Saturday, October 1, 2011

Un elefante se balanceaba...


Cerramos y abrimos los ojos en este juego apenas descubierto, queriendo acompasar el momento de la apertura al situamos a la altura de uno de los proyectores, los cerramos de nuevo, hasta que creemos estar, justamente, en la vecindad del siguiente. Incluso con los párpados cerrados sentimos con toda nitidez el raudo desfile de los focos por el lateral derecho de nuestras cabezas, alumbrando con regularidad, aunque sea un instante fugaz, nuestras sienes apoyadas en las cortinillas del autobús.

Una buena forma, como otra cualquiera, para algunos, poco acostumbrados a los largos trayectos por carretera, total la distancia entre el pueblo y la capital de provincia no supera los 80 kilómetros, de rehacernos en nuestros asientos una vez que del Cola Cao con leche del desayuno no resta ni la menor gota en nuestros estómagos. La boca ácida, con sabor a paja, reseca. Por no tener, no tenemos ni una vulgar bolsa de plástico donde verter lo que nos queda de los higadillos y, sobre todo, la vergüenza de hacerlo enfrente de camaradas más valerosos. Así que para evitar males peores, a la altura de Adanero ya tenemos, por fin, cerrado el pestillo de la ventanilla. Por donde hemos sacado, tanto como posible, nuestras cabezas mareadas, para que el mal olor y el bochorno queden diluidos entre los cánticos ininterrumpidos de los compañeros más ruidosos y estoicos. Una bocanada de aire refrescante de la mañana castellana, a modo de biodramina milagrosa. Ahora sobrevivimos, retorcidos y pálidos, acurrucados contra el pegajoso “eskai” de nuestros asientos, hacia la parte central del bus. Asturias, patria querida y Rianxeira suenan, machaconamente, a voz en grito, hasta desafinar (¡saludos cordiales, amigos tiples de la afamada Coral Virgen del Rosario!), desde los agitados asientos traseros.

El autocar, de los de baca interminable, reborde de varillas toscamente soldadas sobre todo el perímetro del techo, y tubo de escape renqueante, se apresura, fruto de la inercia, cuesta abajo, una vez traspasada la mitad del túnel. La aceleración que toma no hace sino multiplicar el curioso efecto de las luces desfilando en hileras, cada vez más veloces, como en un silbido, a nuestro lado. Es la primera vez que la mayoría de nosotros nos internamos en un túnel de carretera tan vasto. Algunos, a decir verdad, es la primera vez que atravesamos, sencilla y llanamente, un túnel. Cualquiera. ¿Qué galerías necesitaríamos los terracampinos para vadear, llanura infinita, los campos góticos desde Melgar de Fernamental hasta Benavente?. Cierto, algunos colegas de la cornisa cantábrica ya son auténticos veteranos en los del ferrocarril. Aunque éstos son siempre más oscuros y, sobre todo, mucho más arcaicos. Ni de lejos, tan pulcros como el que estamos dejando atrás. Hemos abandonado Castilla la Vieja y, para todos los que procedemos de la meseta norte, se trata de la primera ocasión en que nos adentramos hacia lo que nuestro libro de geografía denomina Castilla la Nueva. Y eso incluye la mismísima provincia de Madrid, asociada a regiones tan manchegas como Cuenca y Ciudad Real. Albacete todavía, en esta década preautonómica, conforma con Murcia una extraña pareja orográfica.

El túnel de Guadarrama, obra loada como uno de los logros espectaculares de la ingeniería franquista, pantanos aparte, queda, finalmente, a nuestras espaldas. Admiramos la boca negra de la entrada, semicírculo perfecto protegido por una arcada de hormigón, horadada por debajo de los pinos y entre los salientes de granito. De repente, a nuestra derecha, en medio de la inmensa mancha verdeante de vegetación, la imponente cruz de Cuelgamuros sobresale por encima de las primeras estribaciones de la sierra madrileña. Más al fondo, por unos segundos, hemos percibido la formidable mole rectangular de El Escorial. Para unos cuantos de nuestros compañeros de clase, como Juan “el peseta” y Jose Luis, oriundos de estos pagos, es como si volvieran a casa, aunque el destino de todos los excursionistas es, única y exclusivamente, el Valle de los Caídos.

Su perfil nos resulta fácilmente reconocible. Aparece en las últimas páginas del libro de historia y en las penúltimas del texto de Formación del Espíritu Nacional, las páginas donde el profesor no llega nunca porque el curso se dispersa por otros meandros de la conquista de América. Las hazañas de Hernán Cortés siempre nos resultan más atractivas que los siempre confusos movimientos de trincheras en la Guerra Civil. O quizá el P. Reyero se ha extendido en demasía narrando las argucias que el Cura Merino ha empleado contra las tropas napoleónicas en la Guerra contra el Francés, como la denominan en Catalunya. Pero la mayoría de nosotros, por no decir todos, de natural despierto y curiosidad insaciable, sobre todo cuando se trata de ojear las estampas de los libros, ya hemos llegado a los últimos capítulos, los de la España contemporánea, y hemos memorizado la perspectiva diáfana de esta cruz desmesurada, dominadora del paisaje con su extraña y perfecta geometría.

Hasta nuestros padres nos han hablado de este lugar de peregrinación -a medio camino entre el culto a los muertos, supuestamente reconciliados en el más allá, y la ideología de Cruzada- por el que muchos de ellos han pasado, un alto en el camino hacia la Feria del Campo en Madrid. Cuando las Hermandades Sindicales de Labradores y Ganaderos, los sindicatos verticales de agricultores, capilarizados por toda la Castilla tradicional, -rara avis el modesto minifundista de trigos y centenos que osara proclamarse poco afecto al Régimen- empaquetaban, en una jornada interminable de ida y vuelta jornalera, a todos los pequeños propietarios de la aldea, y las doce limítrofes, en el mismo autobús de los Herreros camino de la capital del estado uno, grande y libre, rompeolas de las Españas.

Nosotros, obviamente, dada nuestra tierna edad, salvo que a fin de curso nos manden recoger las mantas, evidente presunción de que la sementera siguiente empezaremos a pagar el sello de la Hermandad al convertirnos en co-cultivadores de pagos y barbechos, no pertenecemos a ninguna agrupación franquista. Preciso, algunos de los alumnos mayores sí que han sido flechas. Más, probablemente, por disfrutar de las playas de Castro Urdiales o San Vicente en los campamentos veraniegos que por riguroso convencimiento ideológico. Se puede decir que nuestra adolescencia política y los años que la precedieron estaban vírgenes, por inexistencia, mayormente, de todo credo político. Si acaso, éramos, francófonos –entendido como filia hacia el Generalísimo- por la inercia y el vacío existente. Preparándonos para la Transición donde ese vortex doctrinal arrastró nuestras benditas almas por los más dispares rincones doctrinales, desde troskistas teóricos, hasta instigadores, aunque sólo fuera mentales, de las supuestas hazañas de los Guerrilleros de Cristo Rey. Pero 10 años antes de todo ese “tohu babohu”, nuestra visita al Valle de los Caídos, está desprovista de cualquier caracterización ideológica.

No, ciertamente, en la concepción de nuestros tutores y profesores, superada la cuarentena, para quienes el franquismo es caldo de cultivo en el ideario de la rutina cotidiana. Que una de nuestras primeras visitas culturales tenga como terminus Cuelgamuros y no la arquitectura herreriana, tan próxima, no es fruto de la casualidad. Postura, por lo demás, fácilmente explicable y, si se permite la licencia, justificable.  Su memoria histórica resulta demasiado reciente. Muchos de ellos han nacido en los años treinta o al inicio de la posguerra. Han vivido, sufrido, para ser exactos, de primera mano los desmanes de los milicianos, especialmente cercanos y sangrientos, contra compañeros de hábito. Algunos profesores más veteranos, seguro que son conscientes de haberse convertido en supervivientes, fruto del azar, ellos dirán Providencia, por no haber estado asignados por el P. Provincial, en determinadas fechas del verano del ’36, al convento de Ocaña o a otros de Madrid. No hay, pues, que sorprenderse de que nuestra primera excursión, allende las fronteras de la Castilla la Vieja, tuviera como destino aquel lugar, cuya historia tan polémica como sectaria ignoramos.

Así que aquí estamos, en la inmensa explanada, mientras el P. Alfonso nos explica, con todo lujo de detalles, las heroicidades de la construcción, minus la identidad real de muchos cientos, de miles de obreros. Pavor ante el larguísimo corredor, pasadizo interminable que nos conduce a la cripta donde los famosos niños de la escolanía, con los que de forma instantánea simpatizamos por ser de nuestra cuerda por partida doble: por internos y por melodiosos como los de nuestra insigne coral, están practicando la Salve Regina. La misma que nosotros entonamos, bien que sin tanto garbo, tras el rosario vespertino, cada tarde de octubre. Curiosidad y sorpresa ante la sencillez de la tumba de Jose Antonio, el primer jefe nacional de la FE y de las JONS, siglas cuya pronunciación nos resultan cómicas en la clase de adoctrinamiento político. Al que todos y cada uno de nosotros ya conocemos por su nombre de pila, bien firme y presente en las lápidas por los caídos (algunos) que adornan las fachadas y pórticos de nuestras iglesias parroquiales. Pero una cosa es el mármol plano, con la letanía de apellidos familiares, en la plaza del pueblo y otra, incluso con 11 años, asumir que allí mismo, a nuestros pies, están los huesos de uno de los héroes de la Guerra Civil. ¡Qué importa que fuera un fanático, por lo demás, uno más entre miles de ellos!

Es la primera vez que estamos ante los restos mortales, o lo que quede de ellos –el P. Alfonso comenta que viene de otro traslado funerario desde el monasterio de Felipe II- de un personaje tan famoso y conocido. No nos importa mucho que lleve tantos años bajo las frías losas. Ya podemos anunciar, en la postal Escudo de Oro que enviaremos a nuestros padres, cuando estemos de vuelta en las Arcas Reales, que hemos estado presentes ante la mismísima tumba de Jose Antonio, fundador de la Falange. No te digo nada cuando se entere Nano, el único camisa azul recalcitrante de la aldea. Pero casi mejor que no lo sepa mi abuelo, que se tiró todo el mes de julio y agosto de aquel verano, hasta que entraron los fríos, durmiendo por la noche en el monte, por temor, bien real, a que le requisaran, mientras segaba los centenos con la hoz (¡ironía del instrumento¡), alguna de las bandas volantes que, como él decía, subían algunas tardes a pegar unos tiros, deporte de temporada alta, en la montaña palentina.

