderos de opio para arrancar a los buenos pero indolentes cristianos que habían caído en las garras del vicio, descarriados de la doctrina de la santa madre iglesia. “Padre Cándido, ¿cómo pueden fumarse las amapolas?”. La pregunta alarmaba al bueno del padre Cándido que nos instaba de inmediato a dejar de preguntar y concentrarnos en dibujar el imposible contraluz de los trigales al natural. “Mantecón, está claro que usted no está hecho para el dibujo, calque al menos la corteza del pino en su papel, a ver si es capaz”. Y así me retrató, con el papel encima del tronco del pino, intentado perfilar las enrevesadas figuras que formaba la corteza agrietada.

Muchos años después, en una gigantesca tienda de fotografía, en el barrio tokiota de Shinjuku, buscando una lente de gran angular para mi recién estrenada Nikon FE, me topé con una Leica idéntica a la del padre Cándido, incluso la funda estaba machacada en los mismos sitios que la suya. Obviamente no era la suya por mucho que se pareciera. Pero aún así y por mero capricho, la compré. Después de todo, que ahora fuera, con la Nikon, por mi quinta cámara (Werlissa, Kodak, etc.), bien lo sabía, se lo debía al padre Cándido. Desde que aquella tarde me perpetuó en imborrable blanco y negro en las mágicas entrañas de su Leica, comprendí de inmediato que lo mío, más que el dibujo era la fotografía. Para el dibujo efectivamente era un inútil, pero la afición a la fotografía empezó, nadie me lo puede quitar de la cabeza, con la Leica del padre Cándido. Para ser precisos con el padre Cándido y su Leica.

Wednesday, May 1, 2013

La maleta*


Esperábamos ansiosos, a mediados de agosto, que llegara la carta de aceptación para el internado. Habíamos asistido a los cursillos de verano en el colegio, nuestro primer contacto con lo que, previsiblemente, significaría el principio de un grandioso o, al menos, honroso y honrado futuro académico. La mayoría de nuestras madres, los padres eran algo menos piadosos y más prácticos, tenían, además, el pálpito de que ese futuro estuviera teñido de inmaculado blanco. Como el hábito de la orden dominicana que nos acogía en su seno. En realidad, para nosotros, con once años apenas cumplidos, era una aventura, un desafío, no carente de desasosiego e intranquilidad. Sabíamos con certeza lo que se quedaba atrás –prados, barbechos, dulce hogar- pero ni la más mínima idea de lo que estaba en el por venir. El cursillo veraniego era, a todas luces, un filtro para que los más montaraces percibieran de primera mano que los horarios para el estudio, los rituales de las devociones y los campos de deporte iban todos en el mismo paquete. No había negociaciones ni equilibrios, se tomaban o asumían en su totalidad. Además, en la semana del cursillo, el padre prefecto tendía, o quizá fuera así durante todo el curso, a extremar su rigor y disciplina. Ya desde el primer día, formar en filas a la entrada del comedor no era una cosa baladí, ni se tomaba a broma. “!Durántez, no se apee en la pared!”

Cuando por fin llegaba la ansiada carta de admisión, en ella se detallaba el número con el que se debía de marcar la ropa, el 309, por ejemplo, que nuestras madres, grandes aficionadas a la costura, por necesidad u obligación, bordaban con extremo cuidado en las partes más visibles de la ropa: en el dobladillo de las dos sábanas, en la etiqueta de lavado del jerséi, en la parte interior de los calcetines de lana gorda para hacer deporte. La recomendación del padre director era hacerlo con hilo rojo, dado que este era mucho más visible. Para nosotros mismos y para las hermanas que se afanaban en la lavandería los lunes por la mañana con nuestras bolsas de ropa sucia (ésta, también, marcada con el 309).

Por lo general, este color no era el más habitual en su costurero, más dado a remendar los tonos grises y poco llamativos de los pantalones de pana oscuros y chaquetas azul marino de los domingos. Así que el marcado comenzaba, en realidad, por la visita a la mercería del partido judicial, el día de mercado. Mi pueblo, que no había ni tienda de ultramarinos, gozaba del prestigio de disponer de una mercería. Por alguna ignota razón, Doña Lola, la elegante señora de mi maestro escuela, Don Tino, regentaba, tras un mostrador desnivelado, hecho con madera de pino sin alisar, el único comercio de toda la aldea: ovillos de lana, paños, medias y calcetines y canutillos de hilo rojo. Pedir el carrete de hilo rojo en la mercería de Doña Lola equivalía a poner un edicto en la puerta de la iglesia, como cuando el párroco anunciaba los esponsales de una pareja.

Nadie en el pueblo compraba carretes de hilo rojo, salvo las madres que mandaban a sus hijos a los internados religiosos de Valladolid, Palencia o León. “Bueno, señora Judit, ¿ya se le va el chico a estudiar?”. “Sí, hija, sí, a ver si saca algo en limpio y se hace un hombre de provecho”, respondía la Sra. Judit, orgullosa porque el mayor estaba, desde hacía dos años, en los agustinos de Pucela y aquel, para el que iba a marcar el 309 sobre la muda y el novedoso pantalón de deporte, acababa de recibir la carta de admisión para los dominicos de las Arcas Reales, apenas tres kilómetros más al sur.  La señora Judit no lo sabía, pero en la parla popular, lindando con la blasfemia, aquella zona del sur de Valladolid albergaba tantos internados religiosos que, popularmente, era conocido como el “barrio de la hostia”, aunque su nombre real respondía a la denominación de un polígono industrial de la apenas iniciada época del desarrollismo franquista.

El marcado de la ropa era todo un orgullo para nuestras madres, puesto que de alguna manera, como alguno de los siete sacramentos, las cifras bordadas en el par de camisas de manga larga parecían imprimír carácter. Así que se dedicaban a esa puntillosa tarea en cuerpo y alma, entre la bielda de las últimas parvas y la recolección de las peras tempranas en la huerta. Mediados de septiembre estaba a la vuelta de la esquina y el 309 tenía que campear, en todo su esplendor, en cada pieza de ropa que el chiguito se llevara en la maleta hasta la parada del autobús de línea que venía de Cervera. 20 de septiembre de 1967.

