Tuesday, June 25, 2019

ARCAS REALES, DESMEMORIADAS MEMORIAS DOMINICANAS: ESTUDIOS (2 de 2) por Rufino García Álvarez


Por las noches, desde las ocho hasta las nueve, hora de la cena, teníamos sesión de estudio en un aula común muy grande. Cada uno dedicaba este tiempo a estudiar lo que creía más necesario. El silencio era absoluto y un fraile estaba continuamente paseando entre las filas de pupitres vigilando nuestra actividad. 

Aquí recuerdo la crueldad, mejor dicho, el sadismo de un fraile joven, el P. Roales. Se paseaba entre las filas, de atrás adelante, y cuando estabas más concentrado en tu libro o bien te tiraba del pelo de la nuca o las patillas o te daba con la anilla del silbato de acero que siempre llevaba colgado de una cadenita debajo de la capilla del hábito. Lo hacía porque sí. Por placer. Por supuesto el placer lo sentía él solito. Pocas veces he visto persona más mezquina. Desconozco qué complejo o resentimiento tendría el citado fraile, pero era odiado por casi todo el mundo.

Con el tiempo ideamos, a partir de cuarto de bachillerato, salir en la hora de estudio en grupos de cuatro o cinco personas para poder estudiar en las aulas. Así podíamos repasar y estudiar las matemáticas, sobre todo, por lo que nos solía liderar quien mejor las comprendía para después explicarlas al resto. También se fue utilizando este método para las traducciones de latín y griego, para la física y química. Nuestra excusa era que nos estábamos preparando para la Reválida.

Paulatinamente esta práctica degeneró y los grupos de estudios se convirtieron en grupos de juegos a las cartas, a los barcos, al cuchicheo. Después de varios castigos y la reiteración del incumplimiento de los objetivos que se habían marcado acabaron con las salidas en grupos a las aulas para estudiar.

La hora de estudio antes de la cena se nos hacía eterna en aquel gran salón. Además, nos venían los efluvios de las cocinas. Con el hambre que teníamos, nos salivaba nuestro organismo con los olores del pescado frito o el olor de las sopas ligeritas.

Los estudios eran muy importantes entre los dominicos. De hecho, en la selección que hacían por los pueblos los padres captadores de vocaciones siempre tenían en cuenta el nivel de aplicación y resultados de los chicos en las escuelas. Si uno tenía malas notas no era tenido en cuenta, salvo algunas excepciones de padres acomodados que querían recluir a sus hijos durante un tiempo en un colegio religioso para ver si se enderezaban.

Para realzar la importancia del estudio se montó un protocolo de funcionamiento que consistía en una reunión trimestral con todo el claustro de profesores y los alumnos de los cursos de cada pabellón en el salón de actos. Allí por riguroso orden alfabético se iban cantando las notas de cada uno de los alumnos. Para unos era un gozo si tenían buenas clasificaciones y para otros una vergüenza mayúscula el oír sus notas, de pie, delante de todos los demás alumnos de los diferentes cursos.

Además, se hacía un ránking con las notas trimestrales confeccionando una especie de pódium en el que se repartían unas medallas y accesits a los tres mejores clasificados en cada trimestre. Por cierto, la primera vez que por mis notas debería aparecer en el listado no me vi reflejado en el tablón de anuncios. Fui a preguntar al P. Agripino el porqué de mi ausencia y me contestó que no había errores que los tres primeros clasificados de primero de bachillerato estaban en la lista. Ante mi insistencia se comprobó el tema. Efectivamente Rufino García Álvarez no constaba a pesar de sus notas, pero sí que constaba en tercer lugar un tal Julián García Álvarez. En ese mismo instante aprendí que yo tenía un segundo nombre, Julián, en honor de mi abuelo paterno, pero del que desconocía que pertenecía a mi filiación. Fue un sorpresón, como otros muchos que a lo largo de los años vamos descubriendo por circunstancias un tanto azarosas.

Cuando un alumno suspendía más de tres asignaturas era amonestado por el Tutor de Estudios y con la reiteración era castigado a quedarse a estudiar los jueves y algunos domingos, perdiéndose los paseos y las horas de deportes. Si a final de curso las asignaturas suspendidas eran superiores a seis se le obligaba a abandonar el Colegio. Algunos alumnos tenían una tolerancia hasta el primer trimestre del año siguiente, pero casi siempre eran despedidos.

Recuerdo el caso de un chico de Asturias, muy corpulento, más desarrollado físicamente que la mayoría de nosotros, que venía de una familia acomodada, que estaba orgulloso porque había conseguido aprobar tres asignaturas en el trimestre: Religión, Conducta y Urbanidad. Por ese gran esfuerzo sus padres le habían regalado una bicicleta.

Cuando se lo oí contar en el campo de baloncesto casi me desmayo de la envidia. Me dolió más esa injusticia en mi escala de valores, que el pisotón que me dio con aquellos zapatos de suela de crepé o de tocino, como la llamábamos nosotros, con todo su enorme peso sobre mi pie frío. Yo pensaba en la injusticia de mis padres que no valoraban mis esfuerzos y mis resultados y aquel tipejo por aprobar las tres marías tenía un excelente premio. Yo casi me consideraba con derecho a una moto si comparaba mis notas con las suyas. Por cierto, el chico no concluyó las navidades de segundo de bachillerato. Posiblemente fue a entrenarse con la bici.