De todos modos, más que la austera tumba de El Ausente, que la grandiosa explanada o que la cruz colosal, la más alta de la cristiandad, el P. Alfonso “dixit”, lo que indudablemente nos apabulla son las gigantescas estatuas de Juan de Ávalos, al pié de la misma. Tanto que algunos compramos las cuatro postales de los cuatro evangelistas, impresionados por sus extraordinarias dimensiones, una mano es más grande que uno entero de nosotros. Aquellos a los que el peculio se lo permite, prefieren las postales engarzadas en forma de fuelle. Si en lugar de cinco, hay un grupo de diez, mucho mejor para la diversión, estirándolas y recogiéndolas delante de las narices de algunos sorprendidos compañeros. Algunos, los más pudientes, por denominar sus magras riquezas de alguna forma, se dan el lujo de adquirir hasta un banderín, como los que se intercambian los equipos de fútbol al inicio de los partidos, sólo que éste queda encabezado por la insignia de la laureada de san Fernando, las cuatro espadas y el laurel, ilustrando una panorámica de la columnata de acceso a la basílica, demasiado lóbrega para nuestros gustos.

Ya sólo nos queda hacernos la foto de rigor. El P. Cándido Pérez siempre aparece puntual en estos momentos, acompañado con su mini Leica, pintiparada para estas ocasiones. Él mismo revela, la calidad no va muy allá, sus propias tomas, así que tras muchos años en cajones olvidados, muchos compadres rescatarán varias imágenes idénticas. ¡Ah, esa manchita en la esquina superior izquierda, replicada una y otra vez por no dejar el negativo a secar correctamente!. En la escalinata de acceso aparecemos como si de un día de fiesta se tratara, desde que nos pusimos al alba la corbata, reservada para las grandes ocasiones. Ojo con deshacer el nudo, que no sabríamos cómo volver a trenzarlo. Así que esta noche lo aflojaremos lo suficiente para poder sacar la cabeza y guardarla con cuidado en nuestro aparador del dormitorio corrido, hasta que nos la tengamos que poner de nuevo el Día de las Familias.

Efectivamente, la excursión es una auténtica fiesta, un escalón, será por la distancia recorrida, incluso por encima de los asuetos bimensuales a Simancas o Puente Duero. Falta, tras la corbata, la foto, el rito del almuerzo festivo. Ya de regreso hacia la carretera de La Coruña, en un prado con muretes de pizarra, a la sombra de un par de frondosas encinas a cuyo tronco, bromeamos, Felipe II seguro que amarró sus corceles, el P. Prefecto de Disciplina despliega todas sus capacidades logísticas y en un santiamén todos tenemos en nuestras manos los platos de plástico amarillos o naranjas, depende de la tanda, con la tortilla de diez centímetros de grosor, marca registrada de Don Miguel. Lo servidores de esa semana pasan entre los compañeros con sus aparatosas cántaras de aluminio repartiendo el curioso refresco anaranjado de las excursiones. Posiblemente agua edulcorada con algún polvo mágico, pero que nosotros asimilamos ineludiblemente a las jornadas de holganza y a la fanta a la que en los días del santo patrón, en la aldea, nos convida el tío que trabaja en los altos hornos del País Vascongado.

Se ha hecho tarde y por encima de las encinas descubrimos omnipresente, los ominosos brazos de la cruz más grande de la cristiandad. Una sombra que acarrearemos durante todo el viaje de vuelta. El regreso lo hacemos por arriba, por el Alto de los Leones de Castilla, como entonces se denomina, donde el P. Alfonso todavía tiene tiempo, mientras el autobús serpentea hacia la cima del puerto, de mostrarnos los búnkeres, los restos que quedan, de la Guerra Civil. Al pasar por Los Ángeles de San Rafael, comenzamos a rezar el rosario, ofrecido en esta ocasión por el eterno descanso del alma de la madre de un compañero, Carlos, fallecida en el hundimiento de unas instalaciones hoteleras durante una convención de la firma Spar. Algo que conocemos de cerca y que nos ha chocado sobremanera, pues Carlos, tan jocoso compañero como excelente defensa central, es apenas dos cursos mayor. Nos resulta incomprensible que una madre, referencia esencial en la vida de todos y cada uno de nosotros, pueda morir de una forma tan  estúpida. Por que se caigan unas vigas. ¡Bienaventurada la ingenuidad de nuestros once años!.

Acabada la devoción vespertina, ni la grandiosidad de la cruz (¿dije que era la más alta de la cristiandad?), ni la monumental Piedad de Juan de Ávalos, menos aún las rosas rojas en la tumba del falangista de pro, no bastan para apesadumbrar, o al menos calmar, nuestros bulliciosos espíritus. Todo el autobús, hasta el circunspecto P. Alfonso, se suma a los cánticos. Desde Adanero hasta Olmedo, mientras la noche se ha extendido sobre los páramos abulenses, a grito pelado hemos vuelto a desgranar lo de Asturias, patria querida; el La, la, la; Cerca de ti, Señor; Por el monte corren las sardinas… Cuando nos acercamos a Laguna de Duero, ya estamos balanceándonos con el nonagésimo elefante en la cuerda de una araña. 

Saturday, September 24, 2011

¡Oh! ¡Ah! EL LA, LA, LA



Fueron nuestros primeros héroes reales,  de carne y hueso, de la infancia temprana. Teníamos otros, claro, algunos personajes históricos, los protagonistas de los tebeos, ocasionalmente los de alguna novela juvenil, incluso ciertos futbolistas más populares del Barcelona o el Madrid, y los camaradas asturianos hasta del Gijón. O quizá eran los del Oviedo, cualesquiera que en determinado año no hubiera bajado a la Segunda. Pero todos ellos eran producto del imaginario de nuestras lecturas o se nos aparecían en la diminuta pantalla de televisión en blanco y negro, envueltos en la molesta neblina de las transmisiones deportivas de TVE a mediados de los sesenta . Sin embargo, estos eran nuestros ídolos de verdad porque les teníamos cerca, a nuestro lado, aunque no exactamente estuviéramos revueltos, a decir verdad, ni siquiera convivíamos con ellos. 

La línea divisoria, tan virtual como infranqueable, que separaba el Pabellón de Menores del de Mayores, impedía que nos codeáramos con nuestros campeones. So pena de grave falta de disciplina y alguna más que misteriosa infracción moral leve que, al decir de algunos, podía incluso alcanzar la categoría de mortal. “Padre, me confieso de haber recurrido a las chuletas en el examen de geografía del P. Varela, de haberme peleado con Sixto en el recreo de las 11 (¡cuán importantes eran estas precisiones en nuestro dolor de contrición, aunque su validez para el propósito de la enmienda nos resultaba más que dudoso!), y de haber traspasado –vocabulario de frontera- al Pabellón de Mayores por la gravera”. La gravera, al borde del pinar, justamente detrás de la piscina, era una especie de Gehena local, donde a similitud de la jerosomilitana, se arrojaban basuras, bártulos, deshechos (estamos varias décadas antes de que nos amilanaran con el reciclaje en contenedores verdes, amarillos, azules, rosas, etc.) que de forma regular eran incinerados hasta que sólo se divisaban restos de latas de conserva ennegrecidas.

Allí, al resguardo de la generosa mole del teatro, gracias D. Miguel, nos jugábamos nuestra integridad moral, sin tener plena conciencia de en qué consistía ésta, salvo que, si el prefecto de disciplina o cualquier otro padre ocioso o vigilante nos pillaba “in fraganti”, corríamos el severo riesgo de terminar de puntillas en el confesionario, antes del rosario vespertino, o, peor aún, en caso de reincidencia o alevosía (mal expediente académico, salir respondón al profesor de religión, hablar en el comedor durante la lectura común, por poner algunos ejemplos) vernos obligados a deshacer la cama, recoger la manta. Y carretera. O ferrocarril, dependiendo de donde habitaran tus, indudablemente, humillados progenitores. Pero nuestros “in fraganti” eran tan inocuos como inocentes éramos nosotros. Más si cabe. Intercambio verbal sobre las últimas noticias de la aldea con los paisanos, entrega de la última carta maternal entre hermanos (una forma tan buena como otra cualquiera para las mermadas alcancías de nuestros padres de ahorrarse un sello de peseta de Franco); los más osados, muy pocos, cierto, ofensa de lesa majestad, se las arreglaban para encender un Bisonte cuya procedencia resultaba siempre enigmática.

“He visto a Arranz, en la gravera”, le digo a mi compañero de pupitre Candanedo, poco antes de que empiece el estudio de la tarde. Con el mismo tono, entre incrédulo y exultante, que si me hubiera topado con Serena, el héroe de la sexta en Belgrado, o con el mismísimo, e inexistente, Jabato de nuestros tebeos infantiles. Arranz, Javier, elegido “el mejor atleta de la Federación Vallisoletana”, según dice “Cumbre”, la publicación escolar, es nuestro héroe de lanzamiento de disco, una disciplina deportiva  que a los de primero, por compleja, girar dos veces y media y no hacer nulo, rondaba lo esotérico. Desde nuestros once diminutos años, este héroe que al decir del eufórico cronista deportivo “es fuerte, apuesto, con paso lento y sencillo, apacible, sosegado y concentrado en todo momento como dispuesto para el lanzamiento de disco que es su especialidad”, no puede sino evocar al Discóbolo de Mirón, cuya estampa imperecedera acabamos de vislumbrar hace unas semanas entre los tres órdenes del arte helénico y las guerras del Peloponeso. Si tiene algún defecto es que, atribuido a la mala suerte, en el Campeonato Juvenil celebrado en Bilbao, hizo nulo cuando había superado los 45 metros.