¡Ay, la maleta! La misiva del padre director, entre el detalle de la treintena de piezas de ropa necesarias y otras devotas recomendaciones, daba por sentado que todo ello –mes y medio por delante- tenía que ser llevado en una maleta. Aunque ésto, soy testigo, no siempre fue el caso. Alguien llegó, literalmente, con un hatillo al hombro a la estación de Campogrande. Si el hilo rojo era una pequeña complicación, la maleta significaba un considerable rompecabezas para nuestros padres, poco acostumbrados, en la mayoría de las veces nada, a viajar. Para salir del aprieto, en ocasiones, rescataban del desván alguna heredada de un familiar fallecido. Quizá un tío pudiente te prestaba una, de cuando emigró a la Francia o a una gran capital industrial del norte. En otros casos, no les quedaba otro remedio que adquirirla en la capital de la provincia.

Las maletas constituían un bien muy raro y escaso como para que se vendieran en el mercado de Saldaña los martes. Tampoco había mucha elección en la única tienda de maletas de la capital. Siempre se elegía la más barata y, preferiblemente en colores marrones, no  que los modelos fueran variopintos, por lo demás. Así que cuando los de Palencia y provincia nos juntábamos en la Estación del Norte –curiosidad: es la única estación y no existe nada parecido a Estación del Sur- para tomar el tren, los modelos de maletas se reducían a tres. No era raro, con el nerviosismo –era la primera vez que abordábamos un tren- que nos equivocáramos y cogiéramos la de algún compañero.

Estaba la maleta de color marrón oscuro, terroso, a juego con los labrantíos que abandonábamos, con los cantos y esquinas perfectamente redondeados, de un material acartonado. Mejor: era de cartón. Pesaba poco y era muy liviana, si bien tenía el inconveniente de que se abollaba al menor golpe, aunque por lo general, si se empujaba desde el interior, volvía a recobrar su forma habitual. Al menos media docena de veces. Si el proceso se repetía, terminaba por destartalarse.

Estaba la maleta rígida, esquinas de cartabón, bien anguladas, con el armazón de madera, un rectángulo liso y hueco que al menor golpe, especialmente en las esquinas, corría el riesgo de desvencijarse. Eso sí, por alguna extraña elección del artesano, estaba dotada de cerraduras doradas y brillantes, las cuales sobresalían sobremanera del color ligeramente verdoso pastel del exterior, del mismo tono que los oteros en primavera, los que abandonábamos para siempre. Era tan pesada que a quienes la portaban les costaba Dios y ayuda moverla. Con toda seguridad pesaba más el contenedor que el contenido. No existían equipajes con ruedas, así que la mayor parte del tiempo se llevaban arrastrando, hasta que, más tarde o más pronto, terminaban por descuadrarse en las esquinas.

Finalmente estaban las intermedias en cuanto a su consistencia, de una lona endurecida, resistentes a casi cualquier desperfecto, poseían la rigidez de las de madera, obviando su quebrantabilidad. Las esquinas y algunas partes curvas de la tapa estaban reforzadas con cuero, ajustado con remaches dorados. El asa, una doble tira reforzada de cuero, anclada al cuerpo con seis remaches, estaba dotada de un ligero movimiento gracias a las dos argollas sobre las que se sustentaba. El cuerpo era ocre, amarillento, cruzado, en sentido perpendicular al rectángulo de la maleta, por franjas paralelas imitando un ligerísimo zigzag, a veces más juntas, a veces más separadas, de tonos intensos, parecidos al ocre pero más amarillentos, incluso naranjas y rojos. A juego con los campos en barbecho, arados con las primeras lluvias del otoño, que pensábamos dejar atrás para siempre. Era la maleta inconfundible del emigrante de posguerra, del que se iba del pueblo para nunca volver, salvo si se enriquecía y retornaba con el “aiga” en cuyo caso, obviamente, no necesitaría la maleta.

Cualesquiera fuera nuestro modelo, nuestras madres nos preparaban cuidadosamente el ajuar para que todo cupiera –incluido el paquete de embutido y la pastilla de chocolate duro- debidamente ordenado. Como sólo una madre saber hacer una maleta. Hay pocas cosas, si alguna, que manifiesten de manera tan nítida el cariño maternal como el de una madre haciendo la maleta a un chaval de once años que se va al internado “para convertirse en un hombre de provecho”. Más que docenas de carantoñas o decenas de efusivos abrazos y besos. Soy testigo.

La víspera, alguna pieza marcada con el trescientos nueve en el último instante, metía las mudas, el par de pantalones, los utensilios de aseo –tan novedoso como el pantalón de deporte, en el pueblo no usábamos cepillos de dientes- la pastilla de jabón, el par de toallas, las zapatillas compradas “a Luisito el de La Puebla”, los calcetines y no muchas cosas más. Íbamos, como dice el poeta, ligeros de equipaje. En realidad, casi todo iba por pares y digo bien, por pares y nada más que pares. No había tres camisetas, ni tres calzoncillos. Era la muda que se cambiaba cada lunes y vuelta a empezar. Todo con el impecable 309. Aunque recuerdo como a mi madre el nueve se le rebelaba y le salía algo zumbón. No resultaba difícil confundirle con un siete, las últimas puntadas no tomaban bien la curva o la tomaban demasiado bien y parecía un ocho. 

Y tras observar en silencio como mi madre cuadraba a la perfección mis escasas pertenencias en la maleta -la mía era de lona, de un familiar que se fue a Alemania para trabajar en una fábrica de pinturas y volvió, como gato escaldado, a los seis meses, pero con la maleta incólume, no así sus pulmones- intentaba dormir, sin apenas conseguirlo, en la habitación de arriba, mirando al techo de yeso blanqueado. Haciendo cálculos sobre cómo me las arreglaría, sin ayuda de nadie, para subirla al tren en la Estación del Norte. Camino del sur. Del futuro. Con once años. Para siempre.

(*Gracias a Pedro González por la imagen y por la idea)

Saturday, September 1, 2012

Preguntas de un nuevo amanecer

Estrictamente hablando, esto es, escribiendo, no es una historia de las Arcas Reales. Hacía ya siete años que habíamos dejado el internado y recorrido un largo camino de latines y reválidas, caminábamos ya encauzados en la aparente –y ciertamente aburrida- buena senda de la metafísica tomista, bendito P. Turiel, tras haber dejado atrás algunas escaramuzas filosóficas con Heidegger, Husserl y algún que otro encontronazo -mas que nada, escolar- con el mismísimo Marx, Karl. Verano de 1978.