Como Profesor recuerdo con un cierto cariño al P. Pinto. Nos explicaba Ciencias Naturales en tercero de bachillerato. No es que fuese un gran profesor y un especialista sobre el tema, pero nos obligaba a repetir al pie de la letra el libro de texto en los exámenes. Eso nos hizo estudiar con detenimiento todo lo referente, sobre todo, al cuerpo humano. Órganos, huesos, músculos, funciones eran repasados y memorizados de una manera exhaustiva. Quién me iba a decir que unos quince años más tarde me sería tan útil para aprobar una convocatoria de Titulado Superior en Telefónica cuando uno de los temas a exponer era: El Metabolismo en el Cuerpo Humano.

Mis compañeros de oposición quedaron alucinados cuando me vieron escribir páginas completas sobre el tema, sabiendo que mis conocimientos y titulación eran de Filosofía. La de vueltas que da la vida.

Ha habido otros profesores de aquellos años de bachillerato que me dejaron algunas influencias sobre los gustos y preferencias de sus enseñanzas. En Literatura tuve dos, sobre todo. El P. Igelmo me influyó sobre el tema de la poesía. De él me viene mi afición a componer rimas. Las mías suelen ser ripios mal hilvanados pero desde la época en que él nos dio clase, en cuarto de bachillerato, me inculcó esa habilidad. Nos obligaba a escribir rimas sobre muchos temas.

Aparte de sus enseñanzas sobre literatura tenía amplios conocimientos sobre historia y siempre intentaba hacer comprender por qué se escribía cierta literatura en unos períodos concretos. Nos analizaba las causas de esa producción literaria unidas a la historia y la economía.

Era, además, uno de los frailes menos pacatos en su lenguaje hacia nosotros. Recuerdo la anécdota que nos contaba hablando de literatura inglesa. De paso comenzó a hablar de Isabel de Inglaterra. Nos comentó: ¿A que no sabéis cómo se la conocía en su época?
Dimos muchos apodos, nombres y títulos, pero ni nos acercamos a su respuesta: “El tintero de Europa”.  La llamaban a sí porque en ella mojaban todos los príncipes europeos. Nos quedamos un tanto perplejos y con una sonrisa medio congelada porque lo entendíamos a medias y no sabíamos cómo reaccionar ante ese comentario inesperado.

Con su corpachón y sus carcajadas que bamboleaban su gran barriga nos dijo: Bueno, ya sois lo suficientemente mayores para saber ciertas cosas. Además, en esa época la diplomacia real inglesa se acordaba entre sábanas.

El P.Igelmo tenía otras ocupaciones fuera del Colegio. Era profesor y confesor del Colegio de la Anunciata en Valladolid. Colegio de las niñas pijas de la época.  Nos contaba algunas anécdotas que tenía que aguantar a sus madres y a las mismas niñas. Nos decía la costumbre tan rebuscada que tenían de hablar cortando las palabras: La tele(visión), las vacas(ciones), el cole(gio), etc. que a él le molestaban mucho. A veces porque no las entendía, otras porque le parecían insufribles. Un día estaba tan harto de esta jerga que en clase le dijo a una niña: Llévale el bole(tín) de las asig(naturas) a la que_te(parió), (tu madre) y me lo devuelves al cole(gio).

Parece ser que no tuvo buena acogida su salida de humor y tuvo que salir de sus funciones del cole(gio), por presiones de las “quetes”, que se sintieron menospreciadas.

Él siempre se vanagloriaba de haber viajado mucho, sobre todo por Estados Unidos. Contaba la anécdota de que cuando viajaba por Estados Unidos él no ponía nunca su nombre completo en las maletas de viaje. Sólo ponía F.B.I. Estas siglas correspondían a sus iniciales del nombre Fray Bernardino Igelmo, que era su nombre completo. Quizá a esto hoy en día lo llamaríamos una leyenda urbana. A nosotros nos parecía muy ingenioso y divertido.

El P. Gil, entre otras asignaturas, nos impartió Literatura. Él sí que nos imbuyó el deseo y la ambición por leer. Después de explicar las diferentes lecciones nos permitía la lectura de pequeños trocitos de alguna obra literaria. Siempre nos dejaba con la miel en los labios. Siempre queríamos más, pero no había tiempo y nos hacía copiar la reseña del libro para que lo solicitásemos de la biblioteca. Pocas veces lo lográbamos o era tan solicitado que tardaba meses en llegar a nuestras manos, o no existía en la biblioteca, pero el gusanillo de la lectura prendió en muchos de nosotros, desde luego en mí, sí.