No recuerdo lo que nuestro discóbolo particular hacía en la gravera. Supongo que contar a sus paisanos más pequeños de Langayo, perdido entre oteros y rastrojos, allende el padre Duero, los últimos acontecimientos acaecidos en su pueblo. Nuestros héroes, casi siempre eran los de los cursos mayores, los de quinto y sexto, capaces de hacer proezas deportivas que de haber vivido un par de décadas más tarde, con toda certeza, algunos, bastantes de entre ellos, se habrían convertido en auténticas estrellas del atletismo o millonarias figuras del mundo del balónpie. No que no estuvieran bien entrenados, ni que no dedicaran horas a preparar la competición. El P. Pablo Sánchez, tan riguroso y austero profesor de matemáticas, era, aún más concienzudo y escrupuloso para optimizar las condiciones atléticas de los que por sus cualidades innatas destacaban en alguna especialidad deportiva. Lo de innatas no es un calificativo huero. Originarios de villorrios y pedanías, a cual más remoto, la inmensa mayoría de nosotros sólo había practicado un deporte, el fútbol, en las eras, el rectángulo marcado, líneas levemente onduladas, con la paja de la trilla. Así que mientras algunos éramos incapaces, pese a los repetidos exhortos del P. Pablo y su “alter ego”, el P. Isidro Rubio, de doblar nuestra indómita cerviz, no digo ya, en el dichoso plinton, ni siquiera en la modesta colchoneta tirada en el suelo del salón con espalderas que hacía las veces de gimnasio, otros se superaban en el salto de altura con rodillo ventral (faltaban apenas unos meses para que llegara Fosbury a Méjico '68).

Razón de más para que cuando observábamos a Julio Recio elevarse por encima del listón de los 3 metros en el salto con pértiga, una disciplina aún más enigmática que el lanzamiento de jabalina, aplaudiéramos enfebrecidos, a medio camino entre la admiración y la envidia. Sana, por supuesto. Había en las  Arcas Reales, mucho antes de las becas olímpicas y los patrocinios generosos, lustros antes de que se oyera hablar en España de la obsesión de los institutos norteamericanos por el deporte como atributo de loa, una senda abierta, claramente pioneros, a nivel regional, incluso nacional, en el camino de la gloria deportiva. Desafortunadamente, en aquella época el deporte no era un negocio y tanto la gran mayoría de profesores, como los padres de aquellos más destacados, nunca incentivaron aquella “maría” de asignatura como una carrera que debiera tener continuidad tras la reválida. Si acaso, resultaba legítima como componente moralizante, ya se sabe “mens sana in corpore sano”. Mas la ducha fría y todo eso a fin de evitar las tentaciones del Maligno. Y poco más. Arranz, Recio, Liborio, Luis Ángel, Julio Manuel, Cristóbal (adviértase que les conocíamos por un solo nombre, fuera propio o apellido) y tantos otros, en lugar de perseguir los laureles deportivos, terminaron en el Cuerpo (Nacional de Policía o la Guardia Civil), en la Normal de su provincia de origen, incluso, tan digno destino como cualquier otro, a bordo del John Deere paternal. ¡Lástima!

Aunque para nosotros, en nuestra memoria infantil, siempre permanecerán como paladines que defendían con uñas y dientes el prestigio de la camiseta inmaculadamente blanca del Club DAR -los menos dotados éramos meros miembros honorarios en cuanto acérrimos seguidores- por las pistas embarradas de los pinares en los campeonatos de campo a través, derrotando a los memos de San Agustín en el campeonato juvenil de fútbol pucelano, y haciendo frente a una horda de competidores, de toda calaña, en el Campo del Frente de Juventudes, en los 3.000 metros obstáculos. Así que no es de extrañar que en las exhibiciones atléticas del Día de la Familias, con motivo de la fiesta de Tomás de Aquino, héroe por otras razones en Rocaseca, cada siete de marzo, tiráramos de la manga de la americana de fiesta, que excepcionalmente vestían nuestros padres, para encomiar las hazañas deportivas de nuestros adalides. “Papa, papa, ven a ver los cien metros, verás como Dámaso les gana a todos”. 


Y efectivamente, el castromochino Dámaso, más próximo que el resto, pues era de nuestro mismo curso, no tenía rival que se le resistiera en el hectómetro, menos aún en los sesenta metros libres. O Manuel Fernández, como dicen ahora, un excepcional extremo con el centro de gravedad bajo, que aparece, sin falta, en todas las fotos de los equipos de fútbol de la época.  El recuerdo de muchos compañeros de clase, cuarenta años después, se ciñe, desvaríos de la memoria, a pocos rasgos, cada vez más diluídos en el tiempo y el espacio. A algunos se les recuerda por cualidades físicas raras, para nosotros, como que alguien fuera pelirrojo, a otros por su cualidades académicas sobresalientes (“Durántez chispeaba”), pero casi todos recordamos a los deportistas que nos convertían en “hooligans” (sólo por el moderado griterío de “árbitro, fuera”, faltaría más) cuando el trencilla no pitaba un evidentísimo penalty, en el último minuto, cometido contra Almarza, otro extremo excepcional, del partido contra los granujas de la SAFA.

Como se suele decir, todos los héroes tienen los pies de barro. También los nuestros. Como no podía ser de otra manera, la falta de disciplina fue lo que derribó el pedestal de los que, de alguna forma, nos pertenecían. Año de gracia de 1968. Joan Serrat, de quien jamás habíamos oído hablar los de primero, se niega a participar en Eurovisión si no es cantando en catalán. En aquella época, el festival tenía una enorme popularidad, incluso en las aldeas perdidas de Castilla, donde la plebe lo percibía como un referéndum patriótico, lo mismito que el gol de Marcelino contra Rusia en la final del Europeo 1964. Y sí, aislados del siglo, del mundo y sus ignominiosas tentaciones, hasta los de primero sabíamos que Massiel, a modo de sustituta españolizante, iba a representar a la madre patria en el Royal Albert Hall de Londres. ¡Cuánto más nuestros colegas de quinto y sexto! Obviamente, un festival de música en la pérfida Albión no era un espectáculo, salieran o no los temidos rombos al comienzo del programa, que pudieran visionar los alumnos de un internado religioso en 1968. Con once o con dieciséis años. Nosotros, los del pabellón de menores nos enteramos al día siguiente que María Félix de los Ángeles Santamaría Espinosa había batido, para más inri, a Cliff Richard a domicilio, como si dijéramos.

Un grupito de alumnos de sexto, entre ellos muchos de nuestros héroes deportivos del Club DAR, tuvo la osadía de verlo “live” en un bar del Pinar de Antequera. Amparados en la nocturnidad de aquel 6 de abril y, previsiblemente, en alguna otra triquiñuela, consiguieron eludir la vigilancia del prefecto de disciplina del Pabellón de Mayores, el P. Félix Rodríguez O. P. O eso pensaron ellos. Imaginar que en 1968, un grupo de alumnos de un internado, con cara de alumnos de un internado, no van a ser detectados a media docena de kilómetros del mismo, era puro espejismo.

El caso es que a la mañana siguiente todos nuestros héroes, la alineación del equipo emblemático de fútbol al completo, incluidos los reservas, seguramente sin muchos miramientos, fue puesto de patitas en el patio central camino de sus casas. Tragedia hogareña, seguramente. Pero, sobre todo, para nosotros, con apenas seis meses transcurridos desde nuestro aterrizaje en el internado, un drama que rondaba la desdicha familiar. En aquel escaso semestre nos habían fascinado aquellos extraordinarios lanzadores de disco, peso, jabalina, los magníficos saltadores de pértiga, altura, los espléndidos corredores de cross y los velocistas. De repente, como por arte de magia, todos ellos pasaron al limbo. Cierto, algunos fueron recuperados algún año más tarde, para  el prenoviciado de Ávila, incluso el saltador de pértiga, a la vez guardameta de la selección, se reencontró con su vocación dominicana. Pero ya nunca fue lo mismo.

Miro una foto de la época, granulada, casi hasta enternecedora en su color desvaído por el paso de los años. Los dos guajes de primero levantan encandilados, pero también con temor reverencial, casi con estupor, una de las copas que alguno de sus afamados héroes, que tienen las manos llenas, han tenido la benevolencia de dejarles palpar por un instante fugaz. Indago la imagen, píxel a píxel. Me creo reconocer en uno de ellos, en el corte redondeado del flequillo, la especialidad de Antonio, el barbero de mi pueblo. Pero no, no soy yo. Aunque sí. Lo soy.

Friday, April 1, 2011

Las oraciones perifrásticas (4 de 5)

Cercenadas quedaban, pues, las oportunidades de la lectura, dado que tan complicado resultaba para los buenos padres dominicos someterlas a un control radical y exhaustivo. Resultaba, posiblemente, más eficaz y rápido eliminarlas de un plumazo de nuestra rutinaria vida escolar, que expurgar los tomos de los clásicos, tarea por lo demás imposible. Los amoríos de Don Melón y Doña Endrina, en la pluma del Arcipreste de Hita, no eran, precisamente, un dechado de virtudes morales. Y eso para empezar. Porque la literatura liberal y, ocasionalmente, impúdica del XVIII y XIX, quedaba completamente fuera de nuestro alcance. El realismo mágico latinoamericano estaba en mantillas, aunque del lirismo del Rubén Darío, unas cuantas exuberantes e incomprensibles metáforas salpicaron nuestro devenir, a caballo entre Pío Baroja y Benito Pérez Galdós. De hecho, éramos más dados a la poesía, previsiblemente porque sus contenidos eran más encorsetados y fáciles de controlar, de entender, que a la prosa. Nuestras lecturas homologadas, por así decirlo, componían una reducidísima biblioteca rácana en cantidad, e ínfima en calidad.

Una estantería de ocasión en una sala que no era, ni de lejos, una biblioteca, contenía todo nuestro angosto horizonte literario. Unos cuantos libros de aventuras manoseados por la hilera de cursos precedentes, salpicados por las inevitables vidas de santos y las hagiografías de mártires y vírgenes diversas conformaban nuestro reducido ámbito de lecturas. Otros pluses y otros privilegios se nos donaron en aquella educación calificable de elitista, al menos para lo que se estilaba en la época, pero el acicate de la lectura brilló por su ausencia. Como si con la letra escrita, las páginas numeradas y los tomos encuadernados corriéramos el riesgo, temerosos enseñantes y enseñados, de que nos tragara algún ignoto huracán de moral laxa, agazapada entre la sintaxis barroca de Quevedo y las provocativas escenas de El Decamerón. 