Que me dispensen los protagonistas reales de la historia puesto que yo era, literalmente, un mero espectador. Como no podía ser de otra manera. Mi acercamiento a la música, como infante y adolescente, había sido calamitoso. Bastaba que el P. Gregorio Buena nos mandara solfear, en grupo, a toda la sección A, para que a las primeras de cambio un servidor quedara descartado: “Mantecón, -retronaba su voz cavernosa contra el techo ondulado del aula de música- tiene Ud. una pared por oido”. Nada que alegar ante la evidencia vocal. Inevitablemente, yo caía, curso tras curso, entre la primera media docena de los declarados inútiles para acceder a la preselección de tiples que conformarían la afamada y exitosa, mutipremiada,  Coral Virgen del Rosario, estandarte musical del internado en concursos, actos devocionales, villancicos en la radio, y hasta en viajes a Roma y Santiago de Compostela. Pueri Cantores.

Hubo una lejana época en la que achacaba esta impericia musical a que Don Tino, el añorado maestroescuela de la aldea, siempre estuviese más preocupado porque aprendiéramos de memoria la altura exacta del Mont Blanc y el lugar preciso del nacimiento del Ebro, Fontibre, que las notas volátiles de los pentagramas. Con el paso del tiempo comprendí que era una insuficiencia congénita, incluso un defecto genético. Y eso que en el noviciado de Ocaña, cuatro años antes de que la anécdota aquí narrada ocurriera, había hecho un denodado esfuerzo para teclear en el armonio de la capilla, nada más y nada menos, que el Ave María de Shubert. Eso sí, marcando las teclas con números. Así que me consolaba, o quizá suplía mis deficiencias musicales, convirtiéndome en envidioso admirador de todos los compañeros, había algunos magníficos, eso que procedían de escuelas pueblerinas similares a la mía, poseedores de un don innato por la música, fuera cantar o tocar algún instrumento musical. Limitados, por lo general, a los de cuerda, posiblemente por ser más fáciles de transportar y más baratos. No estaba la época de penurias para costosos trombones o voluminosos chelos.

Muchos años después, recuerdo todavía el lugar exacto, al lado de una arqueta del campo de fútbol en el Pabellón de Menores, donde se me pusieron, literalmente, los pelos de punta –cursillo de verano de 1967- cuando mi colega Hilario Vicario, una voz irrepetible, entonaba, con voz angelical y pura, “Madrecita María del Carmen, madre de mi corazóooon…”. La educación musical de Arcas, dejando aparte la falta de cualidades de algunos de nosotros, era un auténtico lujo. El P. Buena, el P. Llanos, el P. Rubio, el P. Gil y tantos otros conformaron una educación musical que en aquellos años plomizos y tristones resultaba sobresaliente. Por la cantidad y por la calidad. Baste decir que hasta teníamos libro de texto (para la teoría) y una abundante práctica académica, a lo que se sumaba para los elegidos interminables ensayos, en vísperas de concursos y festivales, horas extraordinarias, restando tiempo al sueño o al recreo. Que algunos resultáramos irrecuperables, desde luego, no es achacable al empeño que ponían los profesores en domar nuestros desahuciados tímpanos infantiles.

Fuera consecuencia de esos traumas infantiles o de la cercanía geográfica al lugar de los acontecimientos, este verano del ’78, con la veintena iniciada, una noche inenarrable, allí me encuentro yo en el gallinero del Teatro Principal de Reinosa, Santander, provincia denominada en la actualidad por el vulgo Cantabria, aplaudiendo a rabiar y gritando como un auténtico “hooligan” musical (¡Vais a ganar, vais a ganar¡) tras la actuación, incomparable, he de añadir, de mi compañero de viaje, o yo de él, Dámaso Hierro y de Javier Celada. Dámaso ha pasado el curso, como un servidor, peleándose con la iniciación a las teorías literarias de composición de los protoevangelios (Bendito padre Borragán) en el estudiantado de San Pedro Mártir, conocido popularmente por el vulgo, como el teologado de Alcobendas. Su voz relativamente bronca, pero exquisitamente modulada en su gravedad, ha constituido en el curso de la interpretación un perfecto contraste para la de Javier (o viceversa), cuya voz todavía de preadolescente, con trece o catorce años, ha resonado cristalina y transparente en el florido escenario de Reinosa. Estamos en la segunda edición del Festival de la Canción del Ebro y la canción compuesta por el P. Isidro Rubio Intauxti, navarro de pura cepa, tiene todas las papeletas para llevarse el primer premio del certamen. Hasta el director de orquesta, un conocido músico bilbaíno cuyo nombre no recuerdo, parece que ha dirigido los violines con más entusiasmo y garbo que para el resto de participantes.

El dúo formado por Dámaso y Javier ha sobrevivido a una dura preselección entre más de 300 aspirantes y allí están los dos entre asustados y orgullosos, pasadas las tensiones del momento, saludando con timidez a la platea. Han pasado la semifinal del concurso y su actuación en la final ha sido portentosa. No soy yo el más adecuado para emitir un juicio crítico, acaso me esté dejando llevar por el entusiasmo y el corporativismo, pero estoy convencido que van a arrasar en la votación final. Yo y toda la “clac” congregada en el gallinero del teatro para exultar ante lo que consideramos una interpretación imbatible. Y vaya “groupies” que nos hemos arrejuntado. Salvo los padres de los artistas que han tenido derecho a un asiento en el patio de butacas, allí están los miembros del grupo de pop religioso, por denominarlo de alguna manera, Bismuto 77, del cual Dámaso es vocalista, un ilustre cántabro de Sarón, nuestro compadre Emilio y sus padres, un servidor, mi tío Luis y hasta Don Juan, el cura párroco de mi pueblo. Ni la más remota idea de lo que hace aquí el cura de la aldea. Sábado por la noche, debería estar preparando el sermón dominical. El caso es que, con diferencia, resulta el más enfervorizado y quien más escandalera arma. El bueno de Don Juan, que en su momento me había empujado para que fuera a las Arcas, convencido de mi incipiente vocación dominicana, y que en el camino de regreso de un pueblo de la montaña para que monseñor Souto Vizoso me confirmara –en las Arcas Reales no se podía entrar sin haber recibido el sacramento- nos encontramos con el epíscopo al borde la cuneta, haciendo de menores (otra expresión inconfundible del internado) con el manteo levantado hasta la cintura. La única vez que he visto a un obispo hacer sus necesidades. Pero ésta es otra historia…