Química de cuarto nos fue impartida por el Padre Cándido. Realmente hacía honor a su nombre. Era un hombre afable, amistoso y muy coloquial. Le costaba mantener la disciplina en clase, sobre todo en los laboratorios. Le gustaba hacer algunos experimentos reales y con alguno de ellos sucedió más de un fracaso estrepitoso. Mezclando agua con ácido sulfúrico se montó un cirio al realizar la mezcla al revés lo que ocasionó alguna quemadura y varios matraces e instrumentos estropeados. Desde aquella hazaña se espaciaron más las prácticas. Es decir, no se volvieron a realizar.

Durante las sesiones de prácticas algunos alumnos se despistaban del grupo y asaltaban los armarios de la biblioteca para hacerse con los libros de lectura más apetecibles como los de la Colección Ardilla o los de historia. La sala de prácticas de Química y la Biblioteca compartían el mismo local.

Otra asignatura, ya en cuarto de bachillerato, que me llamó la atención, fue la de Historia Universal. A mi curso y sección le tocó como profesor el P. Reyero. Creo recordar que se llamaba José María, porque también tenía un hermano, también dominico, pero yo no tuve ocasión de conocerlo.

La asignatura era bastante interesante. Conocía muchos hechos y anécdotas que nos explicaba en clase, aunque después tuviésemos que hincar los codos para utilizar la herramienta máxima que nos exigían en el colegio: la memoria.

Pero al P. Reyero le recuerdo más por otra faceta que la de profesor. Era el tendero del Colegio. Me explico. Nuestro confinamiento en el Colegio duraba entre nueve y diez meses, por lo cual las diferentes provisiones, llamémoslas fungibles, que portábamos desde casa, se nos acababan a los pocos meses. Además iban surgiendo una serie de necesidades no previstas que había que solucionar.

Me refiero a que teníamos que abastecernos de material higiénico como pasta de dientes, cepillos de dientes, peines, betún, cordones para los zapatos, material escolar como lápices, plumas, gomas de borrar, reglas, papel cuadriculado, y, sobre todo, cortaúñas. Este utensilio causaba furor y casi todo el mundo tenía necesidad de pedir alguno cuando iba a la tienda. Otro de los elementos más demandados eran las gomas de borrar y los plumieres.

Las visitas al cuarto de ventas del P. Reyero era una de las actividades más esperadas y deseadas. Se seguía el orden alfabético y por cursos, con una devoción y anhelo fuera de lo común. Varios días antes de que te tocase ir a pedir procurabas estar en el salón de estudios sin faltar un solo minuto para no perder la tanda. Parece inaudito desde la perspectiva de hoy la expectación que causaba esta actividad comercial. Era un rito muy solemne. A ello contribuía, y mucho, la parafernalia que organizaba el P. Reyero. 

Tenía un ayudante para servir el material en cada uno de los cursos. Mientras el ayudante servía el pedido él iba anotando en un libro los objetos demandados y el nombre del peticionario para después realizar el consiguiente cargo en la cuenta de los padres del alumno.

Para ser ayudante del P. Reyero había que cumplir unos requisitos muy especiales. Debería ser uno bastante guapo, elegante y bien vestido. Además ser de familia pudiente. Para eso hacía una selección muy cuidadosa entre los diferentes candidatos de cada curso. Recuerdo algunos nombres de estos ayudantes: Corcoba, Agúndez, Soto. Éste último de nuestro curso.

Recuerdo nítidamente una ocasión, allá por el año 62/63, no recuerdo bien si estaba yo en tercero o cuarto. Lo que sí tengo grabado es que me faltaban dos alumnos para que llegara mi turno de petición de material. Estaba en la cola intentando no olvidar nada de lo que tenía que solicitar cuando ocurrió un hecho que me marcó y marcó al P. Reyero en mi recuerdo.

Supongo que sería algún Fernández porque yo era el primer García que accedía por mis apellidos en la lista, cuando oigo con voz potente decir al P. Reyero:
-                     Tú sí, pide y pide más cosas. Ya veremos quién las paga. Tus padres ya deben más de tres mensualidades atrasadas y no pagan.

El silencio entre los que estábamos en la cola de espera se podía cortar. Todos mirando hacia el suelo. El alumno salió llorando y avergonzado sin llevar nada de lo que había solicitado y ya le habían servido. Yo mismo di media vuelta y me marché perdiendo mi turno y mi tanda de compra porque no tenía claro si podría sufrir la misma afrenta.

En aquella época estaba en todo su furor la huelga minera en Asturias. Los mineros hacía meses que no cobraban y les había cerrado las cartillas del economato. No había dinero y los pagos se demoraban. Mi padre era uno de los huelguistas y yo pensaba, con toda la razón, que estaría en situación parecida a la de mi compañero.

Nunca le perdoné ese sadismo y el elitismo que profesaba el P. Reyero. Pero, sobre todo, la crueldad contra un chico de catorce años que va a comprar una goma de borrar y es puesto en evidencia delante de los demás compañeros de curso. Aunque estábamos dos o tres más en la fila, porque no permitían más gente, la anécdota corrió como la pólvora. Aquel mes hubo poca demanda en el cuarto del P. Reyero a pesar de la ilusión que hacía.
 
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