Nos quedaba la escritura. Como si en algún claustro de profesores hubieran decidido que todo lo que saliera de nuestra ingenua imaginación no podía sino ser bueno, al contrario que con la lectura, se nos incitaba a que diéramos rienda suelta a nuestras incipientes anhelos literarios mediante nuestras propias creaciones. Y no sólo en las consabidos y rutinarias redacciones sobre la llegada de la primavera, la vendimia del otoño o los nevados campos invernales. Sin olvidar, claro está, el clásico y enternecedor cuento navideño donde siempre aparecía un niño pobre que terminaba por encontrar holgado consuelo delante del portal de Belén.

Los profesores de literatura, tales el P. Llanos y, sobre todo el P. Rubio, mimaban e impulsaban los brotes verdes de nuestras ínfulas literarias. Efectivamente, nos espoleaban a que diéramos rienda suelta a nuestra imaginación, por lo demás muy limitada, a que saliéramos de los páramos y barbechos que habíamos mamado durante nuestra corta existencia. Nos olvidáramos de las choperas en las riberas de nuestros ríos y las chimeneas humeantes sobre los tejados escarchados de nuestras aldeas. Nos apremiaban  a buscar mundos misteriosos de junglas impenetrables, universos de arena y palmeras, sólo visibles en nuestra imaginación o en la lección sobre Guinea Ecuatorial, capital Rio Muni, cuando era española. A escribir sobre un mar que no habíamos visto, sobre naúfragos en islas que sólo cabían en nuestra imaginación.

Había concursos, veladas literarias, lecturas en voz alta delante del resto de compañeros de la clase, declamaciones poéticas al aire libre, aprovechando el mes de María. Quien más, quien menos tenía su propio cuaderno de espiral de alambre dedicado en exclusiva a estas justas literarias. Casi medio siglo después, lo importante no era el valor de las hojas emborronadas, sino el hecho de que fuera el germen para que en años venideros tomáramos aprecio por lecturas sólidas y, viniendo desde el fondo de aquellos años plomizos, saltaran, ocasionales, las chispas de modestas creaciones literarias.

Los medios eran escasos, pero la osadía inconmesurable. De modo y manera que hasta teníamos nuestra propia revista “CUMBRE”. No era un pasquín al uso de la época, monocroma y redundante. Antes bien, portada a todo color, excelente imitación del huecograbado, páginas interiores con trazos de diseño contemporáneo, envueltas en una colorida y caótica tipografía, con editorial, claramente moralizante, sin firma pero claramente escrito por el director del Colegio y un variopinto contenido que iba –la portada era la Virgen del Rosario reposando sobre una nube de tul- desde comentarios místicos sobre “la sombra de Dios”, pasando por críticas de cine, la insoslayable crónica deportiva sobre las inenarrables hazañas del Club DAR, hasta llegar a reseñas sobre diversas actividades escolares. Disponer, realizar y publicar CUMBRE en aquella época, con aquellos medios, no era hazaña menor.

La publicación, su salida al patio de recreo y el inevitable envío a nuestros padres, que la leían con fruición, era todo un acontecimiento. Los tres o cuatro números  que se publicaban al año eran esperados por compañeros y profesores con inusitada expectación. La tarea de sacarla no era manca, en aquellos tiempos tan en blanco y negro, que raramente pasaban a grises, la revista era tirada a todo color. La portada no tenía nada que envidiar a prestigiosas publicaciones en huecograbado.

El ciclóstil usado para tales menesteres estaba, embadurnado de tinta por todas partes, menos por una, la manivela que lo hacía girar, en un desvencijado espacio,  escondido entre el salón de actos y los vestuarios de la piscina. Por el suelo había papeles carbón, el esténcil, de las primeras copias manuscritas, decenas de hojas sueltas inutilizadas porque la tinta se había corrido antes de que, mismamente, pudiera secarse el titular. Pura artesanía, pues aunque en teoría el mimeógrafo, inventado ni más ni menos que por Thomas A. Edison, era una herramienta para hacer sencillas copias en blanco y negro de textos (justamente, en aquellos años, era la gran época de la máquina usada en la clandestinidad por partidos y sindicatos, aunque, obviamente, nosotros ni habíamos oido hablar de ellos), algunos habilidosos compañeros a fuerza de probar y equivocarse lograban encajar, aproximadamente, eso sí, dibujos en color sobre el hueco dejado a propósito en una previa impresión del texto literario. Cuando en una misma página se combinaba texto, cuadros, diseños y colores diferentes, la precisión de los apañados operarios, siempre pertrechados de un delantal entintado, superaba con creces las expectativas que en el polígrafo hubiera puesto el mismísimo Edison.

Fuere como fuese la máquina de ciclostil terminaba siempre chorreando tinta por todos los rulos y manivelas que la componían. Los operarios, y serlo era todo un privilegio y un honor, incluso más que redactar los artículos, pringadas las manos y la cara de tinta. Cierto, los márgenes salían descuadrados, los colores aparecían o demasiado brillantes o demasiado difusos, la tipografía era daliniana y los contenidos variopintos hasta lo inimaginable. Pero CUMBRE era un logro del que todos nos sentíamos orgullosos: los manipuladores del embadurnado mimeógrafo, los avezados redactores y, ¡cómo no!, nuestros profesores de literatura.

El contenido tipo estaba compuesto por un editorial, “otra importantísima novedad es la categoría de nuestro Colegio… ello nos permite poner en marcha la nueva orientación que hace tiempo veníamos planeando: la admisión de alumnos externos”. Hasta la revista CUMBRE se hacía eco del fin de una era. El editorialista, previsiblemene el director, reseñaba, además una  crónica de eventos y daba ánimos al alumnado para los meses siguientes. En la segunda página una necrológica. En el ejemplar de mayo del 71, de Fray Eugenio Martínez Fernández, recién fallecido. Seguía una poesía a las manos de Santo Tomás de Aquino, mejor, a las de la estatua de Lapayese en la iglesia. De nuevo sin firma. Seguramente, no por mala conciencia de la calidad del poema, sino por el acendrado sentido de la humildad que se nos obligaba a profesar. Firmar algo era sobresalir por encima del resto, fueran o no poetas, y no se trataba de eso (“Tomás, maestro y amigo, quiero besarte las manos. Y espero que tu me des, con ellas, tu bendición y tu abrazo”).

Había un test psicológico, una reseña del mundo de los animales, una entrevista con el director, en este caso el P. Félix Gil, esta sí, firmada por Rafael (Rafael Sánchez López?) y Rubio, quien con mucha prudencia respondía a la insidiosa pregunta de los jóvenes periodistas: “¿Cree que llegaremos muchos a vestir el hábito blanco de los dominicos?”. “Eso sólo Dios lo sabe….”, respondía con vaticana cautela el director. Hizo bien, de los 120 alumnos que conformaban el curso de los jóvenes periodistas sólo se vistieron de blanco seis. Más poesías a la madre, al padre, un relato sobre la audaz fuga de Rocaseca  de Santo Tomás de Aquino, quien aparentemente, por la extensión del texto publicado y el tono literario usado tenía toda la pinta de haberse convertido en héroe del autor (igualmente, sin firma): “La hazaña se ha consumado. Tomás huye rescatado, para ser luz de la Iglesia, Maestro de sabios y santos, Patrono de Estudiantes”. Recuerdo, como en una nebulosa, o quizá me lo he imaginado, las felicitaciones del P. Intxausti por el tono entrecortado de la redacción, frases cortas que se suceden con rapidez, a modo de una crónica periodística: “Mitad del siglo XIII… No existían los periódicos, ni la radio, ni la televisión”, comienza el texto. Pero teníamos “CUMBRE”.

Saturday, March 5, 2011

Las oraciones perifrásticas (3 de 5)

Aquellas lecturas poco edificantes, después de todo El Capitán Trueno o El Jabato vivían en un mundo sin Dios ni santos, y si juraban lo hacían en nombre de los paganos Tor y Odín, no duraban mucho tiempo en nuestras manos. Tampoco se puede decir que la violencia exacerbada de yankis y nazis en la batalla por Creta, durante la II Guerra Mundial, terminara por convertir las Hazaña Bélicas, apaisadas en la forma, en santificadas en el fondo. Así pues, para principios de octubre, aquellos pequeños tesoros, conseguidos con las ínfimas propinas de algún tío soltero generoso, en los tenderos ambulantes de la fiesta del pueblo o, para los más capitalinos, en el quiosco de la estación de Campogrande vallisoletana, terminaban en algún insondable cajón del Prefecto de Disciplina o de alguno de los padres ayudantes que, ángeles de la guardia, desde las habitaciones, uno a cada lado, del inmenso dormitorio corrido, velaban nuestros sueños de preadolescentes.

Así pues, para colmar nuestras modestas congojas de lectura nuestros recursos eran, por así decirlo, apenas existentes. Asunto pedagógico que no formaba parte, en cualquier caso, ni de lejos, de las prioridades docentes de la mayoría de los profesores, enfrascados machaconamente en sus interminables y laberínticos juegos de memoria. La excelencia académica se alcanzaba por la repetición incesante. Había entre los profesores honrosas excepciones, claro, pero nadie, hablando en términos generales, apostaba por incentivar la iniciativa de los alumnos. Ni siquiera se puede decir que el énfasis en las epopeyas memorísticas fuera un aspecto recurrente y exclusivo de nuestro querido internado.

En realidad, conformaba la médula esencial del sistema educativo de aquellos tiempos y, me pregunto, si no ha perdurado hasta bien entrado el siglo siguiente. Aprender los diez mandamientos, los siete sacramentos, las cuatro virtudes cardinales, las tres teologales, con la fiereza de los papagayos y el orgullo de los loritos, era el sino de los tiempos. Los laureles académicos siempre terminaban por reposar en las sienes de quienes se aprendían, como se decía, “de pe a pa”, las batallas de cartagineses contra romanos hasta llegar al lago Trasimeno, sin atisbo de tartamudeo,  o enumeraban los autos sacramentales de Calderón de la Barca, sin entender muy bien, lo que era un auto sacramental. Recitábamos de carrerilla lo de “Al olmo viejo/ hendido por el rayo/ y en su mitad podrido, /con las lluvias de abril y el sol de mayo /algunas hojas verdes le han salido”, sin citar a Don Antonio. Y, por supuesto, contextualizarlo en la época o extraer aviesas parábolas sobre su triste muerte y exilio en Colliure, ni se nos pasaba por la cabeza. No digo ya la nuestra, ni siquiera la de nuestros egregios enseñantes.