Volviendo al evento musical, conviene señalar que aunque hoy la letra de la canción pueda parecer “demodé”, en aquel momento y en aquella época reflejaba muy bien el contexto en el que discurría nuestra existencia. Básicamente, en el fin de la adolescencia y primera juventud, nuestro discernimiento sobre el futuro era un gigantesco interrogante (“si no veo nada, si no veo nada”). El mundo, de puertas afuera, vivíamos ya en el claustro, tampoco ayudaba mucho. Madrid era un hervidero de opciones y posibilidades, acrecentadas por todo el “maremágnum” de dilemas y disyuntivas, a cual más novedosa y radical, que se despeñaban todos los días desde las televisiones y los periódicos (“es mi amanecer que trepa por las ramas, espacios abiertos, caminos del alba”), incluso por boca de nuestros profesores de hermenéutica bíblica (“espacios abiertos / caminos del alba/ recuerdos dormidos / que ahora te llaman”). Aunque no menos destacadas resultaban las incertidumbres. No éramos conscientes, sólo lo percibimos “a posteriori”, pero con cerca de veinte años, el mundo a nuestro alrededor, estaba dando un vuelco que, por ende, terminaría por transformarnos a nosotros por completo, incluso a mi cura párraco.

El día a día lo vivíamos  bañados en una pócima de existencialismo, la libertad reciente a espuertas (“es mi amanecer / que trepa por las ramas / que abre sus ventanas / son voces de un querer”) rozando a veces con un pesimismo desmesurado. Incluso un nihilismo que rozaba lo absurdo y que no se correspondía con la nueva época que aventurábamos (“para qué cantar / para qué reir / para qué mirar / hacia el mañana”). El texto ideado por el P. Rubio se debatía entre una cierta moralización del presente, faltaría más, nuestro porvenir será sólo fruto de nuestro esfuerzo y nuestro empeño (“es aquí donde está / donde hay que escalar / la montaña alta”), enfrentado a una imposibilidad de llegar al futuro (“para qué estudiar / para qué vivir / para qué esperar /el hada  blanca / si no veo nada / si no veo nada”). O del que futuro llegara a nosotros. La dialéctica de la canción terminaba en empate, sin que el autor se decidiese claramente por una u otra opción. Lo cual tiene su mérito. Porque considerando la situación y la época, lo más lógico es que nuestro navarro, excelente profesor de literatura, se hubiera decantado por un canto exultante a la bondad divina, los éxitos inmediatos de nuestros esfuerzos, la vida en un puño fruto de la providencia divina.  Somos los mejores. Pero no, ahí, al final, nos deja plantados en la duda: “palomas perdidas / que un niño encarcela /trabajos que hacemos / tu y yo en la arena”. Vuelta al estribillo.

Supongo que el P. Rubio, como es natural, la escribió en un contexto puramente vocacional, o quizá más bien, como una descripción de la desorientación en la que muchos de nosotros (¿también él?) habitábamos, no sólo en el marco religioso, sino en el ámbito de la cotidianeidad. Desde luego, a Dámaso y un servidor, que estábamos viviendo, casi de primera mano, incluso en el teologado, la ebullición de Madrid de mediados de los setenta, a lo que se juntaba la empanada mental de nuestras aspiraciones a sacerdotes dominicos por la gracia del Altísimo (el cura párroco había acertado momentáneamente), cada palabra de la canción nos venía como anillo al dedo. Quizá hoy pueda parecer relativamente kitsch, pero aquella formulación era perfecta para la época. Seguramente Javier, tan jovencito, no asumía su letra, era un mero repetidor, pero para nosotros que no sabíamos muy bien de dónde veníamos y, menos aún, a donde diablos íbamos, nos parecía la perfecta hoja de ruta. De las características musicales, francamente, prefiero no meterme en camisas de once varas. Si bien, mis modestos conocimientos musicales parecen indicar que en aquella nutrida época de cantautores y cantantes protesta, Aute, Llach, Adolfo Celdrán, Pastor, incluso Serrat, al padre Rubio se le había pegado algo de su paisana Ostiz, tan popular en aquellos años. Quizás.

Así que cuando el fatídico, amañado, para nosotros, fallo del jurado se produjo y les otorgaron un más que honorable, pero para nosotros absolutamente injusto, tercer puesto estallamos a voz en grito “Tongo, tongo, tongo”. Armamos tal alboroto que los organizadores subieron a todo correr desde la planta baja para  amenazarnos con la expulsión del teatro. Y hasta Don Juan se subió, a horcajadas entre el respaldo de dos butacas, para que se le divisara mejor desde el escenario. Apuntaba con un dedo amenazador hacia el portavoz del mismo, al ignoto maestro bilbaíno, y como nunca hacía en el sermón de la fiesta del santo patrón, donde era más bien comedido y recatado, a voz en grito retomó, con más énfasis, si cabe, lo de “Tongo, tongo, tongo”. Esta vez no nos quedó más remedio, para evitar males mayores, que abandonar la sala. Los acomodadores, preocupados para que la emperifollada burguesía local no pensara que se había infiltrado un grupito de anarquistas en medio de su modoso festival, amenazó con llamar a la fuerzas del orden. Y en 1978 las fuerzas del orden, más aún en Reinosa donde recientemente habían tenido lugar unas durísimas huelgas de la industria, no estaban para ser tomadas a la ligera.

Con todo y con eso, no nos libramos de pasar la noche entre rejas. Aunque fuera por nuestra propia voluntad y para calmar nuestro aparente ánimo revolucionario. Como no teníamos alojamiento previsto, ni ciertamente dinero para pagárnoslo, terminamos rompiendo la puerta metálica del vestuario del club de fútbol local, ya en la carretera de camino a la meseta, y pasando la noche tras las ventanas enrejadas. Lo de vestuario era un eufemismo, allí no había ni bancos, sólo unos colgadores en la pared, una ducha y apestaba a lineamento. Y aunque no recuerde el nombre del director de orquesta, venal, a nuestros ojos, y presidente del jurado, que nos escamoteó, qué digo, que nos robó, el primer premio, me acuerdo, véte a saber por qué de la dominación del club de fútbol, el Matamorosa. Allí sobre el duro cemento del vestuario del Matamorosa “nuestro corazón buscaba otra enramada, que atizaba rojas brasas porque empezaba a crecer”. Reconozco que no tiene mucho sentido, pero de alguna forma, con aquella canción – convertida en un himno a la perplejidad de la época que nos envolvía y al azoramiento de nuestros ignorados destinos- nuestra época del internado, con su candor e ingenuidad,  pasó a mejor vida: “es mi corazón / que busca otra enramada / que atiza rojas brasas / porque empieza a crecer”.