Quizá por esa obcecación en las virtudes de la retentiva suprema, la lectura tenía tan escasos nichos en nuestro aprendizaje. La letra con la letra entraba, pero sólo con la letra de los libros de texto, sin desviaciones, ni recovecos supuestamente estériles a los que nos podía conducir una lectura mínimamente liberadora, incluso aunque fuera adaptada, vía la Editorial Juventud o Bruguera, a nuestra temeridad infantil, apenas desterrada de robledales y barbechos. No es de extrañar, pues, que la lectura, tan potencialmente agitadora de conciencias, incluso en épocas plomizas como la que habitábamos, se localizara allende nuestras fronteras mentales.

Las únicas migajas de lectura las recogíamos de los libros de texto. Tras la Enciclopedia Álvarez, tan austera y compacta ella, teníamos el extraordinario lujo de contar con un libro de texto por asignatura. Hasta había un libro específico para las manualidades. Innecesario, por lo demás, para algunos de entre nosotros que habíamos venido al mundo, como quien dice, con una chaira, por modesta que ésta fuera, bajo el brazo. Salvo algunos nacidos entre pisos y hospitales provinciales, en contraposición a los nacidos en la habitación vecina a la cuadra del ganado, la mayoría éramos plenamente competentes fuera para sacar un silbato, algunos toda una flauta, de una ramita de chopo en primavera, fuese para recoser los hexágonos que conformaban el balón de cuero del fútbol. Sin profesor, ni libro de texto.

Los primeros días de curso, cuando nos iban entregando los montoncitos de volúmenes, siempre nos resultaba apasionante examinar con suma curiosidad las pastas con sus novedosos diseños. En una esquina, 1º, 2º, 3º curso, dependiendo del año que nos correspondía. Con escritura barroca y retorcida nos recreábamos en tomar posesión de nuestros libros mediante el simple procedimiento de escribir nuestros nombres y apellidos, era importante no olvidar ninguno de los dos, algunos hasta el cuarto, en la página de guarda. Después pasábamos con fruición las hojas. Lo primero era discutir si el que fuera menos grueso o más delgado podría tener alguna significación especial en la importancia, menor o mayor, de la asignatura. Rápidamente calculábamos por el número de páginas y lecciones hasta donde llegaríamos en junio. La historia casi siempre se paraba en los aledaños de la Guerra de la Independencia y la lengua española llegaba, exhausta de horas y ligera de conocimientos, en los hermanos Bécquer. El rito más importante, salvo en el libro de matemáticas, obviamente, era descubrir los “santos”. Las imágenes de los reptiles africanos en el de Ciencias Naturales, los engolados retratos del Manco de Lepanto en el de literatura o  la escena, ficticia, de Viriato acribillado en su lecho por Adax, Ditalcos y Minuros, los traidores a quienes Roma no paga.

Algunos libros, sobre todo el de historia y lengua suplantaban, aunque fuera de forma puntual y a retazos, la ausencia de lecturas más sólidas y vigorosas. El manual de historia era siempre una base inicial, aunque informal, de lectura con la que empezar a descifrar las batallas libradas por Carlos V y primero de España, o soñar con la Italia medieval a la vista de los sofisticados artistas del Renacimiento. ¿Cómo no recordar las delicadas reproducciones a todo color, aunque este fuera más bien mate, de “La Virgen entre dos ángeles” de Filippo Lippi?. Con los pies de texto de “Las lanzas” de Velázquez comenzamos a admirar, más adelante –en otras épocas más políticamente correctas- aprendimos que acaso no debiéramos haberlo hecho, como los tercios de Flandes avasallaban, a golpe de pica y arcabuz, media Europa. Las hazañas de Pizarro o los intrincadas vericuetos de las guerras napoleónicas, por muy resumidos que aparecieran en nuestro texto los leíamos una y otra vez, hasta casi saberlos de memoria, mientras mirábamos con los ojos abiertos de par en par la osada carga de los mamelucos contra los lanceros gabachos en la Batalla de las Pirámides.

Nuestras lecturas estaban, literalmente, entrecomilladas. Los libros de texto no eran, todavía, tan complejos como los actuales: sobrecargados de titulares, diagramas, frases célebres, retazos de textos, extractos de discursos, de modo y manera que al final no se sabe muy bien donde está el meollo de lo que se quiere aprender o enseñar. El contexto, pendularmente al revés de hace cuarenta y cinco años, desborda claramente el texto. En aquella época las lecciones tenían un principio claro, un desarrollo meridiano y un final nítido. La cronología y las secuencias lógicas formaba parte indisociable de la geografía del P. Benito Varela: los ríos comenzaban por el Miño, y siguiendo el contorno de la península Ibérica, al revés que las agujas del reloj, terminaban en el Ebro, que nace en Fontibre, provincia de Santander, autonómicamente conocida como Cantabria. Las vertientes eran vertientes y no cuencas hidrográficas, no había subsistemas, ni subsistemas de subsistemas, y el Guadiana daba en la mar a la altura de Ayamonte.

Si la lección 6 se titulaba: “América durante el reinado de Carlos I”, los subcapítulos eran una narración lineal, clara y transparente que fácilmente transformábamos en lectura. Sin pausas, ni anuncios publicitarios. En algunas de las páginas, las imágenes, fueran el plano de Tenochtitlán copiado desde un códice de la época, o las escarpadas ruinas de Machu-Pichu, arrastraban nuestras miradas curiosas que, invariablemente, terminaban en los amplios pies de texto. “Dicen los cronistas que era muy bella, se levantaba en medio de unos islotes, con sus calles rectas y sus canales, tenía 300.000 habitantes”. Apenas descendidos de las montañas altas de Castilla, aquellas entradillas, como acompañamiento de las imágenes, era el umbral con el que satisfacíamos nuestra enorme curiosidad, la puerta para empezar a divagar con las gestas de Orellana y Cabeza de Vaca.

Ocasionalmente, se añadían algunos  fragmentos de textos literarios de la época: “Hay algunos pueblos grandes y bien concertados, las casas en las partes que alcanzan piedra son de cal y canto”, relataba Hernán Cortés en “Cartas de relación de la conquista de México”. Después venía Pizarro, la fundación de Buenos Aires y en perfecto orden cronológico, Miguel López de Legazpi colonizaba las islas Filipinas. Leer y releer una y otra vez aquellas lecciones del libro de historia, a falta de pastos más abundantes, era un menesteroso pero sólido consuelo, carentes de otras lecturas que, posiblemente, para que, loor a la doble negación, no nos pervirtiéramos no se nos ofrecían.

Sin radio, ni televisión, ni prensa, ni Capitán Trueno, sólo nos quedaba la lectura y relectura de los libros de texto. Para quienes eran aficionados a la lectura, y éramos muchos, la curiosidad era uno de los escasos patrimonios de nuestras exiguas existencias, sobrevivíamos con aquella escasa pitanza.

En aquel minúsculo y pequeño contrabando de tebeos e historietas, cualquier hoja en letra impresa que caía en nuestras manos era carne de lectura. Hasta una mismísima biblia protestante, en su versión de Reina Valera. Como los senderos del Señor eran inescrutables, alguien, ciertamente ignorante de la herejía que promovía con su mera posesión, se había hecho con un ejemplar. Estábamos en segundo curso y el ecumenismo del Vaticano II, del que no teníamos ni la más remota idea, no había alcanzado aquellos lares. Alguien, ingenuo o ignorante, o ambas cosas a la vez, tuvo la genial ocurrencia de mostrarla en clase al profesor de religión. Orgulloso de poder disponer de una biblia. Ni más ni menos. Porque en la tónica acostumbrada, la religión no se estudiaba con la biblia, sino con el libro de texto.

El profesor que, seguramente, sabía tanto del ejercicio ecuménico de los padres conciliares como nosotros, es decir nada, comprendió de inmediato que aquel libro, sin notas explicativas, no era trigo limpio, rápidamente armó un auto de fe. Alboroto de alumnos, juicio sumarísimo del P. Prefecto, amenazas de expulsión, interrogatorio con el cuerpo del delito al lado de la pizarra, “¿de dónde la ha sacado Ud.?”. Buena pregunta porque si ya era raro encontrarla fuera, en el siglo,  que hubiera llegado hasta las aulas de aquel internado católico, apostólico y romano, superaba claramente los límites del escándalo y entraba de lleno en el campo herético. ¡Era la biblia, por Dios! Aunque fuera protestante. Gran texto, en cualquier caso, insuperable, desde el punto de vista literario, plenamente válido para la lectura.

Al final, tras la pertinente requisición de tan innoble instrumento religioso, todos terminamos en la capilla, expiando colectivamente la culpa de algún candoroso compañero. En lugar de aprovechar para deleitarnos con alguna de las brillantes narraciones del Libro de Samuel, por poner un ejemplo, terminamos recitando los misterios dolorosos del Santísimo Rosario. Como era de esperar, de memoria. (Continuará…)

Saturday, February 12, 2011

Las oraciones perifrásticas (2 de 5)

Tan férrea era la disciplina, tan restringido el control pedagógico ejercido sobre los internos, las veinticuatro horas, con sus días y sus noches, que seguramente por temor a insospechadas desviaciones morales, por increíble que hoy resulte y pese a que era un colegio de pago (aunque poco pagáramos), sólo disponíamos, en el Pabellón de Menores, de una insignificante biblioteca. Sin mucho orden y con poco concierto. Encauzados como estábamos para convertirnos en la élite de la Santa Madre Iglesia, aunque fuera a largo plazo, al menos los que se mantuvieran fieles a su carisma vocacional, se evitaba, como se solía decir, caer en el pecado, eliminando la tentación. Con la inmejorable intención de evitar el peligro de las supuestamente perniciosas lecturas, parecía claro que lo mejor era no disponer ni de las buenas. Alguna aventurilla de Julio Verne, una decena de tomitos de Enid Blyton y la ocasional enciclopedia escolar constituían todo nuestro fondo de librería.

Que en aquella época tan cohibida no tuviéramos prensa, ni siquiera la del Movimiento, parecía hasta comprensible, evitar la disipación de nuestro rústico candor vía las ondas de la televisión franquista, razonable. Pero ¿con qué recovecos de indecencia podríamos toparnos en el primer volumen de El Ingenioso Hidalgo D. Quijote de la Mancha?, ¿En qué disolución ética podría anegarnos el Hamlet de Guillermo Shakespeare? ¿O quizás sí? Ni un clásico, en el supuesto de que los hubiéramos soportado, que echarnos a los ojos. Mucho menos textos de republicanos, exiliados y otras gentes de mal vivir. ¿Quién podría haberse pervertido con el tierno burrito de Juan Ramón Jiménez, o las olmas carcomidas de Antonio Machado, tan cercanas por lo demás a nosotros en las plazas de nuestros pueblos?.

Las pocas lecturas que se nos permitían eran las que nos arrastraban a la pura evasión. Lo paradójico de la situación es que mientras en las proyecciones cinematográficas de los domingos por la tarde nos torturaban con películas nada devocionales, incluso perturbadoras y atrozmente nihilistas, como Harakiri (ilustración); ítem más, representábamos impertérritos piezas absolutamente revolucionarias de Alfonso Sastre, como “Escuadra hacia la muerte”, en la función para el Día de las Familias, la lectura a libro descubierto, como si la tinta manchara, no sólo estaba fuera de nuestro alcance, ni siquiera era una de las actividades a la que se nos incitara.

Aquel colegio que nos propulsaba hacia la flor y nata de la intelectualidad o, por lo menos a no acabar prisioneros de pastos y barbechos, no nos obsequiaba ni una sóla estantería de clásicos polvorientos, ni el más minúsculo tomo de la ubicua colección Austral de Espasa Calpe. Lisa y llanamente no había una biblioteca, al menos no una que pudiera calificarse como tal, si hacemos salvedad del hatillo de volúmenes depositados en un aula, al final del pasillo de las clases de primero.

Que nuestros únicos libros fueran los de texto, resultaba más bien chocante. El aislamiento del siglo era omnímodo. Más allá de la carretera del Pinar de Antequera, para nosotros, el mundo era categóricamente inexistente. La reclusión era tan rígida que hasta en la aldea remota de Castilla de donde yo provenía llegaban las grandes noticias que en la rutina cotidiana de Arcas Reales pasaban completamente desapercibidas. Mi tío Lucio, no sé si por ilustrado o pudiente, quizá más bien lo segundo, estaba suscrito al Diario Palentino.  Sí, llegaba con un día de retraso en la furgoneta que transportaba el correo desde Osorno, pero al menos te podías enterar que durante la Guerra de los Seis Días, Israel se había apoderado de la Ciudad Santa en un despliegue digno del mismo Senaquerib o que La Higuera era un pueblo de Bolivia donde habían fusilado a Ernesto “Che” Guevara. Algún mes reciente de aquel 1967 que ahora estaba llegando a su fin.

Y en los días de invierno, cuando mi tío Lucio usaba el “papel”, como él denominaba a la prensa de forma genérica, “Fili, dále al chico el papel”,  para encender los troncos de roble en la gloria, antes de que pudiera enterarme de que el sudafricano Christian Barnard había transplantado el primer corazón, siempre me quedaba el consuelo de ir a la casa del señor Pablo, que había empapelado el cuarto de estar con las páginas dobles del diario “Ya”. No se puede decir que las noticias fueran frescas, de hecho, muchas estaban ahumadas por la lumbre de la cocina, pero mal que bien, se podía seguir, a caballo entre el humero y los azulejos de la trébede, la apasionante crisis de los misiles cubanos, con ¡tres años de retraso!

En las Arcas Reales, ni eso. Muy de vez en cuando, el P. Prefecto de Disciplina sustituía la lectura piadosa del santoral durante la cena, realizada a turnos por los alumnos, en la más pura tradición dominicana, por algún pequeño recorte del “Diario de Valladolid”, principalmente cuando había algún acontecimiento importante que atañera al Vaticano o, excepcionalmente, algún suceso luctuoso de la tan próxima y tan distante Vallisoletum. Por lo demás, silencio radio. En el Pabellón de Menores, el mismo año que asesinaron a Martin Luther King o los estudiantes apedreaban a la policía en los bulevares parisinos, nosotros aprendíamos de memoria la heroica vida de Tomás de Aquino y como en Roccasecca, con una tea en la mano, dirimió sus cuitas con la ramera que sus aviesos hermanos le habían puesto a huevo (no pun intended).

Pese a todo, como en otras áreas del saber, para saciar nuestra avidez de lectura, nos las ingeniábamos razonablemente bien. No traficábamos a escondidas con las obras completas de Calderón de la Barca, pero las ediciones en vistoso colorín de El Capitán Trueno, Roberto Alcázar y Pedrín o Hazañas Bélicas, pasaban de mano en mano, tras las acequias de riego o a la sombra de la chopera. Difícilmente podría calificarse de refinada literatura las hazañas de Crispín en las misteriosas tierras perpetuamente cubiertas de nieve. Ni de rigurosa historia las planchas, en riguroso negro, como correspondía a la época y a la temática, de la Wehrmacht, donde los valerosos aliados, recurriendo a lanzallamas y bombas de mano aniquilaban los búnkeres germanos. Y sin embargo, Ingrid y Goliat fueron inseparables compañeros de nuestra iletrada preadolescencia, a falta de Quevedo o el Romancero. O quizá justamente por eso. (Continuará…)

Sunday, February 6, 2011

Habla, que tu siervo escucha

Las Arcas Reales eran un internado de los de verdad, de los de antes. De los de aquella época. Su denominación como internado no era un vocablo tomado en vano. La entrada en el patio central constituía para todos nosotros sumergirnos en un diminuto universo absolutamente diferente del que habíamos habitado en nuestras aldeas y pueblecitos. Cuando desde lejos, al enfilar la carretera del Pinar de Antequera, divisábamos la peculiar arquitectura de la iglesia levantándose sobre pabellones y campos de deportes, era como acercarnos al faro de una isla perdida en la inmensidad del océano. Agua por todas partes, sin tierra a la vista, excepto la campana que nosotros habitábamos, al margen de las perniciosas influencias y las dañinas distracciones que dejábamos atrás al traspasar la verja de la entrada.

Allí nos exiliábamos, nos exiliaban, para ser exactos, bajo una bóveda casi perfecta –aunque hacia finales de la década de los sesenta y sobre todo con la llegada de externos, en 1971, el enclaustramiento comenzaba a resquebrajarse- cimentada sobre un sentido riguroso de la disciplina, no pocas veces adobada con algún que otro castigo físico menor, donde el contacto con el mundo exterior nos estaba vedado de forma inapelable. Salvo por algunas migajas dominicales reservadas para ciertos avezados deportistas que se desplazaban para competir en las pistas del Frente de Juventudes o los afamados miembros de la Coral Virgen del Rosario, participantes asiduos en procesiones y concursos radiofónicos de la vecina Pucela.

Para el resto de alumnos, del lunes, en la madrugada, al domingo por la noche, semana a semana, mes a mes, nuestro hábitat, como se dice ahora, estaba estrictamente contenido en aquel maravilloso envoltorio ideado por D. Miguel Fisac. Incluso dentro de aquel espacio físico, también había confines geográficos que bajo ninguna excusa podíamos atravesar so pena de quebrantar, infracción grave, alguna de las múltiples normas. Prohibido ir al Pabellón de Mayores, mucho menos transitar por el de los Padres.  Viaje de cercanías, pero tan exótico, al que por si algún extraordinario y puntual motivo acudíamos, después contábamos con admiración a nuestros compañeros. Los mosaicos que habíamos avistado en su comedor desde la portería o que en su Sala de Comunidad había una ¡televisión!. Así que estudios, yantares, rezos y juegos transcurrían en el reducido espacio de no más de tres campos de fútbol, incluyendo los dos terrenos de juego en los que, durante el recreo, perseguíamos con denuedo el esférico.

Arcas Reales no constituía una excepción. Castilla la Vieja estaba poblada de instituciones similares. En las capitales de provincia, por decenas, en pueblos grandes unos cuantos, incluso en aldeas que habían pasado por tiempos mejores todavía quedaban murallas de huertas conventuales, iglesias de tamaños catedralicios que acogían numerosos internados de monjas y frailes de adscripciones tradicionales y, algunas, congregaciones y asociaciones de nuevo cuño, a cual con denominación más pintoresca que su vecino: montfortianos, espiritados, reparadores. La gran mayoría de estos internados religiosos, nacidos al calor, si se puede decir, de las tragedias de la posguerra se basaban en el concepto, parcialmente equivocado, más ilusorio que previsor y, ciertamente corto de miras, de que el mundo era inmutable, perenne y las penurias de nuestros progenitores y abuelos constituirían “in aeternum” un semillero inagotable de vocaciones religiosas. Arcas Reales era, según creían a pies juntillas muchos de nuestros profesores, el vivero germinal de futuros evangelizadores en los arrozales vietnamitas, manantial de intrépidos misioneros capaces de franquear el, momentáneamente inexpugnable, telón de bambú del tío Mao.

En aquel momento y en aquella época la noción de vocación sociológica era impensable, incluso inaceptable y, sin embargo, muchos de los que por allí pasamos, la inmensa mayoría, sin duda, llegamos allí como consecuencia de un razonable y legítimo deseo de nuestros progenitores para que ascendiéramos por la escala social hacia más abundantes pastos y fértiles barbechos, vía los banzos del estudio y la excelencia académica.  Resumido en aquello de "para que te conviertas e un hombre de provecho". A un costo asequible para ellos, todo hay que decirlo. Tenían meridianamente claro que, de una manera u otra, lo mejor para sus vástagos era que abandonáramos, costara lo que costase, los páramos y rastrojos donde ellos se estaban dejando la vida. 

No cabe duda que su profunda fe religiosa, cualesquiera que fueran sus simples e ingenuas fundaciones, fue un acicate adicional para empujarnos a abandonar el villorrio de la mano del reclutador, denominado, con dulce eufemismo, promotor de vocaciones. Para ellos, representaba un respiro y un alivio que el P. Santiago diera por bueno que su hijo podía emprender la carrera eclesiástica por el mero hecho de saber que el Duero nace en los Picos de Urbión o que las tres virtudes teologales no son cuatro.