No es de extrañar, pues, que cuando, ocasionalmente, escucho la grabación, como con “Madrecita María del Carmen, madre de mi corazóooon…” se me pongan, de nuevo, los pelos de punta y camino de los sesenta mire, todavía, al futuro. Eso sí, con bastante menos ingenuidad que entonces. "¿Para qué esperar el hada blanca?"

Friday, July 13, 2012

El comedor

El comedor, la palabra técnica, muy al uso en una orden religiosa y mucho menos vulgar que ésta, era, en realidad, la de refectorio. Para la mayoría de nosotros, aborígenes de interminables llanuras castellanas o umbríos valles leoneses, con aquel vocablo recién encontrado se nos llenaba la boca. Pronunciar “refectorio” parecía elevar la dignidad de nuestra parla aldeana, por lo demás, salvo algunos giros localistas, años antes de que la televisión omnipresente nos pasara a todos por el mismo patrón borreguil del idioma, de una calidad notable. ¿No decían que en Palencia era donde mejor se hablaba el castellano a través del ancho globo terráqueo?

Re-fec-to-rio, re-fec-to-rio, repetíamos los primeros días, transformando la cé en ka. La guinda de nuestro nuevo vocabulario la ponía otro neologismo de la época: el ofis. En realidad nosotros hacíamos un apaño a medio camino entre el original francés con apóstrofe, y la adaptación pucelana, concluyendo con algo así como: “Candanedo, ha ordenado el P. Mendoza que lleves las cántaras (de leche) del refektorio al lofis”. El “lofis” era la trastienda, un espacio en la parte trasera del comedor que hacía las veces de cocina y sala de trabajo para la preparación de los menús, almacén de enseres y donde tenía plaza de mando, sobre las buenas y tan bondadosas como serviciales, que el Señor las tenga en su gloria, hermanas dominicas, el cocinero. Don Miguel, por nombre, mediados de los sesenta.

En realidad, comedores eran dos, simétricamente colocados, en ambos pabellones, mayores y menores, como una prolongación de la galería. Tres, si contamos el de los padres. Pero éste, como todo el resto de esa zona, salvo la portería, tenía el acceso vedado. Era sólo para los frailes que comían huevos. Pasaron años, bastantes después de salir de Arcas Reales, antes de poder apercibir el de los padres, recoleto y elegante en sus dimensiones, situado detrás de la portería del hermano Fuertes, que con su capilla y su sala de comunidad conformaban el sancta sanctórum del internado, impenetrable a la vista y los pasos de los internos.

Los nuestros, por el contrario, eran dos naves inmensas rectangulares en la base, las paredes y el techo. Una caja de zapatos inmensa donde menester era, acomodar a 200 alumnos por cada comedor. Pero en la banalidad de sus funciones, tenían cierto encanto, un notable encanto diría yo. Alicatados casi hasta el techo, habían sido decorados con sencillas figuras de plantas y pájaros, azul marino intenso sobre el blanco del mosaico, por uno de los mejores artistas figurativos hispanos de la primera mitad del siglo XX, el granadino Antonio Rodríguez Valdivieso. Don Miguel Fisac aparte de genio de la arquitectura, tenía un gusto excelente para los complementos. No que nuestras preocupaciones fueran, en aquel entonces, preadolescentes como éramos, el marco monumental en el que nos ocupábamos del yantar (¡Otra palabra que nos chocaba, cuando el P. Isidro Rubio nos leía el Romancero!).

¿Cuáles eran nuestras principales inquietudes en el refectorio? Guardar silencio –o como mal menor evitar que no te pillara hablando el prefecto- y comer, o como mal menor, pasar de tapadillo el detestable plato de lentejas al carrito de recogida. Parece obvio, hasta se puede decir que contradictorio, pero absolutamente cierto. Lo del silencio, a tantos años vista, suena a costumbre del pleistoceno, pero puedo asegurar, aunque mis hijos no me crean y se rían incluso de ello, que comer en silencio resultaba una costumbre tan sana como útil. Primero porque 200 alumnos gritando en un espacio tan reducido como áquel era ensordecedor, a lo que se sumaba ruido de platos y vasos de aluminio, rodar de carritos con las viandas y disputas varias.

Comer en silencio, además, tenía la ventaja de que se aprovechaba el tiempo mucho mejor. Un lector, por turnos diarios o semanales, se encargaba de leer alguna hagiografía piadosa (sí, también de las hagiografías piadosas se puede aprender algo, aunque sea poco) o del Diario de Valladolid, cuando algún acontecimiento importante, no necesariamente religioso, aunque éstos tenían preeminencia, así lo requería. Julio Verne no nos ofrecía tanta emoción como los despachos de la agencia Efe –abril de 1970- narrando que la falta de oxígeno y el exceso de dióxido de carbono en el Apolo XIII estaba llevando a los astronautas a una muerte segura. Eso sí, normalmente el prefecto de disciplina solía, a la hora del postre, liberarnos de tan pesada carga y dejar que gritáramos a nuestro libre albedrío: “Duránnnnntez, puedo repetir manzana”. Porque postre, postre, salvo fruta del tiempo (ligeramente arrugada) no recuerdo yo delicadezas dulces que, aunque fuera vagamente, nos recordaran las exquisiteces de nuestras madres. Pero posiblemente el paso de los años ha borrado ciertas dulzuras del pasado.

Las dimensiones de las pesadas mesas y los bancos de madera hacían juego con las proporciones del refectorio-comedor. En cada lateral, también eran rectangulares, cabían al menos una decena de alumnos. Es decir, una veintena por mesa. Entrábamos, cómo no, en silencio y, cómo no, en fila. Sempiterno orden del abecedario. Así que si te llevabas mal con tus camaradas de la letra ce en el aula, los tenías, como si dijéramos, hasta en la sopa (de maicena) que formaba parte habitual del menú nocturno. En numerosas conversaciones con compañeros de la época, aquí los recuerdos divergen considerablemente, se constata que sobre la calidad de las viandas se tienen, consecuencia de los decenios transcurridos, percepciones muy diferentes. Algunos opinan que, sino sofisticada, la alimentación era abundante y bastante variada. Otros muchos, quizá más, tienen un buen recuerdo de profesores, juegos, competiciones deportivas, pero de las comidas no tanto. Y no falta el que sobrevivió a más de un trauma, fuere psicológico o físico, por la obligatoriedad, difícilmente eludible, de rebañar hasta el último trocito de lenguado (entonces era más asequible que ahora) a la hora de la cena.

Es cierto que, por lo que pagábamos y considerando la época, década de los sesenta, no se podían exigir milagros. Existía, asimismo, un inevitable punto de comparación con nuestras casas. La mayoría, procedentes de clases humildes, vivíamos fuera de todo lujo, pero como muchos éramos de pueblos, siempre había un bocado que echarse a la boca. Generalmente delicioso: legumbres, una sarta de la matanza, peras recién acarreadas de la huerta, patatas sacadas del linar de la vega. Y aquí, en las Arcas Reales, se producía –parece inevitable cuando año tras año, durante cuatro, algunos hasta seis, se repetían una y otra vez los mismos limitados menús- una cierta monotonía y repetitividad alimenticia. Eso es cierto. No obstante, algunos, recuerdan con más exactitud, casi hasta con memoria de gula, las sopas de leche fría que la fecha de la batalla de las Navas de Tolosa en la que tanto insistía el P. Reyero.

Para otros, sus papilas gustativas se orientan, pese a los cerca de cinco lustros transcurridos, a la espesa tortilla de patatas y, para todos, deleznables sin excepción, a las lentejas.  Si a la materia prima no podía pedírsela una calidad extraordinaria, no parece que el bueno de Don Miguel pusiera mucho de su parte. Muchos le recuerdan removiendo el perolón de garbanzos con la ceniza de la colilla cayéndose en medio del guiso. Esto puede ser una mera leyenda infantil, aunque la repetición en la memoria de tantos parece abundar en su certeza. Hasta parece que hacía las veces de cocinero en ambos pabellones. Es fácil imaginarle transitando, a la carrera, del “lofis” de los pequeños al de mayores, y viceversa, entre plato y plato servido. Me pregunto si también oficiaba para los buenos padres.

El servicio en el comedor, ésta era una de las tareas más preciadas que se nos asignaban por rotación, tanto como el de guardián del vestuario donde se almacenaban los balones de fútbol, te concedía ciertos privilegios que a nuestros ojos infantiles nos hacía sentirnos todopoderosos durante la media hora de la cena o la comida. Los servidores de la semana siempre comían una vez que el resto de compañeros habían abandonado el comedor y quedaban más o menos a sus anchas para repetir entre lo sobrado, si les gustaba (sopas de leche, hasta dolerte la tripa) o, sencillamente no comer –el prefecto de disciplina no estaba presente- si las dichosas lentejas, ocasionalmente salpicadas de algún extraño gusano y con un sospechoso olor a tabaco (¿por qué?) no te apetecían. Las monjitas hacían la vista gorda de este modesto libertinaje.

Mejor aún, aunque aquí se corría el riesgo de que la semana próxima tu compañero te aplicara la ley del talión, durante el servicio te convertías, “de facto” en el jefe de las repeticiones. Así que privilegiabas a conocidos, amigos o paisanos con un par de salchichas más, si así te placía, por tu santa voluntad, a hurtadillas de las vigilantes miradas del prefecto de disciplina. Eso sí, si alguien pedía repetir y no accedías a sus deseos era muy probable, como dicen los comentaristas de fútbol, que te tomara la matrícula para servirte la venganza en frío durante la semana que tu desairado compañero se convirtiera en el capitán de los repetidores. Tampoco es que, habitualmente, sobrara comida para repetir a gusto de todos. Dependía del menú. Casi todos suplíamos las necesidades con la repetición del pan, el cual, por cierto se cortaba en pedacitos en una inolvidable cizalla del “lofis”. Manejar aquel artefacto con destreza era una señal de capacidad técnica inigualable de cara a los compañeros.

Tres medias horas, cada día, pasábamos al lado de los pajaritos y las plantas de Valdivieso. Desayuno, comida y cena. La merienda ocasionalmente, en algún día de lluvia, ya que habitualmente se solía repartir a la entrada de los pabellones, por la parte del campo de fútbol, o en la misma galería. Hora y media durante la que, la mayoría de nosotros, aprendimos a manejar el cuchillo con la derecha y el tenedor con la izquierda, como deben hacerlo los hombres de provecho. Allí nos adiestraron en las primeras normas de urbanidad que nos imprimieron un ligero barniz de pupilos de colegio de pago.

Así que no es de extrañar que, cuando en las vacaciones del verano, retornaba a la cazuela de fideos común a toda la familia, mi madre me mirara ojiplática al reclamar la servilleta. Pero ella, sabias entre las sabias, accedía de buen grado a sacar una del único juego, el que se usaba para la fiesta del santo patrón. “Toma hijo”, decía entre sorprendida y orgullosa, conocedora de que el esfuerzo económico realizado para pagar el internado al P. Reyero comenzaba a producir resultados. Ya veríamos cuando llegaran las notas…


Tuesday, May 1, 2012

La iglesia


De arquitectura no teníamos ni idea, al menos en primero y segundo. Más tarde, cuando el P. Reyero nos explicaba los tres órdenes helénicos en cuarto, en Historia del Arte y la Cultura, también aprendimos las nociones básicas para diferenciar el flamígero del plateresco. O casi. Incluso nos daba tiempo a echar una ojeada a las ilustraciones, nunca a estudiar los textos de las últimas lecciones, por falta de tiempo, de las obras de Le Corbusier o Wright, con la iglesia de Notre Dame de Haut o la Casa de la Cascada, respectivamente. Que, además, estaban entre las estampas más preciadas de un álbum de cromos muy popular donde se mezclaban animales de la jungla y obras arquitectónicas de primer nivel.

La iglesia del insigne y todavía infravalorado Miguel Fisac que, en las próximas semanas y meses, se convertiría en el espacio central de nuestras vidas, tanto física como metafóricamente, no aparecía en esas páginas, aunque bien que lo hubiera merecido, ni el cuaderno de cromos. Aunque –ignorado por nosotros- sí que se podía encontrar la austera imagen del interior de la iglesia en revistas especializadas de arquitectura de la época. El galardón recibido en Viena en la década precedente, en cuanto monumento emblemático del arte moderno religioso en España, había catapultado, eso sí, en círculos más bien restringidos, al arquitecto y a su obra de las Arcas Reales a un lugar de privilegio tan criticado como alabado.