Muchos de ellos, sobre todo nuestras madres, siempre nuestras madres, inspiradas por su acendrado sentido de la voluntad divina, no dudaban ni un ápice en creer que Dios nos había llamado al sacerdocio. Seguro que hasta algunas pensaron hasta en la mitra episcopal. A la tierna edad de 11 años. Si la Santa Madre Iglesia había decidido que el uso de razón, curioso concepto psicoreligioso, nos había atrapado con la primera comunión, ¿cómo no pensar que éramos dignos herederos de tantos santos, vírgenes y mártires como poblaban las barrocas paredes de nuestras iglesias y ermitas?.

Tan inocentes éramos, candorosos, que hasta el mismísimo Samuel, (“Habla, que tu siervo escucha”) se quedaba corto, en comparación con nosotros, esperando, duro de oído él, hasta la tercera llamada de Yahvé. Ni necesitamos las recomendaciones de un Elí, ni que el Señor pronunciara nuestro nombre de pila. Nosotros, desertores del arado, respondimos a la primera: Aquí estoy. Bueno, casi todos, pues los que evitaban el cursillo veraniego y aparecían en septiembre, aparentemente, no parece que estuvieran tan prestos a escuchar la voz de lo alto de buenas a primeras.

Arcas Reales no era sino uno más en el extensísimo entramado de internados religiosos y congregaciones varias, eso sin contar los seminarios diocesanos, que poblaban por doquier el suelo patrio, nacional católico, nunca mejor dicho, de la España del incipiente desarrollismo. Sin embargo, la zona sur de Vallisoletum debía acoger una de las densidades más alta de internados religiosos de toda la península ibérica y, ciertamente del extranjero, salvo la Ciudad Eterna. Dominicos, agustinos, redentoristas, recoletos, Sagrada Familia, hospitalarios, maristas y un largo etcétera de sus “yang” femeninos. De tal modo y manera que en aquella época todo el área colindante era conocido con el sobrenombre, no se sabe si anticlerical o cómico, del Barrio de la Hostia (supongo que con hache).

Así que cada primavera, los zahoríes de vocaciones de los diferentes internados, cual radiestesistas en feroz competición, a la búsqueda de impúberes que destellaran el mínimo rasgo de llamada divina, recorrían incansablemente pueblos y aldeas de Castilla la Vieja, Asturias, Cantabria, cuando se llamaba Santander, y las zonas limítrofes. Como fruto de esta búsqueda y captura, allí estábamos nosotros en el arquitectónicamente extraordinario internado, Colegio Apostólico Nuestra Señora del Rosario. Pero si el P. Santiago hubiera ido a Carrión de los Condes por la carretera de Frómista en lugar de por la de Palencia, o se hubiera retrasado con el almuerzo en casa de un antiguo alumno Belorado, cualquiera de sus correligionarios se le habría adelantado en la llegada a la escuela mixta del pueblo y azar de la vida, providencia, destino, cualquiera sabe, alguno de nosotros hubiéramos descubierto que nuestra temprana vocación religiosa, por algo el colegio se llamaba escuela apostólica, no hubiera sido dominicana, sino de San Viator, javeriana, comboniana, oratoriana o incluso jesuítica. Aunque éstos siempre tuvieron la fama de tirar por lo alto. Por edad y clase social. Ninguno de nosotros cumplía el primer requisito, raramente, alguno, el segundo.

Sea como fuere, allí estábamos en segundo curso, año de gracia de 1968, ajenos a nuestra propia vocación, ignorantes al emplazamiento divino, sobreviviendo, generalmente más bien que mal, a ciertas penurias alimenticias y pedagógicas.  En todo caso, muchas menos de las que estaban pasando los compañeros de juegos de la plaza del pueblo. Ni una ni otra achacable a los buenos padres dominicos, cuya perseverante buena voluntad nadie puede negar, incluso bajo el prisma, mirado cuarenta y tres años después, de que ellos mismos eran víctimas de una férrea disciplina ideológica, extraña a un mundo que en menos de diez años iba a sufrir o gozar, depende como se mire, un vuelco radical. Una hoguera de transformaciones y cambios en una sociedad que en aquellos meses nos era tan foránea, pero en la que iban a perecer, con más o menos demoras y sobresaltos, una gran parte de nuestras ilusiones e ideales. También nuestra pretendida vocación.

Saturday, January 29, 2011

Las oraciones perifrásticas (1 de 5)

Mi equipaje literario antes de aterrizar en las Arcas Reales era más bien ligero. « El Parvulito » y la « Enciclopedia Álvarez de 2º Grado » tenían no pocas limitaciones pedagógicas. Como mucho, Don Tino, nuestro maestro de la escuela mixta, nos hacía aprender de memoria algunas greguerías de Gabriel y Galán o nos aleccionaba con moralinas de las fábulas de Félix María Samaniego, Iriarte y otros adelantados a la SGAE, sin que el bueno de Esopo pudiera protestar. ¡Tantos siglos bajo las malvas helénicas!. La más repetida, por aquello de que en las aldeas de Castilla el trabajo era una de las virtudes supremas, solía ser la de la cigarra y la hormiga. La sagacidad tampoco estaba mal vista y, dado que encajaba, por lo fácilmente comprensible para nosotros, en lo que actualmente se denomina “medio natural” -“con”, por conocimiento natural, dicen ahora los de la ESO- la de la zorra y las uvas verdes también era muy popular. No necesitábamos mucha imaginación para identificar, las metáforas eran claramente prescindibles, el fruto prohibido. La tapia por la que se asomaba el parral del Sr. Sinforiano, en la huerta que estaba cerca del río, era excesivamente alta para escalarla, incluso encaramados en los hombros de nuestros compañeros de correrías. De metáforas literarias no entendíamos nada, pero el tapial de adobe coronado con los culos rotos de botellines verdes de Cruzcampo era claramente equiparable a las agraces de Iriarte.

Este modesto bagaje literario, impartido más por su densidad moralizante que por su valor literario, se vió ligeramente incrementado por mor de la rama maternal de la familia. Mi tía maestra, docente en un pueblo de la ribera burgalesa, partido judicial de Aranda de Duero, apreció que las buenas intenciones de Don Tino no eran suficientes para sortear el intrincado periplo académico que, según ella, me depararían las Arcas Reales. Así que durante un año me acogí al amparo de su generoso regazo familiar y magisterial. Aquel grupo escolar, perdido en la linde de Burgos con Segovia, se convirtió de alguna manera en la escuela preparatoria de Arcas. Hasta aquellos parajes ondulados con vides y choperas llegó el P. Santiago González cabalgando en su renqueante dos caballos. Tan convencido él, ignorante yo de ello, de mi vocación apostólica y evangelizadora. Sí, una semillita, pero vocación en ciernes, al fin y al cabo, que convenía apacentar en las Arcas Reales antes de que se desperdigara por los andurriales de las adolescencias inexistentes de las aldeas mesetarias.

Con lo cual, entre mi piadosa tía y el bueno, hasta más no poder, del P. Santiago, aunque me temo que poco perspicaz por lo que concernía a mi sino misionero, estaba claro que mi destino era tanto o más transparente que el MENE, MENE TEQUEL U PARSIN de Belsasar. En aquel año tan añorado de Fuentenebro, habiendo dejado atrás los páramos esteparios de la Palencia norteña, gané un concurso literario, el primero, único y último. Por mi dignidad profesional, quiero creer, aunque siempre queda la duda, cerca de cincuenta años después, que la maestra fue tan honrada como neutral y justa, aunque las madres de los otros alumnos pusieron el grito en el cielo, obligándola a devolver mi preciado trofeo, recuperado con posteridad de algún desván. Seguro que el contenido fue alguna redacción sobre puestas de sol entre robles (verano), la dura vida de los labradores en (invierno) o algunas líneas sobre el bucólico recorrido de los pastores en la trashumancia (primavera). Quizá la caida de la hoja (otoño). El premio era un libro de la Caja de Ahorros del Círculo Católico de Obreros de Burgos. El título, no podía ser de otra manera, “Lecturas burgalesas”. El prólogo no prometía nada bueno: “Al cumplirse el veinticinco aniversario de la exaltación del Caudillo Franco a la Jefatura del nuevo Estado, ha sido proclamada oficialmente nuestra heroica ciudad como “Capital de la Cruzada de liberación”, añadiendo de este modo otro honrosísimo blasón, etc. etc.”. El autor, A. Manzanares Beriaín, nihil obstat, de Luciano, arzobispo de Burgos.

Curiosamente, obviando la exaltación patriótico-provinciana de los prohombres históricos de la provincia a lo largo de los siglos, las biografías y hagiografías estaban narradas con cierto encanto. O al menos eso me parecía a mí. De otro modo ¿por qué lo he conservado durante cuarenta y cuatro años?. Desde “a la caza va Rodrigo/lleva en su mano un halcón/seis criados le acompañan/y su halconero mayor” hasta el himno de Burgos (sólo la letra): “Cantemos unidos a la insigne grandeza/de nuestra Castilla, de nuestro solar/sus piedras sagradas que son fortaleza/y escuela y alcázar y trono y altar”. ¿No es más enfervorizadora esta descripción, incluso desconociendo la tonadilla que lo de Asturias, patria querida?.

Por resumir. A finales de septiembre de 1967 mis conocimientos literarios se resumían en las fábulas de Samaniego y la biografía del Duque de Lerma, entre otros, que por muy burgalés que fuera, Manzanares Beriaín le atiza con la cita de una copla de la época: “Para no morir ahorcado/el mayor ladrón de España/se vistió de colorado…” (esto es, había logrado que lo eligieran cardenal de la Santa Iglesia). De alguna forma, las moralinas de Iriarte y compañía se compensaban con el ojo, sorprendentemente crítico, de las Lecturas Burgalesas. Parece evidente que estas muletillas literarias no parecían demasiado para mi inminente inmersión lingüística en el envolvente vozarrón del P. Gregorio Buena, cuyo curso de primero consistía esencialmente en los análisis gramaticales y en la inversión a la voz pasiva. El perro muerde a Pedro; el perro es mordido por Pedro.