Para la época, pleno franquismo, y el contexto, un internado de religiosos tremendamente conservadores, que el edificio se hubiera levantado, más que de una revolución arquitectónica premeditada, se trataba de un genuino milagro eclesial. La pequeña gran historia de aquellas decisiones, atribuidas al prior provincial de entonces, el P. Sancho, seguro que daría para una tesis doctoral sobre la ambivalencia de un continente, la forma arquitectónica, vanguardista y heraldo del Vaticano II en puertas, frente a un contenido, la religiosidad celebrada entre sus paredes, anclada en conceptos decimonónicos, sino anteriores, donde el rezo ritual y cotidiano del rosario conformaba uno de los pilares sobre los que se sustentaba, quizá mejor, se pretendía sustentar la fe de nuestras infancias tan tiernas y moldeables como pueblerinas e ingenuas.

Aquel prestigio de la obra de Fisac, sin que afloraran las matizaciones socio religiosas pertinentes, había corrido de boca en boca entre nuestros progenitores originados, en términos muy vagos por los propios alumnos o los buenos padres dominicos. No que tuvieran, nuestros padres, el mínimo interés en las formulaciones arquitectónicas de don Miguel. Pero era “vox populi”, incluso para muchos de ellos que hacían su primer viaje en tren para acompañarnos al internado, en que la “iglesia moderna” era un plus de prestigio para el colegio y, por consiguiente para sus vástagos que estudiaban en él.

Lo de “iglesia moderna” constituía un pequeño mantra, que los buenos padres dominicos, más versados en asuntos monumentales, explotaban con celeridad, cariño y buenos propósitos. Nada más pisar el patio central, la visita a la “iglesia moderna” era lo primero que se hacía, por delante, incluso, de las clases o el dormitorio corrido. Al padre prefecto de disciplina o al P. Santiago –el pescador de vocaciones sociológicas que nos había visitado en la escuela de la aldea- les encantaba sorprender a nuestros padres con aquellas paredes desnudas y lisas, deslumbrados, literalmente, por aquel altar en el centro del ábside, sobriamente iluminado por la caliza de Campaspero.

Después volvían al pueblo y contaban con orgullo lo de la “iglesia moderna” al señor Maurino, que también había tenido un hijo en el internado, pero poco tiempo, así que ni siquiera había podido acercarse ni el Día de las Familias para admirar las maravillas de aquellas paredes desvestidas que encajonaban el altar. Aunque yo bien sabía, en mi inocencia infantil, que a mis padres, inmersos en un mundo barroco de santos y vírgenes, desde Santa Lucía a San Isidro Labrador pasando por la Virgen de Fátima con sus pies sobre una nube de escayola donde reposaban tres palomitas, que la boca abierta de mis padres no lo era tanto por la supuesta sorpresa que les mostraba el P. Santiago sino fruto de una profunda desilusión.


De hecho, aunque sólo fuera en las formas, la iglesia parroquial y aquel sorprendente edificio conformaban dos mundos bien diferentes sino contrapuestos. Sólo en las formas. Cierto, los bancos, no había reclinatorios individuales como en el pueblo, estaban simétricamente colocados. También, novedad reciente del Vaticano II recién finalizado, como en el pueblo, el altar miraba a los fieles. Ahí se acababan las similitudes. Ni un santo en las paredes a quien dirigir las devociones (a hurtadillas, algunos compañeros osarían decir que aquella iglesia era ¡protestante!), ni el tabernáculo en el centro del altar ante quien hincar la rodilla en genuflexión reverencial.  Demasiado chocante para nuestros padres, acostumbrados a la jerarquía celestial, apabullados por la exuberante invasión escultórica barroca, ocasionalmente románica, de sus iglesias donde al hilo de los tiempos y generación tras generación habían creído entender que sin santos no hay paraíso.

En cualquier caso aceptaron, sin rechistar, aquella  nueva forma de de espacio religioso porque tenían la fe del carbonero en los criterios educativos de los buenos padres, ¡más aún si se trataba de asuntos religiosos!,  confiaban a pies juntillas en el inmejorable criterio de los padres dominicos para hacer de nosotros hombres de provecho en cuerpo y alma. Con o sin santos en los muros de la iglesia. Si esperaban que me enseñaran a calcular la medida de la hipotenusa con el teorema de Pitágoras, y eso era mucho esperar, ¿cómo no iban a confiar en que la lección moral de la parábola del hijo pródigo se me quedara bien grabada entre aquellas paredes desnudas, interminables, donde la única imagen, la Virgen del Rosario en piedra de Jose Capuz, pese a sus enormes dimensiones, se fundía con el leve arco dibujado por el ábside?

La iglesia, colocada estratégicamente por el arquitecto, en el centro de todo el complejo escolar, se convertía cotidianamente en el punto de encuentro de todos los que poblábamos las Arcas Reales. Fueran profesores, alumnos mayores, menores, monjas auxiliares o hermanos legos (más tarde llamados cooperadores). Todos nos encontrábamos allí, no menos de tres o cuatro veces al día. En días festivos, incluso más. Allí acudíamos todos, juntos pero no revueltos. La entrada se hace por  disciplinadas filas, formadas con anterioridad en las galerías, y rigurosísimo silencio. El corto pasillo de acceso, desde las galerías hasta la iglesia, en sacrosanta circunspección, el acceso también parte del espacio sagrado. Las filas, a medida que avanzan por los laterales de la nave se entroncan, como en una parada militar, en los austeros bancos de madera.

Lo primero, inevitablemente, es ponerse de rodillas en ellos. Cualquier acto litúrgico, menor o mayor, solemne o menos solemne, se inicia en genuflexión. Los cursos pequeños, los que proceden del pabellón de menores, ocupan los bancos delanteros. Cuando éstos han terminado de colocarse, es el turno de entrada de los mayores. El espacio sacro se agranda con el silencio impenetrable de 400 alumnos y, se dice pronto, donde no se oye ni una mosca. De repente, el P. Ibáñez, para sorpresa sonora, especialmente de los más pequeños todavía poco acostumbrados a estas entradas estentóreas, ataca en el órgano una fuga de Bach. Nos miramos, ligeramente atemorizados, pero ni una palabra al vecino y mucho menos mirar la vista atrás, hacia el coro, no sea que nos convirtamos en estatuas de sal. O lo que es peor, que el P. Prefecto de Disciplina, vigilante en un lateral, nos llame al orden. Pasen los avisos en el dormitorio o en la clase, pero en la iglesia, delito de lesa majestad y difícil perdón.

En el pueblo, por turno, todos éramos monaguillos. No éramos tantos, después de todo, en edad de portar las vinajeras y la cruz procesional de plata. Además las funciones religiosas se multiplicaban entre bautizos, entierros, bodas, procesiones y rosarios. Así que don Maximino tenía tajo para todos.  Aquí, en el internado, la competencia para servir en el altar es muy dura, aunque sólo sea por el número de candidatos. Ser designado monaguillo constituye un privilegio, atribuible, al menos en nuestra parla infantil al “enchufe”. Como hay enchufados en clase de geografía porque recitan de memoria los tres picos más altos de la península Ibérica y Canarias (el Teide, Mantecón, cuántas veces se lo tengo que decir) en la clase del P. Varela, también hay enchufados para portar el incensario  y los ciriales por delante del P. Antonio Felices, cuya cabeza inmensa y rapada, los hombros cargados incrementan la extremada solemnidad con la que porta la custodia, a mitad envuelta con el velo humeral. Aunque las razones por las cuales media docena de elegidos obtienen ese privilegio se pierde en los vericuetos de la memoria.

Las prácticas religiosas eran las clásicas de la época, mediados de los sesenta. El concilio venía de terminar, pero pasaría media docena de años hasta que raspara mínimamente en la superficie educativa de nuestros guías espirituales. Mientras tanto, seguíamos practicando nuestra religiosidad como la habían practicado ellos y como la practicaban nuestros padres. A golpe de mera recitación, de orden ritual y celebraciones repetitivas que, mirando para atrás, pueden parecer huecas e inútiles, pero que allí, y en aquel momento, eran nuestra tabla de salvación catequética en la fe que nos habían inculcado desde que teníamos uso de razón, incluso antes.

Cualesquiera que fuera el acto religioso teníamos más que memorizadas las plegarias. A las invocaciones del sacerdote que presidía la ceremonia, respondíamos con afirmaciones aprendidas de memoria, de manera absolutamente mecánica. De la misma manera que enunciábamos los ríos de España, empezando por el Sil, proclamábamos nuestra contrición, el “confíteor”: por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa. Si arrepentimiento había, y no podía no haberlo al amparo del temor religioso que nos abrumaba, con la declamación ritual nos bastaba para sentirnos satisfechos en el cumplimiento de nuestro deber religioso fundamentado, exclusivamente, en la mecánica de nuestras respuestas a las invocaciones sacerdotales y el perpetuo ritual de rosarios, misas y devociones varias que se sucedían día tras día.

No había espacio para la reflexión, discusión, mucho menos debate. Todo era un vaivén archiconocido desde el Señor esté con vosotros y con tu espíritu, etc. etc. hasta el podéis ir en paz. Esta recitación mecánica se exacerbaba en el rezo del rosario vespertino, un acto insoslayable, cuya única variación, dependiendo del día de la semana, era si los misterios eran gozosos, gloriosos o dolorosos. Incluso hasta la confesión, un acto bien personal e íntimo, constituía un ceremonial más, cuya obligación de cumplirlo (¡jamás hubiéramos osar saltárnoslo en nuestro turno semanal!) era inmensamente más importante que la confesión en sí. Padre me acuso de esto y lo otro. Inevitablemente, hasta nuestros modestos  pecadillos eran repetitivos semana tras semana. De no estudiar las preposiciones como se debía, de desobedecer al padre Llanos en el recreo, de pelearme con mi compañero Sixto en la clase. Así semana tras semana. La única licencia que nos permitíamos ante el atemorizador sacramento de la reconciliación (este vocablo apareció algunos años más tarde) eran los pequeños truquillos para confesarse con un padre u otro (véte tú primero, me pongo al cabo de la fila) para intentar caer con el P. Ortega que tiene fama de poner penitencias ligeras, las más leves admitidas por el Ritual Romano. Un avemaría y a correr.

Me pregunto para cuantos de nosotros aquella religiosidad, que estaba más bien vacía como la época gris que nos tocó vivir, constituyó el germen de algo más sólido y duradero. Era el signo de los tiempos. Posiblemente en los últimos años de la siguiente década todo aquel sobrepeso moralizante y ritual dio un giro considerable. Nuestra generación tuvo la mala suerte de caminar siempre en tierra de nadie. Demasiado tarde como para asumir tradiciones y costumbres que se desmoronaban, demasiado pronto para convertirnos en heraldos de los cambios que se presagiaban. Arrastramos el ritualismo huero de las décadas precedentes, pero ya no tuvimos ocasión de palpar los cambios venideros. Y eso que la imponente iglesia ofrecía todos los números para que nos tocara la lotería de la nueva forma de concebir la religión nacida a partir del Vaticano II. Queda pues claro que Miguel Fisac fue un pionero, un adelantado de su tiempo, a cuya concepción arquitectónica no se correspondió, desgraciadamente, la avanzadilla teológica en la que los buenos padres dominicos, capacitados como estaban, podrían haber acunado la fe de nuestra adolescencia en ciernes. No podía ser y no fue.

Al menos algo me queda. Las luces se apagan, sigue el P. Ibáñez al órgano, ahora más melodioso (¿Zarabanda de Haendel?) que al inicio de la exposición del Santísimo. Con el mismo orden de filas, pero a la inversa, comenzamos a abandonar la iglesia. Las volutas del incienso se adivinan escalando por el vitral del ábside. Lo aspiro profundamente. Mis pantalones cortos y mi jerséi para los días de fiesta, comprado en Almacenes Olmedo de la calle Mayor de Palencia, se impregnan con el intenso perfume de las esencias arábigas. Sé que es una tontería, que he respirado ese mismo perfume del incienso en muchas otras ocasiones litúrgicas. Pero incluso cuando paseo por una calle céntrica de una ciudad del levante español, medio siglo después, al pasar por delante de una tienda de moda que vende objetos y perfumes indios y orientales, al sentir el incienso que sale desde dentro, distingo, invariablemente, al P. Felices impartiendo, brazos en alto, la bendición con la custodia. El único sonido perceptible es el tintineo de las cadenas del incensario. Seguro que a los padres dominicos les hubiera gustado que algo más perdurara en la memoria. No es mucho. Lo confieso. Aunque también se podría decir que no es poco.