Nuestros cuadernos de espiral, con las hojas cuadriculadas se llenaban rápidamente de frases, mayormente inanes, con el único propósito de espaciar bien los sintagmas (este vocabulario novedoso, en realidad nos llegó unos tres años más tarde, en cuarto), subrayando –requisito necesario la regla- con el bic rojo las diferentes partes y describiendo, según el mejor de nuestros conocimientos lo de sujeto, verbo y predicado. Todavía no existían definiciones impenetrables como ditransitivos, el corrector informático se empeña en corregir el vocablo,  designativos, sintagma verbal, núcleo pronominal. Todo era mucho más claro o gris, depende como se mire. No había otra otra cosa más allá de adverbios, pronombres personales, verbos copulativos, numerosas variaciones del complemento circunstancial. De lugar, tiempo, modo, etc. Pese a todo, tareas gramaticales, tan sencillas como ésa, resultaban infranqueables para muchos de nosotros, naúfragos de escuelas mixtas con alumnos de 6 a 14 años, donde la principal preocupación del maestro, con tan buenas intenciones como escasos medios, era evitar que acompañáramos a nuestros progenitores a gradear los barbechos o a tirar el nitrato en los trigales.

Primero debíamos aprender la nomenclatura, después separar las partes, asignar las siglas correctamente: S, V, CD. Como buenos castellanos que éramos, los complementos indirectos siempre se nos atravesaban entre preposiciones y verbos. El laísmo, leísmo y el loísmo eran una epidemia aparentemente irreversible, aunque no mucho peor que el deje, a veces incomprensible, de gallegos, de Astorga para allá,  y astures. Aunque sin duda, lo peor, bien que la denominación nos cayera en gracia, provenía de la voz perifrástica. ¿Diga?

En cualquier caso, con el P. Gregorio, como para el 99,9º de los enseñantes de Arcas, cualesquiera que fuera la asignatura, el quicial por el que se penetraba en el umbral, mínimamente digno del 5, era la memoria. Aprenderse el listado de preposiciones (a, cabe, con, contra, etc.) de carrerilla,  recitar a Espronceda (“Viento en popa a toda vela…”) con los ojos entornados, silabear las conjugaciones de memoria, especialmente el dañino pluscuamperfecto de subjuntivo, era más que suficiente para pasar la barrera del aprobado. Si, además, el estribillo atañía a todos los “hubiera / hubiese” que en el mundo gramatical existen, el sobresaliente se convertía en un cantar y coser. “Perfeeeecto, Duráaantez”, aseveraba con la voz engolada, ronca de Celtas cortos, agravada por los sin filtro, el P. Buena. La retentiva, incluso en una materia tan rebosante de creatividad y meandros como la lengua, era la llave para alcanzar la verdad suprema. La de no repetir curso. Así que alli estamos, todavía Pabellón de Menores, pero en las aulas de segundo, al otro lado del campo de baloncesto. Mil novecientos sesenta y ocho. (Continuará…)

Saturday, January 8, 2011

El lenguaje cinematográfico en King-Kong

Las butacas de madera, duras y resistentes como los escalones de un anfiteatro romano, pero mucho más ruidosas, propagan cada leve movimiento que, inevitablemente, alguno de los cuatrocientos o más alumnos hace para acomodar mejor sus miradas hacia el escenario. Aunque a decir verdad, los movimientos son apenas perceptibles. El interés de casi medio millar de adolescentes bien focalizado al pié de la gigantesca pantalla. Eso que la proyección aún no ha comenzado. Encandilados por los gestos y las palabras del ilusionista tratando de hacernos comprender los arcanos del séptimo arte.

Nuestra atención obnubilada por las explicaciones del P. Isidro Rubio, cuyo segundo apellido tan vasco, Intxausti, nos resulta exótico. Acostumbrados como estamos a la multitud de González y Rodríguez tan profusos en esta parte de Castilla, tierra de pinares y el padre Duero. En aquella época, mediados de los sesenta, cuando la geografía de provincias y regiones en nuestras aulas preautonómicas estaba sólamente delimitada por líneas de puntitos y trazos, le adscribíamos, sin una pizca de duda a la Navarra de los Sanchos y otros reyes que, de memoria, aprendíamos en las clases del P. Reyero.

Por lo demás, el nombre de su pueblo, Cárcar, se prestaba a fáciles juegos de palabras infantiles. Ítem más, nativo de la misma ribera del río Ega lo era el P. Elías Arróniz al que las secuelas de una enfermedad le hacía tartamudear, algo que a nuestros ojos de preadolescentes resultaba, más que chocante, gracioso. Su problema de comunicación, al contrario de lo que podría haber sido en nuestra probable crueldad postinfantil, un motivo de risión, hasta nos resultaba enternecedor. Tal era la bondad de aquella pareja de carcareses, carcarujos o karkartares (en el supuesto de que el vasco tenga su plural españolizado allende Lodosa).

Sin embargo, el P. Intauxti quedó grabado en el sinuoso recorrido de nuestro currículum académico no tanto por su bondad cuanto por su sentido (común) pedagógico. Lo de común no es una adición huera. Cuando me tocó en clase, hacia 1968, segundo de bachillerato, no debían de hacer transcurrido más de cuatro cuatro años desde que había sido elevado al sacerdocio de Melquisedec. Presupongo, signo de los tiempos, que en ese leve espacio de tiempo sus superiores no le habían, en virtud del voto de obediencia, hecho hacer un curso universitario de pedagogía o algún máster, entonces no se estilaban, de aprendizaje acelerado en la enseñanza a salvajillos, lo que nosotros éramos, venidos de los páramos castellanos y las montañas astures. Asi pues, es más que probable que su discernimiento pedagógico fuera fruto de la intuición, innnato. Porque tenerlo lo tenía. Más de uno y de siete resultamos beneficiados por su magisterio, seguramente sin que el interesado se percatara, he ahí la grandeza. Las diminutas simientes que plantaba en las artes (aprecio por Kubrick, descubrimiento de Godard) y las letras (serranillas del Marqués de Santillana, la copla de pié quebrado de Jorge Manrique), “dejonos harto consuelo/su memoria”.

El caso es que allí estábamos, cerca de cinco centenas de montaraces zagales, antes de que nos refinaran con Howard Hawks y Miguel Delibes, embobados, absortos diría yo, con el truco de prestidigitador que, con su sombra chinesca proyectada en la gran pantalla, nos proponía el P. Intauxti. En estos años hodiernos de avatares, tres de, y realidades virtuales, la propuesta pedagógica para explicarnos las técnicas del celuloide usadas por Merian C. Cooper en 1933 era, si se me permite la expresión, bastante rupestre. Pero eficaz y comprensible como ella sóla. Como si fuera ayer, veo al P. Rubio con dos plásticos rígidos transparentes, de los usados antiguamente en los proyectores de filminas, intentando hacernos comprender, ora uno delante, ora otro detrás, cómo a través del uso de transparencias, el uso sagaz y truculento de las perspectivas, las sombras en las maquetas, Fay Wray se nos iba a aparecer, dentro de breves instantes, desvalida e inmensamente frágil en las garras del monstruo. Y así fue. 

Hubo algunas películas antes. Ciertamente no pocas en la onda de la exaltación piadosa, Fray Escoba, El agua de Bernardette, La señora de Fátima y un rosario más de ellas. Algunos buenos padres creían que el arrepentimiento de nuestros pecados, pecadillos, más bien, nos llegaría de un momento al otro mientras el Cristo silencioso de la cruz alargaba su mano para tomar el pedazo de hogaza que le tendía Marcelino. El de Marcelino pan y vino. Miles de ellas después. Y sin embargo, aquella proyección de King-Kong quedó grabada, un auténtico bautismo cinematográfico que imprimió carácter, en nuestras virginales memorias infantiles. Soy testigo de ello.

Durante varias semanas, con nuestros escasos doce años, apenas escapados de barbechos y sementeras, nos pasábamos los recreos discutiendo si en tal o cual escena, el ardid se había basado en el uso de un plano en contrapicado, si las chozas modeladas de los salvajes isleños del Pacífico eran de mentirijillas o cómo el Empire State debía de haber sido filmado desde un dirigible. Por supuesto, nuestro conocimiento de las técnicas cinematográficas era inexistente. Sin embargo, como por arte de birbiloque, durante unos días nos olvidamos de Amancio, dejamos de discutir sobre los orsays para pasar durante los recreos a usar las cortezas del pinar vecino simulando las canoas que arriban  a la isla Calavera, a la vez que acosábamos al P. Cándido Pérez, profesor de manualidades, para que nos enseñara a construir maquetas a troche y moche. De repente, por obra y magia del P. Isidro, el cine,  evasivo y subversivo, quedándose para siempre, había aterrizado en nuestras vidas de rutina, horarios y disciplina paramilitar.

Es muy posible que cuarenta y dos años después, el tiempo y la distancia hayan embellecido los recuerdos. No obstante, puedo jurar y perjurar por todos los santos de la corte celestial que en todas las discusiones cinematográficas sobre la Nouvelle Vague francesa en las que he participado, en cada una de mis asistencias a cineclubs madrileños variopintos y semiclandestinos, el Caudillo espichándolas, y, por supuesto, cada vez que King-Kong se me aparece en sueños o en Canal Satélite Digital, ahí está, ¡cómo no!, el P. Intauxti con sus transparencias de plástico rígido, sus perspectivas y sus maquetas.

Posiblemente, como él suele afirmar, no es para tanto, amigos, ahora todo es evocación y tiempo marchito. ¿O no?. Siempre resultan misteriosos y enigmáticos los mecanismos, de modo especial en la adolescencia, por los cuales una persona se decanta por una afición, una profesión, una senda por recorrer. Algunos pueden llamarlo azar, otros Providencia, los de más allá destino. Asuntos aleatorios, código genético, vocación, escrito en las estrellas, pura casualidad. Millones de casualidades. Sea. Sin embargo, casi todas las personas son capaces de tomar una referencia muy concreta: acontecimiento preciso, conversación con un familiar, comentario de un profesor:  una, la, circunstancia puntual y exacta que les ha hecho, en lenguaje coloquial, tirar por aquí o tirar por allá. Y por ningún otro camino.

A mí no me cabe, ni la más mínima duda,  que la obsesión por destripar los guiones y así puntualizar donde el guionista tramposo da una voltereta para tomarnos el pelo y salir del callejón sin salida en el que se ha metido, el ansia por descubrir las necedades de directores pretenciosos, la paciencia y el aguante ante tostones insoportables en nombre del séptimo arte, pero sobre todo, las miles de horas de diversión que he gozado con el desfile interminable de imágenes en la gran pantalla tuvieron su inicio exacto en aquella tarde de domingo. Con el P. Isidro Rubio Intxausti. Y King-Kong.